Digimon y sus personajes blablabla, no pertenecer.
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REGRESARÁ LA PRIMAVERA
Finalizará el verano.
Con las estrellas parpadeando en el firmamento, las nubes oscuras se disiparon en el atardecer. No lloverá. Hace calor porque es verano. Un largo verano. La ciudad ya se iluminó, así como el Rainbow Bridge que atraviesa la bahía. No sale sonido de su armónica, ni tampoco más lágrimas de sus ojos. Sentado en aquel lugar donde lo perdió, observa el cielo nocturno. Oye lejana la vida de una apacible noche de verano. Aprieta el instrumento. ¿Volverá a tocarlo?
Cierra los ojos y siente el ardor en ellos. Lágrimas se agolpan. Se resiste. Se levanta. ¿Es hora ya de regresar a casa?
—Yamato.
Voltea con temor a su llamada. Ganó, pero está derrotado. Las lágrimas que surcan sus mejillas finalizan en un intento de sonrisa. Ella aún quiere ser fuerte. Incluso con esa piedra en su mano, ella quiere consolarlo.
—Lo siento. Fracasé.
La distancia se hace inmensa cuando es el vacío el que la impone. La rompe. Hace un esfuerzo y la rompe, llegando a su cuerpo. Lo abraza con todas sus fuerzas, mientras las lágrimas empapan su chaqueta. Él no reacciona.
—Gracias. Te esforzaste por todos. Siento no haber estado a tu lado. Perdóname...
Sus brazos la rodean al fin. Mira al cielo. Fuegos artificiales. ¿Una celebración? ¿O acaso ya empezaron los festivales? Se refleja en el agua. Se refleja en sus lágrimas. No puede hablar. El nudo en su garganta le impide casi respirar. Baja los brazos y ella se separa. La mira a los ojos. Brillan entre lágrimas.
—Puedes llorar, Yamato.
Sus dedos frotan bajo los ojos, cerciorándose de su sequedad. Gira el rostro hacia el mar que incurre en la tierra. Se apoya en la barandilla. Suspira.
—Estoy bien.
Debe estar bien. Él sabía a qué se exponía. Gabumon también lo sabía. No es justo que llore cuando no pudo protegerla. Cuando no pudo darle el tiempo que le prometió.
—Sé tu trato con Gabumon —musita, casi como si sintiera prohibido decir ese nombre. A Yamato le remueve. Sin poder articular palabra, siente que las lágrimas escalan—. Sé que con él te permitías llorar. Hazlo conmigo a partir de ahora.
Se quiebra al finalizar. En ningún momento ella ha hecho esfuerzo alguno por reprimir las lágrimas. A ella hace mucho tiempo que ya no le importa llorar.
—Gracias —dice sin apenas voz.
Se produce el silencio. Los fuegos acaban y le sigue el silencio. Sentados contra la pared, paseantes cruzan preparados para una noche de diversión estival. La siempre animada Odaiba. La siempre despierta Tokio. Se puso el sol y volverá a salir a la mañana siguiente. Todo sigue igual aunque para ellos todo sea diferente. El mundo no ha cambiado a pesar de todo.
—Tengo miedo —dice al rato Sora. Mantiene las piernas flexionadas contra su pecho. Ella mira al cielo aunque no ve estrellas en él—. Temo no ser fuerte y perderme a mí misma.
Precipitadamente, Yamato atrapa su mano, obligándola a que deje de sujetar su pierna. Sora la nota temblorosa, pero increíblemente cálida.
—Entonces nos agarraremos la mano muy fuerte. Lo más fuerte que podamos —dice entrecortado. No hay lágrimas en sus ojos pero sí en su voz—, porque yo también tengo miedo. Temo no ser fuerte y encerrarme en mí mismo.
Sora lo mira: aspira por la nariz en un intento inútil de fortaleza ficticia. Observa la tensión en su mandíbula produciendo entrecortadas respiraciones. Se limpia con la mano libre la primera lágrima. Lo hace con rabia.
Aprieta su mano.
—Lo siento, pero creo que seré una carga para ti en un tiempo.
