Capítulo 23


Dos días después del entierro de Homura, había tal quietud en la granja que a veces incluso costaba respirar. Sakura y Temari se convirtieron en el motor de la casa, olvidándose de condes y contratos y preocupándose tan sólo porque todos se recuperaran y retomaran sus vidas cuanto antes.

Karin volvió a ser la misma chica esquiva y huraña del principio. Ko apenas si hablaba, tan sólo trabajaba sin sentido de sol a sol, preocupándose por Geraldine, la vaca, e intentando no pensar en lo que había perdido. Pero ¿cómo no pensar en Homura? Todo en aquella granja era suyo. Era su casa, sus tierras, e incluso su vaca.

Óbito, hundido por la pérdida de su abuelo y por el frío distanciamiento de Temari, llevó a Lexie a una de las pequeñas casas anexas a la granja. Necesitaba tenerla cerca y saber que estaba bien en todo momento.

Por su parte, Sasuke, más callado de lo habitual, se estaba volviendo loco mientras establecía en su cabeza las prioridades que debía seguir, e intentaba pensar cómo habría solucionado su abuelo el problema que se le avecinaba con la española.

Una tarde, Sakura vio que Suigetsu merodeaba por la granja. La actitud del muchacho le indicaba que buscaba a Karin, pero la muchacha estaba tan triste que no quería dejarse ver.

—¿Tú también crees que Suigetsu ha venido a por Karin? —le preguntó a Temari sentada junto a ella en los escalones de entrada.

—Por su manera de mirar a todos lados, yo diría que sí.

—¿Cuándo te quitarás los puntos de la frente? —añadió Temari cambiando de tema.

—Dentro de un par de días.

Ya no llevaba el gran apósito que Shisui le había puesto al principio, sólo uno pequeño que le cubría la herida y nada más.

—Y ¿tú cuándo me vas a contar lo que ha pasado con Óbito?

—De ese tema prefiero no hablar —respondió Temari.

Más allá, no muy lejos de ellas, Ko estaba charlando con Óbito y Sasuke.

—Es por su hija, ¿verdad? —dijo Sakura mirando a la niña correr junto a Stoirm.

—En parte, sí.

—Lo más curioso es lo bien que han guardado todos el secreto, ¿no crees?

«Si tú supieras...», pensó Temari, resignada a que pronto aquello se aclararía.

—Sí, Saku —convino—. Aquí saben guardar muy bien los secretos...

—Oye, no soy quién para decirte esto —señaló Sakura—, pero intuyo que Óbito es un tipo excelente. —Su hermana la miró con el ceño fruncido—. Ya sé..., ya sé que nunca te he hablado bien de él, pero el tiempo que llevamos aquí ha hecho que me dé cuenta de muchas cosas, y creo que estaba equivocada con respecto a él.

—Tú tienes fiebre —se mofó Temari.

—No, tonta. En serio —insistió Sakura—, haber conocido a estas personas me ha dado que pensar. Creo que he estado equivocada muchos más años de los que yo pensaba.

—No lo dudo —aseveró Temari, consciente de la ceguera de su hermana.

—¿Sabes? Creo que este lugar y, en especial, sus gentes son lo más auténtico que conoceremos nunca.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Temari a punto de estallar—. Lo siento, pero no puedo estar de acuerdo contigo. Creo que este lugar es más falso que un bolso Prada comprado en el mercadillo de Majadahonda.

—¿Por qué dices eso? —preguntó su hermana extrañada mientras apagaba el cigarrillo que estaba fumándose.

—Vamos a ver, Saku... —Temari hacía todo lo posible por morderse la lengua—. ¿Realmente conocemos a estas personas? ¿Acaso te has parado a pensar qué sé yo de Óbito o tú de Sasuke?

—Vale, ya lo pillo. Entiendo que Óbito ha sido un gran mentiroso por ocultarte cosas tan importantes como su viudedad y la existencia de Lexie. Pero también creo que tienes que mirar el fondo de la persona, y el fondo de Óbito, aunque me ha costado encontrarlo, es excelente.

—Es un angelito recién caído del cielo... —se burló Temari con amargura.

—No entiendo qué ha pasado entre vosotros, pero sea lo que sea, seguro que se puede solucionar. No puede ser tan horrible —afirmó ella mirando a su hermana. Entonces se percató de que tenía los ojos vidriosos—. A ver, tontuela, ¿por qué lloras?

—Porque me da rabia que todas las cosas malas te pasen a ti.

—Quizá mi suerte comience a cambiar.

—Lo dudo —señaló Temari al ver cómo Ko se llevaba las manos a la cabeza.

