El año pasado estuve a punto de actualizar por fin este cruzado, pero no conseguí terminarlo antes del 5 de noviembre, y a partir de ahí, la inspiración me abandonó.
No obstante, llevo unos meses con ella a cuestas, martilleándome las sienes insistentemente, insinuándome que no hay mejor momento para terminar este relato que ahora, en que el devenir de los acontecimientos en mi país, mi continente, en mi mundo entero, parece semejarse peligrosamente al punto de partida de V de Vendetta: enfermedad de inicio desconocido, alerta sanitaria, alarma de la población, reducción de derechos, disturbios y revueltas, más reducción de derechos, elecciones bajo coacción de la coyuntura… Sólo deseo que no acabe en dictaduras encubiertas.
Bueno, hoy no voy a caer en el pesimismo porque es para mí una inconmensurable felicidad haber conseguido cerrar una ficción después de tantos años (¡yuju!). Ya sueño con poder lograrlo con el resto de fics xP
En fin, espero cumplir con vuestras expectativas (si es que a alguien aún le quedaba alguna con esta historia xD), y también me encantaría leeros luego ^.~
¡Ah! No se me puede olvidar dejaros con un vídeo de Youtube, correspondiente a la canción que escucharán V y Steve. Se trata del «These Foolish Things» de Billie Holiday, pero la grabación de 1936. Ponedla cuando veáis la almohadilla #
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· CAPÍTULO III. DOS LETRAS ·
V nunca abandonó su memoria. Representó al pueblo mejor que nadie, hasta que él mismo pudo recoger el testigo años (y millas) después, no sin horas de esfuerzo y entrenamiento.
Pocos lo sabían, pero tuvo que sufrir para cambiar, para admitir que no debía mantenerse ajeno, mirando hacia otro lado. Le costó lágrimas y sangre convencerse de que no podía permanecer callado y agazapado, simplemente sobreviviendo, mientras quienes detentaban el poder se aprovechaban de él para reprimir y silenciar.
Lo fácil habría sido odiar a V, pero precisamente desde su vivencia con V, Steve Rogers jamás tiró por el camino fácil.
Y aun con todo el dolor físico que soportó en su otrora enclenque cuerpecito, antes de que ningún suero milagroso surtiese portentosos efectos de resistencia en él, mucho antes de aquello… su mente logró fortalecerse y sacudirse de la opresión.
Y por fin pudo ser libre, para luchar por la Libertad.
~~~~~ ··· ~~~~~
Aquella luz le hace daño. Los focos están estratégicamente situados para ocultar el rostro de su inquisidor y la intensidad luminosa es tan elevada que sólo le permite pestañear frenético, cuando no apretar los párpados para que no le revienten los ojos dentro de las órbitas.
Lo segundo que le hace daño es el frío. Un frío húmedo, como de sótano o cueva. Se descubre a sí mismo tiritando, y entonces repara en que apenas sí está vestido con una camiseta de tirantes blanca y sucia, y unos calzones que hieden a su propio orín.
—Sabe por qué está aquí, Steven Rogers. —No pregunta, en realidad, la sombra frente a él—. Se le acusa de los cargos de homicidio, conspiración, traición, terrorismo y sedición.
En ese punto, el rapaz ya se está miccionando otra vez, máxime cuando le confirma que la condena es de muerte frente a un pelotón de fusilamiento.
Por supuesto, ni juicio con garantías legales ni indultos por ser menor de edad, ni demás deferencias. Su única posibilidad de salvarse y retomar su antigua (asquerosa y anodina) vida es delatar a aquel con nombre en clave «V».
Pero cualquier palabra que fuere a salir de su boca se le atora con una tos queda en el gaznate. Sólo atina a negar aterrado con la cabeza, no sabe muy bien si porque le está intentando decir que no puede hablar, o porque de verdad no quiere revelar la identidad del que fue su secuestrador.
Aunque para cuando quiere reaccionar ya es tarde.
Lo desnudan, lo meten a empellones en duchas de chorros de agua helada a presión, le calan un camisón naranja sobre la piel mojada (no se fuera a quedar sin su bronquitis carcelaria correspondiente), le rapan el pelo y lo vuelven a empujar dentro de un calabozo.
Y todo eso mientras Steve sólo gimotea en el mejor de los casos.
Pierde el cómputo del tiempo. Deja de comer, porque se da cuenta de que ni la rata compañera de cuarto prueba bocado de la bazofia que le lanzan tras olisquearla. Y prácticamente deja de dormir, atormentado por los gritos y lamentos que le llegan de otros reclusos.
Raro es el momento del día (o de la noche, ya no puede precisarlo) en que el silencio lo inunde todo; pero en uno de esos escasos instantes, escucha un roce, similar a un rasguido sobre papel.
