¡Hola! Esto era un one-shot... pero al final decidí dividirlo en cuatro pequeños capítulos (aunque subirlo todo a la vez). Y... ¿de dónde sale esto? Pues sucede cuando mezclas un puente largo, con la película de "La casa del lago" (2006) y el cd de "Estamos enteros" (2020) de despistaos.
Es simple. Pero espero que os guste
1. EL DIA QUE LA VIÓ
Cuando ella levantó la mirada, él se apresuró a apartar la suya. Respiró hondo mientras que sus ojos del color de la tonalidad del cielo, se perdían entre las páginas de libro que tenía delante. De aquel libro que llevaba pero no leía. Era solo una excusa. Para que nadie sospechara de él, sentado en aquella cafetería de estilo italiano en la esquina de la segunda avenida.
Casi le había visto, casi le había pillado mirándola. De nuevo. Él tragó saliva ante la posibilidad de que ella se diera cuenta de él. Y de que le pidiera explicaciones que no tenía.
Respiró hondo mientras llevaba su mano hacia la pequeña taza que tenía justo delante de él. La que contenía un café corto que, seguramente, ya estaría frio. De tanto rato que llevaba allí. Otra tarde más.
Y cuando se hubo llevado la taza a sus labios y tomado un primer sorbo, sintió un fuerte golpe en la parte alta de su espalda. El cual hizo que se atragantara y empezara a toser de manera brusca.
-¿Qué demonios haces Dai? ¿Quieres matarme?- le preguntó alzando la voz, acción de la cual se arrepintió al siguiente segundo, al sentir las miradas de la gente que se encontraba en aquella cafetería. El joven rubio sintió como el calor subía a sus mejillas, mientras tomaba una servilleta para limpiarse el rastro de café que había derramado sobre su jersey. Entonces, clavó su mirada en el recién llegado.
Daisuke Motomoiya era su mejor amigo desde el instituto. Aunque así como su mejor amigo, también había sido su rival en muchas de las actividades que llevaron a cabo juntos. El joven, de cabellos castaños alocados y piel morena, le sonreía ahora burlonamente mientras arrastraba la silla que quedaba libre en su mesa. Le vio rodar los ojos de manera cómica ante las quejas de él.
-Cálmate Takeru, no ha sido para tanto- se burló el recién llegado mientras hacia un llamado al hombre que atendía a las mesas y pedía una bebida. Tras aquello el joven de veintisiete años observó a su alrededor. –Otra vez esta cafetería, ¿vas a explicarme porque siempre aquí?- le preguntó con una ceja arqueada mientras encaraba a su amigo. Le vio tragar saliva nervioso, con el recuerdo de la vergüenza todavía en su piel clara. Luego le vio llevarse una mano a sus cabellos cortos rubios, y removerlos de la manera que hacía cuando estaba nervioso.
-No lo entenderías- le contestó a media voz. Daisuke frunció el entrecejo mientras dejaba un poco de espacio para que el camarero dejara el café delante de él. Luego tomó el sobre de azúcar y lo vertió entero en la bebida.
-¿Tiene algo que ver con Catherine?- le preguntó, curioso, removiendo su café mientras levantaba de nuevo la mirada hacia el joven de ojos azules.
-¡No! No tiene nada que ver con ella. Eso está… superado- oyó que decía su amigo. Aunque su actitud nerviosa no se lo dejó del todo claro. Catherine había sido la novia de su amigo desde que se conocieron durante la estadía de estudios de ella en Japón, hacia ahora seis años. Desde que se vieran en aquellas clases de verano, empezaron a salir en una relación marcada por la distancia, ya que ella vivía en Francia. Aún así su amigo, que a veces vivía más en la fantasía que en la realidad, lo había dado todo por aquella relación. Incluso había imaginado un futuro lejos de sus amigos y familia, allá en Francia, para estar con ella. Sueño o plan, que se rompió cuando ella cortó con él. Porque la distancia, y el tiempo, habían sido demasiado.
Pero aquella cafetería, de dos pisos pero de espacio reducido, de estilo italiano europeo, quizás le traía recuerdos a su amigo. Y por eso desde hacía mes y medio venía a perderse en ese lugar. Si… porque desde hacia ese mes y medio que su amigo estaba algo raro. Más perdido que de costumbre.
-No sé, tu actitud no dice lo mismo- resopló el moreno mientras se sentaba más cómodamente en la silla de respaldo recto y color marfil. -¿Por qué no intentas salir con alguien más? Quizás alguien del trabajo… -le sugirió por millonésima vez su amigo. El rubio suspiró mientras su mirada azulada recorría de nuevo la cafetería.
