Capítulo 10


Al día siguiente por la mañana, Sakura le habló a su hermana de su conversación con Deidara. Horas después, aún recordaba la cara de guasa de Temari cuando le contó lo que su amigo había insinuado sobre su madre, aunque omitió decirle nada acerca de la llamada de Nagato. No le apetecía hablar de aquello.

El móvil y el portátil le habían llegado ya desde España por mensajería urgente. Volvía a estar informatizada, y eso la hacía sentirse mejor.

Cuando Óbito y Sasuke aparcaron frente al hotel para recogerlas y llevarlas a casa de Ko, por unos instantes Sakura estuvo a punto de salir huyendo. ¿Qué iba a hacer ella en una granja? Sin embargo, al final, tras suspirar y pensar en el contrato, se encaminó hacia la furgoneta con paso seguro mientras tiraba de su trolley Versace.

—Buenos días —saludó Sasuke con gesto taciturno.

—Buenos días —respondió ella.

Temari estaba ocupada meneando la lengua dentro de la boca de Óbito.

Una vez en la carretera, él y su hermana se encargaron de llenar el habitáculo de la furgoneta con sus risas y sus conversaciones para relajar la tensión.

—¿Sabes, Saku? Anoche coincidimos con Sasuke y una de sus amigas en un pub —comentó Temari.

Sakura se puso tensa de repente, aunque trató de evitar que nadie se diera cuenta. Debía recordar los motivos por los que estaba allí, y punto. El resto no importaba.

—Me alegro —contestó al ver cómo Sasuke la miraba a través del espejo retrovisor.

—¿Por qué os fuisteis tan pronto? Tu amiga parecía estar pasándolo bien —inquirió Temari.

—Teníamos cosas que hacer —dijo Sasuke molesto.

—No lo dudo —prosiguió ella—. Samui estaba como loca por meterse en la cama contigo. Saku, habrías alucinado. No veas qué pulpo de mujer.

—Parece que hoy hará un día estupendo —señaló Óbito en un intento de cambiar de tema.

—Era una azafata italiana, ¿verdad? —insistió Temari.

—Sí. —Qué mala leche tenía aquella mujer, pensó Sasuke. Igualita que la de su hermana.

—Debía de ser alguna de esas preciosidades que hacen cola para besarte, ¿no? —espetó Sakura molesta.

—No lo dudes —respondió él con gesto hosco.

La noche anterior, Sasuke había quedado con Samui, una azafata italiana que lo llamaba siempre que volaba a Escocia. Ya estaba harto de pensar constantemente en Sakura. Sin embargo, había sido peor el remedio que la enfermedad. Tras la cena, se encontraron con Óbito y Temari en un pub, y Sasuke fue consciente de cómo lo observaba ella. No le preguntó, pero supo lo que pensaba con tan sólo mirarla.

Samui estaba especialmente cariñosa esa noche, apenas si lo dejaba respirar. Así pues, aburrido, Sasuke se despidió de Óbito y de Temari y él y la italiana se marcharon al hotel de ella. Luego, tras inventarse un imprevisto de última hora, Sasuke salió escopeteado para el Glasshouse. Allí comprobó que la llave de Sakura no estaba en su casillero, y decidió irse a dormir. Necesitaba descansar.

El resto del camino hasta la granja transcurrió sin que nadie soltara ningún otro comentario mordaz y, nada más llegar, los ladridos de Stoirm y los aplausos de Ko, Karin y alguno de los jornaleros llenaron el aire.

«Dios santo, mi pesadilla ya ha comenzado», pensó Sakura.

Todos se mostraron felices de recibir a las dos españolas, en especial Homura, que las abrazó cariñosamente.

Sasuke subió las maletas hasta su habitación; ocuparían la misma que días antes. Cuando ya se disponía a salir, se encontró de frente con Sakura en la puerta y, tras cerrarla, se apoyó en ella para mirarla.

