Capítulo 36: Veneno
Sesshomaru se dejó llevar por el clamor de su instinto y pidió que la manada se reuniera en sus aposentos. Inuyasha se encontraba recostado en el centro de la cama con Kagome y los cachorros a los costados. La madre de Sesshomaru, que de alguna manera se había vuelto parte de la manada en las últimas horas sin que alguien lo mencionara, se encontraba entre la puerta y el balcón haciendo guardia.
Asegurándose de que se encontraban lo más a salvo posible, Sesshomaru los dejó por un tiempo para anunciar al palacio que sin haberse percatado, le había dado a su hermano una dosis de veneno, pero que todo estaba en orden ahora.
El Príncipe Lobo abrió la boca, iba a poner en duda la historia de Sesshomaru, ya que se encontraba en posición de afirmar que Inuyasha había recibido dosis mayores del veneno de Sesshomaru con anterioridad y no había sufrido nada en comparación a ese entonces.
Una mirada de hielo que le prometió un castigo rápido fue suficiente para silenciar a Kouga.
Sesshomaru luego anunció que él y su manada se pasarían una calmada tarde con su hermano caído, pero que los invitados eran bienvenidos a degustar de la abundante cena. Esperaba que eso los mantuviera ocupados.
Para cuando volvió a su recinto, Inuyasha ya estaba despierto.
Se encontraba bien.
Sesshomaru permitió que las quejas de su hermano y la voz cargada de felicidad de Kagome lo inundaran, admitió para sí mismo que parte de él se encontraba a gusto de oír los comentarios groseros de Inuyasha. Por supuesto que, si su administrador moría, él debería volver a su deber de gobernar, lo cual detestaba.
Sesshomaru se subió a la cama y se acercó a Inuyasha para luego inclinarse y olfatear el cuello de su hermano.
—¡Hey! ¡No tú también! – se quejó Inuyasha aleándose, incapaz de alejarse de todos los cuerpos que se encontraban a su alrededor—¡Debo soportarlo viniendo de Kagome, pero que tu te vuelvas tan… Ya sabes, es raro.
Las oreas de perro de Inuyasha se doblaron y agitaron presionándosele contra la cabeza.
—Es el deber de un alfa cuidar de la manada— respondió Sesshomaru.
Inuyasha rodó los ojos y una pequeña sonrisa reacia se le formó en los labios. La sonrisa creció hasta que se volvió de burla hasta que finalmente desapareció para convertirse en una expresión de seriedad. Inuyasha sujetó la muñeca de Sesshomaru (la misma mano que una vez él fue responsable de cortar) y pasó las garras por la piel del youkai en un gesto que se utilizaba tanto como gratitud y disculpa.
—Kagome me contó que morí, así que supongo que fuiste tú quien me revivió— dijo Inuyasha desviando la vista sintiéndose incómodo—, gracias.
—No fui yo.
—¿¡Qué!?
—Yo no fui quien te salvó.
Inuyasha abrió más los ojos y miró a Kagome.
La vulpina de Sesshomaru negó con la cabeza.
—Nop, no fui yo.
—¡Pues no fue Shippo!
—¡Hey!
Kagome silenció al zorrito y sintió lástima por Inuyasha.
—Fue Yukiko-sama.
Sesshomaru pudo sentir cómo Inuyasha, que se encontraba sentado a su lado, se tensaba. Madre dejó de caminar por la habitación y miró al hanyou a los ojos.
—¿Tú?— preguntó Inuyasha con una voz tan suave que solo había oído que utilizaba con Kagome.
Madre asintió, abrió su abanico con un sonido rápido y escondió el rostro tras la tela pintada de vivos colores.
—¿Por qué?— preguntó Inuyasha, la pregunta se escapó de sus labios con un estallido de aire. Parecía muy desconcertado.
—Porque una vez, hace muchos años— respondió Madre con lentitud— no ayudé cuando pude haberlo hecho y un guerrero magnífico murió. Hoy, le devolví la vida al hijo por el que se sacrificó para proteger. Es… poético, es justicia, restaura el equilibrio.
Inuyasha se levantó de la cama y se paró frente a Madre.
—Yo… —dijo y las orejas se le movieron nerviosas, luego se sacó una flor de la manga (la misma flor que Inari le había dado antes de la pelea de la exhibición) y se la entregó a Yukiko con torpeza y murmurando cosas ininteligibles.
Madre se sonrojó. Tomó la flor y se la colocó sobre el intrincado arreglo del cabello.
Sesshomaru pudo oler algo salado y se giró para encontrar que Kagome estaba llorando.
