Capítulo 7
El lunes a las siete de la mañana esperaban en recepción la llegada de su coche de alquiler. Sakura vio pasar a Sasuke, acompañado de una de las camareras. Parecían estar enfrascados en una interesante conversación, pero cuando pasó junto a ellas se limitó a darles los buenos días y nada más. Ni un saludo especial. Ni una mirada diferente. Nada. Algo que en cierto modo le molestó, pero agradeció. En aquel momento no estaba dispuesta a liarse con nadie y menos con un tipo así.
—Señoritas —indicó Cindy, la recepcionista, con una amable sonrisa al ver a Stephan aparecer—. Su coche acaba de llegar.
Temari, al mirar hacia la entrada del hotel, se quedó sin palabras. Ante ellas había un increíble deportivo color champán.
—No jodas, Saku —dijo señalando al coche—. ¿Has alquilado ese pedazo de buga descapotable para andar por las Highlands?
—La imagen de la empresa es importante —contestó, saliendo con prisa del hotel. No quería volver a coincidir con Sasuke.
Tras echar el portátil, los bolsos y los abrigos sobre los incómodos asientos traseros, ambas se miraron. Y aunque a Temari le dio por reír, Sakura no pudo dejar de maldecir. ¿Cómo no habían pensado que allí se conducía por la izquierda?
—Tú dirás, sonrisitas, ahora ¿qué hacemos? —gruñó Sakura, quien no soportaba aquella faceta risueña de su hermana.
—Pero Saku, ¿qué vamos a hacer? Pues conducirlo. Tampoco será tan difícil.
—¡Maldita sea! —masculló Sakura, dándole una patada a la rueda. Algo de lo que rápidamente se arrepintió, pues el suave botín de Gucci se estrelló contra la dura llanta, destrozándole los dedos.
—¡Mira que eres pánfila Saku! —se quejó Temari al ver que Sakura se quejaba y saltaba peligrosamente sobre el tacón del pie bueno.
—¿Algún contratiempo, señoritas? —preguntó Sasuke acercándose a ellas.
Ella rápidamente recuperó la compostura, la que pudo, ante aquel maldito escocés.
—¡Sois de lo que no hay! —vociferó malhumorada—. ¿Por qué tenéis que conducir por la izquierda, cuando todo el mundo conduce por la derecha?
—No sabría qué responder a eso —contestó él—. Lo único que puedo decir en mi defensa es que yo no lo he ordenado.
—Mira cómo me río: ¡ja y ja! —se mofó Sakura, haciéndolo sonreír. Qué malas pulgas tenía aquella mujer.
—¿Hacia dónde se dirigen? —cambió de conversación, dejando claras las diferencias que Sakura tanto se empeñaba en marcar.
—Al castillo de Eilean Donan —respondió Temari— y, por favor, Sasuke, tutéame.
—Maravilloso lugar —comentó él sonriente—. Hoy mismo salgo yo hacia aquella zona. Mi familia vive por allí.
—¡Qué emoción! —ladró Sakura sin mirarle.
—Tienen casi cuatrocientos kilómetros por delante y seguramente hoy lloverá —indicó Sasuke sin acercarse al coche—. Deberían coger...
—No necesitamos que nos indique nada —siseó Sakura enseñándole su moderno GPS—. Llevamos la ayuda necesaria para llegar.
—¡Saku, por Dios...! —suspiró Temari, después de tanto años, seguía sin soportar la actitud de su hermana—. Sasuke sólo está tratando de ser amable.
—No te preocupes, Temari —le guiñó él el ojo para tranquilizarla—. De todas formas, si tienen algún problema,...
—No vamos a tener ningún problema —se adelantó Sakura, que montándose en el coche y arrastrando a su hermana señaló—: No hace falta. Nos apañaremos solas.
Sasuke insistió.
—Les aconsejo que echen gasolina cuanto antes. Los coches de alquiler no suelen traer el depósito lleno.
—¿Acaso crees que somos tan ignorantes como para no saber eso? —aquél hombre lograba con cada palabra sacarla de sus casillas, cosa que, por otro lado, no solía ser algo difícil.
—Yo no he dicho eso —respondió molesto.
—Entonces, guárdate tus consejos para quien te los pida —respondió a la vez que cerraba la puerta de un portazo.
Sasuke le vio meter la llave en el Audi TT Cabrio. El coche arrancó suavemente, casi sin notarse, y Sakura, sin ni siquiera mirarle, metió primera y doblando la esquina, desapareció de su vista.
Mientras tanto él con una semisonrisa en la boca, abrió su móvil.
—Inabi, soy Sasuke —dijo entrando nuevamente en el hotel—. Conecta el localizador del Audi TT. No sé por qué, pero creo que lo vamos a necesitar.
Salir de Edimburgo no iba a ser tarea fácil. Conducir por la izquierda era todo un numerito.
Tras doblar la esquina del hotel a toda velocidad, chirriando rueda, un coche les arrancó el espejo retrovisor del conductor. Sakura blasfemó, pero a pesar de todo, con paciencia y siguiendo las instrucciones del GPS, consiguieron entrar en la autopista de peaje M-90 hasta Perth, donde repostaron gasolina.
Al salir de allí Temari se empeñó en coger el coche, y aunque al principio Sakura, histérica, gritó que se estaba jugando la vida, al final Temari consiguió que se callara y relajara, mientras conducía por la autopista.
Una vez pasado Pitlochry el cielo se encapotó de horrorosas nubes grisáceas, y la carretera sin motivo alguno se estrechó, algo que a Sakura le horrorizó, pero que a Temari, en contra, le encantó. Enormes montañas comenzaron a rodearlas de tal forma que había momentos en los que parecían haberse perdido en la película Braveheart. Todo lo que las rodeaba estaba lleno de tonos verdes y violetas. Los árboles y las flores de cientos de colores parecían vivir en perfecta armonía con las vacas peludas que con tranquilidad pastaban por los prados. Tras un largo trecho por aquellos paisajes idílicos se desviaron por la carretera A-889. Fue entonces cuando Temari leyó un cartel y exclamó:
—Ostras Saku. ¿Has visto lo que ponía ahí?
—Pues no —respondió levantándose sus carísimas gafas de Prada por primera vez en todo el día.
—Vamos directas al Lago Laggan. ¡Madre mía! ¡Tenemos que parar! ¡Tenemos que parar para que me hagas alguna foto!
Su hermana la miró de arriba abajo antes de contestar.
—Ni lo sueñes —dijo. Miró el reloj. Eran las once de la mañana—. La reunión es dentro de dos horas y no quiero llegar tarde. Además, Temari, ¿es que no ves que está diluviando?
El mohín de disgusto que apareció en sus labios de Temari indicó que le daba exactamente igual el agua que caía del cielo. Aun así continuó el camino, aunque sin dejar de farfullar. Pero cuando se desviaron por la A-82 y vieron el siguiente cartel, el del Lago Lochy, entonces sí que no entró en razón.
—Mira Saku —empezó a decir. Sino estuviera conduciendo se habría puesto en jarras—. Me importa un pimiento lo que digas. No he parado en el Lago Laggan por no escucharte. Pero aunque digas misa en arameo, voy a parar en el Lago Lochy. Sólo será un minuto para hacerme una foto. Una foto que será un recuerdo único para toda mi jodida vida.
Pero parecía que su hermana no la miraba. Llevaba unos segundos intentando identificar algo que se movía por el interior del coche. Algo que zumbaba y se desplazaba lentamente cerca de sus cabezas. Algo...
—Ah...¡No!...¡No!—gritó de pronto Sakura dando manotazos al aire—. ¡Una avispa! ¡Una avispa!
Las avispas, arañas, mosquitos, perros, gatos, camellos o dromedarios, y todo el reino animal en sí, asustaban a Sakura. Tenía un miedo terrible a todo aquello que se considerase un insecto o un animal. Solo las plantas, aunque no las carnívoras, le daban cierta tranquilidad.
—Tranquila... tranquila—dijo Temari sin estarlo demasiado—. Bajaré la capota para que salga.
Dando al botoncito dorado, la capota de lona color crema del Audi comenzó a bajar. Pero al igual que la avispa desapareció, la lluvia comenzó a entrar al instante.
—Cierra. ¡Cierra la capota! —gritó Sakura histérica al notar cómo el agua la empapaba—. Me estoy calando. Mi traje ¡Oh Dios, mi traje de Versace...!
—¡Joder, Saku, joder! Dame tiempo —vociferó Temari dando al botón de la capota que con mucha más lentitud de la que se había abierto comenzó a cerrarse.
Cuando llegaron al Lago Lochy estaba diluviando, pero Temari no transigió. A pesar de las protestas de Sakura, se desvió de la carretera y se adentró por un camino tortuoso en dirección al lago.
—Préstame atención —dijo Temari echando el freno de mano a una hermana demasiado preocupada por el estado de su Versace como para escucharla—. Toma mi cámara y hazme una foto. Sólo es necesario que pongas tu dedito de diseño en mi indocumentada cámara, y hagas ¡clic! ¿Crees que podrás?
—Pero ¡tú estás loca! —protestó Sakura—.Te vas a empapar.
—Sí —asintió sonriendo— Me voy a empapar. Me voy a mojar. Me voy a calar. Pero no me importa, porque este recuerdo será para mí algo muy especial.
Temari, abrió la puerta del coche muerta de risa, corrió hacia el lago y, dejando a su hermana petrificada, comenzó a posar bajo el aguacero.
«Está como una regadera», pensó Sakura mientras le tiraba varias fotos.
—Venga, Cindy Crawford —le ordenó—. Entra en el coche de una vez. Tengo prisa.
Sonriente, Temari volvió hacia el vehículo, pero cuando fue a sentarse en el asiento del conductor fue Sakura quién habló.
—Ahora conduciré yo.
Sin decir nada, Temari corrió hacia la otra puerta y, una vez cerró, Sakura metió primera y aceleró de tal manera que el coche se salió del camino, hundiéndose en el barro.
—¡Cojonudo! —masculló Temari.
Sakura intentó manipular con todos los botones a su alcance, Pero las ruedas solo chirriaban en el lodo.
—Esto no se mueve —protestó Sakura.
—¿Quizá será porque la has cagado? —preguntó su hermana secándose la cara.
Al meter el coche en el barro se había quedado clavado, como una sandía en un frutero.
Temari, quién a diferencia de su hermana recibía la vida de otra manera, intentó buscar soluciones, pero ninguna resultó.
