2. Kalista

Frío. Tan frío. Tan pero tan frío. Helado.

Abrí mis ojos lentamente, pero la oscuridad solo fue reemplazada por una extraña niebla. No importaba hacia donde miraba, esa niebla era todo lo que podía ver. Ni la luz más brillante podría atravesarla, pero por alguna razón no me sofocaba. Pensaría que una niebla tan espesa no me dejaría siquiera respirar, pero se limitaba a cegarme.

Helado. Tan helado. Era el tipo de frío que podía matar a un hombre.

Traté de mover mi cuerpo. Brazos, piernas, cuello. Cada movimiento era agotador, como si cada parte de mí pesara una tonelada. Algo tan simple como cerrar mi mano me mareaba del esfuerzo y casi me desmayo un par de veces. Pero tenía que hacer algo, tenía que moverme, salir de la niebla. Mi mente me gritaba que quedarme allí sería mi final, pero mi cuerpo no me respondía.

Frío. Frío que traspasa la piel, que llega a los huesos. Frío que llena los sentidos.

¿Cuánto había pasado? ¿Minutos, horas? ¿Tal vez días? No había nada aquí. Nada se movía, nada hacía ruido, nada cambiaba. Solo estábamos esa niebla y yo. Traté de cerrar mis ojos, pensando que tal vez era solo un sueño, una pesadilla, pero no había diferencia. La niebla se había pegado a mis párpados. O tal vez ya estaba dentro de mi cabeza.

Tan pero tan frío. Frío que borra los recuerdos. Frío que congela el alma.

No, no. No podía rendirme tan fácil. Tenía que buscar la forma de escapar. Siempre había encontrado formas de sobrevivir, y está no iba a ser la excepción. Quizás la respuesta estaba en cómo había llegado allí, así que traté de recordar lo último que había visto antes de la niebla.

¿Agua? No, el mar. Sí, lo último que había visto era el mar. ¿Una tormenta? No, el mar estaba en calma. Era una hermosa noche iluminada por la luna, perfecta para navegar. Y ese olor… era madera, madera tratada, madera que había pasado mucho tiempo en el agua. Humedad, moho. Un barco. Estaba en un barco. Pero había algo más. Un olor ajeno al mar y al barco. Cuero, metal. Pólvora.

Dolor. Un dolor inmenso. Un dolor incrustado en mi pecho.

Todo volvió de golpe. Era una noche como muchas otras. Navegábamos y festejábamos por un trabajo bien hecho. Un gran botín adornaba la cubierta, oro y gemas reflejando la luz de la luna. Cantos y el olor del ron llenaban el aire. La tranquilidad de las olas contrastaba con la emoción de los marineros.

Pero uno de ellos detuvo la celebración. Empezó a dar un discurso, algo sobre las historias y leyendas que escribirían sobre nosotros, y todos los vitorearon. Luego dijo cosas sobre cada uno de nosotros, hablando de la fuerza de uno, la puntería de otro y cómo juntos éramos invencibles. Puras tonterías, pero me uní a los gritos solo por diversión. Pero entonces comenzó a hablar de "liderazgo" y "repartición" y "lo justo". La tripulación se confundió por un momento, pero enseguida volvieron a gritar cada vez que él hablaba. No le presté mucha atención a sus balbuceos hasta que sacó su pistola y me apuntó con ella. Había enojo en sus palabras, pero sus verdaderas intenciones estaban en sus ojos. Ambición, poder, codicia. Traté de calmar a mis compañeros, pero el alcohol y su discurso los habían alterado demasiado y mis gritos fueron sofocados por sus reclamos. Me empujaron hasta el costado del barco, y allí hice mi último esfuerzo por hablar con ellos. Pero nadie me escuchaba, todos habían perdido la razón. Excepto él. Ya no daba ningún discurso, solo me apuntaba con su arma, y me mostró una maldita sonrisa antes de jalar el gatillo. Un fuerte dolor perforó mi pecho y caí al agua. Lo último que había visto había sido el mar en calma.

Dolor. Enojo. Ira. Rabia.

Venganza.

Fuiste traicionado por aquellos en los que confiabas. Tu muerte fue trágica, tu dolor no fue escuchado y los culpables nunca serán juzgados. Estás condenado a pasar una eternidad en este sitio, lleno de arrepentimientos e ira. Ese es tu destino.

No no no NO NO. ¿Qué tipo de final era este? ¿Qué clase de capitán pirata muere de una forma tan patética, ejecutado por uno de los suyos después de saquear tres puertos en Bilgewater? ¿Dónde está mi tesoro? ¿Dónde quedó todo por lo que trabajé tan duro, por lo que arriesgué mi vida una y otra vez? Mi barco, mi tripulación, mi fortuna… él se los llevó. Él me lo arrebató todo, hasta mi propia vida. Él. Él. Él. Merece morir. Merece sufrir como yo estoy sufriendo. No, merece sufrir mil veces más.

No puedo entregarte tu vida de vuelta. No puedo cambiar lo que el destino te ha hecho. Pero puedo cumplir tu deseo. Puedo darte la conclusión que quieres, la que necesitas. Puedo darte venganza. Solamente tienes que entregarme lo último que te queda. Realiza este pacto conmigo y me encargaré de darle propia retribución a la traición que sufriste.

Algo dentro de mí me decía que era una mala idea. Que la dulce voz que me hablaba al oído estaba mintiendo, y que algo muy importante estaba en juego. Pero ya no había frío. Ya no había dolor. Solo había un sentimiento de rabia dentro de mí, y me gritaba que se lo merecía. Que todos ellos se lo merecían. Era tiempo de hacerlos pagar.

Juro sobre mi lanza que tu deseo será saciado. Ahora, formas parte de nosotros, del Espíritu de la Venganza… de Kalista.

Mi cuerpo empezó a desaparecer, como si fuera absorbido por la niebla que me envolvía. Poco a poco mi conciencia se fue desvaneciendo, el recuerdo del mar y la luna cada vez más distantes.

Ah, cierto… ya casi es el tiempo del Harrowing.

El pacto está hecho.