Capítulo 4
Cuatro meses después, tras conseguir sobrevivir al caos de la anulación de su boda, Sakura aún lucía el glamoroso anillo de compromiso en su dedo. Esa noche no había podido dormir por lo que se levantó decidida a darse una ducha que la desentumeciera y marcharse pronto a trabajar.
Convirtiendo sus deseos en realidad, se introdujo en la ducha multifuncional creada por Jochen Schmidden para la firma Duravit donde, sentada en una especie de tumbona, disfrutó del agua a presión y la sauna de vapor, acompañada por aromaterapia y musicoterapia.
—¡Que te den morcillas, Nagato! —dijo con decisión, quitándose el exclusivo anillo Chanel de oro blanco y brillantes.
Los días en que lucirlo era un orgullo habían quedado enterrados, así que, tras salir de la ducha y ponerse un traje oscuro de Adolfo Domínguez, Sakura aún con el ceño fruncido metió el anillo en un sobre color hueso, y lo cerró al mismo tiempo que cerraba su corazón. Estaba decidida a no volver a verlo nunca más, por lo que se lo entregaría al portero, cuando saliera para la oficina.
Esa mañana, el cielo gris de Madrid parecía acompañar su humor. Los cambios sufridos habían estado a punto de derrotarla. Pero no. Sakura Haruno Senju era una mujer fuerte y no podía permitírselo.
Estaba sumida en sus pensamientos cuando sonó el teléfono. Dejó saltar el contestador. No le apetecía hablar con nadie. Pero al escuchar la voz de su hermana, lo descolgó.
—¡Ya era hora guapa! —suspiró Temari—. Anoche te llamé. ¿Por qué no lo cogiste?
—Estaba duchándome —respondió ella secamente.
—¡Serás mentirosa! —exclamó Temari, acariciando la peluda cabeza de su perro—. Dime mejor ¡No me dio la gana cogerlo!
—Temari, tengo prisa —y consultando la hora en su reloj Cartier dijo, apartándose el pelo de la cara—. Te recuerdo que algunas personas trabajamos. Estaba a punto de salir hacia la oficina. ¿Qué quieres?
—¡Qué borde eres hija! Sólo quería saber cómo estabas, y hablar contigo.
—Estoy bien, gracias. ¿Algo más?
Pero no era así. Sakura estaba destrozada. Destrozada y enfadada. Muy enfadada. Dos de sus colaboradores habían regresado de Escocia sin el contrato firmado que necesitaba presentar en la reunión de la mañana. Y eso la cabreaba mucho.
—¿Sabes Saku?
—¡¿Qué?!
—Al final tendrás razón: ¡es imposible que seamos hermanas! —se mofó Temari recordando su conversación noches atrás—. Creo que deberías hablar con mamá para que te desvele quién es tu madre. Porque bonita... yo tengo los ojos de papá, y el pelo de mamá, aunque tú sólo tienes el pelo de papá por lo tanto, Saku ¡creo que deberías empezar a preocuparte!
—Temari. Hoy no es mi mejor día para escuchar tonterías y por favor, te agradecería que me llamaras por mi nombre, que te recuerdo es Sakura.
—¡No jodas Saku! —se carcajeó al escucharla.
—Barbie, Barbie —espetó ella con malicia. Sabía que Temari odiaba ese apelativo—. No sigas por ahí que la vamos a tener.
—¡Serás bruja! ¿A que te llamo...?
—¡Ni se te ocurra!
—¡Peluche! ¡Peluchito! —se burló Temari.
—Cállate ¡bichito! —gruñó Sakura molesta por las carcajadas de su hermana.
—¡Eres la leche, Saku! Parece mentira que todavía no te hayas dado cuenta que tú a mí no me mandas. Y, por mucho que te jorobe, soy tu imposible, aunque más que probable, hermana. No una de tus pobres y sumisas marionetas, que se mean de miedo cuando tú, la divina, levantas la voz. Es más. Te diré que...
—¡Adiós Temari! —interrumpió Sakura la conversación colgando el teléfono. No la aguantaba más.
Mientras gruñía como un perro canario de presa, llegó hasta su ordenado y espacioso salón minimalista. Abrió un cajón, sacó un cigarrillo y lo encendió. Al aspirar con placer la primera calada escuchó sonar de nuevo el teléfono. Era otra vez su hermana. ¡Qué pesada! Y como no tenía ganas de escuchar más tonterías, bajó el volumen del contestador, y olvidándose de ella se encaminó hacia la cocina.
Necesitaba un café. ¡Triple!
En la cocina abrió la inteligente y enorme nevera plateada. Esta reaccionó con un sonido musical. En su pantalla extraíble táctil indicaba la necesidad de comprar leche de soja. Sakura pensó en escribirle una nota a Mirosvka, su asistenta rumana. Pero tras recordar el miedo, por no decir horror, que aquella mujer tenía a la inofensiva nevera, y su desastrosa última compra virtual, decidió encargárselo a Tenten.
Al fin y al cabo ¡era su secretaria!
Acabado el café y tras consultar en su portátil la recepción de algún e-mail, se marchó para la oficina, dispuesta a arreglar lo que aquellos idiotas habían jorobado en el viaje a Escocia.
Tenten, la secretaria de Sakura, escuchaba las voces procedentes de la sala de juntas desde su mesa. El día no se presentaba fácil.
Nerviosa e inquieta observaba a través de los cristales a su jefa. Su ceño fruncido y el modo como movía las manos no indicaban nada bueno. Llevaba semanas intentando encontrar el momento propicio para hablar con ella, pero no había sido posible. Sakura nunca fue una mujer accesible, pero tras anular la boda, y ahora tras aquella reunión, lo sería menos.
Por el rabillo del ojo, Tenten observó cómo Neji, el guaperas de la oficina, salía de la sala de juntas con la cara contraída y se dirigía hacia ella. Él y Chōji eran los responsables del fallido contrato con el escocés.
—Necesito fotocopias urgentes. La nazi está insoportable, no sé cómo la aguantas.
