Capítulo 9
Tras pasar una noche horrible en la que todo le daba vueltas y una mañana vomitando, sobre las cinco de la tarde Sakura bajó a la cafetería del hotel, donde había quedado con Sasuke.
—Y ¿dices que no volverá hasta dentro de tres o cuatro semanas? —exclamó con fastidio al oír las noticias del escocés.
—Si comienzas a chillarme, me levanto y me voy —le advirtió él.
—Vale, vale...
Sakura intentó calmarse. Schirtufedo, el presidente de TAG Veluer, le había dado casi dos meses de plazo. Todavía había tiempo.
—Éste es el contrato, ¿verdad? —Sasuke había cogido los documentos que descansaban sobre la mesa.
Ella asintió.
—Necesito conseguir ese contrato para rodar un anuncio publicitario.
—Pues creo que no lo vas a tener nada fácil —indicó él revisando las cláusulas.
—¿Por qué? —preguntó Temari, que hasta el momento había permanecido taciturna sentada junto a Óbito.
—Seré sincero contigo —respondió Sasuke dejando el contrato sobre la mesa—: la última vez que rodaron en el castillo, ocurrieron cosas.
—¿Cosas? —replicó Sakura—. ¿Qué clase de cosas?
—Hubo varios desperfectos en el edificio y la productora no quiso hacerse cargo de ellos —señaló Óbito.
—Eso no supone ningún problema. Podemos incluir una cláusula que recoja la subsanación y reparación de desperfectos durante el rodaje —insistió ella, anotando aquello en un papel.
—Lo intentaré —declaró Sasuke sin mucho entusiasmo—. Pero te repito que no lo vas a tener fácil. El conde cree que la gente que se dedica a la publicidad, al cine, no valora las cosas genuinas de la vida. Piensa que utilizáis como si fuera de usar y tirar aquello que la gente respeta y cuida durante toda su vida, sin daros cuenta del trabajo, el esfuerzo y el tesón que hay detrás. Está empeñado en que el castillo de Eilean Donan perdure en el tiempo. Mi jefe está convencido de que sois personas superficiales y sin escrúpulos que, con tal de conseguir lo que necesitáis, sois capaces de vender vuestra alma al diablo.
—Prefiero no opinar al respecto —apuntó Sakura, consciente de la verdad que encerraban aquellas palabras.
—Entiendo que no quieras opinar —prosiguió Sasuke—. Tu trabajo es comerle la cabeza a la gente a través de anuncios consumistas y sexistas que luego son tan falsos cómo las vidas que vosotros mismos lleváis.
—Te estás pasando... —canturreó Temari al percatarse de la expresión de su hermana.
—Seamos sinceros, princesita —expuso Sasuke clavando la mirada en Sakura—. Tú deseas conseguir algo que el conde tiene, ¿verdad?
—Sí —dijo ella, sintiéndose de pronto acalorada al notar sus ojos fijos en ella.
—Entonces debes ser lista y demostrarle que sabes valorar lo que él tiene y adora. De ese modo, él podrá valorar tu empeño y tu trabajo.
Sakura se puso tensa. ¿Qué le estaba proponiendo exactamente? Porque ella no pensaba arrastrarse para conseguir ese contrato... ¿O sí?
—¿Sabes la diferencia que existe entre vosotras y nosotros? —intervino Óbito.
—No. Dímelo tú —lo retó Sakura.
—Un momento —terció Temari—. ¿Te refieres a que nosotras vivimos en una ciudad y vosotros en el campo?
—Más o menos —contestó Sasuke mientras, divertido, observaba el modo en que Sakura se retiraba el pelo de la cara. Estaba preciosa, y deseaba besar de nuevo aquellos labios tentadores con la misma pasión que los había besado la noche anterior.
—La diferencia radica en las formas... —respondió Óbito.
—Y en la humildad y la capacidad de adaptación a cualquier medio —terminó su primo.
Temari y Sakura se miraron.