—¿De qué estarán hablando ésos? —inquirió Sakura—. Ko parece enfadada.

—Ufff, Saku... —murmuró Temari—, no lo sé, pero creo que no tardaremos en saberlo.

Cansada de correr con Stoirm, Lexie se acercó a las chicas y, sin dudarlo, se echó a los brazos de Temari, que la acogió con una sonrisa.

—Oye —preguntó la niña—, ¿vendrás está noche a cenar a la cabañita?

—No, cariño —respondió Temari con tristeza—. No puedo.

—Estás enfadada con papi, ¿verdad?

—Un poquito —admitió ella incómoda al ver cómo las observaba Sakura.

—Papi me contó que habíais discutido y que él ya te había perdonado. ¿Por qué no lo perdonas tú?

—Esto es el colmo. —Temari se levantó de un salto—. Tú padre es... es... —Y, mirando a la niña, le ordenó—: Lexie, quédate aquí sentada, voy a hablar con el idiota de tu padre.

Echando humo por las orejas, Temari llegó hasta donde estaba Óbito y, sin importarle la presencia de los otros dos, comenzó a discutir con él. Al ver la situación, Ko y Sasuke decidieron irse con la música a otra parte.

Sakura observaba incrédula a su hermana. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué discutía con Óbito? Desde hacía días intuía que algo había ocurrido, pero se le escapaba qué. La situación le resultaba incómoda, y más aún cuando vio que Lexie estaba llorando y ella no supo qué hacer. ¿Debía abrazarla, hablar con ella tal vez? Sakura estaba acostumbrada a dirigirse a cientos de personas influyentes en reuniones de trabajo pero, en esos momentos, en cambio, no sabía qué decirle a una niña de cinco años.

—Me encanta tu camiseta rosa —dijo por fin, viendo que llevaba un dibujo de Hello Kitty.

«Perfecto», pensó de inmediato, pues si de algo sabía era de la dichosa gatita. Cinco años atrás había sido la encargada de crear una de las mayores campañas publicitarias del personaje infantil, y para ello había tenido que conocer a Kitty como si fuera su propia hermana.

No obstante, la niña no contestó, de hecho, ni siquiera la miró.

—¿Sabes? —insistió Sakura mientras Stoirm se sentaba junto a Lexie—. Por mi trabajo conozco muchas cosas de Kitty. ¿Sabías que su creadora es una japonesa llamada Ikuko Shimizu? La diseñó para la firma Sanrio. —La cría seguía sin prestarle atención, pero ella continuó—: Aunque la que la lanzó a la fama fue Yuko Yamaguchi, una mujer muy lista que decidió que Kitty no debía ser ni sensual ni violenta. Pues bien, Hello Kitty se convirtió en un símbolo de la cultura Kawaii en Japón y en el resto de Asia, y en el año 1983 Estados Unidos la nombró embajadora de Unicef. En 2004, la delegación de la Unión Europea en Japón la eligió como protagonista para promocionar el euro. Por cierto, su licencia está valorada en un billón de dólares. ¡Qué barbaridad, por Dios! —exclamó Sakura mirando a la niña, que ahora sí había dejado de llorar, aunque la miraba sin entender nada—. ¿Sabes? Kitty tiene una hermanita gemela que se llama Mimmy.

—Mimmy es muy guapa —afirmó la pequeña extrañada.

«Por fin», pensó Sakura respirando.

—¿Sabes quién es Tippy? —preguntó Lexie.

—Claro que sí —asintió ella—. Tippy es un osito cariñoso con un corazón enorme que está enamorado de Kitty y se muere por ser su novio.

—También me gusta mucho Tiny Chum —indicó Lexie señalándose su camiseta.

—Oh, sí, ahí está —dijo Sakura—. Ese osito es un buen amigo de Kitty y de Mimmy, ¿verdad?

—Sí —sonrió la niña—, y le gusta que lo traten como si fuera su hermano pequeño.

—Y Tracy. ¿Conoces a Tracy? —preguntó Sakura al ver que la llevaba en los coleteros.

—Sí —volvió a asentir la pequeña tocándose las coletas—. Tracy es la mejor amiga de todos. Le encanta bromear y hacer que sus amigos se rían.

—Vaya..., Lexie —comentó Sakura—. Ya veo que eres toda una entendida en el mundo de Kitty.

—Papi y el tío Sasuke me compran los cuentos —respondió ella moviendo el trasero para acercarse a Sakura—. Y luego por las noches, antes de dormir, papi me los lee.

