Capítulo 18: Purificación.

Kagome se escabulló en una aldea sumida en sueños y con la luna creciente en el cielo. Estaba muy contenta de que se hubieran detenido tan cerca de los humanos. Luego de celebrar la primera presa de Lin, Kagome necesitaba tiempo consigo misma para poner sus sentimientos en orden, incluso después del incidente con los kasha, el único momento en el que estaba sola era cuando se marchaba para jugar trucos.

Se estremeció al recordar lo que la había incitado a unirse a la canción de Lin: la mera y concentrada felicidad de expresarlo a todo pulmón con su manada. Siempre supo que los youkai podían sentir de la misma forma que los humanos.

Solo que jamás se imaginó que podrían sentir más.

La emoción que sentía por el éxito de Lin se extendía en el interior de Kagome hasta llegarle a los huesos hasta el punto en que no había nada más que hacer que bailar y lanzar fuego zorruno al aire como si se trataran de fuegos artificiales verdes. Incluso Sesshomaru no pudo contenerse por completo, y el poder de su voz, la reacción que su aullido produjo en ella…

Volvió a estremecerse.

Y luego siguió el agradecimiento de Lin. Incluso ahora, Kagome no sabía si reír o llorar.

Había despojado a Lin de su naturaleza sin intención, pero la niña era feliz por ello. Sin embargo, pensó Kagome, la niña nunca quiso deshacerse de su humanidad, sino que estaba feliz porque ese cambio había constituido la pequeña familia que ahora formaban, porque ahora Lin viviría tanto, o más, que Sesshomaru.

¿Sentirse feliz por eso constituiría una traición a sus orígenes?

Frustrada consigo misma, Kagome negó con la cabeza. No podía cambiar nada de lo sucedido, por lo que la mejor opción sería dejar de pensar en eso. Resultaba satisfactorio que Lin no se sentía infeliz siendo una youkai perro, ya que iba a serlo por el resto de sus días.

Así como Kagome ya no era la sacerdotisa de la Perla. Esa mujer ya no existía y en su lugar estaba Kagome de las Cuatro Colas, la Kitsune Roja del Oeste.

Con ese pensamiento en mente, Kagome entró en un granero con la idea de robar leche de una de las vacas. Pero como era de esperarse, dejaría una moneda de oro a los pies de la vaca como paga.

No había terminado de posar la mano contra el flanco del animal cuando sintió ese aroma. Era como lluvia en el aire a pesar de que el cielo estaba despejado. Se tensó sintiendo como si estuviera a punto de caerle un rayo.

Luego hubo un resplandor de luz que la encegueció y le quemaba, le quemaba, y escuchó voces humanas.

Gruñó mientras se retorcía y se cubría la cara con las manos perdiendo así también el control del hechizo que la hacía caminar sin ser vista.

¡Peligro! ¡Peligro!

— ¿Es esta? — preguntó la voz de una mujer.

—No – respondió un hombre—. La que mató a mi buey de arado era más pequeña, y había uno más grande con ella. Pero aparentemente esta estaba por robar la vaca de mi hermana así que pueden purificarla también. Bestia inmunda.

—No lo sé, yo opino que es linda. Además, apuesto a que puedes obtener mucho en el mercado por ese kimono.

Kagome abrió los ojos para ver a un grupo de hombres observándola. Sin embargo, esto último no fue lo que causó que se le secara la boca.

Junto a los hombres había tres mujeres vestidas de sacerdotisa, todas ellas portaban arcos.

Y Kagome se encontraba atrapada dentro de una barrera.

Sin pensar con claridad, se lanzó hacia la pared de energía espiritual intentando escapar.

Comenzó a gritar.

Quemaba, quemaba, quemaba.

Podía sentir el aroma de su piel quemándose, podía sentir la energía que atacaba el centro de su poder demoníaco con la intención de deshacerla molécula a molécula.

Comenzó a sufrir arcadas ya que sentía nauseas debido al dolor físico y espiritual, y pensó en las veces en que ella misma había sido la sacerdotisa que creaba esa barrera. Ella era la sacerdotisa que disparaba flechas purificadoras que chamuscaban el aire y las lágrimas hostiles le cayeron de los ojos dejándole marcas de sal en el rostro.

—No volverá a hacerlo— dijo uno de los hombres mientras reía— ¿Y qué es eso?

