Capítulo 21


Aquella mañana, ignorando por completo que Nagato había estado el día anterior en la granja, Sakura se despertó con la cabeza como un bombo. Parecía como si un trolebús le hubiera pasado por encima. Con cuidado, se incorporó y sonrió al ver su pijama de franela de tomatitos cherry. ¡Qué calentito era!

A continuación miró la cama donde dormía su hermana y vio que estaba hecha. No creía que se hubiera levantado ya, por lo que pensó que debía de haber pasado la noche fuera.

Se acercó despacio hasta la ventana y, tras abrir la persiana, dejó entrar el sol de noviembre. Al mirar abajo vio que la moto de Sasuke no estaba. ¿Se habría marchado de nuevo?

Desconcertada, cerró los ojos y, llevándose la mano a los labios, recordó cómo se habían besado días atrás. «Adoro tu sabor», le había dicho él con su sensual tono de voz. Sakura se estremeció al recordarlo.

Más despejada, decidió ducharse. Apestaba a tabaco, y eso no le gustó, por lo que cogió unas toallas limpias y se metió en el baño.

Mientras disfrutaba de la ducha, oyó cómo la puerta del baño se abría. «Maldita sea, al parecer aquí no conocen el significado de la palabra "intimidad"», pensó.

—¡Está ocupado! —gritó para avisar.

—Será sólo un segundo, Sakura —señaló Karin—. Si me aguanto un poco más, me meo en los calzones.

—Karin, ¡por Dios! —la regañó ella—. Tienes que comenzar a ser un poco más refinada con tu vocabulario.

—Vale, vale... —asintió la muchacha.

—Cierra la puerta cuando salgas —le recordó ella mientras se enjabonaba el pelo tras la cortina.

—De acuerdo.

Dos minutos después, Karin salió y cerró la puerta.

Cuando terminó, Sakura abandonó con cuidado la ducha, muerta de frío. La calefacción de aquel sitio no era igual que la de su casa de Madrid, así que se envolvió con rapidez en el albornoz; a pesar de ello, comenzó a tiritar. En ese instante volvió a abrirse la puerta.

—Uyyy, perdón —murmuró Homura, cerrando de nuevo.

—¿Qué sucede, Homura? —preguntó ella.

—Necesito cambiarle el agua al canario, muchacha.

«Es imposible ducharse con tranquilidad en esta casa», pensó Sakura suspirando. Cuando salió del baño muerta de frío, encontró al anciano apoyado contra la pared, esperando.

—Anda, pasa —le indicó dejándole el baño libre—. Iré a vestirme a mi habitación.

—Gracias, muchacha —dijo él, y pasó por su lado como una flecha.

Segundos después, Sakura no pudo evitar sonreír al oír que en el baño Homura dejaba escapar un suspiro de alivio.

Después de vestirse decidió bajar a la cocina. Tarde o temprano tendría que enfrentarse a Sasuke. Sin embargo, se sorprendió y en cierto modo se molestó al comprobar que él no estaba allí.

Ko trajinaba como todos los días y, al verla, le sonrió.

—Buenos días, Sakura. ¿Te encuentras mejor?

—Sí, pero estoy algo avergonzada, Ko. Debería haber hablado con Sasuke, ¿verdad?

—Oh, cariño —respondió la anciana—. Cuando uno es joven, se hacen muchas tonterías por amor.

—¿Por amor? —se sorprendió ella—. No creo que sea eso.

—Ven aquí, tesoro —indicó la mujer, sentándose junto a ella en una vieja butaca—. Desde el primer momento que Sasuke me explicó por qué traía a unas chicas a casa supe que había alguien especial. Entre tú y yo —añadió haciéndola sonreír—, ese nieto mío es tan galante, cabezota y buen mozo como mi Homura. Vuestras miradas y discusiones me recuerdan a mi juventud. ¡Por todos los santos, Sakura! Soy vieja pero no tonta.

—¿Quién se atreve a decir que tú eres vieja? —preguntó Homura entrando en la cocina con el portátil bajo el brazo—. Para mí siempre serás esa mocita que se subía a los árboles para tirarme piedras cuando me veía pasar.

—¿Le tirabas piedras? —se interesó Sakura—. ¿Por qué?

—Oh... Ko siempre ha sido muy celosona —contestó jocosamente Homura, dándole un cariñoso beso en la frente a su mujer.

—Y tú siempre has sido un casanova —repuso ella con una sonrisa—. ¿Te puedes creer que este sinvergüenza les tiraba los tejos a todas las mozas menos a mí?

—Vamos a ver —se justificó Homura—. Por aquel entonces, yo tenía veintitrés años y ella, quince. Lo normal es que me gustaran las mujeres con más curvas. ¿No crees, Sakura?

—En eso, Ko —respondió ella divertida—, tengo que darle la razón. Creo que eras demasiado joven para él.

—Era tan bonita como lo es ahora —señaló el anciano.

