Capítulo 35: Sangre

La barrera alrededor de la arena se alzó con un estallido de poder demoníaco y tanto Kagome como Inari regresaron hasta las gradas reales. Shippo y Lin se les habían adelantado.

Para cuando Kagome tomó su lugar, Jaken ya estaba en el medio de un discurso acerca de lo Grandiosos y Terribles que eran los hijos del gran General Perro y señaló la apertura del combate.

—¡El primero en derramar sangre de su enemigo será declarado el ganador!— chilló antes de salir corriendo para ponerse a salvo.

Kagome se imaginó que los hermanos se lanzarían en una ráfaga de movimiento, pero en cambio solo se observaron estáticos y en silencio. Inuyasha desenvainó a Colmillo de Acero y se transformó con un destello de luz, luego todo volvió a quedar en silencio.

Sesshomaru, como siempre, fue más paciente que Inuyasha.

El hanyou se lanzó hacia adelante con un grito de batalla gutural. Kagome contuvo el aliento ya con deseos de que todo se acabara. Sabía que no había nada serio en juego… solo un beso y una herida, eso era todo. Y, sin embargo, ver a los hermanos cruzar espadas (en sentido figurado al menos, Sesshomaru todavía no había desenvainado su espada) era tan desesperante como siempre había sido.

Sesshomaru todavía seguía parado en el centro de la arena con mucha calma mientras Inuyasha arremetía contra él. Kagome mantuvo los labios fuertemente apretados para evitar gritarle que se moviera, frente a sus ojos destelló un recuerdo de flechas cargadas con magia sagrada.

En el último segundo posible, Sesshomaru se giró para apartarse e Inuyasha pasó de él con la fuerza del impulso de su ataque. Sesshomaru levantó el brazo e hizo un movimiento familiar con la muñeca. Kagome observó cómo se materializaba un látigo de poder demoníaco que partía el aire con un estallido violento.

Inuyasha saltó para alejarse y ambos comenzaron la lucha precipitándose alrededor de la arena en un remolino de fuerza bestial. Inuyasha cargaba hacia Sesshomaru con poderosos ataques de Colmillo de Acero y solo se alejaba del látigo de Sesshomaru. Parecía que ninguno tenía la ventaja mientras que Sesshomaru insistiera en no desenvainar a Bakusaiga ni utilizar sus habilidades más poderosas, e Inuyasha evitaba utilizar las técnicas más fuertes de Colmillo de Acero. Pero era obvio que ambos se contenían ya que en caso de que desplegaran todo su poder en la arena, la barrera no sería capaz de contenerlos.

Sin avisar, Inuyasha cambió de dirección y se dirigió hacia el último ataque del látigo de Sesshomaru en vez de alejarse de él. La expresión de Sesshomaru no cambió, pero Kagome estaba segura de que se encontraba sorprendido por ese movimiento temerario. Kagome dejó escapar una risa nerviosa, Inuyasha era el más apto para encontrar la única forma de sorprender a Sesshomaru con la guardia baja: hacer algo que no tiene ni el más mínimo sentido.

Mientras ella observaba, Inuyasha permitió que el látigo lo golpeara para sujetarlo con rapidez, a pesar del dolor que debía causarle, mientras que se aproximaba con pasos rápidos y al mismo tiempo enredaba el extremo del látigo en su antebrazo. Le dio un fuerte tirón utilizando el látigo de Sesshomaru contra sí mismo.

En vez de luchar contra el fuerte tirón de Inuyasha, Sesshomaru saltó y utilizó esa fuerza agregada para impulsarse en el aire y una vez que se encontró justo sobre Inuyasha, disolvió el látigo y se lanzó hacia él con las garras contraídas.

Para cuando Sesshomaru aterrizó, Inuyasha se encontraba al otro lado de la arena.

Inuyasha se ha vuelto muy rápido, pensó Kagome. Si todavía fuera humana no podría ver ninguno de sus movimientos.

Se percató de que estaba conteniendo el aliento y descubrió que no era la única. Toda la tribuna estaba sumida en un silencio escalofriante, cada alma presente estaba sumida en la batalla que se desplegaba frente a ellos. Kagome lanzó una mirada rápida a la realeza que se encontraba sentada en las gradas reales junto a ella.

Okuri y Kouga estaban eufóricos y sus ojos seguían los rápidos movimientos de Inuyasha y Sesshomaru. Kiyohime y Myobu tenían la misma expresión de que parecían estar calculando la situación. El rostro de Yukiko permanecía oculto bajo su abanico.

E Inari parecía estar asustada a un punto que pasaba lo normal.

Tal vez ella, al igual que Kagome, le costaba recordar que la pelea acabaría con el primer derramamiento de sangre.

