Capítulo 3: La Guarida

Kagome encontró una cueva pequeña y poco profunda a los pies de una colina que sería la guarida para que su cría estuviera a salvo. Lo introdujo allí y de un pequeño ladrido le advirtió que se mantuviera quieto. Él le hizo caso y ella sonrió complacida.

Se alejó de la entrada de la guarida por unos instantes, rodeó el tronco de un pequeño árbol con ambas manos y tiró de él para arrancarlo. Lo llevó a la guarida, lo recostó contra la entrada y acomodó las ramas para ocultarla por completo. Una vez que estuvo satisfecha con lo que había hecho, se arrastró para entrar a la cueva, rodeó a su cachorro con ambos brazos y lo arrulló.

Shippo estaba triste, unas lágrimas le caían de los preciosos ojos verdes. Kagome creyó que se encontraba asustado por el hanyou y comenzó a acariciarle el cabello y la cola con las garras para calmarlo.

—Todo esto es culpa mía— sollozó escondiendo el rostro en el pecho de Kagome—, habré pedido mi deseo con tantas ganas que la perla concedió el mío en lugar del tuyo... mi padre apareció y me dijo que volvería a tener una mamá... y luego... Kagome ¡Lo siento tanto! —gimió.

Alarmada y sin comprender la totalidad de las palabras que él decía, lo acunó y le olfateó el cuello en busca de alguna herida. Al no encontrar ninguna, volvió a acicalarlo. Las lágrimas de su cachorro producían que el instinto se le disparara.

—Kagome— llorisqueó su cachorro.

Shippo, dijo una voz lejana dentro de ella.

—Shippo— repitió y al ver que esto lo calmaba volvió a decirlo una y otra vez hasta que convirtió su nombre en una canción de cuna.

—Aún eres Kagome— murmuró para cerciorarse en una voz apenas audible.

—Kagome— repitió ella señalándose, luego posó una garra contra la mejilla del zorro—. Shippo.

Él sonrió y ella también.

I—

Sesshomaru guio a Inuyasha por el bosque con calma, seguía el rastro que la vulpina había dejado atrás. Si bien había logrado camuflar su aroma y rastro por medio de algún tipo de poder de ilusión de los kitsune que sabía por medio del instinto, no había podido esconder los indicios de su poder demoníaco. Fue esto último lo que Sesshomaru siguió.

Se detuvo cuando logró divisar la guarida a la espera de que Inuyasha también la viera. Este siguió la mirada de Sesshomaru y los ojos le brillaron cuando vio la entrada.

—¿Está ahí dentro?

—Hn.

El nuevo árbol que cubría la entrada de la cueva denotaba la obviedad de la guarida. Debido a que solo la guiaba el instinto, la kitsune no había considerado limpiar la tierra de las raíces u ocultar las marcas de garras que dejó en la corteza. La primera guarida de Sesshomaru no había sido diferente a esa.

Por supuesto en aquel entonces él todavía era un cachorro.

—¿Cómo haremos que salga de ahí? —reflexionó Inuyasha con el entrecejo fruncido.

Sesshomaru se contentó con ver que su hermano no planeaba arremeter contra la entrada de la guarida así como así. Al parecer todavía había algo de lógica en él después de todo.

—Trae al monje— dijo Sesshomaru pensando rápido.

—¿Para qué?

—Es una vulpina— dijo Sesshomaru ocultando la sorpresa detrás de la plácida máscara que solía usar— y él será la carnada.

I—

El monje se paró cerca de la entrada de la kitsune, pescaba en un arroyo cercano. Sesshomaru observaba mientras se mantenía oculto entre los árboles con Inuyasha a su lado. Luego de ordenarle a su medio hermano que se fuera y que este último se negara, Sesshomaru había cedido y ahora escondía el aroma de ambos para que la vulpina no los detectara. No tenía suficiente interés en el asunto como para discutir respecto a este, e Inuyasha tan solo estaba preocupado y deseaba proteger a un miembro de su manada, eso no era algo que Sesshomaru pudiera criticar.

La alianza que había forjado con Inuyasha con fines de derrotar a Naraku le había servido para dejar de lado gran parte de la enemistad entre ambos.

Pero no por completo.

—¿Saldrá en algún momento?— se quejó Inuyasha mientras que sus orejas se movían.

—Ya está comenzando— lo cayó Sesshomaru cuando sintió un cambio del aura que provenía de la guarida.

Al principio no hubo señales de ella.

Luego se escuchó una risa bromista entre las copas de los árboles a la izquierda del monje que se giró hacia allí pero con rapidez se volvió cuando se percató del sonido de salpicadura que provenía del arroyo, a su derecha. La caña que tenía en las manos había desaparecido, se la habían arrebatado.

Los arbustos detrás de él crujieron y la caña reapareció, estaba enredada en ellos. Tras un quejido de confusión melodramático, el monje dejó el cetro a la orilla del río y se inclinó para desenredar la caña.