—¿Qué haces? —inquirió ella, dejando el portátil sobre la cama.

—Quería tener unos momentos a solas contigo.

—¡Qué emoción!

—Sólo quería decirte que me parece muy valiente lo que vas a hacer, y que no olvides que estoy aquí para cualquier cosa que necesites.

—¿Algo más?

«Insolente», pensó él.

—Tendrás que cambiarte de ropa. No creo que con esos tacones puedas moverte por la granja —dijo mirando los sexis zapatos rojos que llevaba.

—Ése será mi problema, no el tuyo. ¿No crees?

—¿Qué te pasa? —preguntó Sasuke dando un paso hacia ella.

—No me pasa nada.

—Mentirosa —continuó, acercándose—. Hoy no te he dicho nada como para que tengas esa cara de enfado conmigo. En ningún momento me he dirigido a ti con ningún nombre que no fuera el tuyo. Incluso cuando has sido una borde en referencia a mis amistades, he intentado no discutir. ¿Debo pensar que estás celosa?

—¿De ti? —se mofó Sakura—. Antes lo estaría de una vaca.

Sasuke no pudo evitar sonreír. Era tan distinta de la clase de mujer que frecuentaba... Eso era lo que lo atraía tanto.

—Mira, cromañón: me importa un bledo con quién te acuestes y con quién salgas. ¿Por qué iba a estar celosa? —exclamó levantando los brazos al ver su sonrisa Profident.

No obstante, antes de que pudiera volver a bajarlos, ya tenía a Sasuke poseyendo su boca como sólo él sabía y a ella le gustaba. Sin darse cuenta, bajó las manos y las posó con suavidad sobre aquel pelo sedoso y rebelde que tantas veces había deseado acariciar.

—Oye, princesita —susurró él, echándole la cabeza hacia atrás para mirarla a los ojos—. Me alegro de que no estés celosa. Porque entre tú y yo nunca habrá más que esto.

—Te he dicho mil veces que no me beses —le reprochó Sakura sin mucha convicción—. ¿Por qué te empeñas en seguir haciéndolo?

—Mmm... Estás irresistible cuando te enfadas —murmuró Sasuke rozándole el cuello con la punta de su cálida lengua—. Me encanta ver esta venita tuya latir con furia.

—Suéltame ahora mismo —musitó ella cerrando los ojos. Ese hombre la mataba.

—Un beso más, preciosa. Sólo uno más —rogó él.

Y, posando sus labios con delicadeza sobre los de ella, disfrutaron de un beso lento y seductor, cargado de deseo y altas dosis de pasión.

—Ejem..., ejem...

De pronto, oyeron que alguien tosía a sus espaldas e interrumpieron precipitadamente el abrazo.

Ante ellos estaban Ko, Óbito, Temari, Karin y Homura, quienes entraron en la habitación con sonrisas divertidas pero no hicieron ningún comentario al respecto. Sasuke miró fugazmente a Sakura y aprovechó para salir del dormitorio.

Esa noche Ko preparó unos exquisitos filetes de pollo acompañados de verduras para cenar. A pesar de que en un principio Sakura se negó a comer más de un filete, éste estaba tan rico que al final terminó repitiendo, cosa que hizo sonreír a Sasuke, quien estaba encantado de verla comer con apetito.

A la mañana siguiente, temprano, Ko fue a despertar a las españolas.

—Un ratito más... —se quejó Temari volviendo a taparse.

La mujer sintió lástima de las chicas. No comprendía muy bien por qué Óbito y Sasuke las habían llevado de nuevo a la granja.

—Pero si todavía es de noche... —protestó Sakura bostezando.

—Vamos, vamos, perezosas —las regañó cariñosamente—. El trabajo en una granja comienza muy temprano.

A duras penas, Sakura se levantó y se dirigió como una autómata hacia el baño. Al cabo de media hora, salió con la crema puesta, los dientes lavados y el pelo perfectamente arreglado. Su hermana aún seguía en la cama.

