El sol brillaba en el cielo, el viento agitaba las hojas de los árboles, los pájaros cantaban y el sonido de unos fantásticos tambores resonaba en su cabeza. Fred agitó los brazos al ritmo de la canción que ocupaba sus pensamientos. Se sumergió en la sensación que recorría cada extremidad impulsándolo a incluir sus piernas en el movimiento. Pronto no solo golpeaba los tambores invisibles, también giraba y bailaba en la cocina.

La guitarra estaba sobrevalorada, de todos modos. Los tambores involucraban acción, explosiones de energía, y eso era Fred en estado puro. Sí, señor.

Las burbujas de aceite comenzaron a reventar con furia, como si quisieran recordarle a Fred que la hornalla estaba encendida y los huevos ardían sobre la sartén. Se apresuró en apagar el fuego notando con una mueca que los bordes de la clara estaban negros. El lado inferior se encontraría en peor estado, sin duda. Al mismo tiempo notó que la tostadora no había terminado de calentar el pan, de hecho, una suave nube de humo surgía del interior y ahora que le prestaba atención a sus sentidos captaba el olor a pan quemado que impregnaba el ambiente; tras una inspección cercana descubrió que esto se debía a que había programado el temporizador para más de lo recomendado. Lo apagó de inmediato.

—Cielos, Fred. Te dijimos que no te preocupes por la comida… —Le alcanzó la voz de Tadashi desde la puerta de la cocina.

Se frotaba un ojo con cansancio pero, más allá de un aspecto somnoliento, estaba listo para enfrentar al día.

—¡Ah-ha! El anfitrión siempre debe encargarse de alimentar a los invitados, y qué mejor que la cuisine du chef Frued para iniciar el día —dijo, volteando el huevo en el aire y provocando que la yema estallara en pequeñas gotas amarillas—. Al menos, eso es lo que siempre dice mi mamá.

—¿El mal intento de francés?

—La atención a los amigos —rebatió de buen humor.

Volteó la cabeza para dedicarle una sonrisa pero Tadashi se encontraba sentado a la mesa con la vista fija en el teléfono. A diferencia de los días anteriores donde el muchacho observaba la pantalla con una sonrisa suave y mirada soñadora, esa mañana en su rostro había un entrecejo fruncido y decepción.

—¿Todo bien? —inquirió.

—Sí, creo… Tía Cass dice que todo está en orden pero… —Encogió los hombros como si aquello tuviera que significar algo para Fred.

Tal vez en el idioma de los genios aquel movimiento significaba muchas cosas, pero el cerebro de Fred no tenía tiempo para analizar esos detalles.

—Mmm, eso es bueno, ¿no?

—Por supuesto. Solo que… no he sabido nada de Hiro desde ayer.

—Ya entiendo. —Recargó su cuerpo contra la mesada—. Déjalo ser, ¡tiene quince! Recuerda cómo era esa etapa de la vida. Los cambios de humor, las axilas apestosas, los pensamientos descabellados, las hormonas… ¡Tal vez consiguió una novia!

Tadashi soltó una exclamación ahogada y su mirada se intensificó sobre el móvil, como si pudiera ver lo que ocurría al otro lado de la pantalla con solo proponérselo.

—Es muy pronto para eso —murmuró.

—¿Bromeas? ¡Es la mejor edad!

—¿Tu cre…? ¡Fred, el huevo!

Giró con prisa. La clara, que había dejado de serlo cuando Fred la volteó sobre la sartén, era ahora una circunferencia marrón y dura.

—¡Rayos! Oh, da igual, haré otro. —Encogió los hombros de buena gana.

—Las palabras de alguien a quien nunca le faltó nada.

