Capítulo 3


Sakura, con el desconcierto aún instalado en su cara, salió de la mano de Deidara del hotel, uniéndoseles pocos segundos después Temari y su madre.

—Por favor, esperad un momento —llamó Dan, yendo tras ellos—. Os llevaré a casa.

—No, Dan. Te lo agradezco, pero creo que es mejor que no —respondió Sakura, observando cómo Temari y Deidara se adelantaban para llamar al taxi.

—Siento muchísimo todo lo ocurrido —murmuró cogiéndole las manos con cariño—. No sé qué decirte. Estoy tan confundido que...

—Nos hacemos cargo, Dan —repuso Tsunade, y endureciendo la voz añadió—: Pero lo mejor que podemos hacer en este momento es marcharnos de aquí.

—Lo entiendo. Por supuesto que sí —asintió él. Parecía tan confuso, tan perdido, que Tsunade sintió deseos de acunarlo—. No sé cómo disculparme por lo ocurrido. Ha sido algo bochornoso que...

—Tú no tienes que disculparte por nada, eres una de las mejores personas que he conocido en mi vida —susurró Sakura, y tras darle un abrazo dijo mientras caminaba hacia su hermana—. Gracias por todo Dan, pero necesito marcharme.

—Tsuna —llamó atrayendo la mirada de la mujer—. Para lo que necesitéis, recuerda que estoy aquí. Por favor recuérdalo.

—Gracias Dan. Lo recordaré —y, tras sonreírle, caminó hacia sus hijos, quienes la esperaban sentados en el taxi.

«Si regalaran un diamante por cada disgusto que da la vida, sería multimillonaria», pensó Sakura mirando por la ventanilla del taxi.

Humillación. Desconcierto. Incredulidad. Todas aquellas complicadas palabras pasaban por la mente de Sakura mientras acompañada por su familia se dirigía a su casa.

—Saku, tesoro mío —murmuró su madre sin dejar de mirarla—. ¿Vives aquí?

—Sí mamá —asintió desde una nube; todo era confuso a su alrededor—. Vivo aquí.

El taxi se había detenido ante uno de los rascacielos de Madrid, conocido como La Torre de Valencia. Situado en el cruce de las calles Menéndez Pelayo y O'Donell. Calles concurridas, llenas de vida y negocios.

Frente al rascacielos se alzaba uno de los orgullos de Madrid, el parque del Retiro. Un parque cañí, considerado el gran pulmón verde del centro de la ciudad, donde naturaleza, deporte y ocio se empastaban en una excelente armonía.

—¡Madre mía! —gritó Deidara incrédulo—. Pero si vives en la Torre de Valencia. ¡Qué glamour chica!

—¿Desde cuándo? —preguntó Temari cogiendo la vuelta que le tendía el taxista.

—Cerca de año y medio —respondió Sakura sin mirarles, caminando hacia la puerta que mantenía abierta el portero. Al notar que no la seguían se volvió hacía ellos—. ¿Vais a subir o no?

Al escuchar aquello los tres caminaron tras ella.

Sin apenas mirarle, Sakura pasó ante el portero, que les saludó con una amable sonrisa. Introduciendo una llave en el ascensor enmoquetado subieron hasta el décimo piso en silencio. Cuando las puertas del ascensor se abrieron y Sakura salió, los otros tres observaron con curiosidad aquel rellano en color salmón. Nada que ver con los de sus pisos, donde los sábados olía a cocido y los domingos a chorizo frito.

Sakura, ajena a cómo se miraban sus acompañantes, maniobró con una llave en la única puerta del elegante rellano, y tras encender los halógenos del recibidor, tecleó en un pequeño panel a su derecha un código de seguridad.

—Joder Saku. ¡Qué pasada! —silbó Deidara, consumidor nato de revistas de decoración—. Veo que te va lo minimalista.

El orden imperaba en aquel lugar espacioso. Las puertas separadoras eran de vidrio templado. Las paredes vestían tonos degradados, donde colores como el beige y verde, unidos a los blancos, creaban una sensación de armonía y serenidad.

El salón era funcional. Escasez de mobiliario, tonos verdes en los paneles japoneses y sillones de fino cuero marrón.

