Capítulo 30
Sakura había visto la salida del sol junto a la ventana del hotel mientras se fumaba un cigarrillo. Siempre le había gustado comprar postales de amaneceres, pero en esos momentos ante ella, y gratis, tenía uno de los más bonitos que había visto en su vida.
Desde que había llegado a Edimburgo estaba nerviosa. Necesitaba ver a Sasuke y leer en sus ojos que la había echado tanto de menos como ella a él. Con una sonrisa observó a Óscar. El perro dormía plácidamente a los pies de Temari, que, abrazada a Deidara, dormía a su vez como un tronco. La noche anterior se habían acostado tardísimo y habían bebido demasiado.
De pronto, unos toques en la puerta llamaron su atención. Se abrochó el albornoz y fue a abrir. Y se quedó sin habla: en el pasillo estaba Óbito, y tenía una pinta desastrosa.
—Hola, Sakura.
—Vaya..., mira quién está aquí...
—Vaya... —replicó él con despecho—. Si es la novia del año.
—¿Algo que objetar a mi boda, Óbito?
—Por mí, como si te casas con un salmonete.
Sakura no pudo evitar sonreír.
—¿Cómo está tu primo el conde?
—Fantástico gracias a ti. ¿Y tu futuro marido?
—Estupendo y feliz.
Tras un silencio incómodo entre ambos, fue Sakura la que habló:
—¿Qué quieres?
—Ya lo sabes —respondió él intentando entrar, pero ella le cerró el paso.
—¿Adónde crees que vas?
—Tengo que hablar con tu hermana.
—Quizá ella no quiera hablar contigo.
—¿Sabes, Sakura? —bramó Óbito echándosela súbitamente al hombro—. Me importa una mierda si ella quiere o no.
—¡Suéltame, idiota! —Le costó reprimir la risa—. Suéltame ya.
Una vez en la habitación, Óbito se quedó sin habla al ver a Temari dormida entre los brazos de aquel tipo.
—¡Maldita sea! —exclamó—. ¿Quién es ese tío y por qué estás en la cama con él?
Tanto Temari como Deidara se despertaron sobresaltados, pero mientras que él se quedó paralizado al ver cómo aquel gigante de pelo negro y ojos desorbitados se abalanzaba sobre la cama y lo asía por el cuello, Temari, muy digna, se levantó y se encerró en el baño con Óscar.
—Óbito, por Dios —gritó Sakura tirándose encima de él—. ¡Suéltalo!
—¡Socorro! —se revolvió Deidara—. ¡Que me mata! ¡Que me mata!
El derechazo que Óbito le propinó en la mejilla hizo que viera las estrellas.
—Temari, ¡sal inmediatamente! —ordenó Óbito mientras seguía peleando con Deidara.
—¡Maldita sea, suéltalo! Pero ¿es que te has vuelto loco? —chilló Sakura dándole puñetazos que Óbito parecía no sentir—. ¡Suéltalo! Pero ¿quién crees que es?
—Me da igual —bramó Óbito—. Estaba abrazando a mi mujer.
—Soy gay, ¡muy gay! —confesó Deidara cogiendo aire—. Juro que soy la reina de los gays.
Sakura miró incrédula a su alrededor y, tras coger una lámpara, gritó de nuevo:
—O lo sueltas o te la estampo en la cabeza.
—¡Temari! —chilló Óbito sin escucharla—. ¡Quiero hablar contigo!
—Ahhhhh, me ahogo —aulló Deidara cada vez más rojo.
—¡Maldita sea, Óbito! —vociferó Sakura—. ¡Suelta a Deidara, que lo vas a matar!
—¿Deidara? —susurró Óbito y, tras aflojar la presión, preguntó—: ¿Tú eres Deidara?
—Sí —boqueó él al borde del infarto.
—Pues claro que es Deidara, y casi lo matas, energúmeno —le reprochó Sakura ayudándolo a incorporarse.
