Capítulo 5
El avión de Iberia rumbo a Edimburgo despegó con puntualidad a las ocho y veinte horas. Sentada en su cómodo butacón, Sakura maldecía el momento de debilidad que tuvo con su hermana. Desde que subió en el avión y vio que se sentaban en Business Class, no había parado de protestar.
—¡Qué clasismo, por Dios! Y eso que es un viaje de menos de tres horas —se quejó Temari.
—Azafata —llamó Sakura. Necesitaba tomar algo. No podía con Temari—. Tráigame un zumo o una Coca-Cola Zero.
—Si no le importa esperar un momentito —sonrió la azafata con amabilidad—. Enseguida comenzaremos a servir las bebidas.
—Sí. Me importa esperar —ladró Sakura ante el asombro de su hermana—. Tráigame la bebida. ¡Ya!
La azafata sin decir más, se dio la vuelta, y con tranquilidad se alejó hacía la cabina.
—Saku, ¡qué horror! —se quejó Temari—. La pobre sólo te ha dicho que esperaras un segundito.
—Pago Business Class para no tener que esperar.
Dos minutos después, la azafata apareció con dos zumos de naranja y unos panchitos. Con una falsa sonrisa, se los entregó y se alejó.
—Podías haberle dado las gracias.
—¿Por qué? —soltó sin dejar de mirar el periódico—. Sólo ha cumplido con su trabajo.
El resto del viaje Sakura estuvo distraída con unos papeles. Necesitaba tener claro todo lo referente al contrato antes de la reunión que milagrosamente había concertado con el conde. Temari, aburrida, se levantó y al ir hacia el servicio vio en clase turista a Lee y Karui, los veterinarios que colaboraban como ella en algunas perreras. Éstos, al verla, le hicieron que se sentara en el asiento libre que había junto a ellos. Temari solo volvió junto a su hermana cuando el avión estaba a punto de aterrizar.
Una vez recogidas las maletas y cargadas en la limusina por el chófer, Sakura, con gesto serio, observó cómo Temari continuaba hablando con sus amigos. Quería marcharse del aeropuerto, pero su hermana parecía no tener prisa y seguía hablando con aquellos mochileros.
—¿De verdad era esto antes un aeropuerto militar?
—Sí —respondió Karui, quién resultó tener familia escocesa—. Mis abuelos aún le llaman el aeródromo de Turnhouse. Por cierto, ¿hasta cuándo estaréis aquí?
—No lo sé —respondió Temari—. Todo depende de cómo se le dé a mi hermana en su curro.
—Nosotros todos los años llegamos el diecisiete de octubre —indicó Lee— y regresamos a España tras pasar la noche de brujas.
—Mañana es San Lucas, el santo de mi abuelo —sonrió Karui—. Aunque también podéis oír que lo llaman «el día de las tortas agrias».
—¿Por qué? —sonrió divertida Temari.
—Porque por lo visto las tortas que se comían eran con crema agria en Rutherglen —añadió Lee—. Ya sabéis, cosas de escoceses.
—Si estáis aquí para la noche de brujas, llamadnos —señaló Karui, apuntando su teléfono en un trozo de papel—. Es una noche muy divertida.
—Disculpadme —intervino Sakura, dejando de manifiesto su incomodidad—. Tengo prisa. El coche está esperando.
La diferencia en la indumentaria que había entre ella y los otros tres era abismal. Mientras que ella iba vestida con un traje de chaqueta oscuro Chanel, un abrigo largo de cuero de Yves Saint-Laurent, gafas Prada, botines de Moschino y un moño alto. Los otros iban con vaqueros, cazadoras tipo bomber y mochila.
—¿Para qué zona vais? —preguntó Temari, ganándose una mirada hosca de su hermana que no pasó desapercibida para Lee.
—Hacía Holyrood Park. ¿Y vosotras?
—Creo que al Hotel Glasshouse.
—The Glasshouse Boutique Hotel —silbó Karui impresionada—. ¡Vaya! Qué lujazo. Ese hotel es una pasada. Está en la Place Greenside.
—¿Lo conoces? —se interesó Temari.
—Sí. Está cerca de la casa de mis abuelos.
—Oye —invitó alegremente Temari—, veniros con nosotras. Os acercaremos.
—No es posible. Tengo prisa y no podemos andar parando —soltó Sakura, dejando a su hermana con la boca abierta. ¿Cómo podía ser tan borde?
—No te preocupes —contestó Lee mirando al chófer que con la puerta abierta esperaba. Y agarrando las mochilas dijo—: Cogeremos el autobús. Hasta pronto Temari.
Sin más, Temari vio cómo aquellos amigos se marchaban. No era justo. Su hermana no era justa.
—¿Sabes que eres una tía muy desagradable?
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —respondió Sakura metiéndose en el cochazo.
—Te lo narro —contestó Temari enfadada.
Una vez arrancó el chófer, comenzaron a discutir, y así continuaban cuando el coche paró ante el Hotel Glasshouse.
Temari, con ganas de ahogar a su hermana, bajó tras ella. ¡Era insoportable! Pero se quedó sin palabras al ver la fachada del hotel.
El Hotel Glasshouse, era la antigua iglesia Lady Glenorchy y contaba con ciento cincuenta años de antigüedad. Su dueño había sabido combinar con elegancia, la fachada antigua de la iglesia con una moderna estructura de acero y cristal, consiguiendo una elegante y depurada fachada contemporánea, donde se fusionaban el pasado y futuro de aquel lugar.
—Es impresionante ¿verdad? —preguntó Sakura al ver la cara de su hermana.
—Sí, ¡flipante! —asintió, mientras sentía la lluvia en la cara.
—Vayamos dentro —dijo Sakura comenzando a andar mientras el chófer, aún mareado por el viaje que le habían dado, abría la portezuela trasera. El botones cargaría las maletas—. Esta odiosa lluvia escocesa me va a estropear los botines.
—¡Dios mío! —susurró Temari, parándose para clavar su mirada en un tipo que reía a mandíbula abierta por lo que otro le estaba contando—. Y luego dicen que los monumentos no andan.
—¿Qué dices?
—El pelinegro de pelo corto —susurró recorriendo sin ningún pudor el cuerpo de aquel hombre algo desaliñado—. Imagínatelo vestido con una faldita de highlander sobre un caballo negro. ¡Madre del amor hermoso!
—Pero, ¿de qué hablas? —preguntó Sakura mirando a dos hombres enormes que a pesar del frío, caminaban en polos de manga corta con la insignia del hotel—. ¿Esos horteras? Tema..., menuda vulgaridad. Son obreros. Mira sus pintas.
—De verdad, hija mía —dijo despertando de su sueño escocés—. Cualquiera que te escuche pensaría que desciendes de los Borbones. Cuando eres una Haruno Senju. Descendiente de simples pero honrados obreros. No de príncipes.
