Capítulo 14
Una semana después, Sakura fantaseaba con regresar a Madrid para poder dormir un mes seguido sin que nadie la molestara. Le dolía todo, hasta las raíces del pelo. Tenía las manos destrozadas, a veces incluso le dolían tanto que no podía teclear en el ordenador cuando llegaba a la granja.
Pero lo que realmente la mataba era el dolor de espalda, tan agudo que incluso le impedía dormir. Sin embargo, no se lo contó a nadie. Aquel trabajo para conseguir el dichoso contrato la estaba matando, pero no pensaba darse por vencida, y menos aún ante el machito de Sasuke, que desde la noche del partido se había vuelto más desconsiderado y huraño con ella.
Muchas de aquellas madrugadas, cuando bajaba dolorida a la cocina para tomarse un ibuprofeno, se encontraba allí con Homura, que apenas dormía. Y durante las muchas horas de charla, se creó entre ellos una amistad especial.
El anciano le contó lo aburrido que estaba desde que le había dado un infarto y le diagnosticaron una insuficiencia cardíaca. Su corazón no bombeaba bien, y eso le provocaba cansancio y dificultades respiratorias. Así pues, había tenido que cambiar su estilo de vida en todos los sentidos. Ko y sus nietos no lo dejaban trabajar en la granja, por lo que había pasado de ser una persona activa a un viejo inútil.
En un arranque de sinceridad, Sakura le contó lo estresante que era su empleo y lo ocurrido con Nagato, cosa que dejó sin palabras a Homura. Le habló de su trabajo como publicista, de cómo se preparaban las campañas, cómo se elegían los eslóganes y por qué necesitaba conseguir el contrato de Eilean Donan. No obstante, omitió hablar de su familia. Todavía le dolía pensar cómo los había rechazado y tratado durante años. Aquello era algo con lo que tendría que cargar durante toda su vida, y aún no estaba preparada para contarlo.
En esos días, Homura se interesó por el portátil de Sakura, y ella le enseñó encantada a manejarlo. En poco tiempo aprendió a guardar documentos de Word y también a jugar. Aquello era algo que Homura podía hacer sin cansarse, y aunque en la granja no había ADSL ni ningún tipo de conexión a internet, el hombre disfrutaba jugando al Buscaminas y al Solitario.
Por otra parte, Sakura tenía que morderse la lengua a diario para no discutir con el quisquilloso de Sasuke: repasaba a conciencia cualquier cosa que ella hiciera en busca del más mínimo fallo. Día tras día, escuchaba sus desagradables comentarios respecto a su trabajo, pues, por mucho que se esforzara en hacerlo bien, llegaba él y la criticaba con aplomo de superhombre.
Sin embargo, lo peor era que siempre aparecía en el momento más inoportuno y bochornoso para Sakura. Un día, por ejemplo, cayó rodando como una albóndiga por una ladera mientras huía de una vaca, pero lo que realmente la sacó de sus casillas fue ver a Sasuke desternillándose de risa.
Otro infortunado día para Sakura fue cuando Stoirm, en un arranque de cariño, le saltó encima y la asustó, con tan mala pata que perdió el equilibrio y, al caer, clavó su trasero en una enorme boñiga. Karin y Temari la ayudaron a levantarse casi al borde de las lágrimas por la risa contenida, mientras Sasuke la miraba y se reía junto a sus secuaces.
Todos los días ocurría algo absurdo e inesperado y, por azar del destino, siempre, le ocurría a ella.
Una madrugada, el dolor de riñones la despertó. Miró su reloj: las cuatro menos veinte. A punto de gritar, lo volvió a mirar. ¡Dios, necesitaba dormir! A ese paso regresaría a España con más arrugas que un shar pei. Se dio la vuelta en la cama e intentó dormir, pero en ese momento la puerta del cuarto se abrió muy despacio y Sakura vio que entraba Karin.
Inmóvil, observó que la chica, tras comprobar que dormían, se dirigía hacia el pequeño armario ropero. Sin hacer ruido, tocó con cuidado los jerséis y los pantalones que colgaban en su interior. Luego se agachó para coger los zapatos rojos de Sakura y, tras sentarse en una vieja butaca, se los probó.
Ajena a los ojos que la miraban, Karin se puso en pie tratando de mantener el equilibrio. Quería saber cómo era andar con unos zapatos como aquéllos. Sin embargo, su inexperiencia hizo que el tobillo se le torciera y, sin poder evitarlo, cayó al suelo con un ruido atroz.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Sakura enfadada, saltando de la cama.
—Oh... Yo... lo siento, pero... —tartamudeó la muchacha con gesto de dolor.
—¿Qué pasa? —preguntó Temari frotándose los ojos.
—Que nos lo explique ella —repuso Sakura—. Se ha metido aquí como una vulgar ladrona. ¿Qué pretendías?, ¿robarnos?
—No..., no, de verdad, yo sólo... —balbuceó una avergonzada Karin, que no podía hilar más de dos palabras seguidas.
—¡Mira, niñata! —le espetó Sakura al verla aún en el suelo—. Esos zapatos que llevas son de Manolo Blahnik, y valen más dinero del que seguramente podrás ganar tú en toda tu vida. Como los hayas roto, te juro que...
—Saku —la interrumpió Temari al ver el miedo en los ojos de Karin—. No te pases, pobrecilla...
—¿Pobrecilla? —repitió incrédula la aludida—. Pobrecillos mis manolos.
Con manos temblorosas, Karin se quitó los zapatos. Lo último que quería era romperlos. Tras arrancárselos de las manos, Sakura los examinó detenidamente para comprobar que no les había pasado nada.
—¿Estás bien? —murmuró Temari, y Karin asintió.
—Te prohíbo que vuelvas a tocar mis cosas —chilló Sakura. Los zapatos estaban intactos, pero aun así debía asegurarse—. ¿Me has comprendido? No quiero que vuelvas a poner tus sucias manos en mi ropa.
—Sí..., sí... —murmuró la muchacha levantándose, con los ojos anegados en lágrimas. A continuación, se calzó sus botas de agua y, a pesar de que le dolía el tobillo, salió a toda prisa de la habitación.