Horrorizado por lo que acababa de hacer, Óbito suspiró.
—Lo siento. Discúlpame. ¡Joder, lo siento! Por un momento creí que te habías acostado con mi mujer.
—Disculpas aceptadas —murmuró Deidara en inglés.
—No lo olvidaré, amigo —le dijo Óbito avergonzado.
—Anda, Chewbacca, ve a hablar con tu mujercita —lo animó Sakura.
Tras propinarle un par de manotazos a Deidara en la espalda, Óbito fue hasta el baño, pero encontró la puerta cerrada con pestillo.
—Temari, mi amor, abre. Necesito hablar contigo.
—¡Ja! Lo llevas claro —se mofó ella—. Yo contigo no.
—Cariñito, por favor. Perdóname —insistió Óbito resoplando.
—¡Ni lo sueñes! Para mí no existes.
—Temari, ¡abre la puerta de una vez! —bramó él perdiendo la paciencia.
—¡Lárgate, Óbito!
—Vaya, ya veo que seguís en vuestra línea... —comentó Sakura al entrar en el baño con Deidara—. Temari, por Dios, sal de ahí.
—He dicho que no.
—¡Maldita sea! —gritó Deidara—. Si no sales, tendré que echar la puerta abajo.
—Oh, Dios —exclamó Deidara—. ¡No serás capaz!
—Por esa española soy capaz de cualquier cosa —susurró Óbito haciéndolos reír.
—Pues siento decirte que la española está harta de ti —chilló Temari—, que no piensa volver contigo y que cuando se marche mi familia para España me voy con ellos.
Al oír eso, Óbito sintió que se le partía el corazón y, apoyando la frente contra la puerta, declaró sin importarle que Sakura y su amigo estuvieran escuchando:
—Cariño, perdóname. Necesito que entiendas que Sasuke es como un hermano para mí, y ver cómo sufre día a día me está matando. Sé que eso no justifica mi manera de comportarme, pero aunque suene tonto y romanticón lo que voy a decir —dijo mirando a Sakura—, cuando me enteré de que su princesa volvía a Escocia para casarse con otro en su castillo, te juro que sentí su dolor en mi propio corazón. Y no pude soportar tu alegría por la noticia.
—¡Qué momentazo, por Dios! —murmuró Deidara, agarrado las manos de una emocionada Sakura.
—Escucha, cariño —continuó Óbito recostándose contra la puerta—. Nunca debería haberte dado a elegir entre tu familia y yo. He sido un egoísta. No pensé que Sakura es tu hermana, y que sientes por ella el mismo amor que yo siento por Sasuke. Tras comportarme como un idiota me he dado cuenta de que, si ella es feliz con su futura boda, es normal que tú lo seas también, y que yo, como alguien que te ama, también esté feliz por ella.
Como Temari no abría la puerta, Óbito se volvió entonces hacia ellos.
—Os pido disculpas por mi rudo comportamiento —se sinceró—. No sé qué me ha pasado, pero...
—Tranquilo, amigo —replicó Deidara, que chocó la mano con él—. Ahora sé quién le ha enseñado a Saku a dar esos derechazos.
—Óbito, siempre has estado disculpado —sollozó Sakura y, secándose las lágrimas, llamó—: Temari, deja de hacer el idiota y sal de una vez.
—No me da la gana —repuso ella con la voz entrecortada.
—¡Qué cabezota es, por Dios! —murmuró su hermana.
—Mira, Barbiloca —gritó Deidara—. Si no sales antes de cinco minutos, te juro que al pelinegro me lo quedo enterito para mí.
Óbito sonrió y, volviéndose de nuevo hacia la puerta, llamó a su vez:
—Temari, por favor.
—Dejémoslos solos —propuso Sakura, que cogió la mano de Deidara.