—Eres un adulador —susurró Ko besándolo en la mejilla.

—¿Sabes, Sakura? La primera vez que la vi estaba enfadada y, tras besarla con la mirada, supe que algún día sería mi mujer.

Al oír eso, Sakura pensó en Sasuke y sonrió.

—Cuando cumplí dieciocho —prosiguió Ko mientras abría la caja del microondas—, recuerdo que mis padres celebraron una gran fiesta a la que invitaron a todo el mundo. Su hija pequeña ya era toda una mujer. ¡Todo un acontecimiento! Por la noche, la prima de Homura me llevó hasta los establos. Allí, varios trabajadores de mi padre celebraban su particular fiesta. Nunca olvidaré cómo Homura me miró. ¡Oh, Dios santo! —Rio al recordarlo—. Me ponía tan nerviosa ver cómo me seguía con la mirada que apenas si podía andar. Pero lo más gracioso fue cuando las ancianas me emparejaron para bailar con Danzō Shimura. —Al recordarlo, Sakura sonrió. Ko se refería al mismo ritual por el que los habían hecho pasar a Sasuke y a ella—. Pero mi Homura no lo permitió. De un empujón, apartó al pobre Danzō, y mirándome a los ojos dijo que él bailaría conmigo aquella preciosa pieza musical.

—Hum, vaya, vaya... ¿Te pusiste celoso? —preguntó Sakura.

—Sí —asintió Homura con cara de pilluelo—. Ella era mi mujer. ¿Por qué iba a permitir que Danzō pusiera sus manazas en mi propiedad?

—Por Dios, Homura —se quejó Sakura—. Parece que hablas de un caballo cuando dices eso de «mi propiedad».

—Antes se hablaba así, cariño —aclaró Ko—. Y ¿sabes? —confirmó abrazándolo—, este mocetón también es de mi propiedad.

—Qué historia tan bonita —exclamó Sakura con una sonrisa.

Aquello que unos meses antes le habría parecido una tontería, en esos momentos, sentada en la cocina con los dos ancianos, le hizo sentir la mujer más afortunada del mundo.

Un rato después, tras haber leído las instrucciones del microondas y dejar sin palabras a Ko por la rapidez y la limpieza del aparato, ésta la abrazó agradecida por el regalo.

—Ahora, cariño, os toca a Sasuke y a ti. Debéis tejer una bonita historia para que el día de mañana se la contéis a vuestros nietos.

—Ufff..., lo dudo —repuso Sakura—. No creo que entre Sasuke y yo vaya a haber algo más que una amistad. Además, siento deciros que no me gustan los niños.

—Te gustarán —le aseguró Homura con una pícara sonrisa y, encendiendo el portátil, añadió—: Sakura, ¿podrías explicarle una vez más a este viejo tonto cómo se juega al backgammon?

—Una y todas las que quieras, guapetón —respondió ella, recordando esa palabra de su madre, mientras se sentaba encantada junto al anciano.

Sakura almorzó ese mediodía con Karin, Ko y Homura, y después salió afuera a fumar un cigarrillo. Antes de retirarse a dormir la siesta, Homura se había empeñado en que se pusiera un chaquetón suyo y, aunque le quedaba enorme, Sakura aceptó con una sonrisa.

Como hacía un día precioso, decidió dar un paseo por los alrededores.

Subió una pequeña colina y ante ella apareció un valle de ensueño salpicado de multitud de tonalidades. Las colinas lejanas se veían tapizadas por un castaño cobrizo impresionante, mientras las copas de los árboles alternaban entre el bronce y el dorado. Aquel lugar no tenía nada que ver con el bullicio de Madrid: coches, gente, atascos... Allí todo era diferente.

Sakura pensó en su madre. ¿Quién debía de ser su misterioso pretendiente?

Miró hacia la casona y se imaginó a Tsunade allí, y sonrió al pensar en lo bien que se llevarían Ko y ella, y en lo mucho que se reiría Homura con las divertidas historias que contaba. Si alguna vez volvía de visita a Escocia, regresaría con ella. Estaba segura de que «en un pispás», como ella decía, prepararía una enorme paella para todos.

Abrigada con el chaquetón de Homura, se agachó sin hacer ruido para observar a un par de ardillas rojas que se afanaban acumulando alimento para pasar el frío invierno.

«Qué bonitas, son igualitas que Chip y Chop, las ardillas rescatadoras», pensó Sakura.

—Hola —la saludó Sasuke, que apareció de pronto—. Ko me ha dicho que estabas por aquí.

—Chis —dijo ella—. Asustarás a Chip y Chop.

El escocés llegó hasta ella. Le gustaba sentirla cerca, por lo que se agachó sin hacer ruido y se dedicó a mirar también cómo trabajaban esos animales.

—Nunca había visto ardillas de verdad, excepto cuando era pequeña, en el zoo de Madrid —explicó Sakura emocionada—. Lo más increíble de todo es que se mueven exactamente igual que Chip y Chop.

