Ninguno de los personajes en esta historia me pertenece.
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La caja de Pandora
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Hiro había aprendido que golpear su rostro contra la mesa no solucionaría nada. Lo único que ganaría sería un moretón imposible de ocultar en la frente y un dolor de cabeza que duraría varios minutos. Sin embargo, nada evitaba que el impulso de dejar caer su cabeza contra la madera acudiera a su cuerpo.
Y esta vez no tenía a Tadashi ahí para darle una perspectiva diferente.
Así que en lugar de lastimarse optó por apoyar la frente sobre el papel y suspirar agobiado. ¿La razón de todo esto? La universidad. Habían acelerado el ritmo y los deberes llegaban cada vez más abundantes y más complicados. Hiro sabía que era inteligente y toda la vida se había creído más avanzado de lo que en verdad era, pero ahora, con unas simples preguntas, un grupo de profesores lograban hacerle sentir como un tonto. Demostraba la calidad de la universidad, si era objetivo al respecto.
Sopesó la idea de llamar a Tadashi, pero no quería arruinar su viaje. El objetivo era relajarse unos días para apartar su mente del estrés académico y Hiro no iba a ser quien arruinara su tiempo de descanso.
Como invocado, su móvil emitió el timbre que anunciaba la llegada de un nuevo mensaje. Durante esas horas se había esforzado por ignorar el aparato pero, teniendo en cuenta que no iba a avanzar nada incluso sin distracciones, decidió que podía tomarse la libertad. Tadashi era la prioridad en su mente cuando introdujo la contraseña. Encontró otros mensajes que no venían de su hermano.
Uno era de Go Go. La chica, siempre concisa, había escrito un simple:
no olvides los papeles del martes
Hiro emitió un sonido gutural, frustrado ante la mención de los deberes y el recordatorio de que debía escribir un ensayo para dentro de tres días. No era culpa de la chica, así que escribió una respuesta veloz.
claro, lo tendre listo
Suspiró y pasó al siguiente. Una reacción similar a la anterior, aunque peor, surgió de sus labios. Tenía un mensaje de Empresas Krei. No era el primero que recibía desde su presentación y dudaba que fuera a ser el último. Allistar de verdad deseaba adquirir sus microbots. Por supuesto, el hombre en cuestión no era quien le escribía, los mensajes que llegaban a Hiro eran formales y falsos, evidentemente generados por terceros o programados por computadora para ahorrar el tiempo y esfuerzo. Aquello le generaba mayor desdén por la compañía y el hombre que la dirigía. Si no era capaz de mostrar un interés honesto por su trabajo, ¿por qué pretendía que Hiro fuera a vendérselo? Esas eran las palabras de Tadashi, claro, pero Hiro reconocía la verdad que cargaban. Su hermano era la persona más sabia que conocía, después de todo.
Desechó el mensaje sin leerlo.
Por último se fijó en el que realmente le importaba: el mensaje de Tadashi. Su hermano le había enviado esa mañana un autorretrato en donde podía apreciarse un camino boscoso a su espalda y la figura de dos personas —uno era Fred, a juzgar por la boina que llevaba en la cabeza, y la otra podía ser Honey, aunque el cabello recogido no le permitía reconocerla— caminando en sentido opuesto. Tadashi estaba en primer plano con una sonrisa apenada y enseñaba en alto dos dedos formando la señal de la paz.
Hiro no pudo reprimir una sonrisa al verlo. Su hermano lucía como un tonto…, un atractivo tonto.
Yendo a escalar. —Era lo que había puesto Tadashi al pie de la imagen.
Y la respuesta de Hiro fue un simple:
neeerrrdddd
:P
diviertt
No habían tenido mucha comunicación tras eso. Tadashi había enviado fotos ocasionales del paisaje o del grupo realizando actividades al aire libre. El último mensaje, el actual, era un vídeo. En él se enfocaba a Tadashi entre Honey y Fred, por lo que Hiro asumió que la chica que él no conocía servía de camarógrafa.
—¡Hola, Hiro! —saludaron los tres en unísono.
El susodicho se acomodó en el asiento para observar con cariño la escena que se reproducía ante sus ojos.
—¿Cómo va esa ciencia, amigo? —aulló Fred con entusiasmo—. Sé que debe estar fenomenal.
—Te extrañamos —dijo Honey.
—En especial tu hermano. ¡No deja de hablar de ti! —burló Fred.
Tadashi le miró con reproche.