Los youkai presentes ahogaron un grito y Kagome volvió la vista a la batalla justo a tiempo para ver el látigo de poder demoníaco de Sesshomaru envolviendo la hoja de Colmillo de Acero. Allí donde ambos poderes chocaban, destellaban unos peligrosos halos de energía con un sonido parecido a un trueno. Un viento sobrenatural comenzó a levantarse mientras ambos combatientes se afirmaban al suelo. Sesshomaru tiró e Inuyasha se tambaleó hacia adelante todavía aferrando a Colmillo de Acero con fuerza.

Luego Sesshomaru movió la muñeca con brusquedad y su látigo brilló todavía más. Una ola de poder viajó por el látigo con una ondulación peligrosa y bajó por la hoja de Colmillo de Acero.

Inuyasha lanzó una mitad gruñido, mitad grito, y comenzó a salirle humo de las manos. Liberó la empuñadura de Colmillo de Acerco mientras maldecía en voz alta que "el bastardo" no se hubiera atrevido a hacer eso si Inuyasha hubiera tenido permitido utilizar a Colmillo de Acero con todo su potencial.

Sesshomaru movió el brazo en un rápido pero grácil ademán y su látigo levantó a Colmillo de Acero alejándolo de Inuyasha, luego volvió a lanzar el látigo hacia adelante con un sonido estremecedor y la espada comenzó a girar desde la punta.

—¡No!— gritó Inari poniéndose de pie un segundo antes de que sucediera.

Colmillo de Acero pasó por sobre Inuyasha cortándole el hombro, la punta quedó clavada en el suelo de la arena y la espada volvió a su estado normal.

La batalla había acabado. Inuyasha había perdido al ser cortado por su propia espada.

El hanyou frunció el entrecejo al mirarse la herida, envainó a Colmillo de Acero entre quejas mientras Sesshomaru se acercaba a él.

—¡Sesshomaru-sama es el ganador!— chilló Jaken rompiendo el silencio que había inundado la arena desde que comenzó la batalla.

Las voces de la multitud se unieron en un sonido de cacofonía.

Luego Inuyasha se tambaleó, estiró una mano sin poder ver y sujetó el brazo de Sesshomaru. Kagome vio que los labios del hanyou formaron el nombre de ella justo antes de que se le pusieran los ojos en blanco y comenzara a convulsionar cayendo a los pies de Sesshomaru. Le empezó a salir una espuma ensangrentada de las comisuras de la boca.

"El Perro del Oeste debe pagar". Asumí que estaban hablando de Sesshomaru ¿¡Cómo pude ser tan estúpida!?"

Le había advertido al hermano equivocado.

Manada, manada, hermano, dolor, venganza, peligro, ayuda, manada, hermano.

El estómago de Kagome le dio un vuelco, no se percató de que se estaba moviendo hasta que se vio abriéndose paso entre un contingente de Guerreros del Oeste. Parecía como si hacía apenas un segundo estaba sentada en las gradas reales y al siguiente se encontraba arrodillada justo a Inuyasha observando los ojos llenos de angustia de Inari que le devolvían la mirada.

—Inari, lleva a mi nieta y a su compañero a la sala de juegos— dijo la voz fría e imperiosa de Yukiko. Kagome nunca se había sentido tan agradecida por la presencia de la mujer perro.

Inari dudó, pero el aura demoníaca de Yukiko comenzó a arremolinarse justo por debajo de las barreras de amabilidad que solía mantener para no agobiar a aquellos que la rodeaban. Se trataba de un huracán, un tsunami en la distancia que prometía ser devastador si llegaba a la costa.

Inari se desprendió de Inuyasha y fue a buscar a las crías.

Kagome finalmente descubrió que podía utilizar su propia voz y se encontró mirando a Takeshi, uno de los guerreros de Sesshomaru.

—Ve con Inari-sama y mis crías, no los dejes solos. No permitas que algo les suceda a mis niños.

Takeshi hizo una reverencia.

—Si, Kagome-hime.

Kagome volvió la atención hacia Inuyasha que tenía los músculos tensos, contraídos, y su rostro era una máscara de agonía. Ahora se encontraba tan tieso cuando momentos antes estaba lleno de vida.

—¿Qué esperas, hijo mío? – preguntó Yukiko a Sesshomaru— Agarra a tu hermano y retirémonos a un lugar privado.

Sesshomaru levantó a Inuyasha con facilidad y lo colocó sobre un hombro de una forma que le recordó a Kagome a un bombero.

Juntos, se dirigieron hacia los cuartos privados tomando un atajo por los jardines y saltando al balcón de Sesshomaru. Los invitados del festival quedaron en caos, pero Kagome no pudo encontrar forma en la que tal cosa le importara. Seguramente uno de los demás lores tomaría el control del palacio durante el resto del día hasta que Sesshomaru pudiera regresar.

