EL CENTINELA
SIDESTORY: ESPACIO VITAL
Capítulo 1
Conciencia
Era un yermo paisaje, más parecido a un desierto pero la arena rojiza le daba un contraste que para algunos podía representar belleza pero para otros podía ser una tétrica visión. Tal vez para otros, la sangre no se notaría.
Es lo que pensaba la persona que estaba de pie en posición de combate y esperando al parecer a un oponente. "Arius cayó. Lo mismo Misena pero yo no seré tan fácil. Por mis dioses, no voy a caer. ¡No lo haré! ¡El destino de este mundo se juega ahora!", se decía a sí mismo dicho individuo. Aquel guerrero denotaba gran poder, vestía una armadura azulada que parecía estar hecha de cristal y un casco que le cubría solo la parte superior de la cabeza de cuyos bordes se adivinaba un cabello largo y rubio.
—¿Estás listo? —sonó una voz que alerta al guerrero.
—Quien quiera que seas, no me vencerás. ¡Porque en mí está el poder de los dioses y eso hará que te derrote! ¡Ellos han depositado su confianza en mí y no los defraudaré!
—Que aburrido. No eres más original que tus predecesores.
Aquel guerrero hace estallar su poder al sentir la presencia llegar.
—¡Estela Radiante! —Una enorme onda de energía se abate sobre su oponente pero para su sorpresa, esta pasa de largo.
Entonces una lluvia de ataques cae sobre él, derribándolo. Sin embargo, el guerrero demuestra tener una gran resistencia.
—Por la gloria de los dioses —dijo levantándose—. Tengo la fuerza suficiente para seguir combatiendo. ¡Date cuenta de ello!
—Ya me di cuenta. ¿Realmente quieres seguir con esto?
—¡Por los dioses que sí! ¡Suran Kaaa!
Un enorme haz de luz se desprende de aquel guerrero. Solo para que su ataque sea nuevamente esquivado y un polvo congelante se abate sobre él, haciéndolo caer semicongelado. Pese a ello, su poder vuelve a despertarse y se pone de pie.
—Eres realmente terco. ¿No te das cuenta que no tienes ninguna oportunidad?
—Tal vez, pero aún si mi cuerpo estuviera hecho pedazos. Aun si perdiera hasta la última gota de mi sangre. Aun si mis fuerzas me abandonaran, seguiría luchando. ¡Porque creo en mi causa y eso es suficiente para darme el poder para derrotarte! ¡Suran Kaaa!
Esta vez su ataque choca con un haz de luz que tiene un poder similar. Tras eso, se produce un estallido que lanza al guerrero lejos con la armadura dañada y bastante lastimado, pero aun así hace el esfuerzo de pararse.
—Si este fuera un concurso de retórica, me habrías ganado. Pero no lo es, ¿tan dispuesto estas a morir?
—Lo estoy —dijo el guerrero rubio de armadura azulada dificultosamente mientras se ponía de pie—. Ya te lo dije, no descansaré hasta...
—Sí, ya sé. Hasta derrotarme por proteger a tus dioses. ¿Eso nomás eres? ¿Un simple ejecutor? Admiro que pongas a tus principios delante de tu vida, ¿pero no te has puesto a pensar que no quiero matarte?
—¿Que dices?
—¡Aguja Escarlata!
El ataque sorprende al guerrero que cae haciendo un surco, víctima del aguijón. Trata de ponerse de pie pero esta vez no puede aunque puede ver más claramente a su oponente.
Era un muchacho, casi de su misma edad, de pelo castaño y largo hasta el hombro. Vestía una armadura dorada, culminada en dos grandes alas blancas que miraba fijamente al caído.
—No voy a matarte, Sidin. Y ese ataque no es lo suficientemente fuerte para hacerlo pero te dejará en cama por un buen tiempo para que reflexiones. Tus compañeros te ayudarán.
Dos guerreros, un hombre y una mujer aparecen, bastante maltrechos pero en pie y se acercan al caído sin decir nada.
—¿Arius? ¿Misena? ¿Ustedes?
—Tendrán tiempo para hablar. Los dejo.
Tras dar unos pasos y alejarse, el guerrero extiende sus brazos y da un grito.
—¿Esto ya no fue suficiente? ¿Qué esperan para manifestarse ustedes o tienen a alguien más que mandar?
Silenciosamente, algunas figuras van apareciendo. Estaban majestuosamente ataviadas y llegaban desde lo alto, pareciendo flotar en medio de la bruma.
—No necesitas ser tan insolente, Centinela.
—No tengo tiempo para esperarlos.
—Te tomarás el tiempo que sea necesario ante nosotros.
—Digamos que sí. ¿Eso que cambia? La pelea terminó y yo me pregunto, ¿era necesaria?
—Digamos que sí. Detestamos esto tanto o más que tú, pero son reglas que ustedes mismos pusieron. ¿O no lo sabías, Kay Namura, guerrero Centinela?
