Capítulo 2
Sakura, tras llamar a la oficina y vociferar de muy malos modos a Tenten, paró un taxi. De camino al hotel, mientras escuchaba a su madre hablar con Deidara sobre su nueva peluquería, observó con disimulo a su hermana. Se había cortado el pelo y estaba más delgada. Además, tenía ojeras.
Ajena a todo, Temari miraba por la ventanilla. ¡Odiaba tener que seguir con aquella farsa! Pero era incapaz de dejar sola a su madre en un momento así.
Cuando el taxi paró ante el Hotel A.C. Santo Mauro, Sakura fue la primera en bajar.
—Mamá. Por favor —dijo sin tacto—. Prométeme que no le pedirás al camarero una bolsa para llevarte lo que no te comas, y que tendrás cuidado con la bebida.
—Por supuesto hija —respondió Tsunade, que iba ya agarrada a Deidara, quién al escuchar aquello sonrió. Todavía recordaba la última vez que asistieron juntos a una boda. Tsunade tuvo langostinos congelados para un mes.
—Mamá no bebe desde hace más de un año ¡estúpida! —bufó Temari, molesta por aquel comentario, notando cómo la mirada de su madre le pedía tranquilidad.
—Eso espero —suspiró sin mirarles—. De todas formas, procurad no decir ni hacer nada que pueda comprometerme.
—Y tú no olvides —respondió Temari apartándose de ella— que aunque seamos de barrio, tenemos educación, hermanita.
Tras escuchar aquello, sin inmutarse, Sakura con paso firme entró en el hotel. De pronto sintió cómo la piel se le erizaba. ¿Qué hacían sus jefes y los compañeros de paddle de Red allí?
Como pudo, dibujó una estupenda sonrisa, poco antes de que las manos de Yahico, un conocido de Red, la agarraran y se la llevaran.
—¿Les apetece un canapé? —dijo un camarero dirigiéndose a los recién llegados—. ¿Señora Haruno y señor Kamiruzu?
Deidara miró al camarero. Esa cara...
—¡Anda, vecino! —quien lo reconoció fue Temari—. ¿Qué haces aquí?
Deidara cayó en la cuenta. Aquel chico que les servía canapés en una bandeja plateada era el vecino cañón del bloque de Temari.
—Sai —consiguió balbucear Deidara—. No sabía que trabajaras aquí.
—Llevo seis meses —respondió a la vez que indicaba a Tsunade dónde estaban los baños—. Y vosotros, ¿qué hacéis en un lugar como éste, con lo más fino de Madrid?
—El idiota —respondió Temari desconcertándole.
—¡Camarero! —gritó en ese momento Konan, acercándose hasta ellos más tiesa que un ajo—. Haga el favor de traerme ahora mismo un Martini seco, sin aceituna.
—Enseguida señora —respondió el chico, y dejando la bandeja en una mesa cercana se marchó.
—¿Dónde habrá aparcado la escoba? —murmuró Temari señalando a Konan.
—Seguro que ni la aparca. La pliega y se la mete por el culo. Así consigue ir tan tiesa —respondió Deidara comenzando a reír.
Pero la risa se les congeló cuando vieron cómo Sai estaba siendo recriminado por Konan y por Sakura.
—¡Soy alérgica al ácido linoleico de las aceitunas! —vociferó Konan con altivez—. Y si por el despiste de un incompetente camarero como tú hubiera dado un sorbo de esa copa, ahora mismo estaría en urgencias.
—Deberías poner más atención a tu trabajo —aseveró Sakura—. No olvides que estás trabajando en el Hotel Santo Mauro. No en un burguer de carretera. Si no estás capacitado para saber lo que es una aceituna deja este trabajo ¿Has entendido?
—Si señora. Lo siento señora —se disculpó por enésima vez Sai.
Y tras una seña del maitre desapareció, momento que aprovechó un preocupado Deidara para ir tras él.