—Es tan hermoso— le dijo ella con una sonrisa.
—¡Keh!
—Hn.
—I—
Sesshomaru mantuvo a la manada toda junta hasta que se aseguró de que la mayoría de los invitados del palacio se encontraban reunidos en la sala del banquete, comiendo. Luego cruzó miradas con su madre.
Ella asintió y desplegó su asombrosa habilidad para comprender qué es lo que él pensaba.
—Ven, nieta. Ven… nieto. La agitación del día me ha dejado muy agotada y necesito compañía.
Lin miró a Sesshomaru.
—Mi deber es cuidar de la manada— dijo ella y le agarró la mano a Yukiko.
Sesshomaru permitió que las comisuras de la boca se le arquearan en una sonrisa. Lin tomaba el papel de Heredera del Oeste con mucha seriedad, algún día gobernaría muy bien.
Y Shippo… Shippo contemplaba a Madre boquiabierto.
—¿A—Abuela?— preguntó dubitativo.
Yukiko asintió.
—Ven, nieto mío, tú me cuidarás mientras duermo.
Shippo se apresuró para llegar hasta la puerta dejando a Sesshomaru con su hermano y vulpina.
—Eso fue muy dulce de parte de Yukiko— dijo Kagome y rompió el silencio. Parecía que tanto ella como la madre de él habían llegado a un acuerdo, lo cual contentaba a Sesshomaru ya que sospechaba que Madre no se iría del palacio por un tiempo y no le agradaba la idea de tener que interponerse entre dos mujeres enfrentadas.
—Feh, no está cansada, pero lo hizo para sacar a los enanos de aquí, que supongo es lo que este bastardo quería.
—Yo no soy el bastardo aquí, Inuyasha.
Inuyasha se encogió de hombros y sacudió la mano.
—Si, si, ve al punto. Tengo que ir a ver a Inari.
Kagome palideció y su cabello se tornó rojo abandonando el encantamiento que lo mantenía de color negro. Abrió la boca para hablar, pero Sesshomaru se le anticipó y levantó un dedo antes de hablar:
—¿Sigue intacto el hechizo de silencio?
—Si.
Sesshomaru asintió y le hizo un gesto para que continuara. Él e Inuyasha escucharon a Kagome relatar la conversación que había oído en los jardines y varias cosas cobraron sentido para Sesshomaru mientras ella hablaba.
—¿Estás segura de que reconociste al kitsune?
Kagome asintió mirando a Inuyasha.
—Si.
—No—dijo el hermano de Sesshomaru con orejas de perro mientras sacudía la cabeza y se cruzaba de brazos con obstinación—. No.
—Piénsalo, Inuyasha— dijo Sesshomaru con frialdad y Kagome le lanzó una mirada severa—. Tu espada causó esto ¿Quién, además de ti, tendría la oportunidad de alterar a Colmillo de Acero?
—¡Nadie! Siempre la llevo conmigo, excepto cuando… —Inuyasha paró de hablar abruptamente y se le cayeron las orejas— oh.
Kagome abrazó al hanyou y le dio unas palmadas en la espalda, Sesshomaru dejó escapar un gruñido de frustración ya que no le agradaba lo que estaba viendo. Este no era momento de mimar a Inuyasha, era momento de actuar.
—¿Y no reconociste la otra voz?— preguntó Sesshomaru tocándola con el codo y se alegró cuando volvió a tener su atención puesta en él una vez más.
—Podría… haber sido Kiyohime. El siseo sonaba igual.
—No suenas segura.
—No lo estoy, podría haber sido ella, pero tal vez no. Lo siento.
Sesshomaru negó con la cabeza.
—Lo has hecho bien.
Él agarró a Colmillo de Acero, todavía enfundado, del exhibidor de armas que tenía en una pared y se la devolvió a Inuyasha.
—Desenvaina, tenemos que observar la hoja.
Inuyasha asintió y rodeó la empuñadora con los dedos, luego miró a Sesshomaru y desplegó una sonrisa elegante con un colmillo sobresaliéndole por sobre el labio.
—Sabes, apuesto a que podrías desenvainarla tu mismo ahora. Diablos, creo que puedes hacerlo desde el momento en el que pusiste a Kagome y al enano bajo tu protección.
Sesshomaru consideró esto. Nunca se le había cruzado por la mente hacer tal cosa, menos ahora. Inuyasha necesitaba a Colmillo de Acero.
Y Sesshomaru…
Sesshomaru no.
—Ya no deseo el colmillo de nuestro padre.