Kay se ríe en una risa franca y sencilla sin la arrogancia del vencedor.
—Hasta ahora no lo han entendido, ¿verdad? ¿Es esta la regla para ustedes? ¿Un combate físico poniendo en frente a unos pobres muchachos con fe en ustedes? Si eso es lo que creen, entonces no han entendido nada desde un principio. O mejor dicho, no han aprendido nada en toda su inmortalidad.
Uno de los dioses desciende. Era bastante alto y majestuoso, y cubre con su presencia a Kay.
—Tal vez tu siguiente oponente seré yo.
—Eso sería interesante. Que un dios pelee sus batallas en lugar de enviar a morir a otros en su lugar.
—Me estoy cansando de tu insolencia. Serás un Centinela pero sigues siendo un mortal y no...
—Lo sé. No estoy a su altura y eso es lo gracioso. Tienen que tragarse su infinita arrogancia para tratar conmigo porque no tienen más remedio, ¿verdad?
El dios se queda callado y Kay lo mira fijamente.
—¿Inmortalidad? Ja, hacen esto precisamente por ello. Para no aburrirse. De tanto en tanto se acuerdan que existen los mortales y se ponen a cavilar en mil y un formas de atormentarlos, inventándoles pecadillos que solo apuntan a una dirección... ustedes. Y cuando llegan a la conclusión de que deben destruirlos, libran inútiles batallas que ustedes miran desde lo alto. Eso lo han hecho incontables veces. ¿Y que han aprendido con ello? Nada, siguen haciéndolo y al final cuando creen vencer se acuerdan de nosotros... y del Pacto.
Los dioses siguen observándolo con detenimiento.
—Y recuerdan aquel día que ustedes lucharon entre sí por el predominio y fue cuando cada uno quiso ser más fuerte que el otro. ¿El resultado? Nada. Un empate, hasta que uno de ustedes decidió buscar romper el equilibrio y... ¿a quien llamó? Sorpresa. ¡A los Primordiales!
Es cuando todos ellos guardaron silencio a medida que su interlocutor seguía.
—Y cuando se dieron cuenta que de amos pasaban a ser siervos. Cuando la corrupción invadió su esencia. Cuando su inmortalidad se hizo más pesada. Cuando tuvieron que tragarse su arrogancia, digerirla, expulsarla y volvérsela a comer. Tuvieron que volver los ojos a la gracia y buscar ayuda.
Kay hace una pausa y le quita la mirada a sus interlocutores.
—Fue cuando llegaron los Centinelas y devolvieron las cosas a su estado original. Pero muchos murieron en esa batalla y antes también. Y cuando recuperaron su condición de dioses y volvieron sus ojos a la Tierra, ¿qué había?
El guerrero de armadura dorada con alas blancas vuelve a mirarlos y luego se dirige al que estaba a su lado señalándolo con el dedo.
—¡¿Pregunté qué había?!
—La Tierra... destruida...
—Así es. Los mundos a su custodia arrasados. Eso era algo que no podíamos remediar. Ni siquiera ustedes con toda su divinidad podían hacer algo como ello. Retroceder en el tiempo o de volver todo como estaba antes. Todo tuvo que empezar de nuevo y todo eso fue gracias a su arrogancia. ¡¿Qué tienen para decirme de eso, dioses de pacotilla?!
Algunos levantaron el rostro furiosos. Parecía que lo atacarían. Sin embargo, él continuó:
—¿Y qué hacen ahora? Tratan de considerarse jueces de los mortales y decidir su destino. ¿Qué derecho tienen? Deberían hacer como otros dioses que decidieron ser mortales y así aprender lo que ustedes hasta ahora no saben y cuando lo hicieron trabajan. ¿Escucharon bien? ¡Trabajan! Incansablemente por el bienestar de esos mundos. Yo conocí a un rey ciego que cada vez que salía a su ventana para pensar en su pueblo, lo hacía para idear mejores cosas para ellos. Cosas que los hicieran mejor y eso era lo que él quería ver. ¡Ese rey ciego tenía más visión que todos ustedes juntos!
Kay les da la espalda antes de terminar de hablar:
—Pero hasta que ustedes aprendan, este juego seguirá. Y la amenaza de los Primordiales estará allí. Abstracta. Consciente. Y viscosa. Y eso lo saben y eso los asusta. Piensen más en ello porque así se sentirán más tranquilos al saber que existimos los mortales. Porque los Centinelas somos mortales. Por eso me soportan y por eso me permito ser insolente. Tal vez el que me suceda sea más condescendiente que yo pero por lo menos sé que lo que les he dicho, lo pensarán.
Kay se retira del lugar sin mirar una sola vez atrás.
...
—¿Tenías que ser tan insolente? —La pregunta vino de Denonte y a Kay le pareció estar viendo a Kron.
