Ninguno de los personajes en esta historia me pertenece.
:
La caja de Pandora
:
Negación
Solo había una verdad irrefutable en el mundo. No se trataba de algo científico, pues esta verdad era más sencilla de comprobar. Esta verdad declaraba que Tadashi era perfecto.
Solo que, en realidad, no era perfecto en absoluto.
Entonces, la única verdad que Hiro conocía no era más que un engaño. ¿Qué quedaba de su mundo después de eso? Cuando las certezas se hacían añicos y las bases sólidas sobre la cuales se sostenía de pronto se quebraban y caían en pedazos, ¿qué quedaba? Una terrible sensación de vértigo, unas nauseas infinitas. El suelo temblaba, causando pasos inestables, el universo se volteaba por completo. Supuso que así debía sentirse un religioso cuando perdía la fe o un hombre traicionado por la persona en quien más confiaba y, de cierto modo, Hiro era ambos.
No pudo dormir por pensar en ello. La noche era tranquila y la quietud dentro de la habitación era total, sin embargo, el mundo para Hiro colapsaba, desplomándose pedazo a pedazo. Analizó cada aspecto de su vida, cada memoria vinculada a su hermano, cada momento decisivo en su historia. De pronto todo lucía diferente, aunque igual. Porque el Tadashi de sus recuerdos, ese muchacho amable y atento que había ayudado a moldear su personalidad, se veía tan inocente como lo había sido siempre. Le resultaba imposible imaginar una intención oculta detrás de cada abrazo, cada caricia, cada mirada; le resultaba imposible ver a un pervertido detrás de la sonrisa bondadosa, los gestos considerados, incluso a pesar de las pruebas. Y era ahí cuando el cerebro entraba en conflicto con las emociones. Una parte de su ser no podía evitar defender a Tadashi, insistiendo con que aquellos dibujos no eran prueba de nada. ¿Y qué si eran comprometedores? Su hermano debía estar practicando el diseño de la figura humana, utilizando la forma de Hiro como modelo.
Esa sería una excusa viable, si Hiro fuera estúpido.
Aunque tal vez lo era, por no haberlo notado antes, sin embargo, ¿cómo podría… quién podría imaginar una cosa así? Y Tadashi… Tadashi siempre había sido reservado con los asuntos del cuerpo y la lujuria. En toda su adolescencia jamás había dejado rastros de ser un joven sexualmente activo: no había revistas para adultos asomando por algún escondite, ni fotos obscenas guardadas en alguna carpeta del ordenador, ni condones en la mesada o chicas escabulléndose en medio de la noche. No era la clase de chico que miraba con lascivia a las mujeres o realizaba comentarios inapropiados entre hombres en una patética necesidad por realzar su hombría. De no ser por esas ocasionales noches en las que Hiro había visto su silueta a través del shōji creería que Tadashi no sentía los impulsos carnales del cuerpo. Jamás se le habría ocurrido que la falta de participación de su hermano en esos asuntos se debiera a que el origen de sus fantasías fuera un tabú.
Se cubrió la cabeza con las sábanas y volvió a rememorar los años compartidos con Tadashi. ¿En qué momento había comenzado? Forzó la mente intentando recordar cuándo había aparecido aquella caja por primera vez, en vano. Pero, ¿sería contemporánea a los deseos de su hermano, o posterior? ¿Acaso Tadashi había tomado un lápiz y había comenzado a trazar las líneas para su regocijo sexual ni bien lo experimentó por primera vez o le había llevado tiempo armarse de valor para dejar pruebas de lo que pasaba por su mente?
Hiro negó ante aquellos pensamientos.
No. No. No. No. No podía ser. Seguramente había una buena explicación para todo aquello. Tadashi tendría un buen motivo, sin duda, solo debía esperar a escucharlo y entonces el mundo volvería a su lugar, todo tendría sentido otra vez. Excepto que la idea de hablar de eso con Tadashi, la simple idea de reconocerlo y evidenciarlo causaba que el estómago se le revolviera otra vez.