Inuyasha lanzó una risotada y desenvainó la espada.
Kagome se alejó, lo cual Sesshomaru aprobó, siendo precavida de no tocar la espada que había asesinado a Inuyasha. Sesshomaru pasó una garra por la espada y se percató de que la hoja estaba resbaladiza como si se le hubiera pasado aceite. Frotó el sobrante entre los dedos y luego se lo llevó a la boca para probar el sabor.
—Veneno— confirmó—. Es el veneno de una serpiente de mar, lo he encontrado antes, en las Islas del Sur.
—No puedo olerlo— se quejó Inuyasha—. Por lo general el veneno huele dulce… Debe ser algo bastante fuerte. Ya me has abatido con ese ácido horrible que tienes y no ha llegado ni por asomo a matarme.
—Lo que no entiendo— interrumpió Kagome— es por qué alguien trataría de matar a Inuyasha envenenando su propia espada ¿No hubiera tenido más sentido que envenenaran la tuya? O tal vez sabían que tal vez no la desenvainarías…
—Yo era el objetivo.
—¿Qué?— preguntó Kagome y parpadeó para luego girarse y tocarle la mano. Él permitió que ella lo sujetara y ambos entrelazaron los dedos—. Pero todos saben que eres inmune al veneno.
Sesshomaru miró a Inuyasha a los ojos y dijo:
—Precisamente.
Los hombros de Inuyasha se relajaron aliviados y exhaló un largo suspiro de alivio.
—¿Qué?— preguntó Kagome nuevamente, esta vez con hostilidad— ¿Qué es lo que no estoy comprendiendo?
—Creo que enviaron al kitsune que escuchaste a matarme de una forma que indicaría que Inuyasha estaría conspirando con el Sur.
—Y la aldea que encontramos… La ilusión hacía parecer que los lobos lo habían causado. El Norte.
—Entonces siguen queriendo incitar una guerra— gruñó Inuyasha— ¿Supongo entonces que no vamos a darles una?
Sesshomaru negó con la cabeza.
—Anuncie que fue mi veneno el que causó que cayeras inconsciente, un error de mi parte.
Inuyasha rio.
—Nunca creí que te oiría admitir un error, incluso para cubrir algo.
—Entonces ella usó veneno… ¿Por qué? ¿Para advertirte? ¿Tal vez porque sabía que no te dañaría?— preguntó Kagome volviendo al punto original.
—Si— confirmó Sesshomaru.
—De acuerdo— dijo Kagome inhalando profundamente—. De acuerdo ¿Y ahora qué?
—Ahora— dijo Sesshomaru y miró a su hermano— Inuyasha debe hablar con Inari.
—I—
Kagome caminaba con lentitud tras Inuyasha, Sesshomaru se encontraba junto a ella escondiendo el aura demoníaca y aroma de ambos mientras que Kagome concentraba todo su poder en hacerlos invisibles incluso para una vulpina de nueve colas. Las sombras de ambos bailaban por el suelo, pero por mucho que lo intentara, Kagome no podía hacerlas desaparecer.
Comenzó a sudarle la frente. Con suerte, Inari se encontraría muy preocupada por Inuyasha como para percatarse de un par de sombras sin cuerpo.
Se detuvieron en la puerta de la suite de invitados de Inari. Takeshi hacía guardia en la puerta. Sesshomaru le había ordenado que se mantuviera allí, aunque Kagome no estaba seguro si era para proteger a Inari o para mantenerla prisionera.
Inuyasha le dijo a Takeshi que se marchara y entraron en la habitación. Con rapidez, Kagome encontró un lugar junto a la pared por donde nadie pasaría y se sentó en el suelo. Sesshomaru se colocó a su lado y la alzó para posicionarla sobre él. Ella se acurrucó en el pecho de este, agradecida, y obtuvo fuerzas de él. Habían pasado muchas cosas ese día y se encontraba muy cansada, drenada física, emocional y mágicamente.
Pero debía mantenerlos escondidos por el tiempo que fuera necesario.
—¡Inuyasha!— exclamó Inari arrojándose al hanyou con una expresión entre alivio y arrepentimiento. El maquillaje que usaba para el estival estaba manchado de lágrimas y tanto su cabello como kimono estaban desarreglados.
Inuyasha menospreció el abrazo de Inari y Kagome sintió que algo en el pecho se estremecía por él. Le habían roto el corazón muchas veces.
