2. EL DIA QUE LA CONOCIÓ

No sabía en que momento se había caído ahí. Solo que estaba jugando en aquel campo de espiga, y de repente la madera debajo de sus pies crujió y se rompió. Después solo el agua helada de aquel pozo y él haciendo esfuerzos por mantenerse a flote. Encima de su cabeza, solo se veía las paredes rocosas de aquel agujero. Él intentó trepar por ellas, pero estaban demasiado resbaladizas y sus pequeñas manos se soltaban al mínimo esfuerzo.

Gritó con todas sus fuerzas, intentando que alguien le oyera, que alguien fuera a por él. Porque cada vez hacía más frio.

Y él solo quería volver a la superficie, con sus padres y con su hermano, pedirles perdón por haberse alejado tanto. Quería volver a subir, y ver de nuevo la luz. Volvió a gritar. Y deseó que alguien le escuchara. Que alguien le salvara. Que dieran algo por él. Y le sacaran de ahí.

Que él, lo devolvería. Era una promesa.

Y cuando creyó que no iba a poder más. Oyó una voz encima suyo. Una voz aguda, de alguien asomándose al pozo.

-¿Hay alguien ahí?- eso le preguntó aquella voz. Él rápidamente contestó, oyendo el eco que provocó aquello en aquellas paredes.

-¡Estoy aquí! No me dejes solo- gritó él sintiendo las lágrimas bajando de sus ojos, perdiéndose en el agua que cada vez parecía cubrirle más y más.

-Voy a buscar ayuda- le gritó aquella voz. Pero él soltó un chillido. No quería que le dejara solo. No quería volver a sumirse en la oscuridad del silencio. Quería que le hablara. Que le hablara todo el rato. -¡Volveré! ¡Te lo prometo! Tienes que confiar en mí.

Él tragó agua.

-¡Confía en mí!

Y él confió. Después de aquello solo recordaba que finalmente le habían sacado de aquel lugar. Que alguien había bajado a por él usando una cuerda muy resistente. Que lo había tomado y sacado de aquel sitio helado y oscuro.

Luego solo las lágrimas de su madre y de su hermano, el cual pedía perdón por no haber estado pendiente de él, del niño de cinco años que se había caído dentro del pozo. Su padre, algo más alejado, solo le miraba con la mirada oscura perdida.

Y lejos de ellos, una niña de su misma edad que sonreía agarrada de la mano de su hermano mayor.

Él la observó, todavía con sus ojos llorosos. Y le pareció ver rubíes.

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Takeru abrió los ojos bruscamente, sintiendo el sudor recorrerle la espalda y pegarse a sus sabanas baratas. Respiró, sintiendo su corazón en mitad de su garganta, dispuesto a salir por su boca.

Hacia tiempo que no soñaba con aquel pozo. Hacía tiempo que pensaba que lo había olvidado. Aquel hecho que luego cambiaría su vida, y la de su familia, para siempre. Que haría que le temiera a la oscuridad, y que haría que sus padres terminaran por divorciarse. Aquello que fue la gota que colmó el vaso de paciencia de su madre, al decirle a su padre que, si no hubiera estado metido en su trabajo y hubiera hecho de padre, aquello jamás hubiera pasado.

Ella le tomó de la mano a él, y dejó que su hermano mayor se quedara con su padre. Rompiendo su familia. Y marcándolo a él, sin querer, como el culpable.

Se levantó de su cama para dirigirse hacia la cocina de su pequeño apartamento. El único que se podía permitir con su sueldo de periodista en el periódico local. Trabajo que se había ganado hacia poco más de un año. Al deshacerse de aquel sueño de irse a vivir a Francia con su novia. Bueno, su ex novia.

Abrió la nevera, la cual iluminó la pequeña estancia que era sala y cocina a la vez. Tomó una botella de zumo y bebió directamente de ella, sintiendo el líquido refrescarle la garganta seca.

Luego los ojos rubíes volvieron a su mente y casi se dejó caer en la silla de la cocina.

Esos ojos rubíes que viera en sus sueños, que viera en aquella cafetería. Los ojos rubíes que llevaba ya dos meses persiguiendo.