Una vez entraron a las cocinas, Sai abrió la puerta de una pequeña sala y tras cerrarla con frustración, dio un par de puñetazos a una mesa. Deidara, comprendiendo su frustración y tocándole en el hombro le invito a sentarse. Momento en que Sai comenzó a contar detalles de aquellos pijos.
—¡Malditas víboras! —se quejó Alberto que se quitó la chaquetilla de camarero y se encendió un cigarrillo—. Como dice mi abuela «Dios las cría y ellas se juntan».
—Qué razón tiene tu abuela —asintió Deidara incapaz de dejar de mirar la tableta de chocolate que se marcaba bajo la camiseta de Sai.
—¿Sabes lo mejor de todo? —indicó el camarero enfadado—. Que la idiota de la pelirosa no tiene ni remota idea de que la otra víbora y el imbécil de su novio, tienen una suite privada en el hotel que visitan muy a menudo...
Al escuchar aquello a Deidara se le erizaron los pelos como escarpias, y olvidándose de los duros abdominales de Sai, pensó. ¡La que se va a armar!
Temari, todavía alucinada por el estúpido comportamiento de su hermana, cogió una copa de cava. El tiempo que estuvo sola se dedicó a observar el absurdo mundo de triunfadores en el que se movía Sakura. Trajes de marca. Relojes caros. Coches de lujo. Ostentación y más ostentación.
—¡Estoy flipando, Deidara! —dijo cuando éste se acercó—. Pero si esos horteras van vestidos como los que cantaban «Amo a Laura»
—Tengo un notición —a pesar de la excitación, Deidara habló en voz baja, mirando a ambos lados—. Cuando te lo cuente no te lo vas a creer.
—Si vas a decirme que las tetas de aquella rubia son falsas, ya lo sé —respondió sin percatarse de la inquietud de su amigo—. ¡Por Dios pero si parecen dos naranjas!
—Temari, escucha. Sai me ha contado que...
—Qué lugar más interesante —interrumpió Tsunade acercándose hasta ellos.
—Sí mamá. Es como estar en el museo de los horrores.
Y antes de que ninguno pudiera decir nada, Tsunade cogió un cenicero de loza con el logotipo del hotel y se lo guardó en el bolso.
—¡Mamá! —exclamó Temari.
—Hija. Son monísimos. Además, tienen un montón.
—Esa lámpara, Tsuna —se mofó Deidara—. Te quedaría coquetísima en el recibidor.
—¡Maldita sea! Me he traído el bolso pequeño —sonrió con picardía.
—¿Sabes lo que te digo mamá? Que tienes razón. Qué tienen muchos y que cojas un par de ellos para mí también.
—Disculpen —tosió alguien justo detrás de ellos, paralizándolos—. Me acaba de revelar mi encantadora futura nuera que ustedes son su familia.
«Joder, joder, nos ha pillado», pensó Temari, antes de responder.
—Pues va a ser que sí —asintió tapando a su madre.
—Mamá —dijo Sakura, agarrada del brazo de aquel hombre que les había hablado—. Quería presentarte a mi futuro suegro, el padre de Nagato. El señor Dan Katō. Dueño de este hotel, y de muchos otros.
Dan, el caballero impecablemente vestido que tenían ante ellos, era un hombre canoso de estatura media y sonrisa bonachona. Algo que impresionó a Tsunade.
—Encantada de conocerle Señor Katō —saludó Tsunade con amabilidad.
—Llámame Dan. ¡Por favor! —aclaró guiñándole un ojo.
—De acuerdo —asintió Tsunade, pestañeando de tal forma que Sakura casi se atragantó—. Dan, quiero aprovechar la oportunidad de decirte que tienes un hotel precioso.
—Gracias Tsuna. ¿Puedo llamarte así? —preguntó, bajando la voz, mientras la madre de Sakura asentía bajo la atenta mirada de sus hijas—. De todos los hoteles que poseo éste es mi preferido. Siempre he pensado que este hotel, como algunas mujeres, tiene un encanto especial.
«¿Tsuna está ligando?», se sorprendió Deidara.