—Saku, ¿por qué te has puesto así? ¿Es que no te da pena?
—Esa idiota casi se carga mis manolos —replicó devolviendo los zapatos al armario—. ¿Cómo me va a dar pena?, ¡por Dios!
Sin decir nada más, Temari se vistió. Su hermana a veces era peor que Cruella de Vil. En ningún momento había pensado en el miedo que sentía Karin, sino tan sólo en sus malditos manolos.
Poco después, sobre las cuatro y media de la madrugada, Sakura también se vistió y ambas bajaron a la cocina, donde encontraron a Ko en compañía de Karin.
—Hola, muchachas —las saludó la anciana—. Debéis de tener un hambre atroz.
—Has acertado —asintió Sakura cruzando una mirada con Karin, que al verla bajó los ojos.
—¿Cómo ha pasado la noche Homura? —quiso saber Temari.
—Muy bien. Hoy ha dormido del tirón.
—Eso es magnífico. —Sakura estaba al corriente de sus dificultades para dormir.
—Vamos, vamos —las animó la anciana—. Sentaos y comer. Tenéis que rellenar esos cuerpos tan huesudos.
—¿Huesudos? —exclamó Sakura mirando a Karin, que las observaba—. Creo que mi cuerpo puede ser cualquier cosa menos huesudo.
Durante toda su vida había pensado que estaba gorda. Cuando era niña, a causa de su cara redonda y a sus mofletes, la llamaban rolliza en el colegio, algo que odiaba recordar.
—Sólo con oler esto —dijo aspirando el aroma del pan recién hecho—, seguro que aumento una talla.
—¡Qué exagerada eres! —repuso Temari. A continuación, miró a Karin y le preguntó—: ¿Estás bien?
—Se ha torcido un tobillo al bajar un escalón —respondió Ko por ella—. Tiene el pie muy inflamado. Le estoy diciendo que hoy no vaya a trabajar, pero ella se empeña en ir. ¡Es muy cabezota!
—¿En qué escalón te lo has hecho? —inquirió Sakura con malicia.
—¿Qué más dará eso? —señaló Temari.
—Vamos..., vamos, desayunad.
Karin, incómoda, no sabía adónde mirar. Desde el primer día que había visto a las españolas, había envidiado su forma de vestir. Verlas era como ver a las modelos de las revistas. Sus ropas eran bonitas, y tan diferentes de las que ella llevaba que sólo con mirarlas le alegraban el día.
—Cuando regrese a España tendré que hacer una dieta estricta para gastar todas las calorías que estoy comiendo aquí —murmuró Sakura cogiendo un trozo de pan.
—Vamos a ver, muchachas —habló Ko, señalando las botas de Sakura y las zapatillas de deporte de Temari—. Os van a salir unos sabañones terribles en los pies si vais con eso. Karin, ¿podrías subir a la buhardilla con ellas? Quizá en las cajas que hay allí encontréis ropa decente.
Al oír eso, Sakura dejó de masticar. ¿Qué era ropa decente para Ko? ¿Los andrajos que llevaba Karin? ¿O las horteradas que le había prestado semanas atrás, como el pijama de tomates, por ejemplo?
—Te lo agradezco, Ko —rechazó el ofrecimiento intentando no parecer horrorizada—, pero creo que puedo apañármelas con mi ropa.
—¡Ni hablar! —insistió la anciana—. Subid antes de que lleguen los hombres. Seguro que por lo menos podréis encontrar unas botas de agua. Dentro de un par de días tenemos que ir a Dornie, allí podréis comprar algo.
Sin poder negarse, Karin se levantó e, intentando no cojear, subió a la buhardilla seguida de las chicas. Una vez allí, Temari contempló maravillada la cantidad de trastos viejos que había amontonados por todas partes. Todo estaba sucio, polvoriento.
El lugar les trajo recuerdos a las hermanas. De pequeñas, y hasta que su padre murió, los fines de semana viajaban a Tomelloso, el pueblo de su madre. Allí, su abuela Mito poseía un enorme caserón, cuya buhardilla, al igual que aquélla llena de polvo, era su sitio predilecto para jugar.
—¿De quién es toda esta ropa? —preguntó Temari revolviendo en una caja.
—De la difunta —respondió Karin, lo que hizo que Sakura la soltara horrorizada.
—¿Quién es la difunta? —susurró Temari.
—La mujer de Óbito.
Temari y su hermana se miraron boquiabiertas.
—¿De qué murió? —masculló Sakura.
—No me gusta hablar de los muertos —replicó Karin con voz ronca—. Coged lo que necesitéis. No creo que a la difunta le importe.
—Oye, Karin —preguntó Temari, consciente de la escasez de ropa de la muchacha—, y ¿por qué no utilizas tú todos estos trajes?
—No quiero nada de la difunta. Aquí están las botas de agua.
—De acuerdo, tomaremos prestadas las botas hasta que vayamos a Dornie —convino Sakura arrugando la nariz. A saber cómo debía de ser la difunta.
Tras salir de la buhardilla, regresaron a la cocina, donde se pusieron unos calcetines gruesos que Ko les proporcionó y se calzaron las botas. Por fin sus pies entraron en calor.
—¡Qué horror de botas! —protestó Sakura justo en el momento en que se abría la puerta y entraban Sasuke, Óbito, Suigetsu y Jūgo.
Al verlas allí sentadas, se sorprendieron pero, sin decir nada, saludaron a Ko y se dispusieron a desayunar. Media hora después, sin mediar palabra, las llevaron hasta un enorme granero. Al ver las vacas campar a sus anchas, Sakura estuvo a punto de gritar, aunque reprimió el impulso al comprobar que Sasuke la observaba en espera de alguna reacción por su parte. No estaba dispuesta a hablar con él; no tenía fuerzas. Sólo frío.
Por su parte, Temari aún no había reaccionado ante la noticia de que Óbito había estado casado. Se aproximó a él cuando bajó del coche.
—Hoy aún no me has dirigido la palabra —señaló.
