Capítulo 25


El viaje de vuelta a Edimburgo en el todoterreno de Sasuke fue un infierno. Sakura volvió a buscar en su interior su yo malicioso, y consiguió recuperar su gesto de superioridad y su mirada de advertencia, que no pasaron desapercibidos a nadie. Óbito y Sasuke no abrieron la boca, sino que se limitaron a llevar a las chicas a Edimburgo. Cada uno iba pensando en sus propios problemas y, a pesar de las numerosas ocasiones en las que Sakura vio mirar a Sasuke por el espejo retrovisor buscando sus ojos, ella lo rehuyó una y otra vez.

Al llegar al hotel, sin esperar a que le abrieran la puerta, bajó del coche y, quitándole la maleta a Sasuke, echó a andar.

—¿Quieres hacer el favor de tranquilizarte y dejar que me explique? —dijo él deteniéndola.

—No vuelvas a poner tus asquerosas manos sobre mí, ¿lo has entendido?

—Sakura, por favor —le rogó Sasuke desesperado—. Dame la oportunidad de poder explicarte por qué lo hice.

—No me interesa.

—¡Por todos los santos! —bramó agarrándola del codo—. Te quiero. ¿Es que no te has dado cuenta todavía?

Oír eso no fue fácil para ella. Durante una fracción de segundo, el corazón comenzó a latirle con fuerza y deseó besar aquellos labios que tanto le gustaban. No obstante, bloqueando ese pensamiento, Sakura logró olvidarse de sus maravillosas palabras y se soltó de un tirón.

—Pues yo no siento nada por ti. No te quiero.

—Y una mierda —gritó él—. Mientes... Sé que mientes.

En ese momento Sakura deseó tener la agilidad mental de Temari para poder soltarle una palabra hiriente que lo dejara destrozado, pero de pronto alguien la llamó y sus ojos no dieron crédito al ver de quién se trataba.

—¡Sakura! —volvió a llamarla Nagato, acercándose a ella.

—¿Y ese gilipollas de dónde sale ahora? —exclamó Temari.

Óbito y Sasuke se dirigieron una mirada de reconocimiento, lo que no pasó en absoluto desapercibido a Temari.

—A vosotros dos os ponen un polígrafo y lo reventáis —les espetó.

—¿Nagato? —dijo Sakura, que parecía que acabara de ver un fantasma—. ¿Qué haces aquí?

Como un pincel, el madrileño se plantó ante ellos vestido con un carísimo traje de color gris marengo de Elio Berhanyer, unos relucientes zapatos italianos y una camisa de Ralph Laurent. Al llegar junto a Sakura la abrazó, dejándola muda por sus muestras de afecto en público, mientras que Sasuke hacía grandes esfuerzos por reprimirse y no liarse a tortas con aquel tipo.

—Por Dios, peluche —exclamó Nagato—. Qué pintas llevas.

—¿No se te ocurre nada mejor que decir? —bufó ella.

—Llevo buscándote cerca de una semana por toda Escocia, peluche. ¿Estás bien? —preguntó él, sin percatarse de que aquellos que vestían vaqueros gastados, jerséis de lana y botas de montaña sucias eran los mismos hombres que días antes lo habían enviado de vuelta a Edimburgo.

Sakura deseó gritar que no, que estaba fatal, destrozada y humillada. Sin embargo, decidió emplear sus armas de mujer, lo miró a los ojos y le dijo en voz alta para asegurarse de que Sasuke lo oyera:

—Ahora que tú estás aquí, me encuentro mejor. —Y, dirigiéndose luego a Temari, que los miraba con la boca abierta, añadió—: Decide lo que vas a hacer esta noche. Mañana a las nueve de la mañana te espero aquí. Si quieres algo, estaré en la suite de Nagato.

Sin decir nada más ni dedicarle siquiera una mirada a Sasuke, se encaminó con paso alegre hacia los ascensores.

—¡¿Qué coño haces ahí parado?! —siseó Óbito—. Haz algo antes de que se vaya.

—No —respondió él ceñudo—. Por mi parte, ya he dicho todo lo que pensaba. Hoy ya es tarde, pero mañana me vuelvo para la granja: Ko me necesita.

Se sentía furioso y desesperado, y así se dirigió hacia el fondo del vestíbulo, donde saludó a un par de empleados, abrió una puerta y desapareció.