Angustiada, Sakura veía cómo pasaban los minutos. Apenas faltaba media hora para la reunión con el conde Uchiha y allí estaba ella, sin poder hacer nada, rodeada de montañas, de agua y de un grupo de vacas que cada vez estaban más cerca. Más cerca.
—¡Maldita sea! —exclamó de pronto—. ¿Por qué todo me tiene que ocurrir a mí?
—Lo siento de verdad —aseguró Temari.
—¡Encima no tengo cobertura! —chilló como una posesa.
Su hermana la miró de soslayo.
—Saku. Piensa en tu vena y relájate. Algo se nos ocurrirá.
—¿Algo se nos ocurrirá? ¿Algo? —vociferó angustiada—. ¿Qué es ese algo?
—Mira, chata —se mofó Temari—. Si fueras gamba, con esa cabeza que tienes, serías todo desperdicio. ¡Por Dios! Qué mujer más negativa.
—Cállate y deja de decir tonterías.
Temari, hastiada de escuchar a su hermana, salió del coche. A pesar de que la lluvia la empapaba y el barro le salpicaba, buscó algún trozo de madera para poner bajo las ruedas e intentar sacar el coche del barrizal. Pero fue inútil. Lo único que consiguió fue hundirle más y pringarse de barro.
—Creo que de aquí sólo nos saca la grúa —se resignó Bárbara entrando de nuevo en el coche.
—Claro. La grúa —ladró, viendo las vacas peludas acercarse cada vez más—. ¿Y cómo demonios llamamos a la grúa? Estamos incomunicadas.
—No las mires, Saku —le indicó Temari sintiéndose un poco ridícula al ver cómo las vacas comenzaban a rodearlas—. Ellas no te harán nada. ¡Son sólo vacas! Inofensivas y cariñosas vacas.
—¡Dios mío, Dios mío!.. No puede estar ocurriéndome esto —murmuró Sakura golpeándose la cabeza con el volante—. Necesito ese contrato. Necesito ese contrato...
Una de las vacas escocesas acercó su enorme cara peluda a la ventanilla de Sakura, y al levantar ésta la cabeza y ver aquella enorme cara tras el cristal, dio un grito de pavor echándose sobre Temari, que no pudo dejar de carcajearse.
—¡Saku, por Dios, ya basta! —se mofó, al ver a su hermana enloquecida—. Vas a conseguir asustarme a mí también.
Pero la situación empeoró cuando aquella peluda y marroncita vaca, comenzó a chupar la capota de lona del coche y, enganchándola primero con un cuerno y luego con la boca, comenzó a tirar.
—¡La está rompiendo! —chilló Sakura—. ¡Ay Dios! Se está comiendo la capota. ¡La está rompiendo! ¡Van a atacarnos!
Su hermana empezó a preocuparse, pero no por las vacas, sino por si habían hecho o no seguro al coche.
—Joder, Saku, te dije que no era buena idea alquilar un jodido descapotable. ¡Pero no! Tus ansias de impresionar al cliente te llevaron a alquilar ¡lo mejor para andar por Escocia! ¿Verdad? —protestó Temari.
Al no obtener respuesta de la aterrorizada Sakura, abrió la puerta del coche y salió dando palmadas para intentar alejar a las vacas quienes, como es lógico, se asustaron y se fueron a pastar a otra parte.
Cuando volvió a entrar su hermana estaba más recuperada; tanto que de nuevo comenzó a mandar.
—Toma y calla —vociferó Sakura entregándole el móvil—. Aléjate unos metros a ver si coges cobertura y podemos avisar a la policía.
Temari, con infinita paciencia, se alejó del coche, pero era inútil. Ni su móvil, ni el de su hermana tenían cobertura allí, y para rematar la situación la pesada vaca volvió de nuevo al coche y comenzó a tirar con fuerza de la capota.
De pronto sonó ¡craggggg!
La capota entera se rajó, momento en que Sakura comenzó a aullar como una posesa. Temari al ver aquello y tras poner los ojos en blanco corrió hacia el coche.
—¡Toca el claxon! —gritó—. ¡Toca el puñetero claxon!
Sakura obedeció la orden de su hermana y empezó a tocarlo enloquecida. Aquello dio resultado, aunque de forma discreta. Cuando parecía que las vacas se habían alejado un poco, Temari, empapada, se sentó en el coche tiritando.
—Qué podemos hacer ¡oh Dios! —increpó Sakura, allí sentada en el Audi, sin capota y lloviendo a mares—. ¿Qué vamos a hacer?
—No tengo ni idea —respondió su hermana, quitándose con la mano el agua que, como un río, corría por su cara.
—¡Oh! El conde debe estar mosqueado —se quejó Sakura lloriqueando—. Ya es la una y media. Lleva esperando media hora. Dios mío. ¡Mi traje está empapado! Y yo estoy hecha un adefesio.
—No me extraña. Con la que nos está cayendo encima es para eso y para más.
—Y todo es culpa tuya. ¡Todo!
—Sí hombre, y lo de la capa de ozono también —se mofó Temari—. ¡Tía lista! Te recuerdo por si lo has olvidado que has sido tú, tú, la que has clavado el coche en el barrizal.
—Te dije que no te desviaras. Te lo dije.
—¡Que no! —respondió Temari harta de escucharla—. Que no me vas a culpar a mí de esto, porque no me da la gana. Tú has sido la culpable. Sólo tú. ¡Asúmelo!
—¡No...! ¡Maldita vaca, no! —gritó con desesperación Sakura sin referirse a su hermana que tenía una talla menos que ella—. ¡Eso no! ¡Eso no!
Temari, incrédula por la situación, vio a su hermana salir del coche tan deprisa, que las punteras de sus glamorosos botines Gucci, se clavaron en el barro haciéndola caer de bruces. Sin poder contenerse, soltó una risotada que Sakura no debió de oír. La vaca llevaba el maletín con el portátil en su boca, y Sakura, hecha un auténtico adefesio de barro, corría como podía tras ella.
—¡Ay, que me da! —se dobló Temari de risa—. Por tu portátil supermegaguay eres capaz de hacerle frente a esa pobre vaca.
—¡Cállate, imbécil! —gritó Sakura.
—Y tú gilipollas, ¿no te digo?... —susurró apoyándose en el coche.
—Vaca. Ven aquí, ¡Devuélveme mi portátil! —gritó Sakura rebozada en barro.
La vaca, asustada por los aullidos de Sakura, comenzó a correr. Pero cansada de llevar a una loca aullándole en el culo soltó el maletín. Con la mala suerte de que cayó en el centro de un enorme charco...
—¡No! ¡No! ¡El portátil no!... —gritó desesperada Sakura.
Temari intentaba sin éxito parecer impasible y Sakura, en su afán de recuperar el maletín, metió un pie en el charco, y al sacarlo sólo salió el pie. Sin botín...
—¡Maldita sea, Temari! Es mi botín de Gucci. ¿Quieres hacer el favor de venir aquí y ayudarme?
—¡Aaayyy, Saku, que me va a dar algo! —se guaseó acercándose dolorida de tanto reír—. No te enfades. Pero este momento es para inmortalizarlo —dijo sacándole una foto con su cámara indocumentada.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Sakura, olvidándose del botín Gucci, del portátil, de las vacas, y de todo, se lanzó contra su hermana y las dos cayeron al charco.
—¡Maldito sea el momento en que te dije que me acompañaras! —berreó Sakura con rabia.
—¡Saku, para ya! Que no quiero currarte. Pero como sigas así no me va a quedar otro remedio —gritó Temari inmovilizando a su hermana, mientras la lluvia hacía resbalar el barro por sus cuerpos.
Sakura, cansada y agotada, se dio por vencida. Nada podía hacer. Estaban allí. En medio de la nada. Cubiertas de barro de pies a cabeza. Sin cobertura. Sin móviles. Con el portátil encharcado y el GPS inundado.
A las cinco de la tarde dejó de llover. Pero el problema era que comenzaba a anochecer y tiritaban de frío. En todo el tiempo que llevaban allí nadie había pasado por aquel camino. ¿Qué podían hacer?
—Deberíamos intentar llegar a algún pueblo —sugirió Temari.
—¡No me hables!
—Saku ¡Por Dios! Yo estoy tan calada como tú. Deja de hacer el idiota.
—¡Que no me hables! —volvió a gritar tocándose el pie congelado. No había sido capaz de recuperar su botín de Gucci, y toda aquella cara tecnología mojada no servía para nada.
—Eres de lo que no hay —se quejó Temari—. Eres la persona más egocéntrica que he conocido en mi vida. Tú nunca te confundes ¿verdad? Culpas a todo el mundo, sin pensar en que alguna pequeña parte de culpa la puedes tener tú.
—Te dije que no pararas. Te dije que continuaras hasta nuestro destino. ¡Pero no! La señorita tenía que parar, y hacerse una ridícula foto en este horrible lago.
En ese momento un ruido captó su atención. Parecía un motor por lo que moviéndose con rapidez casi gritaron al ver las luces de un vehículo a lo lejos.
Histéricas, comenzaron a saltar moviendo los brazos. Era un vehículo azul. Su única oportunidad de salir de allí. No podía pasar de largo.
—Déjame hablar a mí —dijo Temari mirando a su hermana—. Con lo borde que puedes llegar a ser, nos jugamos que quien sea se marche y nos deje aquí.
—Ni hablar. Hablaré yo.
Una destartalada y vieja furgoneta azul paró ante ellas con las luces encendidas. Su salvación. Era su salvación. Cuando la puerta se abrió, el gesto de Sakura cambió. ¡Qué diablos hacía él allí!
—¡Sasuke! —gritó Temari al reconocerlo—. Gracias a Dios que nos has encontrado.
Al verlas, Sasuke se relajó. Llevaba buscándolas horas. Algo que no reveló.
—Pero ¿qué hacéis aquí? ¡Madre mía! —se mofó Sasuke al verlas en aquel estado—. A vosotras qué os pasa ¿os gusta estar todo el santo día mojadas?
—¡¿Y a ti que te importa, paleto?! —respondió Sakura con altivez.
—Pero ¡vamos a ver, niñata caprichosa! —gritó Temari en español—. Que te calles. ¡Que cierres el pico!
—¡Por todos los santos! —murmuró Sasuke, que contuvo la risa al ver el coche—. ¿Qué le habéis hecho al coche?