—No, pero creo que era necesario. Pude haber matado a esos guerreros que peleaban creyendo en ellos y no les hubiera importado.
—No debes dejarte llevar por tus emociones.
—Lo sé, pero eso me recuerda que soy humano todavía.
—Nunca has dejado de serlo.
Kay mira fijamente a Denonte.
—¿Cómo crees que puedo sobrellevar las batallas que he librado? Tengo que liberar emociones. No soy una bestia de batalla.
—Te entrenó un saiyajin.
—Que tenía tanto de saiyajin como yo de burro. Y no fue uno, fueron dos.
—Bueno, Kay, no quiero caer en estas discusiones contigo. Sabes bien que los llamados dioses mantienen su rango bajo ciertas condiciones que hay que recordarles pero no insultándolos.
—¿Crees que no se lo merecían?
—No, Kay, no es esa la forma de que ellos aprendan.
—Han tenido mucho tiempo. Me parece increíble que tan solo se sientan con el derecho sobre millones de seres sintiéndose superiores a ellos. Deberían tener lecciones de Kiwishin.
—Cierto, pero no podemos forzarlos y controlarlos sin que ellos sientan que es así.
—Lo sé, siento si en algo te he disgustado.
—No, Kay, solo que aún no me acostumbro a tus métodos.
Kay estaba sin armadura y contemplaba el hermoso cielo de Mystacor.
—Miles, millones de mundos. ¿Nos damos abasto para todo, Denonte? ¿Cómo hace el Consejo?
—Hacerlo lo mejor que puede. No somos el único Consejo. Hay otros Consejos y otros Centinelas. Hay ojos que avizoran cada mundo. Que vigilan y custodian. Tan solo confiamos que todos lo hagan con buenos ojos.
...
A millones de años luz de distancia
Los restos de naves se esparcían flotando por el espacio en extensiones que parecían ser infinitas. En medio de todos aquellos trozos, restos humanos flotaban con ellos. Varias astronaves intactas registraban el lugar en busca de supervivientes y de identificar a los muertos.
No lejos de allí, una nave de mayor envergadura parecía dirigir las operaciones. En el interior de ella, seres humanos procesaban toda la información que recibían de los exploradores y la introducían a la computadora. En el puente de mando, el capitán de la nave recibía la información y se dirigió a una cabina para entregarla personalmente al comandante en jefe.
—¿Almirante Gical? —El oficial se detiene ante la puerta de la cabina.
En el fondo de ella, una mesa y a un lado sentado estaba un hombre mayor, enjuto y con aire reflexivo.
—Capitán Tokol, ¿tiene el último reporte?
—Sí, no hay rastros de la flota enemiga. Si ha habido naves que sobrevivieron al ataque de la flota, deben de estar lejos. De acuerdo a nuestro reporte, hemos destruido cinco naves de la clase Pora, dos transportes, dos astronaves tipo Dune y un acorazado estelar que de acuerdo a nuestros bancos de memoria es el "Mixi". Gran victoria, señor.
—¿Y nosotros?
—Perdimos tres destructores. Dos naves auxiliares y una nave de la clase Triad.
—¿En hombres?
—Estamos todavía recogiendo a los supervivientes. Debo confesar que el enemigo fue osado en contraatacar de la manera que lo hizo. Eso fue lo que nos provocó más pérdidas pero...
—¿Cuántos?
—Hasta el momento solo hemos recogido doce supervivientes.
—Eso quiere decir que perdimos setecientos ochenta y ocho. En las naves auxiliares, la mayoría era personal de mantenimiento y médico.
—Ese ataque...
—Y el enemigo perdió cerca de dos mil. ¿Supervivientes?
—Ninguno.
—¿Nadie?
—Bueno, se encontraron algunas cápsulas que los exploradores volaron de inmediato.
—¿Y cuáles fueron las órdenes que le di, capitán?
—Lo siento. Es que los muchachos están algo sensibles. No esperaban perder a tantos compañeros y, bueno... ellos no avisan que han encontrado supervivientes. Solamente vuelan las cápsulas.
—¡Ordene de inmediato a los exploradores que recojan a los supervivientes en general sin hacer distingos! Si me entero de otro asesinato, porque eso es un asesinato, apenas regresen a sus naves se les pondrá bajo arresto. Les haré un juicio sumario y antes que lleguemos a Zur los habré arrojado al espacio. ¿He sido claro?
El capitán no contesta, hace el saludo militar y se retira. Ya en su puente de mando le dice a su primer oficial.
—Si no fuera un estratega tan brillante diría que es sospechosa la manera como se preocupa de los enemigos.
Gical estaba en su cabina y contemplaba los restos de la batalla pero más pensaba en un tema que lo tenía pensativo desde hace mucho tiempo.
¿A quien servía? ¿A su nación o a la estupidez?
...
"Interesante. Tal vez me convenga quedarme un tiempo aquí y observar. Todavía hay tiempo, mucho tiempo. Tal vez encuentre algo que valga la pena aparte de la proverbial estupidez de las razas humanas."
