—Padre Francisco. Padre Francisco —casi gritó Tsunade con su sonrisa perpetua—. ¿A qué hora podemos venir a decorar la catedral?
—Cuando ustedes quieran, señora —dijo el cura sin inmutarse.
—¡Mamá, por favor! —se quejó Sakura apurada, ordenándole callar.
—Tsunade querida —pareció querer aclarar Fusō, la futura suegra de Sakura—. La empresa que organiza la boda se encargará de todo.
—Cuando se casó mi hija Ino con el duque de Morealto en la estupendisísima iglesia de los Jerónimos —mencionó Ryōka Yuzuki de Yamanaka, amiguísima de Fusō—, hicieron un arreglo floral cuquísimo, con tulipanes frescos traídos especialmente de Holanda.
—¡Vaya! —sonrió Tsunade, la madre de Sakura, que no sabía cómo acertar con aquella finolis—. Y para qué fueron hasta Holanda, con las flores tan preciosas que tenemos en España —antes de que Sakura pudiera decir nada murmuró—. Si alguna vez queréis flores de las buenas, la gitana de mi barrio tiene de todo, sin necesidad de ir hasta Holanda.
—Seguro que sí —a Fusō no podía dejar de desagradarle la vulgaridad de aquella mujer—. Pero repito. Las flores de la boda serán preciosas.
—No lo dudo ¡chata! —replicó Tsunade, poniendo así punto y seguido ganándose una reprochadora mirada de su hija—. Pero como madre de la novia quiero saber qué flores son.
En verdad tampoco le importaba tanto, pero si creía esa pija de la Moraleja que la iba a callar ¡Lo llevaba claro!
—Mamá; ¡Déjalo ya! —le pidió Sakura poniendo los ojos en blanco.
¿Por qué su madre no se podía callar? La estaba dejando en ridículo.
—Sakura, cielito —alardeó su suegra con petulancia—, quiero que sepas que los encargados de organizar la boda son los mismos que organizaron la boda de la hija del ex presidente del Gobierno.
—Eres un encanto, Fusō. Tú siempre tan atenta —contestó Sakura, que esperó que con aquella respuesta su madre se diera por vencida, y finalizase el tema de las flores.
Pero no fue así.
—Tsunade —continuó Fusō, clavando en ella sus gélidos ojos, tan iguales a los de su hijo que parecían provenir de la misma piedra de Neptuno—, yo soy una mujer muy exigente. Y para la boda de mi hijo exijo lo mejor ¡cueste lo que cueste! —afirmó y miró a sus amigas, quienes asintieron—. Quiero que mis mil cien invitados, gente ilustre, recuerden la boda de Nagato como un evento maravilloso. ¿Acaso no quieres lo mismo para tus quince invitados?
En esto último había más veneno que en las glándulas urticantes de una familia numerosa de cobras del desierto.
—Por supuesto ¡chata! —no se amilanó Tsunade, aunque sí se mostró incrédula con la poca educación de aquella estúpida, y lo que más deseaba en aquel momento era meterle uno de los candelabros del altar por el culo. Pero tras mirar a su hija, a quien notaba incómoda con su presencia, disimuló con dignidad la sensación de inferioridad que aquellas imbéciles le hacían sentir, y prefirió no decir nada más.
—Los organizadores —añadió Mónica con malicia—. Tienen muy claro que esto es la Catedral de la Almudena. No una iglesia de barrio.
—¡No me digas! —a Tsunade le estaba costando la vida estarse callada—. ¡Qué clasistas!
«Aquello empezaba aparecerse mucho a su peor pesadilla», pensó Sakura, mientras el pulso le palpitaba en la sien como un corazón automático. Necesitaba un minuto, sólo un minuto.
—Disculpadme un segundo. Tengo una llamada —las interrumpió, apretando los labios y dirigiéndose hacia una pequeña puerta lateral.
—Yo también tengo que hacer una llamada urgente —se disculpó su amiga Konan con una estudiada sonrisa y salió detrás de Sakura.
Cuando llegó a su altura la encontró hiperventilando.
—¡Esto es una pesadilla! —jadeó la novia que abrió su bolso Gucci. Necesitaba un cigarrillo—. ¿A qué está jugando mi madre? Dios ¡Por qué no se calla!
—Tranquilízate, sólo está dando su opinión —susurró su amiga.
—Todo esto es culpa de Tenten, la imbécil de mi secretaria —bufó rabiosa—. Por su culpa, mi madre está aquí. A la puñetera calle la voy a mandar cuando regrese. ¡A la puñetera calle!
—Escúchame y respira —señaló Konan, quien con solo pensar en tener una madre tan vulgar como Tsunade, palideció de horror—. Mañana es tu gran día. ¡El día que llevamos planeando desde hace un año! Piensa en lo ¡cool! y guapa que estarás con los dos preciosos vestidos que Manuel Pertegaz ha creado para ti.
Pero la cara de Sakura era todo un poema.
—Mañana todo va a salir mal. ¡Lo sé! Lo intuyo.
—No digas tonterías. Estarás tan fantástica que nadie se fijará en ciertos personajes. Y cuando Red te vea, no podrá apartar los ojos de su peluche preferido.