De algún modo, entre el conflicto que sufrían su cuerpo, su mente y sus emociones, se quedó dormido. Mas no descansó. En la mañana, cuando el despertador chilló para recordarle que debía asistir a clases, le costó abrir los ojos y más aún abandonar la cama. Agotado por un cansancio que nunca antes había experimentado logró cambiarse con mucho esfuerzo y luego bajó las escaleras al encuentro de Cass, que preparaba el desayuno. Vestía su pijama y se la notaba somnolienta, pero una suave sonrisa surcaba sus labios mientras realizaba la tarea que Hiro no le veía hacer desde pequeño, antes de que Tadashi creciera lo suficiente para decidir que su tía merecía descansar y que él podía encargarse de algo tan sencillo antes de ir a la escuela. Sus mañanas estaban llenas de eso: bajar a medio vestir con los ojos entrecerrados por el sueño, dejarse caer sobre una silla y ver la expresión de cariño que su hermano le dedicaba mientras depositaba el plato ante él, con comida recién preparada. ¿Qué clase de cariño era el que iluminaba su mirada? ¿Era sano o era aberrante? Se llevó una mano a la frente y apretó con fuerza para quitar esas dudas de su cabeza. No quería pensar en eso. Si caía ahora, se hundiría en un círculo sin fin donde cuestionaría cada fragmento de memoria que incluyera a Tadashi.
—Buenos días, cielo. ¿Qué hay con esa cara? ¿No dormiste bien? —Cass le acarició la mejilla con dulzura.
El labio de Hiro tembló y el impulso de compartir la situación con ella le inundó, pero la expresión cargada de preocupación maternal se lo impidió; si a Hiro el mundo se le había caído a pedazos, ¿qué sentiría Cass si se lo decía? No podría hacerle eso a ella, la destrozaría. Además: aún no estaba completamente seguro de lo que creía. Incluso si las pruebas estaban ahí… pruebas que no eran pruebas hasta que se demostrase lo contrario. ¿Qué sería "lo contrario"?, insistió su parte racional. Volvió a llevarse las manos a la cabeza.
—¿Te sientes bien?
—Sí, tía Cass. Descuida… solo me costó dormir —murmuró.
No iba a someter a su tía a tal descubrimiento, fuera lo que fuera que significara.
—Pues hoy es un gran día. Tu hermano estará de regreso esta tarde, ¡yupi! —celebró con la intención de animarlo.
Hiro se atragantó con el arroz. De pronto perdió el apetito.
—Ah, sí, es verdad —intentó sonreír pero solo pudo elaborar una mueca tensa—. ¿Sabes? Acabo de recordar que Go Go me espera temprano el día de hoy, así que voy yendo.
—Pero el desayuno…
—¡Comeré en la universidad! ¡Adiós, nos vemos!
Escapó por la puerta antes de que su tía pudiera reprochar. Se dio cuenta que había olvidado la mochila, por lo que tuvo que regresar con la cabeza gacha para evitar la mirada de Cass, ignoró sus preguntas mientras corría escaleras arriba y bajó igual de rápido con la mochila colgada del hombro y un veloz "¡adiós!" en dirección a la mujer. Una vez afuera corrió al transporte público, que por una vez estuvo en horario para llegar a la primera clase, y se desplomó sobre el asiento con un suspiro pesado. Cerró los ojos intentando resistir el impulso de revisar sus mensajes, en vano, y con un chasquido de lengua buscó en el bolsillo hasta encontrar el móvil. Sus dedos se movieron de forma automática hasta abrir los mensajes de Tadashi.
Ten cuidado con lo que tocas, por favor, un pequeño cambio podría arruinarlo todo.
Trabajé muy duro en esos cálculos.
¿Qué te parecen?
Acepto críticas.
¿Sigues mirándolos?
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De verdad creo que amarías este lugar.
Espero que estés ocupado estudiando y no con videojuegos.
Hablé con Cass. Ya te lo habrá dicho pero les envío un saludo. Los extraño.
¿Estás bien?
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La última noche en la cabaña.
Es una pena que no pueda mostrarte las estrellas, se ven espectaculares.
Cuando estés libre llámame, ¿de acuerdo?
Buenas noches.
Buen día. ¿Estás despierto?
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Último día.
Nos vemos en la tarde, supongo.
Hiro dejó caer la cabeza contra la ventana del vehículo. Leer aquellos mensajes le había estresado más que cualquiera de los exámenes que tuvo en su vida. El móvil emitió el timbre de una notificación emergente y el corazón de Hiro dio un salto, seguro de que sería Tadashi, pero no.