La kitsune apareció en un destello y le arrebató el cetro. Con las colas meciéndose, se paró detrás del monje y agitó el artefacto en una clara fascinación por los sonidos que producían los anillos y por la forma en la que estos atrapaban la luz.

El monje se irguió y se giró hacia ella con ojos fascinados.

Sesshomaru se preguntó por la razón de esa fascinación ¿Acaso el monje era muy buen actor o estaba cayendo en el hechizo de la vulpina?

—Qué hombre apuesto... —ronroneó ella al mismo tiempo que acariciaba el pecho del monje.

Inuyasha gruñó.

La vulpina sujetó al monje y lo acercó para besarlo.

Este presionó uno de los sellos cargados con poder sagrado sobre la frente del demonio y la congeló por completo.

I—

¡Peligro! Le advirtió el instinto de Kagome al momento que sintió el chisporroteo del poder sagrado, pero ya era demasiado tarde ¡Ese hombre de bellos ojos color lavanda la había engañado! ¡El muy traicionero! ¡Logró engañar a una bromista!

Los ojos de Kagome se dirigieron hacia la guarida, era incapaz de lanzarle una advertencia a su cachorro. No podía moverse ¿Y si ese hombre quería llevarse a su cría?

—Buen trabajo, Miroku— dijo una voz ronca detrás de ella.

El hombre apuesto se inclinó y con delicadeza le quitó a Kagome el cetro de las manos.

Miroku, claro, así se llamaba ese hombre. De repente la invadió una gran sensación de vergüenza.

Sus orificios nasales temblaron, estaba confundida.

Entonces el viento cambió.

Kagome entró en pánico.

¡Peligro! ¡PELIGRO!

¡Podía oler al hanyou!

Pero entonces pudo oler algo peor, algo más grande, algo que produjo que el corazón le latiera con fuerza. Un predador, un poderoso predador.

Todavía no estaba tan experimentada como para asociar ese aroma con un demonio perro de sangre pura, sin embargo poseía el conocimiento suficiente como para temerle.

¡Su cachorro! ¡Ese Otro lo devoraría!

—¿Entonces cómo la volvemos a la normalidad?— preguntó la voz ronca.

—¿Y si la regresamos a la aldea? Tal vez la anciana Kaede sepa qué hacer.

—¡Feh! ve a buscar al enano, yo la llevaré a ella.

El hombre (Miroku, le indicó una voz) se dirigió a la entrada de la guarida de Kagome. En ese mismo momento, el hanyou la rodeó con los brazos y la envolvió con ese terrorífico aroma que despendía.

¡No, no su cachorro!

Puso el doble de empeño para moverse, para salvarlo, el temor le creció desde el interior del pecho así como también el poder demoníaco. Los ojos le brillaron del color del fuego zorruno.

—Está luchando contra el sello— dijo una voz profunda que le causó escalofríos. No pudo ver a quien hablaba ¿Acaso se trataba del Otro? ¿Era el terror de los terrores?

—¡Ey, monje! ¡Ven aquí y aséstale otro sello!

Kagome deseó poder cubrirse las orejas ¡Todo sonaba tan fuerte! Con un grito bestial se liberó de la magia que la aprisionaba y atacó a su captor con las garras que crearon cuatro marcas ensangrentadas en el pecho del hanyou cuando ella se alejó de un rápido ademán.

Alzó ambas manos lista para realizar otro ataque salvaje, esta vez iría destinado al hombre que amenazaba a su cría, pero jamás tuvo la oportunidad de hacerle algo.

Más rápido de lo que ella era capaz de moverse, el Otro le apareció detrás. Se trataba de un demonio terrible y hermoso de largo cabello blanco y con una luna creciente en la frente. Las mangas de seda que componían su atuendo se agitaron al viento. Había algo familiar respecto de la imagen que él invocaba en ella.

El aura de ese demonio se desplegó sobre la kitsune, era un energía pesada, impresionante, espantosa. Kagome bajó los brazos, sentía los latidos de su corazón en los oídos.

A pesar de que no sabía qué era un lord youkai, comprendía que no podría pelear, correr o esconderse, al menos no con ese ser que emanaba un inmenso poder. La sumisión era la única esperanza que le quedaba para que tanto ella como su cachorro sobrevivieran.

Cuando se arrodilló y acercó el rostro a las botas llenas de tierra del demonio fue que recordó cómo se llamaba.

—Sesshomaru-sama— murmuró.

CONTINUARÁ

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Aclaraciones:

Manada: en la historia original de Inuyasha utilizaban la palabra "grupo" para referirse al equipo que integraba Sango, Miroku, Shippo, Kagome e Inuyasha, en el caso de este fic se explorará la realidad desde el punto del vista de los youkai por lo que el término "grupo" será reemplazado por "manada" ante los ojos de Sesshomaru y Kagome.

¡Nos vemos pronto!

Starebelle