Capítulo 11


El sábado siguiente, después de comer, cuando Sasuke y Óbito se hubieron marchado, Sakura le habló a Ko acerca de la fiesta en casa del tal Hatake. La anciana, sorprendida por el interés que las muchachas demostraban por acudir, habló con Jūgo, que amablemente se ofreció a acercarlas al lugar.

Sobre las siete de la tarde, ataviadas con los mejores vaqueros que tenían, Sakura y Temari subieron al coche del mozo.

—Karin —preguntó entonces Temari al ver a la muchacha observándolas—, ¿quieres venir?

—No me han invitado.

—No me extraña —murmuró Sakura—. Con la pinta que tiene, ¿quién la va a invitar?

—¡Cállate, bruja! —la regañó Temari, mientras su hermana se miraba en el espejo retrovisor y se repasaba los labios con el perfilador.

Lo cierto era que Karin tenía un aspecto nefasto. Nada en ella la hacía resaltar. Su forma de vestir era desastrosa, sus modales vulgares y su apariencia siniestra. La impresión que la gente sacaba al verla era la de un animalito esquivo y asustado.

—Vemos, mujer, anímate —dijo Temari abriéndole la puerta del coche—. Vente. Seguro que nos divertiremos.

—Ve, tontuela —la animó Ko con una sonrisa—. Más tarde iré yo, seguro que lo pasas estupendamente.

La anciana sabía que Karin era retraída y poco comunicativa. Pero desde que las españolas estaban allí, se había fijado en que había algo distinto en la muchacha. La había pillado un par de veces mirándose al espejo, cosa rara en ella. Y, aunque nadie se hubiese percatado del cambio, Ko había visto que incluso se peinaba mejor que antes, en un intento de dominar su pelo encrespado.

—¡Por Dios, Temari! —se quejó Sakura en español al ver que Karin echaba a andar en dirección al vehículo—. No me digas que al final viene con nosotras la niña de El exorcista.

—Saku, ¿por qué no te bajas y te vas volando en tu escoba?

Al final arrancaron y el coche se perdió entre caminos agrestes llenos de barro.

Cuando llegaron a casa de los Hatake, Shisui, el médico, se mostró gratamente sorprendido, puesto que estaba convencido de que las chicas no aparecerían.

Encantado con su presencia, les presentó a Rin y a Kakashi Hatake, los dichosos padres de Kashi, un gordito bebé de cinco meses.

—¡Qué monada! —exclamó Temari al verlo—. Es precioso, cuchi-cuchi...

—Y comilón —añadió Rin tomando al bebé en brazos—. No para de comer.

—Se lo ve gordito, sí —asintió Sakura sin mucha emoción.

—¿Quieres cogerlo? —le preguntó Rin.

—Oh, no. No...—se disculpó algo incómoda—. No me gusta coger a bebés tan pequeños.

—Yo sí quiero cogerlo. —A Temari le encantaban los niños—. ¿Puedo?

—Claro que sí —Rin se lo pasó con cuidado—. Es muy bueno, ya lo verás.

—Voy a por algo de beber —anunció Shisui—. ¿Qué os traigo?

—Cerveza —pidió Temari embobada con el niño—. Cucutrás, cucutrás...

—Voy contigo —decidió Sakura. No soportaba a los bebés, y menos aún cuando los adultos comenzaban a canturrearles chorradas como su hermana.

Los Hatake vivían a las afueras de Inverinate. Era una casa heredada de padres a hijos y contaba con el privilegio de estar junto al lago Duich.

—Qué lugar más bonito, ¿verdad? —comentó Shisui señalando las aguas tranquilas del lago.

—Sí... —asintió Sakura—. No está mal.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Por supuesto.

—¿Qué hacéis tu hermana y tú trabajando en la granja de Homura?

—Ufff...—exclamó ella—. Para acortar todo el rollo que podría contarte, digamos que lo hacemos por negocios. Pero ¿tan raro es ver gente extraña por estos alrededores? —preguntó Sakura, que se había sentido el centro de atención desde que había llegado.