—Ugh, ahora no Allistar —gruñó.
Realizó un par de ejercicios de relajación que consistían en inspirar y exhalar profundamente hasta que el transporte le dejó en la parada de la universidad. Caminó el resto del trayecto con determinación, decidido a no pensar más en Tadashi y el contenido de la caja que yacía bajo su cama. Sin embargo, aquello era más fácil pensarlo que hacerlo, en especial cuando todo lo que le rodeaba estaba ligado a su hermano. Lo comprendió cuando entró al laboratorio después de clase y un escalofrío le recorrió el cuerpo: allí estaban las memorias compartidas con Tadashi, los amigos de Tadashi y las herramientas de Tadashi. No se había percatado de lo enredadas que estaban sus vidas hasta entonces. ¿Había sido todo un plan retorcido de Tadashi para tenerlo siempre cerca? No, se dijo con vehemencia. No, no. Tadashi lo había sacado de las luchas porque eran hermanos y se preocupaba… ¿verdad? ¿Pero no había manipulado toda la escena con una actitud que ahora Hiro consideraba sospechosa?
—¿Estás bien, Hiro? —preguntó Wasabi.
Hiro, que se había abrazado el abdomen sin notarlo, se enderezó de golpe.
—¡Por supuesto! ¿Por qué no iba a estarlo? Todo está fenomenal, no sucede nada raro.
—De acuerdo… —Enarcó una ceja y Hiro huyó antes de que pudiera continuar preguntando.
Se apresuró hasta su mesa de trabajo donde Go Go lo escudriñó con ojo crítico durante varios segundos.
—Oye. Si vas a vomitar no te quiero cerca de los planos. Vete a casa si estás enfermo.
—¡No! Estoy bien, lo juro —insistió.
La idea de volver a la casa lo ponía peor. Ver llegar a Tadashi, tener que enfrentarlo a tan poco tiempo de haber descubierto… lo que fuera que había descubierto, le parecía lo más aterrador del mundo. Así que se enfocó en el trabajo para mantener la mente ocupada y no pensar en el inminente encuentro con su hermano. Go Go no pareció convencida pero tampoco insistió, así que continuaron planeando el proyecto sin volver a tocar el asunto. Como ambos trabajaban con imanes y energía cinética, habían decidido unir sus ideas para presentar en conjunto el trabajo final del año. Si Go Go lo notó disperso en su desempeño tuvo la amabilidad de no comentar al respecto. Hiro siguió resolviendo ecuaciones hasta pasada la hora designada; los demás eventualmente abandonaron el laboratorio entrada la noche dedicándole un suave saludo sin recelo, pues era normal que alguno se entusiasmase bajo el poder de la inspiración y perdiera la noción del tiempo. Por desgracia no se trataba de eso pero Hiro no podía admitirlo. Pensó en eso varias veces. Decirlo, contarle a alguno de esos jóvenes genios en busca de un consejo y un reemplazo para la figura de mentor que Tadashi había perdido abruptamente. La conclusión fue la misma que obtuvo con Cass: no podía involucrarlos en eso, no podía hacerles sentir lo mismo que él, destruir la imagen del chico dulce, bueno, educado…
—¿Hiro?
Dio un salto, volteando con una exclamación y aferrándose con fuerza a la mesa a su espalda. Callaghan parpadeó con sorpresa, luego resopló entretenido.
—¿Trabajando hasta tarde?
—Eh… sí, yo… tenía todas estas ideas, ya sabe cómo es…
—Por supuesto. —Había un atisbo de orgullo en su expresión—. Mejor que nadie. Pero me temo que ya es tarde y es hora de regresar a casa. Anda, guarda todo, debo cerrar aquí. —Señaló la salida con la cabeza.
Casa. Una palabra que hasta ayer parecía hermosa resultaba ahora aterradora. Tadashi ya estaba en la casa, esperando. Hiro había logrado escapar de Cass con un simple mensaje en donde explicaba que estaría hasta tarde en la universidad, una técnica que le permitió ganar tiempo pero una vez más se encontraba al borde del inevitable encuentro con su hermano. Con movimientos pesados terminó de cerrar la mochila y abandonó el laboratorio. Callaghan, que lo esperaba para cerrar, le dedicó una sonrisa.