—Quizá es que no tengo nada que decir —respondió él ceñudo.
Sus continuos cambios de humor y la prisa que la mayoría de las tardes tenía por marcharse de la granja la desconcertaban. En un par de ocasiones, Temari había intentado hablar con él, pero había sido inútil. Ahora se daba cuenta de que Óbito no le había contado nada acerca de su vida.
—Me gustaría hablar contigo —dijo ella a continuación. Necesitaba saber quién era la difunta.
—Si tengo tiempo, te lo haré saber —puntualizó él.
Al oír su cortante réplica, Temari lo miró, y dos segundos después reaccionó.
—Déjalo, guapo. Creo que ya no me apetece.
—Oye —espetó él calándose una gorra verde—, limítate a ayudar a tu hermana. Tengo demasiados problemas como para que encima tú me crees más.
Temari estaba sorprendida, no sabía a santo de qué venía todo aquello. Apenas si había cruzado tres palabras con él en los últimos dos días.
—¿Sabes, simpático? —le espetó con una sonrisa que lo descuadró mientras se alejaba—, a partir de este momento, ya no existes para mí.
Suigetsu y Jūgo, que esperaban junto a él en la furgoneta, comenzaron a desternillarse de risa, pero Óbito los hizo callar con un gesto de la mano. En ese preciso instante Sasuke subió al vehículo, cruzó una mirada con Sakura y, sin decir nada, arrancó.
Cuando la furgoneta se alejó, las chicas se pusieron manos a la obra.
—No le hagas caso, Temari —murmuró Karin—. Se muere por tus huesos. Pero es tan cabezota que es incapaz de reconocerlo.
—Eres un cielo, Karin —dijo ella al tiempo que cogía un enorme cepillo—. Pero hombres como ese idiota me han dado muchos problemas. He de cambiar el chip y no volver a pensar en él.
—Harás bien —opinó Sakura, que no paraba de tiritar—. Bastante complicada es nuestra vida como para que nos marchemos dentro de unas semanas con más problemas aún.
De pronto, sin poder evitarlo, Karin comenzó a sollozar. Se sentía culpable por lo ocurrido esa mañana, y quería disculparse. Su intención no había sido robar en ningún momento.
—¡Oh, por Dios! —protestó Sakura—. Encima de que estamos aquí, en este horrible y apestoso lugar, sólo nos falta oírte berrear a ti.
—Saku, ¡cierra el pico! —la regañó Temari enfadada.
—Siento lo de esta mañana —se disculpó Karin mirando al suelo—. De verdad, yo no pretendía robar nada, sólo es que...
—Mejor cállate, no vayas a estropearlo —la cortó Sakura.
Tras un incómodo silencio, fue la muchacha quien habló:
—No me vais a creer —confesó con la cara húmeda por las lágrimas—, pero es que nunca he tenido amigas.
—No me extraña —suspiró Sakura sin piedad—. Con esas pintas, es comprensible.
—¡Saku! —gritó Temari para hacerla callar—. ¡Basta ya!
—¿Por qué? —respondió ella con malicia—. ¿Acaso es mentira lo que digo? ¡Mírala! Si es un híbrido entre la bruja Lola y Mowgli.
—No hagas caso de lo que dice esta idiota. —Temari le pasó la mano por la cabeza a Karin—. Cariño, eso no es posible. Eres una chica encantadora. No puedo creer lo que acabas de contar.
—Ella tiene razón. Vosotras no conocéis mi vida —gimoteó Karin abriendo la boca como un san bernardo.
—Ni la conozco, ni me interesa —la interrumpió Sakura, ganándose así una nueva mirada de reproche de su hermana.
Pero entonces, tan repentinamente como había comenzado a llorar, Karin dejó de hacerlo. Se secó las lágrimas y, tras separarse de Temari, cogió una enorme pala, entró en el granero y empezó a trabajar.
—Saku —repuso Temari—, me dejas sin palabras. ¿Cómo puedes ver llorar a alguien con esa pena y no sentirlo?
—Yo también tengo problemas y no voy llorándole a nadie.
—Pobrecilla —dijo su hermana sin escucharla—. ¿Has oído lo que ha dicho?
—Mira, Temari —contestó Sakura mientras observaba a un grupo de vacas alejarse—. Tengo tantos problemas, y tanto frío en este preciso instante, que no puedo pensar en otra cosa que no sea yo, yo, yo, yo y yo.
—Eres una egocéntrica, te crees el ombligo del mundo —replicó Temari—. Si yo fuera como tú, estarías aquí solita quitando la mierda de las vacas.
—¡Aaahhh..., que viene! —gritó entonces Sakura corriendo hacia un árbol—. ¡Una vaca! ¡Una vaca!
Y, con una increíble destreza, se subió al enorme árbol.
—Yo diría que son dos —murmuró Temari mientras acariciaba a las tranquilas rumiantes que pasaban por su lado.
Con paciencia, Temari esperó hasta que Karin hubo echado a todas las vacas del cobertizo. Se la veía triste y quería hablar con ella. Pero dejar allí fuera sola a su histérica hermana no era lo más acertado, aunque a veces, como en ese momento, se lo mereciera.
—Saku —la llamó al cabo—. Las vacas asesinas están todas pastando en el exterior. Voy a entrar en el granero.
—¡Espérame! —Sakura, que estaba pálida como la cera, dio un salto para bajar del árbol.
—Ufff —exclamó Temari arrugando la nariz al entrar en el cobertizo—. Qué peste.
—Oh, Dios... —suspiró Sakura echándose hacia atrás—. Yo... yo no puedo entrar ahí. ¡Me muero de asco!
—A ver si te crees que a mí me encanta, ¡no te jode! —espetó Temari y, entregándole una de las palas, añadió—: Lo siento, princesita, pero si yo quito mierda, tú lo harás también.
—No puedo —gimoteó su hermana—. Te juro que soy incapaz, no puedo...
—Oh, sí, sí que puedes —la empujó Temari sin darse por vencida—. ¡Arreando, que tenemos mucho que hacer!
Nada más entrar, se oyó un «¡chooofff!».