—Sí, Deidara. Me gusta el rollo minimalista. Para mí es importante el orden —asintió Sakura mirándole—. Dadme un momento. Me cambio de ropa y os enseño el piso.

—Buena idea —asintió Temari, y cuando ésta desapareció tras una de las puertas susurró—: Eh, vosotros dos, ¡os doy tres segundos para que desaparezcáis de aquí!

—Pero si Saku ha dicho que nos quedemos —se quejó Tsunade, que tenía curiosidad por seguir viendo más.

—¿Crees que es el mejor momento para conocer la casa? Mamá, ¡por Dios! Acaba de anular su boda.

—Tienes razón cariño —asintió—. Pero nos quedaremos, le haremos compañía.

—Tsuna —murmuró Deidara—, creo que deberíamos dejarlas a solas. Temari tiene razón. Ya habrá otro momento para visitar la casa.

—Vale, vale, me rindo —asintió encaminándose hacia la puerta.

—Si alguien puede gritarle a Sakura —sonrió Deidara—, ésa es Temari.

—No os peleéis, tesoro. Dale esto —dijo Tsunade sacando un cenicero. Pero al ver las caras de su hija y de Deidara, asintió—. Tenéis razón. Mejor me lo llevo.

Temari, tras cerrar la puerta con sigilo, regresó al salón, momento en el que su móvil vibró. Tras leer el mensaje decidió apagarlo. No le apetecía responder.

Tanto orden y tanta limpieza daba sensación de poca vida, de poco uso. Mientras observaba le llamó la atención no ver ni una sola foto o algún detalle personal de Sakura. Aquel moderno salón era frío e impersonal, aunque reinaba el diseño, la marca y la tecnología más vanguardista. Televisión Loewe de 40 pulgadas con DVD reproductor y sonido Surround. Teléfono Bang & Olufsen. Equipo de música Sony.

—¿Dónde están mamá y Deidara? —preguntó Sakura saliendo de una de las habitaciones.

—Se han marchado a casa —respondió Temari. Su hermana se había desmaquillado y quitado el moño. Estaba mucho más guapa.

—¿Quieres tomar algo?

—Una cerveza no estaría mal.

—Cruzcampo ¿light o sin alcohol? —dijo mientras iba hacia la cocina.

—¡No jodas, Saku! No me puedo creer que no tengas una cervecita normal y corriente —y entrando con su hermana en la moderna cocina murmuró mientras su hermana abría la nevera metalizada—. ¡Madre mía, qué pedazo de cocina! Sorpréndeme. ¿Qué más tienes para ofrecerme?

—Coca Cola Zero. Coca Light. Pepsi Diet. Nestea sin azúcar y Tónica light.

—Pero ¿Qué mierda de bebidas son ésas? —no, aquello no lo bebían las personas normales. Decidió recordarle el sabor de una Mahou—. Acompáñame. Buscaremos un sitio donde se pueda comprar bebida y comida decente.

Sin ganas de polemizar, Sakura cogió su bolso de Tous y las llaves. Bajaron a la calle y entraron en la tienda del Vips, donde prefirió callar al ver lo que su hermana compraba. ¡Todo comida basura! Tras pagar, salieron del establecimiento con dos paquetes de cerveza Mahou cinco estrellas, una bolsa de patatas fritas al punto de sal, un par de pizzas cuatro quesos congeladas, y un tarro gigante de helado de chocolate.

De nuevo en el piso, Sakura se encendió un cigarro, mientras su hermana, aún impresionada por la cocina, metía las pizzas en el horno.

—Deberías hacer sólo una —informó Sakura—. Yo no tomo comida basura. Es alta en grasas, y baja en nutrientes.

—Pero ¿y lo rica que está a pesar de sus calorías? —atacó Temari que puso una cerveza Mahou fresquita ante su hermana, que la miró pero no cogió.

—Esa mierda tiene efectos negativos para la salud. ¿No lo sabías?

—Si el efecto de no tomarla es que me voy a volver como tú. ¡Horrorizada estoy!

—Tú ríete. Pero comer fast food significa aumento de peso, elevado colesterol, digestiones difíciles, adicción y alteración del gusto.