—Querrás decir que Chip y Chop se mueven como las ardillas de verdad —repuso Sasuke. Se moría por decirle que había conocido a Nagato, y por confesarle lo que sentía por ella.

—Bueno, sí. Tienes razón —asintió Sakura sonriendo—. ¿Sabes?, mi hermana y yo teníamos un juego de Chip y Chop para la Nintendo. Era divertidísimo. Lo compré una Navidad, y Deidara, Temari y yo nos pasábamos las horas muertas jugando.

—¿Quién es Deidara? —preguntó él frunciendo el ceño.

—El mejor hermano del mundo.

—Pero ¿no dijisteis que sólo erais vosotras dos?

—Sí. —Sakura se levantó con cuidado de no asustar a los roedores—. Pero Temari, Deidara y yo somos hermanos de corazón. En casa, él es uno más, incluso ahora es quien cuida a mamá mientras nosotros estamos aquí. Estoy segura de que te caería bien si lo conocieras.

—Me encantaría conocerlo —habían echado a andar por un camino rodeado de altos robles—, al igual que me encantaría conocer más cosas de ti. Lo sabes, ¿verdad?

—Bufff —exclamó Sakura—. Soy muy aburrida, te lo aseguro.

—Déjame decirte que lo dudo —respondió él con una sonrisa.

Caminaron en silencio durante un rato. Sakura estaba tan nerviosa que apenas si podía hablar, mientras Sasuke la observaba con curiosidad y sonreía al ver cómo ella se sorprendía a cada paso, como si fuera la primera vez que se adentraba en la naturaleza.

—Ven —le indicó cogiéndola de la mano—. Quiero enseñarte algo.

—¿Adónde vamos? —Pero él ya la había llevado hasta el lugar donde estaba aparcada su motocicleta—. Yo en ese trasto no me subo. Me dan pánico las motos.

—Vamos a ver, señorita española —dijo él ladeando la cabeza—. ¿Te fías de mí?

—Mmm —murmuró divertida—. ¿Crees que debo fiarme?

—Creo que sí —repuso él al tiempo que le ponía ya el casco sin que ella protestara.

—¿Tú no llevas casco? —inquirió Sakura.

—Sólo tengo uno —explicó Sasuke abrochándose la cazadora—. Y no pienso discutir: el único que tengo es para ti.

—Discutir tú y yo, ¿cuándo? —bromeó ella.

El escocés sonrió feliz y, subiendo a la moto, la hizo encaramarse tras él. Luego arrancó el motor mientra notaba cómo Sakura se agarraba con fuerza a su cintura. Sentirla tan cerca era todo cuanto necesitaba.

Después de circular durante un rato por solitarias carreteras, finalmente Sasuke detuvo la motocicleta.

—Voy a enseñarte algo que sólo se ve en esta época del año.

—¿El qué?

—Ahora lo verás.

Subieron una pequeña colina cogidos de la mano, hasta que Sakura le dio un tirón.

—¿Qué es eso? —preguntó al divisar unos enormes ciervos con grandes cornamentas.

—Chis —susurró él poniéndole un dedo sobre los labios—. Antes has dicho que te fiabas de mí. Sígueme.

Temblando de miedo, ella lo siguió hasta una gran roca. Una vez allí, Sasuke la ayudó a subir y él se encaramó detrás de ella. Luego se ocultaron entre la vegetación.

—¿Ves los ciervos? —dijo él. Sakura asintió—. Se pelean con sus cornamentas por conseguir el amor de alguna hembra de su especie.

—Pero, bueno —protestó ella—. ¿Por qué piensas eso?

—Porque es la época de apareamiento —respondió Sasuke, que se moría de ganas de besarla—. Presta atención.

En silencio, escucharon el sonido de los golpes secos y devastadores de las cornamentas al chocar, mientras unos extraños bramidos llenaban el aire.

—Ooohhh..., pobrecillo —susurró Sakura apenada—. Es igualito que Bambi cuando ya es adulto. Míralo, está angustiado, seguro que se ha perdido.

—Jajaja... ¿Bambi? ¿Chip y Chop? Mucho Disney has visto tú —se carcajeó Sasuke—. Discúlpame, princesita, pero no he podido evitarlo. El ruido que hace tu supuesto Bambi se llama «berrido». El otoño es la época de celo de los ciervos, y aunque no lo creas es su manera de decir «¡Eh, nena, que yo soy el más guapo y el más fuerte!».

—Caray... —exclamó ella arrugando la nariz al ver cómo se peleaban los ciervos—. Ay..., ay..., ay..., ¡que se parten los cuernos!

—Tranquila. Es lo normal —afirmó Sasuke sin dejar de observar a los ciervos—. Sólo uno de los dos será el ganador.

—No quiero mirar. —Sakura cerró los ojos—. Me están poniendo enferma. Ay..., ay... ¡Ay..., que se sacan un ojo!