Obviamente sabe que es el roedor en su agujero en la pared, pero ha debido de toparse con algo nuevo. Curioso como el múrido, huronea en el interior de la pequeña oquedad en la junta entre dos losetas y extrae un diminuto rollo con unos renglones escritos.
«Sé que no hay forma de convencerte de que éste no es otro de sus trucos, pero no me importa. Yo soy yo […]».
Y así es como Steve conoce a Valerie, otra víctima de Fuego Nórdico, de HYDRA, del pensamiento único y del totalitarismo. Y sólo por ser diferente.
Bueno, tampoco tanto. Hubo muchos como ella, pero no encajaban con el patrón que impuso el Gobierno años atrás y al que Steve se había amoldado tan convenientemente para pasar desapercibido.
Es lo que piensa el chaval al principio, cuando empieza a leer aquella suerte de misiva que legó la tal Valerie a un futuro amigo desconocido. Una pena que haya tenido que ser él, con quien comparte tan poco.
«[…] Mi abuela solía decirme que Dios estaba en la lluvia».
Pero a esas alturas, ya le da igual. A pesar de que lo poco que tengan en común sea haber acabado ambos reos de aquel sistema antihumano y tiránico, comienza a empatizar con ella.
Y no sólo con aquella joven asesinada quién sabe hace cuánto tiempo, sino también con otros desfavorecidos, desprendiéndose del miedo. Porque hasta entonces, al haber sido esclavo de todo temor que le concitaba el largo brazo de la dictadura, prácticamente sólo se había preocupado de su propia supervivencia (y de la de Bucky, cual mera extensión suya), ignorando todo aquello que pudiera causarles daño, incluida la compasión o la ayuda al prójimo.
«[…] Nuestra integridad vale tan poco… pero es todo cuanto realmente tenemos: es el último centímetro que nos queda de nosotros. Si salvaguardamos ese centímetro, somos libres».
Ese dogma reverbera en sus oídos cuando se le llenan de agua en otra de las torturas a las que periódicamente lo someten para que cante. Se promete aguantar, no perder el conocimiento, aunque se esté ahogando mientras le sumergen la cabeza en una cuba.
Leyendo a Valerie, se da cuenta de que, a causa de su silente egoísmo, había llegado a desdibujar ese centímetro de sí mismo. Lo había vendido a cambio de una falsa sensación de seguridad. Pero ahora está dispuesto a recuperarlo, pues lo estima más valioso que la vida.
De modo que se enroca una y otra vez, negando a sus carceleros el nombre o la ubicación que tanto ansían, así suponga una luxación o un hematoma (o cientos) más.
Apuesta a que se preguntarán cómo demontres un criajo puede derrochar tanta firmeza. Afrontar estoico una experiencia así fuerza a madurar a cualquiera. O quién sabe, lo mismo lo consideran un mocoso inmaduro que no es consciente de lo peliagudo de su situación. Deben de estar enervados ante su inusitada resistencia, ya que en cada castigo aumentan su crueldad respecto del anterior, en un fútil intento de doblegarlo.
Pero la respuesta es tan minúscula como un trozo de papel, del que el rapaz absorbe fuerzas anímicas cada vez que torna a su celda.
—No durarás mucho más —sentencia uno de los celadores tras encerrarlo de nuevo—. Morirás aquí, porque te empeñas en proteger a quien le importas una mierda.
Mira, en eso puede que lleve razón. Steve es incapaz de determinar si le importará lo más mínimo a V. Pero lo que sí puede afirmar es que V sí que le importa a él.
Entre lectura y lectura de la biografía manuscrita en papel higiénico de Valerie, el muchacho saca tiempo para reflexionar y remembrar los días vividos junto a su primer captor. Sus motivos, sus enseñanzas… las tardes de sofá y programas en la radio, las notas de jazz y bossa nova, las tostadas con mantequilla de verdad… su venganza, su lucha.
V pelea por gente como Valerie, y también por gente como él, mal que no sepan apreciarlo, o no puedan, porque están dormidos.
Al menos él ha despertado. La lástima es que ya es tarde.
Sin muchos miramientos, de un tirón le retiran la bolsa opaca que cubre su cabeza. El chaval está tranquilo.
No se digna ni a dedicarle un vistazo al alcaide o quienquiera que se oculte en las tinieblas tras los halógenos. No merece su atención.
—Tengo orden de informarle de que ha sido condenado por el tribunal especial, y, a menos que haya decidido cooperar, será ejecutado —enuncia con voz grave—. ¿Está decidido a cooperar? —inquiere elevando el tono intimidante.
—No —replica el joven sereno.