—Si te soy sincero, no es normal ver a mujeres como vosotras arreglando cercados —respondió Shisui cuando empezaron a sonar las primeras gaitas.

—En eso te doy la razón. No es normal, no...

Dos horas después, Temari y Sakura bailaban con Shisui y un amigo al son de las canciones de aquellas tierras cuando de pronto Temari tocó el brazo de su hermana.

—Oh..., oh...—dijo señalando hacia la ventana con una sonrisa—. Creo que ha llegado la caballería.

Al seguir la mirada de su hermana, Sakura vio a Sasuke, a Ko y a Óbito bajar de la furgoneta azul, y a Karin corriendo hacia ellos. Al verlos entrar, Kakashi Hatake les estrechó la mano con cariño a los hombres y besó a Ko en la mejilla. Pocos segundos después los ojos divertidos de Sakura se encontraron con los de Sasuke, que la contempló ceñudo.

—¿Sasuke es tu novio? —preguntó Shisui al ver aquel cruce de miradas.

«Qué guapo está», había pensado ella al verlo entrar vestido con un vaquero oscuro, una camisa blanca y un tres cuartos de piel en color camel. Le gustara reconocerlo o no, aquel tipo tenía estilo, aunque esas palabras jamás saldrían de su boca.

—¡Ja! —le contestó a Shisui apartando la mirada del cromañón—. Ya quisiera ese paleto.

—¿Paleto? —repitió el médico divertido.

Si algo sabía Shisui era que Sasuke no tenía nada de paleto. Su enemistad se había originado años atrás a causa de una mujer, la esposa de Óbito. Desde entonces, la rivalidad entre ambos era patente. No se soportaban, aunque intentaban respetarse, y, aun siendo familia, procuraban que sus caminos no se cruzasen. Pero el día que Shisui había visitado a Homura y se había enterado de que había dos muchachas extranjeras alojadas en la granja, la curiosidad lo pudo, y a pesar de la rivalidad existente, Ko lo hizo partícipe del secreto de su nieto.

—Oh, sí... —murmuró Sakura con despecho—, es el tipo más irritante que he conocido en mi vida. Entre tú y yo: no veo el momento de perderlo de vista. Es arrogante, estúpido, y un prepotente al que le hace falta que le bajen los humos.

—Cada vez entiendo menos —comentó Shisui.

—No intentes entenderlo —le aconsejó ella—. ¡Es imposible!

La pieza de música acabó, y a continuación sonó otra más rápida. Sakura y Temari tenían intención de descansar entonces, pero aquellos bulliciosos escoceses no se lo permitieron.

—Buenas noches, Sasuke —lo saludó Shisui acercándose.

—¿Qué quieres? —preguntó él apretando los puños.

—Tranquilizarte..., aunque ella me ha dicho que está libre.

Al oír eso, Sasuke se volvió hacia el médico con cara de pocos amigos, pero Óbito se interpuso entre ambos.

—¿Podemos tener la fiesta en paz? —espetó y, apuntando a Shisui con el dedo, añadió—: Haz el favor de no tocar las narices, si no quieres que te las toquen a ti. ¿Vale? —Después se volvió hacia Sasuke—. Y tú, cambia esa cara de malas pulgas porque aquí nadie pertenece a nadie, ¿vale?

—Voy a por otra cerveza —contestó su primo alejándose.

Sasuke no se acercó a Sakura en ningún momento, aunque se sorprendió al ver que todos conocían el secreto que se suponía que debían guardar. Se dedicó a bromear con algunas de las muchachas que revoloteaban delante de él, mientras con disimulo observaba a Sakura, que parecía divertirse con Shisui y sus cultivados amigos ingleses. Sabía que aquella quejica y malcriada muchacha no era para él. Había demasiadas cosas de su personalidad que lo desquiciaban; sin embargo, no alcanzaba a comprender por qué sentía una atracción tan fuerte por ella.

Por su parte, Sakura disfrutaba charlando con Shisui, aunque había algo que la hacía buscar a Sasuke con la mirada más veces de las que habría deseado. Tenía que reconocer que era un hombre atractivo, e intuía que el resto de las mujeres pensaban lo mismo, más aún cuando vio que una de aquellas jóvenes se abalanzaba sobre él con gesto cariñoso, cosa que la irritó.