«Peluche» «Peluchito». Así la llamaba Red en la intimidad. Pocas personas lo conocían, excepto Konan.
La primera vez que Sakura y Red se vieron fue en una famosa tienda de muñecas situada en la Gran Vía madrileña. Konan y ella compraban un enorme peluche para Ayame, una amiga. Y fue tal el flechazo que Nagato sintió, que la persiguió día y noche, hasta que consiguió una cita con ella.
—Espero que tengas razón —asintió Sakura aceptando el abrazo de su amiga—. Gracias Konan. Eres maravillosa. Siempre sabes lo que necesito.
Y era cierto. Konan a diferencia del resto del mundo, la entendía. Se habían conocido en una cena de empresa, siete años atrás, convirtiéndose desde entonces en íntimas amigas.
En aquella época, Sakura estaba sola, muy sola. Konan, era diez años mayor que Sakura, además de la hermana del director de su empresa, algo que en cierta forma le arregló la vida. ¡Para qué negarlo! Aquella poderosa mujer la tomó bajo su protección, la moldeó a su imagen y semejanza, y le enseñó un mundo más selecto y lujoso que el que ella nunca hubiera esperado conocer. Con el tiempo, cuando los asociados de la empresa animados por Konan le ofrecieron una oportunidad, Sakura fue lista y la aprovechó.
—Para eso estamos las amigas —respondió Konan, mientras subida en sus taconazos observaba a Nagato aparcar su biplaza rojo encima de la acera y acercarse a ellas—. ¿No crees, querido?
—Buenos días señoritas.
Dijo aquel tipazo de hombre haciendo acto de presencia.
—¡Red! —exclamó Sakura mientras se escabullía del abrazo de su amiga para sonreír a su guapo y metrosexual novio.
—¿Qué te ocurre peluche? —preguntó tras un casto beso.
—Tu suegra está ahí dentro —señaló Konan, antes de que Sakura pudiera contestar.
—Entiendo —asintió torciendo el gesto y colocándose el cuello de su camisa—. Iré entrando, antes de que a mamá le dé un ataque.
Y tras una breve sonrisa a Sakura, Red entró en la catedral. Nunca le había gustado la madre de su futura mujer, y estaba seguro de que a su mamá tampoco.
En efecto, nada más entrar en la catedral las encontró junto al altar, cuchicheando sobre la decoración de la iglesia. Se acercó a ellas con su más higiénica sonrisa.
—Hola mamá —besó en la mejilla a su progenitura, y dedicó una fría, pero caballerosa sonrisa a Tsunade—. ¿Algún problema, querida suegra?
—Ninguno, querido yerno —respondió con la misma frialdad, mirándole sus helados ojos.
No se soportaban. Lo sabían y procuraban dejarlo latente en sus escasos encuentros. Tsunade estaba segura de que Red intentaba separarla de su hija, pero ella no estaba dispuesta a permitirlo. Era su hija y la adoraba a pesar de sus continuos desprecios.
—Nagato —murmuró Fusō mientras Konan, con su espectacular y sexy vestido Armani, se acercaba—. Tu suegra está preocupada porque duda de que la empresa que organiza la boda decore bien la iglesia.
—Querida suegra —respondió Red acercándose a ella—. Tú sólo ocúpate de llegar mañana sobria a las cinco en punto, que del resto me ocupo yo.
Tras mirarse con odio durante unos segundos, Tsunade, con una retadora y fría sonrisa, se volvió hacia el padre Francisco. Necesitaba un poco de cordialidad, aunque sólo fuera una mirada.
En la calle, con un cigarro en la mano, Sakura intentaba calmar su ansiedad. La presencia de su madre en la catedral la llenaba de inseguridades. ¿Qué estaría pensando su suegra?
Se apoyó en la pared y pensó en lo fácil que hubiera sido si Red no se hubiera dejado embaucar por su madre, o sea, por su finísima suegra. Tenían que haberse casado con una boda íntima. Pero no. Al final aquello se convirtió en un bodorrio de ¡mil ciento quince invitados!
Fusō, su suegra, se había encargado de que la petición de mano apareciera publicada en las páginas de sociedad, en especial y a todo color en la revista Hola. Precisamente aquello había sido el detonante para que su madre, y algunas vecinas de toda la vida, se enteraran de su boda.
—Vaya. Vaya. Mi hermanita pecando como los simples mortales.
Sakura al escuchar aquella voz se puso aún más tensa. ¡Su hermana! La especialista en problemas acababa de aparecer. Así que sólo tuvo que levantar la mirada para encontrarse con la guasona sonrisa de Temari, que se acercaba a ella junto con su amigo Deidara.
—No me lo puedo creer —casi gritó Sakura al ver la indumentaria de su hermana—. ¿Cómo se te ocurre aparecer así vestida?
—¡Te lo dije! —le advirtió Deidara a su amiga, y dando un beso a Sakura se posicionó entre las dos.
—Sí. Pero yo dije que mi hermana llevaría un estirado moño alto y traje oscuro de marca —respondió Temari cogiendo los cinco euros que Deidara le entregaba.
