Capítulo 15


Sakura se alegró al saber que Sasuke se había marchado de la granja. No obstante, ese sentimiento fue transformándose poco a poco a medida que pasaban las horas. Por extraño que pudiera parecer, lo echaba muchísimo de menos.

Por la noche, después de cenar, mientras Temari y Óbito hablaban en la cocina con Ko, Sakura se disculpó y se retiró a su habitación. No le apetecía ver el tonteo que se traían aquellos dos.

Al pasar frente al baño, la puerta se abrió y apareció Homura.

—¿A qué viene esa cara tan triste? —preguntó el anciano.

—Estoy agotada.

—¿Te apetece un rato de charla?

—Pues lo cierto es que no me vendría mal.

Necesitaba hablar con alguien de cosas que no fueran recetas de cocina, alambres de espino y llagas en las manos y, sobre todo, necesitaba dejar de pensar en Sasuke.

—Preciosa bata —comentó Sakura al ver que era de Pierre Cardin.

—Me la regaló Sasuke para mi cumpleaños —le contó Homura—. Siempre le he dicho que era demasiado lujosa para un viejo como yo.

—Eso es una tontería —repuso ella sonriendo y colocándole bien las almohadas en la cama—. Por una vez, y sin que sirva de precedente, admitiré que tu nieto tuvo un gusto excepcional.

—Mi nieto tiene un gusto excepcional para todo. Incluidas las mujeres.

—Oh, sí... —replicó ella torciendo el gesto—. Él y su cohorte de mujeres.

—Sasuke siempre ha sido muy codiciado por las féminas de los alrededores, desde que era un muchacho —declaró el hombre—. Su porte y el poder de su mirada causan estragos en las fiestas.

—Eso es amor de abuelo —bromeó Sakura, lo que lo hizo sonreír—. Déjame decirte, Homura, y espero que no te ofenda, que tu nieto es el ser más prepotente, mandón y exigente que me he echado a la cara. Él y yo no tenemos buen feeling.

—Vaya —se mofó rascándose la oreja—. ¿Dónde habré oído eso antes?

—No me extrañaría que de su enorme bocaza —dijo Sakura acercando el butacón granate a la cama—. Él y yo no congeniamos en absoluto. Supongo que te habrás dado cuenta.

Homura sonrió. Aquella muchacha le hacía gracia. Aunque sabía que más gracia le hacía a Sasuke, que, a pesar de que no mostraba sus sentimientos, era incapaz de disimular la fascinación que sentía por ella cada vez que la miraba. El anciano lo había observado, y Ko se lo había confirmado. Todavía recordaba la expresión de su nieto cuando había entrado en su dormitorio para despedirse. Aunque no le contó los motivos de su marcha, a Homura no se le escapaban.

Cada mañana, desde la ventana o bien cuando bajaba a la cocina, el viejo los observaba. Y sus sospechas se confirmaron al ver la fingida indiferencia que demostraba Sakura por la marcha de Sasuke. Sin duda había algo más entre ellos. Eso no lo podían negar.

Desde un principio, Homura se percató de la fuerte personalidad de la española. Todas las mañanas, Ko y él reían cuando la veían partir hacia el campo en la furgoneta vestida de forma inadecuada. Eso, unido al terror que sentía por los animales, los sorprendía tanto como que aguantara el ritmo que los muchachos le imponían.

—¿Qué tal el día de hoy? —preguntó el anciano.

—¡Horroroso! —respondió Sakura sentándose frente a él—. Sinceramente, Homura, no sé cómo has podido resistir este ritmo durante tantos años.

—¿Dónde te han puesto hoy los chicos? —inquirió divertido.

—A arreglar la alambrada de la zona sur —explicó ella mostrándole las palmas—. ¿Has visto qué manos tengo? ¡Son un horror! Necesitaré kilos y kilos de hidratación. ¡Qué digo hidratación! Tendré que exfoliar, revitalizar y estimular antes de hidratar.

—¡Qué graciosa eres, muchacha!

Sakura sonrió. Aquello era nuevo.

—¿Crees que soy graciosa?