—¿Qué coño están diciendo estos cromañones? —le preguntó Temari en español a su hermana, reprimiendo un deseo de arrojarles el vaso a la cabeza.
—Nada bueno —repuso Sakura, a quien le estaban entrando ganas de salir corriendo. Sin embargo, necesitaba el contrato. Se lo había prometido a sus clientes y a sus jefes.
—Nada de trampas, chicas —las regañó Sasuke al oírlas hablar en español.
—¿Acaso crees que yo no podría hacer lo que tú haces? —planteó Temari mirando a un esquivo Óbito, quien, al verla aparecer aquella mañana, en lugar de saludarla con uno de los tórridos besos de la noche anterior, se había limitado a hacerlo con un gesto de la mano.
—Por supuesto que no —dijo él, dejando volar su imaginación.
—¿Estáis intentando decirme que vosotros dos sois capaces de hacer lo que yo hago, pero que yo no soy capaz de hacer lo que vosotros hacéis? —preguntó Sakura—. ¡Qué estupidez!
—Te lo estoy demostrando ahora mismo —señaló Sasuke—. No creo que mi comportamiento sea distinto del de cualquier otra persona que en este instante esté tranquilamente sentada en el hotel.
—¿Creéis que vosotras podríais comportaros igual en nuestro medio? ¿En el campo?
—Sois patéticos —gruñó Sakura.
—Opino lo mismo —convino Temari gesticulando.
—¿Sabes, princesita? —prosiguió Sasuke—. Me ha costado varios años de trabajo obtener el puesto que ahora ocupo junto al conde. Como podrás imaginar, seguramente estoy acostumbrado a tratar con personalidades más importantes que tú.
—No me hagas reír —se mofó Sakura.
—A pesar de tu trabajo como alta ejecutiva y agresivo tiburón en el mundo publicitario..., ¿serías capaz de ordeñar vacas, cuidar del ganado, sacar adelante con tus propias manos una granja o valorar una sonrisa? Tú, princesita, ¿serías capaz de eso? —le soltó Sasuke sin dejar de mirarla.
«No. Creo que no», pensó ella horrorizada.
—Por supuesto que sí —respondió Temari dándole un codazo a su hermana.
—Tampoco tiene que ser tan difícil —corroboró Sakura, consciente de que mentía como una bellaca—. Por otra parte, a ver si te crees que es fácil encontrar un eslogan para que una campaña sea líder de ventas. O ganar un premio Adwords de publicidad.
—Permíteme que me ría —se burló Óbito.
—En cuanto a lo que dices —intervino Temari—, imagino que hacer cualquiera de esas cosas es como todo: se aprende y punto.
—Eso es, tu hermana acaba de dar con la solución para que el conde valore tu trabajo —señaló Óbito dirigiéndose a Sakura.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella algo confusa.
—Demuéstrale al conde que, además de ser una eficiente publicista, eres capaz de hacer lo que él tanto aprecia —dijo Óbito—. Demuéstrale que debe confiar en ti y firmar ese contrato.
Sakura no sabía si reír o llorar. Tras años trabajando en publicidad, había tenido que ingeniárselas de muchas maneras distintas para conseguir la firma de contratos. Como la vez que necesitaba contratar el Circuito del Jarama para un anuncio y el promotor se empeñó en que ella tenía que darse una vuelta con él en aquella pista con su potente Ferrari. Y lo hizo, aunque luego pasó una semana entera sin querer montar en ningún otro coche.
Si había conseguido sobrevivir a aquello, podría sobrevivir a esto también. Con la diferencia de que esta vez serían varias semanas. Pero mejor valía eso que volver a España y tener que presentarse ante los asociados con las manos vacías
—¿Qué decides, princesita? —preguntó Sasuke al verla tan pensativa.
—Dos cosas que espero escuches bien —respondió ella retrepándose en su asiento—. La primera: no vuelvas a besarme ni a llamarme princesita. ¡Lo odio! Y la segunda: acepto el reto.
