Capítulo 19
Durante los dos días siguientes, Sakura hizo todo lo posible por ocultarse de Sasuke. Estaba avergonzada por lo ocurrido, y nerviosa por lo que intuía que podía ocurrir. Lo deseaba tanto, y más tras sus últimas palabras, que tenía miedo de encontrárselo y abalanzarse directamente sobre él.
El escocés, molesto, necesitaba hablar con ella y aclarar de una maldita vez todo aquel juego que se estaba volviendo contra él, pero Ko se había atrincherado en la puerta de la habitación de Sakura y no le permitió entrar.
El segundo día, por la tarde, mientras los hombres ayudaban a Hatake a arreglar su granero, aburrida y cansada del teatro de su hermana, Temari propuso a Ko que fueran de compras a Dornie. Seguro que los encargos que habían hecho la última vez que habían ido al pueblo ya estaban allí. Al oírlo, Karin comenzó a aplaudir emocionada, puesto que la mayoría de las cosas eran para ella. Una hora después, las cuatro mujeres iban camino del pueblo vecino en la furgoneta azul.
Al salir de la tienda de Dornie, oyeron una voz a su espalda que hizo que a Ona se le pusiera la carne de gallina:
—¡Yayita! ¡Yayita Ko!
La anciana se volvió y vio a Lexie, su pequeña bisnieta de cinco años. Las últimas semanas había echado en falta verla corretear por la granja.
—Pero, cariño mío, ¿qué haces aquí? —preguntó Ko abrazándola.
—Voy al cumple de Sarah —contestó la niña. Después se dedicó a mirar a las dos desconocidas—. ¿Quiénes son esas mujeres, yayita?
—Unas amigas —respondió Karin.
En ese instante, Lexie pareció reconocer a la muchacha.
—¡Tita Karin, qué guapa estás! —exclamó saltando a sus brazos.
No cabía la menor duda de que la pequeña pertenecía a la familia. Tenía el mismo pelo que el resto de la familia y los labios carnosos de Homura.
—Hola —la saludó Temari—. ¿Y tú quién eres?
—Soy Lexie —dijo la niña con cautela— y ella es mi yayita —añadió señalando a Ko.
—¿Es tu nieta? —preguntó Sakura sorprendida.
—Sí —afirmó la anciana guiñándoles un ojo—. Es hija de Kagami.
Una mujer de mediana edad se unió entonces al grupo.
—Buenas tardes —saludó.
—Hola, Ayame —le devolvió el saludo Ko—. Dice Lexie que vais de cumpleaños.
—Sí, así es —asintió, y a continuación se dirigió a la niña—: Vamos, Lexie, o llegaremos tarde.
—¿Cuándo puedo volver a la granja? —La pequeña no deseaba marcharse—. Quiero estar con el yayo y con los animales.
—No te preocupes, mi amor —susurró Ko besándola—. Seguro que tu padre pronto te llevará de vuelta.
—¡Qué bien! ¡Yupi! —gritó la cría y, tras darles un beso a todas, se marchó brincando de la mano de Ayame.
—Qué rica es —comentó sonriendo Temari—. Es una monada de niña.
—¿Quién es Kagami? —quiso saber Sakura.
—Es un muchacho al que en casa todos queremos mucho —mintió Ko, lo que hizo sonreír a Karin—. Oh..., ahí está Biwako, voy a saludarla —dijo la anciana dando por zanjado el tema.
Cuando los hombres regresaron a la granja se extrañaron por no encontrar a Ko trasteando en la cocina, y decidieron subir a ver a Homura. El anciano estaba emocionado escuchando música en el mp3 que Temari le había regalado para su cumpleaños mientras jugaba en el portátil de Sakura.
—¡Caramba, abuelo, qué moderno! —exclamó Óbito al entrar en la habitación.
—Abuelo —añadió Sasuke divertido—, eres todo un hombre del siglo XXI.
Homura nunca habría imaginado que con su edad le atraerían tanto las nuevas tecnologías. Pero, desde que Sakura y Temari habían llegado a la casa con todo su arsenal informático, el anciano había rejuvenecido diez años. Y, mientras que antes se pasaba el día entero embobado, ahora estaba siempre jugando con el portátil o con los auriculares puestos.