A medianoche, las mujeres más ancianas, Ko entre ellas, comenzaron a emparejar a los jóvenes solteros para bailar una antigua pieza celta, un rito familiar que se repetía cada vez que se celebraba el nacimiento de una nueva vida. Las mujeres observaban a las parejas bailar y, cuando la música terminaba, elegían a la que, según ellas, tendría un futuro feliz juntos. Con picardía, las ancianas comandadas por Ko emparejaron a Sasuke con Sakura, y a Óbito con Temari.

—Ko, no quiero bailar con él —protestó Sakura.

—Pues tienes que hacerlo, hija mía —le contestó la anciana divertida.

—Sabes que yo no creo en estas cosas —dijo a su vez Sasuke, que intentaba mantenerse al margen de todo aquello.

—No me importa, tesoro —zanjó Ko—. Pero recuerda que tu abuelo y yo, sí.

Acto seguido, la música comenzó.

Sasuke tuvo que agarrar por la cintura a Sakura, que resopló contrariada al apoyar las manos en sus anchos hombros. Sin dirigirse la palabra ni mirarse siquiera, empezaron a moverse al compás de la canción. Poco a poco, y gracias a la dulzura de la pieza que sonaba, la rigidez de sus cuerpos fue disipándose, y se acercaron como atraídos por un imán. Sin entender por qué, Sakura subió lentamente las manos hasta rodearle el cuello, y Sasuke aprovechó entonces para estrecharla contra sí atrayéndola por la cintura.

En ese instante, Sakura empezó a sentir mariposas revoloteando en su estómago al notar el cálido aliento de Sasuke contra su cuello. Cerró los ojos relajada y apoyó la frente sobre los hombros del grandullón. Por su parte, éste, al percibir la suave respiración de ella que le hacía cosquillas a través de la camisa, sintió que todo el vello de su cuerpo se erizaba y, olvidando dónde se encontraban, comenzó a acariciarle la espalda con suavidad.

Sakura, que disfrutaba de aquel mágico momento, dejó escapar un gemido que hizo sonreír a Sasuke.

—Tranquila, princesa —le susurró él muy cerca de su cuello—. Nadie te ha oído.

—¿Eh?... —dijo ella confundida por aquella sensual voz—. No sé a qué te refieres.

—No importa —repuso él endureciendo el tono al tiempo que se separaba de ella—. Gracias a Dios, este maldito baile ya ha acabado.

Sin embargo, no fue así, sino que al parecer aquello tan sólo había sido el inicio de una dulce tortura. Por unanimidad, las ancianas decidieron que la mejor pareja era la formada por ellos dos, por lo que tuvieron que seguir con el ritual.

—¿Qué tengo que hacer ahora? —preguntó Sakura al oírlo.

—Abuela, no pienso continuar con esta tontería —protestó Sasuke.

Temari y Óbito no pudieron evitar reír a carcajadas cuando vieron que Ko les guiñaba el ojo con una pícara sonrisa y entregaba a Sasuke una pequeña cajita azul.

—Escuchadme un instante, muchachos —pidió la anciana—. Ahora tú, Sasuke, tienes que regalarle algo en señal de tu buena voluntad, y por supuesto tú, Sakura, lo tienes que aceptar.

—¡Esto es ridículo! —masculló Sakura haciendo ademán de alejarse—. Nunca me han gustado estas chorradas.

—Vamos, Saku —se mofó Temari—. Deja de gruñir y disfruta del momento.

—Así es la tradición —la animó la anciana—. Ahora id a refrescar un poco vuestras gargantas. Cuando llegue el momento, os avisaré.

—¡Vaya con la abuela! —se burló Óbito al ver a su primo tan abrumado—. Nunca la había visto en su papel de bruja. —Y, acercándose a Sasuke, añadió en un susurro—: Debe de ser que todo se pega.