Una vez cerraron la puerta del baño, Deidara, que llevaba un rollo de papel higiénico, cortó un trozo y se lo tendió a su amiga, que se había tumbado en la cama a llorar. Pasados los primeros momentos, y cuando ella paró de hipar, él la miró.
—Por Dios, Saku. Lloras igual que el payaso de Micolor.
—Eres un idiota, ¿lo sabías?
—Sí. Pero me quieres.
—Nunca lo dudes —asintió ella abrazándolo.
—Oye —dijo entonces él—. ¿Qué tenéis vosotras que no tenga yo para encontrar un maromo así?
Ambos rieron entonces de buena gana, y estaban secándose las lágrimas cuando se oyó un estruendo procedente del baño y la puerta se abrió de golpe.
—¡Por todos los santos, Sakura! ¿Qué es eso de que no te casas? —vociferó Óbito.
—¡Por favor! ¡Por favor!... —murmuró Deidara—. ¡Qué pivón!
—Saku, le he contado la verdad —señaló Temari con una sonrisa enamorada.
Su hermana ya lo había imaginado.
—Óbito —planteó—, ¿cómo me voy a casar con otro si yo sólo quiero a Sasuke?
Él la miró confundido.
—Pero ¿por qué sois tan complicadas? —planteó.
—Eso mismo llevo preguntándome yo toda la vida —convino Deidara.
—Sólo quiero hacerle ver lo que duele ser engañado y...
—¿Qué hora es? —gritó Óbito llevándose las manos a la cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó Sakura.
—Las diez y veinte —contestó Deidara.
Óbito sacó entonces su móvil del bolsillo y marcó el teléfono de Sasuke. Por desgracia, lo tenía desconectado o fuera de cobertura.
—¡Maldita sea! —gritó mirando a Sakura—. Sasuke se marcha de Escocia.
—¡¿Cómo?! —exclamó ella.
—¡¿Cuándo?! —dijo Temari.
—Sasuke no quería estar aquí cuando te casaras —explicó Óbito—. Anoche llamó a Steven, su piloto: se marcha a México a las cuatro de la tarde.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Sakura pálida como la cera.
—¡Por favor, por favor, por favor..., qué romántico! —chilló Deidara—. Ni en Pretty woman.
—Tenemos que localizarlo como sea —señaló Temari mirando a Óbito.
—Llamaré a Steven, le diré que se invente un fallo en el avión.
—Hola, chicos, buenos días —los saludó Tsunade entrando entonces en la habitación.
—¡Tsuna! —exclamó Deidara en español—. ¡Por Dios, lo que te has perdido!
—¿Qué pasa? —preguntó la mujer, que miró a Sakura—. Tesoro, ¿qué te ocurre?
—Mamá, no hay tiempo para muchas explicaciones —habló Temari—. Sasuke cree que Sakura se va a casar con Nagato y se marcha del país.
—¡Bendito sea Dios! —gritó la mujer—. Pero ¡eso no lo podemos consentir!
—Por supuestísimo que no —señaló Deidara, que cortó más papel higiénico.
—Pero... pero ¿a ti qué te ha pasado en la cara? —exclamó Tsuna al verle la mejilla hinchada y enrojecida.
—Bueno... —respondió él mirando a Óbito—, digamos que me he dado un golpe contra un armario empotrado.
—¡Maldita sea! —renegó Sakura saliendo de su ensimismamiento—. Tengo que encontrar a Sasuke antes de que se vaya del país. ¡Por Dios! Pero ¿cómo va a marcharse y permitir que me case con Nagato?
Al decir eso todos la miraron.
—Te recuerdo que este lío lo has montado tú solita, guapa —señaló Deidara.
—¡Vete a la mierda! —le espetó ella.
—Contigo delante para que no me pierda —replicó su amigo.
—¡Eh! —gritó Temari—. No empecemos ¿vale?
—Tranquilízate, chatunga —la apaciguó Tsunade dándole un cariñoso beso a su hija—. En cuanto venga Dan, verás cómo solucionamos todo esto.
