4. Escocia

Albert era el último varón de la familia Ardley. Sabía que si no encontraba una pareja, su clan se extinguiría. Quizá no sería tan malo. Había tantas tradiciones arcaicas que él anhelaba erradicar… Sin embargo, conocía todas y cada una de sus responsabilidades y a pesar de todo, no podía evitar desear salir y conocer el mundo antes de afrontarlas. Quería conocer a la gente, aprender de personas que pensaran diferente a la rancia educación que había recibido. Debió esperar años a que los miembros más viejos del clan fuesen muriendo por su avanzada edad, para recibir el apoyo dudoso de su tía Elroy, y finalmente poder salir a explorar el mundo.

Había recorrido África, América y parte de Europa solo con su mochila al hombro. Siempre eligiendo habitar en sitios rodeado de ríos por la conexión inevitable que sentía con los cuerpos de agua. Diariamente nadaba, trotaba a las orillas del río o incluso pescaba, pues el pescado fresco era su comida favorita.

En todos los sitios había llamado la atención de alguna fémina debido a su impactante belleza. El cabello rubio y ondulado parecía brillar cual oro líquido, la blanquísima piel se había tostado ligeramente dándole un aspecto sensual y atrevido. Usualmente usaba gafas oscuras, pero cuando se las quitaba, los profundos ojos azules tan enigmáticos, hipnotizaban de inmediato a cualquiera que se atreviese a mirarlos. Sin embargo, él no había volteado a ver a ninguna mujer por más de unos segundos. Nadie había llamado su atención lo suficiente. También valdría comentar que su gran altura y porte, impactaban a todo el que se atravesara en su camino. Mucha gente incluso le temía sin saber porqué. Era un hombre muy atractivo, pero emanaba un aire de oscuridad y poder a donde quiera que fuese.

Un día simplemente supo que era tiempo de volver a casa, al lugar de sus ancestros, a su querida Escocia. Pese a su largo recorrido, no había hallado lo que buscaba: ni a una mujer con quien procrear a la nueva generación, ni un lugar en el mundo donde perteneciera. Su alma siempre retornaba a Escocia. No tenía nada que hacer fuera de ella y cuando llegó decidió dar un último recorrido en la naturaleza, por las Highlands, antes de volver con su familia.

Fue en uno de esos paseos donde la vió por primera vez. Por un momento creyó que alucinaba. Caminaba cerca de las formaciones rocosas que rodean al Loch Ness cuando escuchó un canto proveniente de una preciosa voz femenina. Como atraído por un imán, se acercó hasta que la vió. Una dulce muchacha con el cabello rizado que parecía emitir destellos con la luz del sol, cantaba sin reparar en su presencia. O eso creía él…

Cuando se giró y lo miró ahí parado, su belleza lo impactó. En todos los lugares que había recorrido, nunca se había sentido tan atraído por una mujer. Era la chica más hermosa que había visto en toda su vida. Con los ojos verdes chispeantes, unas coquetas pecas salpicadas por su nariz y la figura más seductora que hubiese visto jamás. La chica le propinó una mirada provocativa y una sonrisa infantil que le confería un aire inocente que lo sedujo. También era la primera vez que una mujer no parecía temerle. Se acercó sin reparo, sintiendo la necesidad imperiosa de verla más cerca, de tocarla, de conocerla y llevarla consigo. Él pudo ver en los ojos verdes de la chica destello casi mágico. Pero no podía ser. Él conocía a todos los clanes y ella definitivamente no pertenecía a ninguno. Y sin embargo, debía ser o muy intrépida o muy tonta al vagar sola alrededor de un lago escocés con todas las leyendas que los rodeaban.

-¿Quién eres? –cuestionó sin tapujos

-Soy Candy

-¿Qué haces aquí?

-Lo mismo que tú

-Lo dudo

-¿Son tus tierras?

-Podría decirse

-¿Quién eres tú?

-Soy Albert. Y este sitio es peligroso para una chica

-Conozco el lugar como la palma de mi mano, no te preocupes

-¿Estás sola?

-No tengo familia, ni amigos

-¿Y eso?

-Una vez tuve una familia, pero no era como ellos. Soy diferente. No quiero ser como ellos y decidí alejarme.

