Capítulo 45: Ausencia
Estaba claro que Inuyasha nunca había confundido tanto a Kagome como lo había hecho Sesshomaru.
Luego del kitsuneno'otan, él pasaba de cálido a frío. En un instante él sentía un deseo tan patente en el aire que ella podía olerlo casi por todo el palacio, y luego él la apartaba y le decía que debía "irse", pero no a donde se iría, ni por qué se iba, ni siquiera cuando volvería.
Era obvio que la falta de compromiso era un rasgo característico en la familia.
Al menos estaba casi segura de que Sesshomaru no tenía una ex pareja que había regresado de la muerte, que se veía igual que ella y que merodeaba por algún lugar del bosque… Pero también sabía que Sesshomaru había vivido cientos de años, así que ¿Quién sabría? Tal vez tendría alguna novia secreta allá afuera a la que solo podía visitar en la tercera luna azul cada cincuenta años porque se encontraba bajo un hechizo y él se sentía tan desafortunado por el hecho que justificaría el por qué Sesshomaru se veía tan frio para el resto del mundo.
A Kagome se le ocurrió que tal vez ella estaba siendo un poco, tal vez un poco, paranoica.
Al sentarse y discutir el asunto con Inari pudo lograr calmar esos pensamientos y aclarar el panorama.
Primero, ella y Sesshomaru jampas había charlado lo que significaban el uno para el otro. Podría ser que él pensaba que ella solo quería una pareja casual, solo que los demonios perro no eran famosos por ser tan libres con respecto a sus afecciones. O tal vez sería lo opuesto, que él solo quería un encuentro amoroso y sentía que el corazón de ella estaba más comprometido que el de él.
Sin importar cual fuera el caso, algo lo incomodaba y cuando volviera, seguramente luego de encontrar seres para matar hasta que lograra sentirse mejor, Kagome debería tener una charla honesta con él.
Y, ya habiendo transitado por ese camino una vez sin haberle gustado ni un poco, Kagome estaba determinada a no dejarse llevar por otra historia de amor no correspondido. Tres meses, esperaría por tres meses a que Sesshomaru decidiera lo que quería. No se trataba de un tiempo muy largo para alguien que viviría tanto como ella. Después de eso, no se pondría a buscar otras parejas, pero tampoco se mantendría escondida. Ya estaba cansada de suspender su vida.
—I—
Sesshomaru pasó las primeras semanas de su viaje patrullando las fronteras de sus tierras y prestándole particular atención a la larga frontera entre el Este y el Oeste. Ahora que sabía la identidad del enemigo, pensaba en los eventos que habían pasado y formaba un patrón del que estaba seguro se hubiese percatado mucho antes si los poderosos instintos que había estado manteniendo tan bajo control no lo hubieran estado llevando en dirección a cierta vulpina.
Había estado tan distraído que durante las primeras dos noches había cazado presas demasiado grandes debido a que estaba acostumbrado a alimentar una vulpina y dos cachorros cuando viajaban en manada. Se sentía irritado consigo mismo, por lo que pasó los siguientes tres días meditando bajo una cascada, el rugiente sonido del agua le invadía los oídos que una vez habían estado invadidos por la voz de Kagome hablándole del futuro y la risa de los cachorros cuando jugaban.
Tenía que controlar este absurdo apego. Lo haría. Ser tan indisciplinado conllevaba una debilidad que no podía tener. Tan solo bastaba con ver lo que había pasado con su gran y temible padre por permitir que el instinto lo gobernara sin control. Debía ver como él mismo había sido manipulado en el pasado como si fuese una marioneta con cuerdas debido a la relación que tenía con Lin.
Era su deber ocuparse de la manada. Pero esta cosa que amenazaba con tragarse su razón iba más allá de eso. Era locura, pura demencia. Si lo permitía, el control que tanto ejercía consigo mismo se desenmarañaría y lo volvería un ser tan irracional e incapaz de controlar su poder como pasaba con Inuyasha. Tal vez de una forma mucho peor. Si no se mantenía bajo control, su poder lo convertiría en una bestia salvaje.