—Recuerdo cuando tenía tu edad. Detestaba que interrumpieran mi racha de trabajo. —Le dio una palmada en el hombro—. Anímate hijo, mañana será otro día.
No estoy seguro de eso, pensó con fatalidad.
Avanzaron hasta la salida a través del silencioso corredor por el cual solo circulaba un conserje. Callaghan lo saludó con un gesto pero Hiro no levantó la mirada del suelo.
—¿Alguien vendrá por ti? —preguntó el hombre una vez en el exterior.
—Uhm, no. Tengo que ir a la parada. Nos vem…
—No puedes usar el transporte público a esta hora, en especial si viajas solo. Te llevo.
—Descuide, he viajado de noche montones de veces. —Eso no pareció agradar a Callaghan, por lo que Hiro soltó una risa nerviosa—. Además, no hace falta que se desvíe del camino por mí.
—Para nada, aún tengo que esperar una hora para que mi hija salga del trabajo, me sobra el tiempo. Anda.
Al final Hiro acabó cediendo. Transcurrieron los primeros minutos en un silencio que utilizó para observar las calles mientras lamentaba su destino. Con el transporte público tendría garantizada por lo menos otra hora para evitar a Tadashi, en cambio en coche… solo le quedaban minutos. Pero no quería pensar en eso.
—Entonces… ¿su hija y usted tienen planes para hoy? —preguntó en un desesperado intento por distraerse.
—Así es. Su contrato con Krei Tech finalizó y vamos a celebrar un trabajo bien hecho.
—No tenía idea de que trabajaba para Alistair Krei.
—Fue piloto para uno de sus proyectos. Uno muy interesante, debo admitir.
Recordó la noche de la feria. El modo educado pero informal con el que Callaghan había dicho a Krei que "dejase de asustar a las jóvenes promesas".
—¿Usted qué opina de Alistair Krei? ¿Le agrada?
—Pues… en el tiempo que trabajamos juntos no siempre vimos las cosas del mismo modo, pero no podría decir que es un mal hombre. Es ambicioso, he de reconocer. ¿Por qué lo preguntas?
—Lleva meses tratando de comprar mis microbots.
—Ah, sí, no es para menos: tu presentación fue impactante. Son unas cosas maravillosas, tus microbots. —Los ojos de Callaghan no abandonaban la calle, pero Hiro podía distinguir la fascinación en su perfil—. Interesante, además, que un chico de tu edad no aceptase tal propuesta. Sé que Alistair tiende a ofrecer sumas generosas cuando desea algo con tantas fuerzas.
—Lo sé, pero Tadashi dice que debo ser responsable con mis creaciones… —Dejó de hablar de golpe.
Mencionar a su hermano no era parte del plan y solo pronunciar el nombre le provocó un nudo en la garganta. Se encogió en el asiento sintiéndose extraño e incómodo, pero el profesor no se percató de ello, enfocado en conducir y seguir las indicaciones del GPS. El hombre asintió con la cabeza, ajeno a la agitación contraria.
—Tadashi siempre fue un joven perspicaz y responsable. No quiero entrometerme, pero creo que haces bien en escucharle. Sin embargo, la decisión es tuya.
El orgullo de maestro era evidente en su voz. Hiro le observó de reojo, imaginando que le decía que Tadashi era un pervertido. Imaginó la admiración por la joven y brillante mente desapareciendo, el orgullo arrebatado del rostro. Tal y como hubo ocurrido con todos los demás, supo que no podía hacerlo. Sin importar cuánto necesitara de alguien con quién hablar, no podía dañar así a la gente que quería o apreciaba a Tadashi, y, también, no podía dañar así a su hermano. Era una situación complicada. Una situación que iba a volverlo loco.
—Profesor… —comenzó dubitativo, formando las palabras en su mente.
—Dime.
Reconoció las calles cercanas a su casa y la sensación de vértigo le invadió el estómago otra vez. El momento se aproximaba, no tenía escapatoria. Era ahora o nunca.
—¿Alguna vez admiró a alguien que resultó no ser… lo que pensaba?