El joven se quitó las gafas y ella se reflejó en las profundas lagunas azules que tan enigmáticas le resultaban a todo el que los había visto. No pudo evitarlo, se dejó envolver por la magia que emanaban y aunque en un inicio se sintió desconcertada, una reacción que ningún hombre había logrado antes con ella, poco a poco supo que no podía evitar la atracción que había entre ellos y decidió que él era perfecto.

Intensamente atraído el uno por el otro, empezaron a charlar, hasta que ella lo invitó a nadar en el lago.

-¿Estás loca? La gente común no nada en el Loch Ness. Dicen que es peligroso.

-¡Oh, vamos! ¿Qué tipo de peligro puede haber si sabes nadar bien?

Él podía sentir la oscuridad emanando de ella al expresar su deseo de nadar. No lo comprendía, no podía entenderlo, pero también sentía unas ganas irrefrenables de entrar al agua. Su sentido común le decía que era una mala idea, la peor idea que podía tener en ese instante.

-Dicen que el lago está lleno de criaturas mágicas

-¿Nessie? No deberías temerle, es un buen chico, nunca nos haría daño – afirmó risueña

-No te burles, Candy. No solo el monstruo del lago Ness habita en los lagos de Escocia.

-Lo he escuchado. Pero solo son cuentos para niños, ¿cierto?

-No podría asegurarlo, Candy…

Esa primera ocasión, ella no pudo convencerlo para entrar al lago. Albert decidió pasar algunos días acampando en la zona antes de ir a casa. Dentro de él, tenía la certeza de haber hallado a la mujer ideal. Era hermosa, perfecta en cada aspecto. Pasaban mucho tiempo juntos y por primera vez se sentía enamorado. Pese a todo, ella no dejaba de insistir en nadar en el lago y cada vez que la invitación se hacía presente, la oscuridad emanaba de los ojos de la chica cada vez de manera más evidente para él. Y eso lejos de asustarlo, lo seducía cada vez más.

Un día, Albert descubrió su secreto. No por nada era el patriarca de su clan. Encontró una piel de foca escondida cerca del lago y no tuvo mas que atar cabos: Candy, su dulce y preciosa Candy era una sirena. Nada menos que una Selkie.

Albert sabía lo que que se decía de las sirenas: si un hombre encontraba su piel y la resguardaba, ella podría acceder a ser su esposa, la mejor esposa del mundo. Pero ella ¿realmente accedería? A él no le importaba que ella fuese una sirena, ni a cuantos hombres hubiese ahogado. Era su naturaleza y no la juzgaría. Pero ella ¿podría aceptarlo a él y evitar la tentación de ahogarle?

Y entonces, el día que Albert estaba seguro de volver a casa, sin preámbulos le propuso matrimonio a Candy. Sin flores, ni gestos románticos. Tenían apenas unos días de conocerse, pero él sabía que nunca podría sentir por nadie lo que la mujer lo hacía sentir. Y no tenía nada que ver con el hecho de ser una criatura mágica. Se sentía identificado con ella. La amaba. Esa tarde, dentro de la casa de campaña donde dormían juntos últimamente, él le expresó sus deseos

-Candy, hoy es mi último día aquí. Debo ir a casa. Tengo muchas responsabilidades. Pero quiero que vengas conmigo

-Albert, nada me gustaría más pero no puedo

-¡Claro que puedes! ¡Cásate conmigo! Esto que tenemos, lo que sentimos, es algo único. Lo sabes, lo sientes…

La chica lo sabía pero luchaba contra sus inseguridades. Su familia siempre le había dicho que no podía negar su propia naturaleza. Candy tenía miedo de que esa naturaleza le traicionara e hiciera daño a Albert

-Es lo que más quisiera, pero no puedo…

-Entonces, nada conmigo en el lago –invitó por primera vez él. Pero para entonces, eso era lo último que ella deseaba

-No, Albert. No sabes lo que me pides

-Lo sé, mi dulce Candy. Lo sé todo. Ahora soy el dueño de tu piel

La chica se sorprendió de sobremanera ¡Él conocía su secreto! Y a pesar de todo quería casarse con ella. Candy sabía que un matrimonio entre una selkie y un humano era loable, pero en todos los casos, la sirena sufría por la nostalgia de regresar al agua. Sin embargo, Albert quería nadar con ella. Nada tenía sentido. Él sabía que su naturaleza sería ahogarlo. ¿Pretendía que ella se conformase con despedirse de su amado lago? ¿No sabía que las sirenas no pueden luchar contra sus instintos y que terminaría por ahogarlo aunque no quisiera?