Recorrió las mesas mayoritariamente desocupadas de aquel primer piso, la barra en la cual había expuestos algunos dulces caseros y que, detrás, escondían la máquina de café, las paredes repletas de fotos paisajísticas, las escaleras de que llevaban al pequeño segundo piso. Y allí, en el fondo, la mesa con la chica de cabellos castaños cortos y con los ojos rubís. Con su té latte en taza grande, con su portátil y sus recortables de colores. Hoy llevaba una flor pintada en el dorso de una de sus manos. Sonrió al pensar en que el día anterior llevaba una gomita de color rojo en la base de su cuello, de la cual ella debía ser totalmente inconsciente. Y la semana pasada llevaba manchas de pintura en sus pantalones vaqueros, de un total de tres colores distintos.
Y él no sabía si era porqué ella era muy torpe, o muy despistada.
No lo sabía, porque no sabía quien era. Nunca la había conocido, nunca había hablado con ella. Sólo la había visto en sueños. Sueños que le decían que no debía alejarse de ella, que debía estar cerca.
Y sin darse cuenta, su amigo resiguió confuso la mirada azulada del rubio para finalmente voltearse, todavía sentado en la silla, y clavar su mirada en la chica del fondo de la cafetería. La que estaba en el arco debajo de las escaleras. Daisuke abrió sorprendido los ojos al descubrirla y volvió rápidamente la mirada hacia su amigo.
-¡Madre mía! ¡La estás siguiendo!- le casi gritó el joven mientras hacia que su amigo volviera a la realidad y empezara a negar la cabeza ante las acusaciones del moreno. –No me digas que no, es la misma chica de hace unas semanas, la que encontramos en aquel bar donde insististe ir. Lo recuerdo porque me pareció muy guapa- le recriminó el moreno ante los gestos de su amigo.
Takeru abrió la boca para decirle a su amigo que estaba totalmente equivocado. Pero antes de que pudiera decir nada él siguió con su discurso.
-No sé si alegrarme o no- le dijo Daisuke mientras volvía a mirar a la joven castaña, la cual había levantado la mirada al oír sus gritos. Rápidamente se giró de nuevo hacia el rubio, solo para verle pasarse una mano, de nuevo, por sus rubios cabellos. –Me alegro que te interese alguien pero esto que estás haciendo se llama stalkear- le echó en cara Daisuke.
-¡Que no!- negó el rubio con fervor. –No es eso…- le dijo mientras intentaba buscar una explicación que a su amigo le pareciera suficientemente razonable.
-¿Y cómo demonios sabes dónde está? ¿La sigues en instagram? ¿Es una de esas chicas que publica todo cuanto hace?- le preguntó mientras acercaba su mano al aparato móvil de su amigo, el cual estaba en la mesa, justo al lado del libro de él. Takeru lo tomó con rapidez, evitando que los dedos de su amigo llegaran al aparato.
-Vayámonos- le pidió. Pero Daisuke negó con cierta sonrisa burlona.
-Ni en broma. Antes vas a explicarme qué pasa aquí. Sino, iré yo y se lo preguntaré a ella- le amenazó el moreno viendo como Takeru palidecía ante aquella idea. –Vamos Takeru, no eres tan guapo como yo… pero eres rubio y de ojos azules, alguna posibilidad puedes tener- le intentó animar Daisuke mientras alcanzaba el hombro del joven.
Takeru quiso sonreír ante aquella ocurrencia. Pero no era tan sencillo. No podía acercarse a ella de aquella manera, ella podría pensar que de verdad era un stalker, un acosador. Quizás le había visto seguirla y podía malinterpretarlo todo. Y él no podía arriesgarse a que aquello pasara. A que ella lo alejara. Todavía no. Aún no.
¿Aún no?
Eso se preguntó dudoso. ¿Qué demonios esperaba? ¿Qué había de pasar?
-Oh vaya, parece que se va- oyó las palabras de Daisuke mientras le veía observar como la chica se levantaba de su asiento a través del reflejo en su móvil. Takeru rodó los ojos ante la actitud burlesco detectivesca de su amigo. A veces, podía ser algo idiota. Pero no dejaba de ser un gran apoyo. Luego le vio observar la hora en la pantalla, eran casi las seis y media de la tarde.
Entonces el moreno empezó a pensar algún plan para hacer que su amigo hablara con aquella chica, que aquello fuera un encuentro fortuito. Imágenes de películas absurdas volaron a su mente y cuando fue a comentarlas con el joven rubio vio que éste había desaparecido de delante suya.
-¿Takeru?- volteó sorprendido solo para ver como el rubio se había levantado apresurado de su asiento y corría en dirección hacia la chica de cabellos castaños.
Entonces se oyó el ruido de cristales chocando contra el suelo, estallando en miles de pedazos. Justo en el sitio donde instantes antes se encontraba la joven de cabellos castaños.
Ella, sin embargo, estaba a escasa distancia de aquel punto. Se encontraba totalmente confundida ante lo que acaba de pasar, sentada en el suelo, apoyándose en algo que no reconoció hasta girar el rostro sorprendida. Y ver que había caído encima de un joven que debía tener una edad similar a la suya, con los cabellos rubios como los rayos de Sol. Sintió la mano de él todavía encerrada alrededor de su brazo. Con aquella calidez que juraría haber sentido segundos antes de ver como esos cristales caían del techo, en dirección a donde ella había estado.