—Te encantaban los Whooper con queso, las patatas fritas, los aros de cebolla y los bocatas de calamares de la Plaza Mayor. ¿Qué narices te ha pasado?

—Temari. Hace tiempo decidí vivir mejor y más años comiendo sano —respondió retirando la cerveza que su hermana le había puesto delante.

—Saku, disfrutarás más de la vida si la vives y saboreas —no estaba dispuesta a dejarse convencer, así que le acercó de nuevo la cerveza.

«Me estás buscando hermanita», pensó Sakura, pero respondió:

—No pienso gritar, ni discutir, y tampoco voy a tomarme esa cerveza.

—Yo tampoco voy a discutir —sonrió Temari tomando un trago y poniéndola de nuevo donde estaba, la retó—. Pero te aseguro que vas a beber de ella. Y a morro.

El momento temido por Sakura había llegado. Odiaba que su hermana pequeña supiera allanar el camino a su gusto, para luego entrar a matar. Pero no. ¡No pensaba entrar en ese juego! Ella tenía un autocontrol excelente y no iba a permitir que se lo derrumbase con una simple cerveza.

No obstante, Temari lo consiguió.

—Muy bien —comenzó a gritar Sakura—. ¡A qué esperas! Estoy deseosa de escuchar alguna de tus antológicas y proletarias frasecitas —al ver cómo ésta se apoyaba en la encimera vociferó—. Estás disfrutando ¿verdad Barbie? Te ha encantado ver cómo he sido humillada delante de todos. ¡Oh Dios! Qué bien dormirás ¡Por fin a la pija de tu hermana le han dado un buen golpe! ¿Verdad?

—Te lo dije, «peluche» —respondió Temari con rabia al escuchar la palabra «Barbie».

— ¡¿Qué?! —gritó con voz y gesto roto.

—Te lo dije. Te dije que ese relamido no era bueno para ti. Que esa zorra recauchutada que cree que tiene veinticinco años era una víbora y una bruja de las peores. Que mamá se dejaría humillar por ti, y... —Pero no pudo continuar. El dolor alojado en los ojos de su hermana hizo que Temari se acercara y la abrazara.

Sakura, hundida, se aferró a ella y con aplomo escuchó cómo se habían enterado Deidara y Temari de la vida sexual de Red. Sai, el camarero del hotel y vecino de Temari, había sido quien les informó. El resto surgió sobre la marcha.

—Gracias por estar aquí conmigo —dijo ella.

—Siempre hemos estado contigo —pluralizo Temari, pensando en Deidara y en su madre—. Pero habla con mamá. Lo necesita. Es cabezona como tú y no muestra su dolor.

—Yo también necesito hablar con ella —antes eran buenas amigas, a pesar de ser madre e hija—. Temari, perdóname por haber sido algo borde contigo en ocasiones.

—¿Algo? —sonrió—. Matizando diré que tu nivel de borderío es continuo. Pero ¡lo siento chica! Conmigo no lo practiques. ¡Paso de ti cuando te pones así!

—Eres increíble —sonrió Sakura.

—Tú me enseñaste a ser así, Saku —respondió anhelando encontrar aquella hermana que un día se fue—. Me enseñaste a maquillarme, a ligar, a bailar sevillanas, a montar en bicicleta. Incluso a ponerme mi primera compresa. Siempre fuiste divertida y espontánea. Pero cuando mamá...

—Lo siento —susurró Sakura avergonzada—. Eso no volverá a suceder.

—Por supuesto. No te lo voy a permitir —sentenció Temari—. Pienso controlar a partir de ahora todos tus ligues.

—No quiero saber nada de hombres. Y como a alguno se le ocurra llamarme por algún nombre que no sea el mío. Te juro que le tiro a la cabeza lo que tenga en la mano.

Tras reír ante aquel último comentario, Temari, mirándose el reloj, comentó.

—Qué te parece si vamos a mi casa. Tengo que sacar a Óscar.

—¿Quién es Óscar?

—Tu sobrino y mi perro. Una auténtica preciosidad.

—Olvídalo. Los perros, los niños y yo nunca nos hemos llevado bien.

—Óscar es diferente. Créeme. Cuando lo conozcas lo comprenderás.

