EL CENTINELA

SIDESTORY: ESPACIO VITAL

Capítulo 2

Camino rehecho

El joven oficial caminaba por las calles de la ciudad colonial, al parecer sin rumbo fijo, pero sus pasos se dirigían hacia una de las casas donde parecía haber movimiento inusual. Tras unos segundos de vacilaciones, se decide a entrar.

La ciudad de Tesala era amplia y agradable a la vista. Pese a su medio millón de habitantes, no había la sensación de multitud y la construcción lucía resplandeciente. En las llanuras se extendían los campos de cultivo que contrastaban con las naves espaciales que solían llegar al espaciopuerto.

—Extrañaré esto —murmuraba el hombre maduro frente a la ventana cuando el oficial llega.

Ambos se miran sin saludarse pero el hombre maduro ensaya una sonrisa tímida ya que no sabía cómo dirigirse a él, ya que el rostro del joven era inexpresivo.

—Recibí su mensaje y he venido —dijo lacónicamente el joven oficial.

—Gracias, lamento lo de tu padre.

—Mi padre era un traidor. Le ruego que no me lo mencione.

Vanderve suspiró. Fue un juicio rápido, podría decirse sumario, donde Gical y Donit fueron acusados de alta traición hacia Zur. Su defensa fue deficiente ya que fue designada por el propio gobierno, contraviniendo las propias leyes de Zur. Gical no pudo dar su alegato y todo estuvo acompañado de una campaña agresiva donde se expuso al almirante como un traidor que se había vendido a los intereses comerciales de Aran y por eso pedía la paz ya que le habían ofrecido un planeta como dominio.

La reacción no se hizo esperar y la casa de Gical fue saqueada e incendiada. Su esposa también fue arrestada y la usaron como testigo en su contra durante el juicio, donde su testimonio fue clave para condenarlo. El resultado fue que a Gical lo ejecutaron en la cámara desintegradora y Donit condenado a prisión perpetua. Los bienes de ambos fueron confiscados y a la esposa la desterraron a una de las colonias.

A todo ello siguió una campaña de persecución a los supuestos cómplices. Algunos gobernadores fueron arrestados o depuestos. El caso de Vanderve era ese. Le había llegado la noticia de su deposición y que entregara el cargo al nuevo gobernador que llegaría pronto. Algo que Vanderve no estaba dispuesto a esperar, pero antes tenía que hablar con el muchacho que tenía al frente. El último hijo de Gical.

—Lo siento, pero lamentablemente esta conversación girará en torno a tu padre y es por eso que te pedí venir cuando supe que tu nave recalaba en Tesala.

—Me compromete.

—Traté de ser lo más cauto posible. Te cité en mi casa y no en la gobernación para poder hablar tranquilamente.

—Sobre mi padre no tengo nada que hablar.

—Entonces escúchame. Tu padre no era un traidor ni mucho menos pensó en obtener beneficio de nada. Solo quería el bienestar de Zur y es eso lo que quería explicarte porque me dejó varios mensajes para ti.

—No quiero verlos.

—Te los daré de todos modos y luego haz lo que quieras. Te llamé porque de todos los habitantes de Zur esperaba que al menos con su hijo podría hablar del gran hombre que fue tu padre pero veo que me equivoqué.

—No entiendo porque insiste que mi padre era un gran hombre. No sabe lo que tuve que sufrir cuando me enteré de su arresto y juicio. En mi nave, antes era bien considerado por ser el hijo del gran almirante victorioso y de un momento a otro me señalaban con el dedo. Algunos se burlaban, los oficiales empezaron a maltratarme y el capitán no me quiso recibir más. ¿Sabe lo que significa eso?

—Lo supongo. Para un muchacho engreído como tú, debió ser un duro golpe. Solo déjame decirte esto, muchacho. Tu padre era un patriota pero no a los que nos tienen acostumbrados. El magno héroe que lucha contra los enemigos sin descanso. Su visión iba mucho más allá.

«Antes de partir a su última misión, estuvo aquí. Habló conmigo y me expuso su plan. La paz. Lograr la paz con Aran para extendernos juntos por la galaxia. El espacio es infinito. ¿Por qué luchar por unos pocos planetas? ¿No podíamos compartir? ¿Convivir? Hizo expediciones a zonas inexploradas de la galaxia y encontró cosas muy interesantes.

»Él se entrevistó después con un aranita importante. Y mira, me llegó un escrito de una de las colonias aranitas pidiéndome un tratado comercial. ¿Te imaginas? ¡Aquí dice que en vista de la posible paz entre nuestros mundos podemos anticipar una negociación para comerciar lo que es de nuestro mutuo interés! Solo bastó un empujón de tu padre y la paz hubiera llegado. ¿Y qué pasó? Nuestros sabios dirigentes decidieron acusarlo de traición. Esto ya lo saben en Aran y la guerra continuará.»

El hijo de Gical finalmente habló:

—¿Qué espera ganar con esta alocución? ¿Que crea en mi padre otra vez? Soy un soldado y él también lo era y su deber...