—Perdona que te diga, bonita —replicó Sakura, preocupada por sus botines—. Pero el que sea descendiente de obreros no significa que tenga que fijarme sólo en ellos. Además, esos dos son horrorosos. ¡Qué pintas!
—Tienes el gusto de un calamar adobao, hija mía —y señalando de nuevo a los hombres que ahora las miraban, dijo tras pestañear al de pelo corto—. Pero ¿tú has visto que dos monumentos?
Con mal gesto Sakura les volvió a mirar, chocando sus ojos con el más alto de pelo un poco más largo y desordenado quien, con descaro, también la miró mientras seguía riendo por algo divertidísimo que debía estar contando el otro.
—¡Paletos! —susurró al sentirse objeto de sus risas.
En ese momento el botones del hotel, por la prisa de atenderlas, pisó en falso, resbaló y cayó de bruces ante ellas, quedando inmóvil bajo la lluvia.
Con celeridad, el chófer y Temari acudieron a auxiliarle, mientras Sakura corría para resguardarse de la lluvia. Segundos después, varios trabajadores del hotel se hicieron cargo del muchacho, quien parecía recuperar la conciencia.
—Pobrecillo —musitó Temari empapada—. Menudo castañazo se ha dado. Le van a tener que dar puntos en la frente.
—Por mí como si le cosen todo el cuerpo —contestó de mal humor, y mirando a la muchacha de recepción gritó en perfecto inglés—. ¡Recepcionista! Haga el favor de decirle a alguno de sus compañeros que salga a por nuestro equipaje. Sigue bajo la lluvia.
—Un segundo, señora —señaló la muchacha mientras atendía a otros clientes—. En cuanto regresen saldrán a recogerlo.
—¿Por qué esperar? —insistió dejando a Temari boquiabierta—. ¿Acaso usted no puede salir? Mi maleta es de Versace y como se estropee voy a pedir daños y perjuicios al hotel.
—Lo siento, señora —repitió la muchacha—. No puedo abandonar la recepción en este momento. Discúlpeme.
—Saku, no te pongas así —murmuró Temari avergonzada—. Iré yo a por ellas.
—¡No se te ocurra moverte de aquí! —gruñó su hermana con severidad.
—¿Qué ocurre, Cindy? —dijo una voz profunda tras ellas.
—La señora —respondió la recepcionista asustada—. Quiere que alguien recoja su equipaje pero no hay nadie disponible en este momento.
El que había preguntado con un aterciopelado acento escocés era el mismo hombre que segundos antes había conectado con su mirada. Aquel hombretón que junto al otro reía a carcajadas. Ambos estaban ahora allí.
—Pandilla de ineptos —gruñó Sakura, y al ver en sus polos el logotipo del hotel dijo—. Ustedes son del hotel ¿verdad?
—Puede decirse que sí —respondió el de pelo corto guiñando un ojo a Temari que la sonrojó.
—Sí. Somos gente del hotel —asintió el más alto mesándose el mojado pelo hacia atrás. Mientras con curiosidad observaba a aquella pelirosa con cara de enfado.
—Hagan el favor de salir a recoger nuestro equipaje. ¡Ahora mismo! Si no quieren meterse en graves problemas —ordenó Sakura con la vena del cuello a punto de explotar.
Los hombres, tras escucharla, se miraron y dejándola pasmada se echaron a reír. «Serán descarados», pensó mientras la recepcionista pasaba por todos los colores del arco iris.
—Señora. Discúlpenos —contestó el más alto, quién parecía tener prisa—. Estamos de vacaciones y nuestra jornada laboral no comienza hasta el lunes.
—¡Esto es increíble! —vociferó Sakura cada vez más enfadada. Y mirando a la recepcionista exigió—. Llame ahora mismo al director del hotel. ¡Quiero hablar con él!
—Señora él...
—Tranquila, Cindy preciosa —volvió a decir el alto con tranquilidad a una asustada muchacha—. No hace falta que le avises. Saldré yo mismo por las maletas de esta clienta tan amable.
Volviéndose hacia su amigo dijo algo en gaélico que Sakura no pudo entender. Aunque entendió la cara de guasa de aquél.
«¡Estúpidos!», se dijo.
—Por la cuenta que le trae —espetó Sakura con rabia, retirándose un mechón de la cara—. Espero que salga por mi maleta de Versace. ¡Ya! Si no quiere estar mañana en el paro.
—Saku —regañó Temari en español al escucharla—. Te estás pasando tres pueblos.
—Mire señora... —comenzó a decir el del pelo corto.
—¡Señorita! —corrigió con altivez.
—De acuerdo —asintió con paciencia—. Le iba a decir, señorita, que nosotros se la recogeremos encantados, aunque...
—¿Me está usted diciendo, señorita —le interrumpió el más alto, clavando su negra mirada en ella—, que me va a mandar al paro por no recoger su maleta, cuando ni siquiera estoy en mi horario de trabajo?
—Soy amiga íntima del conde Fugaku Uchiha —mintió, acercándose intimidatoriamente a aquél con las manos en las caderas. Y clavando sus rasgados ojos verdes en aquéllos que la retaban sentenció—: Le puedo asegurar ¡estúpido! que en el momento que cuente lo ocurrido, usted y su amiguito saldrán de aquí en menos que canta un gallo.
—Óbito —dijo aquel hombre volviéndose hacia su compañero—. Será mejor que salgas a por la maleta de la señorita, si no queremos meternos en problemas.
—De acuerdo —asintió su compañero, pero cuando parecía que iba a salir, dándose la vuelta dijo—. Pero, ¿por qué no me acompañas tú?
—Estoy empapado, tío —se excusó el alto dejando boquiabierta a Sakura.
—Yo también —contestó el otro, que intentó no reír al ver la cara de diversión de Temari—. Y sabes que me resfrío con facilidad.
—Es verdad —asintió Sasuke rascándose la cabeza—. Pero la maleta de la señorita es de Versace.
—¿Y la otra? —preguntó con guasa el otro gigante, mientras salían.
—La otra es del mercadillo de mi barrio —respondió Temari ganándose una nueva mirada de su hermana.
Aquellos dos eran muy graciosos. ¿Por qué no lo veía Sakura?
—¡Estos tíos son anormales! —susurró Sakura a punto de estallar.
—Tranquila, Saku —y señalándole el cuello dijo—. La vena te va a explotar.
Incrédula por lo que ocurría, Sakura les observó salir, Momento en que el móvil le vibró.
Era Nagato.
¡El que faltaba!
Maldiciendo, cortó la llamada, mientras aquellos estúpidos escoceses con una pasmosidad que le corroía las entrañas, llegaban hasta el equipaje y bajo el aguacero, parecían pelearse. Ambos querían llevar la pequeña mochila de Temari, no el maletón de Versace.
—No te enfades Saku, pero si son muy cómicos.
—¡Son gilipollas profundos! —bufó cortando de nuevo otra llamada de Nagato. Momento en que aquellos idiotas entraban como recién salidos de la ducha.
—Su mochila —indicó con gesto amable Óbito a Temari.
