Capítulo 44: Consecuencias
Myobu arrugó el papel de arroz que tenía entre las manos e incineró los delicados trazos de Inari en una explosión de fuego zorruno.
Había estado seguro, en el momento en el que hundió las garras en la carne de Kagome-hime y le lanzó el hechizo que le llenaría las venas de lujuria, que sería forzada a llevar a cabo el kitsuneno'otan o que se volvería loca y atacaría al Perro de Hielo.
Y además había estado seguro de que en el caso de que se llevara a cabo el kitsuneno'otan, él, Myobu de las Seis Colas, sería llamado para tomar su virginidad. Él era la única opción más obvia… era el único kitsune macho adulto que quedaba vivo y además proveniente de una familia noble. Y entonces ella le pertenecería… él conocía varios usos para la sangre virginal… incluso el hechizo de amor que hubiera asegurado que la Princesa Zorro del Oeste rogara para poder ser pareja del Lord del Este. Él hubiera pedido que la llevaran a su palacio y ella jamás se hubiera ido de allí, y entonces podría adquirir su poder y la utilizaría como una pieza valiosa para jugar contra el Oeste.
Debería haber presionado más la situación… Debería haber usado a Inari para convencer a la Princesa Zorro de que lo eligiera a él…
No le parecía correcto que el Gran Perro hubiera tomado a una vulpina tan prometedora ¡Según el informe de Inari, parecía que Sesshomaru-sama podría incluso tomar a Kagome-hime como su pareja!
No lo permitiría.
Myobu era fiel creyente de mantener las líneas familiares puras y que los diferentes tipos de youkai no deberían cruzarse. Él culpaba su propia y frustrante incapacidad de obtener más de seis colas debido a que su padre se había emparejado con una serpiente de mar.
Inari de las Nueve Colas era el producto de tres generaciones de parejas kitsune. Desafortunadamente, ella tenía demasiado parentesco con Myobu ya que era la hija de su media hermana y un primo distante.
Esa era la razón por la que él se había mostrado tan predispuesto a que ella fuera cortejada por un hanyou. Su línea familiar se diluiría por lo que no había posibilidad de que sus hijos se atrevieran a destronar a los herederos de Myobu.
Además, Sesshomaru-sama ya tenía mucho poder, y el que tuviera a Kagome-hime con él resultaba mucho peor. Cuando no había otras vulpinas de edad madura y estatus para darle un heredero, Myobu estaba en proceso de resignarse a encontrar una pareja híbrida, pero luego la Perla de Shikón convirtió a una humana en vulpina. Él estaba seguro de que tal ocurrencia se trataba de una señal del cielo para Myobu de que ella debía ser suya ¿Entonces por qué otra razón ella se convertiría en kitsune?
Si hubiese estado predestinada a ser del Perro de Hielo, ella se hubiera transformado en un demonio perro. Ella era el destino de Myobu, parte de su destino, la mujer que lo ayudaría a dominar las Cuatro Tierras.
Kiyohime había matado a la madre de Myobu porque deseaba evitar casarse con el Perro de Hielo y Ryuukotsusei, el último de los Dragones del Norte, fue derrotado por ese idiota mitad bestia. Todo esto había causado que Myobu perdiera la oportunidad no de obtener uno, sino dos reinos.
Y ahora, gracias a la astucia de la Princesa Zorro, Myobu jamás podría poner un pie en el Oeste.
Y para él, el único culpable de todo esto era Sesshomaru.
Pero Myobu obtendría su venganza. En poco tiempo se apoderaría del Norte y del Sur, lo cual le llevaría paciencia y astucia, así como también la utilización de la perla de poder de Inari. Y lo que le parecía más alentador, tendría a Kagome-hime para él.
Él notó la forma en la que el Lord Perro la miraba, la forma en la que la protegía y la anhelaba.
Ella le pertenecía a Myobu por el poder que ella representaba y poseía. Y lo que resultaba más importante, ella le pertenecía a Myobu porque eso le causaría dolor al Lord del Oeste.
Y mientras que al Oeste…
Myobu se pasó la lengua por el incisivo izquierdo, se dirigió hacia su despacho donde realizaba hechizos y extrajo un enorme caparazón de tortuga de mar. Lo invirtió y lo llenó de agua que había sacado de la cueva de una sirena. Con dos gotas de su propia sangre, el agua comenzó a arremolinarse hasta que formó un pequeño vórtice que formaba un pasaje a otro reino.
Myobu comenzó a escuchar mientras contemplaba el movimiento hipnótico del agua.
—Ssssi… Ssssi— murmuró para sí mismo a la vez que aparecían unas escamas en su rostro y brazos. Le resultaba difícil mantenerse en su forma de zorro cuando utilizaba lo poco que le quedaba de su aura de dragón. Pero era necesario. Necesario…
—Haré lo que me digasss —le dijo al agitado vórtice frente a él.
Luego cortó la conexión al arrojar el agua al suelo, la cual le rodeó los pies antes de ser absorbida por la alfombra tejida como si se tratara de sangre derramada en un campo de batalla.
Myobu imaginó que se trataba de la sangre de sus enemigos la cual se derraba a sus pies mientras exhalaban su ultimo suspiro.
Usaba la perla de poder de Inari en una cadena alrededor del cuello con un hechizo para que fuera invisible. Se la sacó y apretó la pequeña joya con el puño. Tras un giro mental, pudo acceder al poder de ella. Con esto, las marcas verdes que formaban la máscara de zorro que tenía en el rostro se volvieron dentadas ya que comenzaron a sangrarle como si fuera tinta sobre pergamino hasta que su rostro se convirtió en el de Aobozu. Inhaló aire profundamente y cerró los ojos.