—Su deber lo enalteció. Te han enseñado que un soldado vive para la guerra y eso es falso. Un soldado trabaja para la paz. Tu padre fue acusado de traición y la mayor prueba contra él fue no haber destruido Mixi. Una colonia de un millón de civiles aranitas. Él consideró que eran inocentes. Me lo dijo aquí y me dejó estas cápsulas de información para que pudieras tenerlas. De algún modo, supo que te vería y supuso su fin pero estaba optimista. Su primer paso había dado los resultados esperados pero nuestro gobierno no lo quiso ver así. La guerra continuará y muchas vidas se perderán pero supongo que tú estarás contento. Saldrás a matar aranitas y tal vez mueras y con ello habrás lavado el nombre de tu familia frente a nuestra estúpida sociedad pero jamás honrarás a tu padre. Eso es todo.

El joven tras unos segundos recoge las cápsulas y sale pero antes de irse se vuelve a Vanderve.

—¿Acaso se prepara para huir?

—Si lo quieres llamar así. No me quedaré a esperar a mi predecesor. Una vez que le entregue la gobernación, me hará arrestar y ejecutar. Si tú no honras a tu padre, lo haré yo. Tesala ya no es segura para los que creemos en la paz. Vuelve a tu nave, muchacho, y maneja tus armas contra los aranitas. Pero recuerda mis palabras cuando veas los mundos arrasados, las familias destrozadas, tus compañeros muertos. Te darás cuenta que caminamos hacia nuestra propia perdición. Hemos desaprovechado la mejor oportunidad que la historia nos ha dado y eso se paga. Lo siento por la gente que sinceramente cree en esta estupidez pero no me quedaré para verlo.

El oficial Dian Gical abandona la casa del ya exgobernador. Pensaba tirar las cápsulas al primer bote de basura que encontrará pero casi sin querer las guardó. Tal vez algún día las vea.

...

Aran. Un planeta de seis mil millones de habitantes. Hermoso desde el espacio. La población es alegre. Aunque no cree mucho en esta guerra que su gobierno ha tratado de hacer popular.

Aran es una monarquía. El rey Axelis III es el señor de Aran y de las veinte colonias aranitas extendidas en aquel sector de la galaxia.

El rey hereda la corona de su padre, quien fue el que prosiguió la obra del suyo. El dar prioridad a las colonias en el espacio. Ahora su hijo está empeñado en sostenerlas y extenderlas, más aun sabiendo que otra raza inteligente se atrevía a disputárselas.

El pueblo no creía mucho en la guerra pero el rey supo convencerlo. Los propios zuranos con su política de exterminio le habían dado mucha ayuda.

Ahora el rey está abocado en fortalecer la flota. Debía reconocer que los zuranos eran mejores soldados y su flota estaba en mejores condiciones pero les sucedía lo mismo que a ellos. No estaban preparados para pelear en el espacio donde las distancias eran demasiado grandes. Aprender eso tomaba tiempo pero Gical lo estaba logrando y en poco tiempo habría puesto a Aran en jaque y a su propia corona.

Pero ahora Gical está muerto y eso había que celebrarlo.

—Brindo por los dilectos dirigentes de Zur por habernos librado de su mejor estratega —dijo el rey levantando la copa.

El brindis fue seguido de risas. En realidad, era risible que los propios zuranos hayan eliminado al peor enemigo de sus enemigos.

—Diría el mejor enemigo —murmuró el gobernador Piaca.

Lamentaba la muerte de Gical pero más lamentaba que la paz se alejase y dejara paso a la guerra.

—En realidad —prosiguió el rey—, supuse que un relajamiento de nuestras actividades militares llamaría la atención de los zuranos y sospecharan demasiado de su almirante. ¿No fue genial?

—Muchos lo creímos, Alteza —dijo Piaca—. En realidad, me pareció una buena idea que la guerra terminara.

—Todos lo deseamos, gobernador —respondió el rey—. Pero la paz solo se conseguirá cuando Zur sea derrotado. Su presencia es una amenaza a la prosperidad de Aran. Muy pronto, Zur conocerá el verdadero poder de Aran cuando la nueva flota se ponga en camino. ¿Almirante Kirich?

—¿Señor?

—Gical ha muerto y con ello la mayor amenaza a la flota. Ahora podrá usted aventurarse en territorio enemigo y aniquilar sus colonias. En este momento, deben estar pensando que nosotros permaneceremos inactivos. Sáquelos de su error, almirante.

—Así se hará, Alteza.

—Escuchen, ciudadanos de Aran, la época de la guerra defensiva ha pasado. Mientras nuestros enemigos actuaban como piratas, acechando y atacando, nosotros fabricábamos una nueva flota y ya está lista. Doscientas naves artilladas con armas atómicas y escudos más resistentes. Más veloces y versátiles, y totalmente automatizadas con computadoras inteligentes que limitan el número de tripulantes. Nosotros no nos esconderemos sino que ahora daremos batalla. Una batalla real donde la vanguardia de esta flota atacará los dominios de Zur. Con esta victoria aplastante, será Zur quien nuevamente hablará de paz. ¡Pero esta vez nosotros pondremos las condiciones!

...

Ya había pasado un año de la muerte del almirante Gical pero ya un sector del pueblo lamentaba la apresurada de la decisión, es más, de la justicia de la misma. La derrota de la flota zurana fue el mayor descalabro que habían recibido en años de guerra. Un tercio de la flota, cerca de treinta naves, fue destruida y veinte más cayeron en escaramuzas.

Los aranitas eran amos y señores del sector conocido como Triden y las dos colonias más importantes fueron arrasadas. Los sobrevivientes fueron enviados como trabajadores a las minas de los planetas industriales de Aran.