Aquél era Neji, un rompecorazones de treinta y cuatro años con sonrisa descarada, que traía de cabeza a las féminas de la oficina, a excepción de ella y su jefa, que no le bailaban el agua.
Cada mañana, cuando coincidían en la máquina de café, ni la miraba. Tenten era invisible para él. Si embargo cuando necesitaba algo de Sakura, todo eran halagos.
Por todos era conocido que Konan, la amiga de Sakura, lo había acosado hasta llevárselo a su cama, algo que le ayudó a llegar hasta el equipo de Sakura, quien nunca lo aceptó de buen grado.
El otro que estaba encerrado en la sala de juntas con Sakura era su compañero Chōji. Un hombre trabajador, afable y tímido de cuarenta y cinco años. Calvo, con gafas, amante de su familia y en especial de su mujer y sus hijos. En varias ocasiones Tenten y Chōji habían compartido confidencias, y en una de ellas se enteró que su mujer había tenido un accidente de tráfico quedando postrada en una silla de ruedas.
Aquel día Chōji le confesó que le debía cientos de favores a Neji. Que ese guaperas tenía un increíble corazón y que gracias a su ayuda, sus hijos y su mujer estaban consiguiendo salir adelante. Desde ese momento Neji el guaperas se había convertido en Neji el ledoyunaoportunidad.
—Tranquilo Neji. No es para tanto —susurró Tenten sin mucha convicción mientras cogía los papeles que había que fotocopiar.
—¡La muy puta! —siseó enfadado, cogiendo un vaso de agua del dispensador, sin percatarse de que la causa de su enfado se dirigía en ese instante hacia ellos.
—Psss... calla —indicó Tenten con disimulo, pero fue inútil.
—No me extraña que el novio la plantara el día antes de la boda. —siguió despotricando él—. ¡Pobre hombre! Aguantar a semejante bicho venenoso no debe ser muy agradable. A la nazi seguro que le va el sado. ¡La muy puta! No me extrañaría que en su armario hubiera un látigo y una mordaza de cuero.
—Tenten —replicó Sakura con las mejillas encendidas por la rabia—, saca tres juegos de estos documentos. —Y, volviéndose hacía Neji, agregó—: En cuanto acabe la reunión pásate por mi despacho. Tú y yo tenemos que hablar.
Maldiciendo su maldita bocaza y sabedor de qué significaba «tenemos que hablar», Neji miró brevemente a Tenten y volvió a la reunión.
Sakura, alterada, entró en su despacho y, tras cerrar la puerta, respiró a fondo para contener las lágrimas. ¿Cómo podían hablar de ella tan despectivamente? ¿«Puta»? ¿«Nazi»?... ¿acaso no se daban cuenta de la importancia de aquel contrato?
Tenten, que había digerido mal el encontronazo de Neji con su jefa, llamó con miedo a la puerta de su despacho una vez hubo terminado de fotocopiar los documentos. A continuación entró y cerró tras ella.
—Aquí tiene. Tres juegos de los informes que me pidió —dijo con los nervios a punto de estallar, mientras Sakura observaba la pantalla de su portátil—. La compra que me encargó esta tarde se la llevaran a su casa ¿Necesita algo más?
—De momento creo que no —respondió sin apenas mirarla—. Pero no te vayas a comer. Puede que la reunión se alargue más de lo esperado gracias a esos inútiles.
—Yo... necesitaría hablar con usted.
—¿Es importante?
—Sí.
—Si vas a pedirme un aumento de sueldo olvídate. No es el momento —ladró Sakura.
—No tiene nada que ver con eso —suspiró Tenten, retorciéndose las manos.
—Señorita Haruno —interrumpió un joven bedel de la empresa, abriendo la puerta de golpe—. El señor Hagane me indica que la esperan en la sala de juntas.
—¿Es que no sabes llamar? —lo reprendió Sakura con aspereza.
—Sí señorita —murmuró el muchacho, mirando de soslayo a Tenten.
—¡Pues la próxima vez que entres aquí, hazlo, o tomaré represalias! ¿Me has entendido?
—Sí señorita —asintió el bedel y desapareció.
—Con respecto a lo mío...
—Cuando acabe la reunión, si tengo tiempo hablaremos —asintió Sakura como siempre, sin mirarla a la cara.
En la sala de reuniones, la tensión entre los asociados, cliente y publicistas crecía por momentos. Los pésimos resultados obtenidos por Neji y Chōji tras su viaje a Escocia caían como una losa sobre Sakura, que era ahora la responsable ante los jefes. La crisis mundial comenzaba a notarse en las cuentas de R.C.H. Publicidad. Las famosas firmas de los mejores bulevares del mundo buscaban abaratar sus gastos, al tiempo que originalidad.
Sakura, como jefa del departamento de creadores publicistas, en su cartera de clientes contaba con las firmas más importantes. Su última adquisición tras batallar con varias empresas había sido conseguir la cuenta de TAG Veluer. Famosa y asentada empresa de relojes caros, deseosa de comenzar el rodaje para su última creación; un spot para televisión espectacular.
—Sakura —dijo Giorgio Proxy, director de TAG Veluer y amigo suyo, nada más verla aparecer. Siempre había ido al grano. No era hombre de perder tiempo—. Contábamos con resultados rápidos y satisfactorios. En nuestra primera reunión comentaste que no habría ningún problema en la contratación del castillo.
—Tienes razón Giorgio —se disculpó Sakura—. Pero la razón de no haber alquilado las dependencias del castillo de Eilean Donan para el spot no ha sido porque...
—¡Me da igual el motivo! —vociferó ahora Philippo Schirtufedo, el presidente de la costosa marca de relojes—. Quiero comenzar a preparar la campaña de verano ¡Ya!
—Disculpe, señor Schirtufedo. Estas cosas a veces se pueden retrasar por motivos que... —intervino Chōji con voz apagada, ganándose una reprochadora mirada de Sakura.