Perdida en sus pensamientos, no se dio cuenta que Albert corría hacia el lago escocés. Candy sabía cuantas criaturas habitaban ahí y por primera vez sintió miedo. Si él se sumergía, podía perderlo para siempre

-¡Albert, no! ¡Detente! –gritó mientras corría hacia él, pero sus largas piernas hacían zancadas enormes y ella no podía alcanzarlo por más que corría

-Ven conmigo, Candy. Cásate conmigo –respondió girando levemente, pero sin volver atrás

-¡Albert, porfavor! –suplicó con desesperación

Pero sus gritos no pudieron detenerlo. Albert saltó al agua y Candy, aterrada por el miedo de perderlo ante otra presa, saltó al lago detrás de él con la férrea idea de defenderlo de cualquier otra criatura que quisiera hacerle daño. Dentro del agua, lo alcanzó en instantes. Era su mundo, la sirena lo tomó del brazo con posesividad. Albert se giró para mirarla y por primera vez vió plenamente la oscuridad emanando de sus ojos

-Eres mío –expresó con una voz aterradora. Pero no porque quisiera asustarlo, sino porque ella misma se hallaba aterrada de luchar contra sus instintos. Debía sumergirlo, arrastrarlo a su lado por el lago. No quería. No podía ser capaz. Lo amaba tanto, pero era algo más fuerte que ella

Y sucedió. Lo sumergió cada vez más al fondo. Se abrazó al cuello masculino y sin poder dar marcha atrás empezó a sumergirse más y más. Candy cerró los ojos con fuerza. Sentía un nudo en la garganta y hubiese llorado si el agua se lo hubiese permitido.

Luego, el acabose. Albert dejó de moverse. Finalmente lo había asesinado. Se alejó para observar su rostro, sin soltar el cuello masculino. De repente, un torbellino la sacó fuera del agua. Sucedió tan rápido que no terminó de enterarse qué sucedía hasta que sintió pelo bajo sus manos.

El sedoso cabello de Albert se había convertido en una crin y el delgado cuello del hermoso hombre, se tornaba grueso y fuerte. Un caballo dorado emanaba del agua con Candy aún colgada de él, ante el asombro de la chica

-¡Un kelpie!

Candy lo miró a los ojos y aunque todo el animal emitía un aura aún más oscura que la de ella cuando trató de ahogar a Albert, la mirada del caballo fue cambiando de amenazante a dulce. Ella supo lo que tenía que hacer. Se montó en el caballo y siguió abrazada de su cuello. Relajada y más feliz que nunca, dejó que él la sumergiera en las profundidades del Loch Ness. Después de todo, Albert era una criatura mágica también.

Hasta antes de aquel suceso, no se había sabido de la amistad, mucho menos del amor entre un "espíritu de agua" como son los kelpies, y una sirena. No lo planearon, ni se dieron cuenta de como sucedió. Pero a partir de ese día, Candy tuvo una familia nueva. Y Albert la esposa que tanto buscaba.

Ambos vivieron felices en las profundidades del lago más grande de Escocia, de vez en cuando salían a la tierra, a caminar y vivir aventuras transformados en seres humanos hermosos que luchaban contra la oscuridad de su naturaleza, algo que poco a poco fue tornándose más sencillo, gracias al amor que los humanos les inspiraban.


Hola chicas, muchísimas gracias por sus reviews. Tenía muchas ganas de escribir algo con referencia a los mitos celtas y aquí está, pueden buscar el google los mitos sobre selkies (sirenas), que nos dicen algo de lo que narro en este fic: ellas tienen piel de foca, pero se la quitan y la esconden para seducir a los hombres, tomando aspecto de mujeres bellísimas y los ahogan. Sin embargo, si un hombre encuentra la piel de foca, puede pedirle matrimonio a la sirena y ella será una excelente esposa, aunque siempre extrañará el vivir en el agua.

Y sobre los kelpies, son otras criaturas de la mitología celta, son "espíritus de agua", que viven en lagos escoceses y tiene forma de caballo. Pueden tomar forma humana, también muy atractiva, para atraer a las personas, dejarles montarlos y finalmente ahogarlos al sumergirse en el agua y no permitirles descender de ellos.