El hombre del partido se levanta y conmina a los guardias a preparar todo para el inminente fusilamiento. Entretanto, el convicto permanecerá el tiempo que le reste en su célula de aislamiento. En la oscuridad.
Al cabo, la pesada puerta se abre.
—Es la hora —anuncia desde el lado oscuro otro hombre distinto al anterior, también trajeado hasta el extremo, con guantes de cuero negro y todo.
—Estoy listo —señala Steve.
La mano del chico aprieta el legajo enrollado que le ha acompañado estas semanas. No se separará de él mientras continúe respirando.
—Mira, oye, todo lo que quieren es algo de información. Diles algo, lo que sea —insiste su verdugo, un punto compasivo, clemente incluso. Un cambio en el registro habitual de sus torturadores que no inmuta al muchacho, impasible ante cualquier camelo.
—Gracias, pero prefiero morir tras las dependencias químicas.
—Entonces… ya no tienes miedo. Eres completamente libre.
…
Un momento.
Vale, ahí Steve ya sí se queda algo extrañado. Mentiría si dijese que se esperaba esa salida.
—¿Qué? —musita el muchacho; para sí, la verdad, porque tras soltar su frase, el hombre de negro se dio la vuelta tan pancho, y no ha esperado siquiera a que el pequeño lo siguiese.
De hecho, Steve no lo sigue. Tarda bastante en levantarse. Teme que sea algún tipo de tortura psicológica: engañarle, darle falsas esperanzas, pillarle desprevenido para acribillarle en el corredor en cuanto rebase el umbral.
Al rato, se asoma cauteloso, pero se retira presto, apenas vislumbra a un guardia apostado en la esquina más alejada.
No sabe qué hacer. Se vuelve a acurrucar en el suelo, sin soltar el pergamino de Valerie. Se concentra en escuchar, atento al menor movimiento, mas ni al ratoncito se oye, así que determina por fin arriesgarse a salir.
Camina desconfiado hacia el centinela inmóvil al fondo del pasillo, mas según se va acercando, su difidencia se torna en incredulidad al constatar que se trata de un maniquí con disfraz de policía o guarda de seguridad.
No se fía de sus propios ojos. Lo zarandea para asegurarse, pero como cabe esperar de un muñeco, éste le responde con la más absoluta ausencia de movimiento.
¿Qué está pasando? ¿Se está volviendo loco ante la inminencia de la muerte? ¿O es que está ya muerto y ni se ha enterado? Es tan real e irreal al mismo tiempo.
A unos pasos distingue un portalón de madera entreabierto, y se atreve a empujarlo. Pero algo no va bien. Reconoce la estancia en la que ha entrado: esculturas clásicas, pinturas renacentistas, cortinajes dieciochescos, un piano decimonónico…
Y V.
—Hola, Steve —le saluda mientras termina de acomodarse uno de sus guantes negros.
El asombro del zagal va diluyéndose poco a poco, enfangándose con una creciente rabia.
O sea, que no ha sido real. ¿Nadie del gobierno había estado implicado en la pesadilla que ha vivido estas últimas semanas?!
—¿Y Bucky y su familia? —acierta a preguntar el chico creyendo que habrían corrido igual suerte.
—Lo siento, pero el señor Barnes fue ejecutado junto con los demás guionistas y el presentador de su programa —informa V con pesadumbre—. Pero al menos, no consiguieron detener a tu amigo ni a su madre. Y afortunadamente, yo te encontré antes.
—¿Que tú me encontraste? ¿Tú me has hecho esto, V? —inquiere conociendo de sobra la obviedad.
V remolonea acariciando la tapa del piano para esquivar así la mirada demandante y furibunda del chaval.
»¿Me has torturado? ¡Me has torturado! —se encabrona aún más, a pesar de que acaba con un hilo de voz—. ¿Por qué?
—Dijiste que querías vivir sin miedo. Ojalá hubiera habido un modo más fácil, pero no lo había.
A cada palabra de la explicación que le brinda su captor, Steve nota que le falta aire. Bocanada a bocanada se va encorvando, no sin privarse del gusto de gritarle a la cara cuán enfermo y degenerado es. Puto maníaco. ¿Quién le hace eso a un niño? ¡¿Quién, en su sano juicio, le hace eso a nadie?!
Y el enmascarado no deja de farfullar sandeces. Casi se está retratando él como la víctima aquí. Que si le ha costado mucho infligirle tanto daño cada vez que lo miraba, que si pensó una y mil veces en desistir, que si él también había sentido ese mismo odio que lo asolaba todo por dentro.
—¡Cállate de una vez! ¡No quiero escuchar tus mentiras! —estalla el chiquillo.
Pero V está lejos de callarse. Desatado, reconoce sin desfachatez haber ideado aquella mentira para que, al creérsela, el joven descubriese una verdad, pudiese enfrentarse a ella y superarla.