—Dime que no he sido yo... —lloriqueó Sakura.
Pero sí, sí había sido ella quien había pisado una enorme boñiga, en la que le había quedado media bota sumergida.
—¡Ayyy, que me da algo! —se desternilló Temari—. Piensa en positivo. ¡Ese pie lo tendrás más calentito que el otro!
—¡Vete a la porra! —chilló su hermana mirando su pie recubierto por toda aquella plasta marrón—. Esto no puede estar ocurriéndome a mí. ¡Quiero despertar, por favor! ¡Quiero despertar de una vez!
El olor a animal, heces y orín era terrible. Sin embargo, Karin estaba acostumbrada y no notaba el hedor.
—Tenemos que airear el granero —dijo—. Cambiar el lecho sucio y húmedo por aquel de allí y...
—¡Qué más da! —gritó Sakura tapándose la boca con la mano. El tufo era realmente nauseabundo—. ¡Son vacas! A ellas les dará igual que se lo cambiemos o no.
—Lo siento, pero no. —Karin abrió la portezuela del fondo—. Si no cambiamos el lecho todos los días, los animales pueden sufrir putrefacción en las pezuñas, y coger cientos de enfermedades.
—Pobrecillas —susurró Temari.
—¡Creo que voy a vomitar! —dijo Sakura sintiendo arcadas.
—Ni se te ocurra —le ordenó su hermana—. Bastante tenemos ya con quitar la mierda de las vacas como para tener que limpiar tus vómitos también.
—¡Eres inhumana! —gritó Sakura.
—Y tú, una pija insensible. —Temari no podía dejar de reír al ver el patetismo de su hermana.
Media hora después, Sakura, con más asco que arte, metía kilos de lecho húmedo en enormes bolsas de basura grises. De nada había servido intentar escaquearse: Temari no se lo había permitido.
A media mañana, tras dar un manguerazo al suelo, llegó Suigetsu con el almuerzo. Al verlo, Karin cambió el gesto, lo que no pasó desapercibido a las dos hermanas. Pocos minutos después, sin mirarlas ni mediar palabra, el mozo se marchó. Volvía con los hombres.
En silencio, Karin abrió la bolsa que Suigetsu había dejado para ellas. Cogió un pedazo de pan con un poco de queso y comenzó a comer.
—Necesito lavarme las manos —comentó Sakura mirando a Karin, que comía tranquilamente sentada encima de una caja—. ¿Dónde te las has lavado?
—Ahí, con la manguera —señaló la muchacha.
—Pero ¡si ésa es la manguera de las vacas! —exclamó—. No pienso lavarme las manos con la misma manguera con la que has limpiado el granero. ¡Qué asco!
—Pues no hay otra manguera —replicó la muchacha—. El agua que sale de ella es limpia.
—Saku —intervino Temari cogiéndola del brazo y acercándola a la manguera—. Yo la sostendré mientras tú te lavas las manos.
—Pero... ¡está congelada! —protestó su hermana retirando las manos al sentir el frío.
—Hoy me estás tocando los ovarios de una forma que ni te imaginas —siseó Temari—. Lávate las jodidas manos de una puñetera vez para que yo también pueda hacerlo.
Cansada y dolorida, Sakura obedeció y, antes de que pudiera decir nada, Karin le tendió una servilleta de papel para que se las secara.
Durante el almuerzo no hablaron, sino que comieron en silencio, cada una pensando en sus propios problemas.
—¡Maldita sea! —protestó Sakura de pronto—. He olvidado el tabaco.
—Mala suerte —murmuró Temari sin mirarla.
—Pero quiero un cigarro —se quejó ella—. Necesito un cigarro.
—¡Saku! —chilló Temari sobresaltando a Karin. Ya no podía más—. ¡No hay tabaco! Da igual que te quejes durante media hora, una hora o siete horas. Karin y yo no tenemos tabaco. Y las vacas dudo que fumen. Por tanto, o te callas o coges hierba del suelo, te la lías en una servilleta y te la fumas.
Tras ese arranque de furia, Temari se levantó malhumorada y se alejó. Necesitaba dar una vuelta y despejarse. Las frías palabras de Óbito la estaban martirizando, y ya no podía soportar más las continuas quejas de su hermana.
—Suigetsu tiene tabaco —la informó Karin cuando se quedaron a solas—. Si quieres puedo ir hasta donde están ellos y pedirle algún cigarrillo.
—¿Están cerca de aquí? —preguntó Sakura esperanzada.
—Más o menos —respondió la muchacha—. A unos tres kilómetros.
Sakura se quedó perpleja.
—Karin, ¿me estás diciendo que andarías tres kilómetros de ida y otros tres de vuelta, con el tobillo dolorido, sólo por traerme un cigarrillo a mí?
—Sí —asintió ella limpiándose la boca con la manga tras beber de la botella—. Si para ti es importante, lo haría. ¿Quieres que vaya?
De pronto, a Sakura le entraron ganas de echarse a llorar. Aquella muchacha, a la que había tratado con tanto desprecio, estaba dispuesta a hacer eso por ella.
—No, Karin —negó con una sonrisa—. No hace falta.
—Siento que Temari y tú estéis enfadadas.
—Ah..., no te preocupes —repuso mirando cómo su hermana comenzaba a echar lecho seco en el granero—. Nuestros enfados son continuos. No pasa nada.
—Es bonito tener hermanos —aseveró Karin.
—Oye —preguntó Sakura sentándose junto a ella con una sonrisa—, ¿qué haces tú en la granja con Ko y Homura?
—Vivir en paz.
Sakura estaba preparada para oír cualquier cosa, pero no eso.
—No quiero aburrirte con mi vida —dijo la muchacha sin mirarla.
Sus palabras, junto con el detalle anterior, llegaron sin saber por qué hasta el duro corazón de Sakura. De pronto se sintió mala, y desagradable. No se estaba portando bien con aquella chica, y tenía que reconocerlo.
—Karin —le habló apoyando la mano en su hombro—, quiero disculparme por mi manera de comportarme contigo. Sé que a veces puedo ser una auténtica bruja...