Yamato corresponde con tanta necesidad que su mano siente demasiado fuerte la presión. No obstante, no se hace incómoda. Puede soportarla. Desea soportarla. Era la reacción que no estaba segura de encontrar, pero sin embargo buscaba. Posa su otro mano sobre la de él en un intento de consuelo. Se relaja un poco.
—Está bien si lo eres. Soy tu novio, ¿no?
Ella asiente con la cabeza mientras cierra los ojos. Fuerte. Como si así pudiera hacer desaparecer todo. Su temor. Su ansiedad. Su miedo a alejar lo que más ama. Se convence de que debe sonreír y se convence de que lo hará, pero hoy todavía es pronto. Hoy solo desea llorar. Extrañarla. Liberar toda esa tristeza que no le permite respirar. Esa tristeza que si no comparte solo traerá oscuridad. Su llanto se acompasa con el de Yamato a su lado.
Finalizará el invierno.
Con la multitud agolpándose en el santuario, el año finalizó. Los viejos amuletos son quemados esperando que los nuevos traigan renovadas alegrías. El vaho que exhala pone en evidencia las bajas temperaturas. No obstante, no siente frío. Hay gente. Hay hogueras. Hay alegría. Hay esperanza.
—Taichi no viene. —dice Yamato, guardando su celular. Sora lo mira y chequea su teléfono. No tiene ningún mensaje—. Al parecer le ampliaron el turno.
—¿Quién demonios juega pachinko en nochevieja?
—Yo si no te tuviera a ti.
Sora ve su mueca divertida. Tiene la tentación de apretar su mano, pero la fila avanza y el teléfono que sujeta vibra. Dibuja una sonrisa de ilusión.
—¡Felicitación de Mimi! Es un audio. —Lo acciona para escucharlo y lo aproxima a la oreja—. ¿Una canción?, ¿o está cantando? —Cambia de lado haciendo partícipe a Yamato que a pesar de que se acerca no escucha nada—. Hay demasiada gente, luego lo escucho. Le mando un corazoncito y otro de tu parte.
Pronto alcanzarán el lavadero y limpiarán sus impurezas. No solo las suyas sino las del año. O eso desean. Que el rito se lleve todo lo malo que les trajo este año. Yamato apoya la mano levemente en la espalda de Sora para hacerla ver que debe avanzar. Ella reacciona guardando el teléfono y otorgándole una sonrisa. Una sonrisa vacía.
—Palmon desapareció hace unos días. —Yamato responde con un gesto. Es conocedor de ese hecho aunque no lo hayan hablado. Hay temas de los que ya no hablan—. Y ella está cantando y yo todavía lloro si escucho su nombre.
Yamato baja el rostro. Resopla y toma su mano.
—No hagas esas comparaciones.
—Lo sé —dice Sora con culpabilidad. Nota más presión en su mano.
—Probablemente solo trata de ser fuerte. Seguro piensa que a Plamon le gustaría verla divertirse y ser feliz.
—Sí, sé que tienes razón. Es solo que me siento tan débil —musita.
—Creo, que permitirse estar triste es un signo de fortaleza.
Observa a Yamato, que mira al frente. Esa mirada apagada que pone a veces. Esa mirada apagada que refleja su tristeza. La mirada apagada que va a juego con las lágrimas de Sora. Toman el cazo de madera y se lavan las manos y enjuagan las bocas. Juntas las palmas y cierran los ojos. La oración más pesarosa en el año que desterró sus sueños.
Encuentra su sonrisa al abrir los ojos. Su mirada apagada ya se disipó, mientras sus dedos limpian esas lágrimas que se hicieron inevitables.
—Se congelarán —susurra con dulzura.
Sora gime, disfrutando de esa caricia.
—No, porque son cálidas. Son como salidas de un volcán en erupción. —Escucha la risa de Yamato y se contagia de ella. Apoya la frente en su pecho—. No te rías.
Él no dice nada, pero sus brazos la rodean. Aprieta el pompón de su gorro de lana y besa su frente cuando la separa.
—Tomemos amazake —dice, invitándola a caminar.
Sora se deja llevar. Abriéndose paso entre el gentío, observa a varias chicas con kimono. Ella no lo viste esta vez, sí lo hará en los próximos días cuando visite el santuario de forma oficial. Hoy no lo hace porque estuvo a punto de ni siquiera venir. Fue una decisión de última hora. Una repentina necesidad de normalidad. Una repentina necesidad de esperanza.