—Me encanta esta música española —confesó quitándose los cascos.
—Abuelo —dijo Sasuke pasándole con cariño la mano por el pelo—, te estás volviendo todo un experto informático.
—La pena es que no tengamos conexión de ADSL.
Su comentario los dejó a todos con la boca abierta.
—Pero ¿tú sabes lo que es eso? —inquirió Óbito, divertido.
—Por lo que me ha explicado Sakura, es algo parecido al teléfono, con la diferencia de que tienes ante ti el mundo en imágenes —explicó el anciano—. Me ha dicho que con esa cosa se pueden ver películas, documentales, partidos, e incluso se puede jugar o hablar con otras personas aunque estén en Australia. ¡Qué maravilla!
—Tendré que hablar con Sakura —se mofó Sasuke—. Está creando un monstruo.
—Por cierto, Sasuke, ¿sería muy caro conseguir una de esas líneas ADSL? —preguntó el anciano.
—¡Por todos los santos, abuelo! —exclamó él—. ¿Lo dices en serio?
—Por supuesto —asintió Homura—. Quisiera poder hablar con Sakura y con Temari cuando regresen a España. Ellas tienen ese tipo de línea en sus casas.
—Hablando de mujeres —intervino Óbito—, ¿dónde están?
—Han ido de compras a Dornie. Creo que iban a recoger un aparato parecido al horno, pero para calentar la leche.
—¿Un microondas? —aventuró Sasuke.
—Sí, sí, eso, y un par de cosas más.
—Me dejas de piedra —murmuró Óbito mirando a su primo.
—No me lo puedo creer —reconoció Sasuke—. Llevo años intentando traer uno a la granja y Ko siempre me ha amenazado diciendo que ese trasto no entra en su casa, y ahora, en menos de un mes, esas españolas lo meten en su cocina.
—Cosas de mujeres, Sasuke —comentó su abuelo—. En eso, si no quieres salir escaldado, te aconsejo que no te metas.
En ese instante, el ruido extraño de un motor y los ladridos de Stoirm hicieron que Óbito y Sasuke se asomaran a la ventana. Se acercaba un coche de color rojo.
—¿Quién es? —preguntó Homura con curiosidad.
—No lo sé.
Sasuke salió de la habitación seguido de Óbito. Una vez en el porche, observó el vehículo que se acercaba. No le sonaba de nada, pero cuando paró el motor y de él sé bajó un tipo pelirrojo, vestido con ropas caras y un abrigo azul hasta los pies, un extraño presentimiento lo puso en alerta.
—Hola, buenas tardes —saludó el hombre en un perfecto inglés.
—Buenas tardes —respondió Sasuke sin moverse—. ¿Qué se le ofrece, amigo?
—Busco la granja de los Mitokado... —contestó nervioso mirando un papel mientras el perro le gruñía—. De Homura Mitokado.
—Stoirm —llamó Sasuke—. Ven aquí.
Sin dejar de mirar al extraño, el animal obedeció.
—¿Para qué busca a Homura Mitokado? —inquirió Óbito.
—Me han dicho que tiene alojadas a dos señoritas españolas. Sakura y Temari Haruno —informó el hombre.
—El caso es que me suena haber oído algo al respecto —comentó Óbito mirando a su primo.
—¿Por qué busca a esas mujeres? —preguntó Sasuke.
—Es un tema personal. —El hombre parecía incómodo—. Pero digamos que a quien busco es a mi novia Sakura. Tenemos pendientes unos asuntos que no pueden demorarse.
Al oír eso, Sasuke se quedó sin habla. ¿Su novio? Creía recordar que ella le había dicho que estaba soltera y sin compromiso. Se disponía a decir algo cuando la puerta de la granja se abrió y Homura salió.
—Buenas tardes, caballero —saludó con su potente voz—. He oído que está buscando a mi buen amigo Homura Mitokado. ¿Es así?
Óbito y Sasuke se miraron para dirigir después sus ojos hacia su abuelo.
—Así es, señor.
—¿Con quién tengo el placer de hablar?