—Anda, vamos —se mofó Sasuke, que de un salto bajó de la piedra—. Te enseñaré cosas que ni en Madrid ni en tu mundo Disney podrás ver.

Pasearon cogidos de la mano. Sakura estaba nerviosa a pesar de su aparente calma: verse en medio del bosque, cerca de un montón de bichos y animales desconocidos, y de la mano de Sasuke, no era lo más tranquilizador, aunque en el fondo le gustara.

Mientras le contaba las curiosidades del lugar, él la llevó hasta lo alto de una colina, desde donde Sakura pudo observar pájaros de diversos colores, formas y tamaños. Como un entendido en la materia, él le fue señalando y hablando de los urogallos, los piquituertos, e incluso, incrédula, Sakura pudo admirar el vuelo de un par de águilas reales.

—¡Dios santo, son preciosas! —exclamó mirando sus siluetas en el cielo.

Las águilas bailaban una danza elíptica que la tenían embelesada. No obstante, Sasuke no las miraba. Sólo tenía ojos para Sakura.

—Me estoy enamorando de ti —dijo él de pronto—. Antes de que digas nada, sé que esto no entraba en tus planes, pero quiero que sepas que tampoco entraba en los míos.

Su declaración la había cogido tan de sorpresa que Sakura se lo quedó mirando con la boca abierta, hasta que Sasuke le apoyó una mano en la barbilla y se la cerró.

—Quería que lo supieras porque siento una inagotable necesidad de estar contigo a todas horas —continuó él—. Cada vez que te veo quiero besarte, y lo peor de todo es que no puedo soportar que ningún hombre que no sea yo se acerque a ti.

Como vio que ella no decía nada, el escocés decidió seguir hablando:

—Me encantaría conocerte, saber de ti y de tu vida, y que olvidaras todas las tonterías que te dije la noche de mi marcha, porque para mí no eres diversión y sexo, para mí eres algo más —susurró perdiéndose en su mirada—. Cada vez que pienso que dejaré de verte cuando regreses a España, no lo puedo soportar, y por eso, cariño, me gustaría que me dieras la oportunidad de enamorarte y de contarte quién soy, y también de pedirte perdón por...

Ya no pudo continuar. Sin poder creer que algo tan de película le estuviera sucediendo a ella, Sakura dio un paso adelante y lo besó.

El escocés sintió entonces una profunda emoción. La mujer que más deseaba en el mundo lo estaba besando. Con delicadeza, y sin dejar de besarla, subió la mano hasta su mejilla y la acarició, para después enredar sus dedos en aquel pelo rosa y rozarle la sien.

Sakura se sentía arrastrada por la pasión, notaba que todo su cuerpo ardía de deseo y lujuria por él. Sin poder contenerse, bajó sus manos con lentitud hasta posarlas en su trasero.

«¡Dios santo, es de acero!», pensó mientras sentía cómo él hacía lo propio.

Entonces, a punto de estallar, Sasuke se apartó unos segundos para mirarla y declaró con voz ronca:

—Te deseo tanto que, si seguimos así, voy a hacerte el amor aquí y ahora.

Con un suspiro, ella se pasó la lengua por los labios para mostrarle su conformidad, pero de pronto, con el rabillo del ojo, notó que algo se movía a su derecha y soltó un chillido.

—¡Ah!... ¡Vacas peludas!

Sin darle tiempo a Sasuke a reaccionar, salió corriendo despavorida ladera abajo, pero perdió el equilibrio y comenzó a rodar como una albóndiga. Mientras corría detrás de ella por la cuesta, el escocés observaba impotente cómo Sakura rodaba y rodaba a gran velocidad, golpeándose contra todo lo que encontraba a su paso, hasta que llegó abajo. Asustado por lo que le hubiera podido ocurrir, se agachó junto a ella. Parecía mareada y magullada.

—¡Por todos los santos! —exclamó él al ver la sangre que le corría por la frente—. Pero ¿cómo se te ocurre hacer algo así?

—¡Corre! —gritó ella—. ¡Corre, que vienen las vacas!

Intentó levantarse, pero Sasuke la sujetó.

—Como te muevas —masculló él con gesto serio—, te juro que quien te matará seré yo.

—¡Odio las vacas escocesas! —chilló Sakura. Entonces notó que la cogía en brazos—. Pero ¿qué haces? ¡Suéltame!

—Ni lo sueñes —se negó Sasuke encaminándose ya hacia la moto—. Te has golpeado en la cabeza y voy a llevarte al médico ahora mismo.

—¡Oh, Dios mío! Qué ganas tengo de volver a la civilización.

—Ni que estuvieras en el Polo Norte —murmuró Sasuke mientras caminaba con paso firme con Sakura en brazos.

—¡Más o menos! —protestó ella levantando la cabeza para mirarlo—. Estoy harta de no tener intimidad en el baño, de estar continuamente rodeada de bichos. Quiero darme un baño largo y relajante en mi preciosa bañera con esencia de rosas. Deseo tumbarme en mi cómodo sofá, ver una película de estreno y tomarme un té Earl Grey de Starbucks.