Eso no provino de Tadashi. El cuerpo de Fred se tensó al instante e inspiró hondo antes de mirar sobre su hombro con la sonrisa más amistosa que poseía. Fue en vano porque Honey no lo estaba observando; tenía los ojos cerrados en medio de un bostezo. Incluso así lucía hermosa y Fred tuvo que regresar su errante atención a la comida. "Buenos días", la escuchó decir, y luego siguió cada uno de los sonidos que realizaba con inevitable interés. La heladera cuando la abrió, la taza cuando la apoyó sobre la mesa, el cajón de los cubiertos, los pasos que se aproximaban… Pasó saliva cuando la tuvo a su lado, mirando por encima de su hombro. El perfume dulce que impregnaba su cabello y piel reemplazó el intenso aroma de la comida quemada causando que las piernas de Fred temblasen. La chica le tendió un huevo y Fred no perdió la oportunidad para admirar sus delgados y finos dedos como un fracasado.

—¿Sabes qué falta? Un buen tocino.

—¡Ah-ja! ¡Un pedido para el chef Frued! En seguida sale una orden de porc al douce —dijo con la voz algo histérica por los nervios, pero Honey ya se había apartado.

La contempló mientras preparaba su café matutino e iba a sentarse junto a Tadashi, que descansaba la cabeza sobre una mano y seguía contemplando el móvil con desánimo. Pese a que no hacían nada —a penas y se habían dirigido una mirada— Fred no pudo evitar la punzada de menosprecio que la imagen de ambos le generó. Encajaban perfecto. Fred podía imaginarlos así en algún futuro, si un día decidían estar juntos: atractivos e increíblemente inteligentes, ideando un chicle supremo, o la píldora de la inmortalidad, o cualquiera de esas cosas con las que Fred podía fantasear sin datos científicos pero que jamás podría comprender en sus cimientos. En verdad Tadashi y Honey… tenían sentido. Fred, en cambio, no encajaba en nada dentro de la imagen que su mente ideaba. ¿Qué podía ofrecer él a una chica así? Malos chistes, conversaciones insustanciales y poca higiene.

Y una copiosa cantidad de dinero, murmuró el recuerdo de su madre instándole a conseguir novia. Pero para una chica como Honey el dinero no sería más que una estupidez.

—Chef Frued —llamó la chica en cuestión—, ¿qué hay de mi tocino?

—¡Ah! ¡En seguida, mademoiselle!

En su paso hacia la heladera se aseguró de golpear la mesada y todo lo que hubiera sobre esta como si fueran instrumentos de percusión con el fin de demostrar lo bien que se sentía. Nada malo pasaba por su cabeza, hombre, ¿qué no conoces al gran Fred? La vida es un festival.

—¿Y a ti qué te pasa?

Por un breve instante creyó que le hablaban a él. Que a pesar de su comportamiento desafectado los genios de sus amigos habían captado los detalles de un corazón nervioso e inseguro, pero cuando volteó para negar cualquier malestar descubrió que la pregunta iba dirigida a Tadashi. Himiko, que había entrado en la cocina sin que Fred se percatase, escudriñaba al desanimado muchacho en busca de una explicación. Con alivio, Fred lanzó las tajadas de tocino sobre la sartén. Iba a tratar de cocinar bien, aunque lo había intentado durante cuatro días y había fracasado espectacularmente; si Honey quedó impresionada, fue en la dirección opuesta a la que Fred pretendía. Eran las consecuencias de diecinueve años de no levantar un dedo dentro de la cocina gracias a los cocineros contratados de todas partes del mundo y la tecnología a la que no hacía falta más que pronunciar una orden para que esta se cumpliera. Eso, y el poco esfuerzo de Fred por aprender el arte culinario.

No había cocineros ni tecnología avanzada en la cabaña. Eso no tenía nada de malo entre amigos, donde era divertido reírse de los errores propios, pero cuando la chica que te vuelve loco se encuentra presente… la cosa se ponía dura.

—¿Tu amante misterioso no te responde? —preguntó Honey en un canturreo.

—Algo así…

Olvidando las tajadas, Fred una vez más encaró a sus invitados.

—Woo, qué mal, amigo. ¿Al mismo tiempo que Hiro?

—¿Qué pasa con Hiro?

—¡Qué también lo ignora! —Chasqueó la lengua—. Que mala suerte, en serio.