—Disculpe —dijo el hombre y, quitándose el impoluto guante de cuero, añadió—: Mi nombre es Nagato Katō Uzumaki, aunque puede llamarme Red.
—Red —repitió Homura percatándose de que aquél era el patán que había jugado con los sentimientos de Sakura.
Sasuke y Óbito lo observaban en silencio.
—Sí, señor. Red.
—Abuelo, deberías volver a la cama —señaló Sasuke confuso—. Hace frío. Yo me encargaré de esto.
—Oh..., no te preocupes —lo tranquilizó sin apartar su mirada del extraño y, dándole un par de palmaditas en la espalda, afirmó—: Creo que has equivocado el camino, amigo Red.
Sasuke y Óbito se miraron de nuevo. ¿Qué estaba haciendo su abuelo?
—¿En serio? —expresó su extrañeza Red cogiendo un mapa—. Me dijeron que la granja de Homura Mitokado estaba por aquí.
—Pues te han informado mal. Yo soy Homura Mito. Creo que de ahí viene el error. Mi amigo Homura Mitokado se mudó hace menos de un mes y, ahora que lo pienso, dos muchachas muy bonitas se marcharon con él.
—¡Maldita sea! —gruñó Red contrariado—. ¿Sabría decirme cómo encontrar esa granja?
—Por supuesto —convino Homura cogiéndole el mapa—. La granja de mi amigo Homura Mitokado está aquí —reveló señalando en el papel.
—¿En Durham? —exclamó Red—. Pero si eso está...
—Cuánto lo siento, muchacho —lo interrumpió Homura, dándole nuevos golpecitos en la espalda—. Pero creo que quien te ha informado te ha tomado el pelo.
La expresión de desconcierto de Red era similar a las de Sasuke y Óbito, que, sin despegar los labios, observaban y escuchaban el desparpajo de Homura mientras mentía como un bellaco.
—Por cierto, muchacho —añadió el anciano—. ¿Quieres pasar a tomar algo? Hoy hace frío. Tenemos whisky y café.
—No, gracias —respondió él—. Tengo prisa.
«Antes muerto que entrar en esa pocilga», pensó Red.
—Creo que deberías parar en algún pueblo a dormir, y mañana continuar hacia Edimburgo —le advirtió Homura andando hacia sus nietos—. Parece que esta noche habrá ventisca.
El español asintió de mala gana y, tras montarse en el coche, se despidió con gesto huraño y desapareció en pocos segundos por el mismo sitio por donde había venido.
Sin poder creer aún el montón de mentiras que había soltado su abuelo, sus nietos lo siguieron hasta la cocina, donde Homura sirvió tres cafés mientras se sentaban a la mesa.
—Abuelo —confesó Óbito—, eres mi ídolo. Yo de mayor quiero ser como tú.
—Has mandado a ese idiota a la otra punta de Escocia para que te busque... —dijo Sasuke, que no parecía tan tranquilo como su primo—. ¿Por qué?
—Para que un idiota como tú tenga tiempo de conseguir lo que un idiota como ése perdió —contestó el anciano con aplomo—. A ver si espabilamos, Sasuke, y esto va también por ti, Óbito. ¿O acaso vais a permitir que esas preciosas mujeres se os escapen?
Y, sin añadir nada más, Homura se retiró a su habitación, volvió a colocarse los cascos y empezó a silbar al ritmo de la música.
Esa noche, cuando Ko y las chicas llegaron a la granja, encontraron a Sasuke y a Óbito sentados en los escalones del porche.
Al verlos, Sakura maldijo en silencio. No quería hablar con Sasuke, antes necesitaba aclarar sus sentimientos. Así pues, pasó por su lado lo más rápido que pudo y se escabulló hasta su habitación. Una vez allí, se desvistió, se puso el calentito pijama de tomates cherry y se acostó de inmediato.
Los dos hombres ayudaron a meter las bolsas en la cocina de Ko. Luego, malhumorado, Sasuke cogió su moto y se marchó.
Por su parte, Óbito cogió a Temari de la mano y, tras besarla con dulzura, la sorprendió invitándola a tomar algo en Keppoch.
