Capítulo 40: El juramento

Kagome llevó a la niña hasta el arroyo más cercano para limpiarla incluso antes de considerar llevarla a la aldea. Debido a que seguía molesta con su padre que se negaba a ir a buscarla, Kagome comenzó a planear una gran entrada que le hiciera justicia. Sería poco convencional de su parte el jugar con el temor de los aldeanos, pero era la mejor forma que se le ocurría para asegurar un futuro para la niña. Además, ella era la Princesa Zorro ¿No es verdad?

Ya hacía tiempo lo había aceptado y comenzaba a amoldarse a ello.

Y este sería otro paso que conduciría al futuro en donde los humanos y youkai trabajarían lado a lado.

La niña despertó cuando Kagome le lavó la cara con la manga del kimono, pudo oírle el cambio en la respiración y el acelerado corazón.

—Puedes abrir los ojos y decirme tu nombre— le dijo a la niña con jovialidad—, sé que estás despierta.

Con lentitud, la niña abrió los amplios ojos marrones que resultaron ser muy grandes para su rostro. Kagome la ayudó a sentarse.

—¿Vas a comerme?— le preguntó.

Kagome ocultó su irritación recordándose que el Viejo Bozu sí se la hubiese comido. Teniendo cuidado en no sonreír y mostrar los colmillos lo menor posible, le respondió:

—No como humanos, pero me gusta que aquellos que estén cerca mío estén limpios.

Dicho esto, Kagome creó un abanico de una de las hojas que tenía en el cinturón y lo utilizó para limpiarle el polvo y la suciedad. Luego utilizó el hechizo consigo misma poniendo especial atención en la sangre que le manchaba la manga producto de los arañazos que Bozu le había dejado en el brazo, los cuales todavía le ardían, a pesar de que como demonio tenía una rápida velocidad de curación.

—Me llamo Jun— le respondió.

Kagome hizo un mohín ¿Con que Jun? El nombre significaba "obediente" lo cual, combinado con la poca estimación de su padre, le dejó a Kagome un mal sabor de boca. Sin embargo, encubrió esa reacción con una sonrisa sin deseos de entristecer a la niña y olvidó por un instante, como siempre, que a la mayoría de los humanos no le agradaba la amplitud de sus labios. Pero sonreír era una parte de su naturaleza y le resultaba tan natural como respirar.

Pero Jun no estaba atemorizada, sino que le devolvió la sonrisa y se acercó a Kagome con los ojos puestos en sus colas.

—Eres muy hermosa— dijo Jun seriamente.

—Tu también lo eres— le respondió Kagome con una risa.

Kagome se quitó uno de los peines que le decoraban el cabello y comenzó a peinar los nudos que formaban nidos en la cabeza de Jun hasta crear ondas suaves y negras que le cayeron sobre los hombros. Luego Kagome volvió a poner el peine en el lugar para contemplar el kimono de Jun durante unos instantes.

Era de buena calidad, y ya sea que Jun fuera amada o no, seguía siendo la hija del terrateniente de la aldea. Sin embargo, el poder de la nueva cola la estaba llamando y le electrificaba la sangre con cada latido del corazón, por lo que se le ocurrió una idea.

Kagome pensó en el aori rojo hecho de pelo de rata de Inuyasha y se arrancó una hebra de pelo de cada una de las colas y de la cabeza. Entretejió todos los cabellos y los ojos le brillaban de un color verde por la fuerza de su poder demoníaco y susurró palabras de protección. Los cabellos se unieron formando círculos intrínsecos que hicieron que Kagome se deslizara de lado a lado como una serpiente hipnotizada. El fuego zorruno comenzó a bailar por las hebras, pero sin quemarlas y envolvió a Kagome en una luz verde escalofriante.

Al final sujetó el extremo del cabello más largo y agitó la muñeca para sacudir el tejido y en ese entonces se percató de que sus instintos estaban en lo correcto. Su nueva cola le había otorgado el poder no solo de la ilusión, sino también de la verdadera transformación. Mientras sacudía los cabellos entretejidos, estos se convirtieron en telas finas que se le deslizaron por la palma brillando como la seda. Kagome levantó la ropa para corroborar que había tomado la forma de un kimono de rojo fuego, el color de los zorros y de las hojas otoñales.

Y se lo extendió a Jun.

—Ponte esto, te protegerá. Si se rompe, se reparará. Nunca necesitarás lavarlo y crecerá contigo— le dijo Kagome con una sonrisa—. Ahora me perteneces.

Los grandes ojos de Jun se abrieron más y se inclinó ante ella, pero luego pareció considerar que eso no era suficiente y se arrodilló agradeciéndole a Kagome como si se tratara de un súbdito frente a un monarca.

Kagome supuso que era apropiado, aunque eso la incomodara.

—Levántate, Jun— le dijo con suavidad volviendo a extenderle el kimono—. Ponte esto y siempre recuerda que me perteneces, pero no como una esclava o sirviente— le aclaró recordando de repente cómo reaccionaban los humanos cuando se les decía que pertenecían a alguien más—. Me perteneces por lo que debo protegerte y darte sustento. Si alguna vez alguien, sea humano o demonio, te molesta, diles que le perteneces a la Princesa Zorro del Oeste ¿Podrás hacerlo?