En esos cuatro días Tadashi no se había separado del móvil. No lo había creído uno de esos chicos dependientes de una pantalla, pero no bastaron más que un par de horas para notar que Tadashi solo respondía a dos personas y la actitud con que lo hacía. Era fácil distinguir con cuál de sus dos personas favoritas se comunicaba. Si le preguntaban con quién hablaba cuando mandaba mensajes rápidos y resoplaba entretenido, la respuesta sería "con Hiro", en cambio, si se lo preguntaban cuando observaba la pantalla con una sonrisa boba y completamente abstraído por las palabras que se le devolvían, la respuesta sería "con nadie". Así, para la primera noche, el muchacho se había ganado las sanas burlas de sus acompañantes y la enorme intriga de quién podría gustarle —debía ser alguien asombroso, supuso Fred, ante el alivio y la incredulidad de que no fuera Honey—.

Ante sus palabras, Tadashi se enderezó y puso el móvil boca abajo, como si quisiera ocultar algo pese a que la pantalla estaba oscura.

—Hay días en donde todo se alinea para mal —dijo Himiko negando con la cabeza tras dar un sorbo a al té.

—Uuh, lo siento tanto. —Honey apoyó una mano sobre el hombro de Tadashi y los ojos de Fred se fijaron en el contracto al instante—. Piénsalo de este modo: esta tarde volverás a casa y podrás descubrir qué sucede. Seguro solo están ocupados.

—A mí se me hace raro; que uno esté ocupado es posible, pero, ¿su hermano y su novio a la vez? —dijo Himiko.

Tadashi emitió un sonido ahogado.

—Claro, cierto. No hagamos de esto algo importante, ¿eh? —El movimiento de los brazos delató que se frotaba las piernas de modo nervioso bajo la mesa.

—¿Cuándo vas a contarnos algo sobre esta persona misteriosa? ¡Anda, es el último día! ¡Al menos danos un nombre! —insistió Fred.

Honey le dedicó una mirada de reproche que no tardó en transformarse en una de alarma.

—¡Fred, la comida!

Se dio la vuelta para apagar la sartén. La conversación quedó momentáneamente olvidada y Tadashi, ante la oportunidad, se puso en pie dejando a un lado las tostadas carbonizadas que Fred le había preparado. Señaló atrás con el móvil en mano.

—Será mejor que comience a empacar. Luego me dicen los planes para hoy, ¿de acuerdo? —Con un ademán incómodo abandonó la cocina.

Himiko le siguió, acabando su té con la excusa de que ella también debía terminar de empacar. Fred los observó marchar con decepción, la sartén cargada con tajadas de tocino duro agregando una nota patética a su aspecto.

—¿Monsieur chef? ¿Mi desayuno? —inquirió Honey.

La reacción fue instantánea: Fred sonrió encantado y acercó la sartén al plato de la chica, dejando caer tres tajadas sobre el mismo. Preparó lo suyo y tomó asiento frente a ella. Honey llevó un tocino a la boca, pese a que ambos sabían que estaría horrible, y mordisqueó la punta. Al sentir el sabor llevó una mano a la boca y sonrió con una mueca que delataba lo que Fred ya sabía.

—No está tan mal —dijo, y continuó masticando.

La contempló mientras comía esforzándose por no realizar comentarios demasiado tontos. Honey soltó varias risas entre su café y el tocino, por lo que el panorama era favorable. Por un momento eran solo ellos, la misma fantasía que acababa de ver minutos atrás pero en lugar de Tadashi se encontraba Fred —un Fred más elegante y fuerte, que era el Fred que siempre protagonizaba sus aventuras mentales—, y ese pequeño momento se sintió glorioso. Cada vez que Honey sonreía ante sus palabras o le lanzaba miradas tímidas por encima de la taza, un recodo en su frágil corazón no podía evitar pensar que la chica también lo quería.

Charlaron sobre los planes para el día mientras lavaban los platos, una actividad doméstica que llenó de cosquilleos asombrosos el cuerpo de Fred, pero como no les quedaban más que un par de horas para iniciar el viaje de regreso estuvieron de acuerdo en que lo mejor sería disfrutar del último día en la cabaña.