...
Planeta Zur. Su población es de cinco mil millones de habitantes solo en el planeta. En sus colonias existían doscientos millones.
Tal vez hubiesen sido más de no ser por la guerra.
Zur era un planeta que progresó tecnológicamente como todos los mundos. Al alcanzar el espacio, una frontera se había abierto para toda la población de Zur que esperaba encontrar en los planetas colonizados el paraíso que no podían hallar en su planeta natal. Por un tiempo, las colonias prosperaron y estuvieron bien.
Pero fue un día aciago en que una nave exploradora encontró un sistema planetario rico en metales que tanto necesitaban así como de planetas que podían ser habitables. Rápidamente, cientos de naves partieron para instalar la civilización de Zur en aquellos mundos.
El problema es que se dieron cuenta que no estaban solos.
Naves extrañas aparecieron ocupando planetas que los de Zur consideraban suyos. El temor inicial de encontrarse con otra civilización alienígena les hizo despertar sus peores miedos hasta que de la simple vista pasaron al enfrentamiento. Ni siquiera se habían visto cara a cara pero ya se odiaban a muerte. Los colonos de uno y otro mundo murieron, y las flotas fueron enviadas. Casi no hubo parlamento, solo una intimación a que se rindan o se vayan antes de que las naves dispararan la una contra la otra.
Pasó un año para que se supieran que el enemigo tenía un nombre. Eran aranitas provenientes del planeta Aran.
Pasaron dos para que supieran que los aranitas eran tan humanos como ellos.
Pasaron tres antes de que decidieran parlamentar.
Y ya habían pasado cinco años de guerra y parecía que no había visos de que terminara. Las batallas se sucedían. Ganaban unas y perdían otras, pero siempre el enemigo aparecía para dar batalla.
Y claro que la población ni los lideres zuranos querían la paz. Para ellos, era la lucha hasta la victoria porque estaban seguros de conseguirla. Y para ello contaban con toda una generación de héroes que no dejaban de salir de las escuelas militares. El fervor patriótico estaba en todo Zur y hablar de lo contrario era traición.
Todo eso lo sabía el Almirante Gical al llegar a Zur como militar victorioso y aclamado como tal. Pero él estaba cansado de eso. Apenas respondió a las aclamaciones y se embarcó en su coche a su casa.
—Almirante, bienvenido —Reconoció la voz en su intercomunicador, era su jefe el Gran Almirante Toran—. Esta es su décima incursión victoriosa y el gobierno desea darle una condecoración pública.
—Señor, por ahora deseo descansar.
—Vamos, almirante, no sea modesto. Además, sabe que la moral del pueblo se verá enaltecida con esta celebración.
Gical suspira y asiente.
—Me alegro que así lo entienda. Nos veremos en una hora. Suficiente para visitar a su familia.
La señal se va y Gical se acomoda en el asiento antes de llegar a su casa.
..
La celebración terminó pronto y el almirante no participó en el desfile triunfal por lo que se retiró a su domicilio. Solo su esposa permanecía en él. Gical tenía dos hijos, pero uno había muerto en batalla y otro permanecía en una de las colonias como miembro de las fuerzas de defensa.
—¿Podrías ahora decirme qué te pasa? —le preguntó su esposa.
—Axis, ¿de qué hablas?
—Has estado así desde que llegaste.
—¿Cómo?
—Ya sabes, te conozco. No pareces un militar regresando de una victoria sino de una derrota. Rezo todas las noches para que vuelvas con bien a mi lado y tú parece que lo lamentas.
—Querida, no es eso. Es esto.
—¿Tu medalla? ¿Qué es lo que tiene? ¿Acaso no te la mereces?
—¿Merecerla? Si me dieran una medalla por loes enemigos que mato deberían quitármela por mis hombres que han muerto.
—Querido, es la guerra. Resulta gracioso que yo te diga esto siendo tú el militar.
—Lo sé, pero no está mal. Tu visión de la guerra es la de todo el planeta. Una lucha heroica donde cuenta que muchos enemigos mueran y pocos de los tuyos.
—Pero...
—Pero dentro de esos pocos están hombres o mujeres que no verán a sus parejas, hijos o padres. Y eso muchos no lo entienden.
—No seas injusto conmigo. Fradi, mi hijo murió a manos de esos malditos aranitas.
—Lo siento. Sé que sufriste como sufrí yo y por eso pedí que me enviaran al frente. Porque pensaba como tú.
—¿Y ahora no? ¿No me digas que ahora los aranitas te simpatizan?
Gical le da la espalda y contempla el cielo ya de noche.
—Mira, Axis. Desde esta posición y señalando con el dedo, tal vez mi mano está señalando Aran. Si tuviera el poder de destruirla, si fuera un dios todopoderoso, ¿qué me dirías tú?
—Destrúyela. Y la guerra acabará.