—Ya sabe que lo extraño.
—¡Aaww! Son tan tiernos. —Honey le dio un abrazo—. ¡Ojala puedas venir la próxima, Hiro!
—¡Sí, la casa de Fred siempre está abierta para sus amigos! —agregó Fred.
Realizaron un saludo de despedida, agitando las manos en el aire. La cámara giró entonces y enfocó de cerca el rostro de la chica que Hiro nunca había visto en persona.
—¡Adiós, niñito!
El video terminó ahí. Hiro respondió primero con varios emoticones, principalmente para fastidiar a Tadashi, y luego preguntó:
quien es esa?
salu2 a todos
Tadashi no tardó en responder.
Himiko.
Una compañera de Cálculo.
Te caerá bien.
voy a conocerla?
Sí.
Bueno… pensé que te gustaría.
Es simpática, y divertida. Te va a agradar.
Y tú a ella.
ooooohhh
es tu novia?
nos tenias engaña2 pensamos q era honey!
:0
No seas tonto.
Por qué insistes con eso?
jsjsjs
Estamos cerca de una cascada.
Voy a mandare fotos cuando lleguemos.
mandarte*
ok
Hiro se levantó de la silla para desplomarse sobre la cama. Mantuvo los ojos cerrados hasta que su móvil emitió el sonido personalizado para los mensajes. Sin esperar un segundo revisó el contenido. La primera era otro autorretrato de Tadashi detrás del grupo: miraba a la cámara mientras los demás caminaban, inadvertidos, hacia la cascada. Llegaron más fotos mientras Hiro miraba aquella. El grupo entero mirando a la cámara de espaldas a la cascada, Fred sin camisa sonriendo, las chicas saltando al agua, los tres chapoteando mientras jugaban… Hiro las miró con aprecio y, en la privacidad de su corazón, con envidia. Le gustaría hacer un viaje como ese. Le gustaría estar ahí, ahora.
quieroooo
T.T
Algún día voy a traerte.
Ese fue el último mensaje que Tadashi le dejó. Probablemente estaría ocupado lanzándose al agua y jugando con sus amigos, imaginó Hiro. Suspiró, dejando caer el teléfono sobre el colchón. Mochi saltó sobre la cama, ronroneando con alegría; frotó su cabeza contra la mejilla de Hiro y, al rato, comenzó a chupetearle el pelo con su lengua áspera. Lo que, como era de esperarse, rápidamente se transformó en arañarle la cabeza en un intento por atrapar su cabello cuando Hiro intentó apartarlo.
—¡Mochi, basta! Vete, ¡shu!
El gato maulló con disgusto y saltó de la cama. Por su parte, Hiro volvió a relajarse creyendo que eso era el final, pero Mochi no sería un felino si dejara las cosas en esa última letra. Como si lo tuviera calculado aguardó a que Hiro estuviera completamente distraído, luego levantó una pata y en un movimiento certero atrapó los mechones de cabello que sobrepasaban el borde de la cama, clavando las garras en la cabeza del muchacho que, al instante, emitió un sonido de dolor y sorpresa.
—¡Auch! ¡Diablos, Mochi, vete de aquí! —Se incorporó listo para espantar al gato pero este ya escapaba despavorido por la puerta entreabierta del cuarto—. Gato loco.
A continuación, se oyó el sonido del aire ingresando en un globo, y cuando volvió la vista vio a Baymax de pie al otro lado de la habitación, observándole con esas lentes oscuras que resultaban más adorables que inquietantes. Jamás sabría cómo había logrado Tadashi ese detalle.
—Ay, no… —suspiró con exasperación.
Se levantó de la cama al mismo tiempo que Baymax comenzaba a avanzar. Tadashi tenía la pésima costumbre de ubicar su caja de contención en el rincón más incómodo de su lado del cuarto, por lo que cada vez que Baymax "despertaba" un desastre procedía a su aparición. En efecto, y como tantas otras veces, al robot derribó a su paso las cosas que adornaban los estantes de Tadashi. Su tamaño y el espacio reducido no eran nada compatibles.
—No, ¡no! Quédate quieto, quédate… —Guardó silencio al comprobar que era inútil. Se frotó la nuca dejando que el desastre se desenvolviera ante él—. Ya qué…
—Hola. Yo soy Baymax, tu asistente médico personal.
—Sí, ya nos conocemos —le dijo aunque sabía que era inútil.