—No te preocupes. Pronto todo esto acabará.

—¡Maldito conde! Maldito contrato y maldito castillo —gimió horrorizada al verse la sangre—. Es la primera vez en mi vida que un contrato me cuesta sangre, sudor y lágrimas.

Cuando llegaron junto a la moto, Sasuke la dejó en el suelo con cuidado.

—¿Te mareas?

—No —dijo ella y, retirándose el pañuelo que él le había puesto en la frente, chilló—: ¡Ay, Dios mío, cuánta sangre!

—Tranquila, preciosa —susurró el escocés al ver que temblaba—. No será nada. Ya lo verás.

—¿Por qué me llamas «preciosa»?

—Porque lo eres —respondió él con una tierna sonrisa—. Eres un encanto, y estoy loco por ti.

—¡Voy a quedar desfigurada! —gritó ella de nuevo al verse en el espejo retrovisor.

—No será para tanto —repuso Sasuke y, levantándole la barbilla, le dio un breve beso en los labios que la hizo callar—. Eres la mujer más preciosa que he conocido en mi vida, y un par de puntos en la frente no lo van a estropear.

—¿Tú crees? —preguntó Sakura haciendo un mohín que lo enterneció.

—Estoy seguro —aseveró él, y volvió a besarla—. Ahora voy a sentarte delante de mí en la moto y tú vas a estarte muy quietecita pegada a mi pecho para que yo pueda conducir. Antes de que te des cuenta estaremos en la consulta del médico, ¿vale?

—Vale —asintió ella. Pero antes de que él pudiera arrancar, volvió a la carga—: Sasuke, ¿qué horóscopo eres?

—¿Para qué quieres saber eso ahora?

—¡Dímelo! —gritó ella, sorprendiéndolo.

—Tauro —respondió el escocés arrancando el motor.

—¡Ay, Dios mío! No puede ser —murmuró Sakura al pensar en lo que la señora Mei le había dicho en Madrid.

Cuando entraron en la consulta del médico, las dos enfermeras avisaron rápidamente a Shisui, que, al verlos, se apresuró a coger a Sakura del brazo.

—Espera aquí, Sasuke.

—Voy a entrar con ella. —No estaba dispuesto a dejarla a solas con él.

—Si quieres que la atienda, debes esperar aquí —replicó Shisui con decisión—. Éste es mi territorio, Sasuke, aquí mando yo.

—Pero ¿es que sois idiotas o qué? —protestó Sakura con malas pulgas—. Haced el favor de dejar de berrear como los parientes de Bambi y atendedme de una vez. La que está sangrando soy yo.

Tras mirar desconcertado al médico por la parrafada que acababa de soltar Sakura, Sasuke la soltó a regañadientes.

—Eh, escocés —lo llamó Sakura y, tras besarlo, susurró—: No te vayas sin mí, ¿vale?

—Por supuesto que no —le aseguró él—. No me moveré de aquí.

Quince minutos después, Óbito y Temari llegaban a la clínica.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella con el rostro desencajado.

—Tranquila —musitó Sasuke—. Tu hermana está bien. Aunque creo que tendrán que darle un par de puntos en la frente.

—¿Puntos en la cara? —dijo Temari alarmada—. ¡Oh, Dios mío! No quiero ni imaginarme lo que debe de estar pensando.

—Ve adentro —la animó Sasuke—. El idiota de Shisui no me ha dejado entrar, pero a ti seguro que no te lo prohíbe.

Sasuke estaba en lo cierto y, sin oponer resistencia, el médico la dejó pasar.

Al ver lo nervioso que estaba su primo, Óbito decidió llevárselo a la calle. Lexie, que esperaba en el coche, bajó corriendo al ver a Sasuke y se arrojó a sus brazos.

—Hola, tío —lo saludó—. ¿Has visto a la novia de papi? ¿A que es guapa? Se llama Temari. Y ¿a que no sabes qué? —añadió bajando la voz.

—No, cariño, dime —le pidió él tras darle un beso.

—Esta noche ha dormido con papi y estaban desnudos en la cama.

—¡Lexie! —la regañó Óbito.

—¿Qué me dices? —Sasuke se rio y, mirando a su primo, preguntó—: ¿La novia de papi?...

—Lexie, cariño. Espéranos en el coche, tengo que hablar con el tío.

Una vez a solas, Óbito se preocupó por la sangre que su primo tenía en la camiseta.

—¿Qué ha pasado?

—Estábamos en las colinas, viendo el paisaje —comenzó a contar Sasuke—, y estaba a punto de revelarle nuestro secreto, cuando ha visto unas vacas acercarse y, sin darme tiempo a sujetarla, se ha lanzado colina abajo. ¡Imagínate cómo ha bajado!... No te rías o te parto la cara.