—Eso es magnífico. —Suspiró al ver que de pronto la cría se levantaba y amenazaba con sentarse encima de ella.

—Tengo frío. ¿Puedo sentarme encima de ti? —preguntó sin dejar de observarla con sus enormes ojos azules.

«NO», pensó Sakura.

—Bueno —murmuró contrariada—. Si no hay más remedio, siéntate.

Sin detectar su incomodidad, Lexie se sentó sobre sus piernas y, dejando caer el cuerpo contra el de ella, se acurrucó contra su cuello. Aquella sensación era algo nuevo para Sakura. Desde hacía más de veinte años no había vuelto a tocar a un niño menor de dieciocho, y a pesar de su inicial desagrado, la ternura que el cuerpecito de Lexie le estaba proporcionando comenzó a gustarle, por lo que se abrió el enorme chaquetón heredado de Homura y la tapó con él.

Con cautela, Stoirm se acercó entonces a Sakura y, al ver que ella no lo ahuyentaba, se enroscó a sus pies.

«Increíble pero cierto», se dijo ella con una sonrisa.

Un buen rato después, cuando Óbito y Temari regresaron, Lexie y Sakura charlaban de forma alegre y fluida. Sin dar crédito a medida que se acercaba, Temari observó que la niña estaba acurrucada encima de su hermana, algo que jamás en la vida habría imaginado.

—Si me pinchan, no me sale sangre —murmuró al ver la estampa.

—¿Por qué? —inquirió Óbito algo más tranquilo tras haber aclarado las cosas con Temari.

Aunque le había costado hacerla entrar en razón, finalmente lo había conseguido, y ahora caminaba de la mano de ella dispuesto a no soltarla jamás.

—Hasta hace poco, mi hermana, los niños y los perros eran algo incompatible.

—Has utilizado la palabra justa: ¡«eran»! —afirmó él besándola en la frente.

—Hola, papi —le saludó Lexie sacando la manita a través del abrigo—. ¿Sabes? Saku conoce a todos los amigos de Kitty.

—¿En serio? —preguntó Óbito—. ¿Estás segura de ello?

—Sí, papi —asintió la niña dejando los brazos de Sakura para ir a los de su padre—. Y ¿a que no sabes lo más alucinante?

—Dime —la invitó él divertido.

—Que Kitty está haciendo ganar una millonada de dinero a su creadora. ¿No es fantástico?

—¿En serio? —exclamó sorprendido Óbito.

—Ah..., si lo dice Saku —comentó Temari al tiempo que le guiñaba el ojo a su hermana—, no lo dudes ni por un segundo.

Al día siguiente, a la hora de la comida, mientras Lexie y Sakura hablaban con Ko y Karin en la cocina sobre sus conocimientos del mundo de Hello Kitty, la puerta se abrió y aparecieron Suigetsu y Jūgo.

—Buenas tardes, chicos —los saludó la mujer.

—Buenas tardes, Ko —respondieron los dos mozos al unísono.

—Hola, Karin —saludó Suigetsu dirigiéndose a la muchacha, que bajó la mirada al suelo y salió a toda prisa de la cocina.

—Ko —informó entonces Jūgo a la anciana—, acabo de visitar a Geraldine y he visto que tiene el abdomen en forma de pera. A mi juicio, está en fase prodrómica.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Sakura con curiosidad.

—Que nuestra Geraldine va a tener a su ternero en cuestión de horas —explicó Ko mientras observaba con tristeza cómo se marchaba Karin.

Sakura no quería ver más dolor en los ojos de la anciana, así que salió de la cocina y alcanzó a la muchacha en la escalera.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te vas?

Como Karin no la miraba, ella le levantó la barbilla.

—Contéstame, por favor. ¿Qué te pasa?

—Me siento mal —murmuró con los ojos llenos de lágrimas—. No quiero que...

—Si es por la pérdida de Homura —la interrumpió Sakura—, todos nos sentimos mal.

—Ya lo sé —asintió limpiándose las lágrimas.

—Tú mejor que nadie deberías saber lo que Homura pensaría si viera lo que estás haciendo. Estoy segura de que diría: «Karin, la vida se vive sólo una vez, aférrate a ella».

—Sakura, no quiero que Ko se quede sola —dijo rompiendo a llorar—. He estado siempre con Homura y con ella. Me han tratado como a una hija y creo que sería horrible que en estos momentos en los que me necesita yo comenzara a salir con Suigetsu. ¿No lo entiendes?

—Claro que lo entiendo —respondió Sakura—. Y estoy segura de que, si Ko te oyera, se enfadaría muchísimo. ¡Por Dios, Karin! Ella nunca estará sola, porque siempre tendrá tu amor y el de todos los que la queremos.