—No huyas, Steve. Llevas toda tu vida huyendo.
Le había costado tanto reconocerlo que ahora se siente noqueado por aquella afirmación, y se desploma.
»Te arrebataron a tus padres, te arrebataron a tus amigos, te encerraron en una celda y te quitaron todo cuanto te podían quitar, excepto la vida, porque tú creías que era lo único que te quedaba. ¡Pero no es cierto! —ahoga la exclamación para no alterar más al zagal.
El crío continúa boqueando en busca de oxígeno, presa de un ataque de ansiedad que le estremece todo el cuerpo. En un intento por calmarlo, el terrorista estrecha las mejillas del pequeño entre sus manos, medio obligándole a mirarlo de frente.
»En aquella celda has descubierto algo que te importa más que tu vida, porque cuando amenazaron con matarte si no les dabas lo que querían, les dijiste que preferías morir —verbaliza casi en un susurro.
No le mintió antes cuando le dijo que por fin era libre. Pero no se refería a una libertad física, sino a una espiritual, intelectual, moral. V le había regalado la libertad del pensamiento, la libertad del alma.
»Has aceptado morir, Steve. Estabas tranquilo, en paz. Intenta sentir de nuevo lo que sentiste entonces.
Y maldita la gracia que tenga razón. El muchacho pausa su respiración, permitiendo que la sensación que V acaba de describir lo embargue de vuelta, lo meza, lo sosiegue, lo serene completamente.
Cuando la agitación por fin cesa, su secuestrador lo abraza por los hombros y le ayuda a caminar hasta un ascensor que conduce a la azotea. Es noche cerrada (sólo iluminada por rayos y relámpagos) y está diluviando afuera. Pero a Steve no le molesta.
«Dios está en la lluvia», recuerda esa frase del legado de Valerie. Y desembarazándose de los brazos de V, se acerca a la balaustrada bajo la tormenta, empapándose en una especie de bautizo iniciático.
Porque ha vuelto a nacer.
Si bien, no exactamente de la misma forma que cuando V escapó en llamas del laboratorio en que lo sometían a tantos experimentos, por mucho que el enmascarado vea similitudes con el pequeño en ese momento.
Pero, al igual que le pasó a él una vez alcanzado el estado de iluminación, Steve no puede quedarse con su torturador. Aunque ya no se halle subyugado por los miedos y no se parezca en nada al arrapiezo asustadizo y esquivo que era hace casi medio año (y todo merced a los castigos recibidos durante su cautiverio), no deja que el síndrome de Estocolmo le afecte. Bueno, sólo a medias. Lo suficiente como para no odiar a V, pero no desear vivir junto a él, a pesar de que no sabe muy bien dónde podrá refugiarse si no.
El justiciero había albergado cierta esperanza (vana) de que el chaval no lo repudiase después de superar todas sus pruebas, pero aun así, movió subrepticiamente algunos hilos para que el pituso pudiese encontrar de nuevo a Bucky y a su madre, a los que procuró esconder del ojo del gobierno.
De modo que, después de pedirle un último deseo (volverlo a ver antes del próximo 5 de noviembre, en que todo terminará para él), le desliza una tarjeta con una dirección escrita en el dorso.
Y sin toparse con más puertas cerradas, Steve abandona aquel edificio sito en pleno Londres. Se ríe entre diente el rapaz. Los tiene bien puestos el extremista. Conspirar contra el régimen desde el centro mismo de su capital.
Cuando Bucky se acerca receloso a la mirilla y ve a su amigo, pega tal grito de alegría que su madre teme que sus vecinos llamen a la policía y se destape todo el pastel; pero por suerte, los inquilinos de su inmueble están prestando atención a otras cosas.
Como por ejemplo, al recrudecimiento de las medidas del gobierno para reprimir cualquier mención y apoyo al terrorista. A estas alturas del año en que noviembre está más y más cerca, los acólitos del líder Whitehall han desechado la infructuosa búsqueda del pequeño Rogers para centrarse únicamente en dar con el fanático embozado.
El inspector jefe Finch apenas duerme siguiendo toda pista que le llega del asesino, pero el problema es que muchas de esas pistas apuntan a una terrible suposición: que Fuego Nórdico es su creador. Y no sólo eso, sino también el instigador de la pandemia de tuberculosis que supuso su ascenso al poder.
¡Maldita sea! ¡Su propio partido!
Primero había usado el virus como una bomba, no contra el enemigo de fuera, sino dentro de su país, para alienarlo a voluntad. Aunque, sin duda, la auténtica genialidad de los ideólogos fue sencillamente el miedo. El pánico que cundió entre la población resultó el arma más destructiva y eficaz.