—Si la guerra acabara hoy no habría duda que Aran sería el vencedor —decía un hombre canoso a otro mientras miraba los disturbios de afuera.

La derrota era tan evidente que no podían ocultarla ni minimizarla.

—Creo que nuestra explicación tiene que apuntar hacia la necesidad de proseguir con mis investigaciones. Si no lo hacemos ahora, no esperaremos mucho para que la flota aranita esté en nuestra órbita.

Ambos se presentan ante el presidente Rin y su consejo. El Gran Almirante Toran y su estado mayor estaba también presente.

—Ahorremos el protocolo, doctor Geintz —dijo el presidente—. No me interesa escuchar detalles técnicos ni mucho menos la situación en la que estamos. La conocemos muy bien. Lo que quiero saber es en qué aportarían sus investigaciones a definir esta guerra.

—Señor presidente —contestó el doctor—, sabemos que el enemigo tiene naves de guerra automatizadas con un mínimo de tripulantes humanos. No pasará mucho tiempo antes de que los mejoren si es lo que yo supongo que para ellos ese es el camino que les ha dado resultado. Propongo que nosotros no tratemos de emularlos sino de superarlos.

—Al grano, doctor.

—Mis investigaciones han conducido a construir prototipos de robots soldado.

—Un momento —intervino un miembro del consejo—, esa idea no es nueva y se ha demostrado que es inservible. Las tres leyes de la robótica...*

—Conozco bien las tres leyes de la robótica. La primera que ningún robot puede lastimar a un humano ni que por su inacción un humano sufra daño. La segunda que el robot debe obedecer a los humanos excepto cuando esa orden entre en conflicto con la primera ley. La tercera, que un robot debe proteger su propia existencia siempre y cuando no entre en conflicto con las dos leyes anteriores.

«Perfecto, pero esas leyes fueron enunciadas para que los robots no nos hagan daño. Ni siquiera involuntariamente o alguien use los robots para dañar a otro humano y eso es precisamente lo que nos interesa.

»Usar robots soldados significa entrar en conflicto con esas leyes ya que ellos irían a luchar pero si conseguimos que los robots no sientan que están dañando a los humanos, obtendríamos mejores resultados.

»Eso podría hacerse si proveemos a los robots de armas paralizantes. Podríamos decirles que las naves atrapan humanos que son los que están allí adentro. Les pedimos que ataquen al organismo mayor y lo dañen. Con un daño mínimo podemos atacar con nuestras naves convencionales y estaremos en mayor ventaja.»

Es cuando el presidente Rin intervino y habló:

—¿Cómo pretende eso? Digo, que los robots neutralicen a los humanos dentro de ellas es una cosa pero poder entrar es otra.

—Sencillo, estos robots atacaran en naves más pequeñas. No serán fácilmente alcanzables por los cañones enemigos y podrán atacar directamente. Robots pilotos serán más precisos y podrán penetrar los campos de protección y los robots soldado podrán horadar las cubiertas. Si conseguimos destruir su vanguardia tendremos mayores ventajas.

—¿No sería más sencillo construir robots sin las leyes?

—No, porque las complejidades de los cerebros positrónicos se han construido en base a ellas y no tenemos tiempo para hacer eso. Mi sugerencia es probar esto mientras yo sigo con mis investigaciones en ese camino. En realidad, esto es un paso porque estoy seguro que los aranitas fabricarán armas para contrarrestar esta pero habremos ganado tiempo.

—¿Y si les decimos a los robots que los aranitas no son humanos?

—Físicamente lo son y cuando los robots los vean, se confundirán. Ese argumento guárdeselo para el pueblo.

—Bueno —dijo el presidente—, estoy de acuerdo. Debemos tener una escuadra de estos robots para la batalla. Sabemos que una flota aranita de cincuenta naves se dirige al sector doce donde están nuestras más importantes reservas de minerales. Si las toman, será como poner un cuchillo en nuestro cuello. Veinte naves les saldrán al frente. ¿Con cuántos refuerzos contamos?

—Podemos mandar veinte más junto con mil de los nuevos cazas Espectro —dijo Toran—. Pero no tenemos estrategas capaces de dirigir una batalla así.

—No hará falta si el doctor Geintz tiene razón. Si se equivoca o sale mal, será una larga agonía. En esta batalla nos la jugamos el todo por el todo.

...

Dian Gical se encontraba sentado sobre su puesto de batalla mientras aguardaba el momento en que la flota aranita apareciese. Había participado ya en dos batallas y su nave había podido abandonar la batalla aun funcionando. Estaba dañada pero debía de entrar en batalla ya que la orden era proteger aquel sector. A diferencia de otras veces, las naves de los aranitas no se molestaban en eludirlos. Solo les presentarían batalla.

Sin querer pensó en su padre. ¿Tendría razón en buscar la paz? Realmente no había nadie en aquel sector que no lo pensara pero eso significaba solo la rendición. ¡Qué diferencia con su padre que pensó en la paz cuando la victoria le sonreía!

Las naves aranitas aparecían ya y las alarmas sonaron. Era el momento de pelear.

La batalla se había iniciado y las flotas intercambiaban disparos pero mientras los zuranos retrocedían, los aranitas avanzaban. Ya dos naves zuranas estaban hechas pedazos cuando una flota zurana apareció. Curiosamente no abrieron fuego, sino que de su interior surgieron cientos de pequeñas naves.