—Gracias —respondió ésta con una sonrisa.
—Aquí tiene, señorita. Su maleta de Versace —dijo el alto, soltándola ante Sakura, y mirando a la recepcionista pregunto en un tono cariñoso—. Cindy preciosa. ¿Las señoritas han hecho ya el check-in?
—No, todavía no.
—Por favor —indicó Sasuke cómicamente, casi con reverencia—. Serían tan amables de verificar su reserva.
—Por supuesto —siseó Sakura, y dando un manotazo que tiró hacia atrás a Sasuke, le gritó—. Tú debes de ser el bufón del hotel ¿verdad?
—Acertada apreciación señorita —espetó Sasuke mirándola con desprecio. «¡Qué mujer más desagradable!», pensó barriéndola con la mirada.
—¡Quítate de en medio ¡estúpido! —bufó harta de escucharle decir señorita de aquella forma—. Mañana estarás despedido.
Temari, al escuchar aquello, no pudo callar. ¿Pero no se daba cuenta su hermana que aquel comportamiento lo estaba provocando ella? Decidida a decirle algo, le habló en español, así ellos no la entenderían.
—Pero Saku, ¿cómo que mañana estará despedido? No puedes hacer eso. La gente necesita trabajar para comer. ¿No te das cuenta de cómo tratas a todo el mundo? Este hombre sólo te está respondiendo en los mismos términos que tú le hablas. Incluso con más educación. De momento no te ha insultado. Tú a él, sí.
—Cuando dices «hombre», ¿te refieres a esto? —indicó señalando a Sasuke, quién estaba calado hasta los huesos—. ¿Sabes Temari? Para decir esas chorradas, mejor mantén la boca cerrada, o te puedo asegurar que al final terminaremos discutiendo tú y yo.
—Eres una amargada y una auténtica bruja. Te encanta pisotear a la gente por el simple hecho de creerte más que nadie. Cuando no eres más que una... una...
—Como te diga yo lo que tú eres —dijo Sakura sonriendo con maldad—. La vamos a tener.
—¡Uyyy! ¡Qué miedo! —y sacando su chulería de barrio la desafió—. Si tienes narices. ¡Dímelo!
Incrédulos, Óbito, Sasuke y Cindy las observaban.
¿Qué había pasado?
¿Por qué discutían entre ellas?
Temari, hastiada por los modales de su hermana, explotó, y salieron por su boca sapos y culebras. ¿Acaso aquella pija se creía la reina del mundo?
Para Sakura, el día iba de mal en peor. La tensión del viaje. Las continuas llamadas de Nagato. Las quejas de su hermana y el teatro de aquellos cromañones habían acabado con su inexistente paciencia.
—¿Pero qué les ocurre a estas mujeres? —preguntó Óbito acercándose a Sasuke.
—No lo sé —respondió con curiosidad, sin entender ni comprender nada—. Pero por su manera de mover las manos parecen italianas o españolas.
—La del pelo más rubio —indicó Óbito, viendo a Temari levantar los brazos hacia el cielo—. Parece amable y desde luego es valiente para enfrentarse a la otra. Pero la pelirosa, ufff, la pelirosa...
—La pelirosa es insoportable —dijo con desprecio Sasuke, viendo a Sakura mover las manos como una histérica ante Temari—. Es la mujer más maleducada, prepotente y estúpida con la que me he cruzado en mi vida. Alimañas como ésa son las que te sacan hasta la sangre y te dejan sin nada.
De pronto tras un grito de Sakura, Temari calló. Durante unos segundos se retaron con la mirada, hasta que Temari, muy enfadada, se agachó, cogió su mochila y salió del hotel sin mirar atrás.
Sakura, al comprobar el arranque de su hermana y verla parada bajo la lluvia, fue hacia ella e intentó hacerla recapacitar. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué siempre se comportaba así con las personas que la querían?
—Temari, espera.
—Vete a la mierda —contestó bajo la lluvia—. Te recuerdo que tus botines Moschino se están mojando.
—Temari, por favor.
—Eres la persona... —escupió con rabia volviéndose hacía ella—. La persona más insensible, egoísta y estúpida que he conocido en mi vida. Nunca. Repito: ¡Nunca!, sería capaz de decirte las cosas tan dolorosas que tú me dices. Y puedo. ¡Tú lo sabes! Pero no tengo tu maldad ni tu verborrea para dañar. ¿Acaso crees que la vida es fácil para mí, estúpida insensible?, ¿acaso crees que ser la hermana perdedora de Sakura Haruno Senju es fácil? —y comenzando a llorar mientras las gotas de lluvia le corrían por la cara dijo—: Tienes razón. ¡Maldita sea! Tú, mamá y Deidara tenéis razón. Soy la jodida amante de Shikamaru. Una mujer que vive de la mentira y que recoge las migajas que ese innombrable le da. ¿Acaso crees que eso me hace feliz?
—No. No te hace feliz —respondió Sakura sintiéndose la peor hermana del mundo. ¿Cómo le había podido decir aquello?
—Le quiero y le odio —sollozó Temari sintiendo que el corazón se le partía—. Y aunque no me creas, he intentado cientos de veces romper con él. Pero yo... yo...
No pudo proseguir, el llanto le invadió su cuerpo, y al ver los brazos abiertos de su hermana no lo dudó, y corrió a cobijarse en ellos.
—Chis, no llores —suplicó Sakura dolorida—. Por favor, perdóname.
—Sabes que estás perdonada. Pero odio tu insensibilidad y tu egoísmo. En el mundo, además de ti, existen millones de personas que luchan por salir adelante sin tener la suerte profesional que has tenido tú.
—Lo sé. Tienes razón. Sólo puedo prometer que intentaré cambiar —e intentando hacerla sonreír añadió—. Y ese mequetrefe de Shikamaru no volverá a hacerte sufrir o te juro que seré yo quien le retuerza eso que tanto mima de su hombría.
—Se llama «polla», Saku —sonrió al notar cómo el agua resbalaba por su cara—. Hasta para decir algo así buscas palabras complicadas. ¡Di «Polla»!
—¿Para qué lo voy a decir si ya sabes a qué me refiero?
—Porque necesito escuchar a mi hermana. A esa Saku que llamaba a las cosas por su nombre. No a la Sakura exigente que usa y bebe palabras light.
—Vale... vale —y mirando a su hermana, sin importarle los botines dijo torciendo un poco la boca—. Te prometo Temari que si el pedazo de cabrón de Shikamaru vuelve a molestarte, le voy a retorcer la polla de tal manera, que ni su puta madre lo va a reconocer cuando acabe con él.
—Ésa es mi Saku —se carcajeó Temari haciendo reír a su hermana—. ¡Sí, sí!¡Ésa es mi Saku!
Como testigos de excepción, Óbito y Sasuke las observaban a través de los cristales. Aquellas dos locas que minutos antes se chillaban, ahora estaban muertas de risa bajo un aguacero, que casi les impedía respirar.