Los extrañaba, a su manada. Extrañaba el sonido de sus respiraciones y el calor de sus cuerpos en la noche. Extrañaba sentir esa aura tan familiar contra la suya. Incluso extrañaba los modos tan irritantes de su madre.
Pero en especial extrañaba unos ojos azules y unos colmillos delicados sonriéndole.
Cuando se percató de que se encontraba en las inmediaciones de la aldea de Jun, le pareció normal acercarse hasta la casa del terrateniente para asegurarse que la protegida de Kagome se encontraba bien. No se molestó en ocultar su presencia ya que los aldeanos lo reconocerían.
Y se percató de que quería que ellos lo vieran.
Para cuando se encontraba parado frente a la vivienda de Jun, tanto ella como su madre se encontraban en la puerta para saludarlo. Jun vestía el kimono que Kagome le había hecho. El kimono era del mismo color que las colas de Kagome.
—Inu-sama— lo saludó la madre de la niña con educación e inclinándose ante él.
Sesshomaru la ignoró, solo estaba interesado en Jun.
A medida que el silencio se alargaba, la mujer se volvió a enderezar.
Siendo una niña, Jun fue la primera en perder la paciencia.
—¿Dónde está la Princesa Zorro? – preguntó mirando a Sesshomaru.
—¡Dónde está la Princesa Zorro, Honorable Padre!— la reprendió su madre.
Jun asintió, pero no repitió la corrección, en cambio le dijo:
—¿De verdad será usted mi Honorable Suegro? Todos en la aldea dicen que me casaré con su hijo, el Príncipe Perro de Rojo.
Sesshomaru consideró estas palabras.
—Inuyasha es mi hermano. Mi hijo es demasiado joven como para tener una esposa.
—Oh— dijo Jun— ¿Entonces será mi Honorable Cuñado?
La madre de la niña parecía que iba a desmayarse en cualquier momento.
—Tal vez.
No se trataba de una mentira, y si la idea de que ella fuera la futura esposa de Inuyasha la protegía de la rabia de los aldeanos, él no le quitaría dicha protección.
Jun aceptó esto y le sonrió. Los ojos marrones de la niña le recordaron a los de Lin pero lo que hizo luego le trajo recuerdos de Kagome.
Ella se lanzó hacia adelante y le dio un toque en la mano con los pequeños dedos.
—¡A ver si me atrapas!— le dijo antes de girarse y salir corriendo tan rápido como esas cortas piernas de humano se lo permitían.
Para este punto la madre de Jun se veía mortificada y temía por la vida de su hija.
Sesshomaru ignoró las disculpas de la mujer para darle caza a la niña. Permitió que Jun lo esquivara por unos dos minutos antes de atraparla y darle instrucciones sobre estrategia.
Cuando se hizo de noche, Sesshomaru regresó a Jun a su hogar y se dirigió al bosque.
Al día siguiente volvió a la casa del terrateniente.
Pasó un mes y medio dándole lecciones a Jun sobre la búsqueda de alimentos y tácticas para evadir captura. Para cuando terminó la tercera semana, le había contado todas las historias que él sabia al menos dos veces.
Entonces comenzó a contarle las historias que Kagome solía contarle a él.
Jun se sentía tan encantada por la hechicería humana del futuro como él, hecho que él encontró placentero.
—I—
Cuando se ocultó la luz en su quincuagésimo primer día en la aldea de Jun, Inuyasha encontró a Sesshomaru junto al riachuelo cuando le estaba enseñando a Jun cómo pescar.
—Inuyasha-hiko— lo saludó Jun con amabilidad posando las manos sobre las piernas mientras se inclinaba. Sesshomaru se sentía a gusto con que ella recordara buenos modales.
Inuyasha quedó atónito. Parpadeó y luego frunció el entrecejo posando los ojos en Sesshomaru.
—¿Tiene un minuto, Inu-sama?
Sesshomaru inclinó la cabeza y dijo:
—Quédate aquí, Jun.
Se alejaron de Jun lo suficiente como para que ella no pudiera oírlos, pero no lo suficiente como para que Sesshomaru perdiera el rastro de la pequeña.
—Bueno, esto me resulta patético y lo sabes, ¿verdad?— comenzó Inuyasha.