—Unos amigos que vinieron a Madrid —dijo para parecer interesado—, quedaron encantados con el hotel.
—Me alegra escuchar eso, muchacho —repuso Dan, aunque seguía con sus ojos clavados en Tsunade, que se afanaba por cerrar un bolso que se empeñaba en explotar—. Intentamos dar a nuestra clientela el mejor servicio. En los últimos meses hemos incluido sistema Wi-Fi en las habitaciones, servicio 24 horas, minibar gratuito, servicio de mayordomía, además de un maitre y sumiller excepcionales.
—Contratar a Philippe L'lsidre-Brac como sumiller ha sido algo maravilloso —añadió Sakura segundos antes de que Ryōka, la amiga de su suegra, la tomara por la cintura y se la llevara.
«¿Por qué todos se la llevaban?» pensó con frustración Sakura.
—Dan, a riesgo de parecerte inculta —preguntó Tsunade—. ¿Qué es un mosiller?
—¡Mamá! —exclamó Temari, volviendo la cabeza para comprobar que Sakura no la había escuchado. Pero sus ojos se clavaron en su futuro cuñado y en el hombre que estaba con él ¿Por qué se miraban así?
—Eso es lo que quería contarte... —susurró Deidara dándole un discreto empujón—. Parece ser que el machote de Red tiene más pluma que un edredón nórdico.
—Querida Tsuna —continuó Dan, ajeno a lo que Deidara y Temari hablaban—. Un sumiller es el profesional que se encarga de comprar el vino para nuestro restaurante y sugerir a nuestra clientela qué vino tomar con cada comida.
Temari apenas sí podía creerlo. ¿Red era gay? ¡Imposible! Su hermana se había vuelto pija y tonta. Pero ¿ciega e idiota también?
Pocos segundos después, el maitre les indicó que podían pasar al salón.
Sakura, con gesto serio, observó desde su posición cómo su hermana y Deidara se sentaban en un lateral de la mesa. Y le dio un vuelco el corazón cuando vio que su suegro, tras unas palabras con el maitre, se dirigía hacia ellas acompañado de su madre, quién con una sonrisa, se sentó a su lado.
La comida comenzó con normalidad. Red se sentó entre su adorada mamá y Dan, y Sakura entre su suegro y Tsunade, quienes no pararon de hablar, reír y bromear. Pero cuando creyó que todo estaba controlado, el corazón le latió desbocado al ver como, animado por Fusō, Dan llamó al sumiller y le pidió para Tsunade diferentes vinos de degustación. Horrorizada, Sakura miró a su suegra, quién con una frialdad digna de «Cruella de Vil» le retiró la mirada. ¿Por qué hacía eso? ¿Acaso no sabía el problema que tenía su madre con la bebida?
Tsunade, que podía ser humilde pero no tonta, sonrió ante aquella mala jugada de su futura consuegra.
«La muy bruja» pensó, y dando unas palmaditas en la mano de su hija para tranquilizarla, le sorprendió cuando le confesó abiertamente a Dan que ella no podía beber nada de alcohol porque era una alcohólica en rehabilitación. Por lo que Dan, tras asentir al escuchar aquello, la animó a continuar con aquella rehabilitación, llamó de nuevo al sumiller y, ante la rabia de Fusō, le indicó sin dar explicaciones que no trajera los vinos de degustación.
Desde su mesa, Temari y Deidara observaron con orgullo cómo Tsunade, rechazó lo que años atrás habría sido su perdición. Pero centrando de nuevo sus miradas en Nagato, vieron incrédulos cómo éste sonreía hacia Konan y hacia su acompañante, el hombre al que minutos antes lanzaba extrañas miradas.
—¡Por Dios! —exclamó Deidara en voz baja—Pero si están haciendo un trío delante de todos. Se miran con más morbo que vergüenza.
—¡No me lo puedo creer! Al engominado le gusta la carne y el pescado.
—El pescado que le gusta —asintió Deidara observando al rubiales de metro ochenta, fibroso y musculado—. Tengo que reconocer, que es muy... pero que muy fresco.