—Sí, pero...

—No hay peros que valgan —dijo Sakura—. Ella quiere verte feliz, no llorosa y amargada. Karin, las personas que amamos, y eso lo sabes tú mejor que nadie, por desgracia mueren, y aunque en un principio creas que todo se paraliza, lo único que se paraliza es tu vida. El mundo sigue girando. Por tanto, haznos el favor a todos, incluidos Ko y Homura, de subir a tu habitación, ponerte guapa y bajar a la cocina antes de que Suigetsu se marche.

—¿Por qué? —susurró la muchacha aún llorosa.

—Primero porque te lo estoy pidiendo yo —indicó Sakura muy seria—. Segundo, porque Ko está esperando que le des nietecitos a los que malcriar. Y tercero, porque Suigetsu está como loco porque lo mires y le des una mínima esperanza.

—¿Crees que Ko no se sentirá mal?

—Por supuesto que no. Estoy convencida de ello, Karin.

—Vale —asintió la chica, que corrió escaleras arriba—. No tardaré.

—Oye, ponte mi chaqueta azul Versace, esa que tanto te gusta —la animó ella—. Y tranquila: no permitiré que Suigetsu se vaya antes de que vuelvas.

A continuación, Sakura dejó escapar un suspiro y se volvió para bajar la escalera. De pronto, Ko apareció de entre las sombras con una radiante sonrisa.

—Gracias —dijo la anciana acogiéndola en sus brazos—. Gracias, cariño mío, por ser como eres y por querernos como nos quieres.

Ambas permanecieron abrazadas durante unos segundos en silencio, hasta que oyeron el motor de un coche.

—Sakura —expuso entonces Ko, separándose de ella—, me haría muy feliz malcriar a más nietecillos aparte de los de Karin.

Con una sonrisa, Sakura miró a través del cristal de la puerta y vio besarse a Óbito y a Temari.

—¿Sabes, Ko? Si mi hermana y Óbito no se matan antes, creo que te llenarán la casa de nietecillos —declaró, lo que hizo reír a la anciana.

En ese momento Sasuke entró en la casa tan guapo como siempre y, tras acercarse a ellas, besó a su abuela en la mejilla. Después tomó la mano de Sakura y la miró de aquella forma que la hacía levitar.

—Coge algo de abrigo y ven conmigo.

—¿Adónde? —preguntó ella poniéndose el chaquetón de Homura.

—Ya lo verás.

—Sasuke, tesoro —dijo Ko con una sonrisa—, Jūgo acaba de decirme que Geraldine ha comenzado la primera fase del parto.

—No te preocupes, abuela —la tranquilizó él con una sonrisa—. Llevo el walkie, y en cuanto me llaméis estaré aquí.

Sin decir nada más salieron al exterior, donde Stoirm correteó a su alrededor al verlos.

—¿De quién es ese coche? —preguntó Sakura al ver un todoterreno negro.

—Sube y espérame dentro —le indicó Sasuke—. Prometo responder a todas tus preguntas.

Con una sonrisa, Sakura montó en el vehículo y observó cómo Sasuke hablaba con Temari y con Óbito. Debía de estar dándoles indicaciones sobre Geraldine. Cuando por fin subió al coche y arrancó el motor, Sakura se despidió con la mano de su hermana, que le guiñó un ojo y sonrió.

Tras unos minutos circulando por la carretera apareció ante ellos el castillo de Eilean Donan, iluminado con las suaves luces del atardecer.

Sasuke detuvo el vehículo en el arcén. El paisaje merecía unos segundos de disfrute.

—Es increíble —murmuró Sakura—. No me extraña que mi cliente quiera que su anuncio se grabe aquí.

—¿Por qué piensas ahora en el trabajo? —preguntó él ceñudo.

—No lo sé. Quizá porque este castillo y, en especial, su maldito conde son los responsables de que yo esté aquí.

—Te llevo justamente allí —le anunció él—. Vamos a ver de cerca eso que tu cliente necesita.

—¡Genial...! ¡Fantástico! —exclamó haciendo reír a Sasuke.

Pocos minutos después, tras saludar a un empleado en la entrada, Sasuke dejó el todoterreno en el aparcamiento del castillo.

—Madre mía —soltó Sakura mientras cruzaban andando el puente de piedra—. La cantidad de veces que he visto este puente y este castillo en las películas. Nunca pensé que algún día yo estaría aquí.