-¡Lo siento! ¿Están los dos bien? ¡No sé como ha ocurrido!- se disculpaba, de manera apresurada, un camarero que llevaba una bandeja debajo del brazo. Él era el que, bajando por las escaleras con dos copas vacías, había tenido un traspiés y había tirado dejado caer ambos recipientes. Éstos se habían precipitado con gran velocidad hacia el punto donde había estado ella.
Si no hubiera sido por ese chico, le hubieran caído en la cabeza.
Pero ella, juraría que sintió que él la agarraba antes de que pasara nada.
-¿Qué..?- intentó preguntar confusa mientras se giraba de nuevo hacia el joven. Entonces su mirada de ojos rubíes se perdió en los azules de él. Sabiendo que no era la primera vez que cruzaban sus miradas. Era el chico de la mesa cerca de la ventana. El del libro sin leer.
Él apartó la mirada de ella para luego levantarse del suelo. Luego se dio cuenta que seguía agarrado al brazo de la chica, así que la soltó con cuidado mientras le tendía la mano. Y ella, insegura y con la mirada todavía dudosa, negó aquella mano y se levantó por su cuenta.
Entonces ambos se vieron envueltos por la multitud de aquel bar. Por los dos camareros pidiéndoles disculpas, invitándoles a cualquier cosa que quisieran tomar. Además de ellos, estaban el resto de clientes revisándolos, incluso una mujer diciendo ser médico y revisando por si el rubio tenía alguna herida.
-¡Takeru!- oyó la chica que alguien gritaba. Era un joven de cabellos castaños y tez morena, que se acercó al rubio. -¡No te había visto correr tan rápido desde la final de baloncesto!- le golpeó el hombro el recién llegado.
Pero el rubio no estaba para aquellas bromas. Ni para nada. Solo quería salir de aquel lugar lo antes posible. Antes de que ella volviera a clavar su mirada en él y le preguntara alguna cosa que sería incapaz de responder.
Así que, ante la mirada sorprendida de su amigo, se apartó de la multitud y de aquella mujer que le pedía que se levantara la camiseta, y se acercó a grandes pasos hacia su mesa. Tomó su bolsa y su libro y agarró de la camisa a su amigo.
-Vayámonos- solo le ordenó tirando de él. Pero el moreno se negaba, intentando impedir aquella huida apresurada del rubio. Pero fue totalmente incapaz, al ver como el joven tiraba aún más fuerte de él.
-No… espera…- quiso retenerla la chica de cabellos castaños. Ella también quiso apartarse de la gente que quería revisar que estuviera bien, que no se hubiera hecho nada.
Y cuando ella le vio cruzar la puerta intentó zafarse de aquellas manos y tomar con fuerza su bolso para salir de allí. Pero el bolso se le enredó en una silla, y luego se dio cuenta de que había dejado atrás su chaqueta.
Soltó una maldición y, cuando finalmente consiguió llegar a la puerta, solo pudo ver la calle vacía e iluminada por las primeras luces de las farolas. De aquella oscuridad de los días cada vez más cortos de mediados de otoño. Suspiró. Les había perdido de vista.
Al moreno. Y al chico de ojos azules y libros sin leer.
Cuatro calles más lejos, Daisuke finalmente fue capaz de tomar el brazo de Takeru y hacer que el rubio se detuviera. Le vio voltearse hacia él con aquella mirada entre confusa y decidida.
-¿Por qué demonios huimos como si nos hubiéramos ido sin pagar?- le recriminó el moreno mientras hacía que se detuviera. El rubio tragó saliva.
-Bueno… técnicamente tú te has ido sin pagar- le contestó el rubio al ver, por encima del hombro de su amigo, que nadie parecía haberles seguido. Vio como él se llevaba una mano a la sien para luego tener que asentir a las palabras de su amigo.
-Bueno, el camarero te dijo que estabas invitado a lo que quisieras…-dijo mientras se encogía de hombros. Vio como Takeru negaba, algo divertido ante aquello. Pero luego el moreno de cruzó de brazos. –Y ahora vas a decirme, ¿qué ha ocurrido allí?- le encaró él.
Pero el rubio negó para luego voltearse y volver a caminar. Sopló un aire frio cuando él escondió sus manos en sus bolsillos. Rápidamente notó como Daisuke se ponía a su lado, para andar junto a él.
-No sé explicarlo- se sinceró él. Luego observó de reojo a su amigo. –Vas a pensar que estoy loco…-le dijo. Su amigo rodó los ojos.
-Eso siempre lo he pensado- le dijo para luego colocar sus manos detrás de su cabeza. Takeru sonrió suave ante aquello. -¿Quién es esa chica?- le preguntó curioso.
Y Takeru perdió su mirada en el cielo cada vez más oscuro.
-Ella es la chica de mis sueños…