—Crea un hechizo de silencio, vulpina— le ordenó Inuyasha en ese momento convertido en el Administrador de Tierras del Oeste. Cuando se comportaba de esa manera, era claro ver por qué todos se inclinaban ante él y lo llamaban Inuyasha-sama.
Inari asintió y las colas se le erizaron en lo que Kagome asumió era temor, y más lágrimas le mancharon el maquillaje. Rápido, mucho más rápido de lo que Kagome hubiera logrado, el hechizo estaba hecho.
—¿Fue todo una mentira?— preguntó Inuyasha, sonaba vacío, cansado.
Inari se arrojó a los pies del hanyou y se inclinó tanto que la frente le tocaba el suelo.
—¡No debía ser para ti!— rogó con la voz quebrada y ahogada por la estera de tatami—. Tenía que hacerlo, tenía que hacerlo. Pero esperaba que… Pensé… Si utilizaba veneno, no importaría, porque no lo lastimaría a él. Nunca quise lastimar a nadie.
El semblante de Inuyasha se suavizó, luego posó una mano sobre la parte posterior del cuello de Inari.
—¿Entonces por qué?
Inari se lo contó.
Contó que la habían engañado cuando era niña. Le dijeron que debía hacer una promesa de lealtad y obediencia sin saber en ese momento que era muy inusual que un kitsune prometiera tal cosa ya que no podría romperla sin tener que enfrentarse a las consecuencias.
—Pero si se tratase de perder una cola o matar a alguien que ha sido amable conmigo, alguien que es muy importante para muchos, hubiera escogido la cola ¡Hubiera hecho el sacrificio, lo juro! —dijo Inari todavía inclinándose.
Tal vez no podía soportar mirar a Inuyasha sabiendo lo cerca que había estado de matarlo.
—¿Y por qué no me pediste ayuda a mi o al bast… a Sesshomaru?
—Hay algo más, algo peor— dijo Inari retomando la narrativa—. Durante los años de Naraku, mi hermana fue capturada. Naraku planeaba absorberla por sus poderes de ilusión y cambio de forma. Yo… —la voz de Inari se quebró— puse todo mi poder en una perla y se la envíe a mi hermana con la esperanza de que podría utilizar mi poder demoníaco para escapar. Pero mi mensajero me traicionó y quien me controla se robó mi perla de poder.
Inari alzó la vista y Kagome se conmocionó al ver el rostro del kitsune dorado teñido de rojo. Le caía sangre de los ojos y la nariz.
Kagome perdió el control de su hechizo de invisibilidad y tanto ella como Sesshomaru aparecieron con un estallido. Inari no pareció darse cuenta ya que solo tenía ojos para Inuyasha.
—Quien me controla usa magia, magia oscura. Magia de sangre. Estoy luchando contra ella incluso ahora, para contarte esto— dijo Inari aunque el dolor la estaba consumiendo—. Soy una marioneta.
Inuyasha se arrodilló y rodeó a Inari con los brazos, le pasó las garras por el cabello y le limpió las lágrimas de sangre con los pulgares. Ella se sujetó de él y Kagome descubrió que ella también se estaba aferrando a Sesshomaru igual de fuerte.
—Sé que mi vida está perdida— dijo Inari y vio a Kagome y Sesshomaru por sobre el hombro de Inuyasha. Se alejó del hanyou y lo miró a los ojos—. Pero quiero que sepas que yo sí te amo— luego le acarició la mejilla dejando una mancha de sangre—. Al comienzo mantuve la distancia porque… Fue Kagome-hime quien me hizo darme cuenta. La promesa que hice… Dije que no pondría ningún otro youkai por sobre el que me controla. Pero tú no eres un youkai, Inuyasha. Puedo estar contigo. Por ti tengo la fuerza de luchar contra los hechizos que me mantienen silenciada— apenas reteniendo un sollozo, Inari terminó casi ahogándose—. Tú me liberas.
Entonces Inuyasha besó a Inari, era un beso lleno de pasión y desesperación y Kagome sintió como si hubiera comprendido algo. Algo que era fundamental y que antes había pasado por alto.
Inuyasha era el héroe de Inari. Él sostuvo a su delicada amada contra el pecho y Kagome supo que él la salvaría. Que él quería, necesitaba ser su caballero de armadura reluciente.
Y a pesar de que Kagome había necesitado ser salvada una y otra vez, lo que ella siempre había querido era ser una salvadora.
Inuyasha le prometió a Inari que la protegería y Kagome no sintió arrepentimiento alguno.
Sesshomaru se puso de pie todavía sujetando a Kagome entre los brazos. Ella no protestó, no estaba segura de poder ponerse de pie por si misma debido a toda la magia que había utilizado ese mismo día y todo lo que había presenciado.