—¡Oye, tú, revientapolígrafos! —exclamó Temari entonces dirigiéndose a Óbito—. Quiero que me cuentes ahora mismo de qué conocéis Sasuke y tú a ese gilipollas engominado.

—Sólo si me prometes que mañana no te marcharás —repuso él cogiéndola por la cintura.

—Tú cuéntamelo —le indicó ella— y, según lo que me digas, yo tomaré mi decisión.

Una vez a solas con Nagato en el ascensor, Sakura se lo quitó de encima con un brusco empujón. Él la miró como si estuviera loca.

—¿Qué coño estás haciendo aquí? —gruñó ella.

—¿Desde cuándo utilizas ese vocabulario tan soez, peluchito?

—Desde que no tengo nada que ver contigo —contestó al tiempo que pensaba dónde iba a pasar la noche.

—En tu oficina me dijeron dónde estabas —comentó el engominado acercándose a ella—. He intentado localizarte, pero ha sido materialmente imposible. Hace más de una semana que llegué a Escocia. Alquilé un coche y, con la ayuda del GPS, fui hasta un pueblucho llamado Dornie, lleno de gente vulgar, donde me...

—Dornie no es un pueblucho —lo interrumpió ella molesta, y volvió a empujarlo—. Y sus gentes son encantadoras, amables y muy cariñosas.

Nagato le relató entonces su viaje, y sorprendió a Sakura al contarle que había estado en la granja y que allí un tal Homura Mito, y no Mitokado, le había indicado que la chica que estaba buscando se había marchado a Durham. Conteniendo la risa, escuchó las peripecias que su ex había tenido que pasar cuando pinchó una rueda y tuvo que esperar a la grúa, y que, a pesar de todo, no encontró al tal Homura Mitokado.

Una vez en la suite de Nagato, Sakura le dijo que necesitaba ducharse y se encerró en el baño. Desde allí, llamó a recepción con su móvil y reservó otra suite a nombre de Nagato Katō Uzumaki. Luego se duchó, y antes de salir llamó al aeropuerto para enterarse de los horarios de los vuelos a España. Cuando terminó, salió del baño vestida.

—Creo que tenemos que hablar —dijo él entonces intentando asirla por la cintura.

—O me quitas las manos de encima o te juro que te pateo el culo —bufó ella haciendo que Nagato se apartara.

—¡No me lo puedo creer! —se lamentó él—. Llevas un mes con tu hermana y ya hablas como ella. ¿Qué te ha pasado?

—Vamos a ver, Nagato —respondió Sakura plantándose frente a él con los brazos en jarras y dejándolo de nuevo sorprendido—. Creo que las cosas entre tú y yo están muy claras. No va a haber reconciliación. No quiero tener nada que ver contigo. Sólo podemos ser amigos. ¿Te ha quedado claro?

Sin dar crédito al modo en que se comportaba ella, Nagato se sentó en la cama. Mientras tanto Sakura, sedienta, abrió el minibar y sacó una cerveza sonriendo con satisfacción. A continuación apoyó la chapa de la botella contra el borde de la nevera y, con un certero golpe de la mano, la abrió.

—Pero... pero, peluche, ¿dónde has aprendido esas maneras de camionero?

Sakura dio un trago y se apoyó contra la pared para mirarlo. ¿Cómo podía haber estado enamorada de aquel tipo tan ridículo? Cualquier comparación con Sasuke era impensable. Era como comparar al bombonazo del anuncio de Coca-Cola con el payaso tonto del anuncio de Micolor, pensó ella riendo.

—Coge un vaso por lo menos —insistió Nagato mirándola mientras ella se sentaba—. ¿Cómo se te ocurre beber de la botella?

—Porque me gusta —contestó dándose cuenta de que en realidad era así.

—¡Eso es ridículo! —exclamó él.

—Ahora me toca preguntar a mí, ¿vale, Nagato?

—Dime.

—¿Cómo se te ocurrió a ti hacer un trío el día antes de nuestra boda a menos de diez metros de mí?

El hombre se quedó patidifuso al oír eso. Durante los años en que habían sido pareja, él siempre había llevado las riendas de la relación. Al principio porque Sakura estaba impresionada con él, y al final porque se había acostumbrado a complacerlo. Nunca había habido discusiones entre ellos. Nunca había habido pasión. Sólo conformidad, conformidad y más conformidad.

—No sabes qué decir, ¿verdad? —dijo Sakura poniéndose en pie.