—Me temo que tendrás que ser más específico, Hiro.
—Alguien que conozco… alguien a quien admiraba mucho es, más bien creo… creo…
No pudo continuar. Le faltaban las palabras y las que asomaban a la punta de su lengua no se sentían adecuadas. Además, proteger a Tadashi era un instinto y cualquier mención relacionada al tema se sentía como una traición. Un instinto ridículo, teniendo en cuenta que Tadashi le había traicionado primero. Callaghan estacionó frente al café; el corazón de Hiro se aceleró al notar que la luz de su dormitorio estaba encendida.
—¿Sí? ¿Qué es lo que intentas decir, hijo? Solo dilo.
—¡Nada! Es decir, ¡muchas gracias! ¡Adiós!
Recogió su mochila y abandonó el coche con prisa ante la confundida mirada del profesor. Se detuvo frente a la puerta del café; tomó aire varias veces para tranquilizarse e ingresó.
—¿Hiro, eres tú? —inquirió la voz de Cass desde la segunda planta.
—Sí…
—¡Mi niño trabajador! ¿Adivina quién llegó mientras estabas hasta tarde estudiando?
No hacía falta adivinar. Ni bien Cass había comenzado a decir aquello el sonido de unos pasos descendiendo las escaleras se hicieron oír desde el piso superior. Cuando los escuchó cerca, Hiro contuvo la respiración. Más pronto de lo esperado allí estaba Tadashi al pie de los escalones, contemplándole con ojos brillantes y una sonrisa radiante. Hiro, en cambio, estaba seguro de que lucía como si acabara de chupar un limón: los labios apretados, los ojos muy abiertos, las mejillas hundidas ante la impresión. Se quedó rígido sin saber qué hacer. Incapaz de evitarlo buscó alguna señal del hombre perverso que se escondía bajo la piel de su hermano, pero no vio nada fuera de lo común. Tadashi lucía tan guapo e inocente como siempre lo había hecho.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Si Hiro nunca hubiera abierto aquella caja, en este momento correría a los brazos de Tadashi y lo sujetaría con fuerza, alegre de tenerlo de regreso como si su hermano hubiera partido a la guerra en lugar de simplemente haber disfrutado un fin de semana con amigos. Pero eso era una realidad alterna, un mundo en donde la curiosidad no había dominado a Hiro, un mundo donde Baymax no se había activado o Mochi no le había arañado. En este mundo, en donde Hiro había descubierto la verdad sobre su hermano, no tenía idea de cómo actuar.
—Hola —dijo Tadashi, avanzando.
Extendió los listo para abrazarle y Hiro retrocedió al instante en una reacción automática. Su cintura chocó contra una mesa y tuvo que aferrar una de las sillas para recuperar el equilibrio. La reacción lo sorprendió tanto como a Tadashi, que se le quedó mirando con incredulidad; con una risa nerviosa que rayó en lo histérico, Hiro lo rodeó tratando de mantener sus cuerpos lo más apartados posible. Actuar con normalidad definitivamente no estaba en los planes.
—Estoy… ¡sucio! Eso, y debo ir a bañarme, así que…
Se lanzó con prisa hacia la escalera, y mientras subía se reprendió por haber dicho aquello: ¿y qué si ahora había conseguido que Tadashi lo imaginara en la ducha? Un sonido ahogado escapó de su garganta, convirtiéndose luego en una exclamación de susto cuando Cass le saludó con un amable "buenas noches, señorito". La mujer le observó con la misma expresión que Tadashi acababa de dedicarle, los rasgos similares reflejándose con claridad. Porque eran familia, y las familias no dibujaban con erotismo a otros integrantes del grupo… Entonces pensó: ¿y qué si Tadashi hubiera tenido dibujos de Cass? La sola idea de reemplazar lo que había visto con la imagen de su tía causó que otra exclamación de espanto abandonase sus labios. Corrió el último tramo de escaleras y se encerró en la habitación, lanzó la mochila lejos, y paseó por el centro en un vaivén nervioso tratando de olvidar lo que acababa de pasar por su mente. Tadashi tenía la culpa, por haber iniciado ese torbellino de locura.
Como si le hubiera invocado, su hermano entreabrió la puerta con cautela y se asomó dentro de la habitación.