Los nuevos cazas Espectro hacían su aparición en la batalla pero rodeaban a pequeñas naves de asalto que trataban de llegar a las naves grandes. Escuadrones de cazas aranitas salieron a su encuentro pero los cazas Espectro parecían valer por diez de los aranitas y consiguieron que las naves de asalto lleguen a los acorazados.

Para sorpresa de todos, las pocas naves que pudieron llegar parecían aferrarse a los acorazados como parásitos y las naves empezaron a moverse erráticamente.

—¡Fuego! ¡Disparen las armas atómicas! —Desde su puesto de batalla, Dian fue testigo de la destrucción de la primera línea de ataque aranita.

...

No fue esa la primera batalla ganada por los zuranos. Con la nueva estrategia, consiguieron frenar el avance aranita y destruyeron sesenta de sus naves acorazadas. Pero para el doctor Geintz, eso sería momentáneo.

—Basar nuestra estrategia de guerra en este éxito es un error —dijo Geintz al almirante Toran.

—Ha dado buen resultado y solo necesitamos más robots.

—¿No ha leído los últimos informes? Con razón usted estuvo de acuerdo en ejecutar a Gical.

—Tenga cuidado con lo que usted dice, doctor. No es el único roboticista que tenemos.

—Lo sé. Pero soy el único que puede salvarlos. Puede construir millares de robots para la batalla pero llegará un momento en el que serán inservibles.

—¿De qué habla?

—Primero, estos robots están sujetos a las tres leyes aún. Hay robots que entran con cámaras para grabar el interior de las naves y por lo tanto podemos ver los combates iniciales. Son pocos tripulantes pero pelean mejor que los robots, los cuales avisan antes de disparar y luego dudan. Eso es lo más importante. ¡Dudan! No puede haber dudas en una pelea y por eso muy pocos robots avanzan y dañan los circuitos de la supercomputadora. Tienen una estrategia definida y fácilmente neutralizable cuando los aranitas la aprendan. Solo tendrían que poner a un mayor número de soldados. Y digo, soldados de verdad, porque los tripulantes de las naves acorazadas no muestran mayor capacidad combativa. Y aun así en algunos casos han conseguido frenar el avance y salvar la nave. Lo otro, es esa estúpida idea de atacar la nave con los robots adentro.

—No hay alternativa. No podíamos permitir que las naves se recuperen. Al menor signo de vulnerabilidad, la atacábamos y eso ha tenido éxito. ¿Es que le dan pena sus robots?

—Idiota, ¿no se da cuenta que eso entra en conflicto con la tercera ley? Todos los robots enviados al combate han sido destruidos. ¿Qué cree que piensan los robots cuando ven eso? Que ir a esas naves significa suicidio.

—¿Quiere decir que los robots se negarán a obedecer?

—Ya lo están haciendo. ¿No le pregunté si había leído los reportes? Pues hay desobediencia.

—Se castigará...

—Maldita sea, ¿es que no me entiende? ¿Cree que está tratando con soldados indisciplinados? ¡Son robots! Irán a pelear pero inconscientemente evitarán el peligro. Es posible que en algunos se entre en conflicto y se descompongan. ¿Ha visto los reportes, pedazo de asno? Hay robots que se apagaron cuando se les ordenó atacar a las naves. ¡Es una forma de autopreservación!

—Muy bien, genio. Usted y sus malditas leyes me tienen harto. ¿Qué es lo que sugiere? ¿Contratar un psicólogo de robots?

—Eso sería para usted y su estado mayor. Lo que estoy haciendo y ya tengo avances importantes, es crear una nueva generación de robots. Robots de batalla. Unidades acorazadas con armamento incorporado.

—¿Y las leyes?

—Hay un, por decir así, "debilitamiento" de las leyes. No es fácil ya que no puedo construir cerebros positrónicos con las características deseadas sin obviar las leyes pero he diseñado una unidad central que controlará sus movimientos. Una nave computadora que ordenará a los robots como si fueran piezas. Es decir, que los robots son fichas de un juego que la computadora jugará y el juego se llama guerra.

—Está bien, prosiga con eso, pero le advierto que si se equivoca...

—Hasta ahora no lo he hecho y usted sí.

...

Las palabras de Geintz se cumplieron. Hubo escuadrones enteros de robots que se apagaron antes de entrar en batalla. Los que llegaron, se enfrentaron a soldados aranitas mejor entrenados y armados que los neutralizaron por completo. Solo en una cosa se equivocó. Las naves acorazadas estaban mejor pertrechadas y contestaron el fuego rápidamente.

El resultado fue la derrota de los zuranos en la batalla por el control del sistema Kasia. Las colonias aranitas se salvaron y los zuranos debieron retroceder hasta las zonas bajo su control. La ofensiva aranita podía darse en cualquier momento.

Dian Gical se encontraba en Nexus. La colonia lucía muy diferente dos años antes. Los jóvenes eran ya llamados al servicio y había perdido cierta prosperidad. La construcción de robots demandaba mucha inversión y las colonias debían aportar ya que la guerra parecía acercarse a ellas.

Dian pidió permiso para ir a esa colonia. Su madre estaba allí.