Acto seguido, dejó la cerveza encima de la mesa, cogió su maleta y se dirigió hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

—Me voy a dormir, mañana vuelvo a España. Esta conversación se acabó hace mucho tiempo, Nagato y, por tu bien —indicó ella mirándole la entrepierna—, espero que nunca más la vuelvas a retomar.

Al salir por la puerta Sakura sintió una seguridad en sí misma que nunca antes la había sentido. Bajó a recepción y, tras recoger la llave de su nueva habitación, subió de nuevo, entró y se sentó frente al televisor. No podía dormir. Sólo esperar que las horas pasaran para marcharse de allí.

A las nueve menos cinco de la mañana, Sakura esperaba en el vestíbulo del hotel. Nagato se las había ingeniado para estar también allí a esa hora, pues al parecer iban a regresar juntos a España.

Al ver entrar a Temari cogida de la mano de Óbito, Sakura supo de inmediato que su hermana iba a quedarse en Escocia. Así pues, pidió a Nagato que llevara su trolley al taxi mientras se despedía de ella.

Con gesto serio, Temari observó cómo su hermana se acercaba oculta tras sus enormes gafas Prada. Óbito intuyó que necesitaban estar a solas, por lo que besó a su novia y se alejó de allí sin despedirse de Sakura.

—Saku —murmuró Temari cogiéndole las manos—, yo...

—No tienes que decir nada, pedazo de tonta —le comentó intentando parecer feliz—. Si yo hubiera conocido a un highlander como el tuyo, quizá sería yo la que me quedaría.

—Eso no es cierto. Sasuke es un tipo maravilloso, aunque...

—No quiero hablar de Sasuke, por favor —pidió al sentir un pellizco en el corazón.

—Pero...

—No, Temari.

—Vale —accedió ella dejándolo por imposible—. Dile a mamá que volveré a casa dentro de algunas semanas, aunque será sólo para recoger mis cosas.

—Creo que es una idea excelente —afirmó Sakura.

—¿En serio?

—Por supuesto que sí. Escocia es un lugar mágico, y estoy segura de que aquí acabarás ese libro para el que viniste a tomar notas, ¿no crees?

—¡Dios, si no he tomado ni una sola! —comentó Temari.

—A partir de ahora tendrás todo el tiempo del mundo.

Su hermana no pudo responder, y se limitó a abrazarla. El dolor que sentía al ver a Sakura destrozada la estaba matando. ¿No estaría comportándose de un modo egoísta?

—Saku —dijo separándose de ella—. Si me esperas quince minutos, me voy contigo a España.

—¿Tú estás loca? —susurró ella cogiéndole la cara entre las manos—. Mira, petardilla, aunque me vaya, no creas que te vas a librar tan fácilmente de mí. Por tanto, ya puedes ir diciéndole a Chewbacca que contrate una línea ADSL para que podamos escribirnos correos electrónicos, chatear o hablar por Skype. ¿Entendido?

—Vale —convino Temari.

—Y no te preocupes por mamá. En cuanto le diga que eres la novia de un tipo ricachón que, además de guapo, está loco por ti, será feliz. Eso sí, ¡chata! —añadió Sakura riendo—, prepárate, porque cuando mamá venga a visitarte seguro que prepara una enorme paella para todos estos escoceses.

—Te voy a echar de menos, pija de mierda —le dijo Temari con cariño.

—Yo a ti también, Barbiloca —respondió ella abrazándola—, especialmente cuando esté en algún spa, haciéndome un tratamiento de chocolaterapia para bajar todos los kilos de más que llevo de equipaje extra.

Tras decir eso, Sakura le dio un último beso a su hermana y se alejó. No podía seguir allí ni un minuto más. Tras subir al taxi con Nagato, agitó la mano para despedirse de Temari y, cuando el vehículo arrancó, ella también arrancó a llorar.

Consciente de la angustia que sentía, extrañamente Nagato no soltó ni un comentario desagradable y le pasó un brazo por los hombros para ofrecerle consuelo.

—Te voy a manchar el abrigo con el rímel —murmuró ella entre sollozos.

—No importa. Me compraré otro.

Hipando aún por la triste despedida, Temari regresó al interior del vestíbulo, y no se sorprendió cuando vio a Sasuke junto a Óbito mirando a través de la cristalera.

—Necesito un teléfono —gimió—. Tengo que llamar a mi madre.

—Acompáñame, cariño —indicó Óbito dejando solo a su primo, que aún tenía el corazón en un puño después de ver cómo Sakura se marchaba recostada en el hombro de aquel idiota.