La imagen del coche era deplorable. Nada tenía que ver con el lujoso Audi con el que salieron del hotel por la mañana. Estaba sucio, medio hundido en un barrizal, sin capota e inundado de agua. ¡Increíble! Lo habían hecho en sólo unas horas.
—Mira, Sasuke —sonrió Temari, entendiéndole—. Si te lo cuento, no te lo crees.
—Será interesante escucharlo —sonrió él abriendo la portezuela trasera, de donde salió un Border Collie que rápidamente Temari saludó con afecto.
—¡No! —gritó Sakura al ver cómo este se le acercaba— ¡Que no se acerque a mí! ¡No! ¡No!
—Stoirm —llamó Sasuke—. Ven aquí.
El perro le obedeció sentándose junto a él, momento en el que Sasuke se percató del miedo con que Sakura miraba a Stoirm.
—¿Cómo nos has encontrado? —preguntó Temari.
—Ha sido casualidad —explicó sin profundizar demasiado—. Voy a visitar a mis abuelos y siempre suelo parar en el lago Lochy.
—Ah... —recordó Temari—. Es cierto. Esta mañana lo comentaste.
Sasuke, sin poder apartar sus ojos de Sakura, observó cómo sus ojos asustados miraban a Stoirm, que era el perro más tranquilo que había conocido en su vida.
—No le tengas miedo —señaló preocupado por Sakura—. Stoirm es un buen perro.
—Si no te importa —aclaró Sakura—. Preferiría que guardáramos las formas.
—¡Que me aspen! —masticó él al escucharla—. Perdona, señorita, pero no soy yo quien necesita ayuda. Te recuerdo que en este momento no trabajo para nadie. Por lo tanto, ten cuidado, guapa, no te vayas a quedar aquí.
—¡Saku cierra el pico —la regañó Temari—. O te juro que me piro con Sasuke y te dejamos aquí por borde y insoportable!
Tras un silencio incomodo por parte de todos, fue Sakura la que habló.
—¡Tengo frío! ¿Podrías llevarnos a algún lugar donde podamos llamar a una grúa y volver al hotel?
—Pues... va a ser que no —sonrió Sasuke—. Lo siento, pero no.
—¡¿Cómo?! —gritó Sakura andando hacia él.
En ese momento Sasuke se dio cuenta de que cojeaba.
—Te falta una bota —preguntó a punto de carcajearse. ¿Qué había pasado allí?
—¿Qué pretendes? —gritó Sakura encarándose con él—. ¿Dejarnos tiradas aquí y marcharte con tu asquerosa furgoneta?
—Mi asquerosa furgoneta es lo único que tienes para salir de aquí. Por lo tanto, será mejor que te calles antes de que me suba en ella, y te deje aquí tirada a merced de las inclemencias del tiempo. ¡Dame tu bota!
—Ni lo sueñes —gritó mirándole con altivez—. Sólo tengo una y no te la voy a dar.
Aburrido de aquella mujer, se agachó e izándola en su hombro dijo a Temari:
—¿Serías tan amable de quitarle la botita a la princesita?
Temari, tras abrir la cremallera del botín, se lo entregó, momento en que Sasuke la posó en el suelo. Pero la rabia de Sakura la hizo acabar con su culo en el barro.
—¡Bruto! —ladró ella—. Te juro que me las vas a pagar. ¡Estúpido!
Sin hacerle caso Sasuke llamó a Stoirm, que tras oler el botín, comenzó a ladrar.
—¡Busca Stoirm, busca! —animó él.
El animal comenzó a olisquear y en menos de dos minutos, tras meterse en un charco, apareció con el botín. Cogido en su boca lo llevó hasta Sasuke, quién con palmadas en el lomo y un beso en la cabeza se lo agradeció.
—Aquí tienes tus botines, princesita —dijo, tirándoselos de malos modos.
Con la rabia anidada en el cuerpo, Sakura los cogió, se puso el seco y el otro empapado y lleno de barro lo dejó en su mano.
—Saku —susurró Temari—. Mamá te enseñó educación ¿recuerdas?
—No te preocupes Temari —gritó Sasuke sacando de la trasera del vehículo dos mantas y tras darle una a Temari dijo—. A partir de este momento, si la princesa quiere algo se lo va a tener que ganar. Me tiene harto con sus tonterías, con sus malos modos y sus terribles modales. ¡Eres insoportable, mujer! —añadió dirigiéndose a Sakura.
—Lo llevas claro, paleto escocés —retó Sakura, mientras observaba la cara de Sasuke—. Por mí, te puedes ir al diablo.
Tras decir aquello Sakura se sintió fatal. Sabía que su comportamiento estaba siendo ridículo. Pero a veces su carácter la dominaba a ella, y esta vez, era una de ellas.
—Muy bien —asintió Sasuke dejando la otra manta atrás—. Vamos Stoirm. Nos vamos a casa. Pronto comenzará de nuevo a llover.
El perro, sin dudarlo, de un salto montó en la furgoneta. Temari permaneció al principio dudosa pero ante una señal de Sasuke se montó en el asiento del copiloto. En aquel momento solo estaba a la intemperie Sakura, quien con el reto en los ojos les miró.
—¿Vais a dejarme aquí?
—Eso depende de ti —indicó Sasuke sentado al volante de vehículo—. Si quieres subir a mi asquerosa furgoneta, utiliza las palabras mágicas.
—¡Antes muerta! —gritó, haciendo que Temari maldijera en voz baja y Sasuke apretara con sus manos el volante.
Tras unos segundos de silencio, fue Sasuke quien ladró.
—¡Estoy esperando! Y no voy a esperar mucho más.
Callada, Sakura les observaba. Su cara reflejaba la rabia que sentía.
—Sasuke —susurró Temari bajito al oír cómo éste arrancaba al fin el coche—. No puedo irme y dejarla aquí sola. Mi madre me mataría y yo no podría vivir a causa de los remordimientos.
—Tranquila. Si es lista —respondió mirándola—, y creo que lo es, sabrá reaccionar a tiempo.
Sakura sonrió. Nunca se atreverían a dejarla sola y desamparada. Pero al ver que comenzaban a moverse su seguridad se resquebrajó. ¿Se atrevían a abandonarla allí, en un lugar repleto de vacas?
—Sasuke. ¡Para, que me bajo! —rogó Temari—. Mi hermana es muy cabezona. ¡No la conoces!
—Psss, calla—indicó él mientras observaba el espejo retrovisor.
—¡Maldita sea! —gritó Sakura tirando el botín Gucci contra la furgoneta—. ¡Por favor! Para. ¡POR FAVOR!
En ese momento Sasuke frenó en seco, y Temari respiró.
—Menos mal, aún le queda cordura —dijo en voz baja.
Apeándose del vehículo, Sasuke le pidió a Temari que se mantuviera ahí. Aquella española no podría con él.
—No viajaré junto a ese bicho —gruñó Sakura volviendo al ataque.
Al escuchar aquello Sasuke no supo si reír o arrancar y marcharse. Aquella mujer era peor que un dolor de muelas. Nunca se rendía.
—Stoirm no bajara —sentenció Sasuke clavándole la mirada—. Si quieres venir con nosotros tienes dos cosas que hacer. La primera es volver a usar las palabras mágicas. Y la segunda viajar junto a Stoirm.
La lluvia había comenzado de nuevo a caer y les calaba. Tenía frío. Pero la mirada ceñuda de aquel hombre la hacía estremecer. Aquellos ojos negros, y esa boca carnosa y sinuosa, que la había besado, la confundían. Por lo que apartando la mirada murmuró.
—Por favor. ¿Puedes llevarme?
Aquel tono de voz, tan diferente al que continuamente usaba, hizo que Sasuke se ablandara. Aquella mujer era la misma que le había besado y le había casi abierto su corazón, mientras estuvieron encerrados en el ascensor. Aquella mujer era quien le estaba quitando el sueño desde el día que la conoció. Aquella mujer le gustaba demasiado, y eso le molestaba.
—Por supuesto que te llevaré —asintió Sasuke, deseando abrazarla—. Cuando quieras puedes entrar. Stoirm estará encantado de tener compañero de viaje.
—Escucha, Sasuke. Yo me cambiaré de sitio —gritó Temari—. A Saku le dan pánico los animales —señaló, intentando excusar a su hermana, quién continuaba bajo la lluvia.
—De acuerdo, Temari —asintió Sasuke, y volvió su mirada a Sakura—. Hazme un favor, princesita. Entra y mantén tu boca cerrada, si no quieres que de una patada te saque de mi asquerosa furgoneta.
Cogiendo el botín del suelo, Sasuke se lo tiró a Sakura que lo cazó en el aire y, contuvo sus enormes ganas de tirárselo a la cabeza. ¿Quién se había creído ese tipo que era?
Con la poca dignidad que le quedaba y cojeando por la falta del botín, rodeó la furgoneta. Abrió la portezuela, se sentó y cerró de un portazo. Momento en que Sasuke le tiró encima una manta, que ella tomó para abrigarse, murmurando apenas un audible «gracias».
Tras un corto y tortuoso viaje, en el que la furgoneta saltó más que un canguro, en silencio llegaron hasta una enorme pero vieja casona de tejas oscuras. Sus ventanas de madera envejecida por el viento parecían desafiar el temporal que se desataba encima de ellos. A un lado había un granero viejo, y al otro, un frondoso bosque de pinos guardaba celosamente la intimidad de dos o tres pequeñas casitas. Sakura, que al fin había entrado en calor, observaba el lugar mientras, horrorizada, pensaba qué hacía ella allí.
Pasados unos segundos se abrió la puerta. Una pequeña mujer de ojos oscuros les saludó desde el umbral.
—Esperad aquí un momento —indicó Sasuke con voz profunda.
Bajándose del coche, con una encantadora sonrisa, fue hasta la mujer que sin dudarlo le abrazó con cariño.
—Dichosos los ojos que te ven, mi amor —saludó la anciana de rostro ajado por los años, años que habían respetado una tierna mirada.
—Hola, abuela —saludó Sasuke tan efusivamente como lo había recibido.
—¿Por qué no avisaste de que venías? —le regañó, señalándole con el dedo—. Tu abuelo dirá que podríamos haber calentado la casa antes de tu llegada, y llenar la nevera.
—No sabía que iba a venir hasta hace poco. ¿Cómo está el abuelo?
—Delicado, pero bien —asintió sonriente—. Ya sabes, luchando como un oso.
—Lo que me imaginaba —sonrió, y tomándola de las manos dijo—. Necesito hablar con vosotros. Aparte de Karin, ¿hay alguien más en la granja?