—El primer asentamiento que hubo aquí fue en el siglo VI —indicó con orgullo Sasuke—. Se cree que su nombre proviene de un obispo irlandés llamado Donan que llegó a Escocia alrededor del año 580 de nuestra era.

—¡Qué fuerte! —murmuró Sakura mirando la espectacular mole de piedra y años.

—En 1220, por orden de Alejandro II de Escocia, se construyó un castillo sobre las ruinas del antiguo fuerte de los pictos. Con el paso de los siglos, ese castillo fue adoptando diferentes formas hasta llegar a ser lo que es hoy.

Sakura escuchaba boquiabierta lo que Sasuke le contaba, hasta que llegaron frente al castillo.

—Es majestuoso —musitó tocando su oscura y fría piedra.

—Espera un segundo aquí —le indicó él.

Eran las cinco y cinco, y los empleados del castillo se marchaban a casa. Sasuke regresó a su lado tras hablar con ellos.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella al ver cómo la miraban sonriendo. Se había sentido observada por ellos desde que la habían visto entrar.

—El horario de visitas ha terminado —explicó Sasuke cogiéndole la mano y, tras guiñarle un ojo, sonrió—. Pero para algo soy la mano derecha del conde, ¿no te parece?

—No te meterás en ningún lío, ¿verdad?

—Tranquila —dijo él besándola—. Aquí, el conde y yo somos la misma persona.

Tras pasar por su puerta ojival, donde un escudo encastrado en la piedra presidía la entrada, Sakura preguntó:

—¿Cuál es el horario de visitas?

—Por norma, de diez de la mañana a las cinco de la tarde, excepto en julio y agosto, que es de nueve a seis. Pero en este instante, princesa —añadió él al tiempo que hacía una reverencia—, tienes el castillo entero a tu disposición.

—¡Genial! —clamó Sakura—. Ahora sólo falta que aparezca el conde.

—Tranquila, aparecerá —aseguró él con una sonrisa.

Una vez llegaron a la primera sala, Sakura contempló con curiosidad una exposición sobre la historia del castillo, para pasar después a otra estancia de decoración recargada con unas grandes ventanas góticas y unas mesas y unas sillas de roble espectaculares.

Durante un buen rato estuvieron recorriendo el castillo, mientras Sakura observaba con atención y escuchaba todas las explicaciones que Sasuke le iba dando. Incrédula, observó cómo él le mostraba un mechón de cabello del príncipe Carlos Eduardo Estuardo, considerado por muchos un objeto casi de culto. Maravillada, examinó también las enormes librerías, las increíbles chimeneas, e incluso rio cuando Sasuke, acercándose a uno de los cuadros, bromeó indicando que el personaje que aparecía allí representado era antepasado suyo.

—¿Por qué crees que este buen hombre no puede ser mi tatarabuelo? —inquirió él.

—Vamos a ver —se mofó ella—. Es como si yo te dijera que mi tatarabuela fue Minnie Mouse. ¿Me creerías?

—Hombre, ahora que lo dices, por supuesto que sí —contestó él divertido—. Conoces a la perfección el mundo de Disney, ambas tienen ojos grandes, mandonas y presumidas. ¿Por qué no?

—¡Anda, calla, pedazo de tonto! —le pidió ella sonriendo y golpeándolo en el brazo.

Al llegar a la cocina, Sakura se partió de la risa cuando Sasuke puso en marcha una grabación que reproducía los sonidos producidos por los ratones, luego pasaron a una cocina de los años treinta, y de allí, a un salón enorme de cuyas paredes colgaban unos vistosos tapices con los colores del clan Uchiha.

—Qué sitio tan precioso. Todo él destila historia y, sobre todo, romanticismo —comentó Sakura sentándose en una de las sillas—. No me extraña que tu jefe lo piense dos veces antes de alquilar el castillo. Sería terrible que, poco a poco, todo esto se fuera destruyendo. Hay gente bastante incívica y, la verdad, esto tiene tanta magia que es una pena que se pierda. Si fuera mío, no permitiría que nadie entrara.

—Me alegra oír eso —asintió Sasuke complacido. Aquellas palabras le habían dicho mucho más de lo que ella creía—. ¿Sabías que en el año 2007 los lectores de la revista Scotland eligieron este castillo como uno de los iconos de Escocia?

—¿En serio? No. No lo sabía, aunque en mis notas estará —comentó Sakura interesada—. Pero oye, lo que me ha llamado la atención son los terminales informáticos que he visto por ahí.

—Son para las personas de movilidad reducida —explicó él apoyado en el quicio de la puerta—. Debido a los tramos de escaleras, algunas zonas del castillo son de difícil acceso para ellos, por eso pusimos los terminales informáticos. No queremos que nadie se quede sin ver o conocer la historia de nuestro castillo.