—Vale —accedió Óbito intentando contenerse—. Es cierto. No tiene gracia —agregó, aunque en realidad sí la tenía.

—¡Joder! —comenzó a reír Sasuke sin poder evitarlo.

—Lo siento, lo siento... —Óbito lloraba de la risa— Pero ¡si no me río reviento!

Después de un buen rato riendo a carcajadas, cuando consiguieron parar, Sasuke preguntó:

—¿Qué ha querido decir Lexie sobre Temari?

—Lo que has oído.

—Pero ¿es que te has vuelto loco? —dijo señalando a la niña, que esperaba en el coche—. ¿Qué vas a decirle a Lexie cuando ella decida volver a su país?

—No lo sé —respondió Óbito cabizbajo—. He seguido el consejo de Homura, y sólo espero que decida quedarse aquí.

—¡No me jodas, primo! ¿Temari sabe la verdad? —preguntó angustiado Sasuke, pensando que en ese momento estaba a solas con su hermana.

—No, tío, tranquilo —negó él preocupado—. Después de ver su reacción al conocer la existencia de Lexie, he preferido contarle ese pequeño detalle en otro momento. ¿Y tú?, ¿qué me dices de ti? ¿Has pensado en lo que Homura nos dijo ayer?

—Claro que lo he pensado —admitió Sasuke preocupado—. Acabo de decirte que estaba a punto de contarle la verdad cuando esa loca se ha tirado colina abajo.

—Y ¿cómo crees que reaccionará esa fierecilla española cuando se entere de quién eres realmente?

—No lo sé —declaró el escocés confundido—. Temo lo que pueda llegar a hacer, la verdad.

—El juego se nos ha ido de las manos —señaló Óbito—. Debemos reconocer que hemos acabado siendo los cazadores cazados.

Absortos en su conversación, no se percataron de que Temari, algo mareada por la visión de la sangre, salía de la consulta acompañada de una de las enfermeras y de Shisui.

—Estoy bien, de verdad —les aseguró.

—Enseguida vuelvo —anunció el médico, que salió a la calle para reunirse con Óbito y Sasuke.

Temari se quedó a solas en la recepción con la enfermera.

—¿Le traigo un vasito de agua? —preguntó la mujer con amabilidad.

—No... —respondió Temari—, no hace falta.

—¿Ha venido sola?

—No. Estoy con ellos —contestó señalando a Óbito y a Sasuke, que en ese momento hablaban con Shisui.

—¿Quiere que avise a los Uchiha? Así no estará sola mientras sale su hermana.

—¿Los Uchiha? —repitió Temari extrañada.

—Sí, ellos. Los Uchiha —insistió la enfermera algo desconcertada.

—¿Ellos se apellidan Uchiha?

—Señorita —reveló la mujer esbozando una sonrisa—, el hombre que ha traído a su hermana es el conde Fugaku Sasuke Uchiha, el otro es el señor Óbito Kagami Uchiha, y nuestro médico es Shisui Tajima Uchiha.

Temari se había quedado sin palabras, mientras sentía cómo la sangre le bullía en las venas. Apenas si podía respirar. Aquellos tres sinvergüenzas les habían mentido desde el principio, y nadie les había advertido al respecto.

—Señorita —dijo la enfermera—, ¿está usted bien?

—Sí —asintió, consciente de la gravedad de lo que acababa de saber—. Ahora sí que le agradecería el vaso de agua.

—Espere aquí —le indicó—. Ahora mismo se lo traigo.

Con los ojos clavados en ellos, Temari observó cómo aquellos tres farsantes hablaban entre sí. ¿Qué podía hacer? Aquella noticia iba a ser como un jarro de agua fría para su hermana, ahora que comenzaba a abrirse y a confiar en las personas.

—Tome, bébala despacio. Si desea algo más, estaré ahí mismo —añadió la enfermera señalando el mostrador.

—¿Estás mejor? —preguntó Shisui entrando de nuevo en la clínica.

—Sí —asintió Temari, a punto de tirarle el vaso a la cabeza.

Cuando se quedó sola, notó cómo el chaquetón de Homura, que antes debía de llevar su hermana, comenzaba a vibrar. ¡El móvil de Sakura! Con premura, lo sacó, y cuando vio el nombre de Nagato en la pantalla, decidió atender la llamada en un arranque de mala leche.

—Sí, ¿dígame?

—¿Peluche? —dijo él.

—No, chato —respondió Temari malhumorada—. Soy tu víbora preferida.

—Temari —siseó él con amargura—. ¿Qué haces con el móvil de Sakura?

—Y ¿qué haces tú llamando al móvil de mi hermana, gilipollas?

—Oye, no tengo por qué hablar contigo. Pásame con ella.

—¡Ja! —se mofó Temari—. Lo llevas claro, relamido.

—¡Eres insoportablemente barriobajera!