—Con el dinero que les pago por la campaña, bien vale no seguir esperando —siseó. Schirtufedo no tenía mucho más que añadir, así que se levantó abrochándose su ajustada chaqueta—. Me fié de su profesionalidad, señores.
—No dude que la tenemos —medió un joven que había permanecido callado toda la reunión. Era Aoi, el hermano de Konan—. Lo único que podemos hacer es disculparnos y...
—Una simple disculpa no me vale.
—Philippo —susurró Giorgio, su director—. Poniéndote así no arreglaremos nada.
Otra de las asociadas que asistía a aquella importante reunión, tras mirarle con una sonrisa nerviosa, intentó calmarlo.
—Discúlpenos, se lo ruego. La señorita Haruno tuvo unos problemas personales y su equipo hizo todo lo posible por localizar al propietario del castillo...
Al escuchar aquello Sakura la miró de una forma nada angelical. «¿Por qué tenía que decir aquello?»
—Yo no he contratado a su equipo —gruñó Philippo—. He contratado a la señorita Haruno, y ella es la responsable.
—Disculpe de nuevo, señor —comenzó a decir Neji al ver la mirada incrédula de Sakura. Nunca se habían apreciado, pero no podía permitir que ella cargara con las culpas—. Si fuera usted tan amable de escucharme un momento yo le...
—¡Cállese! —vociferó el hombre, y miró a Sakura, que le observaba con gesto impasible—. La anulación de su boda no tiene porqué interferir en mis negocios. Por lo tanto, ¡póngase a trabajar y déjese de sensiblerías!
—¡¿Perdón?! —consiguió murmurar, y a punto de gritar, sintió cómo Neji la agarraba de la mano y negaba con la cabeza.
El joven intentaba ser amable, pero Sakura de un tirón retiró su mano.
—Philippo —intervino Giorgio. Sabía que aquello iba a acabar mal—. No creo que debas continuar hablando.
—Me callaré sólo por el aprecio que tengo a mi buen amigo Dan Katō —ladró Philippo—. Sólo diré, antes de marcharme, que o me demuestra su competencia en menos de dos meses o cancelaré mi cuenta con ustedes.
—No se preocupe —asintió la asociada con premura saliendo tras él—. Le prometo que recibirá pronto noticias nuestras.
Todos quedaron en silencio, esperando que alguien rompiera la tensión que permanecía flotando en la sala.
—Sakura —señaló Giorgio antes de salir por donde segundos antes había salido el presidente de su empresa—. Intenta conseguir ese contrato lo antes posible. Para nuestra empresa es importante rodar el spot en ese castillo.
—No te preocupes, Giorgio —respondió ella con apenas una sonrisa—. Te prometo que lo conseguiré.
Una vez los clientes abandonaron la sala de juntas, Sakura tomó asiento de nuevo. Le temblaban las piernas. Eso era lo último que esperaba: su vida personal en boca de todos.
Chōji, al ver lo trastornada que estaba, le trajo un vaso de agua que ella tomó pero no agradeció.
—¡No podemos perder la cuenta! —siseó Aoi, el director de la empresa. La reunión había sido un desastre—. TAG Veluer es una empresa fuerte en el mercado y sus campañas son millonarias. ¡Tenemos que reaccionar ya!
—Esto es increíble —señaló la joven que había acompañado hasta la salida a los importantes clientes, y que acababa de entrar en la sala de reuniones con gesto contrariado—. Sakura. ¿Estamos locos o qué? ¿Me puedes explicar qué ha ocurrido para que el contrato del castillo de Eilean Donan no esté firmado?
Sakura, con la rabia instalada en su cara, esperaba una pregunta así.
—¿Me puedes explicar tú por qué has tenido que hablar de mis problemas personales en una reunión de trabajo?
—Necesitábamos salir del atolladero de alguna manera —respondió con gesto seco y sin importarle el dolor en los ojos de Sakura—. Estoy esperando a que me digas qué ha ocurrido con el contrato.
—Que te lo expliquen Neji y Chōji. Ellos son los responsables de todo este caos.
—Les aseguro que hemos hecho todo lo posible —indicó Neji mirando a la mujer, quién sonrió ante la incredulidad de Sakura—. Nos ha sido imposible hablar con el conde, el propietario del castillo. Desde un principio nos rechazó y se limitó a darnos esquinazo. Ha sido imposible.
—En R.C.H. Publicidad —aseveró Aoi—, nada es imposible. Es parte de nuestro lema.
—Si ese contrato no se consigue —sentenció otro de los asociados—, rodarán cabezas.
—Le aseguro, señor, que lo hemos intentado todo —asintió Neji, omitiendo detalles.
—Permíteme que lo dude —sentenció Sakura.
A partir de ese momento, el cruce de acusaciones y reproches ocasionó una gran discusión en la sala de reuniones. Sakura no estaba dispuesta a cargar con las consecuencias de aquella desastrosa gestión y sus resultados, y los asociados no estaban dispuestos a perder tiempo y dinero. Por lo que tras más de cuatro horas de reunión a Sakura no le quedó otro remedio que anunciar en voz alta para hacerse escuchar sobre el tumulto de voces acaloradas.
—Iré yo. Organizaré el viaje y pasado mañana a más tardar estaré en Escocia. Intentaré solventar este problema. A las malas tendré dos meses para convencer al propietario.
—Sabia elección, Sakura —asintió Aoi, quién levantándose junto a los otros dos asociados salieron de la sala dejándola a solas con Neji y Chōji.
—No trabajo con mediocres —les reprochó Sakura en cuanto desaparecieron los espectadores—. No os quiero en mi equipo. Estáis los dos despedidos.
—Pero... —intentó explicarse de nuevo Chōji, asustado.
—No voy a volver a repetirlo.
—Por favor... —tartamudeó Chōji, ahora desesperado, mientras Neji observaba fijamente a su jefa—. No puede hacerme esto. Tengo tres chiquillos que sacar adelante y necesito este trabajo. Envíeme a otro departamento. Rebájeme de categoría pero por favor, no me despida.
—¿Tres mocosos? —rió Sakura incrédula.
—Por favor, se lo suplico.