—¡Por todos los demonios, Sasuke! —susurró la mujer, asustada—. No iras a darme un disgusto. Mira que no tengo ganas de sermones.
—No, Ko, tranquila —sonrió al ver su cara.
—En este momento sólo está Karin —y fijándose en la furgoneta preguntó—: Pero mi amor ¿quiénes son esas muchachas que esperan en la furgoneta? ¿Traes novia?
—De eso precisamente quería hablarte —sonrió al verla emocionada—. Pero no te emociones, que nada tiene que ver con lo que estás pensando.
Sasuke, tras mirar hacia la furgoneta, entró en la casa con la mujer. Necesitaba su ayuda.
Desde el coche, Sakura, arropada con la manta, continuaba callada.
—Vale. De acuerdo. Cargo con todas las culpas que quieras —dijo Temari—. Si quieres mañana llamo al conde y le cuento lo ocurrido.
—No, Temari —respondió su hermana—. Ya has hecho bastante. Por lo tanto, ¡cállate! Antes de que...
En ese momento la puerta de la casa se abrió. Apareció Sasuke, la anciana de antes y una muchacha joven.
—Temari —susurró Sakura—. Dime que no nos vamos a quedar aquí.
Pero Sasuke, acercándose hasta ellas con una extraña sonrisa, abrió la puerta de Sakura y les dio la bienvenida.
—Bienvenidas a mi hogar, señoritas.
La cara de Sakura era un auténtico poema. ¿Cómo se iba a quedar allí?
En ese momento Stoirm saltó desde la parte trasera de la furgoneta y, pasando por encima de ella que gritó asustada, saltó al suelo.
—¡Qué lugar más alucinante! —exclamó Temari, mientras un rayo cruzaba el cielo. Con cuidado bajó de la furgoneta y saludó a las dos mujeres, quienes con amabilidad la acompañaron al interior.
—¿Piensas dormir en la furgoneta? —preguntó Sasuke dirigiéndose a Sakura.
—Quiero volver al hotel —dijo hundiéndose en el asiento de la furgoneta.
—Creo que eso de momento va a ser imposible —le respondió él.
—Pero yo no puedo dormir ahí —no pudo evitar señalar la casa en tono despectivo—. No conozco a esas personas, no me gusta la casa. Es vieja, y parece sucia.
—Disculpa, princesita —respondió Sasuke, molesto—. La casa de mis abuelos es vieja, pero por tu bien, omite decir delante de mi abuela que crees que su casa está sucia, porque te aseguro que como digas eso te arrepentirás.
—No pienso moverme de aquí.
—De acuerdo —asintió Sasuke, y alejándose añadió—. Que pases buena noche. Ah..., y abrígate, con lo empapada que estás no dudo que tendrás frío.
Sakura lo vio alejarse cargado con un pequeño trolley color azul. Le llamó la atención la marca Victorinox. Una marca suiza bastante cara. Aquella maleta era muy parecida a una que le regaló a Nagato. Pero no le cabía la menor duda que sería una mala imitación de mercadillo.
Segundos después salió Temari, que dando unos golpecitos a la ventanilla le indicó que la bajara.
—Saku. ¿A qué coño estás esperando para entrar?
—No pienso hacerlo.
—¡Dios, qué cruz! —gritó Temari—. Vamos a ver Saku; estás empapada y con barro hasta en las orejas. Tienes frío. Hambre. Y aún así ¿vas a quedarte aquí?
—Qué parte de la palabra no, no entiendes. ¿Acaso crees que voy a entrar a esa horrorosa casa, y voy a confraternizar con esas dos mujeres rurales?
—Eres... eres... —suspiró Temari regresando a la casa—. ¡Que te den morcillas so pija! Congélate mientras yo estoy calentita, limpia y cenadita.
Verla desaparecer le molestó. Pero según pasaban los minutos, la noche caía y el motor de la furgoneta se enfriaba, comenzó a dudar. ¿Debería de entrar?
En el interior de la casa Temari se había duchado y cambiado de ropa. Ko, la abuela de Sasuke, se había desvivido por hacerle agradable su estancia allí y Karin, la muchachita de aspecto masculino, la observaba muy callada. En dos ocasiones Ko intentó salir en busca de Sakura, pero Sasuke no la dejó. Si quería entrar sería ella la que tendría que llamar a la puerta.
Sobre las doce de la noche, el viento era frío y la lluvia torrencial. Sasuke comenzó a incomodarse. ¿Cómo podía ser tan testaruda aquella mujer? Por lo que, maldiciendo, salió al exterior y tras abrir la puerta de la furgoneta, agarró a Sakura, que estaba dormida, y despertándola de malos modos la hizo andar delante de él hasta el interior de la casa.
Tan sorprendida estaba por aquella intromisión en su sueño que cuando quiso reaccionar el calor de la chimenea la envolvía y la cara sonriente de Kō le ofrecía un caldito caliente que ésta aceptó sin dudar. Estaba congelada.
Temari, al ver a su hermana allí, se relajó, y Ko, viendo el cansancio de aquella pobre muchacha le indicó que la siguiera para mostrarle dónde podía dormir. Detrás de ella, como una sonámbula, se fue Temari, que estaba deseando meterse entre sábanas calientes.
En el salón, el fuego de la chimenea comenzó a calentar el cuerpo de Sakura, que con disimulo observaba cómo Karin no dejaba de mirar por la ventana y cómo Sasuke no paraba de echar leña en la chimenea.
—Esta miel casera te hará bien —dijo Ko, acercándose con un bote en una mano y una cuchara llena de miel en la otra.
—No, gracias —rechazó—. No me apetece.
Sakura, con gesto altivo miró hacia Sasuke, que con ojos graves había visto cómo Ko dejaba la cuchara y el tarro de miel sobre la mesa.
—Deberías quitarte el barro del cuerpo —señaló Ona volviéndose hacia ella—. Puedes ducharte si quieres.
—¿Tienen ducha? —preguntó incrédula.
—Claro, hija mía —asintió Ko sonriendo mientras agarraba a su nieto para que no soltara alguna insensatez.
Esa muchacha parecía bonita a pesar de la costra de barro seco que cubría su cuerpo.
—Me llamo Sakura —dijo en un perfecto inglés mirando a la mujer.
—Soy muy mala para los nombres, hija mía—señaló Ko—. La cabeza, ya sabes...
A sus ochenta años, y a pesar de la vitalidad que en ella había, olvidaba los nombres, en especial, los que no le interesaban. Algo que no le importaba mucho, pero preocupaba a los que la querían.
—No te preocupes, Ko —señaló Sasuke dándole un cariñoso beso en la mejilla—. Yo tengo cuarenta y también los olvido —y volviéndose hacia Sakura dijo—. ¿Acaso crees que todavía nos bañamos una vez al año y en el río? —increpó, ganándose una recriminadora mirada de su abuela.
—Ah... ¿Pero tú conoces el jabón? —señaló Sakura para jorobarlo.
—¿Y tú? —siseo Sasuke—. ¿Conoces la amabilidad?
—¡Eres un garrulo!
—Y tú una pija insufrible.
—Ven conmigo, muchacha —sonrió Ko—. Te daré ropa limpia y podrás ducharte.
Sin mirar ni contestar a Sasuke, Sakura se levantó y siguió a la anciana. Tras subir por unas estrechas escaleras de madera, le indicó la habitación donde dormiría. Posteriormente fueron hasta un baño limpio, arreglado, pero sin grandes lujos.
—Este jabón es muy bueno —dijo la anciana—. Lo trae mi Sasuke de Edimburgo. Aquí tienes un albornoz limpito, unos calcetines y un par de toallas. Como le he dejado un pijama a tu hermana, he cogido uno de Sasuke para ti.
—No se preocupe —asintió horrorizada mirando lo que había encima del pijama.
—Ah..., siento tener que dejarte ropa interior de la mía. No es bonita, pero sí práctica. Karin utiliza calzoncillos, dice que está más cómoda. ¿Necesitas algo más?
—No..., gracias.
Al cerrar la puerta en la que no había pestillo y quedarse sola en el baño, miró a su alrededor. Todo era viejo y sin marca. Demasiado usado para su gusto. Cogió la braga con las puntas de los dedos, y horrorizada la examinó. ¿Acaso creía esa anciana que se iba a poner aquellas bragas de cuello alto?
Mirando los botecitos de jabón, sonrió con maldad. Aquel jabón era del hotel, al igual que el albornoz.
«Te voy a aplastar por ratero», pensó Sakura.
Tras quitarse el sucio traje, y casi llorar al ver cómo estaba, se metió con cuidado en la ducha. No quería rozarse con nada, aunque poco después tuvo que contener un suspiró de placer al notar el agua caliente recorrer su piel. Poder quitarse el barro seco del pelo y del cuerpo en aquel momento era un auténtico placer.
De pronto sintió que la puerta del baño se abría y que alguien entraba en el baño acompañado por una ráfaga de aire frió.
—¡Está ocupado! —gritó molesta.
—Lo siento —dijo una débil voz masculina—. Sólo será un segundo.
Acto seguido escuchó vomitar a alguien. Algo que le repugnó.
¿Qué más podía ocurrir?
Pero al escuchar los jadeos de angustia de ese alguien, los recuerdos acudieron a su mente como una montaña de arena. Odiaba recordarlo, por lo que quitándose lo más deprisa que pudo el jabón del cuerpo se puso el albornoz, y al abrir la cortina, se quedó paralizada con lo que encontró.
Sentado en el suelo, junto al WC, un enorme anciano con un pijama a rayas respiraba con dificultad.
—No se preocupe —jadeó el hombre—. Le prometo, muchacha por San Fergus, que no la miraré.
Sakura observó cómo el hombre tapaba sus ojos con la mano. Aquello, a pesar de lo extraño y grave de la situación, le hizo sonreír tímidamente. Pasados unos segundos el gigante de barbas blancas intentó levantarse, pero estaba pálido y sus grandes manos le temblaban tanto que le era inútil. ¿Qué le ocurría?
—¿Está usted bien? —preguntó Sakura, agachándose junto a él.
—Eso creía —murmuró el anciano desviando la mirada—. Lo siento muchacha. Creí que no había nadie.
Sakura observó algo conocido para ella en los ojos de aquel hombre. Aquellos ojos reflejaban tristeza, humillación y, si cabe, dolor. Sin pensárselo, se agachó junto a él y con el esfuerzo de los dos consiguieron que éste se sentara en la taza de WC. Después, tomando una toalla y mojándola con agua, Sakura, se la pasó al hombre con cuidado por la cara, momento en que por primera vez el hombre la miró y sonrió.