Una hora después, y conduciendo su Audi TT Coupé plateado, llegaron a su barrio. El barrio de Aluche. Pasaron frente a la casa de su madre pero decidieron no parar. Regresar al barrio, era como regresar al pueblo. Sólo faltaba la pancarta de «Bienvenido Mister Marshall». Si las vecinas te cogían por banda. ¡Estabas perdido con su besuqueo! y en especial con su tercer grado.

—Vaya —asintió Sakura al aparcar el coche frente al parque de Aluche—. Veo que ciertas cosas nunca cambian.

—Las Fiestas del barrio son sagradas —respondió Temari cogiéndola del brazo—. Ven. Vivo en el último piso, y ¡no tengo ascensor! —y tras darle un cachete en el culo, murmuró—. Te vendrá bien mover ese pandero que tienes.

—¡Serás idiota!

—Si no es indiscreción ¿qué talla usas?

—¡Y a ti qué te importa! —pero antes de que pudiera reaccionar, Temari le tiró de la trabilla del pantalón para volver a soltarlo.

—Vale. La 44 —y comenzó a subir los escalones de dos en dos—. No es por joderte, pero yo, asidua consumidora de comida basura, uso la 42.

Mientras Temari sacaba las llaves del pantalón, Sakura observaba el oscuro y descuidado estado del edificio. Un edificio parecido al de su niñez, donde los desconchones en las paredes, los viejos escalones y el olor a humedad en pleno mes de junio eran lo normal. De pronto se apagó la luz y al encenderla Temari dijo:

—Saku, te presento a tu sobrino Óscar. ¿Qué te parece?

«Qué cosa más horrorosa» pensó Sakura.

Óscar debía ser un cruce de mastín con pastor alemán y a saber dios qué más. Tenía unas patas larguísimas, una peluda cabeza y un cuerpo demasiado delgado y lleno de cicatrices. Era el perro más descompensado y feo que había visto en su vida.

—¡Es precioso! —mintió Sakura mientras aquella horrible criatura la miraba.

—Mira que eres mentirosa ¿Cómo puedes decir eso?

—¿Qué pretendes que diga?

—La verdad, en eso quedamos ¿no?

—Muy bien. Te diré la verdad. —Y señalando al animal que la observaba sentado delante de ella dijo—: Es la cosa más fea que he visto en mi vida. ¡Nada en él es bonito! No tiene ningún estilo ni se le puede catalogar en ninguna marca. ¡Es feo! muy feo.

Al escuchar aquello, Óscar, dando un gemido, se levantó.

—Óscar —llamó Temari. Al escuchar su voz el animal la miró—. Tu tía es un poco pija, pero mi amor, tú ni caso ¡Eres precioso! —entonces se volvió a su hermana—. Anda, pasa.

El apartamento de Temari era pequeño; debería medir poco más de cincuenta metros, pero se la veía bonita y limpia. Incluso Sakura tuvo que reconocer que la mezcla de colores y muebles, tanto de Ikea como rústicos, era perfecta.

Mientras Temari sacaba unas cervezas fresquitas de su pequeña cocina, Sakura ojeaba con curiosidad a su alrededor, parándose ante una mesita llena de papeles y un viejo PC.

—Esas páginas sueltas son ideas para la novela que voy a comenzar sobre Escocia. —explicó su hermana—. Y ese mogollón de ahí es la que acabo de terminar.

—¿Sigues mandándolas a las editoriales?

—Por supuesto. Además, hace un mes acabé un curso «on line» de novela romántica y he aprendido mogollón.

—Me admira que no tires la toalla —asintió Sakura sin dejar de mirarla—. Si a mí me hubieran rechazado tantas veces como a ti creo que ya la hubiera tirado.

—Lo dudo. Eres como yo: seguirás intentándolo. Ya sabes lo que siempre hemos pensado. No publica el que mejor lo hace, si no el que mejor suerte tiene, o el que se acuesta con el editor más forrado —aseveró Temari.

Aun sonriendo por aquel comentario se sentaron en el salón y varias horas y cervezas después, tras haberse puesto casi al día de sus vidas, reían mirando fotos.