—Me pareces tan diferente de todo lo que me rodea que tus comentarios me hacen sonreír —admitió él con sinceridad—. No cambies nunca. Esa frescura resulta muy atractiva, y si no te empeñaras en ser tan gruñona gustarías aún más.

—Uf, no..., no —negó ella retirándose el pelo de la cara—. No pretendo gustar. No. No.

—Sasuke me dijo que te dan miedo las vacas.

—Será chivato... —murmuró contrariada—. Vale, lo confieso. ¡Odio las vacas! Esos bichos malolientes sólo saben ensuciar y ensuciar, ¡puajjj!

—Creo que subestimas la inteligencia de los animales, muchacha. Las vacas son unos seres amables y en cierto modo dulces. ¿Conoces a Geraldine?

—No. ¿Quién es? ¿Alguna vecina?

Muerto de risa por lo que ella preguntaba, Homura respondió:

—Geraldine es mi vaca favorita.

—¡Por Dios, Homura! ¿Tienes una vaca favorita?

—Sí. Mi Geraldine tiene veinte años.

—¿Las vacas viven tanto? —exclamó Sakura incrédula.

—Pueden llegar hasta los treinta, aunque lo normal es que cuando tienen siete, tras unos cinco o seis partos, se las sacrifique. Pero, escucha, mi Geraldine es diferente.

—No me lo puedo creer. —¿Cómo podía ser diferente una vaca? Para ella eran todas iguales—. ¿Me estás diciendo que tienes como mascota a una vaca, como el que tiene un gato en casa?

—Ko no me deja traerla a la granja. ¡Me mataría!

—Normal. Yo te asesinaría —confesó Sakura con los pelos de punta—. Una vaca es una vaca, por mucho que te empeñes en que sea algo especial.

—Eso lo dices porque aún no has conocido a Geraldine, que, por cierto, está de nuevo preñada y me tiene preocupado. Falta poco para el parto.

—Estás preocupado... ¿por una vaca?

—Por mi vaca —aclaró Homura dándole un suave capón en la cabeza—. Geraldine está empeñada en ser madre, a pesar de haber estado preñada más de diez veces, y el parto podría no tener un buen fin.

Al ver que Sakura lo miraba como si estuviera loco, Homura decidió mofarse de la chica.

—Mi Geraldine es terca como una mula. ¡Igual que tú!

—En mi vida me habían comparado con una vaca —reconoció ella entre risas—. Me han podido decir cosas como que soy la reencarnación del demonio o que soy...

—¿Cómo han podido decirte semejante barbaridad?

—La gente, Homura..., la gente...

—Que nadie te llame nada de eso delante de mí —exclamó él levantando un dedo—, o tendrán que vérselas conmigo.

—Tranquilo —lo calmó ella—, sé defenderme sola.

—Me parece muy bien, muchacha. Pero ahora me tienes a mí.

Al oír eso, Sakura sintió una profunda emoción. Sin apenas conocerla, aquel anciano quería ejercer de caballero andante por ella. Eso la hizo sentirse bien.

—Eres un buenazo —le soltó cogiendo su mano—. Cuando regrese a mi país te voy a echar mucho de menos.

—¡España! —dijo él sorprendiéndola—. En tu honor y recuerdo, si el ternero sobrevive, lo llamaré España.

—¡No será verdad!... —exclamó ella divertida—. Eso es una maldad.

—Oh, sí —convino Homura—. Le pondría Sakura, pero conociéndote estoy seguro de que me rebanarías el pescuezo.

—¡Ja! ¡Cómo lo sabes! —En ese instante, se abrió la puerta—. Ko, ¿te puedes creer que Homura quiere ponerle de nombre España al ternero de Geraldine?

—¡Un nombre magnífico! —confesó la mujer acercándose hasta ellos—. Me encanta. Siempre nos recordará a ti.

—España eres tú: fuerza y bravura —afirmó Homura con una sonrisa.

—¿Sabéis? —señaló Sakura—. Ahora entiendo de quién ha heredado vuestro nietecito ese carácter tan quisquilloso.

Y a continuación los tres prorrumpieron en una carcajada. Llamar a un ternero España para recordarla era lo más rocambolesco que Sakura podría haber imaginado jamás.