—Os encanta incordiarme ¿verdad? —replicó la aludida mirándoles con cara de pocos amigos.
—Nos encanta ver cómo se te infla la vena del cuello, sí —sonrió Deidara.
«Llevo tiempo sin verte, y sigues igual de borde, querida hermana», pensó Temari, acercándose a ella en plan tregua para darle un beso. Sakura se movió, la mano de Temari dio en el cigarro y éste, a su vez, se aplastó contra la camisa de seda beige.
—¡Por Dios Temari! —gritó Sakura al ver la quemadura—. Te has cargado la camisa de Carolina Herrera.
—¡Serás imbécil! —respondió indignada—. Y yo me he quemado en la mano. ¡Pero claro! Es más importante tu carísima camisa de marca ¿verdad, pija insensible? —gritó sin importarle la gente que pasaba por la calle.
—¡Ya estamos! —suspiró Deidara, que ya sabía lo que se avecinaba—. Comienza la lucha.
—Prefiero ser como soy —gritó Sakura que miró las oscuras ojeras de su hermana— a una fracasada, aspirante a escritora, como tú.
—¡Serás bruja!
—¡Futura señora bruja para ti! —interrumpió Sakura con altivez—. Y por cierto, ¿cómo te atreves a aparecer al ensayo de mi boda, vestida con vaqueros y camiseta que pone «Colega, salva las ballenas»?
—Porque sabía que no te gustaría ni a ti, ni al imbécil de tu novio —afirmó agriamente Temari.
—¡Estúpida!
—¡Pija de mierda!
—Chicas. Chicas. ¡Por favor! —intervino Deidara, que intentó poner paz—. ¡Basta ya! No podemos estar toda la vida igual.
—Tienes razón —asintió Temari, y mirando con dureza a su hermana espetó—. Me piro de esta comedia absurda. Pero antes te voy a decir una cosita, señorita triunfadora. Si estoy aquí, es porque mamá me lo ha pedido. No porque yo quiera tener nada que ver contigo ni con tu nueva familia.
Sakura, al escuchar la amargura en la voz de su hermana, supo que se había pasado. Lo sabía. Pero era incapaz de dar marcha atrás.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Tsunade, quién al escuchar las voces había corrido hacía la puerta seguida por Nagato y Fusō—. ¡Vaya! Pero si han llegado mis otros dos tesoros —y sintiéndose más segura miró al estirado de su yerno—. Iré a avisar a tu madre. Estoy segura de que le encantará conocerlos.
Con una desafiante sonrisa y antes de que nadie pudiera moverse, Tsunade desapareció en el interior de la catedral.
—¡Vaya pintas! —se mofó Nagato tras una barrido de arriba abajo.
—Como suelte por mi boquita lo que yo pienso de la tuya —respondió Temari—. Ten por seguro que lo vas a lamentar.
—Creo que es mejor que nos vayamos —murmuró Deidara acercándose a Temari, quien temblaba a pesar de su aparente tranquilidad.
Habían pasado casi dos años desde su último y desafortunado encuentro. Pero aún le dolía recordar cómo Sakura le negó ayuda a su madre cuando llegó al límite de su adicción.
—Tema. Tema. ¿Aprenderás alguna vez modales? —preguntó Konan acercándose a Sakura quien, callada, observaba la escena—. Si sigues así, conseguirás ser más vulgar que tu madre. Es más. Ya hueles a barato.
—¡Serás hija de puta! —la insultó Deidara con desprecio.
—¡Basta ya! —gritó Sakura, pero nadie le hizo caso.
—Si no te importa «sanguijuela recauchutada» —aclaró Temari que no podía soportar a ninguno de ellos, y mucho menos a Konan—. Mi nombre es Temari. Y si no quieres probar mis modales de barrio no vuelvas a mencionar a mi madre, o te juro que te tragas los dientes de conejo que tienes —y volviéndose a su hermana espetó—. Siento vergüenza de ti. ¿Cómo puedes permitir que hablen así de mamá?
En ese momento se escucharon voces de mujer y Deidara, no dispuesto a que Tsunade se enterara de lo que ocurría, fue el primero en reaccionar.
—Tsuna. Estás guapísima —corrió a besarla—. Pero muy, muy guapa. Ese vestido te sienta fenomenal. Pareces una artistaza.
—Gracias tesoro —sonrió luciendo su nuevo vestido de C&A.
Tsunade Senju a pesar de sus cincuenta y cinco años y de una vida no muy fácil, era una mujer atractiva y resultona.
—Hola mami —saludó Temari mordiéndose la lengua. Odiaba a esa gente, pero le gustara o no, el relamido aquel iba a ser su cuñado.
Y con paso lento y cuchicheos, el grupo heterodoxo de invitados entró en la catedral para ensayar la que sería, en palabras de Fusō, la «boda más cuca del año»
🍀Esta historia es de Megan Maxwell. Los personajes utilizados en la misma pertenecen a M. Kishimoto. Todos los créditos correspondientes son para sus autores. Recuerda que es una adaptación sin fines de lucro, hecha de una fan del Sasusaku y otras parejas, para otros fans.