—Entremos Saku —murmuró Temari al ver que las observaban un par de curiosos—. Tengo caladas hasta las bragas. Por hoy ya hemos hecho bastante el ridículo.
—Tienes razón —y mirando hacia el hotel comentó—. Sólo espero que el bufón se quede calladito o le tendré que retorcer la... ¡polla!
Aquello volvió a hacerlas reír, y con paso seguro entraron empapadas hasta la recepción parándose frente a Cindy, quien con cara de susto las miró.
—Tengo una reserva a nombre de Sakura Haruno Senju.
—Así es —asintió la muchacha, a quién le temblaba el pulso—. Por favor, rellene este papel —indicó dándole una pequeña carpeta, desapareciendo dentro de un despachito.
—¿Es sensación mía, o esta mujer nos huye? —dijo Sakura.
—No me extraña —sonrió Temari temblando de frío—. Con la que hemos montado. El día que nos vayamos del hotel hacen Fiesta Nacional.
Tras sonreír por aquel comentario, sin querer mirar hacia atrás, Sakura se volvió a retirar el pelo de la cara. Sentía los ojos del bufón observándola a una distancia prudencial. Algo que agradeció. No le apetecía discutir. Y no quería pensar en su pinta. ¡Menos mal que el maquillaje era resistente al agua!
Cuando fue a coger el bolígrafo para rellenar los papeles, no podía. Tenía tanto frío y estaba tan mojada que era incapaz de retener el bolígrafo más de dos segundos en la mano. Por el rabillo del ojo miró a Temari. Pensó en pedirle ayuda, pero al ver cómo temblaba, se dio cuenta que estaban en la misma situación.
—Si me permite, yo le puedo ayudarla. —Era el bufón. ¿Por qué tenía que ser él?
Pero tras mirar a su hermana, decidió aceptar aquella oferta, y pasándole el bolígrafo y los papeles empapados, comenzó a rellenarlos con los datos que ella le dictaba.
Sasuke, atraído cómo un imán por aquella espantosa mujer, de pronto, sin saber por qué, se vio ofreciéndole su ayuda. Al ser más alto, pudo observarla sin ser observado. Ella no le miró ni una sola vez. Sólo respondía con voz neutra y cansada. Aquella loca tenía el pelo empapado, enmarañado y pegado a la cara. Y a pesar de parecer un pollito mojado, el encanto que vio en ella le fascinó. No era una mujer despampanante de esas que paraban el tráfico o pasaban por su cama. Era diferente. Su piel le recordaba el color de los melocotones maduros. Su boca, sin llegar a ser voluptuosa, era apetecible, morbosa. Pero su mirada desafiante y sus ojos verdes le atrajeron por su intensidad. Una intensidad que le excitó. Una intensidad que le gustaría probar...
Una vez concluido el formulario, Sasuke lo dejó encima del mostrador y sin decir nada, se alejó con Óbito, que le esperaba hablando con otros trabajadores.
—Le podías haber dado las gracias —susurró Temari temblando.
—No me ha dado tiempo —se disculpó Sakura, y al ver a Cindy salir del despacho susurró —: Por Dios. A ver si nos dan la habitación. Necesitamos cambiarnos de ropa urgentemente.
—Una ducha calentita, ¡por favor!
—Señorita Haruno —comenzó a decir la muchacha—. No sé cómo decirle esto. Pero las normas del hotel impiden el acceso a la habitación hasta las dos de la tarde.
—¡¿Cómo?! —gritaron las dos al unísono.
—La suite que tienen contratada, están acabando de limpiarla —se disculpó la muchacha.
—¿Me está diciendo —vociferó Sakura, notando que la sangre comenzaba de nuevo a bombear con fuerza su vena del cuello—, que tenemos que esperar, empapadas, muertas de frío y congeladas una hora y media?
—¡Joder! —se quejó Temari y mirando alrededor comentó—: ¿Dónde está la cámara oculta?
—Yo lo siento, pero...
—No, no lo sienta —gruñó Sakura—. ¡Arréglelo!
—¿Qué ocurre, Cindy? —preguntó de nuevo la voz de Sasuke. Y por el rabillo del ojo vio a aquellos dos gigantes de nuevo tras ellas. «¡Qué pesados!»
—El que faltaba —protestó Sakura.
—Las normas indican que hasta las dos no pueden entrar en la habitación —señaló la recepcionista.
—¿Acaso no ven que necesitamos cambiarnos de ropa y tomar una ducha caliente? —se quejó Temari.
—Sí, señorita —asintió Óbito—. Tiene toda la razón.
—Podemos ayudarlas —indicó Sasuke apoyado en la recepción.
—¿Cómo? —preguntó Temari ante la pasividad de su hermana.
—Si la señorita española —comenzó a decir Sasuke, consiguiendo que Sakura le mirase—, nos pide disculpas por sus malos modales, sus insultos, y promete no decir nada de lo ocurrido al Conde Uchiha... nosotros podríamos hacer que esa habitación la ocuparan en pocos minutos.
—Semejante osadía... —murmuró Sakura dándole la espalda.
—Saku. Controla la venita. Que te veo venir...
—Esto es lo más surrealista que me ha pasado en la vida. Te lo juro, Temari.
—No lo dudo, hija, no lo dudo —asintió Temari mirando a Sasuke.
—Y ahora este bufón pretende que yo le pida disculpas. Ni hablar.
—Vámonos Óbito —dijo Sasuke dándose la vuelta—. ¡Que se congelen! La señorita prefiere esperar hasta las dos de la tarde.
—¡No! —gritó Temari cogiendo del brazo a Óbito, quien al sentir su mano congelada sobre su piel se compadeció—. Tenemos frío y necesitamos una ducha.
—¡Sasuke, espera! —gritó Óbito comenzando a hablar en gaélico—. Deja de hacerte el duro y haz el favor de permitir que estas mujeres se duchen y cambien de ropa. No seas cabezón. Si luego se resfrían nos sentiremos culpables.
—Esa mala bruja y su mal genio no podrán conmigo. O pide disculpas, o no muevo un dedo por ellas.
—¿Podrían hablar en inglés? —protestó Sakura. Odiaba no enterarse.
—Disculpe —dijo Óbito a la pelirosa—. ¿Se lo ha pensado mejor?
—¡Ja! Antes muerta —contestó Sakura muy digna.
—Mi paciencia no es muy grande —informó Sasuke con voz arrogante—. ¡Mi tiempo es oro, señorita!
—¡Saku, joder! —protestó ahora Temari en español—. Bájate de la burra para que podamos entrar en calor. —Y señalando a los dos hombres que ante ellas esperaban agregó—: ¿No ves que estos dos machomanes sólo necesitan que alimentes sus egos de machitos?
—Odio alimentar la autoestima de machitos como éstos.
—Si no les importa —ahora protestó Sasuke—. ¿Podrían hablar en inglés?