Pasan por varios grupos para alcanzar el puesto donde los monjes reparten la tradicional bebida de arroz fermentado. Hay familias pero la mayoría son de gente joven. Muchos tan solo estudiantes. No han sido conscientes de cuando se han detenido. Varios jóvenes ríen por ver cual de sus compañeros digimon hace la hoguera más grande. Se ven a sí mismos, quizá no el último año, pero sí alguno anterior. Cuando se juntaban todos. Cuando sus digimon los acompañaban. Cuando creían que eso sería así para siempre.
Sora aprieta la mano de Yamato para captar su atención. La mirada apagada de él. Las lágrimas cálidas de ella.
—¿Y si lo tomamos en casa?
—Sí. Invitemos también a Taichi, ya debería haber salido.
Caminan dejando atrás a la gente. El año. La alegría. La esperanza es una necesidad, la tristeza es un derecho.
Regresará la primavera.
Con las flores decorando los cerezos, los jardines se llenaron de alegría. Se abren los bentos sobre ellos antes de que el manto de pétalos recalquen la brevedad de su florecimiento. El verdadero comienzo del año. Las verdaderas promesas que renacen con esos últimos vientos del largo invierno que arrastró lágrimas de otoño con sabor de verano. Cuando el sol ilumina esa gran mirada curiosa, que asoma ante el rico aroma de comida.
—¿Quieres? —Sora muestra su bento, haciendo que el pequeño digimon se sobresalte.
—¿Puedo?
Le otorga el bento entero y sonríe con ternura viéndolo buscar a su camarada, en un picnic cercano en el parque, junto a su familia.
—Sora, le diste el bento entero —reclama Yamato, sacando los vasos y la bebida.
—Tengo más.
—¿Cuántos hiciste?
—Cuatro.
Sora ríe fuerte por la incrédula mueca de Yamato. Pronto acompaña su risa. Sirve las bebidas y queda a su lado.
—Hay muchos digimon.
Lo dice satisfecho. Lo dice orgulloso. Ganó y aunque su corazón siempre estará derrotado, ya es consciente de su victoria. Se encuentra con la dulce mirada de Sora. Su rostro iluminado por esa sonrisa. Porque un día volvió a sonreír. Sin forzarlo y sin pretenderlo no fue una lágrima sino una sonrisa lo que salió al decir su nombre. Así como Yamato volvió a tocar la armónica dejando atrás el temor a quedar sin respiración. Y las melodías fluyeron. Y las sonrisas fluyeron. Y la tristeza dio paso a la natural esperanza. Y recordaron lo que era soñar y compartir sueños.
—¿Qué haces? —Yamato niega, viendo a Sora acercarle ese bocado a los labios—. No tenemos quince años.
Ella contiene la carcajada, impostando una actitud lastimosa. Yamato echa un rápido vistazo a su alrededor. El enorme parque de Ueno está repleto de grupos disfrutando del Hanami, pero es cierto que cada uno está en sus cosas. Toma el bocado apresuradamente y Sora aguanta la risa, pero no el rubor.
—¿Por qué lo has hecho? —pregunta Yamato con la boca pequeña. Está avergonzado.
Sora encoge los hombros.
—No tenía recuerdos de que lo hubiéramos hecho y me apetecía tenerlos. Quería saber como me sentía.
El leve viento despoja a las flores más débiles de sus pétalos que revolotean libres por unos segundos hasta que su caída cerciore su muerte. Yamato los observa como algo secundario mientras observa a Sora. Acaricia su cabello, voltea su rostro y sin previo aviso la besa.
Ríe por su sorpresa.
—Quería tener este recuerdo.
—Tonto.
Apoya la frente en su hombro, él la abraza y la lleva consigo para quedar tumbados. Sora escucha su pecho. Su corazón late calmado mientras el suyo lo hace violento. Cierra los ojos un instante que podría ser eterno. Los abre ante nubes algodonosas. Toma la mano de Yamato y juguetea con sus largos dedos uno a uno. Es lo que hace cuando está inquieta.