—¿Estás bien? —preguntó.
—¡Largo!
—También es mi cuarto, ¿sabes? —En lugar de cerrar la puerta, Tadashi la abrió más e ingresó.
Las palabras le dejaron helado. Era cierto, compartía habitación con Tadashi. Había compartido habitación con él toda su vida y por algún motivo su hermano jamás había exigido un cambio, cosa que Hiro asumió que se debía a que no deseaba ser una molestia. Ahora sabía el verdadero motivo, aunque no quería aceptarlo. En todas esas horas desde que el mundo giró sobre su eje no se había detenido a pensar en que, al regresar, Tadashi dormiría en el mismo espacio que él, una acción simple que de pronto estaba cargada de connotaciones negativas.
—Esta no era la bienvenida que me imaginaba —bromeó Tadashi.
Guardó las manos en los bolsillos con actitud casual y mostró una sonrisa tímida, un gesto que ya no podía engañar a Hiro. Sabía lo que pretendía: que Hiro recapacitara y lo abrazara. ¿Sacaba algún placer de eso? ¿Cuántas de las veces que se habían tocado sirvió como un placer perverso para Tadashi? Recordó el día anterior a que se marchara, el modo en que Tadashi le había acariciado las piernas, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. A él jamás se le hubiera ocurrido pensar que…
—Ya dije que quiero darme una ducha —insistió, recogiendo prendas limpias sin mirar lo que eran y escapando en dirección al baño.
—Pero…
Lo que fuese que Tadashi pretendía decir quedó bloqueado por la distancia y la puerta. Hiro se tomó un momento para recuperar el aliento sin saber en qué punto había comenzado a agitarse. La situación era un desastre. No sabía qué pensar, no sabía qué hacer, no sabía qué decir… Le dolía la cabeza y el estómago, pero tal vez una ducha caliente le hiciera sentir mejor. Comenzó a desvestirse. Con el torso desnudo, se detuvo antes de bajarse el pantalón; lanzó una mirada fugaz a la puerta. Más específicamente al ojo de la cerradura. ¿Cómo había captado Tadashi las dimensiones de su cuerpo con tanto detalle? Trató de ignorarla, pero la idea ya se había instalado en su cabeza. Cortó un poco de papel y cubrió el hueco. Se sintió ridículo, aunque más tranquilo, y prosiguió.
Para cuando terminó el agua había ayudado a calmarlo, sin embargo, era una solución pasajera, como descubrió al abandonar el baño y seguir el aroma de la cena hasta la sala. Cuando Tadashi levantó la vista de la mesa, observándole con ese aprecio familiar que solía alegrar los días de Hiro, el pánico volvió a cerrarle la garganta.
—¿Hiro, te sientes bien? ¿Ocurrió algo en la universidad? —preguntó Cass con preocupación depositando un plato de donburi frente a su asiento—. Estás un poco… nervioso.
Hiro ni la miró. Mantuvo la vista fija en Tadashi. La calma que el agua caliente le había brindado se esfumó en un santiamén y no pudo dejar de recordar todas las noches en que vio la sombra de Tadashi a través del shōji, moviéndose sin descanso luego de haber dedicado unos minutos al entonces misterioso contenido de la caja. No lo había notado, pero ahora podía ver el patrón.
—No me siento bien, iré a acostarme.
—La cena…
—¡No tengo hambre! —exclamó mientras escapaba una vez más a la habitación.
Temió que así fuera a ser su vida a partir de entonces: vivir huyendo en su propia casa.
Sin cambiarse de ropa, pues los shorts y la playera estaban limpios, se cubrió con las sábanas y encendió la notebook sobre las piernas con intención de perderse en los mares tóxicos de internet. Observó un video con poco interés y leyó discusiones de gente anónima sobre famosos durante varios minutos hasta que la puerta del cuarto se abrió. Hiro dio un respingo pero enfocó la vista con decisión en la pantalla ignorando a Tadashi, que entró con calma, esta vez sin tocar y avanzando con todo el derecho que poseía sobre la habitación. Se acercó hasta la cama de Hiro y se sentó al borde de la misma, aparentemente sin notar el modo en que su hermanito se encogió en el lugar.
—Oye, Hiro, ¿podemos hablar?