—¿Crees que la tonta de mi hermana lo sabe? —preguntó Temari al ver cómo Sakura hablaba con su suegro, sin percatarse de aquel sucio tonteo.
—Yo creo que no tiene ni idea —respondió Deidara pinchando ensalada de bogavante con guacamole—. Recuerda lo que ocurrió cuando se enteró que Utakata se la pegaba con la hija de la panadera.
—Pobre chaval —sonrió al recordarlo— Creo que le dejó eunuco de por vida.
—Saku está tan absorta con su trabajo y en demostrarse que es una más de ellos que no ve nada más —y dándole un codazo para llamar su atención le indicó—. Allá van la recauchutada y el pescado fresco.
En ese momento, un camarero les preguntó si habían acabado, y tras asentir, pusieron ante ellos un exquisito segundo plato.
—¿Qué es esto? —preguntó Deidara.
—Aquí pone atún rojo con tocino ibérico al perfume de romero.
—Dios, ¡qué buena pinta tiene! —a Deidara se le hacía la boca agua.
—Mejor que lo que estoy mirando yo ¡seguro!
Incrédulos, observaron cómo Nagato tras levantarse de la mesa, desaparecía por la misma puerta que lo había hecho la recauchutada y el fresco.
Temari, soltando la servilleta con disimulo, se levantó junto a Deidara. Y como dos fantasmas, traspasaron aquella puerta encontrándose en los aseos.
Una vez confirmado lo que ambos intuían, salieron por donde habían entrado.
—¡La madre que los parió! —sopló Temari incrédula, tras meter en un carro de la limpieza dos pares de pantalones que con cuidado había cogido del lavabo a hurtadillas—. Pero ¿cómo pueden tener la poca vergüenza de estar ahí dentro follando como conejos? ¡Los tres!
—Por Dios —resopló Deidara acalorado—. ¡Qué bochorno!
—¿Por qué tengo que enterarme yo, y no mi hermana? —bufó al ver desde lejos a su hermana sonreír mientras comía—. ¿Cómo voy a permitir que se case mañana, sabiendo que es un mentiroso? No puedo. No puedo callarme.
—Temaloca —señaló Deidara con afecto—. Sakura nos va a odiar el resto de su vida.
—Prefiero que me odie a que siga equivocada —respondió con decisión.
Así que, prefabricándose unas falsas sonrisas, se acercaron a Tsunade que nada más verlos venir intuyó problemas.
—Tsuna, cielo —susurró Deidara apurado—. Te necesitamos.
Sin necesidad de preguntar se levantó, mientras Temari se agachaba junto a su hermana.
—Saku ¿podrías acompañarme un momento? Tengo que enseñarte algo importante.
—¿Ahora mismo? —siseó clavándole una mirada asesina.
—Sí. Ahora mismo —asintió Temari y mirando a Fusō, la madre de Red dijo—. Venga usted también, le encantará la sorpresa.
Con una sonrisa más falsa que un billete de un euro, Sakura se levantó.
—Espero por vuestro bien —sentenció siguiéndoles junto a su madre, su suegra y las insoportables amigas de aquélla—. Que lo que vayáis a enseñarnos, sea algo importante. Porque como no sea así os juro que os vais a enterar.
—Tú sí que te vas a enterar —exclamó Temari. Y tras entrar en el baño, soltó una patada a una de las puertas de cristal, que saltó en añicos. Después, dándose la vuelta, sin querer mirar los ojipláticos ojos de las demás, preguntó—. ¿Consideras esto importante?
Fusō, consciente del escándalo y de la comprometedora situación en que se encontraba su hijo, de rodillas entre aquellos dos, hizo un amago de desmayo siendo Tsunade y Deidara quienes la sujetaron, ya que sus amigas estaban demasiado alucinadas presenciando la escena.
Aquellos tres habían sido pillados. De eso, a nadie le quedaba la menor duda.
—Buen Yoko geri —felicitó Deidara, indicándole con la mirada que mirase a sus pies.