Después abrió el pequeño armario donde había guardado su equipaje la noche anterior y miró su ropa. Tenía dos vaqueros, uno Dolce & Gabbana y otro Moschino; un traje de chaqueta color negro Chanel; dos camisetas de manga corta, una de Custo y otra Armani; dos de manga larga de Guru en rosa y azul, y la chaqueta que se había comprado en Edimburgo de Carolina Herrera con un estampado de ochos en color beige, aparte del abrigo de cuero negro Yves Saint Laurent.

Finalmente optó por los vaqueros Moschino, la camiseta de manga corta celeste Armani y la chaqueta de Carolina Herrera. A continuación miró los zapatos: los botines oscuros Gucci; los zapatos rojos de Manolo Blahnik, y las botas de piel vuelta Versace, y se decidió por las botas.

Se recogió el pelo en una coleta alta y tomó las gafas Prada. Cuando estuvo lista trató de despertar a su hermana, que, al verla ya vestida, saltó de la cama disculpándose por su pereza.

Temari corrió a lavarse la cara y, cuando regresó al dormitorio, la miró extrañada.

—¿Adónde vas tan elegante?

—Esto es lo único que tengo de sport —señaló Sakura, pintándose los labios.

En ese momento se abrió la puerta. Era Karin, aquella desastrosa y masculina chica de cejas pobladas y pelos tiesos como escarpias.

—¡Qué guapa! ¿Te marchas?

—Te lo he dicho —se burló Temari al pasar junto a su hermana.

—Esto va a ser un desastre —gimió Sakura sentándose en la cama—. ¡Oh, Dios mío! Pero ¿qué hago yo aquí? ¿A quién quiero engañar?

—Yo te veo muy guapa —la consoló Karin, acercándose a ella—. Pero si no quieres estropear tu ropa yo puedo dejarte algo mío, aunque no es tan bonito como lo que llevas.

«Antes muerta que con tus pintas», pensó Sakura, aunque se guardó mucho de decirlo.

Nunca había conocido a una muchacha tan dejada como Karin. Tenía los ojos claros, pero aquellas tupidas cejas a lo cepillo para limpiar zapatos eran un absoluto desastre. Su pelo estaba seco, quebradizo y mal cortado. Las uñas, o lo que quedaba de ellas, parecían las de un camionero. Y todo eso sin contar su desastrosa forma de vestir.

—¡No...! No quiero dejarte sin ropa —se apresuró a responder Sakura—. Ya me apaño con mis cosas.

Quince minutos después, bajaron a reunirse con los demás. Ko estaba trajinando en una cocina de leña, algo que Sakura tan sólo había visto en algunas películas antiguas.

Sentados a la mesa estaban desayunando Homura, Sasuke, Óbito, Suigetsu y Jūgo.

—Ya era hora —se quejó Óbito al verlas aparecer—. Se supone que habéis venido para ayudar en las labores de la granja, no para estar dos horas poniéndoos potingues en la cara.

Temari lo miró fijamente. Estaba cansada y muerta de sueño, apenas se había arreglado y aquel idiota la recibía así.

—Mira, chato —replicó apuntándolo con el dedo—. Sólo te lo diré una vez. Ten cuidado por las mañanas conmigo, si no quieres tener problemas.

—¡Por san Fergus! —exclamó Homura.

Suigetsu y Jūgo prorrumpieron entonces en carcajadas. Las mujeres de por allí no hablaban con ese desparpajo, por lo que Óbito se levantó enfadado y se marchó sin decir palabra.

—Eso, como los burros. Sin decir ni adiós —comentó sarcásticamente Temari al verlo salir.

—¿Adónde vas tan elegante? —preguntó Sasuke, mirando a Sakura.

«Tierra, trágame», pensó ella.