Las orejas de Inuyasha se movieron hacia ellos y le lanzó una mirada recelosa a Sesshomaru.
—¿Quién te controla?— preguntó Sesshomaru dirigiéndose a Inari.
—No puedo decirlo. Los hechizos…
Sesshomaru pareció aceptarlo.
—¿Qué es lo que quiere?
—Venganza, destruir el Oeste, asegurarse de que sufra tanto como las demás tierras durante los Años de Naraku. El maldito debió haberlo temido mucho ya que apenas puso pie en su territorio.
Sesshomaru arqueó una ceja. Inari recuperó el color, se le estremeció el rostro de dolor y otra gota de sangre le salió por la nariz mientras luchaba por decir:
—Busca gobernar las Cuatro Tierras y tener a Kagome-hime por el poder del Deseo de la Perla de Shikón.
Sesshomaru gruñó lo que causó que a Kagome se le erizara la piel. Ella frotó la nariz contra la garganta de él buscando calmarlo, sin embargo, al mismo tiempo se encontraba agradecida de que él se preocupara.
—¿Podrás decirme cuando recibas nuevas órdenes? ¿Me contarás sobre los planes que tenga?
En ese entonces el rostro de Inari se volvió feroz y la sangre en su rostro se transformó en una máscara de guerra.
—Si, con gusto seré su…
Ella se detuvo, sin aliento, comenzó a aparecerle sangre de los labios. Inuyasha le acarició la espalda sintiéndose agitado y desconcertado.
Inari se enderezó y repitió:
—Con gusto seré la espía de Inuyasha-sama.
Cierto, la promesa. Inari podía ser leal a Inuyasha sin romper la promesa porque él era mitad bestia.
Sesshomaru se dirigió hacia la puerta y pausó al llegar al umbral.
—Entonces tu vida no está perdida.
Dicho eso, se llevó a Kagome de la habitación.
—I—
Esa noche, Sesshomaru se encontró incapaz de dormir. Tenía la mente repleta de planes y especulaciones a medio formar. Había sido muy arrogante, muy complaciente con la seguridad de su manada, e Inuyasha casi paga el precio.
Inaceptable.
Sesshomaru pasó la vista por la enorme cama ahora repleta. Estaba dispuesto a mantener a toda la manada junta hasta que tuviera la posibilidad de establecer nuevas medidas de seguridad. En ese momento se encontraba espalda con espalda con Inuyasha, con Kagome en los brazos e Inari en los de su hermano. Madre dormía a los pies de la cama con los cachorros acurrucados a cada lado de ella.
Formaban una manada muy extraña. Tres perros, tres kitsune y un hanyou. Tal cosa solo era posible en cuentos.
Sesshomaru pasó una garra por la mejilla de Kagome. Todavía le quedaba un poco maquillaje que había usado para la pelea de exhibición alrededor de los ojos y la frente, totalmente arrugado. El estrés que habían pasado durante el día se hacía presente incluso mientras dormían. Él también sintió como si hubiese envejecido durante este día.
Se encontró prestando especial atención a la boca de Kagome. Uno de los colmillos le sobresalía entre los carnosos labios rosados, como si lo estuviera llamando.
¿Acaso debería…?
Si, por supuesto que debería. No se trataría de nada menos que lo que se le había sido prometido, la recompensa que se había olvidado de inmediato por el suceso con Inuyasha.
Sesshomaru inclinó la cabeza y tomó los labios de Kagome en un suave beso y permitió que un sonido de satisfacción le emergiera del pecho. Ella le devolvió un ronroneo todavía dormida y se acercó a él para luego introducir la mano dentro de la yukata que él vestía.
Inuyasha lo pateó.
Sesshomaru se separó de ella y se giró para lanzarle una mirada de hielo a su hermano. No vio a Kagome sonreír a pesar de que sintió que ella escondía el rostro en su pecho. Luego de reprender a Inuyasha, Sesshomaru se inclinó contra las almohadas .
Y cayó dormido.
CONTINUARÁ
Creo que este fue el capítulo más largo que he traducido hasta el momento.
¿Creen que valió la pena?
¡Gracias nuevamente por sus reviews! Son mi paga por realizar este arduo pero bello trabajo.
¡Me sorprende de las personas que sospecharon de Inari desde el comienzo! ¡Increíble deducción! Me gustaría saber qué opinan sobre el demonio que la controla en este momento.
¡Nos vemos pronto!
Starebelle