—Yo no te veo así —murmuró la muchacha.
—Me parece que eres demasiado inocente y también demasiado frágil, Karin.
—No creas todo lo que ves —señaló la joven.
—¿Me perdonas, entonces?
—Por supuesto que sí.
—Oye, me encantaría saber de tu vida, de verdad.
—¿En serio? —dijo Karin mirándola.
—Por supuesto que sí —respondió Sakura haciéndola sonreír.
—Bue... bueno... —comenzó ella—. Viví en Glaswood hasta que mi madre murió. En aquel entonces yo tenía diez años y mi hermano Ise, ocho. Aún recuerdo cómo mamá nos llevaba al cuarto y nos prohibía salir de allí cuando mi padre regresaba a casa. Ahora soy consciente de que nos encerraba para que él no nos pegara. Pero cuando ella murió todo cambió. Tuve que crecer de pronto, abandonar el colegio y, con diez años, hacerme cargo de la casa, de mi hermano y de mi padre. Una noche mi padre llegó borracho. Ise y él se pelearon y papá, furioso, lo empujó contra la pared... con tan mala fortuna que el golpe lo mató.
Sakura sintió cómo una parte de su corazón se partía al oír la terrible historia de la muchacha.
—Karin..., lo siento —susurró conmovida—. Debió de ser horrible.
—Lo fue —prosiguió ella con un hilo de voz—. Entonces cogí la escopeta de caza de mi padre y lo maté. Se lo merecía. Te juro, Sakura, que se lo merecía —sollozó tapándose los ojos—. A partir de ese momento todo el mundo se alejó de mí. Me llevaron a una casa de acogida y permanecí allí durante dos años. Nadie quería hacerse cargo de mí. Pero un día, en una excursión que hicimos al castillo de Eilean Donan, Homura y Ko me vieron y se interesaron por mí. Con la ayuda de Sasuke, me adoptaron. Y entonces yo comencé a ser feliz. No obstante, los rumores de lo que había sucedido en mi casa llegaron hasta aquí, y a partir de ese momento ninguna de las chicas de los alrededores quiso ser mi amiga. Sus madres decían que yo estaba loca y, a pesar de lo mucho que Ko ha luchado por mí, nunca la creyeron. Mis únicos amigos han sido siempre Óbito y Sasuke. Ellos me han demostrado su cariño de muchas maneras. Siempre se acuerdan de mi cumpleaños, y también me hacen regalos por Navidad.
Sakura estaba sin habla. Con tan sólo diez años, Karin había tenido que vivir una experiencia terrible.
—Te prometo que yo nunca te robaría —declaró a continuación la chica mirándola a los ojos—. Si esta mañana estaba en vuestra habitación era por...
—No hace falta que sigas —la acalló Sakura tapándole la boca y sonriendo—. Y, antes de que digas nada más, déjame volver a pedirte disculpas por las cosas que te he dicho esta mañana, y ayer, y todos los días que llevo aquí. Para mí no está siendo fácil todo esto —se sinceró—. Soy una mujer de ciudad, acostumbrada a otro tipo de vida y de personas. Por favor, perdóname.
Con los ojos llenos de lágrimas, Karin asintió y, tras esbozar una sonrisa, murmuró:
—¿Sabes? Yo también me peleaba con mi hermano Ise. Era muy guapo —recordó—. Se parecía mucho a mamá. Tenía unos ojos carmesí grandes y llenos de vida y una sonrisa divertida.
—Tú también eres guapa —dijo Sakura pasándole la mano por el pelo enmarañado.
—Eso no es cierto —replicó la chica con una amarga sonrisa—. Soy fea, lo sé. Aunque Homura dice todo lo contrario porque me quiere, no hace falta que tú mientas para contentarme. Sólo con mirarme al espejo cada mañana me doy cuenta de cómo soy.
—Vamos a ver, Karin —Sakura la agarró por la barbilla—. Yo no creo que seas fea, lo que ocurre es que no sabes sacarle partido a tu belleza. Tienes unos ojos carmesí maravillosos que pocas veces enseñas a través de esos lentes.
—Mis ojos son como los de mamá y Ise —asintió ella.
—¡Eso es perfecto! —exclamó Sakura al sentir la calidez de la muchacha—. ¿Cuántos años tienes?
—Veinticinco, tres meses y dos días.
—Una edad ideal. —Continuó escrutando su cara—. Tu pelo necesita un buen saneado. ¿Desde cuándo no te lo cortas?
—Me lo corto yo.
—¿Sabes lo que es una mascarilla? ¿Una exfoliante corporal? ¿Crema depilatoria?...
—Algo he leído en las revistas. Pero no merece la pena gastar dinero en mí. ¿Para qué?
—Te gusta Suigetsu, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes? —quiso saber la chica, extrañada. Nunca se lo había contado a nadie.
—El amor es como el dinero, Karin, ¡se nota! —respondió Sakura—. No hace falta contarlo para percibirlo.
—Sí, me gusta —asintió ella ruborizándose—. Aunque él ni siquiera sabe que existo.
—Ayyy, Karin, Karin, Karin... Si me dejas ayudarte y te fías de un par de consejitos que te voy a dar, te prometo que Suigetsu no volverá a dormir por las noches.
—Entonces, ¿es por eso por lo que Sasuke no duerme? —preguntó Karin.
—No sé de qué hablas... —contestó Sakura desconcertada—. Pero déjame decirte que si ese cromañón no duerme, será porque no quiere o porque va de cama en cama como el buen picaflor que es.
Nada más decir eso, Sakura se percató por su tono de voz de que estaba molesta. Maldiciendo por lo bajo tuvo que reconocer que aquel bruto le importaba, aunque fuera sólo un poquito.
—Creo que te gusta Sasuke tanto como tú le gustas a él —declaró la muchacha, sorprendiéndola.
—Pues te aseguro que no hay nada que hacer.
—¿Estás convencida?
—Del todo —afirmó Sakura con rotundidad—. Me gustan los hombres con clase, y Sasuke está falto de ella.
Karin sonrió, mientras pensaba en lo que minutos antes Sakura le había dicho con respecto al amor y al dinero.