—¡Que Dios nos pille confesados! —murmuró Temari, haciendo reír a Óbito.
—En cuanto a la primera cuestión que has planteado —señaló Sasuke disfrutando del reto—, lo siento, princesita, pero no estás en condiciones de exigir nada. Aunque, teniendo en cuenta que no eres la mujer de mis sueños, sino más bien de mis pesadillas, puedes estar tranquila, porque tengo a verdaderas preciosidades deseosas de besarme sin yo pedirlo. En cuanto a lo segundo, quiero que sepas que eres valiente y eso me agrada.
—No intento agradarte a ti, tío listo —replicó Sakura, consciente de lo que había aceptado y furiosa por lo que había oído—. Intento agradar al conde.
Aquella noche, Temari recibió en la suite una invitación de Óbito para cenar.
Mientras ella saltaba de alegría, su hermana Sakura trataba de disimular su decepción. En cierto modo Sasuke le gustaba, aunque se resistía a que fuera así, pues estaba convencida de que trataría de incordiarla de nuevo una vez llegara a la granja.
Cuando Temari se marchó y se quedó a solas en la habitación, puso música en el equipo plateado que había en la suite y llamó al servicio de habitaciones para pedir una ensalada y un agua sin gas. No obstante, volvió a llamar después de unos segundos y cambió el agua sin gas por una cerveza. La necesitaba.
Pasados quince minutos llamaron a la puerta. Era la cena. Como no tenía mucha hambre, cogió la cerveza y un cigarrillo y decidió darse un baño. Eso la relajaría.
Sin embargo, no fue así. Sólo podía pensar en Sasuke, en sus ojos y en su impertinente sonrisa.
Una vez salió del lavabo con el albornoz del hotel puesto, abrió la tapa de la ensalada y, para su sorpresa, vio que en el plato había un bistec con patatas.
¿Volvería a estar Sasuke tras aquella confusión?
Levantó el auricular del teléfono con una mano mientras sujetaba una patata frita en la otra y llamó a recepción para informar del error.
Cuando colgó se miró al espejo. Su pelo no estaba mal, y tenía un aspecto sexy con el albornoz. Dos minutos después, llamaron a la puerta y sonrió. Allí estaba él.
Sakura se dispuso a abrir la puerta con una sonrisa seductora y se quedó petrificada al ver a un camarero que le pedía disculpas y le cambiaba el plato. Cuando cerró de nuevo no sabía qué le había molestado más, si el hecho de que Sasuke no hubiera provocado el error, o su absurdo deseo por verlo.
En ese momento sonó el teléfono de la habitación.
—¿Diga?
—Hola, peluche.
Al oír eso, la patata que tenía en la mano y que aún no se había metido en la boca cayó sobre la moqueta. Era Nagato, su ex, aquel hombre al que había relegado a un rincón de su mente y al que todavía le dolía recordar.
Reponiéndose con rapidez, contestó:
—Te he dicho mil veces que no vuelvas a llamarme así. Que te olvides de mí.
—Lo sé —asintió él con voz tranquila—. Pero te echo de menos.
—Yo a ti no —repuso mientras cogía un cigarrillo. Hablar con Nagato la ponía de los nervios.
—¿Cuándo vas a volver?
—No lo sé. Pero aunque lo supiera no te lo diría. —Se sentó y encendió el cigarrillo—. Sin embargo, da igual, puesto que tu zorra particular te mantendrá informado, ¿no es así?
—Sakura, cariño —susurró Nagato—. No he vuelto a ver a Konan. Tienes que creerme. Lo que ocurrió en el hotel fue algo que...
—¡Basta! —gritó ella malhumorada—. ¡Basta ya! No quiero volver a oír tus patéticas explicaciones. ¿Cuándo vas a aceptar que lo nuestro se acabó, que no quiero saber nada más de ti?
—Te quiero, peluche —murmuró haciéndole daño. En todos los años que habían estado juntos, Sakura podía contar con los dedos de una mano las veces que Nagato le había dicho que la quería—. No puedo remediarlo. Te echo de menos, te necesito y...