—Una de las noches que hablé con Homura, me dijo que en el año 1719 un destacamento español de cuarenta y seis soldados que apoyaba la causa jacobita tomó el castillo y construyeron un polvorín mientras esperaban armamento y un cañón español.

—Así es. Pero la noticia llegó a oídos de los ingleses y éstos mandaron tres fragatas que bombardearon el castillo sin éxito durante tres días, gracias a sus muros de cuatro metros y medio de grosor. Al final, el capitán de una de las naves envió a tierra a varios de sus hombres, que consiguieron derrotar a tus compatriotas.

En ese momento apareció un chico pelirrojo en la puerta que le indicó a Sasuke que se marchaba.

—Hasta mañana, Sasori —se despidió él.

—¿Se van todos? —preguntó Sakura.

—Sí —asintió Sasuke agachándose para quedar a su altura—. A excepción de un par de guardas. No tienes nada que temer.

—¿Sabes? —Sakura estaba impresionada—, se me hace raro pensar que entre estos muros sangre española como la mía luchó con sangre escocesa como la tuya.

—Entonces, algo nos une, ¿no crees? —Sasuke le dio un beso fugaz—. Quién sabe si alguno de aquellos españoles no era un antepasado tuyo que no ha descansado en su tumba hasta traer de nuevo aquí más sangre española.

—Oh, Dios mío —exclamó ella—. ¿Crees en esas historias?

—Escocia está plagada de historias y leyendas fantásticas —expuso él—. Aquí tenemos mucho respeto a las leyendas. Ven, sígueme.

Sin preguntar, Sakura se dejó guiar a través de una estrecha escalera hasta que llegaron a una puerta de madera oscura. Sasuke sacó una llave de su bolsillo, abrió la puerta y encendió la luz.

Sakura vio entonces ante sí una maravillosa habitación, tan lujosa o más que la de un carísimo hotel. Las paredes y el suelo eran de piedra y madera como en el resto del castillo. A la derecha, un sofá en color beige con cojines marrones ocupaba un espacio ante la enorme chimenea que calentaba la estancia. Al otro lado de la habitación había una preciosa y enorme cama en hierro forjado que hizo que el pulso se le acelerase.

—¿Qué te parece? —preguntó Sasuke divertido.

—¿De quién es esto?

—Es uno de los aposentos privados del castillo —respondió él invitándola a entrar para cerrar la puerta a continuación—. Los turistas tienen prohibida la entrada.

—Creo que no deberíamos estar aquí —murmuró Sakura apoyándose en la puerta. Su cabeza no dejaba de discurrir, ¿qué ropa interior se había puesto esa mañana?—. Si tu jefe se entera de esto, podría despedirte. ¡Vámonos!

Con una seductora sonrisa, Sasuke plantó las manos en la puerta a ambos lados de su cabeza y, dejándose caer sobre ella, la besó con dulzura.

—Tranquila, cariño —susurró haciendo que el vello se le erizara—, el conde y yo nos llevamos muy bien. Estoy seguro de que no le importará que utilice esta habitación.

A Sakura todo aquello le parecía una locura, pero tenerlo tan cerca resultaba demasiado tentador como para insistir. Su tono de voz, su mirada, su cuerpo y su olor podían con ella. Era imposible resistirse a aquel hombre cargado de testosterona que la miraba con ardor.

—Estás asustada —dijo él rozando sus labios contra su sien—. Lo veo en tus ojos cada vez que te miro. ¿De qué tienes tanto miedo?

—De ti. Te temo a ti porque estás consiguiendo lo que nunca nadie ha conseguido de mí.

—Mmm..., me gusta oír eso —admitió Sasuke separándose de ella—, pero te he traído aquí para hablar contigo y para cumplir alguno de tus deseos.

Aturdida, y casi sin escucharlo, Sakura observó los fuertes músculos de sus brazos. «Dios... Deseo desnudarte y que me desnudes, y que me hagas el amor de una santa vez», pensó mirándolo con deseo.

Sin embargo, centrándose, se obligó a no pensar en cómo se comportaría Sasuke desnudo encima de ella en aquella cama enorme.

—Cumplir mis deseos... —repitió—. ¿Qué deseos?

—Proporcionarte un baño caliente me es imposible en este lugar, pero sí puedo ofrecerte ver cualquiera de estas tres películas de estreno —señaló él cogiendo unos DVD— sentada en este confortable sofá sin que nadie te moleste.

—¡Una película de estreno! —exclamó Sakura emocionada.