—¿Que acabará? ¡Idioteces! ¿Cuántos mundos como Aran existirán? ¿Cuántos crees tú?
—No lo sé, serán...
—¡Infinitos! ¿Por qué? ¡Porque el espacio lo es! El espacio es infinito y ahora como almirante recién me he dado cuenta de ello. El sistema Arkan por el que estalló la guerra ahora está arruinado. No se puede explotar nada y los planetas habitables ya no lo son más. Todavía recuerdo el día que el gobierno ordenó saturar el planeta con radiación para hacerlo inhabitable. Toda la flora y fauna desapareció. Tenía fotos de ese planeta y cuando lo vi sencillamente no lo pude reconocer.
—Era eso o que los aranitas lo tomaran. Ellos lanzaron la primera ofensiva y ahí murió Fradi.
—Sí, y estuve de acuerdo. Acepté eso como correcto pero ahora no. Al ver lo que hicimos ya no. La vida floreciente de ese planeta se extinguió. ¿Qué derecho teníamos de hacer eso? A lo que quiero llegar es que esta guerra es absurda.
—¿Absurda? ¿De qué hablas?
—Axis, te dije que el espacio es infinito. ¿No podíamos simplemente compartir lo que había y luego explorar en otro sitio? ¿No podíamos simplemente encontrar otros sistemas? ¡Claro! Cada expedición cuesta dinero y los que los financian no hubiesen aceptado pagar otra teniendo esa a la mano. Solo había que declarar la guerra y exterminar al enemigo sin siquiera tratar con ellos ni importar los millones que murieran.
Su esposa no se le acerca y lo mira solamente.
—Treik, ¿qué pasó allá? Tú saliste de aquí diciendo que derrotarías a los aranitas en memoria de tu hijo y ahora vienes lamentándote de esta guerra. ¿Qué pasó?
—Yo —dijo el almirante con dificultad—, jamás había visto un aranita. Cuando interceptamos un convoy ordené atacarlo. Solo una nave estaba armada y resistió. Luchó como no tienes idea y por último se lanzó contra nosotros. La destruimos y luego ordené hacer lo mismo con las naves que custodiaba. Habían estado tratando de comunicarse con nosotros. No entendía su idioma ni me interesó. Solo quería destruirlas y eso hice. Fue como practicar el tiro al blanco y ni siquiera escuche el grito de un oficial. Fue cuando me di cuenta.
Gical hace un largo silencio antes de continuar hablando:
—Eran naves de refugiados. De las colonias aranitas. Y no solo eso. Llevaban zuranos también. Habían evacuado una colonia nuestra en un acto de humanidad y yo... yo los destruí. Me di cuenta cuando en zurano comenzaron a gritarme "asesino". Era la voz en el intercomunicador. En su desesperación le habían dado la comunicación a una mujer zurana y eso era lo que me estaba tratando de decir el oficial. Detuve el ataque pero ya era tarde. Solo una nave escapó. Las otras cuatro fueron destruidas.
Gical se vuelve a su mujer.
—Y quise ver mi obra. Subí a una nave exploradora en busca de supervivientes. No sabes cómo es, ¿verdad? Las naves no estallan en el espacio. No hay oxígeno que alimente el fuego a no ser que se forme en el interior. El primer impacto provoca el estallido pero luego de eso se apaga y abre un boquete, todo el que esté cerca es succionado y si no estaba muerto antes mueren asfixiados con los ojos desorbitados. Fue cuando los vi. Era una mujer, ¿quién sabe? Tal vez la que me había hablado y en sus brazos sostenía a un niño. Un niño aranita.
—Ya basta, Treik.
—Y cada vez que me felicitan o me honran por una victoria, vienen a mi mente esa imagen y las voces de "asesino".
—¡Ya basta, Treik! ¡No quiero escuchar más!
La mujer sube a sus habitaciones y el almirante le grita desde el pie de la escalera:
—¡Tú sientes odio por lo de Fradi! ¡¿Y los otros? ¡No hablan de paz sino de guerra porque ignoran quien vive y quien muere! ¡Solo las colonias combaten hasta el momento pero pronto nos tocará a nosotros porque Aran es fuerte también y esta guerra no acabará hasta que uno de los dos se dé cuenta de quién es más estúpido! ¡Porque la verdadera guerra se libra contra la estupidez! ¡Porque el espacio es infinito y luchamos por un simple espacio del infinito a lo que llamamos espacio vital!
...
No tardó mucho el almirante Gical en salir nuevamente a combatir. Esta vez dirigiendo una flota mayor y con un consejero político, lo que no dejó de causarle extrañeza.
—¿Su nombre?
—Coronel Donit de la Fuerza Espacial de Zur y nombrado oficial consejero de la Flota en operaciones a su cargo, señor.
—Mucho gusto, coronel. ¿Y podría decirme cuál es su función aquí?