Con un gruñido, Kagome respondió antes de que la sacerdotisa pudiera hacerlo:

— ¡No soy "eso"! ¡No soy una bestia! Mi nombre es Kagome, Ka. Go. Me. ¡Soy Kagome de las Cuatro Colas y más les vale dejarme libre, malditos!

— ¡Puede hablar!

Kagome alzó las manos quemadas por la purificación y las lamió para aliviar el dolor.

—Por supuesto que puedo hablar— dijo cortante.

La sacerdotisa que parecía estar a cargo dio un paso adelante observando a Kagome con frialdad.

—Soy Kiyoko, ¿Eres tú el youkai que ha estado atacando esta aldea?

Kagome ladeo la cabeza mientras observaba a la sacerdotisa y luego siguió lamiéndose las heridas.

—Nadie ha estado atacando la aldea, Sesshomaru-sama no lo permitiría.

Se mordió la lengua antes de terminar con ese pensamiento. Sesshomaru-sama no permite que nadie interfiera con aquello que le pertenece.

Esos humanos no estarían dichosos de que les dijera que le pertenecían a Sesshomaru por virtud de haber nacido en las tierras del Oeste. No comprenderían la protección que él les brindaba, no comprenderían el gran honor del que se trataba.

Así como Kagome no comprendía en el pasado.

—Se han visto ogros de un olor nauseabundo rondando las tierras. Asesinaron a un hombre de una aldea cercana y un kitsune secuestró a sus esposas. ¿Fuiste tú, criatura astuta?

— ¿Ogros de un olor nauseabundo? ¿Te refieres a los kasha? – preguntó Kagome con una sonrisa olvidándose de que la vista a sus colmillos y de que el ancho inhumano de sus labios no apaciguaría a los humanos—. Ya no los molestarán. Sesshomaru-sama y yo los exterminamos a todos. Están a salvo ¡Además no secuestramos a esas mujeres! Las salvamos.

— ¡Demonio mentiroso! — Escupió uno de los hombres, pero se detuvo cuando Kiyoko lo miró irritada.

—Sesshomaru… el Gran Perro, ¿Es ese youkai venerado como el Lord del Oeste? — Preguntó Kiyoko.

—Bueno, no estoy segura sobre lo de "Venerado"— murmuró Kagome agradeciéndole a kami que Sesshomaru no estaba presente para oír eso. Odiaba cuando actuaba petulante —. Pero si, en realidad soy muy buena amiga de Sesshomaru-sama ¡Por lo que es mejor que me dejes ir o él estará muy enojado!

En el instante en que las palabras habían abandonado la boca de Kagome, ella se paralizó percatándose de la verdad escondida en ellas. El rencor y el dolor se desvanecieron y ella extendió las manos en un gesto de paz y suplicó.

No por su vida, sino por la de ellos.

—Por favor, deben escucharme. Si no me liberan, Sesshomaru-sama vendrá a buscarme y cuando me vea aquí adentro, ninguno de ustedes estará a salvo de él— le dijo a la sacerdotisa—. Los matará para liberarme.

— ¿¡Te atreves a amenazar a Kiyoko-sama!?— dijo una de las sacerdotisas más jóvenes alzando el arco y preparando una flecha.

—No la amenazo, le advierto— la corrigió Kagome, con la respiración que comenzaba a acelerarse y las pupilas que se le dilataban de miedo. Podía sentir la energía de purificación que emanaba de esa flecha, y dolía peor de lo que el veneno de Naraku alguna vez le había hecho sentir cuando ella era humana—. Por favor, no me maten, si me purifican, Sesshomaru-sama no dudará en matarlas. Destruirá la aldea entera como venganza.

—Espera—dijo Kiyoko alzando la mano— Si ella dice la verdad…

—Todos saben que los kitsune son estafadores— dijo la sacerdotisa que hasta ese momento había guardado silencio—. Dirá lo que sea necesario para salvar su vida, y el ganado seguirá desapareciendo.

¿El ganado?

Con un grito ahogado, Kagome comprendió la conexión de todo.

El búfalo que Lin mató.

—Solo iba a tomar algo de leche— se defendió Kagome— Y pensaba pagar por ella – agregó sacando la pequeña moneda de oro del bolsillo interno de su cinturón, la moneda brilló a la luz de las antorchas— ¿Ven?

