Disclaimer: Ya saben, los personajes no pertenecen (bueno, mi güero hermoso sí, pero no se lo digan a nadie), esta historia está escrita sin fines de lucro.
Todos los minifics participan en el Octobert, dinámica inspirada en el Inktober, Fictober, etc. pero con trabajos dedicados al rubio favorito de Candy Candy. Busquen la página en facebook, denle like y participen en las dinámicas para Albert.
Barba
La primera vez que lo ví, tenía una barba tipo "hipster", unas Ray-ban de aviador y el cabello largo recogido en un chongo desordenado. A pesar de vestir informal con una camiseta negra, jeans y botas; su aspecto era como el de un modelo de revista. Revisaba su correo mientras yo entraba al edificio cargando una gran bolsa del supermercado. Hacía apenas unos días que me había mudado a Chicago, al edificio de la calle Magnolia y no conocía a nadie aún.
Venía ensimismada en mis planes y el tipo me había dejado impactada con su arrobadora belleza masculina. Había sido transferida de un hospital en un pueblo pequeño en las orillas de Michigan, al Santa Juana en la ciudad de los vientos, para realizar una especialidad en mi carrera de enfermería y me sentía un poco sola. El chico de barba me miró apenas, pero conforme fueron pasando los días, empezó a dirigirme sonrisas furtivas al encontrarnos en la puerta o en las escaleras del edificio. Después de una semana, decidí que podíamos hablarnos y empecé con un "hola" o "buenos días" que el vecino de barba se limitaba a responder con amabilidad. Lo más que llegamos a intercambiar fueron nuestros nombres "llámame Candy", le pedí un día en un coqueteo inocente, a lo que un "soy Albert" recibí como respuesta. Quizá no íbamos a ser grandes amigos, pero al menos compartíamos saludos cordiales y yo me deleitaba con la vista. En fin, que no se puede tener todo en la vida; ya me iba bastante bien en el hospital, aún no había hecho amistad con mis compañeras, pero planeaba empezar a socializar más, ya que me estaba adaptando rápido al ritmo de trabajo. Tal vez lo único malo era que extrañaba el aire de campo, las caminatas por el lago Michigan, el senderismo en el bosque; el ejercicio que hacía en mi antigua localidad, por lo que decidí empezar a correr en el Parque Nacional, no sería lo mismo, pero me inyectaba vitalidad.
Uno de los primeros días, regresaba a casa y en la cima de la escalera un enorme perro negro me embistió. Me di cuenta que no quería agredirme, claramente su intención era salir corriendo, quizá de manera demasiado entusiasta. Por instinto, quise agarrarlo a sabiendas que el o la dueña con seguridad vendría detrás de él. Alcancé a sujetar la correa con firmeza, sin tomar en cuenta que la fuerza del perro podría ser mayor a la mía.
Me había caído muchas veces a lo largo de mi vida, pero el dolor agudo que sentí en ese momento, no lo había experimentado jamás. Había rodado la escalera completa. Sentí que me quedaba sin aire, quizá por el impacto y me dí cuenta que no iba a poder levantarme por el intenso dolor de mi rodilla izquierda. Como pude, intenté hacerlo, pero el dolor era insoportable. Me senté al pie de la escalera tratando de recuperar fuerzas y evaluando mi estado en general. Aunque me encontraba algo adolorida, realmente no me había lastimado de gravedad otra parte de mi cuerpo, quizá la muñeca. El perro, regresó algo confundido, tal vez porque nadie le seguía, o por el estruendo que causé. Se acercó con recelo y al ver que no hacía el intento por agarrarlo, empezó a olfatearme y finalmente a lamerme
-¡Bribón! ¿De dónde escapaste, eh?
-¡Pouppé!
La voz profunda de mi atractivo vecino de barba resonó en las escaleras al tiempo que unos pasos apresurados se acercaban
-Parece que ya sabemos quien es tu dueño- le dije a la perra gran danés que seguía haciéndome cariños.
En otras circunstancias, me habría apenado estar sentada medio despatarrada en las escaleras, sudada y pegajosa después de hacer ejercicio y probablemente muy desaliñada luego del golpazo que me había dado, pero el alivio de saber que alguien podía ayudarme en medio de mi dolor, fue mayor.
-¡Candy! ¿Te encuentras bien? –preguntó al verme en semejante estado
-La verdad es que no. ¿Podrías ayudarme a llegar a mi departamento? Me lastimé la rodilla y tal vez la muñeca –dije en tono lastimero al percatarme que no podía recargarme con la mano derecha
-¿Te caíste de las escaleras? ¿Por Pouppé? –preguntó atando cabos
-Fue una imprudencia de mi parte. Quise agarrarla para que no escapase del edificio y resultó ser muy fuerte
-Lo siento mucho, Candy. ¿Te golpeaste la cabeza? ¿Llamo a una ambulancia?
-No será necesario, solo tengo algunas magulladuras
Albert me cargó y empezó a subir las escaleras, pero incluso con la pierna colgando, el dolor aumentaba más y más. Debió notar mi gesto, porque volvió a descender y me dijo en tono que no daba derecho a réplica:
-Candy, te llevaré a un hospital, es mejor que descarten cualquier lesión mayor.
-No te molestes…
Pero él ni me escuchó. Afuera del edificio se encontraba su carro, me ayudó a subir en el asiento trasero y con mucho cuidado, colocó mi pierna encima del asiento. En otras circunstancias, me habría consternado que se tomase la libertad de tocarme la pierna, pero en ese momento, agradecía cualquier ayuda. ¡Y vaya que fue de ayuda! Me dejó en el auto mientras llevaba de regreso a Pouppé a su casa, pero en el hospital esperó paciente mientras me realizaban algunos estudios, supo que no conocía a nadie en la ciudad y tramitó mi incapacidad en el mismo hospital, me llevó de regreso a casa y pidió una pizza que comí sin muchas ganas ya que me hallaba medio drogui por los analgésicos. Ni siquiera recuerdo como llegué a la cama, pero estoy segura que no lo hice sola.
A la mañana siguiente, la imperiosa necesidad de ir al baño me despertó. Aunque no sabía como moverme sin muletas y con una escayola en la pierna y otra en el brazo, hice lo posible para levantarme y solté una maldición cuando me di cuenta lo difícil que era.
Albert entró corriendo a mi habitación, sorprendiéndome en el acto, explicándome que había dormido en el sofá por si requería ayuda. Me cargó para llevarme al baño y me brindó privacidad. Mi cabello era un lío y no podía hacer mucho con la mano izquierda, pues la derecha era mi mano dominante y justo era la que me había fracturado.
Albert preparó el desayuno y me ayudó a lavar el cabello, mientras me explicaba en tono juguetón que no era un asesino serial y que podía confiar en él. Con el paso de los días, dejó de ser el simple vecino de barba para convertirse en mi mayor apoyo, en mi mejor amigo y en mi única compañía además de Pouppé, que se quedaba a mi lado cuando él se iba a trabajar.
Sobra decir lo que sucede con la convivencia diaria entre un hombre y una mujer solteros. Con el paso de los días, cada vez era más difícil que Albert se fuera a dormir a su departamento, aunque ya me había adaptado a cubrir mis necesidades básicas sin ayuda, disfrutaba enormemente su compañía y apoyo. Al final, cuando me quitaron las escayolas, Albert me invitó a salir y yo acepté encantada. Las cosas han ido muy rápido y hemos decidido vivir juntos. No puedo creer que agradezca a Pouppé el tremendo golpazo que me llevé aquel día, sin embargo, ¡lo hago cada día!