—Mi función es poder orientarlo en momentos en que se requiera la opinión política. Estoy aquí en representación directa del gobierno del presidente Fadarin.
—Dígame, ¿a qué obedece esta decisión?
—No entiendo, señor.
—A que... ¿por qué se me ha colocado un consejero político?
—Lo que sé, señor, es que ahora toda flota en operaciones debe de disponer de uno. Según se me informó, pueden existir serias dudas en las decisiones de un almirante en operaciones. Debido a que se deben tomar decisiones rápidas se considera que exista un consejero que represente los intereses del gobierno.
—Vaya, pero, ¿no se supone que los almirantes están lo suficientemente capacitados para eso?
—No se duda, señor, pero en estos casos a veces el peso de la responsabilidad debe compartirse con el propio gobierno.
—¿Lo que entiendo es que mis decisiones deberán contar con su aprobación?
—No exactamente, señor. Cuando se me consulte...
—Usted lo ha dicho. Cuando se lo consulte, espero que tampoco se le olvide a usted...
—Señor...
—Por ahora se le asignará su estancia y tendrá un sitio en el puente de mando. ¿Algo más?
—No, señor.
—Puede retirarse.
—¿Puedo preguntar cuál es nuestro destino, señor?
—No, no puede, pero se lo diré. Vamos al sistema Daso. Tenemos reportes de ingente actividad aranita. Posiblemente estén haciendo una base pero no lo haremos con prisa ya que tenemos que hacer el reconocimiento de varias zonas de los sistemas vecinos. Además de pasar por nuestra última colonia y asegurar los pertrechos y dejar algunas naves de la flota para su protección. Solo adelantaremos unas sondas de reconocimiento para que nos avise de cualquier presencia enemiga y evitar sorpresas.
El oficial consejero se retiró y Gical se quedó solo. Aún tenía mucho que pensar.
...
La última colonia estaba ubicada en el planeta Tesala. Era acogedora y bastante protegida por estaciones de batalla y flotillas de cinco destructores estaban permanentemente en órbita. Se podría decir que Tesala era la última frontera con una población de medio millón de habitantes.
Gical se dio tiempo para aterrizar y poder entrevistarse con el gobernador, un viejo amigo suyo. Luego de los saludos protocolares, ambos decidieron compartir un momento en privado.
—¿Cómo está el cargo, Vanderve?
—Oh, Treik. Antes déjame invitarte una copa de este licor auténticamente tesaliano. Se producen ingentes cantidades ya que la tierra es buena.
Ambos bebieron brindando por Zur y luego tomaron asiento.
—Dime, Treik, ¿harás nuevas incursiones en territorio aranita?
—Sabes que no puedes llamarlas así.
—Creo que contigo puedo tomarme esta libertad, además de que —El gobernador enciende una pantalla tridimensional donde se puede ver varios sistemas—, esta es lo que llamamos la zona libre y esta es nuestra zona de influencia. Pero en estos sectores no ha habido reclamaciones por parte de nuestro gobierno. Sé que es una zona donde existen tres planetas habitables y seguramente los aranitas los han ocupado.
Gical hace una pausa antes de hablar.
—Dime, Vanderve, hay naves no catalogadas orbitando pero disponen de códigos de autorización del gobierno. ¿Qué son?
—Bueno, comerciantes. No son aranitas.
—¿Quieres decir otra raza?
—Sí, son pocos y traen objetos que venden y compran los nuestros que venden en otros lugares. Por ejemplo, nuestro licor está teniendo mucha demanda por ellos y no me sorprendería que sea entre los aranitas. Sé por ellos que en esta zona tienen varias colonias.
—¿Eso quiere decir que entre las colonias zuranas y aranitas se comercia indirectamente?
—Sí, espero que no lo tomes como traición. Detenerla es imposible y resultaría absurdo. Todo lo que sacamos va a Zur pero el comercio nos está haciendo prósperos. Supongo que para los aranitas es lo mismo.
—Precisamente.
Las cosas continuaron en medio de una charla normal. Solo el gobernador mostró ciertas reservas en las incursiones ya que podrían frenar el comercio. Gical después derivó la conversación para sacarle más información al gobernador sobre algunas cosas que quería saber.
Una hora después, Gical partía con la flota expedicionaria. La más grande hasta ahora que incursionaba en territorio aranita.
...
La población aranita de la colonia Mixus se hallaba ya en los refugios cuando la flota de Zur orbitaba el planeta. Previamente, siete naves de Arán habían sido destruidas mientras el grueso de la flota había partido siguiendo un señuelo hábilmente tendido por Gical. Con el grueso de su flota, Gical había caído sobre la colonia.
—Estamos listos para iniciar el bombardeo con armas nucleares, señor —le dijo su oficial.
—No.
—¿Señor? —intervino el coronel Donit—. No podemos aguardar mucho. Si la flota enemiga regresara habríamos perdido la oportunidad de destruir su más importante colonia.