—Astronauta.
Él asiente. Nota que contiene un segundo la respiración, pero le alivia que en seguida regresa a su ritmo pausado.
—Es lo que deseo.
—Con Gabumon.
Esta vez no hay contención alguna. Alza el torso, llevándose a ella con él. Su mirada ilusionada. Repleta de sueños y aventuras.
—Así es.
Sora ha dejado sus dedos. Está tranquila.
—Bien, porque jamás te permitiría que lo hicieras sin él.
Le hace gracia la mueca de asombro de Yamato.
—¿Permitirías?
—Exacto. ¿Crees que permitiría que la persona que amo vague por el espacio en solitario?
Frunce el ceño en una muestra de autoridad que enternece a Yamato. Esa sensación de calma que le produce sus palabras. Su promesa de estar a su lado, porque eso era lo que conllevaba su amor. Su relación. Entender y complementar las necesidades más profundas de cada uno.
Besa su mejilla dulcemente lo que produce un efecto relajante en el rostro de Sora. Es Yamato quien toma su mano ahora, jugando con ella arriba y abajo.
—¿Y que hay de ti y los kimonos?
—¿Cómo? —Ríe nerviosa ante la sonrisa cómplice de Yamato. Dibujos esporádicos en libretas. Clases culturales sobre la prenda que le interesaron más de lo que esperaba. Confesiones sobre sueños que nunca se había permitido pensar—. Eso no está decidido aún.
—¿No está decidido porque no se lo has dicho a tu madre o porque de verdad es solo una posibilidad que estás valorando?
Le asombran sus palabras. No es algo que le preocupara o por lo menos ella no es consciente de esa preocupación. No es consciente de cuando dejó de pesarle. De cuando, convertida en pájaro, pudo abandonar esa gran ola siendo parte de su espuma.
—Mi madre lo entendería. Además, no es como que renuncie a su escuela y desprecie su iemoto. Es más bien extender caminos.
La respuesta es enigmática pero a Yamato le sirve. No tanto las palabras como el sentimiento que Sora desprende al decirlas. Al igual que él, ella también se ha liberado de cualquier impedimento para cumplir sus sueños.
—Bien, pero jamás podrás hacerlo sin Piyomon.
—¿Se supone que eso es un ánimo? —pregunta Sora en falso tono de reproche.
Consciente de que pareció más una advertencia que un aliento, Yamato ríe.
—Ya sabes lo que quiero decir.
Esta vez el beso es de parte de Sora. Comen. Beben. Escuchan las risas y los juegos y comparten el silencio. Quedan tumbados cuando el cielo empieza a adquirir ese tono rosáceo del ocaso. El sol filtra entre las nubes sus últimos rayos. Rayos cálidos de primavera.
—Tenemos tantas cosas por hacer aún, Sora. ¿Cuánto más nos harán esperar? —Restriega su cara en su pecho y gime como respuesta—. A este paso cuando regresen ya tendremos hijos.
Sora se reincorpora abruptamente.
—¡Ni hablar!, Piyomon me mataría.
Yamato se sienta con temor.
—¿Por tener hijos conmigo?
Sonrojados, quizá más por el licor que se permitieron tomar que por la conversación. No es algo que ya se les haga extraño escuchar. No es algo que nunca se hayan confesado. El deseo de tener una familia. El deseo de que para ambos sea la misma familia.
—No, es que ella quiere ver una mini-Sora desde el principio —explica, haciendo un gesto con las manos como si fuera un bebé.
Yamato esboza una tierna sonrisa.
—Gabumon no me confiesa esa clase de cosas, pero seguro que le parecería lindo un mini-Yamato.
El viento empieza a ser más frío. Es primavera pero todavía hay resquicios del invierno. Todavía hay dolores que cortan la respiración. Todavía hay lágrimas necesarias.
—Quiero que Piyomon me vea siendo madre y que esté orgullosa de mí.
—Yo quiero que Gabumon me vea teniendo una familia y que no se preocupe por mí.
Toman sus manos. Son cálidas. Silencio. Una sonrisa lejana. Una mirada perdida. En el cielo nocturno las estrellas van haciendo acto de presencia. No hay nada que temer. Ya es primavera.
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