Capítulo 27


Un par de días de reflexión llevaron a Sakura al convencimiento de que el contrato de Eilean Donan estaba totalmente perdido. En su cabeza no entraba la posibilidad de llamar a Sasuke para negociar. Sabía que los asociados de RCH Publicidad, tras romper su compromiso con Nagato y terminar mal con Konan, no la miraban con los mismos ojos que antes.

En un principio eso la molestó, aunque ahora, en ese momento, no le importaba lo más mínimo. Había decidido dejar la empresa y en su cabeza comenzaba a fraguarse la idea de montar la suya propia.

Sentada en el sillón de su amplio salón, con Michael Bublé sonando de fondo, Sakura trataba de redactar su carta de dimisión frente al portátil. No iba a permitir que la echaran, y eso era lo que harían los asociados en cuanto les informara de que no traía consigo el contrato del castillo.

De pronto se fijó que en el escritorio del portátil había dos carpetas que no conocía. En una decía «Fotos Temari» y en otra «Carpeta de Homura».

Al leer eso, su corazón se detuvo.

Abrió el archivo de Homura con lágrimas en los ojos y vio que, aparte de varias pruebas que debía de haber hecho en su momento, había una carta para ella. Eso la desconcertó. Se levantó para encender un cigarrillo e intentar calmarse, hasta que finalmente se armó de valor y abrió el archivo.

Hola, Sakura:

Gracias a que me has enseñado a manejar este chisme, me he animado a escribir esta carta, que aunque no lo creas es la primera que escribo en mi vida.

Espero que cuando descubras el engaño de mi nieto sepas perdonarnos y comprender que Sasuke lo hizo para darte una lección de humildad. Lo que no sabía mi muchacho era que la vida es muy caprichosa y que ya se había enamorado de ti, y por eso te trajo a nuestra casa. Tu casa.

Tu hermana y tú habéis sido esa corriente de aire fresco que tanto yo como mi amada Ko, mi querida hija Karin y mis queridos nietos Óbito y Sasuke necesitábamos. En mi corazón han quedado momentos divertidos, como cuando te tomaste tres vasos de whisky por mi cumpleaños, o cuando corrías y Stoirm te perseguía, o cómo cada mañana salías con ropa extraña para trabajar en el campo. ¡Ah..., muchacha, qué graciosa eres!

Recuerda que debes saldar las cuentas con tu familia. La familia lo es todo en esta vida, nunca lo olvides. Y deseo de corazón que, si alguna vez Sasuke y tú os dais la oportunidad de ser felices, lo seáis como lo hemos sido Ko y yo.

Te quiere,
Homura

P. D.: Ojalá algún día tengáis una Mikoto en vuestras vidas y yo lo vea.

Sakura rompió a llorar.

Era lo más bonito y emotivo que le habían escrito en la vida y, tras abrir la carpeta de fotos de Temari, rio sorbiéndose los mocos al ver las imágenes que su hermana había guardado allí. La secuencia comenzaba en la tediosa tarde en que el coche las había dejado tiradas junto a aquel lago. Había también divertidas fotos de la fiesta de cumpleaños de Homura, en las que aparecía Ko feliz en su cocina rodeada por sus amigas. Pero cuando apareció una foto de Sasuke en su moto, Sakura se llevó las manos a la boca y se derrumbó de nuevo.

Una hora después, mientras suspiraba por los sentimientos contradictorios que sentía, se encendió otro cigarrillo y, tras cerrar el portátil, intentó olvidar y se centró en mirar el correo acumulado durante el tiempo que había estado fuera. Además de cartas del banco, tenía doce invitaciones a cenas e inauguraciones. Muchas de ellas ya habían pasado, pero había tres que todavía no se habían celebrado.

«Necesito salir, despejarme y divertirme. Llamaré a Deidara, seguro que estará encantado de asistir a esta fiesta», pensó con una triste sonrisa al ver la invitación de la discoteca Pachá.

Lo telefoneó al instante y quedaron en que él pasaría a recogerla sobre las nueve para cenar juntos antes de ir a la fiesta.

Una vez hubo colgado, y decidida a cambiar su vida, Sakura no lo pensó dos veces y llamó a la oficina. Al otro lado oyó la voz de su secretaria.

—Hola, Tenten.

—Buenos días, señorita Haruno —saludó la muchacha, que, al reconocerla, se atragantó. Su peor pesadilla había vuelto—. ¿Cómo va su viaje?