—Todo eso regado con... —Sasuke sacó algo de una pequeña nevera— Coca-Cola Zero.

Al ver el refresco, Sakura casi se abalanzó sobre él.

—¡Ay, Dios mío! —chilló al tenerlo en sus manos—. Cuánto te he echado de menos.

—También puedo ofrecerte palomitas, sándwiches de jamón y queso y...

—¿Y? —gritó emocionada como una cría.

—Una fantástica y calentita taza de té Earl Grey, recién traído desde el Starbucks más cercano.

—¡Dios mío! —exclamó incrédula—. ¿De verdad me has traído un Earl Grey?

Divertido, Sasuke sacó un par de termos y un par de vasos de las cafeterías Starbucks. Tras quitarse el chaquetón, ella tomó asiento emocionada y suspiró al oler el té que él le servía.

—Te cambio un riquísimo té negro con toques de esencia de bergamota de la región de Sri Lanka por uno de tus besos españoles —susurró Sasuke sentándose junto a ella.

Enredando los dedos en el pelo de él, Sakura le inclinó la cabeza y lo besó con pasión, lo que hizo que el escocés se excitara en cuestión de segundos.

—Si me vas a besar así siempre —dijo sonriendo—, te prometo que pongo una franquicia de Starbucks donde tú quieras.

Sakura sonrió, soltó la taza y lo cogió suavemente por los hombros para atraerlo de nuevo hacia sí. Aquel hombre le gustaba demasiado como para no perder la cordura. Ya no le importaba si llevaba puestas sus mejores bragas de La Perla o de las de cuello alto de algodón de Ko.

Ya no podía más. Lo deseaba, y lo deseaba ya.

—Ehhh, princesita —susurró Sasuke separándose de ella para su decepción—. Estamos aquí para cumplir tus deseos, no los míos.

—En estos momentos, cromañón —comentó ella rozándole los labios—, tú eres mi mayor deseo.

—Ufff... —Él soltó un suspiro al intentar contener sus salvajes apetencias—. Te aseguro que estoy echando mano de todo mi autocontrol para no lanzarme sobre ti, arrancarte la ropa y hacerte las cosas que llevo semanas deseando hacer.

—No te contengas —le sugirió Sakura al sentir su dura erección—, porque yo no voy a contener las locas apetencias que tengo de ti. Ahora ya no.

—Espera un momento —le pidió Sasuke al verla tan excitada—. Creo que antes deberíamos hablar. Tengo cosas que contarte que...

—¡Por todos los santos, Sasuke! —gruñó ella al sentir cómo la sangre se le convertía en fuego y el corazón le latía a mil revoluciones por minuto—. ¿Quieres hacer el favor de callar y hacerme el amor? Te deseo, maldita sea, y no quiero esperar más.

El escocés sintió que el pantalón le iba a explotar.

—A sus órdenes, lady Dóberman —dijo tomándola de la mano para que se pusiera en pie. A trompicones, llegó hasta la cama con Sakura colgada de su cuello.

—Siéntate —le ordenó ella, mirándolo a los ojos.

Obediente como un corderito, Sasuke se sentó al borde de la cama y ella montó a horcajadas sobre él. Durante unos segundos notó cómo Sakura apretaba sus muslos contra los suyos, consiguiendo que su erección se endureciera de tal manera que el simple hecho de respirar le doliera. Cada vez que ella tomaba las riendas en los momentos íntimos, el escocés se quedaba paralizado, pero la boca ardiente de Sakura rozándole el cuello lo hizo reaccionar y, sujetándole las manos, se levantó con ella en brazos y con un rápido movimiento la tumbó de espaldas sobre el colchón.

—Chis, princesita —susurró devorándola con la mirada—. He deseado este momento seguramente antes que tú, por lo que, por favor, cierra los ojos, relájate y déjame disfrutar lo que tantas veces he soñado.

«Ay, Dios, creo que voy a gritar», pensó ella dejándose llevar.

Con una sensual sonrisa, Sakura arqueó la espalda para permitir que él le quitara el jersey Moschino, que dejó caer a un lado.

«Gracias a Dios que llevo el conjuntito negro de La Perla», se congratuló en silecio al ver cómo Sasuke la miraba embelesado.

Con la respiración entrecortada, él bajó la boca y, tras abrir con los dientes el cierre delantero del sujetador, lo soltó de nuevo. Sus senos quedaron liberados ante él, lo que hizo que a Sasuke se le secara la boca.

—¡Qué maestría desabrochando sujetadores! —exclamó Sakura.