—Una historia creíble —se burló la tercera sacerdotisa.

— ¿Qué tal esto? —sugirió Kagome, una sensación inquietante produjo que se le erizaran los pelos del cuello. Conocía esa sensación, Sesshomaru estaba en camino. El alivio mesclado con el temor le dio nauseas — ¿Qué tal si prometo que nunca más molestaré su aldea de nuevo si me dejan ir? Saben que un kitsune no puede romper sus promesas sin perder una cola…

Por los rostros inexpresivos de los humanos pudo darse cuenta de que ellos no estaban enterados de tal cosa.

Kagome estaba a punto de abrir la boca para explicarlo cuando un movimiento a la distancia le llamó la atención.

— ¡Sesshomaru-sama!

En un parpadeo, él estaba allí.

— ¡Por favor, no los mate! No lo entienden, ¡Solo se están protegiendo! —le dijo Kagome con intenciones de lanzarse contra la barrera una vez más, aunque sabía que solo le causaría más quemaduras.

Él se volvió para observarla, pero luego bajó la vista y desenvainó a Tenseiga.

Una espada que no podía cortar la carne viva.

Kagome se relajó por el alivio.

Solo para ser consumida por el horror al instante.

En ese momento que Sesshomaru se tomó para tranquilizarla, las sacerdotisas alzaron los arcos. Tres flechas brillantes con la luz rosa de purificación silbaron en el aire hacia Sesshomaru.

Y las tres se incrustaron en él.

Una encontró un espacio entre la armadura del demonio y le penetró el músculo que unía el cuello con el hombro. Otra le atravesó el bíceps y la tercera, la pierna, manchándole la seda blanca con sangre.

¿Por qué no lo esquivó? Era todo en lo que Kagome podía pensar ¿Por qué no lo esquivó? Sé que es más rápido que las flechas.

Una neblina color verde oscuro le impidió ver. La misma neblina nacía del exterior y se introducía en su cuerpo creando un camino contrario a la sangre en el cuerpo de Sesshomaru en ese momento.

¿Por qué no lo esquivó?

Los ojos de Kagome resplandecieron como dos faroles de fuego zorruno y un aullido de angustia le brotó de la garganta mientras que los dientes se alargaban.

¿Por qué no lo esquivó?

Las garras se ensancharon y afilaron. El fuego zorruno de sus ojos se extendió y rodeó su cuerpo en un capullo de calor esmeralda.

¿Por qué no lo esquivó? Fue su último pensamiento coherente. Y luego en todo lo que pudo pensar fue: Alfa. Mio. Debía ser mío. Fuego. Sangre. Quemarlos a todos. Matarlos a todos. Venganza.

Matarlos con mis colmillos.

I—

Sesshomaru permitió que las sacerdotisas lo atacaran con las flechas ya que consideraba que la mejor manera de ponerle fin a esa batalla sin causarles mucho daño a los humanos, tal como Kagome deseaba, sería demostrándoles que sus poderes de purificación eran inútiles contra él. Desde hacía mucho tiempo, Sesshomaru había desarrollado inmunidad hacia la energía espiritual. La fuerza de esas tres flechas que lo habían impactado al mismo tiempo apenas le quemaba. Su ropa estaba arruinada, pero a pesar de esto, estaba ileso.

Ese pequeño inconveniente valdría la pena tras el efecto que esto le causaría a la moral de las sacerdotisas.

Y luego, Sesshomaru no tuvo más pensamientos que ocupar en ellas, o estrategia alguna, ya que el aura demoníaca de Kagome se expandió con tanta violencia que él no pudo despegar los ojos de ella.

Ante él había una enorme bola de fuego zorruno que la consumía y que luego explotaba disipando así la barrera que la tenía cautiva.

Cuando las flamas se disiparon, revelaron un zorro rojo brillante de cuatro colas casi del mismo tamaño que un caballo. Sus patas delicadas, así como también las puntas de sus colas eran de color blanco y sus ojos estaban llenos de una luz color jade. El zorro estiró los labios al gruñir y reveló unos dientes familiares con una suave curvatura, solo que ahora eran más largos. Ella emanaba calor que producía que el aire cambiara y se arremolinara y que en ocasiones se encendiera con chispas. Allí donde se paraba dejaba un rastro de fuego zorruno.