Cuando los volvió a abrir, pudo ver el mundo por medio de los ojos de Inari. Le ordenó que se dirigiera hacia la puerta y el cuerpo de Inari le obedeció. Inuyasha se puso en su camino y Myobu sonrió antes de murmurarle algo al mismo tiempo que acariciaba la mejilla del hanyou con la mano de Inari.
Inari luchaba contra él, quien solo podía controlarla por un par de segundos. Sin embargo, ella se estaba debilitando, no cabía duda de ello. Le llevaría tiempo, tal vez años, pero algún día ella no sería más que una extensión del propio Myobu.
Él jamás podría dominar el Oeste, pero Inari sí. Una vez que se deshiciera de Sesshomaru y esa mocosa de heredera que tenía, Inuyasha sería el nuevo Lord.
Y Myobu, por medio de Inari, sería su consorte.
—I—
Había una extraña sensación entre Sesshomaru y Kagome después del kitsuneno'otan. Una sensación carnal que ninguno podía negar.
Kagome le pasaba los dedos por el cabello y Sesshomaru recordaba la presión que había sentido en el cuero cabelludo cuando ella le tiraba esos mismos mechones mientras gemía su nombre. Kagome acercaba la pierna a él cuando ambos estaban recostados con los cachorros alrededor y él recordaba la deliciosa presión de esas mismas piernas rodeándole las caderas cuando él sentía la curvatura de esos pechos en sus manos.
Ella lo miraba con los ojos llenos de fuego zorruno derretido, el aroma de su excitación perseguía a Sesshomaru por los pasillos del palacio cuando ella lo veía luchando contra los guerreros en medio de un entrenamiento, o cuando caminaban juntos por los jardines. Él le mostraba un colmillo y ella le sonreía con mucha femineidad mientras le pasaba los dedos por el pecho y jugaba con los bordes de la ropa de seda, aunque jamás se atrevía a meter la mano y acariciarle la piel debajo de esta.
En tres ocasiones estuvo a punto de tomarla. Una vez cuando se encontraba en la cama de él, cuando ella se encontraba recostada con todo el cuerpo presionado contra él, cuando el aroma de la lujuria que ambos sentían llenaba los pulmones de Sesshomaru y producían que sus ojos se enrojecieran.
Lo único que lo detenía era el pensar en qué les contestaría a Lin y Shippo cuando hicieran preguntas luego del acto.
La segunda vez fue cuando ella se encontraba en el patio de entrenamientos, practicando con los shuriken y vistiendo el uniforme de los aprendices del palacio que parecía ser más sugestivo que el kimono que ella solía vestir. Verla así, tan concentrada, con el cabello atado y exponiendo la nuca mientras se arqueaba para lanzar los shurikens, cuando contraía los músculos repentinamente…
Se apresuró en irse de aquel lugar antes de perder los estribos.
La tercera vez fue al contemplarle los colmillos. Ahora podía admitir para sí mismo que siempre había pensado que eran casi insoportablemente atractivos. Cuando ella los mostraba, él perdía el control. Luego de un parpadeo, ella se encontraba en sus brazos gimiendo su nombre y el aroma que desprendía llevaba la pasión del demonio perro más allá. Tras un rápido tirón, le arrancó el kimono sin importarle que se encontraban en el estudio y que cualquiera de los sirvientes podría entrar. El placer que sentía por esa belleza no era algo que debería permanecer escondido.
Ella le arañaba el nudo del cinturón y él le quitó la tela que le cubría los pechos. Los colmillos de Sesshomaru se alargaron cuando comenzó a lamerle el cuello a Kagome y encontró el lugar justo en donde podría morder y marcarla…
Mia.
Con un brusco movimiento que dejó a Kagome mirándolo con los ojos abiertos, estupefacta, se alejó de ella y puso a prueba su voluntad de hierro con cada paso que daba alejándose de ella a la vez que todo el cuerpo le gritaba ahora, más, más cerca, mía, mía, mía.
La dignidad de Sesshomaru había quedado hecha andrajos, por lo que resolvió que debía hacer algo para acabar con esta locura. Una cosa era tomar a Kagome como amante, algo que lo habría hecho dudar solo porque no quería que se ilusionara esperando algo más, lo cual despertaría enojo y discordia dentro de la manada. Pero esto, lo que estaba a punto de hacer…
Él, Sesshomaru, que había transitado por el camino de la Conquista Suprema por unos cientos de años, estuvo a punto de elegir una pareja sin sentido ni razón que pudiera comprender, sin ningún objetivo en mente. Estuvo a punto de sucumbir a los deseos de su naturaleza bestial, una naturaleza que siempre había controlado por medio de su voluntad.
Ya no podría hacerlo.
—Debo irme— le dijo a Kagome mientras se reacomodaba la ropa.
—¿Irte?
No se giró para mirarla. Temía que, si lo hacía, volvería a encontrarse envuelto por la necesidad de poseerla.
Sin decir más y solo deteniéndose para dejar el Sello del Oeste sobre la cama de Inuyasha, Sesshomaru abandonó el palacio. Se iría a recorrer sus tierras y a cazar solo, como siempre había hecho hasta hace muy poco. Entonces podría controlarse a si mismo y a sus instintos, tal como había hecho en el pasado.
Y cuando volviera, todo estaría como siempre.
CONTINUARÁ
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Starebelle