—Tengo cosas importantes que hacer Chōji, no me molestes con tus lloriqueos —sentenció mientras recogía todos sus papeles sin querer escucharle.
—Por favor, señorita Haruno —insistió el hombre—. Se lo suplico, no me deje en la calle. Este trabajo es lo que único que tengo para salir adelante.
—Sea humana ¡por Dios! —le espetó Neji, atrayendo su mirada—, y bájese de una puñetera vez en su vida de su brillante pedestal de oro.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —replicó Sakura.
—Cállate, Neji —intervino Chōji.
Conocía a Neji mejor que nadie y sabía que tras aquella apariencia chulesca, escondía un corazón de oro.
—¿Cómo se atreve a menospreciarnos de este modo? —saltó Neji, harto de humillaciones. Si ya estaba despedido ¿qué más daba?—. Puedo llegar a comprender que esté decepcionada con nuestra gestión. Nosotros también lo estamos. Pero por mucho que se empeña en decir que no hemos trabajado, eso es mentira.
—Por descontado —gesticuló Sakura.
—Yo estoy despedido, de acuerdo —convino el hombre—. Estoy convencido de que, por muy malo que sea el puesto que encuentre en otra agencia nunca será tan denigrante como trabajar para usted. Pero, por favor, escuche a Chōji. Necesita este puñetero trabajo. Su familia depende de él. ¿Es que no tiene corazón?...
En los últimos meses, Sakura había oído palabras parecidas a ésas. Su propia hermana Temari, en sus interminables conversaciones, le había preguntado varias veces si no tenía corazón.
—Asumo que me quiera lejos de usted —prosiguió Neji—. Me odia porque su amiga Konan me ayudó a conseguir este puesto. Pero oiga... ¿usted cómo lo consiguió?
—¡Metiéndome en su cama, desde luego que no! —gritó Sakura.
—Yo tampoco —señaló Neji—. Ella se metió en la mía. Y si lo que le ha puesto de mala leche es lo que oyó que le decía a su secretaria. Déjeme decirle que esas palabras son lo más suave que podrá escuchar en esta oficina cuando hablan de usted. Y dé las gracias a que tiene una secretaria discreta como Tenten, porque si le hubiera tocado cualquiera de las otras arpías, usted sería el hazmerreír de la publicidad. Ahora, dicho esto, ya me doy por despedido.
—Tengo prisa —sentenció Sakura, que con disimulo miró a Chōji. Parecía desesperado. Apretando los papeles contra su pecho dijo antes de salir—: De momento y hasta que yo vuelva de Escocia, continuaréis en vuestros puestos, pero cuando vuelva... hablaremos.
Una vez hubo salido de la sala de juntas, sus ojos se toparon con un enorme ramo de rosas rojas, pero dirigiendo una seca señal a Tenten que significaba «¡Ahora no!», se metió en su despacho. Necesitaba paz y un cigarrillo, así que entró en su baño particular, decorado por Mariscal, y lo encendió con cuidado para que el detector de humos no la delatara.
Permaneció allí unos minutos, vacía, y pensativa. Después se retocó el maquillaje y salió para sentarse en su glamuroso sillón de cuero blanco, tras lo cual se quitó los zapatos, que la estaban matando. La paz duró poco, sin embargo unos golpes en su puerta le hicieron calzarse. Era Tenten con el ramo.
—¡¿Qué pasa ahora?! Creo haberte indicado que no quería que me molestaras.
—Discúlpeme, señorita Haruno —dijo su secretaria reprimiendo una arcada. Sabía que no era momento, pero... ¿cuándo lo era para su jefa?—. Ha llamado su hermana y el señor Nagato Katō Uzumaki. También llegó el ramo...
¿Cuándo iba a parar? Ya habían pasado cuatro meses desde lo ocurrido, y a pesar de las continuas negativas a volver con él, Red insistía. Sus sentimientos eran contradictorios. Unos días le odiaba con toda su alma por el engaño, y otros deseaba volver a estar entre sus brazos. Diariamente recibía dos ramos de flores frescas con tarjeta. Uno a su casa y otro a la oficina. Aquello, junto a los problemas del trabajo y los reproches de Temari para que no volviera con «el engominao», estaban acabando con su poca paciencia.
—Puedes dejar el ramo ahí —le indicó finalmente. A continuación, al ver lo pálida que estaba Tenten, añadió—: Y baja a la cafetería a comer algo. No tienes buena aspecto.
—¿Quiere que le traiga algo?
—No, gracias. Cuando subas tienes que buscarme un vuelo a Edimburgo y hotel. También necesito que localices el teléfono de la asistente o la secretaria del conde Fugaku Uchiha. Necesito concertar una reunión. Así pues, no tardes mucho, y cuando vuelvas, no me pases ninguna llamada. —Al ver que la muchacha se llevaba la mano a la boca, inquirió—: ¿Qué pasa ahora, Tenten?
—Señorita Haruno. Sé que no es el mejor momento pero necesito hablar con usted...
—Tú lo has dicho —respondió apoyando la cabeza en su silla—. No es el mejor día para eso. ¿No puedes esperar a que regrese de Escocia?
—No, señorita Haruno —soltó Tenten a punto de desmayarse—. No puede esperar.
—Perfecto —asintió Sakura con resignación, mirándola con cara de pocos amigos—. Muy bien. ¿Qué ocurre?
—Bueno. El caso es que...yo...
—¡Tengo prisa, mi tiempo es oro, Tenten!
—Estoy embarazada de cuatro meses y medio.
Decirlo en voz alta fue como una pequeña liberación. Sabía que la noticia no le caería bien a su jefa, pero no podía seguir ocultándolo. No obstante, el grito que profirió Sakura le revolvió aún más el estómago.
—¡¿Qué?! —chilló, levantándose—. ¿Estás embarazada?
—Lo siento —susurró Tenten, retorciéndose las manos.
Incrédula, Sakura miró a aquella muchacha. Apenas tenía veinticinco años y estaba embarazada. ¡Qué manera de arruinarse la vida!