Lo peor es que, sabiendo esto, Eric Finch tiene que componer una impertérrita cara de póquer en cada reunión que mantiene con la junta de ministros y el presidente. Si bien, éste se resiste a la sola idea de que el insumiso enmascarado pueda tener éxito en su objetivo, y amenaza a su hombre fuerte, su hasta entonces mano derecha, con una fulminante destitución si no le trae la cabeza del terrorista en persona.
Pero por fortuna para el revolucionario, el segundo al mando es bastante más sagaz que Whitehall, del cual ya se ha cansado hasta la saciedad, y tiene hambre de poder. Y adularlo para conseguir que le entregue al mismísimo líder no resulta difícil cuando el premio a cambio es el propio V.
Y es que, salvo conocer a Steve, el resto de pasos había sido previsto y minuciosamente calculado en el detallado plan de venganza en el que el fanático invirtió más de una década. Aun así, se pregunta con curiosidad y un ápice de saudade qué pensará el chico cuando el repartidor entregue en el semisótano en que ahora vive junto con Bucky y la viuda Barnes una caja sorpresa.
Bucky está eufórico, como cabría esperar. El contenido del paquete parece una broma de su añorado Halloween estadounidense, que allí no celebran, y está decidido a disfrazarse con la capa y el sombrero negros, y por supuesto con la careta de Guy Fawkes que hay dentro.
Steve no lo disuade, aunque le pida prudencia con la excusa de no disgustar a su madre, que bastante tiene la pobre ya con haber perdido a su marido. Y no lo disuade porque sabe que su amigo no será el primero ni el único que lo haga.
Lleva tiempo siendo testigo de cómo el pueblo ignora deliberadamente las patrañas que pretenden venderle a través de radio y periódicos. La epidemia se extinguió hace años y la gente despierta a marchas forzadas de su letargo. Las amenazas del aparato del Estado les son cada vez más indiferentes y cada día son más los que simpatizan con la causa de V.
Una mañana, volviendo de la compra (tarea que asumió para ayudar a la señora Barnes y no suponer una carga más), descubre a una niña menor que él pintando con una tiza roja unos carteles clandestinamente. La chiquilla huye despavorida antes de rematar su gamberrada, pero Steve intuye sin equívocos en su dibujo inacabado el símbolo de su salvador.
Nunca confesará que lo añora, y sin embargo, no puede reprimir una sonrisa nostálgica cuando emiten alguna obra de Shakespeare en la radio, o suena alguna pieza de música clásica. Aunque ninguna de Chaikovski, seguramente porque desde que V detonó el Old Bailey con los acordes de la Obertura 1812, vetaron al compositor ruso de todas las emisoras, no fuera a enardecer los ánimos de los sedados. Pero el chico recuerda bien la melodía, incluso la tararea en ocasiones casi inconscientemente.
Bucky lo acosó durante semanas para que le relatase todo lo que hizo su ídolo mientras vivió con él en su guarida y Steve tuvo que inventarse muchas anécdotas para rellenar los huecos en que estaba siendo torturado. No quiso contarle esa faceta de V, se la reservó para sí. Tampoco quiso que sobreentendiese que su estancia fue un continuo adoctrinamiento, pero su amigo supo rápido que lo que fuera que allí pasó, lo había cambiado por completo.
Ahora es un adolescente idealista, un antitotalitarista convencido que no se arredra ante los sonidos de sirenas ni ante los altavoces que avisan del toque de queda. Sale a la calle sin miedo a ser identificado (quizás también porque, con el pelo cortado casi al cero, es harto improbable que lo reconozca nadie más), y no rechaza debatir sobre política, cuando no hacía tanto que sorteaba ese tipo de conversaciones con evasivas.
Tal vez por eso mismo, porque sólo ve el resultado final sin saber los pormenores del proceso intermedio, Bucky idolatra a V, porque ha conseguido que su amigo sea un modelo de resistencia frente a las injusticias que perpetra esta tiranía.
Y sí, bien, vale; físicamente Steve sigue siendo un debilucho escuchimizado, pero a Bucky eso no le importa. Ya está él para fungir de muralla. Piensa entrenarse y endurecerse para convertirse en un luchador efectivo en el campo de batalla (porque, por desgracia, está convencido de que más guerras se sucederán) y ser el brazo de Steve, que combatirá por su parte en el plano intelectual. Se compenetrarán y complementarán como habían hecho siempre, pero ahora mejor que nunca.
Todo eso piensa el joven Barnes mientras se prueba delante del espejo la máscara de Guy Fawkes.
Sin embargo, el inspector Finch no piensa eso ni de lejos. Para ser más exactos, lo primero que se le viene a la mente cuando abre su correspondiente embalaje es una blasfemia, y se van atropellando una tras otra en su boca a medida que constata el exorbitante número de entregas idénticas que ha efectuado el servicio de paquetería.