—Quiero brindar —rió Temari levantando su lata—. Brindo porque algún día me descubra un guapo y rico editor que, aparte de hacerme feliz en la cama, haga que mis novelas se vendan como churros.

—Brindo por tus novelas, ¡hip! —hipó Sakura— y porque te lo pases súper bien en la cama.

—Ahora tú. Te toca a ti.

—Brindo porque le den morcilla a Red —dijo su hermana con una mirada chisposa.

—¡Perfecto! —se carcajeó Temari.

—¡Dios santo, qué pintas tenemos aquí! —exclamó Sakura señalando una foto, y tomó otro sorbo de cerveza. (eso sí, en vaso)—. ¿Cuándo fue esto?

—En la boda de Tayuya, la hija de la señora Mei. ¿Te acuerdas?

—Ah, sí. Esa que iba de decente pero se cepillaba a medio barrio.

—Por Dios, Saku ¡qué memoria tienes!

—Para mi trabajo es necesaria. ¡Hip! ¿Qué sabes de Yūgao?

—Se quedó viuda. Hayate se mató en un accidente de tráfico.

—No me digassss... —susurró Sakura notando la legua un poco espesa.

—Pero ella sigue viviendo en el barrio con sus tres hijos. Que, por cierto, son guapísimos.

—Bueno —comentó su hermana señalando a Óscar—. Cómo tengan su misma belleza, lo dudo.

—Espera. Aunque a Óscar no le gusta que remueva su pasado, te voy a enseñar una cosita —dijo Temari levantándose para coger de un viejo aparador una carpeta gris—. Léelo y luego me dices qué piensas.

Con una sonrisa en la boca, Sakura abrió la carpeta.

Era de la Asociación de los Amigos de los Animales. La primera foto que vio hizo que su sonrisa desapareciera. Era Óscar. El informe decía que fue encontrado en una carretera tras ser brutalmente maltratado. Tenía una cadena dentro del cuello. Hecho que hizo pensar que se la hubieran puesto de cachorro y nunca se la hubieran agrandado, por lo que con el paso del tiempo se había ido ahogando. Tenía una anemia brutal, estaba deshidratado, desnutrido e invadido de garrapatas. Cuando se acercaron a él los de la asociación se meó de miedo. Pensaba que le iban a pegar. Pero tras la primera palabra de aliento movió el rabo, agradecido. Su estado era grave. Pero con alimento, medicación y cariño, mucho cariño, salió adelante. En la actualidad había sido adoptado por Temari Haruno Senju. Había perdido su miedo y era feliz con ella.

—No me lo puedo creer —murmuró Sakura con los ojos encharcados en lágrimas—. Pero... ¿Cómo le puede haber pasado esto?

—Bienvenida al mundo real, hermanita.

—Lo siento, Óscar —susurró Sakura, agachándose junto a él—. ¿Sabes? Tú eres muy guapo. ¡Hip! Pero muy, muy, muy guapo.

—Ya lo sabe —sonrió Temari, percibiendo lo borracha que estaba su hermana. Por lo que levantándose dijo tendiéndole la mano—. Venga, levanta del suelo, payasa.

—Oye —dijo Sakura, aún sentada en el suelo—. ¿Eso es una planta de maría?

—Sí —asintió orgullosa—. ¿Has visto qué preciosa la tengo?

—¿Te acuerdas cuando fumábamos porros? ¡Hip! —gritó Sakura.

Temari, muerta de risa, iba a contestar cuando sonó el teléfono. La voz de un desconocido hizo que Sakura, alzando una ceja, mirase a su hermana.

«Hola bichito. Tenemos que hablar ¿Por qué no me coges el móvil? Te echo de menos, bichito. Llámame. No seas mala. Te quiero».

—¡Que te den morcillas, Shikamaru! —gritó Temari tras escuchar el mensaje.

—¿Quién es Shikamaru?

—Nadie —respondió, siendo arrastrada al suelo por Sakura.

—¿¡Bichito!? Te ha llamado bichito —se mofó su hermana haciendo que Temari la mirara—. Tú te reías porque me llamaban «Peluche» cuando a ti te llaman «bichito».

Al decir aquello ambas comenzaron a reír, como hacía mucho tiempo que no lo hacían.