Sakura evitó responder la pregunta y comenzó a sentirse fatal al notar la frialdad con que le hablaba.

—Necesito que convoques una reunión urgente con los asociados mañana a las 9.30.

—Ahora mismo me pongo con ello —asintió Tenten—. ¿Alguna cosa más?

—¿Qué tal todo por la oficina? —preguntó sorprendiéndola.

—Bien, señorita. Ningún cambio. ¿Usted está bien?

«Estoy hecha papilla», pensó Sakura.

—Llegué hace unos de días de Escocia. Pero no digas nada, ¿de acuerdo?

—No se preocupe, señorita Haruno.

—Bien, pues gracias, Tenten —respondió ella con una sonrisa.

—Señorita, Haruno... ¿Está usted bien? —preguntó la chica, consciente de que era la primera vez que oía a su jefa hablarle con normalidad y, sobre todo, darle las gracias.

—¿Por qué preguntas eso?

—Oh..., por nada —mintió, y al instante supo que tenía que haberse callado.

—Vale, vale —dijo Sakura al notar su nerviosismo—. No te preocupes, pero me gustaría hablar contigo mañana a primera hora, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, señorita Haruno —susurró la muchacha, consciente de lo que iba a decirle. Todavía recordaba la conversación que habían mantenido la última vez que habían hablado—. Hasta mañana.

Después de eso, Tenten colgó, dejando a Sakura con el teléfono en la oreja. No le había gustado nada percibir el miedo con el que le hablaba la chica, y cerró su móvil contrariada.

Aquella noche, cuando un guapísimo Deidara acudió a recogerla, ella lo esperaba vestida con un vestido de Roberto Cavalli. Cogieron el coche de ella y fueron a cenar a Sparring, un restaurante de cocina creativa donde había oído que servían un exquisito salmón.

Sentados en su preciosa mesa color pistacho y con música chill out de fondo, Deidara miraba a su alrededor como un niño con zapatos nuevos.

—Mamá me contó lo de Dan —le soltó Sakura de pronto.

—¡Oh, Dios mío! —murmuró él, y bebió de su martini—. Espero que supieras comportarte, contener tu lengua viperina y no ser demasiado borde con ella.

—¿Por qué dices eso? —se molestó Sakura.

—Venga, Saku. No creo que haga falta repetir lo que imagino que debió de salir por tu preciosa boquita de diseño. Lo extraño es que Tsuna no me haya llamado para contarme las perlas que debiste de soltarle.

—Oye, idiota —dijo mirándolo—. Que sepas que si mamá no te ha llamado es porque no le habrá hecho falta. Además, ella es mayorcita para decidir y saber con quién quiere estar y con quién no.

—Saku..., ¿realmente eres tú?

—Pues claro que soy yo, pero ¿por qué clase de persona me has tomado?

—¿Quieres sinceridad?

—Por supuesto.

—Ni lo sueñes —se negó Deidara—. Que luego no quiero que me montes un pollo. Nos conocemos, y sé cómo las gastas.

—Deidara, por Dios —susurró acercándose a él—. Quiero que seas sincero conmigo. No sólo quiero que me digas las cosas bonitas. Necesito que me digas también las que hago mal y no te gustan.

—¡Ay, Virgencita del Rocío! ¿Qué te han echado en la bebida?

Al oír eso, Sakura no pudo evitar reír.

—Vamos a ver, petardo. Si he dicho que no me voy a enfadar, es que no me voy a enfadar.

—Vale. Tú lo has querido —la advirtió Deidara y, tras tomarse el martini de un golpe, dijo—: Creo que eres la persona más exigente, con menos sentido del humor y más gruñona que he conocido en mi vida, aunque no sé por qué extraña razón yo te quiero a rabiar. Sin embargo, aunque me odies tengo que decirte una cosa: Tsuna merece ser feliz, y si su príncipe azul es tu exsuegro, que está forrado de millones, mejor que mejor. Y ahora sonríe y dime que me quieres a rabiar como yo a ti.

—Te quiero a rabiar.

Deidara se quedó con la boca abierta.

—¡Ay, Dios mío! —gritó sacando su móvil—. ¿Puedes repetir eso para que pueda grabarlo? Llevaba tantos años sin oírlo que estoy emocionado.

—Eres un payaso, ¿lo sabías? —le soltó ella muerta de risa.