Y entonces, internamente, se da por vencido. Ya no le cabe ninguna duda de que V va a ganar.
Las fuerzas del orden se encuentran acorraladas y la ciudad entera ha enloquecido. Y cae en la cuenta, al fin, de que eso es exactamente lo que pretendía el extremista: sembrar el caos.
A Eric Finch no le cuesta mucho inferir la secuencia de acontecimientos que se va a desencadenar: con tanta anarquía, alguien cometerá una insensatez; y cuando eso ocurra, las cosas se pondrán feas. Luego, Whitehall procederá con lo único que sabe hacer, movilizar sus fuerzas contra el pueblo desarmado. Y entonces, V sólo tendrá que cumplir su palabra.
Steve también elucubra lo mismo cuando él y Bucky contemplan cómo un Dedo tirotea mortalmente a una niña que correteaba haciendo volar su capa negra. Pero no se saldrá con la suya el muy cobarde.
Bucky corre por las calles adyacentes, vociferando que han matado a la pequeña para alertar a todos aquellos vecinos que hayan podido no oír el disparo. Porque lo cierto es que los que sí lo han escuchado ya se han volcado afuera provistos con herramientas, palas o sus propias manos para echarse encima del miserable. Les habrá arrebatado a la triste chiquilla, pero ése no sale con vida del barrio.
Revueltas similares detonan por todo Londres, y por toda Inglaterra, y la represión comienza.
Los días discurren in crescendo, la violencia entre ambos bandos no cesa de escalar hasta que, por fin, llega el gran día. Amanece el 5 de noviembre extrañamente sin ninguna nube que vele el cielo londinense, y el inspector Finch, que esa noche sí que no ha pegado ojo, se levanta del tresillo con la certera sensación de que hoy acabará el mundo tal como lo ha conocido hasta ahora.
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En cambio, V, que ha alargado un sueño reparador hasta casi mediodía, se despierta al escuchar las primeras notas de These foolish things de Billie Holiday que reverberan tímidas desde el gramófono de su amplio salón, las cuales lo impelen a alistarse presto.
—Steve, creía que no vendrías —admite atónito al descubrir que ha sido el muchacho quien ha hecho sonar la música.
—Te dije que lo haría —le recuerda sin darle mayor trascendencia.
Aun así, el insurgente tarda un poco en reaccionar y lo único que se le ocurre decirle es que tiene buen aspecto, pese al pelo rapado y la ropa holgada. Y le confiesa que desde que se marchó, se ha estado preocupando por él cada vez que oía una sirena, pero el joven le resta importancia porque las falsas identidades que amañó tanto para él como para los Barnes resultaron bastante más efectivas que ir por ahí con un antifaz.
La canción termina y la gran sala se inunda de nuevo con el silencio.
—Tengo un regalo para ti, Steve.
Pero antes de desvelar el secreto, le propone comer con él sus famosas tostadas de huevo y mantequilla auténtica y pasar el resto de la tarde como solían antes, en lo que al chaval le parece que fue hace medio siglo. Mas, como en todo, al final llega la hora.
El ejército, mientras tanto, ha parapetado el Parlamento, en previsión a cualquier ataque terrestre o aéreo, y se ha desplegado por los aledaños para repeler toda manifestación indeseada. Con todo, Eric Finch paradójicamente no se rinde (aunque tenga al terrorista como claro ganador desde hace tiempo), y se precipita raudo hacia los viejos túneles inhabilitados del metropolitano.
Casualidades de la vida (o más bien, que el inspector es mucho más astuto que sus compañeros de partido), el terrorista ha llevado al mozalbete a esos mismos subterráneos, que fueron cerrados tras el golpe de estado, para entregarle su presente: varios vagones llenos de explosivos y una palanca que lo accionará todo.
—Esta línea conduce al Parlamento —deduce el chico—. Entonces, lo harás, ¿verdad? Vas a volarlo.
—Sólo si tú lo deseas. Ése es mi regalo para ti —declara ante un asombrado Steve—. Todo cuanto tengo te lo lego para que obres como creas oportuno. Porque tú me hiciste ver que yo estaba equivocado, que la elección de accionar esta palanca no me corresponde a mí.
Steve ya piensa que se trata de otro de los trucos del maníaco y un destello de desconfianza cruza su rostro.
»Este mundo, al que yo pertenezco y que ayudé a moldear, toca a su fin esta noche. Y mañana despertará un mundo nuevo, que otras personas diseñarán; y la elección les corresponde a ellos.
Pero antes de que el rapaz articule una respuesta a tan inesperado y envenenado obsequio, el extremista abandona el andén y salta a las vías.