—¿En serio, Fred? —preguntó Honey al rato.

Lo había acompañado por el pasillo y se había detenido ante la habitación del muchacho con las cejas arqueadas al ver la imagen del interior: prendas arrojadas por doquier, las sábanas de la cama por el suelo, envoltorios de comida sobre el escritorio, migas de galletas dispersas sobre la alfombra y varios platos que habían sido catalogados como "desaparecidos" a lo largo de esos tres días. Fred encogió los hombros sin vergüenza.

—Este es el hábitat natural del verdadero Fred.

—¿Cómo vives en tu casa?

Volvió a encoger los hombros avanzando hacia el centro del desastre.

—Sir Alfredo se encarga de limpiar. No lo sé, honestamente. Nunca lo veo cuando lo hace. ¡Es como magia!

—Espero que te cases con alguien a quien le guste limpiar, de lo contrario no sé cómo harán para vivir juntos.

—¿A ti te gusta limpiar?

La pregunta abandonó sus labios antes de que pudiera siquiera pensarlo. Era una pregunta inocente que no causaría nada extraño si se tratara de otra persona, pero con Honey, de algún modo, las palabras causaron que el ambiente se tornase pesado.

—No es que esté insinuando nada… —Intentó aclarar, pero aquello fue peor.

—Iré a cambiarme… —respondió Honey con un ademán incómodo—. Te esperamos en la piscina, ¿sí?

Se marchó antes de que Fred pudiera responder. Con un suspiró empujó con la punta del pie una lata de papas fritas que había quedado en el suelo. Si fuera más organizado tal vez la conversación hubiera resultado diferente, sin embargo, no guardaba ninguna esperanza de algún día ser esa clase de hombre. Limpiar era tedioso y aburrido, dejar que las cosas se asentasen en su lugar por orden natural era mucho más sencillo. En fin, no era como si Honey no supiera que él usaba el mismo calzón durante semanas. Movió los hombros y estiró los brazos para relajar el cuerpo, luego se puso en la labor de recoger sus prendas y separar la basura de lo útil. En cuanto volviera a casa enviaría a Alfredo y un equipo a que se encarguen de la limpieza profunda, por lo tanto, guardó su ropa en la valija, los aparatos electrónicos en el bolso y dejó el resto de la habitación tal como se encontraba. Con estrépito arrastró la valija tras él y la depositó junto a las de sus amigos cerca de la entrada, listas para ser cargadas al coche en cuanto el chofer llegara por ellos.

Se dirigió entonces al patio trasero. Desde la puerta distinguió a Himiko y Honey tomando sol junto a la piscina, y en la galería, recargado sobre sus codos contra la barandilla de la escalera, Tadashi observaba su teléfono con la expresión embelesada que dedicaba a los mensajes de la persona misteriosa con la que hablaba. Con una sonrisa traviesa, Fred se acercó sigiloso y miró por encima del hombro contrario para espiar lo que veía. La pantalla del móvil de Tadashi mostraba una fotografía. En la imagen se veía a Hiro recostado sobre lo que parecía una cama, a juzgar por las sábanas azules del fondo, con una expresión de fingida inocencia que, si se tratara de otra persona, Fred interpretaría como un coqueteo.

—¿Hiro ya te respondió?

Fred no tenía la habilidad para describir lo que sucedió en el segundo que formuló la pregunta, pero si tuviera que esforzarse diría que una cuchilla invisible erró a Fred de milagro e impactó en Tadashi de lleno, similar a como sucedió en el tomo número cinco de Los Indestructibles contra los C-men cuando Lucky sometió a su hermano Ther con poderes mentales pero no al Chico Presentable.

Compararlo con un comic era lo mejor que podía lograr a la hora de describir lo que sucedía a su alrededor.