Estaba claro que aquel paleto no iba a facilitarle su estancia en la granja. Así pues, tenía dos opciones: a) mandarlo a paseo, con lo cual comenzaría mal el día, o b), hacerse la tonta, con lo que se provocaría una úlcera pero seguramente la dejaría en paz. Eligió la opción b.

—Voy vestida de sport. No tengo otra cosa que ponerme —dijo, y tomando una taza de leche que Ko le daba preguntó—: ¿Es desnatada o semi?

La anciana la miró extrañada.

—Es de vaca —respondió.

—¡Saku, por Dios! —murmuró Temari en español—. Coge la maldita taza y cierra el pico.

Fabricando una de sus sonrisas, Sakura hizo lo que su hermana le decía y oyó que Ko murmuraba mientra volvía a la lumbre:

—Esa ropa no volverá a ser lo que era tras un día en la granja.

Sasuke también la oyó.

—Seguro que Karin estará encantada de prestarte algo —propuso intentando no sonreír.

—No hace falta, tendré cuidado —replicó Sakura, mirando con recelo la leche.

—El que avisa no es traidor, princesita —murmuró Sasuke.

—Tómate la taza de leche, muchacha —la animó Homura—. Te dará las energías necesarias par enfrentarte a una manada de lobos.

Sakura cerró los ojos y recordó algunas técnicas de taichi. Necesitaba relajarse, o su carácter fiero prorrumpiría en la cocina de un momento a otro. Al abrir de nuevo los ojos, miró el reloj. Eran las cinco y media de la mañana. ¿Qué diablos hacía levantada a esas horas? Sin embargo, le echó valor y se repitió: «Tres semanas, máximo cuatro, y contrato conseguido».

—Muy bien —habló Sasuke levantándose y mirando a las chicas—. Mañana procurad ser más puntuales, ya deberíamos estar trabajando, en vez de estar perdiendo el tiempo aquí.

Ko meneó la cabeza al ver el gesto divertido de su marido. No estaba conforme con aquello, pero poco podía hacer. Los muchachos así lo habían decidido, y ella sólo tenía que callar y observar.

—¡Vámonos! —ordenó Sasuke poniéndose una cazadora marrón.

—¿Adónde vamos con el frío que hace? —se quejó Sakura.

—Al campo. Debemos arreglar el cercado de los caballos y luego echar de comer a las vacas —explicó Karin calándose un gorro de lana hasta las orejas.

"Oh, Dios mío, caballos y vacas... ¡Voy a morir!», pensó Sakura a punto de desmayarse. Sin embargo, se guardó mucho de decirlo y salió tiritando al exterior.

—¿Has visto qué pinta lleva esa muchacha para trabajar en el campo? —comentó Homura.

—¡Calla! No quiero hablar de ello —protestó Ko.

—Se va a congelar —auguró Homura entre carcajadas al ver cómo huía de Stoirm.

—Si le pasa algo, será culpa vuestra —sentenció su mujer enfadada. Salió de la cocina y dejó al anciano a solas.

El día era desapacible. Hacía frío, comenzaba a lloviznar y amenazaba con descargar una gran tormenta. Sasuke, que conducía la furgoneta de una manera un tanto brusca, miraba por el espejo retrovisor a las chicas. En especial a Sakura, que guardaba absoluto silencio y tenía el mismo aspecto de quien va al patíbulo.

Cuando el vehículo se detuvo, la joven estaba pálida como la cera, a punto del desmayo. Y, a pesar de que todos se dieron cuenta, nadie dijo nada.

—Bajad de la furgoneta —ordenó Óbito, que no parecía estar de muy buen humor—. No podemos perder más tiempo.

—Hoy no te has levantado con buen pie, ¿eh? —replicó Temari molesta.

Sin embargo, Óbito no le contestó, sino que se limitó a mirarla y a guardar silencio.