Tras sacar una cerveza del cubo con hielo, Sasuke la abrió con un golpe seco. Le gustara o no, debía reconocer que la fiereza que Sakura mostraba se convertía en dulzura y sensualidad cuando estaba entre sus brazos, y que prefería ser él quien la abrazara a que lo hiciera el idiota de Shisui o alguno de sus amigos.

Media hora más tarde, las ancianas reunieron a todos los presentes ante la fogata. Como marcaba la costumbre, debía cumplirse el segundo paso del ritual: Sakura y Sasuke, más contrariados que otra cosa, se plantaron ante todo el mundo sin saber qué decir. La situación era tan ridícula que finalmente el escocés se decidió a hablar.

—Princesita, sígueme el juego.

—¿Eh?... —murmuró Sakura confundida.

—Bueno, amigos, gracias a mi adorada abuela y a sus compinches —señaló Sasuke, haciendo reír a las ancianas—, voy a tener que hacer esto me guste o no. —Y, volviéndose hacia Sakura, que horrorizada no sabía adónde mirar, declaró al tiempo que le cogía la mano—: Cumpliendo una tradición familiar, te entrego este regalo en señal de mi voluntad. Ábrelo y dame lo que en su interior hay.

—¿Ahora? —preguntó ella avergonzada.

—Si quieres que esto acabe, cuanto antes lo abras, mejor —siseó él.

Tras mirar a Temari, que disfrutaba emocionada de aquella idiotez, Sakura abrió la pequeña cajita azul y desconcertada sacó dos anillas procedentes de sendas latas de Coca-Cola. Con cuidado, como si fuera algo muy frágil, se las entregó.

—Sakura —dijo Sasuke tomándole la mano—. ¿Prometes delante de todos los presentes que nunca —recalcó— te casarás conmigo?

«Antes muerta, creído», pensó ella enarcando las cejas mientras las ancianas, y en especial Ko, los miraban con el ceño fruncido.

—Sí, lo prometo —respondió con gesto de contrariedad.

Ahora le tocaba a ella coger la anilla que Sasuke con amabilidad le tendía.

—Cromañón —habló esbozando una sonrisa y cogiéndole la mano—, promete ante todos que nunca te casarás conmigo.

—Por supuesto —se carcajeó él al responder—. Lo prometo.

—¡Eso no vale! —protestó Ko molesta por la jugarreta de aquellos dos.

—Abuela —replicó Sasuke—, antes has dicho que yo debía regalarle algo a Sakura en prueba de mi buena voluntad y ella debía aceptarlo. ¿Qué parte del trato no hemos cumplido?

—El beso —contestó la anciana retándolo con la mirada—. Aún falta el beso. Pero no un beso cualquiera. Queremos un beso en condiciones.

—¡De tornillo! —gritó Óbito aplaudiendo.

—Sí, sí..., de película —voceó a su vez Temari.

Con resignación, y para sorpresa de todos, Sakura cogió entonces a Sasuke por el cuello y, deseosa de terminar de una vez, le dio un rápido beso en los labios.

—¡Hala! —exclamó a continuación—. Ya está cumplido el rito.

No obstante, Sasuke miró entonces a Sakura con un brillo especial en los ojos. Sus labios mostraban una sonrisa peligrosa, que se acentuó al percatarse de que Shisui no sonreía. Después la sujetó para que no se marchara y, poniéndole la carne de gallina, le susurró al oído:

—Lady Dóberman, tú me has besado como se besa en España. Ahora, si me lo permites, yo te besaré como se besa en Escocia, y como manda la tradición.

Y, atrayéndola hacia sí, la besó dulcemente en la boca sin que Sakura pudiera oponer resistencia, mientras todos a su alrededor chillaban y aplaudían.

—¡Más sabe el zorro por viejo que por zorro! —exclamó entre carcajadas Óbito al ver cómo su abuela aplaudía encantada.

—¿Estás seguro de que Ko no es española? —comentó Temari divertida.

Tras el beso, que duró más de lo debido, la pareja se separó. Durante el resto de la velada no volvieron a dirigirse la palabra, pero ambos fueron conscientes de que aquella pieza de música celta y lo que habían sentido con ese beso sería difícil de olvidar.