Tadashi apagó la pantalla con una calma tensa, se enderezó y volteó para mirar a Fred. Cada movimiento fue rígido, automático, y en su rostro había una expresión que lo hacía lucir idéntico a Hiro. Era la mueca alerta que ambos ponían cuando hacían algo mal y pretendían ocultarlo, solo que no sabían disimular para nada, con los labios tensos, los ojos bien abiertos y mirada errante.

—¿Qué? —dijo con voz entrecortada.

—Hiro te envió una foto, ¿eso es lo que estabas viendo, no?

—¡Oh! Eso, sí… Sí, así es, ya está todo en orden. —Se frotó la nuca clavando la mirada en el suelo.

—Qué bueno. —Hubo una pausa pesada que Fred no supo interpretar—. Eh… ¿y qué hay de tu amante misterioso? ¿Mmm? ¿También te envió una foto?

Agitó las cejas buscando una reacción positiva pero lo que consiguió fue que su amigo soltase un siseo similar al de alguien que se quema. Con una mueca volvió a recargar los codos sobre la barandilla y esta vez encorvó la espalda sobre sus brazos, pasando ambas manos por su cabello.

—¿Estás bien?

—¿Alguna vez…? —Se interrumpió, tomó aire y aún sin mirar a Fred, prosiguió—: ¿alguna vez deseaste no amar a alguien?

Era una pregunta complicada. Pregunta de examen, diría Fred. Como con toda pregunta complicada no científica, se tomó un momento para meditarlo antes de responder.

—No realmente. ¿Por qué lo preguntas?

—A veces eso es todo lo que quiero.

No solo una pregunta complicada, era también una pregunta seria, por lo que Fred activó su nivel más alto de amigo comprensivo y se posicionó junto a Tadashi para apoyarlo con su cercanía.

—Vamos, no digas eso. ¿Qué puede ser tan malo del amor, eh?

—Todo, si se trata de alguien imposible. Alguien que jamás te va a amar de la misma forma y con quien jamás podrás tener una relación.

A la mente de Fred acudió el recuerdo de la noche de dos días antes, o, más bien, la madrugada del día anterior, cuando habían bebido más cervezas de las que acostumbraban y los cuatro habían caído en una agradable desinhibición que los mantuvo alegres durante horas. Cerca del final Tadashi se había retirado a un rincón con su móvil pegado al rostro mientras tipeaba con prisa. Luego Fred se acercó para llevarlo al sillón, donde ambos se desplomaron con torpeza y no volvieron a levantarse hasta la mañana siguiente junto con un terrible dolor de cabeza. Durante el tiempo que les llevó quedarse dormidos Fred lo había oído murmurar: "¿Por qué lo amo, Fred? ¿Por qué?".

Tal vez no fuera la mente más brillante, pero no hacía falta ser un genio para comprender que lo dicho aquella noche tenía relación con lo que decía ahora. Su mirada fue a parar sobre la figura de Honey recostada en la reposera.

—Creo que sé a lo que te refieres.

Tadashi soltó una risa despectiva.

—No, no lo sabes.

—De acueeeerdo… ¿y por qué no inventas algo para suprimir sentimientos? Estoy seguro que eres capaz, ustedes y sus inventos locos y eso.

—Porque no quiero dejar de sentirme así. Me gusta amarlo, me llena de alegría —admitió—. ¿Cómo puede algo hacerme tan feliz y tan desdichado al mismo tiempo, Fred?

Le faltaban palabras para responder. Tadashi estaba hablando de un tema que realmente le atormentaba y Fred no estaba seguro de ser la persona más adecuada para darle consejos. Eso no significaba que no desease serlo, pero sabía reconocer sus limitaciones.

—Supongo que así es el amor —dijo con simpleza, volviendo a mirar a Honey—. No podemos controlarlo ni evitarlo. Solo queda aceptarlo y ya.

Tadashi apoyó los nudillos contra la boca y al cabo de un rato repitió:

—Aceptarlo y ya.

Al final Fred no terminó la tarde nadando con Honey. No lo lamentó. Sentía que Tadashi necesitaba su apoyo, aunque fuera silencioso, más que nunca.