—Lo siento, muchacha —volvió a repetir—. De verdad que lo siento.
—No se preocupe, por favor —aquel hombre le gustaba. No sabía por qué, pero le gustaba—. ¿Está usted mejor? ¿Quiere que avise a alguien?
—Eres una de las españolas ¿verdad?
—Sí —sonrió—. Veo que Sasuke le ha informado de que tiene invitadas. Aunque le agradecería que no me contara lo que le ha dicho de mí, así me evitaré decirle lo que pienso yo de él.
—Es un buen muchacho —sonrió el anciano, orgulloso—. Algo testarudo, pero un hombre de provecho.
—Es su nieto, ¿verdad?
—Sí —asintió con rotundidad, y extendiendo la mano dijo—: Mi nombre es Homura Mitokado.
—Encantada señor Mitokado, mi nombre es Sakura Haruno.
—¿Sakura? Qué nombre más positivo —sonrió el anciano—. Pero no me llames de usted que me hace mayor. Soy el marido de Koharu, y sólo te diré una cosa respecto a mi nieto. No saques conclusiones aceleradas. Te equivocarás.
—Encantada de conocerle —sonrió y cogió aquella temblorosa mano—. En cuanto a su nieto. Tranquilo. Espero perderle de vista pronto para no equivocarme.
—Me encantaría continuar está charla contigo —indicó el anciano—. Pero tengo que volver a la habitación. Como Ko se entere de que he venido al baño sin avisarla se enfadará.
—Será nuestro secreto. Te ayudaré a volver sin que tu esposa se entere —sonrió Sakura.
Abriendo con sigilo la puerta del baño, Sakura sacó su empapada cabeza y tras comprobar que todo estaba tranquilo agarró de la cintura al gigante y con pasos cortos pero seguros llegaron hasta la habitación que había al fondo del pasillo. Al entrar en aquella cálida estancia Sakura se sorprendió y, tras ayudarle a entrar en la cama, observó la habitación con curiosidad. Aquella cama tallada con dosel era una maravilla. ¡Era preciosa! El gran hogar encendido estaba bordeado por madera tallada de roble. A un lado un gran ventanal, ahora cerrado, tenía una deslumbrante cortina veneciana en color Burdeos. Al otro lado del hogar, una bonita librería, junto a un sillón orejero también burdeos y una mesita de lectura daban un toque de distinción a la habitación, que podía haber estado en cualquier lado menos en esa casa perdida en el campo.
—Homura —dijo sorprendida—. Tienes una habitación preciosa.
—Gracias —asintió mirando su alrededor—. Todo lo que ves lo ha hecho mi Sasuke para nosotros.
—¿En serio? —murmuró más que preguntó ella, incrédula, admirando el fino tallaje del dosel.
—Mi nieto es un artista —añadió Homura con orgullo.
—Sí, de la cuerda floja —señaló Sakura haciéndole sonreír.
El anciano la miró con ojos llenos de ternura.
—¿Qué hace una mujer como tú en tierras escocesas?
—Vine por trabajo —dijo ella sin dejar de observar la habitación.
—Si yo tuviera cuarenta años menos y fueras mi mujer —indicó haciéndola sonreír—, no te permitiría viajar sola. Y menos a Escocia.
—No estoy casada, Homura. Soy una mujer trabajadora, libre de compromiso y eso me da derecho a elegir dónde quiero ir.
—¿Y cómo es posible que sigas soltera? No entiendo a los hombres de hoy en día.
—Los tiempos cambian, Homura —señaló sin profundizar en el tema.
—¿En España no valoran lo que es una mujer?
—No sabría qué responderte a eso —dijo acercándose—. En España, como en el resto del mundo, una mujer libre, lista e independiente, asusta.
En ese momento se escucharon risas, y a alguien subiendo por las escaleras.
—Me marcho —susurró ella, yendo hacia la puerta—. Si no al final te descubrirán.
—Sakura, ¿volverás para charlar conmigo?
—Mañana me marcharé. Pero prometo venir antes a despedirme de ti.
Cuando se quedó sólo en la habitación, Homura sonrió. Sasuke no tenía un pelo de tonto. Su nieto era más listo de lo que él pensaba.
De nuevo en el baño, se miró en el espejo. Estaba horrorosa y lo peor de todo, no tenía su crema antiarrugas Christian Dior con ácido ascórbico.
—¡Dios qué orejas tengo! —Murmuró ahuecándose el pelo.
Debía llamar al Hospital Montepríncipe en cuanto regresara a España. El doctor Zurriniaga de Vascongrelos, el cirujano que le hizo la liposucción, tenía que hacerle una otoplastia ¡urgente! Odiaba sus orejas.
Hastiada y aburrida de su imagen al natural, cogió la parte de arriba del pijama y estuvo a punto de chillar al ver el dibujo.
—¡Tomates! —murmuró incrédula—. ¡Me voy a poner un pijama con tomates!
Acostumbrada a utilizar maravillosos pijamas de Moschino, DKNY o Armani, normalmente de seda, aquel pijama de franela indocumentado, plagado de tomates rojos, era peor que ponerse una copia barata de mercadillo.
—Pensaré que son tomatitos Cherry —murmuró con un gemido—. Eso me hará sentir mejor.
Convencida de que aquello era su única opción, se puso la parte de arriba. Le llegaba hasta la mitad de los muslos. Solo eso le valía de camisón. Eso sí. De tomates Cherry.
—Oh, Dios mío... Oh, Dios mío. Ni mi madre lleva esto —susurró escandalizada, mientras cogía con cuidado la enorme braga blanca de algodón—. ¿Cómo voy a ponerme esto?
Pero al final, a pesar de que le chirriaban los dientes, se la puso. No podía andar por el mundo sin bragas. El problema era que igual que se las ponía, se le caían. Le estaban enormes, al igual que el pantalón, por lo que, acordándose de los apaños que siempre hacía su madre, se quitó la goma del pelo que llevaba en la muñeca y le hizo un gurruño —palabra oriunda del pueblo de su madre— se sujetó las bragas.
Con valor, y tras contar hasta cuarenta consiguió mirarse al espejo. ¿Aquella era ella? Estaba patética. Cualquier que la viera en ese instante, pensaría que era una pueblerina profunda en vez de la jefa de publicidad de la prestigiosa empresa RCH.
¿Cómo había podido llegar a aquella situación?
La imagen de su hermana se cruzó en su mente. ¡Ella era la culpable de todo!
Necesitaba con urgencia volver a Edimburgo para conseguir ropa en condiciones y localizar al conde. ¿Qué habría pensado por el desplante? Si en su empresa se enteraban de lo ocurrido, sería el fin de su carrera.
—Princesita —dijo la voz de Sasuke golpeando la puerta—. ¿Te falta mucho?
—No —respondió avergonzada.
¿Cómo iba a salir así?
Estaba horrible con aquel enorme y horroroso pijama de tomates, por muy Cherry que fueran. Eso sin comentar las tremendas bragas de cuello alto.
—Me gustaría darme una ducha antes de que amanezca. ¿Sería posible?
Aquel odioso hombre sólo quería provocarla. Y no. Aquella noche no iba a conseguirlo.
—Si me metes prisa —respondió apoyándose en la pared—. Puede que consigas ducharte para las navidades del 2020.
—¿Ah, sí? ¡Conque ésas tenemos, ¿he?! —siseó Sasuke, y sin pensarlo dos veces abrió la puerta a lo bestia—. Entonces permíteme que mire el espectáculo hasta el 2020. Por lo menos me divertirá el payaso contratado para el evento.
—¡Cromañón! —espetó intentando no gritar. Homura estaba cerca—. ¡Sal de aquí inmediatamente! Tu abuela puede venir y pensar lo que no es.
—No te preocupes —respondió y cerró la puerta tras de sí—. Mi abuela me conoce, y sabe que tú no eres mi tipo de mujer.
—Déjame salir —pidió Sakura cogiendo la ropa sucia del suelo.
—¿Ahora tienes prisa? ¿O quizás tienes miedo de estar a solas conmigo como el otro día en el ascensor...?
Ella hizo como que no le había oído.
—¿Dónde puedo guardar mi ropa? Todo es de marca y necesitará pasar por el tinte cuando volvamos a Edimburgo.
Ahora el sordo era él.
—Vaya. Qué curioso... ese pijama de tomates me suena.
Sasuke pensó que estaba preciosa. Sin pizca de maquillaje, y con el pelo mojado peinado hacia atrás..., era un espectáculo muy sexy.
Vista así no parecía la agresiva mujer que había conocido.
—Me lo dejó tu abuela —se defendió—. Y no son simples tomates. Son tomates Cherry.
Aquello le hizo sonreír. ¡Tomates Cherry! Era tan pija que necesitaba catalogar la clase de tomate que llevaba el pijama para justificar su valía.
—¿Sabes? —dijo dando un paso hacia ella—. Ese pijama me lo regaló Ko, hace años para Navidad. Mi deber moral me hace decirte que no es de marca, a pesar de que los tomates sean Cherry.
—Déjame salir —dijo, sintiéndolo demasiado cerca.
—Te dejaré salir cuando pagues el alquiler del pijama.
Al escuchar aquello Sakura estuvo a punto de gritar. Aquel tipo era un prepotente engreído. Por lo que dando un paso hacia atrás, se alejó todo lo que pudo de él, mientras Sasuke, divertido, observaba cómo ella cambiaba de color. Le gustaba cuando se ponía furiosa.
—Mira, hombre de las cavernas —resopló, deseando matarlo allí mismo—. Daría lo que fuera por no estar aquí. Daría lo que fuera por no llevar tu horroroso pijama. Daría lo que fuera incluso por un cepillo de dientes, pero...
—Yo daría lo que fuera porque te callaras y me besaras —dijo él interrumpiéndola.
Sin moverse, Sakura vio cómo Sasuke le quitaba la ropa sucia de las manos y la atraía hacia él. Consciente de cómo el tacto y el sabor de los besos de aquel idiota comenzaban a hacerle perder fuerza, intentó resistirse, pero no lo consiguió. Le gustaban sus besos. No sabía por qué. Pero le gustaban, y eso comenzaba a asustarla.