—De acuerdo —asintió Temari, y mirando a Óbito con una sonrisa dijo—: Sólo hemos hecho lo que ustedes. Comunicarnos entre nosotras.
—Lo entiendo —asintió este con sonrisa bobalicona que hizo que Sasuke le diera un empujón para espabilarle.
—Mire señor —comenzó a decirle Temari a Sasuke mientras le castañeaban los dientes—. Mi hermana y yo le pedimos disculpas por todo. Y no se preocupe. No le dirá nada al conde.
—Lo tiene que decir ella —señaló Sasuke taciturno. A cabezón no le ganaba nadie.
—¡Saku, joder! —exclamó Temari—. Me muero de frío.
—De acuerdo —asintió. Lo hacia por su hermana—. Les pido disculpas.
—Tiene que decir por qué —indicó Sasuke enfadado.
—Les pido disculpas por mis insultos y por mi mal carácter.
—Falta algo —intervino de nuevo Sasuke, al ver cómo ésta cerraba los puños. Iba a explotar—. Tiene que prometernos que no dirá nada al conde Uchiha. Necesitamos este trabajo.
—Les prometo que no diré nada al conde —acabó Sakura, mirándole con odio—. ¿Algo más?
—No, señorita española —siseó Sasuke dándose la vuelta—. Nada más. Disfrute de sus vacaciones en Escocia.
Sakura, sin quitarle los ojos de encima, vio cómo aquel cromañón desaparecía por el hall.
—Fíjate cómo anda, parece el dueño del hotel —señaló Sakura.
Pocos segundos después apareció con un muchacho, quien tras saludarlas montó sus maletas en el carrito del hotel.
—Te juro que como se vuelva a dirigir a mí, le arranco la cabeza.
—Tranquila —sonrió Temari—, no creo que le hayan quedado ganas.
A diferencia de la sonrisa bobalicona que Óbito le dirigía a su hermana, Sasuke ni siquiera miró a Sakura cuando pasó por su lado. Aquella indiferencia le molestó. Nadie le había tratado nunca así.
—Señoritas —llamó Cindy a quien el color le había vuelto a las mejillas—. Si son tan amables. El botones las llevara hasta su suite.
—Gracias —sonrió Temari con amabilidad, y tras intercambiar una sonrisa con Óbito, fue tras su hermana.
Sin mirar atrás y con la altivez de una reina, Sakura entró en el ascensor. Era consciente de la mirada que la seguía y del reguero de agua que ambas iban dejando a su paso. ¡Qué situación más bochornosa!
—Creo que nosotros también nos merecemos una buena ducha —se carcajeó Óbito al ver el enfado de su amigo.
—¿Sabes Óbito? A la señorita Versace nadie le ha enseñado eso de: «quien ríe el último, ríe mejor».
Pocos minutos después el ascensor se paró en el tercer piso, donde el botones, tras introducir su equipaje en el interior de una impresionante suite, se marchó.
La reunión con el conde Uchiha estaba programada para las cinco de la tarde. Milagrosamente había concertado aquella cita desde Madrid, y casi saltó de alegría cuando lo consiguió.
Faltaba hora y media hora para la entrevista. Ataviada con un elegante traje color champán de Armani, Sakura revisaba unos documentos mientras Bárbara aún con el mullido albornoz del hotel, sentada en la cama, ojeaba una revista.
—Tras la duchita calentita y el sándwich de pollo tan rico que nos han subido, creo que dormiré una siestecita mientras estás en la reunión.
—Me parece bien. Ojalá yo pudiera hacerlo. Me caigo de sueño.
De pronto unos golpes en la puerta atrajeron su atención.
—¿Has pedido algo al servicio de habitaciones? —preguntó Temari.
—No. Yo no.
Al abrir la puerta, allí estaba el botones que horas antes les había llevado hasta la habitación, quien tras darle una nota se marchó.
—¿Quién la manda? —preguntó con curiosidad Temari.
—¡Maldita sea! —bufó de pronto Sakura tras leer la nota.
—¿Qué pasa ahora?
—El conde anuló la reunión.
—No me digas. ¿Por qué?
—No lo sé, no lo explica —gruñó Sakura arrugando el papel y tirándolo a la papelera—. La emplaza para el lunes. Directamente en el Castillo de Eilean Donan.
—¡Qué emoción! —gritó Temari al escuchar aquel nombre—. Eilean Donan.
—Sí, vamos, ¡emocionantísimo! —se quejó Sakura abriendo su portátil—. Ahora tendré que buscar un chófer que nos lleve hasta allí. Aunque seguro que el hotel dispone de ese servicio.
—¿Para qué necesitamos un chófer? Sería más emocionante alquilar un coche y con un mapa llegar nosotras mismas hasta allí.
—Qué antigua eres —resopló Sakura, y sacó un aparato de la bolsa de su ordenador—. Temari: ¿Conoces los GPS?
—A ver si te crees que vivo en la prehistoria. ¡Pues claro que los conozco! —y quitándoselo de las manos agregó—: ¿Lo ves? ¿Para qué queremos un chófer si has venido con todos tus juguetitos?
—¿Para no perdernos por ejemplo?
—Ahora la antigua eres tú. Yo creía que los GPS servían para no perderse.
—Sí, Temari —y tecleó en su portátil—: Pero prefiero ir mirando el paisaje a conducir.
—Puedo conducir yo. Total, los coches se llevan igual en todos lados. Freno, embrague, acelerador y volante. Nada más.
—¿Tú? —sonrió Sakura señalándola—. No guapa. Quiero llegar sana y salva.
—Mira, pedorra. Si tuvimos aquel golpe tonto —sonrió al recordar el incidente—, fue porque Kiba el bruto te potó encima y ¡tú! al moverte, me empujaste a mí. ¿No te jode? —y viendo que sonreía dijo—: Venga, Saku, anímate. Alquilemos un cochecillo. Será nuestra pequeña aventura. ¿No crees que sería emocionante?
La alegría que vio en su hermana hizo que Sakura se convenciera. Decir no a aquello podía ser motivo de una nueva discusión.
—Temari, ¿de verdad crees que tú y yo podríamos llegar sanas y salvas a Eilean Donan, sin meternos en ningún problema?
—¡Ya te digo! —sonrió al ver cumplido su deseo—. Con la ayuda de este maravilloso GPS y con tiempo por delante ¡nada es imposible!
—De acuerdo, buscaré un coche de alquiler —asintió al tiempo que su hermana la espachurraba en un cariñoso abrazo—. Pero no pienso meterme en un utilitario cualquiera. Tenemos que dar una imagen.
—Hija, qué pija eres, por Dios.
—No se trata de ser pija —aclaró, metiéndose en una página de coches de alquiler de alta gama—. Se trata de dar imagen de empresa.
—Vale. Lo que tú digas —asintió; era inútil llevarle la contraria.
Una hora después Sakura cerraba el portátil. A través de la página del hotel, había contratado un coche. El lunes a las siete la mañana un coche alquilado estaría en la puerta del hotel esperándolas.
