· CAPÍTULO II. DOS ESCUDOS ·

HYDRA lo tenía fichado desde hace tiempo. No tardaron mucho en averiguar el nombre del chiquillo que desapareció durante la visita escolar a la BBN justo cuando el terrorista embozado hizo su aparición. Sus profesoras comprobaron la lista tres veces,constatando que el alumno en cuestión no retornó ni al autobús ni al colegio.

El inspector del cuerpo de policía, Eric Finch, se aterró al especular cuán implicado podía estar el zagal: hijo de un mártir de la Gran Guerra, y de una de las víctimas de la epidemia de tuberculosis, la misma que significó la catapulta para la victoria final de su partido, Fuego Nórdico. Y a Finch no le gustaba la idea de tener que cargarse a un chico.

Pero el asunto era serio, los padres del mocoso fueron activistas políticos. HYDRA no sentía compasión ni dejaba cabos sueltos. Era preferible arrancar el daño de raíz, aunque el cómplice fuese un tierno infante, que permitir que éste creciese bajo el influjo de ideales contrarios a los que propugnaba la organización. Porque un niño se puede matar, pero los ideales son a prueba de balas.

Y eso Steve lo aprendió bien joven, mucho antes de prestarse voluntario como soldado para la II Guerra Mundial. No necesitó de experimentos varios ni de escudos de vibranium para permearse de libertad.

Sólo necesitó de un hombre bajo una máscara.

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Al finalizar la visita escolar, Steve aprovecha que las maestras están entretenidas dando directrices, para ir a los aseos. Oportuno que es el chaval. Le dio apuro interrumpir a la guía durante su explicación para atender las necesidades de su sistema urinario, y en consecuencia la vejiga está a punto de reventarle.

Sí; no es la tesitura más heroica en la que hallarse de cara a un hipotético segundo encuentro con el perturbado, pero de veras que el muchacho agradece haber hecho uso del baño cuando se lo encuentra frente al ascensor, mientras un policía lo apunta con su arma reglamentaria.

Apunta al enmascarado, no al chico; se entiende.

Aunque no tardará mucho en ser él el que arrostre la pistola del ayudante del inspector. Básicamente, porque entretanto el agente estaba de espaldas concentrado en el sospechoso, el jovenzuelo le ha propinado un puntapié con todas sus fuerzas (que, vale, son pocas) en la corva de la rodilla. Un ataque inesperado que resulta en lo de siempre para el pobre Steve: recibir golpes que lo dejan inconsciente; su fuerte al parecer.

Ocasión que no ha desperdiciado el villano para noquear al comisario. Por desgracia para el rapaz, ahora todo es oscuridad.

Ya era casualidad y mala suerte toparse con el loco justo cuando en realidad el policía iba a por el crío. El terrorista es circunstancial, una eventualidad no prevista por nadie, salvo por el susodicho, claro. Si bien, entre haber sido raptado por V y haberlo sido por los hombres del régimen, es preferible lo primero. Al menos se ahorraba que le pusieran una bolsa negra en la cabeza como habrían hecho los segundos.

Aunque Bucky eso no lo sabe. Lo único que sabe es que Steve ha vuelto a desaparecer, y aunque preocupado, la esperanza le susurra que, de entre las mil cosas horribles que le han podido suceder al parguelas de su amigo, cabe la posibilidad de que esté nuevamente con el héroe del Old Bailey. Y por fortuna, no anda desencaminado.

Las notas de una canción de jazz arrancan a Steve de su sueño inducido, pero no se levanta en un lugar conocido. Aquella habitación no es la suya, la que comparte con el menor de los Barnes. Está cuajada de libros dispuestos caóticamente en pilas y pilas que llegan hasta el techo, y eso a Bucky le habría repelido bastante.

Se incorpora cauto, silente, dirigiéndose hacia el foco de la música, entre incontables pinturas y estatuillas (seguramente robadas), para darse de bruces con la que ha sido su pesadilla desde hace unas semanas.

Sigue impresionándolo. A pesar de no llevar puesto el sombrero ni la capa, y de no ir armado (menos mal), la presencia hirsuta y elegante del hombre vestido de negro de pies a cuello (dado que la cara continúa oculta tras una máscara blanca), le arranca nuevos escalofríos, parejos a los de la primera noche que se cruzaron.

El maníaco lo percibe.

—Discúlpame. No pretendía asustarte. —Procura tranquilizar al pequeño—. ¿Te encuentras bien?