La viuda del almirante Gical, aunque no le gustaba que la llamaran así y se presentaba como la señora Axis Dentria, recibió a su hijo con el aire de tristeza que tenía desde hace dos años. Desde ese tiempo, Dian había visitado a su madre un par de veces. La primera, poco después del destierro y la segunda cuando su nave pasó por allí para reparaciones. Ahora lo hacía de mala gana ya que sabía que su madre no querría hablar con él sobre lo que venía a decirle.

Justamente porque quería hablar de su padre.

—Mamá, sé que este tema no te gusta pero...

—¡No lo digas! Si vas a mencionar a tu padre, no quiero escuchar nada.

—Mamá, necesito hablar contigo porque tengo una serie de mensajes que dejó en Tesala y creo que debes escucharlos.

—No me importa, ¿lo entiendes? No quiero saber nada de ese hombre que arruinó mi vida y la de mi familia. Nuestro apellido era de linaje y ahora la vergüenza no puede borrarse. Yo estoy aquí recluida y no recibo visita de nadie. Mi familia en Zur me ha olvidado como si yo hubiese sido también culpable de traición. Mi hijo mayor Fradi murió defendiendo a nuestra nación y el único hijo que me queda puede seguirlo en cualquier momento. Aquí me quedaré sola y señalada con el dedo, rodeada de esta miseria.

—¿Acaso no lo amaste, mamá?

—¿Qué pregunta es esa? Si lo amé pero ya no quiero recordarlo. Pensar que compartí mi vida con un traidor.

—¡Mi padre no era un traidor!

—¿Qué? ¿Qué dices? ¿Por qué ahora piensas así?

—Mamá, no hay traición. Jamás la hubo. En todo este tiempo que ha pasado he podido pensarlo mejor. Los mensajes que mi padre me dejó. Los cuales he recibido y lo que he estado averiguando, me ha llevado al convencimiento que mi padre jamás quiso traicionar a Zur. Los verdaderos traidores son los que están en Zur y lo condenaron.

—¡Cállate! Ya no digas nada.

—Te han convencido tanto que ya no quieres escuchar. ¿Crees que no sé que el Estado te mantiene? ¿Que eso fue lo mínimo que te ofrecieron para que pudieras seguir viviendo a cambio de tu declaración? ¡Tú traicionaste a mi padre!

La bofetada no se hizo esperar y la madre miraba con furia a su hijo antes de hablarle:

—¿Sabes lo que es la tortura? No, no lo sabes. Eso hicieron ellos conmigo. Una tortura mental. Fotos de Fradi muerto, flotando en el espacio y repitiéndome que tú lo seguirías. Que te mandarían a la primera línea de batalla para que murieras. Tu padre nos traicionó y yo solo quise salvar lo que pude y eso te incluía.

Dian se queda callado por un momento. Sin embargo, le respondió:

—Lo siento, mamá. Perdóname, pero creo que con mi padre se cometió una injusticia. De haberlo escuchado habríamos ahorrado un millón de muertos más. Estamos donde empezamos y los aranitas lanzarán una ofensiva tarde o temprano y por eso estoy aquí. Quiero sacarte de Nexus.

—¿De qué hablas? Sabes que no puedo abandonar Nexus.

—Te propongo escapar. Quiero que abandones la colonia y mostrarte el sueño de mi padre.

—No, no digas eso. ¿Acaso piensas desertar?

—Sí.

—¿Quieres añadir otra mancha más a nuestra familia?

—Mamá, la causa de Zur está perdida. No hablamos de paz sino de construir más armas. Muchos seguirán muriendo por más que ahora se siga hablando de victoria. ¡No habrá tal victoria! ¡Las armas que fabricamos se volverán contra nosotros!

—Vete, sal de aquí y no vuelvas sino es con una medalla. ¡Vete!

—Mamá...

—¡Vete!

Dian sale con el corazón oprimido pero sabía que tomaba la decisión correcta. Sin embargo, ahora la actitud de su madre lo complicaba todo. No podía abandonarla pero había estado demasiado involucrado en la guerra con los robots. Sabía que lo que había dicho pasaría.

Lo había dicho su padre también.

...

A los tres años de la muerte de Gical, se marcó un nuevo cambio en la guerra. Parecía que Aran recuperaría todo el terreno perdido, atacando nuevamente las colonias zuranas y esta vez con mayor violencia. Tesala desapareció en medio de explosiones atómicas con su medio millón de habitantes. El próspero planeta que exportaba los mejores licores se convirtió en un desierto e hizo millonarios a los pocos poseedores de los licores fuera del planeta. Fue en venganza por el bombardeo de Mixi por parte de los zuranos.

La pérdida de Tesala fue un golpe para la moral de los combatientes y del pueblo. Las manifestaciones para la renuncia del gobierno no se hicieron esperar y el Consejo con el Estado Mayor se reunió de emergencia.

—Lo que hemos ganado en un año lo hemos perdido en un mes —dijo el presidente—. ¿Con cuántas naves de ataque disponemos?

—Podemos lanzar cien pero debemos dejar de lado la estrategia de los robots. Ya no sirve. Tan solo usarlos como acompañantes para que neutralicen las computadoras.

—¿Y cómo espera enfrentar a los acorazados inteligentes?

—Le hablé de los experimentos del doctor Geintz y ya tenemos los primeros resultados. Quisiera que lo escucharan.

Geintz hace su entrada. Se le veía mucho más viejo que hace dos años.

—Ahorraré palabras. La estrategia que dije que no funcionaría por mucho tiempo, duró más tiempo del esperado pero ustedes se negaron a escuchar y eso provocó retrasos en mi trabajo. Tengo ya los resultados, no al nivel que esperaba pero ya están listos los prototipos.