—Tenemos un par de días para pasear por Edimburgo —dijo Temari, todavía impresionada por la lujosa suite. Todo era elegante, y caro, algo a lo que ella no estaba acostumbrada—. Qué te parece si mañana sábado nos vamos de tiendas y a visitar el Mary King's Close.
—¿Qué es eso? —preguntó Sakura.
—Una tenebrosa y vieja ciudad, situada bajo el casco antiguo, que siglos atrás, cuando llegó a Edimburgo la peste negra, fue clausurada. Ha estado cerrada hasta que en el año 2003, la abrieron para que la gente pueda recorrer sus callejuelas y sus casas, e imaginar el sufrimiento y dolor que esa pobre gente tuvo que sentir. Incluso dicen que hay fantasmas.
—¿Sabes, mona? —indicó Sakura perpleja por los gustos de su hermana—. Prefiero ir de shopping. Esta noche miramos en mi portátil qué tiendas existen por aquí.
—Seguro que encontraremos algún Zara o un H&M.
—¿Cómo? —susurró Sakura.
—Ah, claro —se guaseó mirando a su hermana—. Olvidaba que tú no te pones nada que no sea exclusivo.
—No lo dudes ¡Barbiloca! —respondió con una sonrisa.
—Vale, me rindo —su hermana no tenía remedio—. Será bonito estar las dos juntas.
—Temari —dijo quitándose los botines de Gucci y el traje de Armani—. Me parece muy bonito todo eso que dices, pero necesito localizar al conde y conseguir ese maldito contrato.
—¿Tan importante es ese contrato?
—Sí. La empresa lo necesita —respondió Sakura tumbándose en la cama.
—¿Y tú qué necesitas?
—Ese contrato —respondió automáticamente.
—Creo que lo que necesitas es divertirte un poco.
—No. Yo lo que necesito es descansar —dijo Sakura acurrucándose en la cama.
—Por una vez, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo contigo —bostezó Temari tumbándose junto a ella.
El madrugón del viaje, el día lluvioso y todo lo acontecido comenzaba a pasarles factura. Por lo que acurrucándose como cuando eran niñas, se taparon con la manta tartán del hotel y se quedaron dormidas.
Pasadas unas horas un sonido seco y repetitivo hizo que Sakura dejara los brazos de Morfeo para volver a la realidad. Su móvil sonaba. Era un número oculto.
—Sakura Haruno Senju al habla. ¿Dígame?
—¡Ya está bien! —gritó Tsunade enfadada. Llevaba horas esperando a que sus hijas la llamaran—. ¿Se puede saber por qué no me habéis llamado?
—¡Ostras, mamá! —asintió moviendo a su hermana, quien abriendo un ojo la miró—. Mamá. Se nos presentaron varios problemas al llegar aquí, y se nos había pasado.
—Podíais pensar un poquito en mí ¿no creéis?
—Venga, mamá —continuó Sakura sentándose en la cama y pulsando el manos libres para que su hermana participara—. No te pongas así.
—Hola, mami —saludó Temari.
—¡Me vais a matar a disgustos! Hola hija.
—Mamá, por favor. No seas exagerada.
—¿Cómo está mi gordito? —preguntó Temari para cambiar de tema—. ¿Se porta bien?
—Mejor que vosotras, desde luego —Tsunade miró hacía Óscar, que corría tras una pelota por el parque de Aluche y dijo—. No te preocupes. Tu gordo está como un rey con Deidara y conmigo.
—Por cierto, mamá —preguntó Sakura al darse cuenta de un detalle—. En tu llamada aparece número oculto. ¿Por qué?
—No sé, hija. No tengo ni idea —respondió atragantándose mientras se despedía—. Bueno, tesoros míos. Qué las conferencias son muy caras. Un beso para las dos y no olvidéis que aún existo. Adiós. —Y colgó.
Óscar llegó hasta Tsunade con la pelota en la boca. Estaba cansado, había corrido mucho. Con cariño le acarició el cuello, mientras una mano tomaba la de ella.
—¿Está todo bien, cielo? —preguntó un hombre.
—Sí, tesoro —asintió devolviéndole el móvil—. Todo está bien.
En Edimburgo a cientos de kilómetros de Madrid, Temari y Sakura se miraron tras cortarse tan repentinamente la comunicación.
—¿He sido yo sola o también la has notado rara? —dijo Temari cogiendo el móvil—. Por cierto, ¡qué chulada de móvil!
—Es un diseño de Armani —contestó Sakura estirándose—. Lo compré porque me atrajo su función Vibetonz, además de ser un terminal compacto y ligero. Es tribanda, tiene Bluettoth, USB, cámara de tres megapíxeles y ranura para tarjetas de memoria microSD.
—Me lo has vendido divinamente, pero no me he enterado de nada.
—Referente al tema mamá —prosiguió Sakura quitándole el móvil de las manos, y dirigiéndose al baño—. Me parece que debería salir con sus amigas. No creo que sea bueno que esté tanto tiempo sola.
—Tienes razón. Pero ya sabes cómo es —dijo entrando tras ella.
—¡Oye! —se quejó Sakura sentada en el WC—. Podrías esperar a que yo salga para entrar.
—No me jodas, Saku —dijo cogiendo el cepillo de dientes— No me vengas con vergüenzas ahora, que no te voy a ver nada que no conozca.
—Es una cuestión de intimidad —se defendió Sakura.
—Serás pedorra —respondió comenzando a cepillarse los dientes, y para hacer rabiar a su hermana exclamó con la boca llena de dentífrico—. Pero Saku, ¿desde cuándo te haces la depilación brasileña? —y agachándose para horror de su hermana preguntó—. Qué te has dejado ¿triangulito o rayita?
—¡Temari! —protestó tapándose con pudor.
—Pero bueno —rió al ver a Sakura salir del baño precipitadamente—. Ven aquí tonta, que quiero verlo.
El tiempo lluvioso escocés invitaba a permanecer bajo cobijo. La tarde no había mejorado respecto a la mañana y la lluvia incansable continuaba golpeando los cristales sin parar. Tras vestirse ambas con vaqueros, eso sí, los de Sakura de Dolce y Gabanna, decidieron picotear algo en el hotel.
—Podríamos tomar una copita en algún pub cercano —sugirió Temari—. Así conoceríamos el ambiente nocturno escocés.
—Ni lo sueñes. No conocemos el lugar.
—Podemos preguntar en recepción. Seguro que ellos conocen algún sitio.
—Hoy es viernes, Temari —indicó Sakura tensándose al reconocer la figura del hombre que sentado en el bar hablaba con otros dos. El bufón y su payaso. Por suerte no las habían visto y señalándoles con desprecio dijo—. Piensa que vayamos donde vayamos habrá horteras como esos dos.
—Saku, no seas mala —replicó mirando justo en el momento en el que Óbito volvía la mirada—. ¿Horteras dices? Por favor, si están para chuparles hasta la talla de la camisa.