—Si, kitsune-hime— le prometió Jun. Era una niña fuerte y de cierta forma le hizo recordar a Lin.

—Entonces vamos— le dijo Kagome extendiéndole la mano. Luego se irguió lo más que pudo tratando de imitar los modos majestuosos de Sesshomaru—. Es hora de que regreses a casa.

I—

Sesshomaru e Inuyasha se desplazaban a pie mientras seguían el aroma y aura de Kagome. El rastro era tan débil que Sesshomaru no podía seguirlo por aire, lo cual lo irritaba interminablemente. Hubiera podido moverse con mucha más velocidad en su nube formada de poder demoníaco, pero en ella no sabría hacia dónde ir.

Por lo que estaba obligado a viajar por tierra corriendo a grandes pasos con Inuyasha sabiendo que a cada segundo que pasaba, algo podría estarle sucediendo a su vulpina.

Entonces lo sintió, muy a lo lejos, el poder demoníaco de Kagome se desató, no lo suficiente como para llevar a cabo una transformación en su verdadera forma, pero no cabía duda de que estaba realizando un poderoso hechizo de kitsune.

Sesshomaru se detuvo en seco e Inuyasha levantó la cabeza.

—¿Percibiste algo?

Sesshomaru asintió y sin hacer una pausa para explicaciones, sujetó a Inuyasha por el brazo y formó su nube de poder demoníaco bajo los pies que los levantó a ambos en el aire hacia Kagome. La exclamación de sorpresa de Inuyasha se perdió en el viento.

I—

Kagome caminó con Jun hasta la aldea asegurándose de que la vieran. Para cuando llegaron a la casa del terrateniente, una gran multitud las estaba siguiendo. Algunos portaban guadañas y horquillas sintiéndose nerviosos por la presencia de un demonio, pero la multitud debía convertirse en una turba primero, y Kagome dudaba de que eso ocurriera.

Cuando se detuvieron frente a la casa del terrateniente, este se encontraba parado junto a sus esposas y dos hombres que parecían ser guardias. La madre de Jun comenzó a llorar e ignorando las órdenes de su esposo, corrió hacia su hija para abrazarla.

—¡Gracias, Kitsune-sama!— exclamó entre llantos—¡Gracias, gracias por salvar a mi hija!

Kagome asintió y se recordó que era la Princesa Zorro y que debía actuar distante ya que su plan no funcionaría si no la respetaban. O peor, si ella hacía algo que disparara por completo el miedo que ya inhumaba el aire como un canturreo inaudible.

El terrateniente se acercó y dijo:

—Gracias por devolverme a mi hija, demonio. Pero me temo que no hay recompensa.

¿No había recompensa? ¿Acaso él pensaba que se trataba todo de una recompensa?

Kagome contuvo el temperamento y se mantuvo serena.

—Silencio— le dijo al terrateniente con ligereza.

Por un segundo parecía que el iba a atacarla, después de todo ella era mujer y físicamente más pequeña y se había atrevido a darle una orden.

Kagome sonrió con gran amplitud y extendió las colas detrás de ella intencionadamente para recordarle que ella no era humana.

El rostro del terrateniente pasó de rojo a blanco.

—Esta niña— dijo Kagome alzando la voz para que todos oyeran— ahora me pertenece. Ella es la Hija Declarada de la Princesa Zorro del Oeste— la madre de la niña soltó un gemido, pero Kagome le tocó el hombro y la miró a los ojos mientras proseguía—. Se quedará contigo hasta que sea mayor. Cuando tenga edad para ser desposada o aprendiz, regresaré.

La multitud comenzó a murmurar. Gracias a su fina audición, Kagome pudo escuchar frases como "siguen nuestros hijos" o "es solo una kitsune, juntos podremos con ella", y lo que la alarmó, "debemos matar a la niña, para estar seguros."

Pero antes de que alguien pudiera actuar, una sombra tapó el sol. Kagome no necesitó mirar para saber de quien se trataba ya que el aura de Sesshomaru la invadió y dicha sensación le indicaba que él sentía una mezcla de alegría y enojo.

Sesshomaru descendió cuando la nube se disolvió y su aroma reconfortó a Kagome. También pudo oler a Inuyasha.

Ella se giró hacia ambos confiando en que le seguirían la corriente.

—Amo— dijo dirigiéndose a Sesshomaru— ¿Ha venido a ver a mi nueva hija?

A su alrededor, los humanos comenzaron a susurrar: "¡El Perro de Hielo!" "¡Es real! "El de rojo se ve peligroso…" "Miren las marcas en su rostro".

Mientras que habían considerado atacar a un pequeño kitsune, la presencia de Inuyasha y Sesshomaru los disuadía por completo.

Los ojos de Sesshomaru estaban fijos en la nueva cola de Kagome. Ella, al notar esto, sacudió la punta en dirección al demonio y exhibió un rostro travieso. Sesshomaru no respondió el gesto y en vez de eso posó la vista en Jun para inspeccionarla. Ella le devolvió la mirada sin temor y luego, para gran sorpresa de Kagome, le dijo a Sesshomaru:

—No puedes molestarme. Le pertenezco a la Princesa Zorro del Oeste.