Inuyasha murió antes de que Sesshomaru pudiera recostarlo en la cama.

Kagome no lo sabía al principio, no hasta que se acercó a Inuyasha y vio que no estaba respirando.

¡Hermano! Dolor, dolor, hermano, manada, dolordolordolordolor.

Alguien gimoteaba y los lamentos llenaban la habitación, lo que resultaba muy molesto. Kagome deseo que se detuviera.

No fue hasta que Yukiko la abofeteó que Kagome se percató de que ella era quien lloraba.

Hubo un gruñido que le caló los huesos y de repente Sesshomaru se encontró entre Kagome y Yukiko, el rostro del youkai se encontraba frente a ella y su voz llegó a su mente. Le pasó los dedos por la adolorida mejilla.

Parecía tan estúpido, un desperdicio, que luego de haber pasado tanto tiempo buscando los fragmentos de la perla, de la batalla contra Naraku, que ahora, aquí, esta fuera la forma en la que Inuyasha moriría.

—Vulpina, debes crear un hechizo de silencio.

La voz de Sesshomaru había llegado a Kagome cuando ella era poco más que un animal, la había tocado en algún lugar muy en el fondo y había llegado a un lugar muy lejos como para sacarla de las riendas de sus poderosos instintos, para sacarla del poder de la rabia que no sabía que era capaz de contener. Ahora volvía a hacer lo mismo, sacándola del dolor.

Con manos temblorosas, Kagome se sacó una hoja del cinturón y comenzó a formar un tótem de hechizo.

Sesshomaru.

¡Sesshomaru! Su mente se ilumino ¡Colmillo Sagrado!

—¡Sesshomaru, Colmillo Sagrado!— Kagome repitió el pensamiento en voz alta ni bien completó el hechizo de silencio.

Él asintió y agarró la espada. Por lo general Sesshomaru no llevaba sus espadas o su armadura consigo cuando estaba en el palacio. Tenían suerte de que se encontrara vestido de gala por la batalla de exhibición.

—No— dijo Yukiko.

Kagome se giró hacia Yukiko con un gruñido encolerizado, con las garras contraídas y las colas arremolinándose tras ella. No le importara que fuera un suicidio atacar a esa mujer más poderosa que ella, ni siquiera lo consideraba. No iba a permitir que Yukiko les impidiera salvar a Inuyasha.

Proteger, hermano, manada, hermano, hermano, peligro.

Pero antes de que pudiera lanzarse hacia ella desde la cama, Sesshomaru le posó una mano sobre el brazo para detenerla, él tenía los ojos fijos en el rostro de su madre.

Yukiko levantó una ceja.

—Lo haré yo— dijo tocando la hilera de joyas que llevaba alrededor del cuello.

Kagome recordó la historia que Yukiko le había contado sobre la Piedra Meido.

Yukiko se quitó el collar y con gentileza, casi con cariño, lo colocó alrededor del cuello de Inuyasha. Las gemas comenzaron a tintinear contra las cuentas del rosario disfuncional de Inuyasha.

Y luego, la piedra Meido comenzó a brillar.

El efecto no fue inmediato. Primero los músculos de Inuyasha se relajaron y sus extremidades regresaron a una postura más natural. Luego se desvaneció todo rastro del daño, incluso la espuma que le quedaba en los labios. Le regresó el color a las mejillas haciendo más notoria la palidez que había adoptado. Al final, comenzó a respirar nuevamente pasando de la muerte a un sueño profundo.

—Despertará pronto— anunció Sesshomaru— como pasó con Lin.

Yukiko asintió.

—Con esto rindo honor a la memoria de Inu no Taisho.

—Lo amabas— soltó Kaome, no sabía por qué estaba tan sorprendida.

La expresión de Yukiko no cambió.

—No lo suficiente, no a tiempo.

—Siempre hay tiempo— dijo Kagome alejándose de la cama y se puso de rodillas para inclinarse ante la youkai que le había salvado la vida a su mejor amigo.

Yukiko no hizo nada por un largo instante. Luego levantó la barbilla de Kagome con la punta del abanico. Una peligrosa cuchilla de acero se encontraba muy cerca de la yugular de Kagome. Ambas se miraron a los ojos y parecía como si Yukiko estuviera mirando directo al alma de Kagome.

—Ponte de pie— dijo Yukiko—, no debes postrarte ante mí, Kagome-sama.

CONTINUARÁ

Ha sido uno de los capítulos más emocionantes que he traducido hasta el momento. En el próximo capítulo sabrán quienes son los culpables de todo esto.

¡Gracias infinitas por el apoyo!

¡Sigan cuidándose!

Starebelle