—¡Qué ordinariez, Temari!
«¿Qué le pasaba a su hermana?», «¿Por qué todo el mundo era inferior para ella?», pensó Temari.
Con disimulo volvió a mirar a aquellos hombres de espaldas anchas. Se habían cambiado de ropa, y también afeitado. Estaban fantásticos. Definitivamente Sakura, además de ciega, tenía menos gusto que un yogur de agua.
En el bar del hotel, Sasuke, Óbito y un tercero tomaban un whisky mientras charlaban. Al rato sin prestarles atención, los tres hombres se marcharon.
Sakura, al ver desaparecer al gigante, respiró aliviada. No le apetecía respirar el mismo aire que aquél.
Cuando terminaron de cenar, Temari no se dejó convencer y arrastró a su hermana hasta la recepción. La asustadiza Cindy no estaba. En su lugar había un chico que se presentó como Mark, quien les recomendó un pub cercano llamado «Maclean».
Sumergidas en la oscuridad de la noche, Edimburgo ofrecía un ambiente tenebroso y oscuro, pero pronto llegaron al «Maclean». Cuando abrieron la puerta verde del pub, unas atronadoras voces las engulleron. Temari, sonriente, sorteó a la multitud hasta encontrar un hueco en la barra mientras Sakura, horrorizada, arrugaba la nariz intentando no rozarse con nadie.
—¿Qué quieres tomar?
—Una Coca Zero —respondió Sakura.
—Tú te pinchas —bromeó Temari y, mirando al camarero pidió—: Dos pintas de Belhaven.
—¿Por qué me pides cerveza?
—Saku, por Dios. Tú has visto... ¿Dónde estamos?
—Sí —asintió mirando su alrededor—. En un horrible lugar.
—Anda, princesita —bromeó, dándole una enorme jarra—. Toma, calla y sígueme.
Horrorizada cogió la jarra. ¿Cuántas calorías tendría? Pero sin decir nada siguió a su sonriente hermana, quien parecía encontrarse como pez en el agua.
«Maclean» era un local más bien pequeño que olía a rancio y a cebada. Tenía dos televisores colocados en dos de sus esquinas desde los que se veía un partido de fútbol. «¡Qué horror! Vaya pandilla de bestias», pensó Sakura mirando cómo vociferaban y se empujaban a cada pase de balón, mientras Temari parecía disfrutar de los gritos.
—Habéis pasado de parecer dos pollos empapados a dos preciosas señoritas —dijo un hombre acercándose a Temari, que le reconoció a pesar de lo poca iluminación del local.
—Gracias a ti y a tu amigo —respondió sin importarle el gesto de su hermana.
—Me llamo Óbito —se presentó tendiéndole la mano.
—Encantada de conocerte, Óbito —y acercándose a él para no tener que gritar dijo—. Soy Temari. Y la que nos mira con cara de mosqueo es mi hermana Sakura. Pero tranquilo, no muerde.
—Encantado, Sakura —sonrió divertido por el comentario. Tendiéndole la mano que ella no aceptó—. Me llamo Óbito y soy el...
—Eres el amigo del bufón —interrumpió Sakura sin moverse.
—Prefiere que le llamen Sasuke —aclaró retirando la mano.
En ese momento el local prorrumpió en aclamaciones. Uno de los equipos había metido un gol. De pronto se vieron arrastradas por una marea de empujones y abrazos. Temari sonriendo, brindó junto a los hinchas, mientras Sakura, horrorizada por cómo aquellos tipos sudorosos la abrazaban, comenzó a repartir manotazos a diestro y siniestro, consiguiendo que la dejaran en paz. Pero justo cuando creía haberse librado de aquellos plastas alguien la empujó, y derramó toda la pinta de cerveza sobre ella.
—¡Por Dios, qué asco! —gritó al sentir cómo la cerveza le calaba hasta el sujetador.
—¡Vaya, pero si es la señorita española! —dijo una voz a su espalda con un marcado acento escocés.
—¡Maldita sea! —vociferó Sakura, volviéndose para confirmar sus sospechas. Era el bufón—. ¿Eres ciego o qué? Mira cómo me has puesto la camiseta de Custo.
—¿Yo? —exclamó Sasuke mostrando su pinta entera en la jarra—. Creo que te equivocas, guapa. Valoro mucho mi cerveza como para tirarla.
—Toma estas servilletas —se apresuró Temari—. Sécate con ellas.
—¿Pero tú has visto cómo me han puesto estos energúmenos? —gritó asqueada por la peste a cebada que llevaba encima—. Me voy al hotel.
—En este momento está diluviando —informó Sasuke—. Te ahogarías antes de llegar.
—¿Acaso te estoy hablando a ti? —gritó Sakura.
—Por mí como si hablas a las farolas —respondió Sasuke molesto.
—¡Cállate bocazas! —gritó ella, ganándose una mirada de varios hinchas.
—Oye, tengo una curiosidad —preguntó Sasuke, sabiendo su posible respuesta—. ¿Todas las españolas tenéis el mismo genio, o es que yo te caigo mal?
—Directamente, no me caes —espetó Sakura, quitándose el pelo de la cara—. Por lo tanto, ¡no me hables! ¡Ni me roces! —Y al ver la cara de guasa del escocés y cómo la recorría con la mirada, chilló—: ¡Eh, mi trasero no está en el menú!
—Gracias al cielo. Sería indigesto —respondió Sasuke divertido.
—¡Cállate palurdo! No te quiero escuchar.
—Das más órdenes que mi abuelo el militar —sonrió Sasuke. Aunque ardía de ganas por sentarla en sus rodillas y darle tres azotes. ¿Qué le pasaba a esa mujer?
—Saku —la regañó su hermana—. Sólo está intentado ser amable contigo.
—Pues yo con él no, ¿acaso no lo ves?
En ese momento el pub prorrumpió de nuevo en un gol. La avalancha humana volvió a engullirlas, pero esta vez con el escudo protector del cuerpo de Sasuke nadie la tocó. Aunque no pudo evitar que la pinta de otro hincha cayera sobre ella.
—¡Maldita sea otra vez! —rugió Sakura, quien cerrando los ojos para no ver la sonrisa del bufón notó cómo el líquido volvía a recorrer su cuerpo, está vez erizándole hasta los pezones.
—Toma —ofreció Sasuke quitándose una sobrecamisa militar que dejaron al descubierto sus brazos fibrosos—. Ve al baño. Quítate tu camiseta y ponte ésta.
—Antes muerta, que ponerme eso —respondió Sakura mirándolo como la que mira un trapo sucio.
—Esta mujer es bastante desagradable —siseo en gaélico Sasuke a su amigo.
—Saku —señaló Temari en español, acercándose a ella—. ¿Qué miras? ¿La marca de la camisa? Este tío; por muy mal que te caiga, no tiene la culpa de que las cervezas cayeran sobre ti. Lo único que está intentando es ayudarte. Haz el favor de coger la maldita camisa y dejar de comportarte como una idiota malcriada.