Temari se encaminó a reunirse con ellas y su enfado se evaporó cuando vio que Karin y su hermana estaban hablando, bromeando incluso.
—¿Me he perdido algo? —preguntó.
—No, hermanita —contestó Sakura con una sonrisa que la desconcertó aún más—. Necesitamos que nos ayudes. Suigetsu y el resto del mundo tienen que ver lo preciosa que es Karin.
Esa noche, tras cenar todos juntos, Óbito desapareció como en muchas otras ocasiones. La jornada no había sido fácil y había dormido fatal la noche anterior. Eso había provocado que le hablara mal a Temari por la mañana y, para su desesperación, ella no lo había mirado ni le había dirigido la palabra ni una sola vez después de eso.
El cansancio de un duro día de trabajo hizo que todos se retiraran pronto a dormir, momento que aprovechó Sakura para salir al porche y fumar el último cigarrillo.
Tras encenderlo, se sentó en los escalones de la puerta de entrada. Miró a su alrededor y pensó que aún no entendía realmente cómo demonios había acabado allí. Aquel lugar era un desastre. No tenía nada que ver con su glamuroso piso de Madrid.
Dando una calada, recostó la cabeza en la barandilla de madera y miró al cielo. Esa noche había luna llena y había mucha claridad. Comenzaba a tener frío, pero estaba tan cansada que cerró los ojos y, antes de que pudiera darse cuenta, se quedó dormida.
Oculto entre las sombras, Sasuke la observaba. Se la veía tan tranquila mirando al cielo que prefería disfrutar de la visión a comenzar a discutir con ella. Sabía que, en el momento en que cruzaran dos palabras, como siempre sucedía, acabarían tirándose los trastos a la cabeza.
Con una sonrisa observó cómo Stoirm se acercaba a olisquear entre sus piernas sin ella ser consciente. Al ver que no se movía, el animal subió un par de escalones y se enroscó a su espalda para echarse a dormir.
Divertido por la estampa que le ofrecían la chica y el perro, Sasuke echó a andar hacia ellos. La noche era demasiado fría, y si Sakura permanecía mucho tiempo allí dormida podía congelarse. Debía despertarla.
Cuando llegó a su altura, le quitó con cuidado el cigarrillo de entre los dedos y lo apagó. Verdaderamente se había quedado dormida. Se puso en cuclillas delante de ella y Stoirm lo saludó. Él le devolvió el saludo tocándole con cariño el lomo y la cabeza. Sin apartar sus ojos de Sakura, miró embelesado esa boca que tanto deseaba besar. Tenerla cerca le producía una desazón enorme que le devoraba las entrañas.
Aquella mujer no era para él, pero en su fuero interno la deseaba como a ninguna otra. Jamás le habían gustado las mujeres sumisas, pero tampoco se había encontrado con ninguna tan melindrosa como ella.
Viéndola allí, tan hermosa, tan etérea, deseó tocarla. Se moría por pasar sus dedos por aquella piel sedosa y enredar las manos en aquel salvaje pelo rosa. De pronto ella se movió, al tiempo que profería un leve ronquido que lo hizo sonreír. Al ladear la cabeza, observó divertido cómo una pequeña gota de saliva comenzaba a resbalar hacia la barbilla por la comisura de su boca.
—Princesa —susurró embelesado por el momento—. Si te digo que babeas, estoy seguro de que me matas.
Al oír su voz ronca, Sakura abrió los ojos de golpe. A pocos centímetros de su cara, Sasuke la observaba con una de sus sonrisas bobaliconas.
—¿Qué pasa? —inquirió ella tiritando—. ¿Por qué me miras así?
—Estaba observando algo curioso.
—¿El qué?
—Miraba cómo la baba te caía lentamente por aquí —dijo limpiando con su mano la comisura ya seca de su boca.
Al notar el calor de aquellos dedos sobre su piel, Sakura ni siquiera pudo protestar. Se limitó a mirarlo extasiada por aquella caricia que en esos momentos le perfilaba los labios, con una delicadeza tan exquisita que la hizo temblar.
—Tienes frío, ¿verdad? —preguntó Sasuke, y ella asintió.
Antes de poder hacer o decir nada más, él se quitó la cazadora de piel vuelta y se la echó a ella por encima.
—No tienes por qué hacer eso —murmuró Sakura al verlo agacharse de nuevo—. Hace demasiado frío para esta clase de galanterías. No seas tonto y póntela de nuevo.
—Tranquila —respondió él—. Yo estoy acostumbrado a estas temperaturas, tú no.
No podían dejar de mirarse; ambos eran perfectamente conscientes de lo que sucedía. La atracción que sentían el uno por el otro era cada vez más evidente. De pronto Sakura notó que algo se movía a su espalda y, al mirar y ver que era Stoirm, se levantó de un brinco. Sin embargo, tropezó y cayó hacia adelante, encima de Sasuke.
—Vaya, princesita —comentó él, jocoso al tenerla entre sus brazos—. Sabía que me deseabas, pero no que estabas deseosa de abalanzarte sobre mí.
—¡¿Tú eres tonto o qué?! —espetó ella intentando apartarse, pero el escocés no se lo permitió—. Suéltame ahora mismo, si no quieres que chille.
—¿Estás segura de que chillarías?
—Por supuesto —afirmó más tiesa que una vara al sentir aquel cuerpo duro y fuerte bajo el suyo.
—Me encantaría hacerte chillar —susurró él entonces mirándola a los ojos—, pero de placer. Desearía tenerte en mi cama desnuda, sólo para mí. Besaría todas las partes de tu cuerpo y te haría el amor tan apasionadamente que me volvería loco al oírte suplicar más.
Sakura no esperaba oír semejante declaración. Abrió la boca para protestar, pero tuvo que cerrarla de inmediato. No sabía qué decir, y menos aún cuando su imaginación y su cuerpo comenzaron a traicionarla. Le gustaba la sensación de estar entre los brazos de Sasuke. Pocas veces había sentido eso mismo cuando estaba con Nagato. La mirada del escocés y sus carnosos labios eran lo más tentador que había visto en la vida, por no hablar de lo que acababa de decirle. Ni en sus mejores momentos Nagato había sido tan sensual hablando, mirando o besando.