Steve se tienta la frente allá donde encajó el culatazo y de repente, recibe otro (figurado) de sopetón. ¿Qué había hecho? Pateó a aquel agente de la autoridad. ¿Por qué lo hizo? Ha tenido que ser un episodio de locura transitoria, está mal de la cabeza. Sí, claro que sí. Si alega eso, quizás los hombres del gobierno le perdonen. Es un crío, no sabe lo que hace ni es consciente de las consecuencias de sus actos.

Pero todas sus cábalas de cómo sortear un hipotético interrogatorio de los Dedos se van por el desagüe cuando V muy educadamente le confirma que será su rehén (bueno, no emplea dicho término) para los próximos trescientos sesenta y cinco días.

Para eso, mejor que lo hubiese dejado moribundo (exagera el arrapiezo) en el edificio de la British Broadcasting Network. La perspectiva era mucho más halagüeña que tirarse un año entero conviviendo con ese cleptómano pirado. El mismo que, en medio de la turbación por la nueva desaparición de su amigo, en las noticias que escucha un alarmado Bucky, se afirma que ha muerto. «Y una mierda», masculla el muchacho.

Si Steve hubiese estado allí, le habría recriminado ese vocabulario.

De hecho, en la soledad de ese cuarto ajeno extraña a Bucky y sus palabrotas. Se ha parapetado tras las montañas de libros en protesta por saberse secuestrado. En realidad, no es más que una rabieta de mocoso. Cuando se despierta a la mañana siguiente con un surco salino en la mejilla, señal de que alguna lágrima de abatimiento se le ha escapado inconscientemente esa noche, se encuentra mucho más sosegado. Incluso asertivo. Puede que V tenga razón y esté más a salvo en su guarida que en una celda de aislamiento en el cuartel general del partido.

Esta vez son los acordes de una bossa nova, tarareados por su captor, los que llegan desde la cocina, acompañados de un agradable aroma a mantequilla y huevos.

Pero antes de asaltar famélico el delicioso desayuno que ha preparado V, se percata de un escabroso detalle.

—Tus manos... —Se absorta el rapaz al comprobar que éstas se muestran en carne viva, como desolladas o quemadas.

Veloz, el anfitrión se las vuelve a cubrir con unos guantes. Negros, para variar. El chico intenta sonsacarle el motivo, pero V esquiva la pregunta con habilidad de espadachín, desviando la atención del muchacho nuevamente hacia la tostada con mantequilla de verdad, de la buena, nada de sucedáneos baratos.

Y casi es peor, porque viene a persuadir a Steve de que no sólo está viviendo junto a un asesino, sino que además se dedica a robarle al líder Whitehall sus cargamentos de comida. Chachi.

Este tío está loco, por mucho que cite a Macbeth... como lo hacía su madre antes de sucumbir a la tisis. Aunque acepta de buen grado las condolencias que le transmite V cuando se lo confiesa.

Steve no quiere que afloren más recuerdos dolorosos, y como cambiar de tema parece la tónica general esa mañana, le inquiere a bocajarro si la amenaza que profirió en todas las emisoras de radio británicas de volar el congreso inglés el próximo 5 de noviembre va en serio.

—¿De verdad crees que volar el parlamento hará de este país un lugar mejor?—duda el chaval—. Como alguien se presente ese día frente a la Cámara para apoyarte, le pondrán una bolsa negra en la cabeza.

—El pueblo no debería temer a los gobernantes, los gobernantes deberían temer al pueblo.

—¿Y piensas conseguirlo haciendo saltar por los aires un edificio?

V toma aire para pensar cómo plantearle un concepto tan abstracto a un adolescente que no ha madurado todavía.

—El edificio es un símbolo, como lo es el acto de destruirlo. Los símbolos sólo tienen el valor que les da la gente. Por sí solo, un símbolo no significa nada, pero si se unen muchas personas, volar un edificio, puede cambiar el mundo.

Ojalá V esté en lo cierto, pero pese a su corta edad, Steve se siente más derrotista, embargado por un pesimismo creciente. Cada vez que ha visto cambiar el mundo, ha sido para peor. Y la idea que le adorna V de salvarlo matando gente, no le atrae en absoluto.

Por ventura, gracias a los mil volúmenes de cómics que tiene para devorar en su dormitorio, el crío no se entera de las salidas (nocturnas o no, es incapaz de precisar en qué hora vive) del extremista.

Poco a poco, como fichas de dominó, V va tachando con sangre personas de su lista. Nombres de funcionarios, militares, científicos encargados de desarrollar un experimento, un arma humana, ensayando sin escrúpulos en desertores infelices, en desdichados prisioneros enemigos, en gente anónima que se opuso al régimen, ya fuera activa o pasivamente.

