Capítulo 4:

Anthony llegó puntual a la reunión preparada por Eliza, la joven aguardaba la llegada de éste con mucha impaciencia. Al ver la figura del joven cruzar a través del jardín, se puso en pie de la silla y corrió para recibirlo con verdadera felicidad, el muchacho ofreció amablemente su brazo para escoltarla hasta la terraza donde aguardaban el resto de la familia Lagan y la tía abuela, quien no pudo evitar que lo ojos se le iluminaran por la llegada de su sobrino favorito.

El muchacho saludó a todos los que yacían ahí y fue entonces que notó la ausencia de sus primos Stear y Archie, lo cual era una pena ya que a fin de cuentas ellos eran los únicos que podrían hacer que ese momento se convirtiera en algo más ameno. Eliza, por su parte ocupó su lugar al lado de Anthony intentando llamar su atención, que notase que el día de hoy lucía como toda una dama, le ofreció pastelitos decorado flores y crema pastelera, al verlos sonrió nostálgico, pensaba que a Stear y a Candy les encantaría comer esos pasteles.

-Querido Anthony, ¿cómo se encuentra tu madre? –Preguntó la tía abuela

-Ella se encuentra mejor, el aire de Lakewood le ha hecho muy bien esta temporada.

-Eso me alegra mucho –Agregó Sarah con una sonrisa encantadora –De haber sabido que ya se encontraba mejor la hubiéramos invitado, se va a sentir muy sola ahora que tu padre inicié su nuevo viaje, así que ¿por qué no vienen a pasar las tardes con nosotros? –propuso con una sonrisa.

-¡Esa es una magnífica idea, Sarah! –Agregó la tía Elroy con entusiasmo

-Se lo agradezco, señora Lagan, se lo preguntaré más tarde –respondió Anthony sin borrar su cálida sonrisa.

En ocasiones le causaba angustia dejar a su madre en casa, su salud había decaído en los últimos años debido a todas las tragedias que había tenido que enfrentar. Incluso había tenido que dejar su precioso jardín de rosas en Lakewood, el cual creo ella misma desde que tenía la edad de Anthony, éste último decidió hacerse cargo del mismo personalmente, no iba a dejar que el lugar favorito de su madre se perdiera tan fácilmente.

Rosemary observaba cada mañana a su hijo cuidar como mucho empeño de las rosas, y cuando el chico veía a su madre a través de la ventana le regalaba una de sus cálidas sonrisas. En el fondo a Rosemary le preocupaba que su fin estuviera cerca, le preocupaba dejar solos a sus hijos Candy y Anthony, no quería que nadie sufriera su partida, por eso cada vez que los veía trataba de parecer feliz, que la sombra de la tristeza se esfumarse de su rostro, siempre fuerte, así debía mantenerse a pesar todas las pérfidas.

Todas las tardes su hija Candy subía a la recamara para llevarle una taza de té y aquel día no había sido la excepción. Candy había entrado a la habitación cargado una charola con dos tazas de té y una tetera, al ver a la pequeña pecosa el rostro pálido de Rosemary cambió su semblante, en ningún momento se había arrepentido de haber traído a Candy a su familia, ella tenía una chispa especial que alegraba los corazones de todos en la familia.

-Hola mamá, ¿cómo estás hoy?

-Feliz de verte, ya lo sabes –respondió Rosemary extendiendo los brazos hacía la pecosa quien inmediatamente corrió para abrazarla –Veo que lograste convencer a Anthony de ir a la fiesta.

-Sí, me costó mucho. Es muy terco –se rio Candy

-Él no pude resistirse a tu carita de tristeza, ya lo conoces, no quiere ver a su hermanita triste –Le respondió Rosemary –Solo que yo no entiendo porque tu insistencia para que vaya a tomar el té con Eliza…

-No fue por Eliza –replicó Candy –fue por la tía Elroy, hace mucho que no se ven… desde aquella vez en Chicago y sé que extraña a Anthony, ya sabes que ella nunca ha ocultado que es su consentido –agregó Candy sirviendo el té para su madre.