Ajeno a los pensamientos de Sakura, Sasuke devoraba con pasión aquellos sabrosos labios. A pesar de la resistencia que ella opuso al principio, era consciente de cómo poco a poco comenzó a mover su lengua junto a la de él. Notó cómo le mordía el labio inferior y soltando un gruñido de satisfacción él se lo mordió a ella. Sasuke llevaba deseando besarla desde que la vio partir por la mañana del hotel, y tenerla allí, tan preciosa e indefensa, lo había hecho irresistible.
Inclinándose sobre ella, puso sus manos bajo sus hombros, y alzándola la colocó contra la puerta, momento en el que Sakura le miró tan extasiada que le hizo arder de deseo. Sasuke la sujetó contra la puerta, y con cuidado metió sus fuertes manos bajo la camiseta del pijama, y pronto sus manos toparon con la tela sobrante de las bragas haciéndole sonreír, mientras Sakura respondía a sus besos con verdadero ardor.
Con una sonrisa de lobo hambriento en su boca, la separó de él. Le apetecía seguir seduciéndola, pero aquello sólo le traería más quebraderos de cabeza. Su propósito no era aquel. Por lo que recuperando su autocontrol a pesar de tenerla ante él cómo una gatita mansa, se preparó para un nuevo ataque.
—Con esto me doy por satisfecho, princesita.
Al escucharlo, Sakura abrió los ojos. ¡¿Cómo?! Estuvo a punto de gritar.
Pero al ver su sonrisa profidén, lo entendió. Sólo pretendía humillarla. Así que cogiendo con rabia la ropa del suelo, le señaló con el dedo.
—No vuelvas a hacer lo que has hecho.
—¿Por qué? Parecía que te gustaba —susurró divertido—. Mi habitación es la segunda de la derecha. Si te apetece un rato de buen sexo, estaré encantado de hacerte un hueco en mi cama.
Sakura, rabiosa como una leona que ha perdido a sus cachorros, iba a responderle cuando notó cómo algo le resbalaba por las piernas hasta caerle a los pies.
«Oh Dios mío, que bochorno», pensó al ver la mirada divertida de Sasuke y las horrorosas bragas hechas un gurruño a sus pies.
—¡Vaya..., princesita! —rió a carcajadas—. Nunca a nadie se le habían caído las bragas al suelo tan rápido ante una invitación a mi cama.
Ella notó cómo la cólera y el bochorno le tintaban la cara de rojo.
—Antes se congela el infierno que acostarme yo contigo —bufó avergonzada y agachándose, sacó los pies y las cogió.
Se sentía como una caldera a punto de estallar, y así se dirigió hacia la habitación que le había indicado Ko. Por todo el camino le persiguieron las carcajadas de aquel idiota, que no dejó de oír hasta que una vez dentro cerró la puerta. Allí vio a Temari dormida en una enorme cama. Sin querer pensar ni mirar a su alrededor se puso de nuevo las bragas, se hizo el gurruño, se metió en la cama, y tapándose hasta las orejas, se durmió.
A la mañana siguiente, cuando Sakura abrió los ojos, se sorprendió al verse sola en la habitación. ¿Dónde estaba Temari?
Se sentó en la cama y comenzó a restregarse los párpados mientras se despejaba. Fue entonces cuando notó que algo pastoso y húmedo chocaba con su mano. Al abrir los ojos vio pegada a ella la cabeza peluda de Stoirm, el maldito perro de Sasuke, que al escuchar el gritó desesperado de Sakura, saltó al suelo algo incómodo.
—¡Fuera de aquí, bestia salvaje! —volvió a gritar, mientras el animal, sentado a los pies de la cama, la observaba.
—Buenos días, hermanita —la saludó Temari, entrando por la puerta, mientras Stoirm decidía que estaba aburrido y salía de la habitación— ¿Por qué has gritado?
—Esa bestia... estaba a punto de atacarme —su tono de voz no conseguía ser normal.
—¿Stoirm? —se sorprendió Temari—. Pero si ése es del pelaje tranquilo de Óscar. Por Dios, Saku, si les miraras a los ojos te darías cuenta de cómo son.
Pero la cara de susto y de asco de su hermana decía que no pasaba por su cabeza dedicarse a ver qué había en las pupilas de aquellos monstruos peludos y babosos.
—Toma —desistió y le tendió la ropa—. Aquí tienes ropa limpia y seca. Vístete y baja a desayunar. Ko hace unas tostadas con mantequilla que te van a dejar muerta.
A su vez Temari se puso un peto vaquero enorme, una camisa verde y un jersey rojo, además de unas botas de plástico azul.
—¿De qué vas vestida? —preguntó Sakura, horrorizada por el aspecto de su hermana.
—De granjera —sonrió Temari—. Me encanta. Estoy calentita y me encuentro bien. Por cierto. Muy chulo tu pijama de tomates. ¡Es divertido!
—Son tomates cherry —aclaró.
—Si tú lo dices... —se carcajeó al escucharla. Era irremediable.
Con horror, Sakura miró lo que su hermana le había puesto encima de la cama. Tras ver que eran una falda azul de pana, un jersey verde de ochos y unas botas como de pocero preguntó.
—¿Qué es esto?
—Ropa limpia —respondió Temari.
—¿De qué temporada?
—Sin duda del Medievo —le ponía los sarcasmos a huevo—. ¡Joder, Saku! Vístete y punto.
—¿Pero de quién es esa ropa?
—No sé —contestó Temari—. Oí algo de una difunta.
—¿Difunta? ¿Dónde está mi ropa? —gritó Sakura apretando los puños.
Si su hermana y los demás pensaban que se iba a poner aquella horterada de mala calidad y con más años que Tutankamon, lo llevaban claro.
—Saku —suspiró Temari—. No te quejes. Nuestra ropa está en la lavadora y Ko nos ha dejado lo que ha podido.
—¿En la lavadora? —gritó Sakura al pensar en su traje—. Mi traje Versace y la camisa de Carolina Herrera... ¿Están en la lavadora?
—Cómo diría el Fiti de los Serrano ¡Mayormente!
Levantándose como un resorte, sin importarle la pinta que llevaba, salió disparada escaleras abajo. No podía ser. No podía creer que la única ropa que tenía estuviera dando vueltas y vueltas dentro de un bombo de metal.
Sin saludar a nadie entró en la cocina, y clavando su mirada en la lavadora, pudo ver cómo su traje de Versace se retorcía en un mar de espuma blanca.
—Esto es una pesadilla —gimió a punto de llorar, sin percatarse de cómo la miraban todos—. Primero el coche. Luego el móvil. Más tarde el portátil. Ahora el traje. ¿Qué más puedo perder? ¿Qué más me puede pasar?
—Princesita —tosió Sasuke conteniendo la risa—. Creo que acabas de perder otra vez las bragas.
—¿Otra vez?... —Temari tenía curiosidad por saber a qué se había referido.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Sakura horrorizada y, agachándose sin decir nada más, las cogió e hizo un gurruño dentro de su mano, para que no se vieran.
Sasuke, que almorzaba junto a su abuelo y un par de mozos, no dejó de reír a carcajadas. Aquella muchacha cuanto más desastrosa y enfadada estaba, más preciosa se ponía.
«Algo no me funciona bien», pensó Sasuke concentrándose en su desayuno.
—Buenos días, Sakura —saludó Homura tras dar a su nieto un empujón, pero la muchacha estaba tan furiosa que no le oyó.
—Buenos días, hija mía —saludó con cariño Ko—. ¿Has dormido bien?
—¿Cómo se le ocurre meter mi traje en la lavadora? —gritó a la anciana—. Ese traje se lava en seco.
—¡Ay, Dios! No lo sabía —se disculpó la anciana.
—¿Sabe cuánto cuesta ese traje? —volvió a gritar Sakura.
—Saku —intervino Temari—. Basta ya.
—Pero... pero... ¿Aquí todo el mundo está chalado? —gritó Sakura sin hacerle caso—. Ese traje cuesta mil quinientos euros, que en libras serán más de mil.
—¡Por todos los santos! —susurró asustada Ko, mientras apagaba la lavadora—. Hija mía, no lo sabía.
—Fui yo quién le dijo a Ko que lo lavara —aclaró la voz de Sasuke a su espalda.
Volviéndose hacia él, mientras echaba humo por las orejas, vio un atisbo de diversión en sus ojos. ¿Qué le pasaba a ese hombre?
—Muchacha —intervino Homura—. Estoy seguro de que Sasuke lo hizo sin maldad.
—Saku —susurró Temari en español—. Controla la vena del cuello y tu lengua de víbora, que estoy temiendo lo peor. Recuerda que esta gente nos ha dado cobijo gratis sin pedir nada a cambio...
Por desgracia aquellas palabras llegaron tarde.
—¡Eres un maldito... un maldito cabronazo! —ladró Sakura mirando a Sasuke, quién con una tranquilidad pasmosa volvía a sentarse en la silla—. Eres retorcido y prepotente. Y te juro que antes de que yo vuelva a España vas a pagar por todo lo que estás haciendo.
—Princesita. No jures lo que nunca cumplirás —indicó Sasuke.
Ko miró a su marido, quien con un gesto divertido no perdía prenda de lo que sucedía entre su nieto y la española.
—Te voy a aplastar como a un gusano —siseó Sakura señalándole.
—¡Por todos los santos! Qué genio tiene la española —susurró Homura a su nieto.
—Lady Dóberman —se mofó Sasuke y señalándola dijo—. Ten cuidado con tus movimientos si no quieres mostrarnos también tu precioso trasero.
Con la poca dignidad que le quedaba, se bajó la camiseta y alzando la barbilla como una princesa, salió de la cocina, donde continuaban las carcajadas. ¡Había sido bochornoso!
Unas horas después el hambre comenzó a hacerle temblar las manos. Sakura llevaba metida en aquella habitación casi tres horas. Se negaba a bajar, y por supuesto se negaba a utilizar la ropa que la esperaba encima de la cama. Desde la ventana de la habitación vio a Sasuke salir acompañado por dos hombres y por su hermana, cuando unos golpes en la puerta llamaron su atención.
—¿Se puede? —preguntó Homura.
—Sí. Por supuesto —asintió Sakura.
—Te he traído un vaso de leche con galletas. ¿No tienes hambre muchacha?
—No mucha —mintió agarrando la bandeja—. Pero te lo agradezco Homura.
—Anda, anda, come algo o enfermarás —animó el anciano sonriendo.
—La leche... ¿es desnatada?
—No, muchacha. Es leche de vaca, concretamente de mi Geraldine.