Una pantalla tridimensional se enciende y muestra a un robot. Era más corpulento y grande y mostraba armamento en sus brazos. Cañones de plasma y proyectiles.

—Este es el guerrero alfa. El primero de una serie de robots donde las leyes van siendo obviadas. Se ha obviado la tercera ley pero mantiene las dos primeras aunque debilitadas ya que prioriza la orden que se le da. Su capacidad de fuego puede neutralizar a cincuenta soldados aranitas y soportar un ataque directo de diverso tipo y resistirlo. Excepto los de gran calibre.

«La estrategia es usar esto como se hizo con los robots pero la ventaja será que estos tomarán la nave. No respetarán a los aranitas que luchen pero si a los que no luchen. La neutralizarán y abandonarán para que esta estalle o sea destruida. La estrategia es la misma pero los medios distintos. Les aseguro una total victoria en la primera batalla.»

—¿Con cuántas unidades dispone?

—Con trescientas. Más que suficiente. Para fabricar más necesito que los embarques de titanio lleguen a tiempo y sin más excusas. Nos estamos jugando el destino, señores, y si confían en mí la victoria solo es cuestión de tiempo.

...

La soldado Fari Moses del tercer escuadrón de cazas Espectro se alistaba para la batalla.

—¿Otra vez? ¿Quieren que me mate por proteger a los robots inservibles?

—Obedece, Fari. Confía en que esta vez saldrá bien.

Fari piensa en su familia en Nexus cuando despega de su nave y escolta a las naves de abordaje. Ligeramente más grandes que las anteriores. A lo lejos se avistaba ya a la flota aranita que avanzaba contra la colonia Mikela.

La joven era una piloto hábil y dirige su escuadrón contra los cazas aranitas que aún no tenían la capacidad de los Espectro para luchar. Rápidamente, los abate mientras la artillería de las naves abría fuego contra ella. Neutralizar los cañones fue fácil y las naves pudieron entrar al abordaje.

Fari vio sorprendida como los robots entraban. Eso no era nuevo, sino los robots. Eran distintos. De apariencia feroz y cargados de armas. "Por Dios, lo consiguieron. ¿Qué será de nosotros?", pensaba ella.

...

—¡Veinte naves! ¡Veinte naves perdidas en una sola batalla y diez capturadas! ¿Qué fue lo que pasó?

La voz del rey Axelis hizo temblar la sala. Su rostro estaba contorsionado por la ira mientras gritaba:

—¿Por qué demonios no pudieron anticipar lo que los zuranos harían? ¿Es que son tan ineptos? ¡Estamos donde empezamos nuevamente! ¡Pero ahora en desventaja! ¿Qué clase de robots están fabricando?

—Señor, los zuranos han conseguido fabricar robots de batalla, a diferencia de los nuestros que mantienen el postulado de no dañar al hombre. Eso lo vimos en su primera serie de robots que usaban armas paralizantes lo que ya era un avance pero después vimos que los robots fallaban porque se daban cuenta que sus acciones dañaban personas y a sí mismos. Ahora estos robots no parecen tener ese problema.

Axelis seguía furioso pero trata de mantener la compostura mirando a todo su consejo.

—Quiero que se diseñe un arma capaz de enfrentar a esos robots. Quiero que se analice el patrón de lucha de ellos y se trate de hacer lo que hicimos con los anteriores. Quiero que se fabriquen nuevas naves que puedan contrarrestar a esos robots. Y lo quiero en el menor tiempo. Aunque tiempo es algo que no tenemos.

...

El avance de Zur esta vez es más rápido. En poco tiempo, las colonias fueron recuperadas pero con la mayoría en ruinas no podían ser repobladas inmediatamente. Por todos lados se clamaba venganza contra Aran y la ofensiva no se hizo esperar.

Los cañones de las naves zuranas abrieron fuego contra la colonia Parax y destruían las naves que escapaban. Por primera vez, los robots fueron usados en combates terrestres ya que este planeta era uno de los principales y tenía varias ciudades. Las fuerzas en la superficie de Parax chocaron con ellos. Pese a la efectividad de los robots, aún no podían medirse contra el ejército de Aran por lo que el ataque fue rechazado. Los soldados zuranos tuvieron que aterrizar y luchar contra los aranitas.

La intención de Zur era controlar este planeta y usarla como base de operaciones y una futura colonia. Por eso prefirieron no saturarla de radioactividad. Pasado un mes de combates, cien mil soldados zuranos combatían contra doscientos mil aranitas que no contaban con apoyo espacial pero disponían de naves atmosféricas que frenaban los avances zuranos.

Era obvio que eso tenía que cambiar. Ahora el lema era la conquista.

Pero llegó para Zur una noticia inquietante. La avanzada de la flota fue destruida en una batalla por el planeta Gim, otra de las colonias más ricas de Aran. El enemigo había encontrado un arma para oponer a Zur y sus robots.

...

El doctor Geintz estaba en su laboratorio revisando los últimos prototipos cuando el Estado Mayor se presenta en pleno.

—¿Sucedió lo que pensábamos, caballeros? Qué bueno que ahora tienen capacidad de reacción.

—Usted parece ser adivino —dijo Toran—. Ya que sabe tanto, ¿qué debemos hacer?