Kagome hizo su mayor intento por no reír.

Sesshomaru asintió con rostro serio y, así como Kagome esperaba que hiciera, buscó el saco donde guardaba las monedas de oro, sacó diez de ellas y se las entregó a la niña. Jun se acercó para tomarlas, no sin antes darle una mirada a Kagome para asegurarse de que estaba en lo correcto.

El terrateniente contemplaba todo esto y a Kagome no le agradaba la forma en la que apretaba la mandíbula. Inuyasha también pareció notarlo ya que dio un paso adelante y articuló las garras de una mano para que estas brillaran a la luz del sol.

—Si algo le sucede a la niña— dijo en voz baja, pero en un tono que los humanos pudieran escuchar—, yo mismo vendré a por ti.

Sesshomaru le dio la espalda al terrateniente y dijo:

—Ven, kitsune-hime. Ven, inu-hiko.

—Si, inu-sama.

Kagome e Inuyasha lo siguieron y la multitud se dividió como el agua ante un barco para dejarlos pasar. Para cuando habían cruzado la aldea, las mujeres comenzaron a preguntarse cómo podrían hacer que la kitsune protegiera también a sus hijos, además circulaban rumores de que Inuyasha era el hijo de Sesshomaru y Kagome y que él desposaría a Jun cuando regresaran a por ella.

I—

—¿Qué harás con ella?— le preguntó Inuyasha una vez habían dejado la aldea.

—La llevaré a Edo— le respondió Kagome— para que entrene en la escuela de Sango y Miroku, o puede aprender a curar con Kaede. Y si no quiere hacer nada de eso, la ayudaré a encontrar un esposo. Sería un mejor futuro del que tendría aquí, con ese padre suyo.

De repente Kagome se percató de que Sesshomaru se había quedado atrás y ella no podía percibir su aura demoníaca. Él la estaba escondiendo, lo cual era una clara señal de que se estaba manteniendo bajo un estricto control mientras se batallaba entre el instinto y las emociones. Ella se detuvo en seco y se giró hacia él con preocupación.

—¿Sesshomaru-sama?

—¿Por qué no me dijiste que te irías?

—Oh, diablos— murmuró Inuyasha—. Iré a cazar.

Kagome apenas se percató de la ausencia del hanyou.

—Sesshomaru-sama… —dijo de nuevo y expandió los sentidos para indagar en el aura demoníaca tan restringida del youkai. Notó que su aroma desprendía enojo y sus ojos, rabia, pero bajo todo eso no había nada más que miedo y preocupación.

Miedo y preocupación.

Kagome no podía recordar por qué no había despertado a Sesshomaru luego de ver el espejo, pero dicho pensamiento se había perdido, se desvaneció cuando Kagome rodeó a Sesshomaru con los brazos para hacerlo sentir que ella estaba ahí, que estaba a salvo y en una pieza otra vez allí, con él.

Él la abrazó y posó el rostro en el cabello de ella.

—Júrame algo— le pidió con la voz más calma que nunca. Y por pasar tantos años a su lado, Kagome escuchó cada palabra que él no dijo y un balbuceo que no estaba allí.

—De acuerdo— le dijo en respuesta.

Sesshomaru se alejó para observarla con la incredulidad plasmada en el arco que formaban sus cejas. Estaba sorprendido de que ella hubiera aceptado con tanta facilidad, estaba pasmado de que como kitsune ni siquiera le preguntara qué tipo de juramento era.

Kagome soltó una risa y le rodeó el cuello con los brazos para ponerse en puntas de pie y rozar la nariz con la de él.

—Kagome de las Cinco Colas jura que nunca dejará a la Manada del Oeste a menos de que Sesshomaru-sama se lo ordene— declaró y hubo un chasquido de poder demoníaco en el aura que indicaba que el juramento estaba hecho.

Los músculos en los hombros de Sesshomaru se relajaron ante el toque de Kagome y ella descubrió que Sesshomaru e Inuyasha eran más parecidos de lo que ellos alguna vez se dignarían a admitir. Ella le había hecho una promesa parecida a Inuyasha hacía mucho tiempo atrás.

Y luego Sesshomaru se inclinó y la besó, ella sintió los labios del demonio suaves y su aroma le llenó los pulmones a la vez que la herida que tenía en el brazo le palpitaba al ritmo de su corazón lo que causaba que el cuerpo se le encendiera de deseo.

Cuando Sesshomaru se apartó de ella, tenía los ojos enrojecidos y Kagome estaba jadeando.

CONTINUARÁ

¡Gracias, como siempre, por que estén ahí para leer cada actualización!

En respuesta a un review en particular, Aobozu/el Monje Azul/el Viejo Bozu/Bozu es todo un mismo personaje y nunca apareció en el anime/manga original. Es un personaje creado para este fic (como muchos otros que han aparecido).

¡Hasta la próxima!

Starebelle