Igual que experimentaron para obtener una cepa tan virulenta de la bacteria de tuberculosis, que el miedo que cundiese por la epidemia, les asegurase la victoria en unas elecciones ya de por sí previamente amañadas.

Y no se esconde. A V le gusta que se sepa que sigue vivo, por mucho que se enconen las noticias en darlo por muerto. Le gusta dejar rastro de sus asesinatos. Basta una rosa roja de una especie que se creía extinta, para marcar las presas que van cayendo.

Son como miguitas de pan que le indican el camino al inspector Finch para no desistir en sus investigaciones. Porque puede que Finch (apellidado Koenig durante la Gran Guerra) sea miembro del consejo del partido, pero a cada pesquisa, cada descubrimiento de cuán enfangado se haya Fuego Nórdico, su fe en la ideología de HYDRA se tambalea.

Entre atentado y atentado, el terrorista saca tiempo para leer y escuchar teatro por la radio junto a su pequeño rehén. Empiezan a caerse bien. Principio de síndrome de Estocolmo, supone Steve.

Pero el pituso no deja de rumiar un plan de escape. Ansía regresar a casa de los Barnes y huir de conflictos. Su padre una vez le contó que su abuelo aseveraba que la sociedad siempre era cíclica: a la democracia le sucedía la dictadura, y a la dictadura, la democracia.

Aunque en realidad su padre nunca pensó como su abuelo, y así se lo hace saber a V. Le relata que sus padres eran tan activistas, tan partidarios del racionalismo y de la libertad de los pueblos, que se enrolaron como voluntarios en las divisiones que partieron de Estados Unidos a Europa durante la Gran Guerra.

—Ah, eran de los míos —se congratula V al escuchar su historia, si bien luego se duele de la consecuente muerte de ambos.

—No, quien lo siente soy yo —declina el rapaz—. Siento no ser más fuerte. Siento no ser como mis padres. Ojalá lo fuera, pero no lo soy. Ojalá no tuviera miedo constantemente, pero lo tengo —admite con culpa—. Sé que este mundo está jodido. —Si Bucky le oyera proferir ese taco—. Créeme, lo sé mejor que nadie. Por eso quiero pedirte que si hay algo que pueda hacer que contribuya a mejorar las cosas, por favor, dímelo.

V lo mira atónito (o se figura que así lo estará mirando detrás de la máscara). El muchacho vacila, ignora si su alegato habrá conseguido convencerlo, pero su raptor ha leído el Fausto de Goethe, y sabe cuándo intentan engañar al diablo. No porque el pasado de Steve le parezca una patraña (ha tenido tiempo de investigarlo), sino porque el niño no puede haber cambiado de opinión tan a la ligera, sin sufrimiento en carne propia de por medio.

Tarda en pronunciarse, pero al final, consiente.

—Si es tu deseo... —Acepta V sibilino—. Verás, unas circunstancias imprevistas están acelerando mi plan original y necesito a alguien muy joven con ciertas dotes interpretativas.

Un emocionado Steve asiente complaciente.

—Lo haré lo mejor que pueda.

—No me cabe duda —apostilla un punto siniestro el maníaco.

El muchacho está a punto de echarse para atrás. Cuando V le detalla su plan, se horroriza. Cómo es posible que un sacerdote, obispo para más inri, sea capaz de encargar niñas para depravadas prácticas sexuales.

Está loco. V por insinuarlo, y el obispo si es que finalmente lo consuma.

Sí, de eso nadie duda. O el obispo está loco, o sencillamente se trata de un hombre cuerdo y perverso. Cuando su secretario le comenta angustiado que la última remesa ha llegado, pero que ha debido de haber una pequeña confusión en la agencia, el prelado se disgusta.

—¿Qué confusión? —interpela el jerarca.

—Me temo que han enviado a un niño en vez de a una niña.

—¿Un niño? Vaya, pero no será demasiado mayor, ¿no? Quiero decir, parecerá una niña, ¿verdad?

—Eso debe decidirlo su Ilustrísima.

El secretario conduce al pastor a sus aposentos donde aguarda su inesperado invitado. Se queda boquiabierto al contemplar al púber.

—Caramba. Y pensar que por un momento he dudado de tu encanto —se disculpa melifluo entretanto acorta la distancia con Steve—. Mea culpa, hijo mío.

Se abalanza sobre el zagal con afán libidinoso, pero éste se zafa en cada intento.

—Por favor, Ilustrísima, no disponemos de tiempo y tengo algo que decirle.

—¿Una confesión? —se sorprende el cura—. Me encanta jugar a las confesiones. Cuéntame tus pecados.