—Señorita Haruno, si le comento esto es porque mi contrato finaliza dentro de tres meses. Vivo sola. Necesito este trabajo y...
—¿Pretendes que renueve tu contrato? Oh... no. ¡Ni lo sueñes! —vociferó Sakura viendo cómo Tenten se llevaba de nuevo la mano a la boca y los ojos se le encharcaban en lágrimas—. No me vengas ahora con lloriqueos sensibleros. Pero ¿qué os habréis creído todos? —añadió pensando en su hermana, en Chōji, y en Neji—. ¿Que me dedico a la caridad?
—Le prometo que no le fallaré ni un día, aunque tenga al bebé.
—Olvídate de seguir trabajando para mí —ladró ella con crueldad—. No me gustan los niños, y menos aún tener una secretaria que no esté al cien por cien en su trabajo. Conmigo tienes los días contados. Y ahora sal de mi despacho y cumple con tus obligaciones, antes de que me arrepienta y te despida hoy mismo.
Atormentada, Tenten se dio la vuelta. Notaba cómo le subía el vómito... Por fortuna le dio tiempo de coger con rapidez uno de los jarrones, sacar las flores y devolver en su interior.
Atónita ante lo que acababa de contemplar y sin un ápice de piedad, Sakura la echó del despacho de malos modos y Tenten cayó redonda a sus pies.
Neji y Chōji se acercaron a auxiliarla. Sakura se había quedado paralizada, pero el primero, con gesto de preocupación, cogió a Tenten en brazos y la llevó a la sala de juntas, mientras el segundo corría a por un vaso de agua.
Incapaz de seguirlos, Sakura volvió a su mesa. Ellos se ocuparían de la chica. Pasado un rato, a través de su puerta entreabierta vio cómo su pálida secretaria regresaba a su puesto de trabajo.
Tenten no se sorprendió cuando vio a Chōji aparecer con un bocadillo y una coca-cola. Pero sí lo hizo cuando Neji le llevó un café, por lo que con una agradable sonrisa se lo agradeció y éste le indicó que la llevaría a casa.
Al presenciar la camaradería que existía entres sus empleados, el duro corazón de Sakura se resintió. Nadie, a excepción de la pesada de su secretaria, se preocupó por ella los días posteriores a la anulación de su boda.
Fue incapaz de seguir observando todo aquello, así que se levantó y de un manotazo cerró la puerta.
De camino a casa de su madre, Sakura se miró en el retrovisor. Tsunade la había llamado para decirle que estaba preocupada por su hermana. Algo pasaba.
Con paciencia condujo su maravilloso Audi por el largo túnel del Paseo de Extremadura hasta llegar al barrio de Aluche. Una vez allí buscó aparcamiento, y se alegró al ver que justo debajo del piso de su madre tenía uno.
—¡Bendito sea Dios! Si es nuestra Saku —oyó que alguien decía detrás de ella mientras cerraba el coche.
—Hola, señora Mei —saludó Sakura a una de sus vecinas de toda la vida, mientras ésta le agarraba los mofletes como cuando era pequeña.
La señora Mei era una persona muy popular en el barrio. Echaba las cartas, leía los posos del café y las manos. Su salón rosa era uno de los salones más concurridos y conocidos de la zona.
—Dame dos besos, hermosa. —Y, agarrándola del brazo, añadió sin darle opción—: Tu madre está en la frutería de Goyo. Ven un rato a casa con Ao y conmigo. Tomaremos un café con napolitanas mientras llega. ¿Cómo estás?
—Bien, bien —asintió contrariada. Lo último que le apetecía era visitar vecinas.
El saloncito rosa de la señora Mei estaba igual que siempre. Los años habían pasado para todos, pero no para aquel lugar. Al entrar sus ojos fueron directamente hacía una urna que tenía encima de una mesita. La urna de don Ao. Aquella urna durante años había sido objeto de curiosidad para todos, en especial para los niños. Don Ao, el marido cariñoso de Mei, tras su muerte fue incinerado, pero en lugar de llevarlo a un nicho o esparcir sus cenizas al viento, la señora Mei decidió que el mejor lugar para que su marido descansara era junto a ella.
Tras sentarse frente a la mesita marrón del salón y mientras la señora Mei preparaba café, Sakura se dedicó a observar aquella habitación que tan bien recordaba de su niñez.
—Tu madre me contó lo ocurrido con tu boda —dijo la mujer al tiempo que se acercaba a ella con una bandeja con café y napolitanas.
Al oír eso, Sakura se puso tensa. Mataría a su madre. ¿Por qué no podía estarse calladita?
—Escucha Saku —prosiguió la vecina sirviéndole el café—. No me alegro de lo que te ha pasado. Pero ¡cariño, ese mindundi de tres al cuarto no te merecía! Tú vales mucho, y quién te enamore debe merecerte.
—Sí, ya —asintió Sakura tomando la taza que le ofrecía.
Después de un rato en el que la señora Mei la puso al día de los cotilleos del barrio, Sakura miró su reloj.
—Mi madre ya debe de estar en casa —comentó.
—¿Me dejas que mire tus posos del café? —preguntó la mujer, aunque ya había cogido la taza sin darle tiempo a responder.
Sakura nunca había creído en esas cosas. Las consideraba una tontería. Además, siempre había pensado que su vecina tenía que ganarse la vida de alguna manera.
—Cariño, los posos dicen que has sufrido por amor. Veo que eres una triunfadora en tu vida laboral, pero quizás eres demasiado exigente, y eso te hace perder amistades. Debes relajarte Saku. No sólo se vive para trabajar.
—Señora Mei, trabajo en publicidad —respondió ella, pensando que su madre ya la tendría al corriente de todo—, y en ese campo existen pocas amistades.
—¿Tienes pensado viajar?
—No —mintió ella. ¿Cómo podía saber aquello?
—Veo un viaje al pasado que cambiará tu vida. —Y, dándole un codazo, susurró—: Y también veo una relación algo inquietante con un tauro que terminará llenándote el corazón. ¿Qué signo eras tú, tesoro?