—Mira quién fue a hablar, ¡el tonto del culo del pueblo! —soltó enfadada—. ¿Quieres hacer el favor de dejarla en paz? Ella no te necesita. —Y, en un ataque de maldad, añadió—: Además, Sakura ha conocido a alguien que le conviene mucho más que tú, así que, ¡olvídate de ella, porque ella ya se ha olvidado de ti!

—¡No puede ser! —gritó Nagato enfurecido.

—Lo que has oído, soplagaitas. Y, ahora, si fueras tan amable de dejar de llamar, todos te lo agradeceríamos mucho.

—Dile que me llame —bufó enfadado—, y dile que estoy en Ed...

Temari había colgado ya. Odiaba a aquel hombre más de lo que él nunca podría imaginar. Con mano firme bebió el vaso de agua y, cuando lo dejó encima de una mesita baja en la recepción, vio que Óbito y Sasuke se disponían a entrar.

—¿Qué ocurre? —preguntó éste. Aún se lo veía nervioso—. ¿Sakura está bien?

—Dígamelo usted, señor conde Fugaku Sasuke Uchiha —respondió Temari dejándolos con la boca abierta—. O usted, señor Óbito Kagami Uchiha.

Era obvio que estaba muy mosqueada. Sasuke y Óbito se miraron desconcertados y no supieron qué decir.

—Así que otra mentira más —prosiguió ella mirando a Óbito—. ¿O quizá vas a decirme que no has encontrado el momento apropiado para contarme que este idiota es el conde y que tanto tú como él y como Shisui sois los tres Uchiha?

—Yo... —murmuró él mesándose el pelo—. Mira, cielo, te juro que...

—¡No me jures —siseó Temari encarándose a él—, o yo te juro que te mato!

Óbito y Sasuke se miraron. La situación se pondría mucho peor cuando la otra fiera se enterara.

—Escucha, Temari. Todo es culpa mía —dijo Sasuke sentándose junto a ella—. Les hice prometer a Óbito y a los demás que no dirían nada hasta que yo se lo contara personalmente a Sakura.

—Y ¿cómo crees que se sentirá cuando lo sepa? ¿Acaso crees que lo asumirá con facilidad? ¡Joder! —gritó levantándose—. Justo ahora que parecía que las cosas podían irle bien, vas tú y le haces esta jugada. ¡Madre mía! Esto acabará con ella —añadió exasperada—. No volverá a confiar en nadie, y todo gracias a ti y al gilipollas de Nagato.

En ese momento, Óbito y Sasuke volvieron a mirarse. ¿Debían decirle que ese gilipollas había estado en la granja?

—Escucha —prosiguió Sasuke intentando apaciguarla—, sé que no hice bien metiéndoos en un juego de este tipo, pero ahora ya no podemos hacer nada. Sólo te pido una cosa: déjame que sea yo quien se lo explique, por favor... Ella me importa mucho.

—¡Y un cuerno! —gritó Temari.

—Por favor, no grites. Si tu hermana te oye, se pondrá más nerviosa —terció Óbito cogiéndola por la cintura.

—¡Tú cállate! Y aleja tus manazas de mí si no quieres que te patee los huevos —siseó acercando su cara a la de él—. Mentiroso. ¿Cuándo ibas a dejar de mentirme?

Incapaz de responder, él la miró. ¿Dónde estaba la mujer dulce que conocía? La que tenía delante era otra fiera española como la que estaba a punto de salir por la puerta de la consulta.

—Aunque no lo creas, hablábamos de eso ahora mismo —expuso Sasuke.

—Sí, chato. ¡Oh, perdón..., señor conde! —se mofó Temari—. Y voy yo y me lo creo.

—¡Te lo juro, cielo! —exclamó angustiado Óbito—. Hablábamos de contaros la verdad, pero de pronto tú nos has descubierto y...

—Oh, Dios mío..., dame paciencia, porque si no me la das te juro que hoy mato a alguien —bufó ella.

—Temari, por favor —insistió Sasuke—. Deja que...

—Mira, condesito —dijo ella apuntándolo con un dedo—, en cuanto mi hermana salga por esa puerta y le vea la cara de susto por lo que acaban de hacerle, ¡nos largamos! —anunció andando de un lado para otro—. No pienso consentir que otro idiota como su ex la engañe. Ni por supuesto que siga sufriendo el horror de seguir aquí con vosotros, cuando sé que desea regresar a España para descansar de este maldito viaje. ¡Joder! —pateó el suelo—, que le están dando puntos en la cara. ¡Nada menos que en la cara! Ay, Dios mío, no quiero ni pensar en cómo va a salir.

A continuación se alejó temblando de Óbito. No quería ni mirarlo ni hablar con él. Había vuelto a engañarla. En ese instante se abrió la puerta y Sakura, con un gran apósito en la frente, apareció junto a Shisui.

—¿Todo bien? —preguntó Temari.