Rodeó al robot para levantar los objetos que habían caído al suelo. Libros, lápices, juguetes y el juego de figuras geométricas que adornaba la cómoda; los juntó todos en un brazo ignorando lo que Baymax decía. Cuando terminó y decidió voltear para prestar atención al robot lo encontró tan cerca que tuvo que retroceder y dos adornos cayeron de regreso al suelo. La figura triangular quedó quieta en el suelo pero la esfera de metal rodó con destellos burlones hasta desaparecer bajo la cama de Tadashi. Suspiró lanzando una mirada de reproche al robot pero Baymax permaneció a la espera con los niveles de dolor brillando en el área del tronco a la espera de que Hiro seleccionase uno.
—Estoy bien. ¡Cero! No me dolió, fue un grito de molestia, más que otra cosa… —Se agachó para recoger los adornos, enmudeciendo cuando se inclinó bajó la cama y su mirada quedó frente a las cajas que Tadashi mantenía siempre en las sombras.
—¿Puedes definir la naturaleza de tu herida?
—¿Eh? Ah, Mochi me tiró del cabello, no fue nada, de veras —insistió poniéndose en pie para regresar las cosas a su lugar. Eso no era exactamente lo que había sucedido pero no iba a molestarse en tratar de explicárselo a Baymax.
—Recomiendo: un té caliente y un beso materno.
La imagen de Cass apareció en la pantalla que ocupaba el torso del robot y Hiro se precipitó hacia adelante tratando de evitar que Baymax hiciera lo que fuese que estaba haciendo. El rostro de Cass desapareció antes de que Hiro pudiera tocarlo.
—Ey, no, ¿qué estás haciendo?
En respuesta, la voz de Cass se oyó desde la planta baja:
—¡Hiro, si querías un té solo debías pedirlo!
Suspiró.
—¿Estás satisfecho con tus cuidados?
—Sí, Baymax —murmuró con el rostro entre las manos—, estoy satisfecho con mis cuidados.
—Ten una paleta.
Algún día Hiro averiguaría donde le había instalado Tadashi la bolsa de dulces. Baymax emprendió la marcha de regreso a su puesto y una vez que se hubo desinflado Hiro se permitió ordenar los adornos de regreso en su lugar. En cuanto terminó se volvió y miró la cama atentamente. Salió de sus cavilaciones con la llegada de tía Cass que asomó por la puerta cargando una bandeja con una taza de té y un plato con galletas.
—Ahí estás —dijo al verlo en el sector de Tadashi—. Oooh, ¿estás husmeando las cosas de tu hermano? Muy mal, Hiro, eso no se hace. —Pero había una sonrisa conspirativa en su rostro que advirtió al muchacho que su tía querría saber de cualquier cosa interesante que pudiera encontrar.
—No estoy… tía Cass, sabes que no haría una cosa así.
La mujer rio y se dirigió al escritorio para dejar la bandeja; Hiro la siguió lanzando una mirada atrás. Cuando volvió la vista al frente se vio atrapado por su tía, que plantó un sonoro beso en su cabeza.
—Mi niño dulce.
—Ya no soy un niño —le recordó, pero la mujer había abandonado la habitación.
Comió una galleta mientras intentaba recordar qué era lo que estaba haciendo antes de la inesperada aparición del robot. La vibración del móvil se lo recordó. Lanzó otra mirada a la sombra bajo la cama de Tadashi, tamborileando los dedos. La idea comenzaba a tomar forma en su mente y le resultaba imposible apartarla de su cabeza. ¿Sería tan malo? Sí, porque él y Tadashi no eran esa clase de hermanos; compartían una confianza sólida que nunca había sido traicionada. Pero, insistió la curiosidad, se trataban de los trabajos de su hermano, proyectos, nada más. Ciertamente, echar un vistazo a eso no representaba una traición. ¡Al contrario! Demostraba cuánto lo admiraba, sin duda.
Encendió el móvil y abrió la conversación con su hermano. Tadashi le había enviado una serie de fotos tomadas en los últimos minutos en donde se lo veía jugando con sus amigos en el agua o posando para la cámara. Hiro ignoró las imágenes, por ahora, y escribió:
puedo ver tus proyectos?
Tadashi respondió a los pocos segundos.
Claro.