—Piscis —respondió con resignación.
—¡Bendito sea Dios, hija mía! —resopló la mujer—. Este tauro se sentirá terriblemente atraído por tu energía de piscis. Y aunque intuyo difíciles comienzos, al final no podréis vivir separados. —Se acercó más a ella y bajó el tono de voz—: Tauro suele ser un hombre muy sensual. Mi Ao, que en paz descanse, era tauro.
—Vaya, qué bien —suspiró Sakura aburrida.
—Oh...—exclamó sonriendo con picardía la vecina—. Ese tauro te hará muy feliz en la cama. ¿Conoces a alguien de la realeza?
—No ¿Por qué? —preguntó estirándose la chaqueta de su carísimo traje. Incrédula de las sandeces que estaba oyendo.
—Los posos no mienten, Saku —contestó la señora Mei con una media sonrisa. Luego soltó la taza y dijo al tiempo que le cogía la mano—: Déjame ver una cosita.
—Yo no creo en estas cosas y...
—Tienes unas manos cónicas muy bonitas, tesoro. —Sonrió, al ver cómo ella se daba por vencida—. Las líneas de la palma revelan muchas cosas. Aunque, no te preocupes, sólo miraré lo referente al amor. Tus líneas son muy definidas. Has tenido o tendrás tres grandes amores. Esta tercera hendidura tan marcada y, por cierto, manchada con café —indicó misteriosamente haciendo que Sakura prestara atención— será tu gran pasión. Aquí está. ¡Tu Tauro! Un amor profundo y duradero. ¡Oh Saku! Aquí tienes dos preciosas líneas, que sin duda alguna serán dos preciosos retoños.
A Sakura se le heló la sangre en las venas al oír eso.
¿Retoños?
Imposible. Los niños no estaban programados en su vida. Daban problemas, ensuciaban y eran una carga. Por lo que levantándose recupero su mano, sin reparar en la sonrisa de su vecina.
—Señora Mei, gracias por el café, pero me tengo que ir. Seguro que mi madre ha llegado ya —dijo caminando hacia la puerta—. Me ha encantado verla.
—A Ao y a mí también nos ha gustado verte a ti —repuso la mujer con una sonrisa—. Aunque no creas en estas cosas, déjame decirte que no debes temer al futuro. Te traerá más cosas buenas de las que crees. Y por último déjame darte un consejo: déjate querer.
—Hasta pronto —se despidió ella.
Y salió huyendo. No quería escuchar más.
Aunque le costará reconocerlo, le gustaba entrar en la casa de su niñez. Conocía todas y cada uno de los rincones de aquel lugar como la palma de su mano. Sentarse en el sillón verde, mil veces tapizado, en cierto modo le proporcionaba tranquilidad.
Tras la anulación de su boda, la relación con su familia había empezado a ser de nuevo lo que una vez fue. Las tres mujeres chocaban, pero tenían a Deidara para poner paz de por medio.
Encendiéndose un cigarrillo, Sakura observó a su madre trastear en la cocina. Apenas le dio unas breves pinceladas sobre su próximo viaje a Escocia.
—Mamá, ¿te has cambiado de peinado?
—Sí, tesoro. Ideas de Deidara —respondió tocándose coquetamente el cabello—. Me ha cortado el pelo como Diane Lane en la película Noches de tormenta. ¿Te gusta?
—Sí. Incluso te hace más joven.
—Gracias tesoro. Eso dicen.
—¿«Dicen»? —preguntó Sakura levantando una ceja.
—Oh, ya sabes. Las vecinas. Goyo el frutero. Mónica la pollera. Por cierto ¿Has visto esa película?
—¿Cuál?
—Noches de Tormenta. El domingo fuimos Deidara y yo a verla. Es la última de Richard Gere ¡Oh Dios qué hombre! Y Diane Lane...
—No mamá. No tengo mucho tiempo para ver películas.
—¡Es preciosa! Tienes que verla. Deidara y yo, lloramos como Magdalenas. Pero el Gere y la Lane están guapísimos.
Sakura, que tenía el cigarrillo en la mano buscó a su alrededor con la mirada.
—Mamá. ¿Dónde tienes un cenicero?
—Toma éste —dijo Tsunade pasándole uno.
—¡Mamá! ¿Cuántos ceniceros cogiste del Hotel Santo Mauro?
—Creo que cinco —contestó ella y, sonriendo, señaló—: Uno era para ti. Pero Deidara y Temari pensaron que no era buena idea.
—Pensaron bien —convino ella mirando el cenicero.
En ese momento se abrió la puerta de la calle. Eran Temari, Deidara y Óscar. Este último entró alegremente a saludar a Tsuna, pero cuando quiso acercarse a Sakura, ésta le echó de su lado. El animal la miró; casi parecía triste por el rechazo.
«¡Qué más da! —pensó ella—. Sólo es un perro.»
—¡Diane Lane, huele a tu sopa en todo el portal! —chilló Deidara, y miró a sus amigas pidiendo su opinión cuándo preguntó—: ¿A que es igualita que ella?
—Oh —bromeó Temari dándole un beso a su madre—. Pero, ¿no es usted Diane Lane?
Al oír las risas, Sakura sonrió. Los había echado de menos, y más de lo que había estado dispuesta a reconocer, pero aún le resultaba difícil llegar hasta ellos.
—Lavaos las manos que vamos a cenar —anuncio Tsunade, y mirando al perrazo murmuró—: Óscar, ven conmigo. Te guardé el hueso del cocido del sábado.
Temari esbozó una sonrisa. La relación entre su madre y Óscar era magnifica. En cambio, no podía decir lo mismo de Sakura, que seguía rehuyendo al animal.
—¿Eso que llevas —señaló Deidara de camino al baño— es de imitación o es un Adolfo Domínguez de pata negra?
—¡Qué cosas dices! —respondió Temari dejando su bandolera encima del sillón verde—. Pues claro que es de pata negra. Quien lo lleva es la Divina.