—¿Sobre qué? —inquirió aún con los ojos fijos en la pantalla.
—Para empezar, quiero que me mires. —Tadashi empujó despacio la pantalla del aparato hasta cerrarlo—. Hiro —insistió cuando el susodicho mantuvo la mirada en un punto distante.
Lentamente volvió la vista en su dirección; sintió aquella sensación molesta en la garganta al encontrarse con los ojos amables de Tadashi. ¿Eran en realidad amables, o acaso se trataba de una fachada? ¿Cuán real era lo que su hermano enseñaba al mundo? ¿Era en su interior completamente diferente a lo que todos creían? Tadashi sonrió en un intento de consolarlo pero el gesto obtuvo el resultado contrario: de pronto Hiro cayó en cuenta de que ambos estaban sentado sobre su cama y no pudo evitar preguntarse si Tadashi habría fantaseado con algo similar, en otras posiciones. Sintió que le faltaba el aire. Apretó más las piernas contra su pecho tratando de distanciar sus cuerpos.
—Sabes que puedes hablar conmigo —siguió Tadashi—. Somos un equipo, ¿recuerdas? Cualquier cosa que te suceda… cualquier cosa que necesites decir… —Tenía muchas cosas que necesitaba decir. El problema era que no se animaba a decirlas. Sabía que, de hacerlo, el daño sería irreparable y no había forma de prever la reacción de su hermano—. ¿Alguien… te hizo algo? ¿Mientras no estuve? —Apoyó una mano sobre la rodilla de Hiro, que dio un respingo y la observó como si fuese la cosa más extraña del mundo. Sin embargo, el calor familiar del gesto comenzó a tranquilizarlo poco a poco—. Por favor, dime qué sucede.
El tono de su voz, cargado de preocupación, su expresión amable, el familiar contacto de la mano que siempre le había brindado apoyo… Hiro sintió sus defensas quebrarse. No había forma de que Tadashi fuese un ser perverso, era imposible. Hablaba, actuaba y se veía como el buen hermano que siempre había sido. Y Hiro necesitaba con desesperación aferrarse a eso.
—Nadie me hizo nada… —dijo con voz cansada—. Estoy… estresado, solamente. Tú sabes, con tanto proyecto, Krei detrás de mis microbots y… ¡y todo el estudio!
—¿Estás seguro?
—Por supuesto, duh.
Tadashi no lucía convencido, por lo que Hiro forzó una sonrisa. Aquello aplacó las preocupaciones de su hermano. Al ver el modo en que su expresión se relajaba, Hiro pensó que tal vez podría abordar el tema de la caja, que debía haber una explicación razonable y sana que su mente veloz había pasado por alto ante la impresión que los dibujos le habían generado. Un atisbo de esperanza y paz asomó a su pecho, solo para ser destrozado en el momento en que el pulgar de Tadashi comenzó a trazar una suave caricia contra su pierna. Una vez más la cabeza de Hiro se llenó de recuerdos fugaces, lanzándole como granadas cada momento en que había ignorado esos gestos de su hermano, interpretándolos como simples demostraciones de afecto. Ahora eran más que eso. Eran fragmentos para una colección de contactos prohibidos, inocentes y sutiles por separado, pero depravados cuando se los acumulaba. Al mismo tiempo, los ojos de Tadashi descendieron hacia el cuello de Hiro, donde la forma en v de la playera enseñaba un poco más de piel.
Su mente finalmente guardó silencio, y en la calma se levantó un solo pensamiento:
Mentiroso.
Tadashi le palmeó la rodilla y se dirigió a su lado del cuarto. Por un momento Hiro temió que fuera a abrir la caja —no tenía idea de lo que haría si eso sucedía— pero por suerte no fue así.
Mentiroso, volvió a pensar con ímpetu.
Solo le habían bastados unos minutos de fingida inocencia, actuando como el hermano protector que se suponía que debía ser, para convencer a Hiro, para hacerle creer que se había equivocado, que sus suposiciones eran erróneas porque no había forma de que Tadashi fuera esa clase de persona. La sensación de vértigo y las náuseas que se habían apoderado de su mundo fueron consumidas y reemplazadas por algo hirviente, potente y destructivo.
¡Mentiroso!