Aquello fue suficiente para Hiro. No esperó al siguiente mensaje de Tadashi, que había comenzado a escribir algo más, a juzgar por los tres puntos que bailaban en la parte inferior del chat; dejó el móvil y se lanzó hacia el sector de Tadashi, arrodillándose en el suelo para inclinarse bajo la cama y sacar la caja que permanecía siempre en las sombras, salvo las raras ocasiones en que Tadashi la abría para bocetar algún proyecto misterioso. Proyecto que Hiro iba a descubrir en ese preciso instante. Trató de imaginar las creaciones que la mente brillante de su hermano podía elaborar, comprendiendo perfectamente que no podría imaginar jamás lo que su hermano imaginaba: la mente de Tadashi estaba demasiado adelantada, era imposible idear lo mismo que él y, sin duda, lo que fuera a encontrar ahí superaría las expectativas de Hiro. Solo pensarlo le llenó de emoción. Estaba listo para perder el aliento ante el asombro.
La caja no era la gran cosa. Era de cartón teñido de azul, pesada debido a su contenido. La abrió con reverencia, como si fuera un objeto valioso o como si temiera que la grandeza de la mente de su hermano fuera a atacarlo con la luz del conocimiento. O ambas cosas a la vez. Dentro había dos pilas de tres cuadernos. Nada más. Levantó el primero de la derecha, observando la tapa insulsa, sin rotulado ni garabatos, ninguna especia de señalización o nombre que pudieran delatar su contenido o, al menos, mostrar algún indicio en código destinado para su propietario. De cierto modo, tenía sentido. ¿Por qué iba Tadashi a marcar sus cuadernos de trabajo?
Lo abrió en una página al azar y luego lo cerró con prisa.
Mantuvo la mirada fija en la tapa sintiendo cómo su corazón se aceleraba a medida que su mente procesaba lo que acababa de ver. La imagen tenía forma pero no le encontraba sentido, y cuando lo encontró, se convenció de que había visto mal.
Abrió el cuaderno otra vez, con lentitud, notando que la mano le temblaba. La imagen que lo recibió fue otra, menos impactante, pero sin un rastro de inocencia luego de lo que acababa de ver. En las hojas lisas del cuaderno vio su propio rostro dibujado a la perfección por una mano experta. Hiro sabía a quién pertenecía la mano, aunque deseaba terriblemente que no fuera verdad. De un lado del cuaderno había un dibujo de cuerpo entero tan bien hecho que cualquiera creería que Hiro había posado para el mismo; del otro lado, varios bocetos de su cara vista desde distintos ángulos y con distintas expresiones. Se lamió los labios, nervioso, antes de pasar de página. Está vez encontró dos dibujos: uno bastante inocente en donde se lo veía recostado con la cabeza sobre las manos devolviendo la mirada al espectador y el siguiente, menos inocente, parecía ser la secuencia de aquel primer dibujo: Hiro encogido, gateando hacia delante aún con la mirada al frente. Esa mirada… Hiro estaba seguro de que nunca, jamás, había mirado a alguien de ese modo y el insulto era mayor ante lo realista que se veía. Sus ojos estaban trazados con tanto cuidado que asemejaban a los de una fotografía, excepto por aquel brillo insinuante que el artista se había tomado la libertad de incluir.
—¿Qué demonios? ¿Qué es esto...?
Volvió a pasar de página y por poco cerró el cuaderno otra vez pero se contuvo alejándolo todo lo que sus brazos lo permitieron como si acabaran de sobresaltarlo con una aparición repentina. Sus ojos, sin embargo, permanecieron clavados de par en par en el dibujo. En él se vio a sí mismo vistiendo solo la gorra de Tadashi y enseñando la lengua con picardía, como si estuviera encantado con ello. No supo —ni quería saber— en qué momento su hermano le había observado tan detenidamente como para retener en memoria tantos detalles sobre el cuerpo de Hiro pero sintió el rostro arderle con vergüenza, humillación, enojo y confusión al observarse reflejado en el papel con tanta desfachatez como si fuera parte de un cuadro griego para entretener a los pervertidos.
Aquel era el último dibujo en el cuaderno, el resto de las hojas estaban en blanco.