—De algo tiene que servir dar clases de kárate —asintió Temari sonriendo al mirar al suelo y reconocer el fino vestido de Konan. Y aprovechando la confusión del momento, se agachó y con disimulo hizo una pelota con la seda.
—¡No te muevas! —gritó Konan escondiéndose tras «el pescado fresco», que rojo como un tomate en rama, miraba la cara de todos intentando taparse con las manos sus vergüenzas.
—Maldita sea... ¿Pero quien...? —gritó Red pero no terminó la frase al ver la cantidad de ojos que les observaban.
—¡¿Nagato?! —gritó Fusō al ver a su hijo en aquel estado—. Pero hijo ¿qué estas haciendo?
—Si quiere —se mofó Temari— se lo explico yo.
—¡Bendito sea Dios! —se persignó Tsunade al ver aquello.
Incrédulo por lo que estaba pasando, y sin apenas moverse, Nagato clavó su mirada gélida en una pálida Sakura.
—Peluche —dijo Red paralizado ante tanta gente—. Lo siento. Dame la oportunidad de poder explicarme.
—Tendrá poca vergüenza... —susurró Deidara cogiendo con disimulo el vestido de seda que Temari le pasaba a escondidas y salía del baño.
—Por Dios —gritó Konan avergonzada—. ¿Quieren dejar de mirarnos con esas caras? ¿Dónde está mi vestido?
—Konan. Konan. Konan... —se mofó Temari—. ¿Cuándo vas a aprender a comportarte? Si sigues así todos descubrirán lo que eres.
—No consiento que...
—Tú, zorra ¡cállate! —vociferó Sakura clavando sus verdes ojos en ella.
—¡Sakura! —gritó su suegra—. Cuida tu vocabulario.
—Eh...cuchi-cuchi —señaló Tsuna a aquella odiosa mujer—. ¡A callar!
—Te consideraba mi amiga. ¿Cómo has podido hacerme esto? —dijo Sakura, y volviéndose hacia Rec sus ojos brillaron aún con más furia y dolor—. Y tú... tú eres...
No consiguió decir más. Le temblaba todo. Aquella situación era tan de folletín barato, que por un momento Sakura pensó que estaba soñando. Pero no. No soñaba. Estaba sucediendo. Aquellos eran Nagato, Konan y Yahico. Estaban desnudos ante ella, y no sabían qué decir.
—Esto no puede salir de aquí —gritó Fusō intentando cerrar la puerta de entrada a los baños. Pero era imposible. Tsunade no la dejaba—. ¡Nadie debe enterarse! ¡Cierra la puerta!
—¿Sabes, doña remilgos? —señaló Tsunade—. En este momento no deberías preocuparte por eso. Deberías preocuparte por cómo se sienten tu hijo y mi hija. La gente que diga y que piense lo que les dé la gana.
—¡Tú que sabrás! Si perteneces a la chusma de barrio —espetó con despreció, justo en el momento que Deidara entraba de nuevo. Había tirado el vestido de Konan en el mismo cesto de la limpieza donde minutos antes, Temari había arrojado los pantalones de los otros dos.
—¡Fusō! —vociferó Dan, que hasta ese momento se había mantenido en un discreto segundo plano—. No creo que sea necesario ser tan desagradable.
—Oiga señora —intervino Deidara dispuesto a soltar su lengua—. Sin faltar. O aquí faltamos todos.
—¡Cállate Dan! Es mi hijo —indicó Fusō. Estaba exasperada, y volviéndose hacia Tsunade continuó—. ¿Desde cuándo una borracha, un peluquero de barrio y una vividora sin rumbo van a decirme a mí lo que debo decir o pensar?
—¡Váyase a la mierda señora! —explotó Temari al escuchar aquello, y sintiendo cómo la rabia se apoderaba de ella gritó—. ¡Como alguien más vuelva a insultar a mi madre juro que soy capaz de cualquier cosa!
—Tranquila, tesoro —murmuró Tsunade—. No ofende quien quiere, sino quien puede.