—Ehhh... ¿Y a ti qué te pasa? —preguntó Sakura a la vez que miraba a su hermana.
—Nada.
—Nada bueno —gritó Deidara desde el baño.
—¡Cállate bocazas!
—Si ya sabía yo que algo te pasaba a ti —replicó Tsunade con los cuatro platos en la mano—. Hija mía que soy tu madre y te he parido.
—Tsuna, ¿También cogiste toallas del hotel? —preguntó Deidara sacando una del baño.
Al escuchar aquello la mujer se sonrojó. ¡Las toallas! No les había dicho nada a sus hijas.
—Vale. Vale. De acuerdo —asintió soltando los platos para volver a la cocina—. Estaban tan nuevas que no pude resistirme.
—¡Mamá! —se quejaron ellas al unísono.
—Vamos, vamos —apremió Tsunade para cambiar de tema—. Sentaos que la sopa se enfría.
Mientras la mujer servía la sopa, Deidara observó el gesto taciturno de Temari. Lo estaba pasando mal, y para hacerla sonreír con su habitual sentido del humor, soltó un bombazo para horror de su hermana.
—Creo que alguien muy glamoroso que se sienta aquí, hoy ha visitado el saloncito rosa de la señora Mei.
Sakura le lanzó su mirada de doberman a punto de atacar ¿Por qué tenía que sacar ahora ese tema? Al ver que su madre paraba de servir la sopa y la miraba a la espera de que contara aquello, tuvo que dar una explicación.
—De acuerdo. He sido yo. La mujer me dijo que estabas en la frutería de Goyo y que pasara a su casa hasta que llegaras.
—¿Has saludado a Ao? —se mofó Deidara ante las risitas de Temari.
—¡¿Tú qué crees?! —replicó Sakura con gesto serio.
—Y ¿por qué no me lo habías comentado? —le reprochó Tsunade.
—Eso te lo digo yo —repuso Temari, a quién le encantaba chinchar a su hermana—. Porque entonces habría tenido que decirte también que va a conocer a un Tauro y que vas a ser abuela de dos chiquillos.
—¡Bendito sea Dios! —gritó Tsuna a punto de derramar la sopa—. ¿Estás embarazada cariño? ¡Oh, qué ilusión!
—No mamá —negó rotundamente Sakura al tiempo que fulminaba a su hermana con la mirada—. No estoy embarazada. ¡Sólo me faltaba eso!
—Por lo visto —continuó Deidara—, los posos del café han dicho que en un viaje conocerá al amor de su vida, y quién sabe si será de la realeza.
—Sí claro —se mofó Temari ante la cara de perro de su hermana—. Y será conocida en el mundo entero, como la sidra El Gaitero.
—Prefiero no decir cómo te conocerían a ti —espetó Sakura.
—Tesoro. Antes me has contado que te ibas de viaje, ¿verdad?
—Sí mamá. Pero no...
—Y también —exclamó Tsuna sobresaltándolos— que tienes que encontrar a un... ¿duque?
—¿Duque? —chillo Deidara al tiempo que se ponía en pie en un brinco—. ¿Tienes que contratar al Duque? ¿A nuestro Duque? ¿Al morenazo malísimo, que está buenísimo y que todos los jueves me quita el sueño?
—Oh Diosss... —suspiró Temari ante la cara de incredulidad de Sakura—. Con lo bueno que está el Miguel Ángel Silvestre. Dime ¿para qué anuncio le tienes que contratar?
—¿Cómo termina la serie? —gritó Deidara—. ¿Se casa con Catalina o se lo cepillan?
—Dime que terminan juntos —intervino Tsunade al recordar «Sin tetas no hay paraíso»—. Juntos y siendo felices en un chalecito adosado con perro y niños.
—Lo dudo, Tsuna —señaló Deidara—. Creo que se lo quieren cepillar.
—¡Ostras Saku! —aplaudió Temari—. Me tienes que traer una foto dedicada del duque.
Sakura, al escuchar a aquellos tres maldijo en voz baja. ¿Por qué todo lo entendían al revés?
—Vamos a ver —aclaró echándose para atrás en la silla—. Yo no voy a contratar al Duque. Voy a buscar a un conde.
—Da igual —rió Deidara—. Mientras esté tan bueno como el otro, me vale.
—Vamos a ver, mamá —prosiguió Sakura—. Mi viaje a Escocia se debe a que tengo que «encontrar» a un imbécil que al parecer es conde, no duque, para que me firme un contrato que nos autorice a rodar en el castillo de Eilean Donan.
—¿Has dicho Eilean Donan? —exclamó Temari dejando la cuchara—. ¿El que sale en la película Los inmortales y en las novelas medievales que leo? Bueno, que leíamos.
—Sí.
—¿El de la película de James Bond El mundo nunca es suficiente? —preguntó Deidara incrédulo.
—Sí, el mismo —asintió Sakura poniendo los ojos en blanco.
—¡Madre mía, qué pasada! —añadió Temari—. Dime que puedo acompañarte.
—No.
—Por favor, por favor, Saku —rogó Temari.
—He dicho que no. —Sólo le faltaba a su hermana allí incordiando—. Voy por trabajo, no por placer.
—Eres una borde, por no decir algo peor ¿lo sabías? —gruñó su Temari.
—Sí, mona —espetó Sakura—.Te encargas de recordármelo cada vez que me ves.
—La venita del cuello te delata, reina —señaló Deidara sonriendo.
—No empecemos —regañó Tsunade. Sus hijas eran especialistas en discutir.
—Es que esta snob me sacas de mis casillas —dijo Temari y señalando a su hermana añadió—: No pretendo que me pagues el viaje. ¡Tengo mi dinero! No necesito tu ayuda para poder viajar ¡pedazo de estúpida! Incluso no te necesito para moverme por allí. Te recuerdo ¡tonta del culo! que soy tan bilingüe como tú.
—Temari —replicó Sakura muy seria—, vuelve a insultarme y te acordarás.
—Saku, podrías tirarte el rollo —insistió Deidara—. Le vendría fenomenal para su nuevo libro.