Y que le perseguían a él.

-Me estoy volviendo loco- se dijo a si mismo mientras soltaba la botella de zumo y se llevaba las manos a la cara para frotarse los ojos. –Daisuke tiene razón- se atrevió a decir, traicionándose a si mismo.

Desde aquel día hacia ya casi dos semanas que había ocurrido aquel "pequeño" accidente en la cafetería, su mejor amigo no dejaba de recomendarle que hablara con un especialista. Y él empezaba a pensar que tenía razón.

Estaba obsesionado con ella. Y empezaba a acostumbrarse a pensar en que, aquella palabra, era totalmente cierta.

Porque la veía, la veía de día y de noche. La veía en sueños, y la perseguía cuando tenía ocasión. Y no sabía bien como pero siempre era capaz de encontrarla.

Y lo peor era aquella sensación de que debía tenerla cerca. Todavía. Que algo en su interior la empujaba hacia ella.

El porqué se había levantado tan deprisa aquel día en la cafetería, siendo capaz de empujarla y evitar que aquellas copas cayeran encima de su cabeza, era todavía un misterio. Y podría jurar que las copas aún no habían caído cuando se levantó.

Miró su reloj. Eran la seis de la mañana. Deseó entonces poder volver a dormirse y ser capaz de borrar todo de su memoria. Se arrastró hacia su cama de nuevo y se tumbó boca arriba. Supo entonces que no sería capaz de dormirse de nuevo.

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-Me estoy volviendo loco- admitió a su cuñada mientras se llevaba una mano bajo su barbilla y se apoyaba mejor en la isla de la cocina. Resopló.

A su lado oyó la risa de su cuñada, de la mujer de treinta años de cabellos cortos y rojizos y piel color canela. Sora, quien se había casado con su hermano cuatro años atrás, pero a la cual casi consideraba como una hermana mayor.

La mujer estaba sentada en un taburete igual que él, dando de comer a su hija, la ahijada de él, de tan solo tres años. La niña se negaba a comer lo que la mujer le ofrecía, con aquellos ojos azules despiertos, similares a los suyos y a los de su hermano. Su cabello rubio algo alborotado lo llevaba recogido en un pequeño lazo.

-No quiero- refunfuño la niña. Luego lanzó su mano hacia Takeru, como pidiéndole ayuda. –Tío- se quejó la pequeña rubia.

-Aiko, no seas terca- se quejó Sora mientras volvía a intentar hacer que su hija comiera. Takeru vio, divertido, como la niña negaba ante el bocado. –Podrías haber heredado otras cosas de tu padre…-resopló Sora.

Ante aquello Takeru observó como su hermano mayor se giraba para mirar a su mujer por encima del hombro. La mirada desafiante de Yamato se clavó en Sora, la cual simplemente le sonrió burlona. Tras aquello, el mayor de los hermanos rubios volvió su mirada hacia la comida que estaba preparando.

-¿Por qué no simplemente vas y hablas con ella?- retomó la conversación Sora mientras asentía al hecho de que su hija hubiera aceptado, finalmente, el bocado. Pero Takeru negó ante aquella simple pregunta.

-No puedo hacer eso- le respondió él. –Pensará que estoy loco- le explicó ante la mirada curiosa de ella. –Ya lo pienso yo… - volvió a repetir el rubio. -¿Qué hago? Voy y le digo… "oye perdona, no nos conocemos, pero no dejo de soñar contigo"- y solo ante la mención de aquella posibilidad, el rubio sintió como todo su cuerpo se removía nervioso y negaba ante aquella imagen.

Mientras él decía aquello, el mayor de los rubios se volteó hacia ambos, dejando tapada la sartén en la cual estaba cocinando las verduras.

-Sí, eso suena un poco descabellado- afirmó Yamato acercándose a la isla, para luego tomar uno de los botellines de cerveza que había allí y abrir uno, para luego tendérselo a su hermano.

-A mi me parece romántico- idealizó Sora, para luego ladear el rostro y volver a replantarse sus palabras. –Bueno… claro, porqué yo te conozco. Si un extraño se me acercara…- lo repensó la mujer desviando su mirada hacia su marido.