—Pues, esperar. Y conocer más sobre lo que hace el enemigo.

—Eso ya lo sabemos. Están usando naves positrónicas.

—Vaya, eso sí que es nuevo. Jamás se me hubiera ocurrido. Naves no tripuladas totalmente blindadas, ¿cierto?

—Y no solo eso. Están usando artilugios mecánicos operados manualmente, ¿se da cuenta? Cuando los robots abordan las naves encuentran soldados acorazados. Tropas aranitas con armaduras. Son más rápidos y versátiles que sus guerreros alfa. Mientras combaten, los acorazados solo se limitan a atacar nuestras naves y localizan a la que lleva la computadora. Una vez que la destruyen, los robots funcionan erráticamente y así son fácilmente destruidos. Ahora nuestra arma novedosa es un fracaso.

—Caballeros, les dije claramente que la nave computadora debía de ser protegida. Eso era trabajo de la flota. ¿Por qué no se diseñaron nuevas naves de combate para frenar a los acorazados? Habían capturado una. ¿Por qué no la copiaron?

—En eso estamos. Pero ahora con las naves positrónicas, los robots técnicos no pueden dañarla por dentro a no ser que lleguen al cerebro de la nave. Además, sus robots son inútiles en tierra. Si la flota aranita vuelve a tomar la ofensiva habremos perdido Parax y a nuestros hombres allí.

—Calma, caballeros. Como ustedes saben, he estado trabajando en esto así que prepárense. Vean y asómbrense.

Un compartimiento se abre y aparece un robot de aspecto más humanoide, de menos tamaño que los anteriores.

—Este es un guerrero beta. Síganme y pronto lo verán en acción.

Todos, junto con el robot, van a un patio grande donde dos guerreros alfa aguardaban. A la orden del doctor, los dos guerreros alfa atacan al nuevo robot pero este elude los disparos con rapidez y se lanza contra uno. El disparo del alfa, por querer darle al beta, destruye a su compañero y la mano del beta se convierte en un arma que destruye al alfa.

—Como ven caballeros, el beta es mas versátil, veloz y poderoso. Sus piezas pueden convertirse en armas y su interior guarda una cápsula positrónica que le provee de poder suficiente de veinte megatones. Ideales para el combate cuerpo a cuerpo y para destruir las naves enemigas con solo tener uno adentro. Lo mejor de todo es que la tercera ley ha sido anulada y se ha modificado la primera, aunque mantiene lo referente a la obediencia. Debemos mantener de todos modos la primera para nuestra propia seguridad.

—¿Y cuál es esa modificación?

—Que he hecho que la segunda ley sobre la obediencia no entre en conflicto con la primera. Es decir, que este robot no necesita una computadora de control y solamente se le ordena matar al enemigo sin que se frene.

—¿Cuántos de estos tenemos?

—Veinte. Pueden usar quince para frenar a la flota aranita. En un mes, podremos haber fabricado cien que podrán usar en Parax. Como ven, caballeros, con esto sí puedo augurar una victoria rápida y contundente.

...

Y fue así.

El avance de la flota aranita hacia Parax fue detenido cuando la flota zurana le dio batalla. Los robots beta atacaron las naves acorazadas y derrotaron a los soldados acorazados. Algunos se detonaron dentro de la nave destruyéndolas por completo. Las astronaves muy dañadas fueron destruidas por los zuranos. Solo cinco naves lograron escapar de un total de veinte.

Los aranitas estaban empezando a ganar la batalla de Parax en tierra hasta que una serie de naves llegaron y lanzaron objetos a tierra cerca a las tropas aranitas. Parecían ovillos pero en realidad eran los robots beta que salieron de las cápsulas y empezaron a combatir contra los aranitas.

La primera batalla de los robots en tierra fue un éxito. En una hora de combates, diez mil soldados aranitas eran muertos. El resto tuvo que huir ante los vítores de los soldados zuranos.

...

—¿Realmente cree que los venceremos? —Fari Moses, la piloto de combate, aterrizaba en Parax con cargamentos y pertrechos para los soldados.

—No lo sé —respondió un oficial joven pero con la apariencia de los veteranos—. Los robots son un arma poderosa pero...

—¿Pero...

—Se supone que está prohibido decirlo. Los robots se vuelven contra nosotros.

—¿Qué dices? Eso es...

—¿Imposible? Solamente en este sector hemos tenido seiscientas bajas. ¿Cuántas creen que son por los aranitas?

—¿No son todas?

—No, solo cien. El resto es por los robots.

—No lo entiendo.

—Yo tampoco pero supongo que después de haber recibido varios ataques, algo les pasa. Caminan solitarios y atacan lo que ven y eso nos incluye.

—¿Lo han informado?

—Sí, pero dicen que son robots descompuestos. Que lo solucionarán. Que no nos acerquemos a los solitarios pero...

—¡Dímelo ya!

—No creo que es eso exactamente. He visto robots en perfectas condiciones hacer eso. Solo tengo un patrón definido para ellos.

—¿Cual?

—Los... los que han combatido más. Y es más, he visto a algunos que recogen piezas de sus compañeros caídos y las usan para repararse. Pero antes hacen esfuerzos por reanimar a los caídos. ¡Incluso he visto que estas unidades se llevan a los muy dañados y los reparan!

...

—No se supone que deberían hacer eso —murmuró Geintz dándole la espalda a Toran.