Verla sonreír de esa manera hinchó el corazón de su amigo. Llevaba tanto tiempo viéndola seria y con aquel terrible gesto de superioridad, que a punto estuvo de caerse de la silla.

—¿Qué miras? —inquirió entonces Sakura.

—Por Dios, Saku. Pero si hasta tienes muelas... Las he visto cuando te has reído.

—Joder, Deidara, pero ¿qué te pasa?

—¡Ya lo tengo! Tú no eres Saku, eres mi Barbiloca disfrazada, ¿verdad? —Al ver que ella volvía a reír, añadió—: Ese lenguaje de camionero no es propio de una chica ¡cool! como tú.

—Creo que me gusto más siendo así que como era hace un mes.

—No me extraña. Antes eras un auténtico muermo, con tanta clase y tanto glamour.

—¿En serio era tan muermo?

—¡Buf! Sólo te diré que cuando te movías chirriabas. Al final va a tener razón Tsuna con eso de que Escocia te ha cambiado.

—Pero ¿no has dicho antes que mamá no te había llamado? —preguntó ella divertida.

—Era mentira —admitió Deidara sacándole la lengua—. Pero quería decirte todo lo que te he dicho y que no te enfadaras conmigo. Y oye, ¡creo que incluso he perdido peso!

—Odio pensar en la persona en que me convertí.

—Pero ¿a ti qué te han hecho en Escocia para que hayas transformado de este modo?

—Un lifting de sentimientos —asintió ella mirándolo.

—¡Caray, qué profundo!

—Sí. Allí me he encontrado con personas tan diferentes de las que estaba acostumbrada a tratar, que me he dado cuenta de lo estúpida que he sido, y de lo que es realmente importante en la vida. Por cierto, voy a dejar RCH. Estoy pensando en montar mi propia empresa de publicidad.

—¡Eso es magnífico, Saku! Tú vales mucho, y estoy seguro de que triunfarás.

—Me he cansado de trabajar para los demás y he decidido trabajar para mí. —Y, mirándolo, preguntó—: ¿Puedo contar contigo como peluquero y maquillador para posibles trabajos?

Deidara casi se atragantó del susto.

—¿Acabas de proponerme que trabajemos juntos?

—Sí. Quiero que seas mi socio. ¿Qué te parece?

—Pero si yo sólo soy un simple peluquero de barrio.

—Eres un estilista excepcional. Más quisieran muchos de esos vanidosos que son conocidos tener la clase que tú tienes.

—¡Ay, Dios mío! Me va a dar un vahído.

—Escucha, mi cartera de clientes es envidiable, y sé que por lo menos quince de las mejores marcas europeas estarán encantadas de trabajar conmigo, aunque sea fuera de RCH. Al fin y al cabo, lo que contratan son mis ideas y mi ingenio, no la marca.

—¡Un whisky doble —pidió Deidara al camarero con la boca seca.

—He pensado montar una empresa pequeña en la que seamos capaces de dar al cliente el mejor trato al mejor precio. ¿Qué te parece?

—¡Por Dios, Saku! Pero si no puedo hablar de la cagalera que me está entrando...

Emocionados, siguieron charlando de la futura empresa, hasta que Deidara preguntó:

—Y de tu highlander, ¿qué me dices? ¿No le vas a dar ninguna oportunidad?

—Oh, Sasuke, Sasuke... —murmuró Sakura al pensar en él—. Estoy tan colada por él que sería capaz de cruzar el canal de la Mancha a nado, aunque a veces sienta que su vida y la mía nunca encajarían. Sin embargo, creo que lo mejor es que cada uno continúe por su parte y nada más.

—Mira, socia —susurró Deidara acercándose a ella—. Voy a darte un consejo de amigo. Si yo hubiera encontrado al machote de la Coca-Cola Light, atractivo a rabiar, con sentido del humor, buen cuerpo, amigo de sus amigos, que está loco por ti, y que por tu sonrisa de vicio presupongo que es un excelente amante, y encima forrado, ¡no lo pensaba ni treinta segundos! Ahora tú deberías decir «¿Por qué, Deidara?».

—¿Por qué, Deidara?

—Porque, como dicen las Azúcar Moreno, sólo se vive una vez, y porque el corazón tiene razones que la razón no entiende.