—Temari —intervino entonces Deidara señalando a Óbito—, creo que tu pelinegro, aparte de estar flipando con este momentazo, no está entendiendo nada de lo que hablamos. Mira con qué cara de leñador nos mira. ¡Madre del amor hermoso!
Y así era. Óbito, que no entendía nada, los miraba desconcertado.
—Mamá —habló ella—, este grandullón sin afeitar y con cara de pocos amigos es Óbito.
—¡Por Dios, qué tío más grande! —exclamó Tsunade fijándose en él.
—Con razón no quiere volver Temari a Madrid —reflexionó Deidara y, mirando con picardía a su amiga, preguntó—: Oye, ¿todo lo tiene igual de grande?
—¡Deidara! —chillaron la madre y las hijas a la vez.
—Por favor, ¡cuánta decencia reunida! —se carcajeó Deidara.
Tsunade se acercó entonces hasta Óbito, que trataba de entender qué decían. Por sus miradas, sabía que hablaban sobre él, y eso lo inquietó.
—Hola, Óbito —lo saludó la mujer, y comenzó a hablar como un indio—: En-can-ta-da de co-no-cer-te.
—¡Mamá! —protestó Sakura—, ¿por qué le hablas así?
—Para que me entienda —respondió ella.
Con una sonrisa, Temari tomó a Óbito de la mano y le dijo en inglés:
—Cariño, ella es mi madre.
—Lo había imaginado —repuso él—. Os parecéis muchísimo.
—¿Qué dice? —preguntó Tsunade.
—Dice que está encantado de conocerte, y que nos parecemos mucho.
—Oh, qué adulador —comentó Tsunade—. Anda, guapetón, agáchate para que te dé dos besazos.
—¿Qué dice? —quiso saber Óbito.
—Que te agaches para que te bese.
Con una enorme sonrisa, Óbito se inclinó y abrazó a Tsunade, que, al sentir el calor de su enorme corpachón, comprendió a la perfección lo que su hija había visto en él.
En ese momento Dan entró también en el dormitorio.
—Dan —dijo Temari—, tú hablas inglés, ¿verdad?
—Sí.
—Pues te presento a Óbito, mi novio. —Después se volvió hacia él—: Cariño, él es Dan, el novio de mi madre.
—Encantado de conocerlo —dijo Óbito.
—Lo mismo digo, muchacho —respondió Dan saludándolo.
—¡Bueno..., bueno! —exclamó Deidara—. Todo esto es muy entrañable, pero si no movemos el culo el novio de esta muchacha se nos va a escapar. —Y, mirando a Sakura, añadió—: Comienza el plan «B».
En la granja, mientras Ko y Karin preparaban un pastel de carne, observaron intranquilas cómo Sasuke regresaba de dar un paseo. Había llegado de Edimburgo esa misma mañana, con idéntico humor. Su abuela y la muchacha, felices por el plan de Sakura, intentaban disimular la sonrisa, aunque a Ko se le estaba consumiendo el corazón al ver cómo su nieto sufría.
Silencioso y poco comunicativo, Sasuke entró en la casa y, tras pasar por su habitación, volvió a la cocina.
—Qué guapo te has puesto hoy, cielo —observó su abuela.
—¿Para qué bajas esa maleta? —preguntó Karin.
—Ko —contestó Sasuke—, me voy a marchar de viaje a México.
—¿Cuándo, hijo?
—Dentro de un rato salgo para Aberdeen.
Al oír eso, las dos mujeres se miraron sorprendidas. ¡No podía marcharse! Sakura había organizado un plan para reunirse con él al cabo de un par de días. ¿Qué podían hacer? Debían avisar a Sakura. Sin embargo, no había forma de hacerlo, puesto que no tenían teléfono.
—¿Por qué te vas? —le interrogó Karin.
—¿Cómo que te vas de viaje? —inquirió su abuela—. ¿Cuándo lo has decidido?