—Esto no es un juego, Ilustrísima. Alguien se dirige hacia aquí y quiere matarle.

El obispo se relame los labios. Ese crío es una caja de sorpresas, qué bien interpreta su papel. Está logrando ponerle más cachondo que sus anteriores conquistas.

»Le cuento esto porque quiero que me conceda protección o amnistía. No tengo nada que ver con lo del Old Bailey y sólo cometí un terrible error en la Torre Jordan, pero creo que esta acción lo compensa.

El mitrado se maravilla ante la prodigiosa imaginación del chico, y espera que el resto de él sea igual de interesante; así que lo empuja con fuerza contra la cama y se pone encima del pobre, inmovilizándolo por las muñecas. Lo babea sin mesura entre los insistentes, pero infructuosos, intentos de Steve por liberarse. Se restriega sin vergüenza alguna contra el tembloroso cuerpo del desgraciado, hasta que se le hiela la sangre al ver al criminal derribando la puerta de la alcoba de una patada.

—Reverendo —se presenta V melodramático.

—Dios mío, ¡era cierto!

—Lo siento —se excusa compungido el chaval al posarse sobre él la inquisitiva mirada del asaltante—, tenía que hacerlo. —Y ve la luz para salir corriendo de la futura carnicería.

Hace bien, porque efectivamente iba a ser una carnicería. El clérigo, en la distracción de la huida del muchacho, alcanza a disparar a V en pleno estómago, pero apenas le hace cosquillas gracias a un escudo metálico que le adarga el torso a modo de chaleco antibalas.
V no persigue al rapaz, no es su objetivo ni es necesario para la consecución de sus planes. Prefiere desquitarse a machetazos con el impío, ya se ocupará luego del disidente. No hay muchos sitios donde pueda refugiarse.

Es verdad. Siendo sinceros, sólo atesora un lugar en el que esconderse: el hogar de los Barnes, y hacia allá pone pies en polvorosa. Casi con total seguridad fue el primer punto que registraron los secuaces del líder Whitehall, y no volverán a buscarlo allí.

El padre de Bucky recela. Es reticente a acoger a un fugitivo sobre el que pesa una acusación de cómplice o colaborador en un atentado. A la madre, en cambio, le pesan más los remordimientos derivados de desamparar al hijo de su malograda amiga. A ello sumadle la insistencia del propio Bucky. El cabeza de familia no puede más que claudicar.

A los dos días, el padre regresa del trabajo taciturno y nervioso. Cuando vivían en América, era periodista, un hombre de acción, por eso no dudó en solicitar el puesto de reportero tras el estallido de la Gran Guerra. Lo destinaron como corresponsal en Londres, donde conoció a la familia Rogers, con la que trabó amistad. Al finalizar la contienda europea, no le costó nada conseguir un trabajo en una cadena británica, ascendiendo paso a paso hasta que lo contrató como representante el mejor presentador de todo el país.

Pero ahora su jefe parece haberse contagiado con la reciente agitación generada por el activista anónimo. El programa que acaban de grabar para ser emitido esa misma noche va a levantar ampollas, y el padre de Bucky se huele que los de arriba tomarán represalias por haberse pasado por el forro las indicaciones del censor.

Y es así, inquieto, como se va a dormir después de sentarse todos juntos en el salón, frente a la pantalla, y corroborar que la emisión de esa noche ha sido la peor equivocación que ha cometido en su vida, bien que Bucky y Steve se rieran a carcajada limpia con cada broma de mal gusto de la parodia al régimen en la que había participado.

De madrugada, el padre irrumpe en la habitación de los jóvenes, apremiándoles para que se metan debajo de la cama, orden que obedecen sin rechistar. Fuera se oyen ruidos fuertes y secos y de pronto, el progenitor se desploma en el suelo enmoquetado tras el impacto de una porra sobre su sien.

Bucky se tapa la boca para no gritar y delatarse, aun escapándosele lágrimas atropelladas por la impotencia. En cuanto se cercioran de que los atacantes han desalojado el piso superior, Bucky se descuelga por la ventana con celeridad, pero a Steve le cuesta, se trastabilla con la enredadera. Su amigo ya ha echado a correr calle abajo y lo espera en la esquina.

Cuando por fin logra saltar la verja, sorpresivamente una sombra lo agarra del antebrazo.

—Te pillé.

Y lo último que ve Steve aquella noche es descender ante sus ojos la oscuridad de una bolsa negra.


ACLARACIONES

Para este cruzado, he asimilado el personaje de Eric Finch (el descreído inspector de V de Vendetta), con el de Eric Koenig, el único desertor de H.Y.D.R.A. en los cómics Marvel.