Ninguno de los personajes en esta historia me pertenece.

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La caja de Pandora

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Un auto negro, esos de lujo que la gente importante conducía en las películas, estacionó en la entrada del café. El chofer, un hombre bien vestido y con modales exagerados, ingresó en la estancia y preguntó por Tadashi.

—Vengo en nombre del señor Frederickson —anunció a una muy desprevenida Cass.

La mujer tardó unos segundos en salir del asombro de encontrarse ante tal sujeto, reconociendo el nombre como uno de los que Tadashi había mencionado al hablar de sus amistades. Con un tímido «ya regreso», se dirigió a la planta alta. La puerta que daba a la habitación de sus sobrinos estaba abierta y del interior surgían las voces de los mismos, en especial la de Hiro. Se asomó a ver y los encontró sentados uno junto al otro frente al televisor, cada uno con un mando, jugando uno de esos videojuegos que ella no comprendía. Se recargó contra el marco de la puerta con una sonrisa. Los contempló con un orgullo y amor digno de una madre; sus niños eran únicos. Inteligentes los dos, y buenas personas. Además, mantenían una relación que ella nunca antes había visto entre hermanos. Nunca reñían, compartían todo y se querían. La propia Cass aún recordaba las mil discordias que había tenido con su hermano y cuánto tiempo habían pasado separados antes del accidente. Claro que no por eso lo había querido menos, pero la diferencia era notable.

Incluso entonces, mientras jugaban, Tadashi lanzaba largas miradas a su hermano. Miradas cargadas de cariño y diversión, que parecían querer agradecer a Hiro por todo lo bueno que había en el mundo. Cass las notaba y un inmenso alivio se apoderaba de su pecho. Sabía que Tadashi siempre cuidaría de Hiro, si algún día llegaba a sucederle algo a ella. Era un muchacho —ya un hombre— excepcional; a veces creía que el mayor de sus sobrinos no tenía un gramo de egoísmo en su ser, pues omitiría cualquier disconformidad propia con tal de complacer a su hermanito, y eso era algo que no se veía en muchos hermanos. Tadashi lo daba todo por los demás, pero ¿con Hiro? Daba hasta lo que no tenía.

Si solo ella hubiera tenido esa consideración con su hermano antes… De haber sabido que algún día lo perdería, entonces, definitivamente…

Tal vez Tadashi lo entendía. Tal vez su muchacho pensaba en eso cada vez que veía a Hiro. Tal vez él, con su mente aguda, podía ponerse en el lugar de Cass y sabía que debía aprovechar cada momento que pudiera junto a su hermanito, porque algún día tal vez no podría.

Se aclaró la garganta, en parte para llamar la atención de los chicos y en parte porque sabía que acabaría en llanto si continuaba pensando aquellas cosas, y anunció:

—Tadashi… —Volvió a aclararse la garganta intentando mostrar una expresión más animada—, hay un señor abajo esperando por ti. Viene de parte del "señor Frederickson" —burló.

—¡Ah! En seguida bajo, gracias tía Cass.

Tadashi dejó el mando a un lado y se puso de pie para dirigirse a su lado de la habitación, en donde sus valijas yacían listas. Hiro, que hasta entonces había estado riendo y exclamando frases victoriosas sin apartar la vista de la pantalla, realizó un mohín dejando caer sus hombros con decepción.

—Oh. —Fue todo lo que dijo.

Cass dejó pasar primero a Tadashi, que llevaba la correa de un bolso cruzada sobre su pecho y una valija en mano, y luego esperó a Hiro para rodearle los hombros con un brazo en modo reconfortante. Juntos bajaron las escaleras hasta donde el chofer aguardaba. Al ver llegar a Tadashi, el sujeto se apresuró en pedirle las valijas.

—Señor Hamada, permítame.

Abrió el baúl y comenzó a guardarlas, mientras tanto, Tadashi se volvió hacia su familia.

—Así que… cuatro días —dijo Hiro, fingiendo un desinterés que ninguno de los mayores creía.

—Ey, habré regresado antes de que notes que me fui —respondió Tadashi con esa mirada particular.

—Pff, ¿quién se preocupa por eso? Lamento que no te vayas más tiempo, eso es todo.

—Sin embargo, cuatro días es mucho… después de todo, es la primera vez que te vas de viaje por tu cuenta —comentó Cass, y de pronto la realidad del asunto cayó como un peso sobre ella—. Como han crecido, ahora asisten a la universidad, se van de viaje, tienen novias…

—Que no es mi novia.