Al poner un pie en el suelo, Sakura sintió cómo sus tacones se hundían en el barro, pero sin decir nada, siguió a Karin, que se movía con naturalidad por aquel lugar.

—¡Ah, un bicho! ¡Un bicho! —gritó Sakura.

—Sólo es un escarabajo —la tranquilizó Karin, y lo cogió para enseñárselo.

—¡No! ¡No! Aléjalo de mí —volvió a gritar ella como una loca.

—Deja de chillar. —Sasuke apenas si podía contener la risa.

—Relájate, Saku —terció Temari—. Estamos en el campo y es normal que haya insectos.

—Princesita, por tu bien, familiarízate con ellos, el campo está lleno. Tomad. —Sasuke les tendió unos guantes—. La valla está medio rota. Tenéis que repararla. Ahí encontraréis el material y las herramientas necesarias para tensar y asegurar los alambres. Poneos los guantes y comenzad a traer aquellos palos —indicó señalando un árbol—. Yo iré a dejar a los muchachos en sus puestos y dentro de un rato volveré para ver qué tal vais.

—¿Vas a dejarnos solas... aquí? —preguntó Sakura, tiritando de frío. Su ropa era escasa, pero ya no había remedio.

—Karin y Stoirm se quedarán con vosotras —explicó él conteniendo la risa. Aquella muchacha era patética pero encantadora al mismo tiempo.

Acto seguido, montó en la furgoneta y arrancó, dejándola sin palabras.

—Apuesto cien libras a que antes de dos horas están llorando —dijo Jūgo entre carcajadas.

—Te doblo la apuesta —contestó Suigetsu dándole la mano.

—La triplico —apuntó jovial Óbito, observándolas por el espejo retrovisor.

—Muchachos —intervino, también jocoso, Sasuke—. Doblo todas las apuestas a que esta noche quieren volver a su casa.

Una vez la furgoneta azul se hubo marchado, Karin fue la primera en hablar.

—Creo que deberíamos repartir el trabajo —indicó rascándose el cuello—. Una que vaya a por el alambre, otra que traiga las estacas y la tercera que clave con la maza. —Se tocó la barriga y señaló—: Tengo que ir un momento al baño. Vuelvo enseguida.

—¿El baño? —murmuró Sakura mirándola—. ¿Dónde está el baño?

A su alrededor había campo, bichos, árboles y bosque. Nada más. Por lo que Karin, ocultándose tras un árbol no muy lejano, se bajó el mono y, ante la mirada incrédula de Sakura, comenzó a soltar unos ruidos sospechosos y unos gemidos de esfuerzo.

—¡Por favor! —exclamó ella arrugando la nariz—. Esto es lo más asqueroso que he visto en mi vida.

—Saku —comentó Temari ante la naturalidad de Karin—, cuando la cosa aprieta, ya sabes... O vacías la cañería o revientas.

—¡Temari! —la regañó ella horrorizada—. No seas vulgar. Y tú, perro —gritó mirando a Stoirm—, aléjate de mí si no quieres tener problemas.

Una vez Karin hubo terminado con lo suyo, y tras varias crisis nerviosas de Sakura a causa de los escarabajos, las tres mujeres se pusieron manos a la obra.

Pasadas dos horas, habían conseguido clavar seis estacas y poner varios trozos de alambre, el cielo se despejó y un sol espléndido las calentó.

Los vaqueros y la chaqueta de Sakura estaban hechos una pena, pero lo peor eran las botas de piel vuelta. Ko tenía razón: aquella ropa no volvería a ser lo que fue.

Sobre las nueve de la mañana aún nadie había dado señales de vida. Estaban sedientas y hambrientas, por lo que Karin se ofreció voluntaria para ir en busca del desayuno. Ella conocía las tierras, así que se puso en camino dejando solas a Sakura y Temari con Stoirm.

—No sé qué hago aquí —se quejó Sakura quitándose los guantes—. ¡Oh, Dios mío! Mira qué ampollas tengo. Mis manos necesitan crema con urgencia.