Los labios de Sesshomaru se estiraron, pero se negó a entrar en una disputa sin sentido.
—¿Por qué estás aquí, Inuyasha?
—¿Oficialmente? Estoy aquí porque Inari dice que Myobu puede estar merodeando las Islas del Sur. Extraoficialmente estoy aquí para patearte el culo por dejar a Kagome… ¿¡Qué diablos tienes en mente!?
Sesshomaru le gruñó.
—No es asunto tuyo.
La mano derecha de Inuyasha se tensó alrededor de la empuñadura de Colmillo de Acero. Se veía igual que su Padre.
—¡Patrañas, Kagome llora por los rincones del palacio mientras pone su mejor cara por los enanos, Shippo te odia por hacerla llorar, me dejaste el Sello del Oeste y te encuentro aquí con el único humano fuera de Edo que tiene un mínimo de relación con Kagome! ¡De seguro es mi asunto!
—Necesito soledad.
Inuyasha hizo un gesto con la barbilla hacia la niña humana que trataba de atrapar peces solo con las manos esmeradamente.
—Jun necesita entrenamiento.
—Esa niña es agradable y todo eso, pero no es la razón por la que estás aquí— ladró Inuyasha—, ella es el medio por el que puedes sentirte más cerca de Kagome, y si no te das cuenta de eso entonces tienes la cabeza más hueca de lo que pensé.
Los ojos de Sesshomaru se abrieron de súbito, luego los entrecerró mientras cerraba las manos en puño. Decidió no darle mérito a ese reclamo con una respuesta, sino que indagó a Inuyasha sobre la forma en la que lo había localizado ya que había estado ocultando tanto su aroma como su aura. Si Inuyasha había descubierto alguna forma de evadir dicha técnica, Sesshomaru debía saberlo.
Inuyasha le sonrió con fanfarronería y los colmillos le rozaron el labio inferior.
—Fue Kagome ¿Te acuerdas de ese amuleto de protección que te hizo?
Sesshomaru se posó la mano en el corazón. El perro de origami que le habían dado como amuleto antes de la exhibición fatal de su batalla contra Inuyasha. Siembre lo llevaba consigo, entre la ropa y la armadura.
—Mientras que tengas algo que sea tocado por su magia, puede encontrarte en el espejo. Shippo también puede hacerlo, ya que él ayudo a hacer el amuleto. Es algo de kitsunes, supongo.
Sesshomaru se sentía desconcertado y aliviado de saber que él y su vulpina se encontraban conectados de algún modo.
Mía. Mia. Pareja. Mia, le susurraba la bestia en su interior.
Sesshomaru endureció su propia determinación.
No.
Él estaba en control. Él, Sesshomaru, no sería un esclavo de sus deseos más básicos.
—Me iré a las Islas del Sur para darle caza a Myobu. Tú volverás al palacio para proteger a la manada— declaró Sesshomaru.
—¡Pues claro que no! ¡Tengo tanto derecho como tú de patearle la cara Myobu por lo que le hizo a Inari! ¡Yo no…!
—Lo harás— dijo Sesshomaru dando un paso al frente con aire amenazador, su aura demoníaca se liberaba helando el aire.
Jun gimoteó, ella era menos sensible a las auras que la rodeaban comparada con otro demonio o humano dotado, pero aún así era consciente de la malicia que rodeaba a Sesshomaru.
Las orejas de Inuyasha se agacharon y le tembló un músculo de la mandíbula.
—De acuerdo. Los protegeré por ti. Pero… maldita sea— dijo debatiéndose en continuar por unos instantes—. Hay algo entre tu y Kagome y por alguna razón la haces feliz. No lo arruines.
No lo arruines como yo lo hice.
La frase que no llegó a decir se mantuvo en el aire entre ellos.
Sesshomaru no respondió.
—¡Keh!— dijo Inuyasha girándose y regresando a la dirección por la que había llegado— Ya lo sabes— le dijo por sobre el hombro—, siempre creí que eras muchas cosas, pero jamás un cobarde.
Dicho esto, se marchó.