—¿Sabe cuántos habitantes hay allí? Cerca de un millón. Son civiles.
—La política del gobierno no hace distingos, señor. Estamos luchando por el espacio vital y...
—No necesita recordarme nada, consejero. Además, no se lo pedí. Capitán, envíe un mensaje a la colonia aranita. Quiero entrevistarme con el gobernador.
—¿Señor?
—Ya oyó. Envíe el mensaje.
...
Gical meditaba en su cabina cuando hace su ingreso su consejero político.
—Señor, el gobernador Piaca ha aceptado entrevistarse con usted.
—Gracias, pero, ¿por qué me ha traído la noticia usted? Supongo que querrá hablar conmigo.
—Señor, de acuerdo al protocolo establecido por el gobierno, estoy en condiciones de relevarlo de su mando y ponerlo bajo arresto.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué no lo hace coronel?
—Tal vez porque primero quiero entender sus motivos.
Gical se vuelve y abre la escotilla mostrándole el espacio. Ante el consejero se ve la infinidad de estrellas.
—¿Coronel? ¿Cuáles son los límites del espacio?
—Hasta donde sé, ninguno.
—Entonces, ¿qué hacemos aquí?
—¿Señor?
—Coronel Donit, sé que este es su primera misión al espacio. Hemos recorrido enormes distancias y ha conocido por primera vez nuestras posesiones espaciales. Dígame, ¿le ve sentido a esta lucha?
—¿Sentido? No lo entiendo.
—Han muerto un millón de zuranos desde que se inició esta guerra. Tal vez otro tanto de aranitas. ¿No le parecen que son demasiados?
—¿Teme ser el siguiente?
—Por la galaxia, no me entiende. ¿Cree que se trata de miedo? He llevado a cabo once incursiones y todas victoriosas. Sé que el enemigo me teme y debe estar organizando una forma de atraparme pero...
—Pero...
—¿Cuántos millones cree que seguirán muriendo? Podré librar numerosas batallas y ganarlas todas pero dudo mucho que eso venza a Aran, ¿no ve? Por ahora luchan las colonias mientras que los mundos capitales deben estar trabajando en nuevas armas. Hasta que las colonias se agoten puede durar años, tal vez siglos. Eso será un estancamiento.
Entonces el almirante continuó con su explicación:
«Las colonias se estancarán o se arruinarán. No podremos hacer nuevas expediciones porque el enemigo puede estar acechando. Los recursos se gastarán en sostener la guerra y al final no habrá vencedor porque nos replegaremos a nuestros propios mundos y veremos al espacio lleno de peligros.»
A ello le respondió el coronel Donit:
—Son paranoias, almirante. ¿Cómo puede imaginarse el futuro así? Una victoria decisiva podrá poner a Arán al margen de nuestro espacio vital y podremos nuevamente prosperar.
—Ridículo. El espacio tiene recursos infinitos que ni Zur ni Aran han visto hasta ahora. Ninguno ha vuelto la mirada hacia otros lugares. Pero espere, nuestro invitado está por llegar.
...
El gobernador Piaca era pequeño pero fornido. Fue recibido con curiosidad por los zuranos y conducido hacia la presencia del almirante. Hubo más de uno que se contuvo de dispararle.
—Bienvenido, gobernador —Gical lo recibe con la ayuda de un intérprete comerciante ya que se trajo uno de Tesala—. Tome asiento.
Repuesto de la sorpresa, el gobernador se sienta y empieza a hablar.
—He de considerarme obligado a parlamentar con usted por la seguridad de mi gente tras este cobarde ataque a una población civil.
—Ustedes han destruido muchas colonias —añadió Donit.
—No más que ustedes y ustedes comenzaron. Hasta el primer ataque, respetamos a la población civil.
—Ustedes no... —Donit se calló ante un gesto de Gical.
—Gobernador, le pido que dejemos los rencores a un lado y hablemos como dos personas inteligentes. Usted busca salvar su colonia y yo también.
—¿Qué dice?
—Que de no llegar a ningún acuerdo, me veré obligado a ordenar el bombardeo. De acuerdo a nuestras ordenes, esto debe ser de inmediato y a ello puede dar fe el coronel Donit aquí presente. Militarmente hablando, debería proceder así porque el grueso de su flota no tardará en volver y no creo que usted quiera que encuentre Mixi reducido a cenizas.
—¿Qué es lo que quiere?
—Gobernador, ¿se da cuenta de lo que significa este momento? Mi estado mayor esta aquí y todos desaprueban lo que hago pero quiero demostrarles a ellos y a usted que no es difícil sentarse a parlamentar entre aranitas y zuranos.