—No quiero escucharte. Adiós.
Una vez hubo colgado, sus ojos se anegaron en lágrimas. ¿Por qué no la dejaba en paz? ¿Es que no se daba cuenta del daño que le hacía?
Pero entonces volvió a sonar el teléfono. Y Sakura gritó furiosa al coger el aparato:
—¿Sabes, Nagato? No quiero escucharte. No quiero oírte. Sólo quiero que te olvides de mí. Eres un malnacido. ¡Déjame en paz! Olvídate de que existo y de que...
—Eeeehhhhh, Saku. ¡Para el carro! —exclamó una voz al otro lado de la línea—. Soy Deidara. ¿Qué ocurre, cariño?
—Hola, Deidara. —Con las lágrimas aún corriéndole por las mejillas, suspiró aliviada. Una voz amiga.
—Por lo que veo, el cretino de tu ex sigue dándote la lata.
Sakura no pudo responder. ¿Por qué lloraba? Aquello ya estaba superado. Ya no pensaba en él. Pero cuando creía estar fuerte, Nagato atacaba y su lado sentimental la destrozaba.
—Vamos, Saku. Odio encontrarte así y no poder hacer nada —se quejó Deidara, sintiéndose inútil en la distancia—. Vamos, cariño, respira. Inspira, espira... Inspira... Conmigo puedes llorar, gritar y maldecir, lo sabes, ¿verdad?
—Sí —susurró Sakura enjugándose las lágrimas.
—Ahora sé buena y dile a Deidara qué ha hecho que estés llorando como una Magdalena, cuando tú eres la mujer más fuerte que he conocido en mi vida.
—Ya lo sabes.
—Sakura Haruno Senju —insistió él—, sabes que no nado en la abundancia, pero no voy a colgar el teléfono hasta saber qué te pasa. Hace un momento he hablado con Tsuna y me ha contado una rocambolesca historia sobre vacas, pérdida de móviles, etcétera.
—Es verdad —murmuró. Volvía a sentir ganas de llorar—. Todo lo que mamá te ha contado es cierto. Pero mañana a primera hora me llegan dos móviles y un portátil. Por cierto, conservaremos los mismos números de teléfono, díselo a ella.
—Estoy esperando... —canturreó él.
Sakura le relató entonces punto por punto lo ocurrido desde su llegada a Escocia. Le habló de Sasuke y de Óbito, y de su particular relación con ellos. Y estuvo tentada de colgarle el teléfono al oír sus carcajadas mientras le hablaba de las vacas que se comieron la capota, o del pijama de tomates cherry y las bragas de cuello alto.
—¡Por Dios, Saku! —exclamó él al tiempo que se secaba las lágrimas—. Es lo más divertido que me has contado nunca. ¿Y dices que mañana os trasladaréis a la granja hasta que llegue el conde?
—No tengo otro remedio. Sasuke dice que, si quiero que el conde se fíe de mí, eso es lo único que puedo hacer.
—¿Temari está cenando ahora con Óbito?
—Sí. Se pondrá furiosa cuando sepa que has llamado y no ha hablado contigo. Quería contarte un montón de cosas.
—Ya me imagino, ya —comentó sonriente—. Oye, por curiosidad, ¿cómo es el cromañón ese de Sasuke? ¿Es guapo?
—Psssé —contestó ella—. Nada del otro mundo.
—¡Por Dios, Saku! Si desde aquí puedo ver cómo te crece la nariz.
Sakura sonrió y se tocó la punta de la nariz. Al igual que Temari, Deidara la conocía bien, por lo que decidió sincerarse con él.
—Lo que voy a contarte es top secret, y si alguien dice que ha salido de mi boca, lo negaré hasta la saciedad. ¿Entendido?
—¡Palabrita de Niño Jesús!