Y el matrimonio Ishida compartió una mirada al ver como Takeru tomaba un trago de su cerveza para luego hundir su rostro en sus manos y volver a resoplar. La verdad era que ambos empezaban a preocuparse por el joven de veintisiete años. Llevaba ya varias semanas con aquello en la cabeza. Y cada vez, parecía más preocupado.

-Dai tiene razón… debo pedir ayuda a algún especialista. ¿Verdad?- preguntó levantando su mirada azulada del tono del cielo y clavándola en la de su hermano, buscando consejo en él. Éste, sin embargo, le miró para luego ladear el rostro.

-Yo creo que le estás dando demasiada importancia- le expuso el mayor mientras se acercaba a él para tomarlo por los hombros. –Solo deja de pensar en ello.

¿Dejar de pensar en ello?

Takeru suspiró mientras tomaba de nuevo el botellín de cerveza. Tomó otro trago.

Que más quisiera…

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Sora tomó a Aiko del sofá al ver como la niña se había quedado dormida. Decidió que ese era un buen momento para llevársela a su habitación y así hiciera la tan necesaria siesta. Si luego quería que ella y su marido pudieran descansar.

Cuando ya estaba tomando a la pequeña rubia en brazos, la mujer vio entrar en la sala a su marido y vio como su mirada se perdía en la dirección del balcón de aquella casa.

Ahí, apoyado en la barandilla, estaba el hermano menor de su marido, con la mirada perdida en la calle.

-Ve y habla con él- le dijo ella antes de que Yamato pudiera abrir la boca. El mayor tomó aire.

-No sé como ayudarle- le confesó el rubio. Pero la mujer le sonrió suavemente.

-Ya… pero para algo eres su hermano mayor- se encogió de hombros ella antes de darle la espalda para dirigirse al pasillo que la llevaría al cuarto de la menor.

Yamato quiso retener a su esposa, aún sabiendo que ella tenía razón. Finalmente se dirigió hacia el balcón y abrió la puerta corredera, ante aquello el menor de los rubios levantó la cabeza.

-Sabes que se oye todo desde aquí fuera, ¿no?- fue lo primero que le dijo el menor, antes de que él se situara a su lado. Yamato apretó los dientes al oír aquel fallo. Pero el menor sonrió suave.

Esa era una buena calidad de él. El podérselo tomar todo con actitud. Con positividad y optimismo.

-Hay algo más con lo que he soñado últimamente…-le dijo en un momento Takeru, cuando su hermano se hubo acomodado a su lado y ambos observaban la calle a los pies del edificio de nueve plantas donde estaban. Ellos estaban en un apartamento en el tercer piso. Yamato le observó de reojo, solo para ver como Takeru tragaba saliva. –El pozo… ¿te acuerdas de aquel pozo dónde me caí cuando tenía cinco años?- le preguntó.

-Como olvidarlo- suspiró Yamato. Pensó que jamás sería capaz de olvidar aquel episodio. En como había perdido de vista a su hermano mientras ambos jugaban en un campo de espiga en uno de sus viajes familiares. En el último que hicieron en familia.

-Alguien me rescató… ahora lo recuerdo casi mejor que antes. Recuerdo una mirada y alguien que me dijo que confiara- le habló con voz queda. Yamato asintió, no era un tema que quisiera comentar mucho. En realidad, nunca hablaban de aquello. –Recuerdo haber prometido que si me salvaban… lo devolvería.

-¿Devolver? ¿Devolver el qué?- le preguntó confuso el mayor. Aquellas palabras y aquella frase que no había escuchado antes. Pero Takeru solo se encogió de hombros.

-No lo sé- solo dijo mientras metía sus manos en sus bolsillos. Luego torció el rostro. –Nuestros padres se separaron tras aquello… tú con papá, yo con mamá…

-Ella nunca le perdonó que no nos prestara atención- asintió el mayor. Tras aquello volvió a mirar al menor, con el cual compartía color de piel, ojos y cabello. Sintió una ola de gratitud al seguir teniéndole. –Pero a pesar de aquello, aquí estoy- le dijo para luego apoyar una de sus manos en la cabeza de su hermano menor y removerle el cabello. Takeru soltó una ligera carcajada.