Sakura, impregnada en cerveza, no pudo decir que no. Sabía que aquello que hacía estaba mal. Pero la sonrisa profidén de aquel tipo la ponía enferma, por lo que cogiendo la camisa de malos modos y sin mirarle, se alejó hacía los aseos. Allí, tras medio discutir con su hermana, se puso la prenda y salió.
—No hace falta que me lo agradezcas —bromeó Sasuke al verla reaparecer.
—Te crees muy gracioso ¿verdad? —dijo Sakura, y antes de pudiera responder indicó—: Cuando llegue al hotel la mandaré lavar. Mañana tendrás tu camisa intacta.
—No hace falta. No te lo he pedido.
—Sé muy bien lo que tengo que hacer.
—Lo dudo señorita —y clavándole sus impresionantes ojos ónix Sasuke dijo—: No sé ni me importa, si en tu extraño mundo elitista eres feliz. Pero aquí, en Escocia, las personas intentamos agradecer los detalles.
En ese momento apareció Óbito con cuatro pintas en la mano que dejó sobre una pequeña mesita circular que había ante ellos.
—Gracias Óbito —agradeció Temari.
—No hay de qué —se volvió hacia su amigo—. Sasuke, te presentaré a estás señoritas.
—No hace falta —gruñó Sakura aún molesta por lo último que había escuchado.
—Mi nombre es Temari —no dejaba de lanzar miradas furtivas a su hermana, a la que sólo faltaba echar espumarajos por la boca—. Y la que te mira como un dóberman es Sakura.
—¡Temari! —protestó al escucharla.
—Pero tranquilo —prosiguió Óbito en gaélico—. Creo que no muerde.
—Encantado de no conocerte Lady Dóberman —saludó Sasuke con una ridícula sonrisa.
Ver su cara y en especial su boca abierta, hizo a Sasuke prorrumpir en una sonora carcajada. No lo podía evitar. Esa señorita española era tan ridícula que en el fondo le hacía gracia. Pero aquella risa acabó tan rápido como empezó. Sakura, humillada y enfadada, cogió una enorme pinta de cerveza de la mesa y antes de que Temari pudiera pararla se la tiró a la cara, quedando tan rociado de cerveza como lo estuvo ella momentos antes.
—¡Saku, por Dios! —gritó su hermana al ver a Óbito interponerse entre aquellos dos titanes.
El duelo estaba servido.
—¿Por qué no te ríes ahora, tío listo? —increpó Sakura—. Llámame otra vez por ese ridículo nombre y te juro que te arruino la vida.
—Sasuke, relájate —advirtió Óbito viendo cómo éste miraba a aquella bruja.
—Quítate de en medio —murmuró empapado de cerveza.
—¡Sí! —vociferó Sakura sin ser conscientes de que todo el pub les miraban. Aquello había pasado a ser más divertido que el fútbol—. Quítate de en medio. No necesito que mentecatos como tú me protejan. Sé hacerlo sola.
—Saku —protestó Temari de nuevo en español. Eran el centro de atención—. Haz el favor de dejar de hacer el tonto, que aquí tenemos las de perder —pero al ver que su hermana ni la miraba susurró—: Mamá se disgustará mucho cuando salgamos en el telediario. Porque me temo que de aquí no salimos vivas.
Sin entender lo que aquélla había dicho, Óbito se retiró hacia un lado. Conocía a Sasuke y sabía que nunca haría nada a esa bruja. El problema era que no conocía a la española y su nivel de maldad.
—Oye —susurró Óbito—. ¿Tú hermana está loca?
—No te pases ni un pelo, amigo —advirtió Temari señalándole con el dedo.
—Tranquilo, Óbito —tercio Sasuke—. Bichos ridículos como éste no me causan ningún miedo.
Sakura, con gesto furioso, le retaba. Nunca se había dejado apabullar por nadie y aquel idiota no iba a ser el primero.
—Si vuelves a llamarme por cualquier otro nombre que no sea el mío —advirtió Sakura agarrando una nueva pinta de la mesa—, te juro que...
—¿Sabes, princesita? —interrumpió Sasuke, aceptando el reto—. Eres la menos indicada para decir eso. Me has llamado «bufón», «estúpido», y un sinfín de cosas más que no me apetece recordar, y...
Sin embargo, no pudo terminar la frase. Sakura, con rabia, derramó una nueva pinta sobre él haciendo prorrumpir en carcajadas a todo el pub.
—Se acabaron las contemplaciones —bufó Sasuke y echándosela al hombro a pesar de los gritos de Sakura que comenzó a golpearle sin piedad, salió del pub entre aplausos y vítores, seguidos por Temari y Óbito.
Una vez en la calle bajo la lluvia torrencial, Sasuke la dejó en el suelo. Momento que ella aprovechó para propinarle un puntapié en la espinilla que le hizo maldecir de dolor.
—Te mereces eso y más —gritó Sakura al ver su gesto dolorido—. No vuelvas a poner tus sucias manos en mi, o te juro que...
—¿O me juras qué? —vociferó Sasuke ante los ojos incrédulos de su amigo.
Óbito nunca lo había visto comportarse así con una mujer. En circunstancias normales, ante la primera provocación la habría ignorado. Si algo le sobraba a Sasuke, eran mujeres.
—Que si puedo ¡te mato! —escupió Sakura rabiosa al verle sonreír.
Al escuchar aquello, sin saber por qué, Sasuke de dos zancadas llegó hasta ella. Y ante los ojos incrédulos de Óbito y Temari, posó su mano en la nuca de Sakura y atrayéndola hacia él, devoró aquellos insolentes labios con más pasión de la que en un principio quería demostrar.
—Si no lo veo, no lo creo... —murmuró Temari al ver aquello.
—Perdona, Temari. Pero Sasuke... es mucho Sasuke —aclaró Óbito.
Ajena a los comentarios, Sakura luchó por librarse de aquel bruto, pero poco a poco se fue paralizando. Nunca la habían besado de aquella manera. Y lo peor de todo, le gustaba.
De pronto Sasuke la soltó con la misma fuerza con que la había tomado, clavando sus insolentes ojos en ella, pero Sakura, que nunca se rendía, subiendo con fuerza la rodilla, le propinó un fuerte golpe en la entrepierna que le hizo doblarse de dolor.
—¡Te lo advertí, maldito escocés! —gritó triunfadora. Y tras mirar a su hermana, quien por una vez no dijo nada, se marcharon hacia el hotel.
Óbito, todavía sorprendido por lo ocurrido, ayudó al dolorido Sasuke a incorporarse. Aquello había sido un golpe bajo. Muy, muy bajo.
—Maldita mujer. ¿Estás bien?
—No te preocupes —masculló Sasuke con serios problemas para incorporarse, y mirando cómo aquella bruja española se alejaba bajo la lluvia susurró—: Vuelvo a repetir «El que ríe el último, ríe mejor».