—¡Joder, Saku! —exclamó Temari mirándose las suyas—. Yo no las tengo mejor que tú, pero no soy tan quejica.

—¡Fuera de aquí, chucho! —le gritó Sakura a Stoirm.

De pronto divisaron un vehículo que se acercaba y el perro empezó a ladrar.

—Buenos días, señoritas —las saludó un hombre de gesto afable bajando del coche—. ¿Se han perdido?

—Ojalá fuera así —murmuró Sakura.

—No —respondió Temari—. Estamos esperando a Karin. Trabajamos con ella.

—Vaya... —El hombre se acercó hasta las chicas—. Vosotras debéis de ser las chicas que están con Homura y Ko. Un placer. Mi nombre es Shisui. Soy el médico de Dornie, Keppoch e Inverinate.

—Encantada. Mi nombre es Temari —saludó ella levantando la mano.

En cambio, Sakura estaba demasiado ensimismada con su drama personal como para prestarle atención.

—¿Qué te pasa? —le preguntó el médico al ver cómo se miraba la manos.

—Tengo unas horribles ampollas que me están matando —contestó suspirando, tan deprimida que el hombre sonrió.

—Eso lo soluciono yo en un periquete —dijo sacando del coche una caja de pomada—. Déjame ver dónde tienes esas ampollas. ¡Vaya! —La verdad es que no eran nada pequeñas—. Te estás destrozando las manos.

Primero echó suero en la mano para limpiar las heridas y luego aplicó con cuidado la pomada con la ayuda de una gasa. A continuación hizo lo mismo con las de Temari. Una vez finalizó la cura, las miró con una sonrisa.

—Guardáosla. Esta noche os la volvéis a echar y veréis cómo dentro de un par de días las ampollas habrán desaparecido.

—Mi nombre es Sakura Haruno —se presentó sonriente—. Gracias por tu ayuda.

Al decir eso, Sakura se sorprendió. ¡Acababa de darle las gracias a alguien!

—Encantado de conocerte —respondió Shisui mirándola a los ojos—. Pero vosotras no sois inglesas —señaló, claramente interesado en la chica—. ¿De dónde sois?

—Españolas —contestó ella.

—¡Vaya! Me encanta España. Sobre todo la tortilla y la paella. Son exquisitas.

—Muy típico de los guiris —comentó Temari al oírlo.

—Mmm. —Sakura estaba hambrienta—. No hables de comida en estos momentos, que estamos muertas de hambre.

—Es evidente que no sois mujeres de campo. ¿Qué estáis haciendo aquí? —preguntó el médico con curiosidad.

—Es una historia muy larga. —Sakura sabía que no había forma de explicarla—. Y algo complicada de contar con el hambre que tengo.

—Vaya, lo siento. —El hombre se acercó entonces más a ella y añadió—: Déjame ver cómo está tu mano.

Le tomó la mano para colocarle un apósito y, viendo lo delicada que era, se preguntó qué hacía una mujer como ella arreglando un cercado.

En ese instante se oyó el ruido de un motor. Era Sasuke, que regresaba con Karin, y al ver a Shisui tomándole la mano a Sakura aceleró.

—Vaya —murmuró el médico al ver la furgoneta aproximarse—. Creo que os traen provisiones, se acabó el hambre.

—¡Menos mal! —Temari ya no sabía qué hacer con su estómago—. Estaba ya por morder un trozo de la valla.

Tras bajarse de su furgoneta con la gorra puesta, Sasuke se dirigió hacia ellos con una falsa sonrisa estampada en la cara.

—Hola, Shisui —saludó colocándose junto a Sakura—. ¿Qué haces tú por aquí?

—Voy camino de Keppoch —respondió él sin apartarse un milímetro de donde estaba—, y como verás he tenido que hacer un par de curas de urgencia por el camino.