Todos los presentes se mueven inquietos y Gical continúa hablando:
—Gobernador, es necesario que usted transmita a su gobierno que busque los canales para negociar. Sé que esto no será bien entendido en ninguno de nuestros mundos pero alguien tiene que dar el primer paso. No quiero que esto continúe y por ello abandonaremos su colonia en señal de buena voluntad, porque quiero que comprenda que mis intenciones son las más sinceras. Cada quien lucha por el espacio vital. Pero el espacio es infinito y existen millones de sistemas donde podemos ir en un universo en movimiento donde ni siquiera nos cruzaríamos. Por favor, haga llegar esto a sus dirigentes y yo haré lo mismo. Sé que lo escucharán como yo me haré escuchar.
—Almirante...
—No hace falta que me diga nada pero estimo que usted es un hombre de honor y solo aceptaré su palabra de que me concederá esta única condición para que abandone el sistema, ¿de acuerdo?
El gobernador caviló un poco antes de asentir.
—Tiene mi palabra.
—Confío en usted y confío que se habrá dado cuenta que aún estamos a tiempo. Tal vez después sea tarde.
Poco después el gobernador abandonaba la nave y la flota zurana abandonaba el sistema Mixi, poco antes que la flota aranita llegara.
...
—¿Realmente cree que está haciendo lo correcto? —le dijo Donit.
—Siento que así es...
—Yo no lo entiendo y dudo mucho que el gobierno lo haga.
—Tal vez, pero estoy seguro que habrá gente que lo pensará. Quizá en poco tiempo alguien o varios creerán que la paz es la mejor alternativa.
Gical demora un tiempo más antes de llegar a Zur. En el camino se entrevistó con varios gobernadores obteniendo respuestas muy variadas, desde acusarlo de traidor hasta de prócer de la patria. Se alegró de encontrar aunque sea a algunos que pensaban como él. Por un momento parecía que la tendencia sería así ya que los aranitas cesaron sus incursiones y Tesala vio con alegría que su comercio prosperaba aún más. Se habló incluso de que colonias aranitas proponían hacer tratos comerciales.
Gical fue recibido con aclamaciones en la colonia Nexo, como héroe victorioso y constructor de la paz. Pese a sus detractores, parecía que la idea del fin de la guerra se abría camino. Su flota llega a Zur en la cual, aun estando en órbita recibe los saludos del Gran Almirante Toran.
—Felicitaciones, almirante. Sé de sus últimas incursiones y los resultados obtenidos pero me da que pensar que usted haya retornado en medio de tanta expectativa.
—Señor, ¿han recibido las noticias? Tal parece que la paz se abre camino y preferí retornar a esperar nuevas órdenes en caso de un cambio de rumbo en esta guerra.
—¿Tan seguro esta de eso?
—Lo estoy. Creo que debo entrevistarme con el gobierno y poner en su conocimiento los últimos acontecimientos de lo cual deben estar informados pero estoy seguro que mi explicación...
—Ansiamos escuchar su explicación. El Senado y el Presidente se están reuniendo en este momento para recibirlo. Como es natural seguiremos el protocolo establecido. Relegue el mando de su flota a su oficial inmediato y baje a la ciudad capital.
—Así se hará, señor. ¿Coronel Dara?
—¿Señor?
—Le otorgo el mando de la flota al servicio del gobierno de Zur, que detentará hasta recibir órdenes contrarias de parte de sus autoridades superiores.
—Entendido, señor.
Gical, acompañado de Donit abandonan la nave insignia y se dirigen a Zur y su capital Arokida.
—¿Qué cree que le digan? —preguntó Donit.
—No lo sé. Tal vez estén molestos por lo de Mixi, si es que se han enterado pero tienen que caer ante la evidencia.
—¿Evidencia?
—Las hostilidades han cesado. La paz se abre paso, y aranitas y zuranos se dan cuenta que vivir así es mejor. Será difícil al principio pero pronto cada gobierno buscará negociar. Mira, por ahora dejarán de atacarse y verán otros cuadrantes del espacio para explorar.
—Suena bonito pero, ¿no cree que hay algo en lo no ha caído en cuenta?
—¿Qué cosa?
—Que lo que ha dicho hasta ahora es tan obvio que cuesta creer que nuestras autoridades no lo hayan visto también. ¿Acaso podemos ser tan estúpidos?
La nave desciende y la compuerta se abre. Gical se queda sentado cuando Donit se para.
—Almirante, ¿vamos?
—Creo que mejor se hubiera quedado en la nave, Donit. Si es como usted dice, se compromete estando conmigo.
—No tema por mí, almirante. Mis influencias son grandes y creo en su tesis. Vamos, no creo que cierren los ojos también a los resultados.
El almirante le sonríe y le tiende la mano y ambos salen. Una escolta los recibe.
—¿Triek Gical? —le dijo bruscamente el oficial al mando.
—Soy el almirante Triek Gical.
—Ya no. Por orden del supremo gobierno de Zur se le ha quitado el rango y se le pone bajo arresto por el delito de alta traición a los intereses de Zur y de su gente. No oponga resistencia.
Fin del capítulo 1