—I—
Cuando Inuyasha regresó al palacio, se dirigió a la habitación que compartía con Inari en el ala real entrando por la ventana para evitar caminar por los pasillos. Quería tomarse un respiro de todos los idiotas que le preguntaban cuando volvería Sesshomaru y además no quería enfrentar la decepción de Kagome. No aún.
Maldición, odiaba verla llorar. Podía soportar al enano e incluso las lágrimas de Lin no le importaban mucho. Era distinto porque ella era una niña, pero ¿Y Kagome? Todo lo que tenía que hacer era gimotear y eso provocaba que su día se volviera en un infierno.
Aterrizó con suavidad en la habitación, parpadeó y miró alrededor percatándose de que estaba oscura. Podía oler a Inari. Le resultaba extraño que ella no hubiera encendido ninguna de las lámparas.
Ella se encontraba arrodillada en el centro de la habitación contemplándose las manos.
—¿Inari?— preguntó Inuyasha acercándose a ella. Ella detestaba que él la despeinara por lo que le pasó los dedos por la suave curvatura de la nuca— ¿Estás bien, vulpina?
Ella no se movió.
—¡Inari!— la llamó Inuyasha más estricto, insistente.
—Inuyasha— susurró ella y le brotó sangre de uno de los ojos.
En ese instante él la levantó en brazos y la acunó contra el pecho.
—Inari, no seas tonta. No debes lastimarte intentando luchar contra él.
Los ojos de ella brillaron con fuego zorruno dorado y se desplomó con debilidad contra él. Inuyasha se calló pensando que podría gritarle más tarde luego de haber escuchado lo que fuera que ella intentaba decirle.
—Prométeme… promete que jamás me harás tu pareja ¡Jamás!— le dijo sujetándolo por el aori y una de las garras le clavó la piel— ¡No hasta tener mi perla de poder en mis manos, o hasta que Myobu esté muerto!
Inuyasha sintió como si lo hubieran golpeado en la boca del estómago junto con el ácido de Sesshomaru, pero le dio su palabra.
—Odio esto— le dijo con brusquedad con las orejas pegadas al cráneo—, desearía poder hacer algo.
Inari comenzó a toser y otra lágrima sangrienta le rodó por la mejilla.
—No hay nada que hacer. Él utiliza mi propia fuerza contra mí. Solo abrázame.
Inuyasha se dirigió a la cama, acomodó a Inari lo mejor posible. Ella le frotó la nariz contra el cuello y susurró:
—Sin importar lo que diga después de esto, debes mantener tu palabra.
Inuyasha le besó la coronilla.
—Pronto estará muerto, Inari. Sesshomaru se dirige a las Islas del Sur para atrapar a ese bastardo, justo como dijiste.
Inari le respondió tan débilmente que Inuyasha no pudo oírlo.
—Pero yo no lo dije…
—I—
Sesshomaru caminó por la playa con el entrecejo fruncido por el olor a sal y océano que le invadieron la nariz. A pesar de que en parte le resultaba placentero, el aroma al mar era sofocante ya que le impedía rastrear a Myobu sin importar el rostro que estuviera usando en ese momento.
Ya habiendo cepillado las partes más remotas de las Islas del Sur, Sesshomaru se encontraba en el Puerto de las Sirenas, la comunidad de youkai más grande del Sur fuera del palacio de Kiyohime.
Ese era el puerto por el que la realeza del sur realizaba gran parte del intercambio, gracias a una caleta enorme tapada por una serie de pequeñas islas que funcionaban como barrera y protegido por una tribu de youkai sirena que habían jurado lealtad al Sur. Sesshomaru no había puesto un pie en esas playas desde que era un cachorro y lo habían enviado a visitar ese lugar para poder formar una alianza. Eso había sucedido cuando el Norte era controlado por los dragones y Ryuukotsusei estaba amenazando con empezar una guerra.
Ya que era más que seguro que Kiyohime mataría a Myobu si este era lo suficientemente idiota como para acercarse al Palacio junto al Mar, era posible que el Dragón Comadreja intentara mezclarse entre la multitud en el Puerto de las Sirenas.