Hiro lo cerró y lo dejó caer sin cuidado alguno. Permaneció allí sentado con una mano sobre la boca. Pensando, pensando, pensando. Intentó encontrar una explicación lógica pero le fue imposible. No llegaba a completar los pensamientos, cualquier atisbo de "tal vez…" y "puede que…" morían sin continuación pues no se podía negar lo evidente. Solo había una explicación y le daba pavor aceptarla. Regresó la mirada a la caja y se lanzó a por uno de los cuadernos del fondo; los bordes de hojas amarillas delataban la edad que tenía y el uso que el dueño le había dado. Lo abrió en la primera página y una fotografía cayó del interior pero la ignoró, más preocupado por el asunto en manos. Las líneas que trazaban los primeros dibujos eran duras y torpes en comparación a las que había visto en el cuaderno anterior. Había rastros de partes borradas reiteradas veces, más errores y menos detalles. Las hojas del inicio contenían dibujos completamente inocentes, la clase de imágenes que si Hiro hubiera visto primero le habrían hecho rodar los ojos, bufar y regresar la caja a su lugar bajo las sombras de la cama pensando que su hermano necesitaría un mejor modelo para luego olvidarlo por completo. Esto, en cambio, no iba a olvidarlo jamás. Poco a poco notó el cambio que las imágenes adquirieron. Sutiles al comienzo. Mientras el trazo se volvía delicado debido a la costumbre de la mano autora al dibujar la silueta de Hiro las imágenes se iban tornando menos pudorosas y más osadas. La ropa se tornó ligera hasta que dejó de aparecer y las poses perdieron rigidez y adquirieron sensualidad. Podía leer el proceso mental del autor en el mapa de los dibujos: lo que había comenzado como el susurro de una idea había adquirido fuerza ante la falta de represalias, al comprender que nadie sabía de ello y era libre de expresarse a su antojo. Cerca del final los dibujos se transformaron en algo que Hiro no quería seguir mirando.
Con prisa lanzó los dos cuadernos dentro de la caja y la cerró usando todo el peso de su cuerpo para sostener la tapa, sintiendo que algo iba a empujar desde adentro solo que esta vez ese algo no era una maravilla brillante sino una espesa oscuridad. Pateó la caja bajo la cama, se puso en pie y avanzó con pasos veloces hacia la puerta solo para dar media vuelta y encaminarse hacia el centro de la habitación que parecía dar vueltas. Su cuerpo se había movido en busca de Cass, impulsado a contarle lo que acababa de descubrir, solo que no podía contarle eso a su tía. Sin embargo, temblaba con la necesidad de confiar en alguien ese terrible descubrimiento porque el pánico amenazaba con tomar el mando si no lo filtraba pronto. Recogió el móvil y se detuvo. La única persona a la que sería capaz de confiar una cosa así, su confidente infaltable, su apoyo constante, era Tadashi. Y, por obvias razones, Tadashi acababa de ser arrancado de aquella posición con violencia y ahora Hiro descubría en su lugar un hueco por donde se filtraba un aire helado.
Volvió la mirada al móvil en donde sobresalía la notificación de los mensajes sin leer. La conversación que había dejado inconclusa con su hermano bailó ante sus ojos.
La clave es Mochicafe6
Ten cuidado con lo que tocas, por favor, un pequeño cambio podría arruinarlo todo.
Trabajé muy duro en esos cálculos.
El primer instinto de Hiro fue rodar los ojos y pensar en responder "no voy a arruinar nada, ¿por quién me tomas?" pero aquella fue la reacción de un Hiro fantasma en su interior, una costumbre, una reacción automática… En realidad, Hiro permaneció inmóvil con la vista clavada en las palabras que su hermano había enviado. Trató de responder aquello que el fantasma había pensado porque era lo que se esperaba que respondiera, mas los dedos temblaron a centímetros de la pantalla, retenidos en el aire mientras las palabras comenzaban a desdibujarse frente a ellos.
Porque por supuesto que Tadashi mantenía sus proyectos en el ordenador. En la era en la que vivían la tecnología digital era la herramienta fundamental, práctica, que facilitaba todos los trabajos. Los cálculos, los diseños, los textos, todas acciones cuyo tiempo de elaboración se veía reducido por la mitad o más gracias a las herramientas que una computadora tenía para ofrecer. Y lo que Tadashi no pondría en una computadora —una máquina susceptible a robos, espías, que debía ser compartida o la que por cualquier motivo imaginable podría ser revisada por un tercero— era un secreto personal y oscuro que no querría que nadie jamás encontrara por accidente. Excepto… que había confiado tanto en su familia, una familia que nunca traicionaba la confianza de los otros husmeando en las pertenencias ajenas, que se había vuelto descuidado.
Descuidado con su pornografía, comprendió Hiro.
Dejó caer el móvil y corrió al baño para vomitar, aunque todo lo que salió de su boca fue un sollozo de espanto.