—Pues bien, Sasuke es el típico hombre en el que yo no me habría fijado en la vida. Es alto, corpulento y algo rudo en ocasiones. Tendrá unos cuarenta años y es la mano derecha del conde. Creo que le gusta trabajar en el campo y es muy familiar. Es fuertote, aunque no tiene pinta de ir al gimnasio. Su pelo es color azabache, con alguna canita que le otorga personalidad.
—Por Dios, Saku..., ¡qué interesante lo pintas!
—Sus ojos son de un negro tan intenso que a veces parece que te traspasan. —Sonrió ella al recordarlo—. Tiene unos labios carnosos y suaves, y una bonita y seductora sonrisa. A todo ese cóctel de desbordante testosterona masculina añádele que es arrogante, prepotente, mandón, exigente, seguro de sí mismo, y un machote que presume de tener una enorme lista de mujeres deseosas de sus besos y sus atenciones.
—¡Caray, qué morbazo!
Cuando terminó de describir a Sasuke, Sakura se percató de que era todo lo opuesto a Nagato, un niño bien que había crecido entre algodones y cuya mamá se lo había dado siempre todo masticado. Jamás se había preocupado por nadie excepto por sí mismo. No le importaba en absoluto gastarse dos mil euros en una camisa de marca, pero a la hora de cooperar con cualquier causa benéfica buscaba dos mil razones para no hacerlo. Le gustaban los buenos vinos, los restaurantes caros, el diseño, el lujo, presumir de coches de alta gama y vacaciones en islas paradisíacas. Definitivamente, Nagato y Sasuke no tenían nada que ver.
—Ahora entiendo tus lágrimas —confesó Deidara—. Te has dado cuenta de que el que creías que era el hombre perfecto durante todos estos años no le llega a ese cromañón ni a la suela de los zapatos, ¿verdad? Por eso llorabas.
—Anda ya... ¿Estás loco? —le espetó Sakura.
—Joder, Saku. ¡Qué pena que no sea gay! Yo estaría encantado de explorar esos labios carnosos y ese cuerpo musculado por el trabajo en la granja. Por cierto, ¿el cromañón de Temari es igual?
—Más o menos —contestó ella.
—Me has convencido. Mañana mismo cojo el primer vuelo que salga para Escocia. Seguro que yo encuentro algo igual, pero en gay.
Sakura rio y luego cambió de tema:
—¿Cómo está mamá? Antes, cuando hablé con ella, parecía tener prisa.
—Bueno —titubeó Deidara—. Nuestra Diane Lane particular está bien. Yo diría que maravillosamente bien.
—Oh, oh... Cuéntamelo todo ahora mismo, o la que se coge el primer avión de vuelta a Madrid soy yo. ¿Qué le pasa?
—Mira que eres exagerada, Saku. Está bien, sólo que creo que está conociendo a alguien. Pero nada serio, no te preocupes.
—¿Cómo? ¿Que mamá sale con alguien?
—Creo que sí —asintió él—. Pero déjame unos días para confirmarlo. Óscar y yo la estamos siguiendo de cerca.
—Quiero estar al tanto de todo, Deidara —le advirtió ella muy seria—. Por favor, vigílamela, que la veo muy sola y no quiero que se junte con ningún pintas del barrio.
Deidara tuvo que hacer un esfuerzo para no carcajearse. Tsunade tenía un gusto excelente, y eso no iban a negárselo sus hijas cuando supieran quién era su pretendiente.
—Tranquila, Saku. Óscar y yo la cuidamos muy bien. Por cierto, dile a Temari que Óscar la echa de menos. Y yo os echo de menos a las dos.
—Vale, tonto, y nosotras te echamos mucho de menos a ti. Un beso y hasta pronto.
Cuando hubo colgado el teléfono, se quitó el albornoz del hotel, se puso su pijama de seda Armani y se sentó frente a la ensalada. Sin embargo, ya no tenía hambre, así que, cansada, se acostó en la enorme cama queen size pensando en las torturas que le traería el nuevo día.