Una vez acabada la cena, tomaron un taxi hasta la discoteca Pachá, donde el ambiente a las doce de la noche era chispeante y divertido. Dejaron sus abrigos en el guardarropía, fueron hasta la barra y pidieron algo de beber.

—Dos cosmopolitan, por favor —pidió Deidara. Luego observó a su amiga de arriba abajo y dijo—: Ese vestido que llevas va a causar estragos esta noche. ¡Cómo te mira el guaperas de allí!

Sakura lanzó una ojeada hacia el lugar donde le había indicado su amigo y sonrió al ver al hombre que la observaba. Era un auténtico pijo, en el sentido estricto de la palabra.

—¡Qué horror de tío, por Dios!

—Pero si es tu tipo —repuso Deidara.

—Ya no —negó ella—. Ahora me gustan los hombres hombres.

—¡Sakura! —dijo entonces una voz a su espalda.

Al volverse, se encontró con la sofisticada Konan, que iba acompañada por los dos chicos a los que ella solía referirse como los comodines.

—Qué horror —susurró Deidara—. ¡La garrapata recauchutada!

—Hola, Konan —la saludó Sakura.

—¿Cuándo has vuelto?

—¿No te lo ha contado Nagato? —preguntó ella extrañada.

—No. ¿Qué tenía que contarme?

—Fue a buscarme a Edimburgo y regresamos juntos en el avión.

—No sabía nada —contestó Konan molesta, y omitió decir que tanto Nagato como muchos de sus hasta entonces amigos la habían excluido de sus fiestas y sus glamurosas agendas a raíz de ser descubierta en el hotel en aquella situación nada decorosa.

—¿Cómo es que has venido con tus «comodines», Konan? ¿No tienes a nadie más?

—¿Y tú? —contraatacó Konan rabiosa—. ¿Cómo es que vienes con ese peluquero marica?

—Vaya... ¡Ya habló la recauchutada! —comentó Deidara al oírla—. Ten cuidado, vieja chocha, que el que juega con fuego se quema.

—Deidara es un buen amigo, y yo no califico a la gente por sus inclinaciones sexuales —replicó Sakura—. Porque, si así fuera, a ti tendría que calificarte como la asaltacunas, la comepollas y la lamecoños de las agencias publicitarias. ¿Te parece una buena calificación?

—¡Saku! —la regañó Deidara—. Cuida tu lenguaje, corazón mío.

—¡Eres vulgar! —gritó Konan—. Tan vulgar como tu madre y tu hermana. Qué pena, todos los años que dediqué a crearte un estilo no han servido para nada. Tu cuna chabacana de barrio ha podido más que la elegancia y el saber estar.

—¡La madre que la parió! —saltó Deidara remangándose la camisa—. Apártate, Saku, que a esta vieja le arranco yo los implantes de la boca uno a uno.

—¡Oh, no, Deidara, no te preocupes! —exclamó Sakura sujetándolo.

—¡¿Cómo que no me preocupe?!... —gritó él al ver que Konan sonreía.

—Porque los implantes se los voy a saltar yo.

Y, tras decir eso, Sakura lanzó un derechazo a la mejilla de Konan que hizo que cayera encima de sus asustados «comodines», que se apartaron dejando que aterrizara de culo en el suelo.

—Te la debía —señaló Sakura.

—¡Virgen del Perpetuo Socorro! —bramó Deidara—. Pero Saku, ¿dónde has aprendido a hacer eso?

—¡Ostras, qué leche le he dado! —murmuró ella incrédula mientras estiraba su dolorida mano.

—¡Te voy a denunciar! —chilló Konan al ver que todos la miraban—. ¡Te voy a arruinar la vida! ¡Te lo juro!

—Mira, vieja loca —siseó Sakura acercándose a ella—. A partir de este instante, no quiero que vuelvas a acercarte a mí en lo que te queda de vida. No quiero que el nombre de mi madre o de mi hermana ocupe ni un solo centímetro de tu asquerosa boca nunca más, y si tienes huevos, denúnciame. Mi madre estará encantada de sacarse unos eurillos extras con las fotos que tenemos enmarcadas en casa.

Y, dándose media vuelta con una sonrisa, Sakura tomó a su amigo del brazo.

—¿Nos vamos, socio?

—Por supuesto, Tyson —asintió él. Y, al pasar junto a Konan, no pudo evitar soltarle—: Te lo dije, recauchutada. El que juega con fuego se quema tarde o temprano.