—Anoche —respondió él al tiempo que cogía un pedazo de pan—. Tengo un par de amigos que visitar, y creo que éste es un buen momento para hacerlo.
—No —replicó Karin—. No lo es.
—Estoy de acuerdo con la chica.
Sasuke, extrañado de que Karin interviniera en una conversación, la miró.
—¿Por qué dices eso?
—Bueno..., es que... —tartamudeó ella.
—Dentro de dos días es Nochevieja —terció la anciana dejando el pastel—, y no quiero privarme de tu compañía.
En ese momento se oyó el ruido de un motor y, con alivio, Karin y Ko vieron que se trataba del coche de Óbito.
—¿Sabe tu primo que te vas?
—Sí.
Al mirar por la ventana, Sasuke sonrió al ver regresar juntos a aquellos dos. «Por lo menos algo ha salido bien de todo este lío», pensó con tristeza.
—Buenos días a todos —saludó Temari con una radiante sonrisa.
—Buenos días, amores —respondió sonriente Ko y, cogiendo a Temari por el brazo, dijo—: Ven. Tengo que enseñarte lo que compré el otro día en Dornie.
—Ko —rio Óbito—, te estás convirtiendo en una compradora compulsiva.
—Oh, ¡cállate! —lo regañó la anciana.
—Voy con vosotras —dijo Karin poniéndose en pie.
Tras besar a Óbito y coger un pedazo de pan recién hecho, Temari salió de la cocina. Cuando las tres mujeres se quedaron a solas, Ko y Karin comenzaron a hablar.
—¡Oh, Dios mío, Temari! —susurró la muchacha a punto de llorar.
—Tenemos un problema —señaló Ko—. El cabezota de mi nieto acaba de decirme que se marcha dentro de un rato para México. ¿Qué vamos a hacer? Tenemos que avisar a Sakura, ella es la única persona que puede detenerlo.
—Tranquilas, chicas —sonrió Temari—. No os preocupéis por nada. Gracias a Dios, Óbito nos lo ha dicho esta mañana en el hotel y, como nos ha fallado el plan «A», pues hemos pasado al plan «B» —y pasó a relatarles por encima en qué consistía éste.
—Entonces, ¿Sakura está al tanto de todo? —preguntó Karin.
—Sí. No os preocupéis.
—Oh, gracias a Dios —suspiró la anciana.
—Por cierto, habrá que preparar bastante comida. Este fin de año vamos a celebrar una gran fiesta aquí —sonrió Temari pensando en su familia.
—¡Magnífico! —exclamaron Karin y Ko emocionadas.
—Chis —indicó Temari—. Volvamos adentro antes de que Sasuke nos descubra, y no os preocupéis por nada de lo que pase a partir de ahora, ¿vale?
Tras asentir, regresaron las tres a la cocina, donde Óbito y Sasuke hablaban sobre su viaje. Temari cogió otro trozo de pan y se sentó junto a Óbito.
—Entonces, ¿cuándo volverás? —preguntó éste.
—No lo sé.
—¿Te vas? —se interesó Temari.
—Se marcha a México. ¿Te lo puedes creer? —dijo Ko.
—¿Te vas a perder la boda de mi hermana?
Sasuke la miró entonces a los ojos sin entender la diversión que veía en ellos.
—Creo que no hace falta que yo esté para que se case, ¿no te parece?
—Tú sabrás —replicó Temari cogiendo más pan—. A ella le habría gustado poder presentarte a Nagato. Además, ayer se probó el vestido de novia y parece una princesa de verdad.
Sasuke se puso repentinamente tenso. Con picardía, Óbito le dio una patada por debajo de la mesa a su novia, que al sentirla lo miró.
—¿Por qué me das una patada, pedazo de bruto?
—Ese comentario sobraba, cariño —susurró Óbito.