Atraída por él como un imán, Sakura bajó la boca hasta acercarla a la de él y, tras sacar la punta de la lengua, se la pasó lentamente por los labios. Ahora era Sasuke el sorprendido. No obstante, después de un segundo, soltó un gruñido de satisfacción, enredó las manos en el sedoso pelo de Sakura y la besó con fervor.
El frío dejó de existir. El mundo se detuvo. El deseo que sentían el uno por el otro era capaz incluso de deshelar el Polo Norte.
Dejándose llevar por la pasión, Sakura se incorporó levemente para respirar, y en ese momento Sasuke la agarró con fuerza por las caderas y le dejó sentir el epicentro de su deseo. Ella se excitó al notar lo duro que estaba. Llevaba meses sin sexo y aquel hombre le gustaba.
—Me encantaría seguir con esto, pero creo que no es el lugar idóneo para ello —murmuró entonces él, consciente de cómo la joven tiritaba.
—Tienes razón —contestó Sakura nerviosa—. Si me sueltas, me levanto.
—No me lo puedo creer —exclamó él—. ¿Acabas de decir «tienes razón»?
—Sí —asintió ella sonriendo—. Pero también he dicho que si me sueltas me levanto.
—Regálame otro beso y te soltaré —musitó él con voz ronca.
Consciente de lo atraída que se sentía por él, no lo pensó y, tras inclinarse hacia adelante, le regaló un beso dulce, suave y ligero.
Sasuke cumplió su palabra con la entrepierna a punto de estallarle y, tras disfrutar de los últimos segundos de aquel maravilloso contacto, retiró las manos de las caderas de Sakura. Al sentirse liberada, ella se levantó y le ofreció su mano para que él lo hiciese a su vez. Ese gesto le gustó.
—Toma —dijo entonces ella entregándole la cazadora—. Hazme caso y póntela. Hace frío.
—De acuerdo —convino él—. Pero sólo si a cambio me dejas que yo te dé calor.
—Sasuke... —suspiró Sakura mirándolo a los ojos—. Creo que no es buena idea que continuemos con este juego.
—Vayamos adentro. Nos vendrá bien un café.
Le cogió la mano y ambos entraron en la cocina seguidos de Stoirm. Una vez dentro, mientras Sakura se sentaba a la mesa y lo observaba, Sasuke cogió una cafetera antigua y comenzó a echar café molido en su interior, momento que el perro aprovechó para enroscarse cómodamente bajo la mesa junto a los pies de ella.
Sasuke sonrió al verlo y puso el café al fuego. Después abrió un mueble y sacó una caja de galletas. Sólo entonces se sentó junto a Sakura.
Durante unos segundos ambos guardaron silencio. Lo ocurrido momentos antes los tenía algo desconcertados. Finalmente fue Sasuke quien habló.
—Creo que somos adultos para saber qué debemos hacer con nuestras vidas —dijo y, mirándola, añadió—: A no ser que existan terceras personas a las que podamos herir.
—A ese respecto estoy tranquila. Yo no puedo herir a nadie —respondió ella rechazando una galleta—. Pero el motivo principal de mi viaje es otro.
—¿Crees que merece la pena el esfuerzo que estás haciendo por conseguir un contrato para tu empresa? —preguntó él entonces.
—Si te soy sincera, creo que no —contestó Sakura al tiempo que apoyaba la cabeza sobre las manos para mirarlo—. Pero necesito conseguir ese contrato. Debo solucionar los problemas que me han ocasionado dos inútiles.
—¿Inútiles? ¿Por qué? —inquirió él con curiosidad.
—Hace unos meses, por motivos personales —explicó Sakura pensando en Nagato—, tuve que enviar a dos de mis publicistas a Escocia. Yo había firmado con el presidente de TAG Veluer un precontrato en el que mi empresa se comprometía a alquilar el castillo de Eilean Donan para la grabación de su anuncio publicitario. Pero el caso es que esos dos regresaron a Madrid sin el contrato. Por lo visto, no consiguieron contactar con tu jefe, el conde Uchiha.
—¡Vaya, qué fatalidad! —comentó Sasuke mientras se zampaba las galletas—. Lo siento.
—Más lo siento yo —repuso ella quitándole una galleta—. Está en juego mi reputación como publicista, y el dueño de TAG Veluer amenaza con llevarse la cuenta.
—¿Qué motivos personales te impidieron venir a Escocia?
—Ufff... —exclamó ella dejando la galleta mordisqueada sobre la mesa—. Es una historia complicada y aburrida.
—Tú nunca me aburrirías —dijo él al tiempo que se metía de nuevo un trozo de galleta en la boca—. Creo que, más bien, me sorprenderías.
—Anulé mi boda a falta de veinticuatro horas para el enlace.
Sasuke dejó de masticar de repente. Como un autómata, se levantó, cogió la cafetera y dos tazas y volvió a la mesa.
—¿Quieres leche? —preguntó.
—No. Me gusta solo.
En silencio, Sasuke llenó las dos tazas. Tras tenderle una a Sakura, ella se la llevó a los labios e hizo una mueca de desagrado.
—¡Por Dios, qué cosa tan asquerosa! —se quejó—. ¿Por qué hacéis el café tan claro? Parece americano: es agua pura.
—Será la costumbre —respondió él al ver su gesto infantil y, después de dar un sorbo a su taza, añadió—: A mí me gusta así.
—Entonces déjame decirte —dijo ella señalándolo con el dedo— que no te gustaría cómo lo preparo yo.
—¿Cómo lo preparas?
—Muy cargado.
—Ahora entiendo por qué estás todo el día como una moto —bromeó él, que se ganó un puñetazo de Sakura en el brazo.
Parecía mentira que en ese instante estuvieran tan cómodos en compañía del otro y, en otros uno, sólo les faltara la pistola para matarse.