Rosemary recordó aquella reunión en Chicago donde la tía Elroy rechazó el presente de cumpleaños que Candy le había llevado, la actitud de la mujer hacia la niña era inhumana y frívola, en cambio con el resto de sus sobrinos se portó amable. Rosemary entendía que la sangre era sagrada para su tía y que Candy, al no poseerla, al ser una huérfana nunca tendría lugar en su familia. Anthony por su parte reaccionó más frívolamente y desde entonces se alejó de la tía abuela, evitando escribirle o reunirse con ella.

Siempre quiso hacer que su hijo entrara en razón, que comprendiera la postura de Elroy Ardlay. Además, no importaba lo que ella pensara, pues ante sus ojos Candy era miembro de su familia, nada ni nadie iba a cambiarlo mientras los cuatro estuvieran juntos.

-Mamá, ¿me escuchas? –preguntó Candy trayendo de vuelta a Rosemary.

-Por supuesto, cariño –Asintió Rosemary tomando un poco de té –Pero aún no me has dicho cómo fue que convenciste a Anthony de ir.

-Ah… eso… fue un trueque… Yo le tocaré una sonata por la tarde, así que estaré practicando toda la tarde en el salón.

-¡Maravilloso! –Aplaudió Rosemary –Llámenme cuando vayas a tocar, me encantaría escucharte también.

Candy besó la frente de su madre y bajó al salón para comenzar con su práctica.

-Si mi pequeña estuviera con vida ya tendría más o menos tu edad –murmuró Rosemary bajando la cabeza mientras veía a Candy desaparecer detrás de la puerta.

Más tarde Candice se sentí un poco culpable por haber aceptado la invitación de Stear y Archie, había prometido practicar, pero estaba segura de que podría solventarlo de algún modo cuando volviera a casa.

Stear por su parte, estaba muy entusiasmado, pues iba a mostrarles un invento revolucionario, un conejo mascota. Candy y Archie se miraron extrañados, ¿por qué un conejo mascota? El chico se ajustó los lentes y explicó que los conejos son animales muy adorables, ideales para personas que solo desean acariciar y acariciar a un pequeño esponjoso, además… lo conejos son difíciles de atrapar.

-Sigue sin tener sentido para mí –se encogió Archie de hombros – ¿no estarías tratando de hacer un perro y te equivocaste en las orejas?

-¡Silencio Archie! –Reclamó Stear con la cara completamente roja –Además a mí me gustan los conejos.

Al poco rato ya estaban en el taller de Stear en la Mansión Ardlay, mientras el muchacho buscaba su invento al interior de este Candice escuchaba la melodía de un piano a lo lejos, una zona muy alegre y salió un momento para escuchar más de cerca. Ella no podía ver que en ese momento todos estaban en el salón deleitándose con la melodía que Eliza reproducía en el piano.

Unos minutos después apareció Stear con un pequeño conejito, como si fuera un hermoso juguete. Él lo puso en el suelo y con ayuda de un control remoto lo encendió para empezar a controlarlo, caminaba como si de verdad fuese un conejo de verdad, muy adorable y afelpada. Incluso el propio Archie no pudo evitar agacharse a acariciar al pequeño juguete, eso sí, con mucha cautela esperado que el desastre no apareciera en la escena como solía suceder con la mayoría de los inventos de su hermano.

-Debo reconocer que está vez te luciste –dijo Archie mientras el conejo se seguía saltando alrededor de sus pies.

-Sabía que te gustaría, hermano

-¿Y cómo lo llamarás? –preguntó Candy mientras cargaba al conejito

-Ese honor te lo reservé a ti, Candy –le guiñó el ojo a la rubia -¿Qué nombre te gustaría?

-¿Qué tal bigotes? U ¿Orejitas?... ¿Lechuga o Zanahoria?... ¿los conejos comen zanahorias, no? Como Peter Rabbit.

Los hermanos solo echaron a reí a carcajadas al escuchar los nombres que la chica proponía, aunque el consenso final fue llamarlo Bigotes. Stear le entregó a Candice el control para que ella lo sacara a pasear por el jardín, todo iba bien hasta que de pronto el conejo se echó a correr por el jardín.

-¿Qué pasa? –Preguntó Candy alarmada al ver que el conejito no respondía al control remoto –¡Ya no regresa!

-¡No es posible! –Gritó Stear corriendo detrás del conejo seguido por Candy y Archie -¡Candy, dame el control! ¡Tal vez si me acercó más podría frenarlo!