Aquello sacó una sonrisa de los labios de Hiro. Se frotó un brazo y con gesto humilde dijo:

—Ya. Pero ten cuidado, ¿de acuerdo?

—Por supuesto.

Y se abrazaron.

Cass los observó incapaz de reprimir una sonrisa. Involuntariamente juntó las manos y entrelazó los dedos, un gesto inconsciente que realizaba cuando presenciaba un acto dulce, tierno o llanamente enternecedor, y por lo general sus sobrinos eran todo eso. Eso y más. Hiro fue el primero en apartarse, tratando de fingir que aquel contacto era demasiado sentimental para él, mientras que Tadashi mantuvo el contacto el mayor tiempo posible: en sí, cuando abrazaba a Hiro nunca daba señales de querer dejarlo ir, y cuando lo hacía sus manos permanecían el mayor tiempo posible sobre el cuerpo contrario, en la cabeza, en los hombros o la cintura, deslizándose lejos lentamente, como si les costara hacerlo.

Un maullido los alertó de que Mochi había salido a la calle. El gordo gato esperó a tener la atención de los tres sobre él y, una vez cumplido su cometido, avanzó con pereza hacia la esquina, moviendo las orejas de un lado a otro con curiosidad.

—Yo iré por él —dijo Hiro, yendo en busca del gato como una clara excusa para alejarse de la escena y disimular lo mucho que la partida de su hermano le estaba afectando.

Tadashi lo observó con esa mirada, más intensa que antes, y Cass no se molestó en ocultar su sonrisa. Le acarició la mejilla para llamar su atención, acomodando a su paso los mechones de cabello que escapaban por los bordes de la gorra.

—No debe haber nadie en el mundo que ame a su hermano del modo en que tú amas a Hiro —murmuró.

Sus palabras no eran nada más que honestas, pensadas con el propósito de transmitir a Tadashi lo bueno que ella veía en él. Sin embargo, en lugar de reaccionar del modo en que ella habría esperado, su sobrino se puso pálido, apartó la mirada con una expresión consternada y le llevó tres intentos encontrar su propia voz. Mientras hablaba, se frotó las manos contra los lados de la cintura, como si estuviera secando un repentino sudor.

—Me están esperando. Será mejor que me vaya.

Le dio un beso fugaz, se acomodó la gorra y subió al auto tras lanzar un último saludo con la mano a Hiro. El chofer, que había estado esperando pacientemente junto al coche, subió al instante y puso en marcha el auto. Cass lo vio alejarse con una mano sobre el pecho, preocupada.

Su niño aún no se había alejado ni cincuenta metros de su hogar y ella ya lo extrañaba.

Giró hacia la entrada del café, donde Hiro aguardaba con Mochi en brazos.

—Descuida, volverá pronto —aseguró al ver la expresión del chico.

—Lo sé —respondió este ingresando y dejando ir al gato—. Es solo que… es extraño.

—Ni me lo digas.

Cass cerró la puerta con llave y se dispuso a hacerse cargo del hogar para despistar su mente, pero una breve mirada a Hiro la detuvo. Quizá ella no fuera una genio de las ciencias, pero sí era una genio de los sentimientos y en ese momento el chico lucía en urgente necesidad de una conversación.

—Cariño, ¿qué sucede? Sabes que cuatro días pasan volando.

—No es eso. Es que… bueno, Tadashi ya tiene dieciocho y hasta ahora siempre estuvo con nosotros, pero… supongo que algún día querrá irse, ¿no?

—Supongo… —Cass se mordió el labio. Ella definitivamente no quería pensar en esas cosas—. Es parte de crecer.

Hiro suspiró con resignación.

—Supongo —repitió—. ¿Está mal si no quiero que eso pase?

—Oh, mi cielo, claro que no. —Le acarició la cabeza—. Es normal sentirse así. Pero te prometo que aún falta bastante tiempo para que tu hermano quiera algo como eso. Ya sabes que no puede hacer nada sin nosotros —bromeó. Hiro compartió una sonrisa con ella—. Bien, ¿qué dices de una chocolatada caliente?

—¿Con malvaviscos?

—Hecho.

Se dirigió a la cocina y comenzó a preparar el chocolate, manteniendo una conversación tranquila con Hiro —que, al igual que ella, seguramente no deseaba estar solo— y ninguno mencionó la falta del tercer integrante de la casa en aquella imagen.

La ausencia se notaba cuando sabían que sería más larga de lo usual.