—Pero yo puedo —escupió Fusō atrayendo la mirada de Sakura—. Tú hija se marchó de casa, harta de tus borracheras.
—¡A la gorda esta le arranco el moño! —gritó Deidara.
—¡Cállate maricón! —vociferó Red.
—¿Quién es más maricón? —preguntó Tsunade mirándole con odio—. ¿El que se muestra como es. O el que lo niega, llama «maricón» a los demás, pero en la intimidad se pirra por un rubiazo anaranjado?
—Por cierto Red —indicó Sakura mirándole—. Por si no lo has pillado, va por ti.
—Pero... ¿Quiénes os creéis que sois para hablarnos así? —chilló Fusō.
—Son mi familia ¿Te parece poco? —respondió Sakura con la vena del cuello a punto de estallar. Estaba aflorando algo de su interior que llevaba tiempo olvidado. Se volvió hacia su suegra, aún tenía mucho que decirle—. Te guste o no. Son mi familia. Y a partir de este instante, te agradecería que eligieras muy bien tus palabras y tus modales cuando quieras dirigirte a cualquiera de ellos. Porque te informo, por si no lo sabes, que puedo ser tan dañina como tú —y señalando a Konan que la miraba horrorizada concluyó—. No olvides que he tenido una estupenda maestra.
—¡Viva la madre que te parió! —gritó emocionado Deidara.
—¡Olé mi hermana y su vena del cuello! —aplaudió Temari.
—Qué pico de oro tiene mi niña —se enorgulleció Tsunade, ganándose una tímida sonrisa de su hija mayor.
—En cuanto a ti, Red —prosiguió Sakura con firmeza—. A partir de este momento, tú y yo no tenemos nada más que hablar. La boda se anula.
—¡¿Cómo?! ¡No puede ser! ¡Imposible! —chilló Fusō histérica.
Mientras Nagato, de un salto, se levantó del suelo dejando sus atributos al aire para satisfacción de las amigas de su madre.
—¡Peluche! Espera —llamó mientras buscaba su ropa. ¿Dónde estaba su ropa?—. No me hagas esto. No me dejes así. Tenemos que hablar. Necesito hablar. ¡Peluche, por favor...! Vuelve. No te vayas.
—Nagato. Ya no soy tu peluche, y repito. No tengo nada más que hablar contigo —sentenció Sakura y aceptando la mano de Deidara, se marchó.
—¡Dios mío! Qué bochorno —gimió Fusō horrorizada—, la boda, ¿qué diré a los invitados? ¿Qué podemos hacer?
—Yo te recomendaría, chata —sonrió Tsunade con el móvil en la mano—, que comenzaras a llamar a tus mil cien invitados. De mis quince, tranquila, me encargo yo.
—¡Todo esto es culpa tuya y de ese marica! —gritó Nagato a Temari—. Vosotros. ¡Chusma de mierda! sois los culpables de todo.
—¿De verdad lo crees así? —preguntó Temari y acercándose a él, le cogió por los testículos, ante la sorpresa de todos. Y retorciéndoselos con verdadero placer, le susurró al oído mientras Nagato palidecía de dolor—. Si vuelves a acercarte a mi hermana, aunque sea para pedirle la hora. Te juro que te los arranco y me hago unos pendientes con ellos.
—¡Que alguien llame a la policía! —gritó Konan asustada. Pero nadie se movió.
—Eh... zorrón verbenero ¿Has visto qué mona has salido en la foto? —se mofó Tsunade enseñándole su móvil mientras sonreía—. Seré clara y concisa. Si se te ocurre tramar algo contra alguno de mis hijos, mañana seréis noticia.
Una vez dicho eso, Tsunade agarró de la mano a su hija Temari y se marcharon.
—Dan. Por el amor de Dios. ¡Haz algo! —chilló Fusō—. No te quedes ahí mirando como un pasmarote.
—No querida —aclaró antes de salir detrás de Tsunade y de Temari—. Es tu hijo. No lo olvides.