Esa era la verdadera forma de Kagome.

Sesshomaru consideró que la transformación era sorprendente para alguien tan joven, sin embargo, era obvio que ella no poseía control de si misma. La chispa de inteligencia tan común en sus ojos ya no estaba.

Todo fue silencio por un eterno instante hasta que Kagome saltó hacia adelante, con las fauces abiertas, directo a la sacerdotisa mayor. El aura de fuego zorruno quemó la flecha de la sacerdotisa antes de hacer contacto con la piel de Kagome.

En un movimiento suave, Sesshomaru guardó a Tenseiga e interceptó a Kagome rodeándole la mandíbula con un brazo y obligándola a mantenerla cerrada. Clavó los talones al suelo y empujó a Kagome con la cadera mientras mantenía la cabeza de ella en alto produciendo que esta perdiera el equilibrio y la redujo en el suelo. Una vez que Sesshomaru logró mantenerle la cabeza en el suelo, la afirmó poniendo la rodilla en el cuello de ella. Incluso la fuerza que la verdadera forma de Kagome le proporcionaba no era suficiente para hacerle frente a Sesshomaru.

A pesar de esto, ella seguía luchando. Con las patas traseras comenzó a levantar nubes de polvo y utilizaba las colas para darle latigazos en la espalda.

—Vulpina— le susurró Sesshomaru al oído. Le acarició el pelaje del costado percatándose de que este era tan delicado como parecía. Pudo percibir el movimiento de los humanos, pero los ignoró considerando que ya no eran de importancia.

—Nos salvaste— dijo la voz de la sacerdotisa mayor, Kiyoko.

Las tres sacerdotisas se arrodillaron ante Sesshomaru. Los otros humanos salieron corriendo.

—Intentamos exterminarte y aún así nos has salvado.

Kagome gruñó con más agresividad que antes cuando escuchó a esa mujer hablar y retomó las fuerzas.

—No lo hice por ustedes— Sesshomaru le respondió a la mujer con frialdad, la expresión de su rostro daba más miedo que la kitsune que sujetaba—. Váyanse. Y sepan que tienen la vida perdonada solo porque ella así lo hubiera deseado.

Si Kagome recuperaba la razón y descubría que había asesinado a toda la aldea, estaría desconsolada. Y Sesshomaru consideraba que eso sería muy… irritante.

Además, él ya le había indicado que no mataría a aquellos humanos. El honor no le permitiría faltar a su palabra.

Los insultos que uno debe soportar por una vulpina problemática.

Una vez que las tres sacerdotisas habían desaparecido de la presencia de Sesshomaru, este se concentró en lidiar con Kagome.

Las palabras racionales no le harían efecto.

Al decidir que no había nada más que hacer, la soltó el tiempo suficiente para obtener un buen ángulo para asestar el golpe, y luego la golpeó de revés en el hocico mandándola a volar por sobre una cerca antes de chocar contra la pared de un edificio cercano.

Ella, mareada, sacudió la cabeza y se tambaleó al levantarse.

Sesshomaru se acercó a ella a paso lento y volvió a golpearla. Esta vez le atinó al costado de la cabeza y logró que quedara inconsciente.

Ella cayó al suelo y la luz que brotaba de sus ojos se desvaneció. Su forma cambió con el sonido de huesos que crujían y de piel que se arrastraba hasta que la pequeña vulpina de Sesshomaru se encontró recostada a los pies de este con el cabello rojo arremolinado y el kimono hecho un desastre.

Sin decir palabra, Sesshomaru se quitó las flechas que todavía tenía incrustadas en el cuerpo, luego se colgó una Kagome inerte al hombro asegurándose de que los pinchos de su pechera no se enterraran en la piel de esta.

CONTINUARÁ

Bueno, este capítulo fue una buena contraparte del anterior ya que fue bastante largo en comparación a los que he estado subiendo hasta el momento. Gracias por su apoyo, sepan que leo todos sus reviews y que todos me ayudan a seguir adelante siempre, por más que tenga miles de cosas por hacer, son ustedes los que me impulsan a seguir traduciendo (Si, son las cuatro de la mañana aquí en Argentina, pero no quería retrasar más este capítulo). Espero volver a subir durante o pasado el fin de semana si mis energías y tiempo así me lo permiten.

Starebelle.