—Perfecto —respondió el médico dándole un papel a Sakura—. Dentro de cinco días o una semana vienes a que te quite los puntos, ¿vale? Y recuerda que mañana tendrás el cuerpo como si te hubieran dado una paliza, por lo que nada de trabajos en el campo —advirtió mirando a Sasuke.

—No te preocupes —contestó él muy serio—. Eso se acabó.

—Por supuesto que se acabó —ratificó Temari.

—Muy bien —se despidió Shisui—. Tengo más pacientes. Que tengáis un buen día, y ya sabes, Sakura: cualquier cosa, me llamas.

—De acuerdo. Gracias.

Cuando los cuatro se quedaron solos, Óbito, martirizado por la actitud de Temari, volvió a acercarse a ella. Necesitaba que lo escuchara, pero ella le dio la espalda.

—Dime que estás bien, Saku —volvió a decir Temari abrazando a su hermana—. ¿Te duele?

—No, no me duele. Y sí, estoy bien —aseveró ella besándola—. ¿Y a ti cómo se te ocurre entrar sabiendo que te mareas con la sangre?

—No lo sé. Fue instintivo —reconoció Temari muy seria.

—¿Qué te pasa?... —preguntó Sakura mirándola fijamente—. A ti te pasa algo.

Sin poder aguantar un segundo más, Óbito agarró a Temari de la mano y se la llevó a la calle, dejando a Sakura sorprendida.

—¡Suéltame, bestia! —gritó ella.

—No —siseó enfadado—. No voy a soltarte hasta que me escuches.

—No voy a escucharte —replicó ella poniéndose en jarras—. No quiero escucharte.

Sakura los observaba y, mientras tanto, Sasuke la observaba a ella a su vez. ¿Cómo explicarle a la mujer que amaba que todo excepto su amor era falso? Aturdido por sus pensamientos, no se dio cuenta de que Sakura se había vuelto para mirarlo hasta que le habló:

—Sasuke, ¿estás más tranquilo?

—Ufff... —Suspiró él con el corazón en un puño—. Ahora que te veo y sé que estás bien, sí, estoy más tranquilo, pero escucha, Sakura, yo...

—¿Sabes? —dijo ella acercándose—, me encontraría un poco mejor si me dieras un beso aquí —indicó señalándose los labios.

Sin poder resistirse a su petición, Sasuke la besó. Apenas fue un roce, pero fue suficiente para que ambos volvieran a sentir la pasión.

—No vuelvas a hacer lo que has hecho hoy. —Sasuke la abrazó y aspiró su perfume, aquel aroma que tantas noches en vela le había provocado—. A partir de ahora tienes que prometerme que, antes de hacer algo tan imprudente, lo pensarás dos veces.

—Vale..., vale... —accedió Sakura dejándose abrazar.

Aquella sensación era nueva para ella. Nagato odiaba las demostraciones de afecto, tanto en la intimidad como en público. Y debía reconocer que le gustaba sentirse abrazada a plena luz del día con tanto cariño por aquel hombretón.

—Oye, ¿qué les pasa a ésos? —preguntó al ver a su hermana y a Óbito.

—Creo que están discutiendo —respondió Sasuke confundido.

—¿No me digas? —se mofó ella mirándolo—. No me había dado cuenta.

Separándose de él, Sakura se encaminó hacia Óbito y Temari, que tan pronto discutían, como se besaban, como volvían a discutir.

—Vamos a ver, chicos —dijo plantándose frente a ellos—. ¿Cuál es el problema?

Temari guardó silencio malhumorada. No tenía valor para contarle la verdad a su hermana, y menos entonces, cuando se la veía feliz.

—Sea lo que sea —afirmó Sakura—, seguro que se puede arreglar.

—No —replicó Temari—. No se puede arreglar. Te aseguro que no.

—¡Joder! —masculló Óbito al intuir lo que iba a hacer.

Al oírlo, Sasuke cerró los ojos. Los dulces momentos que habían vivido horas antes iban a desvanecerse en cuestión de segundos.

—Escucha, Sakura —le comunicó—, tengo que hablar contigo, y es urgente.

—¡Y una chorra! —protestó Temari empujándolo—. No quiero que hables con él.

—¡Madre mía! —gruñó Sakura nerviosa—. Me estáis asustando. ¿Qué narices pasa aquí?

En ese preciso instante, Shisui salió por la puerta con su maletín en la mano y, al ver que aún estaban allí, se acercó a ellos.

—Acabo de recibir una llamada de Jūgo... —les comunicó con gesto apenado—. Homura...

—¡No! —susurró Sasuke, que corrió hacia su moto y se marchó frenético.

—¿Qué pasa? —preguntó Sakura asustada—. ¿Qué ocurre?

—Óbito, tenemos que ir a la granja —indicó Shisui asiéndolo por los hombros.

—Óbito —murmuró Temari tocándole la cara—. Cariño, ¿qué pasa?

A diferencia de Sasuke, Óbito se había quedado paralizado al oír las palabras de Shisui. Aquello sólo podía significar una cosa: Homura había muerto.