-Ya… para algo eres mi hermano mayor.

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Se acomodó mejor su bolsa en su hombro mientras salía del edificio de la puerta giratoria. Acaba de entregar su último artículo y ahora tenía toda la tarde libre. De ese maravilloso martes de diciembre.

Sintió como sus pies tiraban de él en dirección a la cafetería italiana. Pero su cerebro negó ante aquello. No debía dejar que sus pies le llevaran allí de nuevo. Por dos cosas claras: la primera, porque había decidido olvidarse de aquella chica de cabello corto y ojos rubíes. Y la segunda, porque ella no estaría allí hasta las cinco de la tarde.

Resopló frustrado ante el segundo pensamiento. Aunque por más esfuerzos que hiciera en olvidarse de ella, más todo parecía querer recordárselo. Sin embargo, al menos ahora llevaba una semana sin verla. Y se sentía orgulloso.

Hasta el punto de avergonzarse al sentirse como un adicto en sus primeros días tras dejar un vicio.

Entonces oyó el sonido del teléfono móvil en su bolsillo. Con extrañeza lo tomó entre sus manso solo para ver el número de teléfono de su cuñada.

-¡Takeru!- la oyó decir con alivio. –Tengo que pedirte un favor. ¿Podrías ir a recoger a Aiko a su colegio? Tu hermano tiene una reunión urgente en el instituto y yo estoy atrapada aquí en un atasco.- le suplicó Sora a través del auricular. Él se observó su reloj de pulsera.

-Sí, claro- le dijo tras ver la hora. Se encogió de hombros al sentir como su tarde libre se disolvía.

-Muchas gracias- le contestó ella, aliviada al sentir la respuesta positiva de su cuñado. –Pero no la atiborres a dulces. ¡Por eso luego solo quiere ir contigo!- le amenazó ella a lo que Takeru soltó una risa.

-Es el precio a pagar por el tío Takeru, querida Sora- le contestó él a ella de manera burlona. Y antes de que su cuñada pudiera hacerle algún comentario al respecto, el rubio optó por colgarle el teléfono y poner rumbo hacia el colegio de la menor.

No tenía perdida, ya que ese colegio se encontraba a pocas cuadras de la casa donde vivía su hermano. Varias veces habían pasado por delante de él durante alguno de sus paseos con la menor. Simplemente debía tomar un bus para llegar hacia esa zona de la ciudad, y luego pan comido.

Como le había colgado a Sora, no sabía exactamente si iba con retraso en la búsqueda de su ahijada, así que se apresuró a tomar el bus y recorrer las calles que le llevarían justo delante del colegio.

Soltó un suspiro al llegar delante del edificio y ver a otros adultos, como él, en la pos de recoger a sus hijos. Él se unió a la multitud, adentrándose de una manera apelotonada hacia el recinto. Como no recordaba demasiado bien en que clase iba su ahijada, y no quería el reproche de llamar a su cuñada, lo preguntó en la secretaria que atendía las puertas del colegio.

-Clase de los gorriones azules- le contestó ella, ante lo que Takeru levantó una ceja. Asintió a la mujer para luego dirigirse en esa dirección. Rodó los ojos al volver a observar una maraña de padres justo en la puerta que daba lugar a la clase de los "gorriones azules". Así que decidió esperar, pacientemente, a que se dispersaran para luego acercarse hacia allí.

Finalmente, él sacó la cabeza hacia dentro de la clase de los gorriones azules, justo para ver unos cuantos gorriones desperdigados y a su preciosa sobrina de cabellos rubios y lacito.

-¡Tío Takeru!- oyó que ella le gritaba al encontrarse sus ojos azulados con los de la menor. El joven abrió sus brazos para recibir a su ahijada, y sintió como ella se agarraba a sus piernas.

-Hola gorrión azul- se burló él acariciándole la cabeza. -¿Nos vamos Ai-chan?- le preguntó divertido. Pero se sorprendió al ver como la niña negaba.

-¡No! Tienes que decírselo a la profe- le explicó ella de manera graciosa. Takeru frunció el entrecejo para luego levantar la cabeza.