—¿Te apetece contarme qué pasó para que anularas tu boda? —preguntó Sasuke clavando sus ojos ónix en ella.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Sakura llevándose las manos a la cabeza—. No quiero hablar de eso. Lo siento, no me apetece.
—Vale..., vale —murmuró él sorprendido pero al mismo tiempo deseoso de saber más—. Le gustas a Stoirm, ¿lo sabías? —comentó entonces señalando al perro, que dormía plácidamente a sus pies.
—Él a mí no —replicó Sakura tras mirarlo y encoger los pies.
—Stoirm es muy cabezota —aseveró Sasuke llenando de nuevo su taza.
—Yo también.
—De eso doy fe.
—¡Mira quién fue a hablar!
—¿Cómo era el nombre? Ese con el que me llamas cuando te dan esos ataques de locura. ¿Crompinón?
—Cromañón —lo corrigió ella hechizada por su sonrisa—. Lo sé, es horrible. Pero princesita también tiene tela.
—El cromañón y la princesita —se mofó Sasuke—. Buen título para una novela.
—Se lo diré a Temari —decidió Sakura—. Ella es la escritora.
—Voy a volver a besarte —susurró de pronto Sasuke.
Ella se estremeció. Su tono de voz ronco y el modo en que la miraba la hacían sentir cientos de emociones al mismo tiempo. Sin embargo, se resistía a desearlo.
—No. No quiero que lo hagas.
—¿Por qué? —preguntó él acercándose—. Tus ojos me dicen lo contrario.
Sentirlo tan cerca le aceleraba el corazón. Todo su mundo se tambaleaba al notar la virilidad que emanaba de aquel hombre. Cerró los ojos un instante y, después de pensar lo que realmente le convenía, volvió a abrirlos.
—Mira, Sasuke, voy a ser sincera contigo —dijo, aunque se moría por besar aquellos labios carnosos y sensuales—. Mi principal prioridad es que tu jefe me firme el contrato y después poder regresar a mi casa y a mi vida.
—¿A tu lujosa vida? —inquirió él despectivamente.
—Exacto. —Sakura notó de pronto una punzada en el corazón. Sin duda había algo en su interior que estaba cambiando—. Quiero volver a la vida que me gusta. Cada uno tiene su lugar en el mundo, y el mío no es éste.
—¿Tanto valoras el lujo y el dinero?
—Valoro vivir bien —declaró ella—. He trabajado mucho para conseguir lo que tengo y no quiero perder nada de todo ello.
—¿Me estás diciendo —replicó él molesto— que nunca abandonarías tu maravillosa vida de ejecutiva y lujos caros por...?
—No, Sasuke. Nunca la abandonaría —lo interrumpió Sakura. No quería escucharlo.
A continuación se hizo un silencio largo e incómodo. No eran amantes. Ni siquiera eran amigos. Pero había algo entre ellos, y eso desconcertaba a Sasuke, que no llegaba a entender por qué se dormía pensando en ella y se levantaba con ella en la mente otra vez. ¡Aquello era ridículo!
—Tienes razón —convino él finalmente antes de meterse otra galleta en la boca—. Cada uno tiene que estar en su lugar. Y, ya que has sido sincera conmigo, creo que yo también debo serlo contigo.
A continuación, se puso en pie, abrió la alacena y guardó las galletas. Necesitaba recuperar su autocontrol. Escucharla le había hecho daño y eso lo molestaba. Ella sólo era una mujer más. Nunca se había dejado herir por nadie, y aquella española no iba a ser la primera.
—¿A qué te refieres? —inquirió Sakura.
—Verás —dijo él desde el otro lado de la cocina—. Tengo que reconocer que como mujer no estás mal pero, para ser sincero, lo que realmente deseo es meterte en mi cama. —Tras decir eso, Sasuke vio cómo la sorpresa se estampaba en su rostro—. No busco relaciones estables. No creo en el amor. Pero sí creo en el morbo y en el sexo. Y tú, mi querida princesita, eres la clase de mujer que cualquier hombre busca para eso. Sexo y diversión.
Sakura se había quedado sin palabras. ¿Qué le estaba llamando aquel energúmeno?, o ¿qué quería decirle en realidad?
—Honestamente, no eres un bellezón de mujer —prosiguió Sasuke sentándose junto a ella—. Pero tienes un cuerpo aceptable. Y, como hombre que soy, entenderás que no desaproveche ninguna oportunidad.
Y a continuación la besó. Fue un beso salvaje, tórrido, en absoluto parecido al dulce contacto compartido minutos antes. Todavía incrédula, Sakura lo empujó de inmediato con brusquedad, deshaciéndose así de su abrazo.
—¡Pero ¿tú qué te has creído, cromañón?! —gritó levantándose, lo que hizo que Stoirm se despertara—. ¿Qué es eso de que tengo «un cuerpo aceptable»? Por no decir otras cosas. Pero ¿tú quién te crees que eres? ¿Míster Universo?
—No —respondió él conteniendo la risa—. ¿Por qué te pones así? Las mujeres como tú, que lo tienen todo, suelen aprovechar estas oportunidades para pasarlo bien.
—¡No vuelvas a poner tus asquerosas manos sobre mí —lo amenazó cogiendo un cuchillo—, o te juro que te las corto!
—Mmm —suspiró Sasuke—. Esta faceta tuya es la que quiero ver en mi cama. Debes de ser una gata salvaje...
—No vuelvas a acercarte a mí, gilipollas, o te juro que te vas a enterar —bufó Sakura caminando hacia la puerta, pero antes de salir se volvió—. Ah..., y una cosa más. ¡A mí no se me cae la baba! Y si tan deseoso estás de retozar con una mujer en la cama, estoy segura de que cualquiera de tus amiguitas estará encantada de hacerte pasar un buen rato.
Una vez dicho esto, salió furiosa de la cocina, dejando a Sasuke malhumorado y solo con el perro.
—¿Sabes, Stoirm? —dijo Sasuke. El border collie levantó la cabeza—. Creo que tú y yo nos iremos unos días lejos de aquí. Esa insufrible española me está trastornando, y eso, amigo mío, no puedo permitírmelo.