Tiene una cuenta pendiente con sus creadores y no puede zanjarla de otra forma que regando el suelo con la sangre de sus pescuezos.
Porque sabe que, aunque, en los pisos vacíos, las radios de toda la nación estén difundiendo un mensaje con la voz del líder Whitehall dirigiéndose a la población para aplacar la rebelión, en realidad, esa sabandija de HYDRA está en el suburbano, con una bolsa negra en la cabeza, mientras gimotea sin comprender qué es lo que ha pasado para haberse torcido tanto su situación.
Lo que ha pasado, básicamente, es que su lugarteniente lo ha traicionado, por su ambición de hacerse él mismo con el pellejo del sublevado. Está seguro, iluso, de que lo va a capturar en cuanto le muestre cómo dispara en la sien al presidente. Pero eso no va a ocurrir. Ni con todas las balas del mundo.
El nuevo primer ministro le exige que se quite la máscara.
—No —replica resuelto, y algo juguetón, el agitador.
El reciente líder ordena a dos de sus secuaces retirarle la careta con un imperceptible gesto del mentón. Tan imperceptible como los dos segundos que tarda V en sajarlos con sus puñales y dejarlos tirados en el húmedo suelo de la galería.
Ahí el ambiente se tensa un poco. El traidor creía que iba a ser rápido y fácil y se está dando cuenta de que puede que no acabe siendo ni lo uno ni lo otro. Intenta disimular su nerviosismo. Trata de adular al villano, o provocarlo quizás, quién sabe. En ese punto ya ha perdido bastante de su habitual sangre fría. Máxime cuando el rebelde le asegura que ambos están a punto de morir.
La sonrisita desganada e ingenua del hombre al mando trasluce cierto temor. Continúa confiando en su superioridad numérica y armamentística. Al fin y al cabo, el anarquista sólo esgrime unos cuantos cuchillos de mierda y algunas dotes de artes marciales de dudosa ortodoxia. Más pose que otra cosa.
Pero aun así, la sombra de la duda le vela el semblante. El activista jura que, si no consiguen matarlo a la primera ronda, no tendrán oportunidad de una segunda.
«No, imposible», brega por convencerse afianzando la sujeción de su pistola para apuntar al opositor. Se diría que el tacto del arma lo recompone lo suficiente como para dar la orden al pelotón.
—¡Matadle!
Casi tiene un orgasmo al dispararle con furia.
Lo ametrallan sin miramientos, caóticos, todos a la vez. Sin un plan ni una estrategia por si cupiere la remota posibilidad de que efectivamente el chalado tuviese razón y fuesen a necesitar una segunda tanda.
La súbita ráfaga zarandea a su víctima, pero al concentrarse casi todos los impactos en el tronco y no en las piernas, no termina de perder el equilibrio ni cae abatido.
Los disparos cesan, no por curiosidad, sino porque han descargado toda la munición de sus fusiles.
Craso error.
Turno para V.
Él cuenta únicamente con ocho dagas, pero le bastan para liquidar a doce militares antes de que éstos lleguen a recargar otro cartucho. No es que vaya de sobrado por la vida (bueno, un poco sí), es porque al igual que el futuro Steve Rogers, por la sangre de V también fluye un suero; un compuesto que sublimó sus reflejos, su fuerza y sus capacidades. Por eso el zagal no se lo pensará dos veces cuando se lo propongan dentro de unos años.
Pero volviendo a la masacre que está provocando el maníaco, al menos éste demuestra más imaginación que sus verdugos. No sólo degüella o apuñala, también fractura algún cuello, llave de kárate mediante.
Aunque ha errado mínimamente sus cábalas. Al lugarteniente sí le ha dado tiempo a cargar su revólver. Desesperado, lo acribilla con las seis balas que aún le restan.
—¡¿Por qué no mueres?! —se cuestiona desquiciado.
—Bajo esta máscara hay algo más que carne y hueso. Bajo esta máscara hay unos ideales —masculla marcándose ya la afección de las heridas recibidas—, ¡y los ideales son a prueba de bala!
Podía haberlo matado hacía unos minutos, pero ha preferido soltarle el discurso que ha estado memorizando desde que escapó de la planta química. No se iba a privar de ese gusto. Como el de ahogarlo con sus manos enguantadas mientras patalea como un gorrino.
No obstante, ahora, ya culminada su vendetta, todo le pesa enormemente. Se desembaraza de la armadura que le adargaba el abdomen. Sus puñales son otro lastre que le impide avanzar hasta donde dejó a Steve.
Tiene que contarle que ha ganado, que puede elegir no activar la palanca. Pero nada más pisar de nuevo el andén, se desploma.
