5. Viaje

Cuando se hallaba presto a partir, con maleta en mano, gafas puestas y el famoso imperdible café similar al de sus años mozos; la pequeña Rosey hizo un berrinche de aquellos. Gritó, jaloneó, corrió desesperada hacia su padre y le imploró que no les abandonase.

Albert haciendo gala de su fortaleza y a pesar de sentir el corazón estrujado, le prometió que no estarían solos, que la mujer al pie de las escaleras cuidaría todo el tiempo de ella y del bebé. Pero era necesario partir.

La niña no podía creerlo, se rehusaba a aceptarlo.

-¡Papá, por favor! ¡No te vayas! ¿Por qué nos abandonas?

-¡No los estoy abandonando! –Albert tomó a la pequeña entre sus brazos y la cargó. –Te prometo que antes de que lo esperes estaré de regreso. Será como las ocasiones anteriores

-No papá. No es cierto. Sé que esta vez es diferente. No te marchas por trabajo.

-¿Qué? ¿Quién te dijo eso?

-¡Los escuché! A ti y a ella- dijo señalando de nuevo a la mujer al pie de la escalera

-Vayaa, vaya. Has resultado una señorita muy chismosa- reprendió tocando la punta de la pequeña nariz

-No papi, fue sin querer. Es que creí que iríamos otra vez a ese hotel del tío Neal, que tiene albercas y juegos donde jugamos con mis primos. Yo me emocioné mucho, mucho y preparé mi equipaje. ¡Pero ahora nos quieres abandonar a mamá, al bebé y a mí! ¡Buaaaa!

Albert abrió los ojos más grande de lo normal, se pasó la mano por el cabello y sintiéndose culpable, aceptó:

-Mamá está esperándome en el auto

-¿Qué? ¿Mamá también se marcha? ¿Y sin despedirse?

Dorothy, quien se hallaba al pie de la escalera, se acercó y tomó a la niña de la mano

-Rosey, tu mamá se despidió de ustedes hace un rato, ¿Recuerdas? Solo no mencionó que se iba de viaje con tu papá

Habían planeado el viaje con meses de anticipación. Una segunda luna de miel sin niños que interrumpían a cada momento, sin sirvientes que requirieran instrucciones, sin parientes cariñosos que les visitaban constantemente ni visitas indeseadas. Sin trabajo, ni juntas, ni eventos sociales. Solo él y ella en el campo. Largas caminatas, trepar árboles, comer de la forma más natural posible, pescar juntos, nadar en el lago en el día, hacer fogatas por la noche y calentarse junto al fuego haciendo el amor una y otra vez. Como en "los viejos tiempos".

Sin embargo, las cosas no siempre resultan como se planean. Y para Albert y Candy, no fue la excepción.

Unos minutos después, Albert guardaba las múltiples maletas en el portaequipaje del auto, acomodaba la silla de bebé en el asiento de atrás y colocaba el cinturón a los niños mientras Candy, sentada en el asiento del copiloto, luchaba por aguantar la risa.

-¿Está seguro que no quiere que los acompañe, señor? Podría ser de mucha ayuda para la señora Candy…

-Muchas gracias, Dorothy. Pero es mi última palabra. Ya accedí con este par de pillos, no caeré contigo también.

La mujer enrojeció sin poder evitarlo al tiempo que la pequeña preguntaba:

-Papi, ¿iremos al hotel del tío Neal?

-¡Ah, no señorita! ¡Eso sí que no! Planeamos estas vacaciones desde hace mucho y ya va siendo hora de que conozcan las actividades favoritas de tu mamá y mías. Pasaremos unos días en el campo.

Albert subió al auto y extendió a Candy un billete de 50 dólares mientras ella soltaba una carcajada

-Te lo dije. Sabía que no resistirías, Bert

-Me di cuenta. Tenías la maleta del bebé preparada -Responde entornando los ojos mientras ella vuelve a proferir otra estruendosa carcajada.