—¿El qué? ¿Lo de la princesa? —dijo ella, y miró a Sasuke, que estaba a punto de saltar sobre ella—. Fíjate qué curioso, Sasuke: el futuro marido de mi hermana también la llama «princesa».
—¡Ya basta! —exclamó él furioso—. ¿Qué os parece si cambiamos de tema?
En ese momento la puerta de la cocina se abrió y entró Suigetsu con cara de apuro.
—Tenemos un problema.
—¿Qué pasa? —inquirió Sasuke poniéndose en pie.
—Hemos encontrado el cercado de las vacas forzado —informó Suigetsu—. Alguien cortó el alambre para llevarse a los animales. Creo que nos han robado unas cincuenta cabezas.
—¿Cincuenta? —lo tranquilizó Temari poniéndose en pie.
—¡Maldita sea! —Óbito parecía furioso—. Cuando pille a esos ladrones, se las van a ver conmigo.
—¡Oh, por Dios, qué disgusto! —se lamentó Ko.
Sasuke miró su reloj y comprobó que era la una y media.
—No te preocupes, Sasuke —dijo Óbito—. Vete para Aberdeen, nosotros nos ocuparemos de esto.
—¿Estás seguro? —preguntó él incómodo.
—Por supuesto que sí —afirmó levantándose—. Pero, a cambio, tienes que prometerme que regresarás pronto, ¿vale?
—Por descontado —asintió Sasuke con una sonrisa, y acto seguido lo abrazó.
Tras despedirse de Ko, Suigetsu y Karin, se volvió hacia Temari, que parecía divertida por su marcha. Sasuke podía leerlo en sus ojos, y eso lo molestó.
—Temari, da la enhorabuena a tu hermana de mi parte, y dile que le deseo la mayor felicidad del mundo.
—Se lo diré —convino ella dándole un beso—. Estoy segura de que ella te desea lo mismo.
Entonces, la puerta de la cocina volvió a abrirse precipitadamente. Era Jūgo.
—Acabo de avisar a la policía, he visto movimientos extraños cerca del lago Lochy. Creo que tienen nuestras vacas allí.
—¿Cómo? —gritó Sasuke colérico.
—¿Ya viene la policía? —preguntó Temari intentando no reír.
—Sí. Ya están en camino, y me han pedido que no nos acerquemos al lago Lochy hasta que ellos nos lo indiquen —señaló Jūgo.
—¡Maldita sea! —bufó Sasuke—. Creo que no debo marcharme ahora.
—¡Oh, sí, sí debes marcharte! —lo animó la anciana—. Aquí no puedes hacer nada salvo esperar. Además, parece que va a llover, así que márchate cuanto antes.
—¡Abuela, por Dios! —replicó él—. No puedo permitir que nos roben nuestras vacas.
—Por supuesto que no —admitió Jūgo—, por eso he llamado a la policía.
—Ellos son unos profesionales y los detendrán —aseveró Karin.
—No te preocupes, Sasuke, la policía ya está en camino —dijo Óbito cogiendo la maleta de su primo—. Vamos, te acompañaré hasta el coche.
—Y, por Dios, Sasuke, cariño, no te acerques al lago —dijo Ko con picardía.
Disgustado, Sasuke siguió a Óbito, que después de dejar su maleta en la parte trasera del todoterreno, se acercó a él.
—Oye —murmuró—, respecto a Sakura...
—Mejor no digas nada —siseó Sasuke y, tras darle un abrazo, montó en su coche malhumorado y se marchó.
Al ver que el todoterreno desaparecía de su vista, Óbito se volvió con una enorme sonrisa para encontrarse con todos los demás.
—¡Sí...! —exclamó satisfecho—. ¡Ha picado!
—¡Te lo dije! —aplaudió Temari, lo que hizo que todos prorrumpieran en un estallido de júbilo.
Si había algo que todos ellos tenían claro era que Sasuke nunca se marcharía sabiendo que algo ocurría en sus tierras.