—Pues, eximio arrogante, eso está pasando. Seguí su consejo de leer bien los reportes y es así. ¡Sus preciosos guerreros beta están apoderándose de Parax para ellos! Los combates continúan pero los robots no regresan a nuestras bases sino que permanecen fuera. Tienen sus propios centros de reunión y reparación. Los soldados tienen miedo de acercarse.

—¿Propone que los desactive?

—¡Galaxia, no! Quiero que los repare. Están ganando la batalla en Parax pero no estoy seguro que no se vuelvan contra nosotros una vez que hayan derrotado a los aranitas.

—Pues, sugiero que esperemos. No pueden aumentar en número. No pueden multiplicarse ni hacer otros. Dejemos que los aranitas lo hagan. Dejémoslos pelear. Yo seguiré trabajando.

—¿En qué? ¿Se podría saber?

—Lea mis informes, almirante. Muy pronto tendrá lo que acabará esta guerra de una vez por todas.

...

En una de las tantas batallas espaciales, los guerreros beta se enfrentan a un nuevo enemigo.

Los aranitas diseñaron nuevas armas. Soldados que tripulaban naves articuladas y acorazadas que resistían a los guerreros beta. Estas nuevas armas consiguieron frenar hasta los ahora invencibles robots zuranos. Aun así la batalla seguía siendo encarnizada y muchas colonias de ambos bandos fueron destruidas.

Fue en una de esas batallas donde sucedió aquello. Algo que los zuranos no olvidarían. Ni tampoco los aranitas.

...

—¿Qué es esta cosa tan urgente para que me hayan hecho salir de mi laboratorio?

Geintz estaba molesto frente a Toran quien lo había hecho traer casi a la fuerza a su cuartel general.

—Ni el presidente sabe lo que le voy a decir, Geintz. Acá hay algo que nos preocupa.

Toran saca un disco y se lo muestra.

—¿Qué hay ahí?

—Ya lo verá pero le daré los antecedentes. Hubo una escaramuza en el sistema Hok. Conseguimos derrotar a los aranitas y a sus soldados acorazados pero uno de los guerreros beta persiguió a uno que huyó al planeta Hok. Fue uno de los que cuentan con los sistemas de protección contra el calor y déjeme decirle que funcionó. Los dos aterrizaron en el planeta y combatieron. Nuestro guerrero beta consiguió derrotar al aranita.

—¿Y? ¿Eso quería decirme?

—No he terminado. Tal parece que los sensores del robot detectaron otra presencia en el planeta. Para él era otro enemigo y fue a buscarlo. Estaba ya transmitiendo cuando encontró algo. Era una base camuflada. Los sentidos del robot la detectaron.

—Aranitas, supongo.

—No, no lo eran.

—¿Qué? ¿Me está diciendo que encontró una base de otra nación alienígena?

—Eso no lo sé. Pero no era ni zurana ni aranita. Y no estaba vacía.

—¿Podría dejar de hacerla larga?

Toran puso el disco en la pantalla y esta mostró las imágenes. La batalla contra el aranita, la búsqueda y el encuentro de la base. El robot abre las puertas usando sus armas e ingresa. Para sorpresa de Geintz, vio a otros seres que no parecían humanos que atacaban al robot y este los mataba.

—Sorprendente. Vaya, lástima que...

—Eso no es todo, doctor. Vea ahora esto...

El robot se detiene y se vuelve. A una distancia de él había otra figura. Era enorme, dando la apariencia de un hombre corpulento, de pelo largo que miraba al robot como queriendo retarlo. El robot no tardó en dispararle.

—¿Ve lo que le digo?

Geintz se acerca a la pantalla. Aquella criatura estaba ilesa a los ataques del robot. En un instante, ya estaba cerca de él y lo abatía de un solo golpe. La última imagen del robot fue cuando era lanzado fuera de la base y una descarga de energía lo destruía.

—No puede ser, ¿qué cosa era eso?

—No lo sabemos. Fuimos a ese lugar y no encontramos nada. Ni siquiera la base. Solo los restos del robot. ¿Se da cuenta, doctor? Hay alguien más. Y uno con el suficiente poder para vencer a un guerrero beta a mano limpia y sin ningún esfuerzo.

—¿Qué pasó con la cápsula positrónica?

—Detonó pero lejos del lugar. Como si la hubieran sacado y arrojado.

—Eso es imposible. El que lo haya hecho debió de contar con instrumentos especiales y sacarla con cuidado. Aún lo hubiese hecho, la detonación habría sido casi inmediata.

—Y lo fue. Nuestros sensores indican que la cápsula detonó cinco segundos después de ser extraída. Doctor, quien quiera que haya sido, solo pudo haber arrancado la cápsula con sus manos y arrojarla lo suficientemente lejos para que detone sin peligro para él. Y para ello se requiere una fuerza descomunal. Creo que hay un nuevo factor a tomar en cuenta.

Geintz solo supo asentir con la cabeza sin dejar de mirar la pantalla. Por el momento no tenía respuestas pero sabía dónde debía apuntar en el desarrollo de la nueva arma.

En Aran, Axelis III observaba también la pantalla. Su nave había tenido el transmisor activado cuando el robot lo derrotó y pudo registrar parte de lo sucedido. Él también tenía interrogantes

Fin del capítulo 2

*Extraído de Isaac Asimov de "Yo, Robot" y "El Sol Desnudo".