El chico corre hacia él preocupado hasta el extremo. Su mente nunca concibió la hipótesis de que V no sobreviviera. Y sin embargo, acepta funesto para sus adentros que no cabe otro final con la hemorragia que presenta.
Y llora.
Llora, joder, llora; porque ese hombre, su secuestrador, su torturador, su… su amigo, ¡le importa! Y no quiere perderlo. No quiere que muera. No quiere despedirse.
Pero los milagros no existen según V. No para él.
Aunque Bucky no diría lo mismo. Considera un auténtico milagro la abrumadora cantidad de gente que, como él, se ha echado a las calles ataviada con el disfraz del insurrecto.
Una marea negra que anega el centro de Londres dirección al Palacio de Westminster.
Pero eso sí, el joven Barnes no va desarmado, lleva un cuchillo de pelar fruta (de la única clase que se pueden permitir en casa) bajo la capa. Supone que todo el mundo habrá pensado como él. No es cuestión de enfrentarse al ejército con palos. Pero si ha acertado o no con su suposición, no llegará a saberlo, porque ante la falta de señales de vida tanto del líder Whitehall como de la cúpula de ministros, los mandos militares se cohíben de embestir contra la multitud y ésta serpentea tranquila y optimista entre los tanques y las barricadas.
Entretanto los manifestantes se apostan cercanos a las Casas del Parlamento, anhelando que dé comienzo el espectáculo, Steve ha conseguido introducir el cuerpo enlutado de V dentro de uno de los vagones. Le parece apropiado ataúd.
Dedica unos instantes a acariciar la alzaprima. No es que vacile acerca de su decisión, sencillamente está murmurando una breve oración por el difunto. Se dispone a bajar la manija.
—Alto, no te muevas —dicta una voz a su espalda—. Tú eres Steve Rogers, ¿verdad?
El inspector Finch escuchó el tiroteo mientras deambulaba por los desiertos túneles del subterráneo y luego no ha tenido más que seguir el rastro de la sangre de V al ir apoyándose en las paredes.
Eric Finch apunta con su pistola reglamentaria al chiquillo, pero sorprendentemente no se achanta ante la visión del arma. No así el policía ante el cadáver del terrorista. Piensa que, muerto el perro, se acabó la rabia. Ya no es necesario hacer nada más, el sanedrín de Whitehall ha sido desmembrado y el integrista, eliminado. Todos contentos.
Por eso no entiende el empecinamiento del chaval.
»¡Alto! Deja esa palanca —coacciona el descreído agente de HYDRA.
Pero Steve no teme a su autoridad.
—No.
Tarda en procesarlo, pero al final el inspector asume que, por mucho que el muchacho se niegue a obedecerlo, no va a dispararle. Él no mata a niños. Así que baja el arma, y al poco, según se oyen las campanadas de medianoche que marcan el comienzo del día 5 de noviembre, Steve baja el manillar.
El mecanismo se activa. Les da el tiempo justo para apearse del convoy antes de que se cierren las herrumbrosas puertas del metro.
»Dígame, ¿le gusta la música? —pregunta el joven mientras guía a su invitado hacia el exterior.
La Obertura 1812 de Chaikovski retumba en el casco viejo londinense. Bucky está expectante. Quedó con Steve en esperarlo a distancia prudencial del Big Ben cuando volviese de ver al héroe enmascarado, e incluso fantasea con que se lo presente esa noche, aunque sabe que es harto improbable. Primero tiene que hacer volar por los aires el Parlamento.
Y Steve se reúne con él segundos antes del crescendo, perfectamente sincronizado con la primera explosión. Un Bucky pletórico abraza a su amigo con efusividad sin cesar de admirar la función. La vuelta a casa, a América, está próxima. Porque nunca dudó de que V tendría éxito en su misión de desmantelar ese régimen corrupto. Y las fronteras volverían a abrirse pronto.
Ambos sonríen y ríen a carcajada limpia después de retirarse las máscaras.
El edificio empieza a derrumbarse, pero ahí no acaba el entretenimiento, pues V dispuso fuegos artificiales para la ocasión. Habría mucho que celebrar, para los que están, y por los que ya no están.
Con la pirotecnia, el pueblo entero se destoca, como desprendiéndose del miedo y de la opresión al fin, en un gesto de respeto hacia el misterioso vengador. Muchos lloran embelesados de alegría y de liberación, y otros avizoran con esperanza el amanecer de ese día y de los que vendrán después: aires nuevos, y la titánica presión y responsabilidad (pero no sin ilusión) de elegir sabiamente las bases de un sistema de gobierno abierto y justo. Habrá obstáculos, pero los vencerán.
Nadie olvidará jamás esa noche, y lo que significó para ese país que Steve deja ya atrás. Pero el Capitán jamás olvidará al hombre y lo que significó para él.