—¡Oh, Dios mío! —dijo Sakura soltando la taza—. Esta leche... ¿ha pasado las normas de sanidad e higiene?
Al decir aquello y ver la cara del anciano, se arrepintió y cogiendo de nuevo la taza dio un trago que le supo a gloria.
—Esta exquisita, Homura. Gracias.
—Oye muchacha. Ko y yo sentimos lo del traje, y queremos que no te preocupes, nosotros te lo pagaremos.
—¡Por favor..., no, por favor! —se alarmó al escucharle—. Eso no lo voy a consentir. Me he comportado cómo una estúpida e iba a pediros disculpas por cómo me he puesto.
—Y luego está este nieto mío...
—¡Oh, no me lo menciones! —gruñó Sakura al recordarlo. Sin darse cuenta dio otro trago de leche que le estaba resultando exquisita.
«Estáis hechos el uno para el otro», pensó Homura sonriendo, pero levantándose dijo:
—Muchacha, mis tripas dicen que tengo que dejarte. Hasta luego.
—Hasta luego, Homura —sonrió al verle desaparecer.
Sobre las dos de la tarde un olor a estofado de carne comenzó a llegar hasta ella. Eso hizo que sus tripas gritaran amenazando con torturarla si no las alimentaba. Tras coger de malos modos aquella ropa, decidió ponérsela. Pero cuando vio unos calzoncillos dentro del montón su humillación creció y los tiró contra la pared. ¡No pensaba ponérselos!
Pero el hambre aumentó, por lo que cogiendo los calzoncillos se quitó las enormes bragas de Ko, y se los colocó bajo el resto de la ropa. Con cautela fue hacia el baño, donde se lavó los dientes con el dedo y se cogió con la goma una coleta alta. Mirándose en el espejo puso un puchero. La cara le tiraba. Necesitaba su crema Dior reafirmante de día, el contorno de ojos y su maquillaje de Elizabeth Arden. Pero convencida de que en aquella casona no conocerían nada de eso, suspiró y bajó.
—Hola, hija mía —saludó Ko al verla entrar—. No creo que tarden mucho en llegar los hombres para comer.
Sin decir nada, Sakura se sentó. El hambre la mataba, pero no estaba dispuesta a confesarlo.
—Veo que la ropa que encontramos para ti te sienta bien —y mirándola preguntó—. ¿Estás más tranquila ahora?
—Sí señora —respondió molesta y avergonzada.
—En referencia al traje... —confesó la anciana—. No fue Sasuke fui yo. Lo vi tan sucio que...
—No se preocupe, señora. No pasa nada.
—Oh sí... sí pasa —insistió Ko—. Ganar mil libras cuesta mucho esfuerzo y trabajo, hija. No te preocupes. Le diré a Sasuke que el próximo día que vaya al pueblo, saque esa cantidad de mi cuenta. Yo te lo pagaré.
Al volver a escuchar aquello Sakura se sintió mal. Aquella mujer, sin conocerla, le había abierto las puertas de su casa y no se merecía que ella se lo hubiera pagado así.
—Señora...
—Llámame Ko —susurró, dándole unas palmaditas en las manos.
—Ko, antes hablé con Homura y le dije que no voy a aceptar vuestro dinero, pero sí necesito que aceptes mis disculpas por cómo te he hablado está mañana. No tengo excusa, soy consciente de ello. Pero no sé qué pasa últimamente, que todo me sale mal.
—¿Por qué dices eso, hija? —señaló la mujer sentándose a su lado.
—Porque sí. Los días que estuve en Edimburgo han sido un completo desastre —omitió contar los episodios con Sasuke—. Ayer tenía una reunión con el conde Fugaku Uchiha..., ¿Lo conoces?
—Sí hija —asintió, sintiéndose una traidora—. Por estas tierras todos lo conocemos.
—A esa reunión no llegué por culpa de mi hermana —prosiguió angustiada—. Luego el maldito coche se hundió en el barro. Las vacas nos atacaron, y todas mis herramientas de trabajo, el móvil, el portátil, el GPS... Todo se perdió.
—¿Las vacas os atacaron? —preguntó Ko sorprendida.
—Sí —asintió con un puchero—. Se comieron el techo del coche y...
—No creas nada de lo que te dice, Ko —dijo Sasuke entrando en la cocina, seguido por Karin y Homura—. Conociéndola seguro que fue ella quién atacó primero a las pobres vacas.
Al escucharle se tensó.
Los sentimientos que estaban aflorando junto a Ko la habían dejado demasiada tocada, y sin poder remediarlo, posó su cabeza encima de la mesa comenzando a golpearse y a gimotear.
Ko, con un gesto serio, regañó a su nieto, mientras Sasuke perdió su sonrisa, incrédulo por lo que estaba viendo. ¡La mujer de hierro estaba llorando! Entonces... ¿Tenía corazón?
En ese momento entró Temari junto a Suigetsu y Jūgo, quienes se quedaron clavados en la puerta al ver la estampa.
—Saku —corrió Temari junto a su hermana—. ¿Qué ha pasado?
—No te preocupes, hija mía —señaló Ko tranquilizándola—. La tensión de lo ocurrido ayer y de no llegar a una reunión con un tal conde Uchiha la ha desbordado.
Al escuchar aquel nombre con disimulo todos se miraron.
—Ese conde es un buen jefe y tiene un particular sentido del humor —se mofó Jūgo, quién junto a Suigetsu estaban al tanto del engaño.
—Y un cabezota —asintió Homura sonriendo.
—Mi hermana tenía ayer una reunión de negocios con ese tipo —aclaró Temari—. Pero por mi culpa no llegó.
—Hola a todo el mundo —saludó entonces Óbito, entrando para sorpresa de Temari y de todos en la cocina.
—Hola Óbito, corazón mío —saludó Ko, feliz de verle.
—¡Por San Fergus! Mi otro hombretón —sonrió Homura dándole un abrazo. Después, miró a las muchachas y añadió—: Este es Óbito, mi otro nieto.
—¿Sois hermanos? —preguntó Temari.
—Oh..., no —sonrió Homura— pero como si lo fueran. Sasuke es hijo de nuestra hija Mikoto y de Fugaku... —tras carraspear ante la mirada de advertencia de Sasuke, terminó—: Y Óbito lo es de nuestra hija Isabella y de Kagami.
—¿Pero qué ven mis ojos? —sonrió Óbito para cortar el tema—. ¿Qué hacéis vosotras aquí?
—Chico —señaló Temari encantada con aquella aparición— eres como el kétchup, estás en todas las salsas.
—¿Os conocéis? —disimuló Homura ante los gestos de Ko.
—Sí abuelo —sonrió Óbito.
Encantado, Tom guiñó un ojo a Ona quien con una sonrisa le ordenó callar mientras Sakura continuaba sollozando.
—Pues a mí el conde me parece una buena persona —prosiguió Suigetsu.
—Sí —asintió Jūgo—. Además de un rompecorazones.
—¿En serio? —se mofó Sasuke al escucharle—. Esa faceta del jefe no la conocía.
—Le encantan los Brownies —asintió con timidez Karin.
—¿De quién habláis? —preguntó Óbito.
—Del conde Uchiha —informó Ko, y al ver su cara intuyó que estaba tan metido en el ajo como Sasuke.
—Ufff..., no me digas más —silbó Óbito mirando a Sasuke—. ¿Recuerdas la última vez que estuvimos de pesca con él?
—Sí. Lo recuerdo —asintió Sasuke advirtiéndole con la mirada.
Cuantas más cosas oía del conde más se desesperaba Sakura.
—Tengo que marcharme —dijo Sakura, secándose las lagrimas con el pañuelo de Ko—. Necesito volver al hotel. Seguro que el conde ha dejado algún aviso para mí. Tengo que conseguir hablar con él antes de que se enteren en mi empresa —miró a Sasuke y preguntó—. ¿Podrías llevarme hasta el pueblo más cercano?
Al escuchar aquello, el escocés la miró. Deseaba perderla de vista, pero un extraño sentimiento le hacía retenerla.
—No. Imposible —respondió con rotundidad, ganándose una sonrisa de su abuelo.
—Pero yo necesito regresar a Edimburgo —protestó Sakura.
—Pues ya sabes, princesita —señaló Sasuke—. Búscate la vida.
Las chispas que saltaron entre aquellos dos iban a producir un cortocircuito. Todos los miraron, pero nadie dijo nada hasta que Ko, incomoda, rompió el silencio.
—Óbito, pensé que no regresarías hasta el viernes.
—Y yo Ko. Y yo —asintió con una sonrisa—. Pero traigo una nota del conde.
—¿Para mí? —preguntó Sakura al escuchar aquel nombre.
—No —respondió Óbito—. Para Sasuke.
—¿Para Sasuke? —exclamó Temari.
—Me tiemblan las piernas, muchacho —se mofó Homura mirando a Óbito—. Déjame que me siente.
Sakura cada vez entendía menos. ¿Qué tenía que ver Sasuke con el conde?
Sin quitarle el ojo de encima vio cómo éste abría la carta, y tras leer unas breves líneas, maldijo en voz alta.
—¿Qué pasa, tesoro? —preguntó Ko, deseando tirarle el cucharón a la cabeza.
—Otra vez se ha marchado de viaje —respondió cogiendo un vaso de agua—. Quiere que me ocupe de todo hasta su vuelta.
—Este conde —asintió Homura, con una sonrisa—, vive como un príncipe.
Sin saber de lo que hablaban, Sakura se acercó a Sasuke y arrancándole la carta de las manos, la leyó.
Estimado Sasuke:
Las fábricas de plata de México han reclamado mi presencia. Estaré fuera un tiempo. No sé si será una semana, un mes o tres días. En todo caso, y como siempre, quedas al mando de todo.
Un saludo,
Conde F. S. Uchiha
Tras mirar a su hermana y verla tan sorprendida como ella, suspiró. Aquello no podía estar ocurriendo. Aquel idiota con cara de merluzo que llevaba días amargándole la existencia era la única persona que podía convencer al conde para que firmara el contrato.
—No me lo puedo creer... —susurro Sakura—. ¿Tú conoces al conde?
—Son íntimos —se mofó Homura, ganándose una mirada de disgusto de su mujer.
—Trabajo para él —respondió Sasuke alejándose, pero ella le siguió— y si mal no recuerdo, es tu amigo también ¿verdad?
—Sí, claro —asintió Sakura avergonzada. No pensaba decir la verdad.
—¿Conoces al conde Uchiha, Sakura? —preguntó incrédulo Homura.