Un resplandor de poder demoníaca hizo que Sesshomaru contemplara el agua. Allí, a la distancia, pudo ver las espirales que formaba una enorme serpiente de mar que se aproximaba entre las olas que venían desde más allá de las islas que formaban la barrera. La serpiente levantó el hocico triangular con los ojos plateados puestos en Sesshomaru. Tenía una marca sobre la piel del color de las algas marinas que formaba un arco alrededor de la cabeza del dragón lo cual le daba la apariencia de que poseía una corona.
Abrió las fauces y mostró dos enormes colmillos llenos del mismo veneno letal que una vez había matado a Inuyasha.
Luego la serpiente produjo un gruñido ciceante y se sumergió con el cuerpo ondulante siguiéndole los movimientos a una velocidad que incluso a Sesshomaru le pareció sorprendente. Los demás que se encontraba en la playa comenzaron a alejarse del agua, pero Sesshomaru no les prestó atención.
La serpiente llegó a la costa y curvó el cuerpo superando la altura de Sesshomaru, en posición de ataque.
—Sssesssshomaru-ssssama— dijo con una sonrisa— ¿A qué le debo el placcccer?
Él inclinó la cabeza siendo cortes hacia quien gobernaba las tierras por las que él viajaba en ese entonces.
—Se rumorea que Myobu está en el Sur.
La expresión de Kiyohime jamás cambió.
—Qué exxxtraño. Creería que no habría peor lugar como esssste para que sssse esssscondiera. De encontrarsssse aquí, no tenía conocccccimiento al ressssspecto.
Sesshomaru permaneció en silencio mientras escuchaba lo que tenía para decir.
—¿Quisssiera passsar la noche en mi madriguera? Recuerda donde essstá. Esss la misssma que dessscubrimosss cuando eramosss neonatosss. La he mejorado con el passsar de los añossss.
—Eso sería aceptable.
Kiyohime comenzó a caminar y Sesshomaru la siguió posicionándose a su lado. Ambos eran cuidadosos en no quedarse atrás ni adelantarse.
—Essspero que sssu presssencccia aquí ssse deba a que la Princccesssa Zzzorro ha consssentido nuessstra unión. Todavía busssco a alguien digno con quien tener un heredero para el Ssssur.
Esto tomó a Sesshomaru por sorpresa y el corazón le comenzó a latir con rapidez. Por la forma en la que Kiyohime inclinó la cabeza, él pudo notar que ella se había percatado de esto, pero fue sabia en decidir guardarse los comentarios.
—Yo no tendré una pareja.
—I—
Kagome contemplaba el espejo mientras que unas silenciosas lágrimas le caían por las mejillas. Una de ellas cayó en el vidrio obscureciendo la imagen de Sesshomaru y Kiyohime.
Ella había querido verlo para asegurarse que se encontraba bien, para ver si había encontrado a Myobu, o si volvería pronto, para así poder tener algo que decirle a las crías. Inari le había infundido el valor de mirarlo en el espejo y al final Kagome aceptó el consejo.
Solo para ver a Sesshomaru acordar pasar la noche con Kiyohime y declarar que nunca tendría una pareja.
Ella suspiró.
Hubo un golpe en la puerta.
—¿Kagome-hime? La llamó Takeshi cuando Kagome no respondió, hubo una pausa y volvió a hablar— Inari-sama deseaba que le pregunte si usted se encontraba bien.
Kagome se dirigió a la puerta para abrirla sin preocuparse en esconder las lágrimas que le decoraban el rostro. Ya era seguro que Takeshi había olido la sal.
Él la contempló por un momento y luego le ofreció un pañuelo de seda con mucho respeto. Ella lo tomó y se limpió las lágrimas agradecida y le sonrió con debilidad.
—¿Quisiera usted dar un paseo por los jardines? Las flores siempre alegran a Lin-sama.- le dijo Takeshi.
En ese entonces Kagome rio, era una sonrisa ahogada por el llanto, pero una risa en fin.
—Gracias, Takeshi. Creo que me alegraría también.
CONTINUARÁ
¡Con ustedes el anteúltimo capítulo de esta segunda parte! ¡Lamento la tardanza pero se me hizo muy largo de traducir!
¡Gracias nuevamente por los lindos mensajes que me dejan siempre!
Nos vemos pronto.
Starebelle