-¿La profe? ¿Y quién…- pero su pregunta murió en sus labios al ver a una joven parada justo delante de él. Una joven de cabellos castaños y ojos color rubí. La chica de sus sueños…

Sintió que toda la gravedad de la tierra había decidido que ese era un buen momento para tirar de él hacia abajo. Sin embargo, su corazón parecía ser lo suficientemente ágil como para seguir moviéndose a pesar de aquella fuerza en su contra.

Y la joven no tampoco apartaba su mirada del recién llegado, habiéndose sorprendido también de encontrarle allí. Ella se acercó a él con pasos vacilantes.

-¡Ella es mi profe Hikari!- dijo entonces la niña tirando de la manga del rubio. –A ella tienes que decírselo- le insistió ella.

Y él intentó buscar las fuerzas para hablar. Pero fue al joven de cabellos castaños cortos la que tomó la palabra.

-Hola- le saludó ella. Ahora él podía entender porqué ella llevaba a veces flores pintadas en su piel, gomitas y pintura en su ropa. –Eres… Takeru Ishida- le habló ella y él no pudo más que sorprenderse del hecho de que ella recordara su nombre.

-Takaishi- le contestó.

-¿Cómo?- preguntó confusa la mujer mientras observaba a la niña de cabellos rubios. Luego entendió, debía ser hermano de su madre. Aunque creía recordar que la mujer se llamaba Takenouchi.

-Eh, separación de nuestros padres, mi hermano lleva el apellido de nuestro padre y yo el de mi madre- explicó él atropelladamente. Luego se llevó una mano a la cabeza. –No se porqué te he contado eso- le dijo nervioso.

Porqué él solo quería huir de allí. Escapar de aquella mirada. Sintiendo que ella, en cualquier momento, le reclamaría de obseso o de mirón o de stalker. Y sin embargo era incapaz, sus pies seguían clavados en ese punto de la tierra. Que era el lugar donde debía estar.

Ella soltó una risa ante el nerviosismo de él.

-Entiendo- le contestó tras unos segundos. –Estaría algo preocupada por Ai-chan pero la verdad es que te pareces muchísimo a su padre- le confesó ella mientras miraba a la chica. Aiko le sonrió inocentemente. Takeru asintió. No era la primera vez que se lo decían. –También porqué te debo un "gracias"… por aquel día en la cafetería…-habló ella pero Takeru levantó las manos, como negando a que ella continuara.

-No es necesario- intentó decir él ante la mirada curiosa de ella. Esos ojos rubíes de sus sueños. ¿Cómo iba ahora a ser capaz de olvidarlos?

-Sabes profe Hikari, mi tió Takeru está loco- dijo de pronto la niña. Ante lo que Takeru abrió los ojos sorprendido tirando de ella.

-¡Ai-chan!- se quejó él para mirar, con incredulidad, a su ahijada. Hikari enarcó una ceja ante aquella declaración.

-¿Qué? Es lo que siempre le dices a mamá- refunfuñó ella mientras se cruzaba de brazos. Y Takeru no pudo evitar enrojecer ante aquellas palabras. Esa niña… escuchaba más de lo que todos pensaban. Aunque quizás ni tan siquiera supiera que era esa palabra.

-Eso no es…-intentó hablar él levantando la mirada hacia la joven que tenía delante, la cual lo miraba sin entender bien la situación. Él quiso explicarle aquello. Porque era el ingrediente que le faltaba para que ella pusiera algún tipo de denuncia en su contra.

Y cuando quiso hacerlo, sintió como unos padres se acercaban en la búsqueda de su hijo. Y tras ello otra de las parejas que llegaba algo tarde.

-Ehm… tengo que encargarme de mis otros niños- explicó Hikari mientras se mordía ligeramente el labio. –Supongo, que nos veremos- y tras decir eso ella levantó la mano para despedirse de ellos y alejarse en dirección a las otras familias.

Takeru solo fue consciente de aquello cuando su ahijada tiró de nuevo de él. Él le desvió su mirada, perdida en sus pensamientos.

-¿Me compararás un helado?