—¡He dicho que no! No es el momento. Necesito estar concentrada al cien por cien para conseguir mi propósito —vociferó Sakura, ganándose una dura mirada de su hermana.
—Eres menos profunda que un charco —señaló Temari.
—Pero vamos a ver —intermedio Tsunade—. ¿De qué castillo estáis hablando?
—Mami, ¿te acuerdas de la película La boda de mi novia?
—No. Creo que no la he visto —contestó dubitativa Tsunade.
—Sí mami. Es esa en la que sale el doctor Derek Shepherd. El doctor macizo de «Anatomía de Grey».
—Ah...sí. Ésa en la que él se da cuenta de que está enamorado de la morenita cuando ella se va a casar con un escocés rubio y grandote, ¿no?
—¡Exacto, Diane Lane! —sonrió Deidara haciéndola sonreír.
—Mami —insistió Temari—. Me vendría de perlas visitar ese lugar, podría recopilar información para mi novela. Pero la idiota de tu hija no quiere que vaya con ella.
—Pero Saku, tesoro mío —murmuró Tsunade—, si vas a ir ¿qué te cuesta llevar a tu hermana contigo?
—Es un viaje de negocios mamá. Ella sólo molestaría.
—¿Me estás llamando mosca cojonera? —vociferó Temari.
—Oh Dios —suspiró Sakura enfadada—. Pero ¿es que no te das cuenta de que el viaje es por trabajo?
—¡Vete a la mierda! —gritó Temari.
—Tú delante para que no me pierda —respondió su hermana.
Al decir aquello, el silencio se apoderó del salón mientras Temari y Sakura se retaban con la mirada. Su madre entendía ambas posiciones, pero no quería decantarse por ninguna. Hiciera lo que hiciese, estaría mal.
—Patrick Dempsey —habló finalmente Deidara para romper el hielo—. Así se llama ese bombón del doctor Shepherd. ¡Qué ojos tiene!
—Para ojos bonitos los de mi Paul Newman —susurró Tsunade y tras un puchero comenzó a llorar.
—Mamá, por favor —se quejó Temari poniendo los ojos en blanco—. ¡Otra vez no!
Tsunade era una admiradora incondicional de Paul Newman, el actor americano con los ojos azules más enigmáticos del celuloide. Pero desde el día que se enteró de su muerte, por un cáncer de pulmón, no había parado de llorar. Desde pequeñas siempre habían sido testigo de cómo su madre se desvivía por las películas de Newman. Su película preferida era La gata sobre el tejado de zinc, en la que tenía como compañera a Elizabeth Taylor. Era tal su fascinación por aquel actor, que encima de la televisión, junto a las fotos de Temari y Sakura, había una de Paul Newman.
—Ayyy, ¿y lo llorona que es mi Diane Lane? —exclamó Deidara levantándose para achucharla. Adoraba a Tsunade.
—Por favor, mamá, no llores por tonterías —resopló Sakura dándole unas palmaditas.
—Me voy —dijo de pronto Temari y antes de que ninguno pudiera decir nada, cogió su bandolera y salió por la puerta, dejando también a Óscar sorprendido.
—Pero ¿qué bicho le ha picado ahora a ésta? —preguntó Sakura.
—No lo está pasando bien —le informó Deidara.
—Es por Shikamaru, ¿verdad? —preguntó Tsunade levantándose. Al ver que Deidara asentía, abrió la puerta de la calle y salió tras su hija.
—Me dijo que había roto hace un par de meses —indicó Sakura extrañada.
En todo aquel tiempo, nunca había hablado en profundidad con su hermana sobre Shikamaru. Pero su última información era que el tema estaba zanjado.
—Y así era. Pero hace veinte días el muy imbécil se presentó en la puerta de su casa y bueno... imagínate.
—¿Qué es lo que me tengo que imaginar?
—Le dio otra oportunidad —respondió Deidara manoteando en el aire—. Una más de todas las que hasta el momento le ha dado. Sin embargo, la semana pasada Temari se enteró que Shikamaru está casado y había sido padre.
—¡¿Cómo dices?!
—Mira, Temari me va a matar por haberme ido de la lengua.
—Te mataré yo si no me lo cuentas.
—Joder, Saku. Ella lo está pasando mal. Ha intentado dejarle cientos de veces pero no sé qué tiene ese tío que una y otra vez consigue que vuelva con él.
—Pensaba que Temari era más lista —murmuró Sakura furiosa. Si en ese momento hubiera tenido delante al idiota de Shikamaru, habría sido ella quien le habría retorcido lo que tenía entre las piernas.
—Lo es —la defendió Deidara—. Pero ese tío, con su palabrería y su sonrisa de pasta dentífrica, sabe cómo manejarla. Entre tú y yo: Temari necesita alejarse de ese gilipollas antes de que le arruine la vida. Y Saku, tú puedes hacerlo. Llévatela a Escocia. Ese imbécil no podrá localizarla allí. Será cómo una bocanada de aire fresco para en su vida. Temari lo necesita.
En ese momento se abrió la puerta de la calle. Era Tsunade.
—No la he visto —dijo con preocupación, tocando la cabeza de Óscar—. Esta muchacha me preocupa mucho. Ese Shikamaru no es buena compañía. No me gusta.
—Tsuna, le he contado a Saku la verdad sobre ese tipo.
—Mamá, ¿por qué no me lo habíais contado?
—Temari no quería —declaró su madre sentándose junto a ella—. Decía que bastantes problemas tenías tú como para cargarte con alguno más.
—Vaya una tonta —murmuró Sakura. Adoraba a su hermana, aunque la sacara de sus casillas.
La puerta se abrió por segunda vez. Era Temari, y Óscar se lanzó a lamerle la cara.
—Bueno —dijo indecisa mirando la cara de aquellos tres—. Os pido perdón por irme de esa manera pero es que...
—Temari —la interrumpió Sakura sorprendiéndolos a todos—. ¿Aún te apetece acompañarme a Escocia?