Candy entregó el control a Stear, pero el conejo iba cada vez más rápido, tenía la velocidad de una liebre en lugar de la de un conejo. Candy aceleró el paso al ver que el invento se dirigía directo a la terraza donde yacían mesas con pastelillos y flores, sin duda ahí era la reunión donde su hermano se encontraba.

El conejo saltó directo a la mesa tirando todo al suelo, que quedó cubierto de crema pastelera. Finalmente terminó entrado al salón aledaño a ésta donde todos miraron sorprendidos a la criatura que ingresaba por la puerta, las damas en el lugar subieron a sus sillas asustadas creyendo que se trataba de una rata, Anthony volvió la cara para toparse con Candy corriendo despavorida detrás de aquel animal, saltándole encima. Un extraño olor a pelo quemado invadió la sala y el conejo dejó de moverse.

Al darse cuenta del lugar en el que estaba Candy se puso en pie con el conejo en sus brazos, miró a la derecha luego a la izquierda y notó que las caras asustadas del inicio ahora eran caras rojas por la ira, principalmente las de Eliza y la tía abuela.

-¡Tú de nuevo! ¡Hiciste esto apropósito para arruinar mi fiesta de té como venganza por no haberte invitado! –gritó Eliza acusando a Candice.

-No… yo solo…

-¡Cállate la boca! –Exclamó la tía abuela -¿Cómo has podido hacer una cosa así? ¡Debería darte vergüenza, traer a ese sucio animal aquí!

-No es un animal tía –agregó Stear entrando por la puerta algo nervioso por el regaño –es mi culpa, Bigotes es mío…

-¡Basta! ¿Cuántas veces te he dicho que evites traer esas endemoniadas máquinas a mi casa? ¡Mira el desastre que has provocado! –Exclamó la tía abuela -¡vete inmediatamente a tu habitación y llévate esa cosa de mi vista!

-Lo lamento tía… –musitó Stear con la cabeza agachada y tomando su pequeño conejo de los brazos de Candy quien aún seguía con la cabeza agachada –Perdóname, Candy...

-¡En cuanto a ti no quiero que te atrevas a poner un pie de nuevo en esta casa! ¡Fuera de mi vista! –señaló la anciana a Candy quien yacía inmóvil por el susto.

-¡Candy no ha hecho nada malo! –Replicó Anthony y la cara de la tía abuela palideció de golpe, era la primera vez que su sobrino la enfrentaba así –si echa a Candy de aquí entonces yo también me voy, no volveré a hablar con usted de nuevo –agregó Anthony mientras tomaba del brazo a Candy para irse.

-¡Anthony! –le llamó Eliza mientras corría detrás de él

-Gracias por tu invitación –fue todo lo que Anthony pudo decir sin mirarla a la cara, estaba tan furioso que no podía siquiera voltear a verlos.

Al poco rato ambos chicos se encontraban cabalgando por el bosque, en todo ese rato ninguno de los dos había cruzado palabra, Candy sentía que había decepcionado a su querido hermano. De pronto, Anthony acercó al cuerpo de su hermana contra su pecho, lo cual ayudo a que la chica se tranquilizara un poco y de la nada lanzó un gran suspiro.

-¿Y eso a qué viene? –preguntó Anthony

-Fue mi culpa. Debí quedarme en casa y cumplir mi promesa… arruiné todo.

-No te preocupes, no fue culpa tuya –dijo Anthony con voz serena –pensándolo bien, me rescataron, la próxima vez que vea a Stear le daré las gracias… Te extrañé mucho todo ese tiempo.

-¿Estaba tan aburrido?

-Bueno, la música lo alegró un poco… Aunque hubiera sido más feliz si tu hubieras tocado el piano para mí. Imagino que no practicaste lo suficiente.

Candy agacho triste la cabeza y con voz quebrada dijo:

-Yo lo intenté, pero creo que no nací para eso. No heredé el talento de los Ardlay.

Anthony sitió una ligera estocada en el pecho, él sabía la verdad, quería decirlo, en especial porque desde hacía tiempo él había dejado de verla como una hermana, en el fondo su alma ahogaba un grito imposible de sobrellevar: Candice te quiero, te quiero.

Continuará…