—Sí —añadió ella rascándose la cabeza—. Digamos que somos viejos amigos.
—Estos jóvenes, cada día están más locos —protestó Ko alejándose.
—Pues Sasuke —aclaró Óbito—, es la mano derecha del conde. Cuando él no está, mi primo es el jefe.
«Tierra trágame», pensó Sakura.
La sonrisa de Sasuke, y sus ojos divertidos, lo confirmaron todo. Se sentía con poder.
Mientras comían el delicioso estofado que Ko había preparado para todos, Sakura intentó ser comedida en sus comentarios. No dijo nada sobre las calorías del estofado ni las grasas. Tampoco sobre las servilletas de papel, ni sobre la ausencia de vasos de cristal en la mesa.
Cada vez que alguno de aquellos trogloditas apoyaba la chapa de la cerveza contra la mesa, y daba un golpe seco para abrirla, les hubiera gritado y hasta asesinado. Lo hacían adrede. Lo sabía. Todas las cervezas se abrían en su lado de la mesa.
«Esto me costará una úlcera», pensó Sakura.
Sasuke, ajeno a sus pensamientos, parecía contento. Se reía a carcajadas ante los comentarios de su abuela, mientras Óbito disfrutaba charlando con Temari. Ni una sola vez la miró ni se dirigió a ella. Ahora tenía él la sartén por el mango y lo iba a utilizar.
A pesar de los instintos asesinos que sentía hacia él cada vez que hablaba en gaélico para que ella no se enterara, intentó no matarlo. Si lo asesinaba el contrato nunca se firmaría y eso, una mujer como ella, no lo iba a consentir.
Era una experta en conseguir los mejores tratos. Sabía cuándo tenía que reírles las gracias a los clientes para conseguir lo que ella quería. Debía tener tacto, por lo que al acabar la comida y ver que Sasuke se disponía a marcharse junto a Suigetsu y Jūgo, sin pensárselo, le detuvo.
—¿Podríamos hablar un segundo?
—No tengo tiempo, guapa —respondió pasando por su lado.
—Sasuke —dijo cogiéndole del brazo. Eso sí le paró—. Necesito hablar contigo.
—¿Sasuke? —repitió sorprendido.
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre, y cómo sonaba en su boca, le gustó. Pero su reacción le sorprendió a sí mismo.
—Me has ascendido de categoría. Ya no soy «el bufón» «el payaso» o «el cromañón» —reprendió viendo cómo ella se contenía— Puedo continuar, pero prefiero no hacerlo, porque me dan ganas de meterte en la furgoneta y dejarte tirada donde te encontré.
Escuchar aquello, y sobre todo escucharlo mientras todos miraban, era bastante humillante. Mirándole a los ojos vio cómo se desfogaba. Aquella sensación no le gustó. Por primera vez en su vida Sakura fue consciente de su forma de hablarle a los demás y en especial de la impotencia que les hacía sentir.
—Sasuke. Necesitaría hablar de negocios contigo.
—Lo siento, princesita —dijo alejándose malhumorado—. De negocios no hablo. Tendrás que esperar al conde.
—De acuerdo —gritó perdiendo la paciencia—. ¿Cuándo volverá tu jefe?
—No lo sé —se dio la vuelta para mirarla—. Quizá una semana..., Tres como mucho. El conde es un hombre responsable. No creo que esté mucho tiempo alejado de sus deberes.
—Lo esperaré —gritó dándose la vuelta—. Lo esperaré y hablaré con él.
—¿Habéis terminado de copular verbalmente? —susurró Óbito, pasando por su lado.
Sasuke lo miró extrañado, pero al volver su mirada hacia ella y verla marchar con aquel genio, le hizo sonreír.
¿Era masoquista? No. No lo creía.
Pero la fuerza que aquella mujer irradiaba le tenía tan fascinado y malhumorado que estaba comenzando a no saber en realidad qué quería.
El claxon de la furgoneta llamó su atención. En aquel momento Óbito se despedía de Temari y subía a la furgoneta con los muchachos. Él también se encaminó hacia allí. Tenían cosas que hacer.
Karin, que estaba junto a la puerta, vio a Sakura acercarse.
—¿Y tú qué miras? —gritó Sakura de malos modos.
—Nada —susurró la muchacha, desapareciendo de su vista.
Con la vena del cuello a punto de estallar, Sakura subió las escaleras de dos en dos cuando se encontró con Ko.
—¿Qué te pasa hija mía? —preguntó la mujer al verla alterada.
—Ko. No te enfades por lo que te voy a decir. Pero a veces cogería a tu nieto y lo ahogaría.
—Te entiendo —asintió la mujer—. A veces yo misma me he arrepentido de no haberlo hecho cuando era un bebé.
Aquello les hizo sonreír.
—¡Ko! —llamó Karin desde la cocina.
—Dime, hija —gritó desde la escalera.
—¿Ha venido ya el cartero?
—No. Aún no. Pero no creo que tarde en llegar.
Al escuchar aquello Sakura sonrió. ¡El cartero! Debía estar alerta. Con un poco de suerte quizás aquel hombre podría sacarlas de allí.
Una hora después, mientras charlaba con Ko y con Temari, sentadas en la cocina, el cartero apareció. Sakura estuvo a punto de gritar de alegría al verlo aparecer con un coche. Aquello la podría alejar de aquel mundo rural.
—Ko. ¿Crees que el cartero nos puede llevar hasta el pueblo más cercano? —preguntó Sakura.
—Me imagino que sí —asintió la mujer—. Pero... ¿para qué quieres ir al pueblo?
—Necesito volver a Edimburgo. Esperaré al conde allí.
—¿No podríamos quedarnos unos días más aquí? —protestó Temari.
—No —bufó Sakura.
—Oh, qué pena —se decepcionó Ko—. ¿Por qué te quieres marchar tan pronto?
—Es una aburrida aguafiestas —protestó Temari.
Sakura, con una dura mirada, ordenó callar a su hermana quién sacando la mano derecha le hizo un gesto con el dedo que no le gustó.
—Creo que deberíais esperar a que Sasuke regresara —señaló la anciana.
—Ko. No lo tomes a mal. Pero yo no tengo que esperar a nadie —respondió Sakura con su habitual gesto de superioridad.
—Venga, Saku. Un par de días, mujer —gimió Temari.
—Mira, Temari, quédate tú. Yo necesito volver al hotel. —Acostumbrada a los suspiros de su hermana, Sakura miró a la anciana—: Ko. ¿Podrías preguntarle al cartero si nos puede llevar?
La anciana, tras mirarla, asintió. Sabía que aquello a Sasuke no le gustaría, pero no podían retener allí a las muchachas contra su voluntad. Por lo que levantándose se alejó.
—¡La madre que te parió! —protestó en español Temari—. Con lo bien que estamos aquí. No entiendo por qué narices tenemos que volver al hotel.
—¡Mírame! —gruñó Sakura—. ¿Has visto la pinta que tengo? Sí ¿verdad? Pues perdona hermanita, pero no estoy dispuesta a que el conde regrese y me encuentre así. Además. Necesito un baño caliente, y alejarme de ese cromañón antes de que termine con mi paciencia y cometa un asesinato.
—¿Sabes, Saku? —indicó su hermana canturreando—. Creo que te gusta Sasuke.
—Oh... sí —asintió incrédula—. Y a la boda asistirán Goofy y Pluto.
—¡Quién sabe, hermanita! puede que hayas encontrado a tu hombre ideal.
—No voy a hablar de algo que no merece la pena hablar —respondió Sakura cortando el tema.
Ko se acercaba.
Ni siquiera había pasado un día entero en la casa, pero cuando se despidió de Ko y de Homura, a Sakura se le encogió el corazón. No estaba acostumbrada a mostrarlo, pero aquellas personas se lo habían arrebatado. Habían acordado que el cartero la llevaría a ella y a Temari hasta el pueblo de Dornie, donde pedirían un taxi para viajar de vuelta a Edimburgo.
—Creo que a Sasuke no le gustará que no estés cuando vuelva —señaló Homura.
—Sinceramente —dijo Sakura después de besar al anciano—, lo que le guste o no a tu nieto, es lo que menos me importa.
—Que tengáis buen viaje, tesoros —les deseó Ko.
—Adiós —se despidieron las muchachas alejándose hacia el coche.
Ko y Homura se miraron, y cuando creyeron que estaban lo suficientemente lejos fue el anciano quién habló:
—Esa española, con esa fuerza y ese carácter, es la mujer indicada para Sasuke.
—No comiences, viejo cascarrabias, con tus planes casamenteros —sonrió Ko, pero mirándole con una sonrisa dijo—. ¿Y qué te parece la otra para Óbito?
—¡Ambas son estupendas! —aseveró él emocionado—. Doy gracias a Dios porque me ha dado vida para conocerlas.
—Dios te ha dado vida para eso y para mucho más —sonrió Ko dando un cariñoso beso a su marido.
Al anochecer Sasuke y Óbito regresaban cansados. Tras una dura tarde de trabajo Óbito había conseguido convencerlo. Debía escuchar a la española, y dejar que el conde tomara una decisión.
Cuanto antes solucionara el problema, antes se marcharía. Pero al llegar y saber que se habían ido, su convencimiento se nubló.
—Lo siento, chicos —protestó Ko al escucharlos—. Esas muchachas querían marcharse, y yo no soy nadie para retenerlas aquí. Además —dijo señalando a Sasuke—. Tú dijiste con muy malos modos que se buscara la vida.
—Podrías habernos avisado —indicó Óbito decepcionado. Saber que Temari estaba allí le había alegrado el día. Aunque le había fastidiado la noche.
—Sasuke —dijo Homura, tomando la mano de su mujer—, si yo tuviera cuarenta años menos y mi amada Koharu no existiera, esa española no se me escapaba.
—Esa mujer es una bruja —respondió Sasuke malhumorado—. Una tirana sin educación.
—Pues ¡quién lo diría, hijo! —sonrió Ko a su marido—. Para ser una tirana que no tiene educación te estás preocupando demasiado por su ausencia. De todas formas, Sasuke, ella se marchó a Edimburgo hasta que el conde regrese. Contigo, cariño mío, no tiene más que hablar.
—¿Sabes, Ko? —respondió Sasuke cogiendo las llaves de la furgoneta—. El problema para ella es que yo aún no he dicho mi última palabra.
—¡Ése es mi chico! —comentó Homura viéndolo salir. Había acertado. La española le gustaba.