—En esta vida he aprendido de todo, pequeña —se mofó deseoso de chupar sus duros y oscuros pezones.

«Serás fanfarrón», se dijo ella y, en un arranque de rabia, se movió con rapidez para colocarse de nuevo encima de él.

—Qué maestría para tenerme a tu merced —indicó el escocés con una sonrisa.

—En esta vida he aprendido de todo, pequeño —replicó Sakura dándole donde quería.

Entre ellos saltaban chispas. Eran amantes al tiempo que rivales. Por lo que Sasuke, con su hombría herida, se levantó de la cama con ella en brazos y, apoyándola en el respaldo de un sillón, ella quedó sentada con las piernas alrededor de él.

—Ahora eres mía. Mía y de nadie más.

Al oír eso y sentir su fuerza, Sakura comenzó a jadear. Notar su sensual mirada, la dura erección contra ella y el deleite con que le acariciaba los pezones era lo más excitante que había sentido nunca. Sonriendo, Sakura buscó entonces su boca y le dio un beso salvaje y ávido, mientras le subía lentamente la camiseta por las costillas hasta quitársela por la cabeza.

Ambos estaban ahora desnudos de cintura para arriba. Mientras Sasuke bajaba la cabeza y jugueteaba con sus pezones, haciéndola estremecer, Sakura fue consciente por primera vez del brazalete tatuado en negro que él llevaba alrededor del brazo derecho.

«¡Qué sexy, por Dios!», pensó al rozarlo.

Aquello la excitó aún más, por lo que bajó las manos y desabrochó el botón de sus Levi's. Entonces, él, sujetándole las manos, subió la boca para besarla mientras presionaba su erección contra ella, lo que la hizo gemir.

Sakura no podía soportarlo más, deseaba que la penetrara de una vez, y estuvo a punto de gritar al sentir cómo él metía la mano por la delantera de su pantalón y sus dedos rozaban su sexo húmedo. A continuación, con un rápido movimiento, Sasuke le bajó los pantalones y la ropa interior, dejándola completamente desnuda y expuesta ante él.

—Eres más preciosa de lo que imaginaba —susurró con voz ronca por la lujuria.

—¡Suéltame las manos y bájame al suelo si no quieres que comience a gritar! —se quejó ella.

—Mientras sea de placer... —comentó él obedeciendo—. Grita cuanto quieras, cariño.

—¿Tú vas a gritar? —preguntó ella juguetona.

—Mmm, no lo sé, dímelo tú.

—Vas a gritar —sentenció Sakura al tiempo que le llevaba la mano a la entrepierna para agarrar su pene duro y grueso, notando cómo él se tensaba mientras lentamente, con la otra mano y la ayuda de los dientes, ella le bajaba el pantalón y el bóxer Calvin Klein.

Una vez ambos estuvieron desnudos y en el suelo, Sakura recorrió con su húmeda y caliente lengua el interior de los muslos del escocés y, cuando alcanzó su miembro duro y terso, jugueteó unos segundos con él con una malévola sonrisa pintada en la cara.

—Me estás matando —murmuró Sasuke, que no tuvo más remedio que cogerla entre sus brazos—. ¡Ven aquí, fierecilla!

De dos zancadas la llevó hasta la preciosa cama con dosel y, tras depositarla con delicadeza en el colchón, se tumbó sobre ella. Luego, tras alargar el brazo, sacó un preservativo de su cartera. Lo abrió con los dientes y se lo puso con rapidez.

—Creo que estoy tan caliente que siento decirte que no va a durar mucho, cariño.

—¡Disculpas..., disculpas! —suspiró ella haciéndolo reír.

—Pero te prometo que las próximas cien veces serán infinitamente mejores —susurró él al tiempo que la penetraba.

—¿Sólo cien? —jadeó Sakura al sentir cómo su calor la inundaba.

Sasuke sonrió y, asiéndola por el trasero, de inmediato comenzó a hundirse más y más en su interior embistiendo rítmicamente, al tiempo que Sakura recibía extasiada sus deliciosas estocadas.

—Mi amor... —musitó él al oírla gemir.

Enloquecido, siguió embistiendo con pasión una y otra vez, hasta que la oyó gritar y sintió cómo sus músculos se tensaban alrededor de él al alcanzar el clímax. Al notar que ella se dejaba llevar, Sasuke la penetró profundamente un par de veces más hasta que, sin poder contenerse, hundió la cabeza en su cuello y fue él quien gritó.

Esa noche fue larga y placentera para ambos pues, tras esa primera vez, llegaron otras cinco, hasta que, agotados, se rindieron al sueño abrazados y felices.