—Ha sido muy amable de tu parte —repuso Sasuke nada cortés—. Pero ya puedes seguir hacia tu destino.

—Shisui ha sido muy atento con nosotras —protestó Sakura, que no entendía por qué aquellos dos se miraban de aquella forma.

—Se me hace tarde —dijo al fin el médico echando a andar hacia su coche—. Encantado de haberte conocido, Temari.

—Lo mismo digo, Shisui. Gracias por tu amabilidad.

—Ha sido un placer, Sakura —añadió él con una sonrisa que molestó profundamente a Sasuke—. Quizá volvamos a vernos.

—Seguro —aseveró ella con malicia—. Conozco a pocas personas tan educadas como tú por estos lares.

—Este fin de semana un amigo organiza una fiesta para celebrar el nacimiento de su hijo —contó entonces Shisui—. Sería estupendo que vinierais.

—¿No le importará que nos presentemos en su casa sin conocernos? —preguntó Sakura.

—Hatake es como de la familia —intervino Sasuke entregándole su chaqueta—. Toma, póntela o cogerás frío.

—¡Será genial! —exclamó Temari.

—No quiero ponérmela. Tengo calor —dijo Sakura, que no le estaba prestando la más mínima atención. Era más divertido hablar de la fiesta—. Sí, quizá vayamos.

—De acuerdo —convino Shisui montando ya en el coche—. Entonces nos vemos allí. Hasta pronto.

Cuando se alejó, Temari estaba sonriendo. Sakura, por su parte, cogió una botella de agua para beber. Estaba sedienta.

—No iréis a esa fiesta —señaló Sasuke consiguiendo al fin que lo miraran.

—¿Por qué? —inquirió Sakura dejando de beber.

Había sido consciente de cómo aquellos dos se retaban con la mirada y con las palabras. Entre ellos había algo que ella desconocía, pero no pensaba preocuparse por ello.

—Porque lo digo yo, y punto —zanjó la conversación Sasuke.

—Buenoooo —suspiró Temari intuyendo lo que estaba por venir.

—Ni hablar... —repuso Sakura—. Pero ¿qué es eso de «porque lo digo yo»? ¿En qué mundo vives, cromañón?

—Vivo en el mundo real, princesita. Estás en mis tierras, bajo mi mando y mi techo. No pienso dejar que el idiota de Shisui se inmiscuya en mis asuntos.

—Pero ¿de qué hablas? —bufó ella—. Ese hombre sólo nos ha invitado a una fiesta. Le he dicho que estaremos aquí varios días y ha intentado ser amable con nosotras. Y ahora me vienes tú en plan macho man y nos montas esta escenita.

Sasuke la miró levantando una ceja.

—He dicho que no, y no pienso discutir —concluyó dándoles la espalda.

—Escúchame, imbécil —le espetó Sakura propinándole un empujón para atraer su atención—. Estoy aquí para intentar agradar al conde, no para intentar agradarte a ti. ¡No te confundas!

—¿Sabes? —dijo él tirando con rabia al suelo una botella mientras montaba de nuevo en la furgoneta—. Intenta no enfadarme mucho o te juro que el conde sólo escuchará lo que yo quiera. No lo olvides.

Y, después de eso, se marchó derrapando y dejando a la joven malhumorada por algo que no entendía.

—Si mi madre estuviera aquí, seguro que diría: «Amores reñidos son siempre los más queridos» —murmuró Temari al tiempo que iba a sentarse en el suelo junto a Karin, que ya estaba desayunando.

—¡Vete al infierno, Temari! —gritó su hermana alejándose.

—Pues Ko diría: «Los que se pelean se desean» —agregó Karin.

Algunas horas después, la furgoneta regresó, aunque esta vez solamente viajaban en ella Jūgo y Suigetsu. Volvieron a casa de Ko para cenar, aunque Temari y Sakura no pudieron ni moverse una vez se tumbaron en la cama.