2. La caída de Celebrimbor.
Fineriel. La bruja de los cabellos de fuego. El hada para los hombres, la hechicera para los otros. La que miraba en el horizonte, mientras tenía la mano de Arwen, la estrella de la tarde, entre las suyas. Los recuerdos eran muchos. Pero ella vivía con ellos, como casi todos los que habían sobrevivido a las guerras fratricidas entre los elfos, y también a las guerras que habían provocado Melkor y Sauron durante milenios. Ella era uno de los últimos vestigios de aquellas turbulentas épocas. Y oh, Eregion. Tan esplendorosa como los antiguos dominios elfos. Solo recordaba las grandes paredes brillantes, tan ricamente empedradas.
Y todas las servidoras que alababan su cabello. Y su madre, su esplendorosa madre, rubia, y melancólica, que la veía con preocupación. Era por su cabello, ahora lo entendía. Era por sus ojos, oscuros. Porque tenía los rasgos de los hijos de Fëanor. Y ese era su motivo de maldición.
-Luego, las mujeres que huyeron conmigo me contaron que mi madre siempre estuvo asustada. Ella llegó a poblar Eregion con algunos sobrevivientes de los reinos de Thingol y Turgon. Se sabía noble, su padre murió en la toma de Gondolin, al lado de Turgon, a quien siempre fue leal. Fue dama de compañía de Idril padre siempre desconfió de Maeglin, pero este era más influyente que él. En fin, quedó sola. Tuvo mi mismo destino, en algunas cosas. Llegó a Eregion sin nada, como una exiliada, pero a ella le reconocieron su rango. Y Celebrimbor la quiso hacer suya apenas la vio. Él tenía esa misma obsesión con la forja de las joyas y su poder, la misma que tenía Fëanor. Y la otra era mi madre. Recuerdo haber visto en su cuello joyas increíblemente hermosas. No las usaba mucho, se sentía culpable por ello.
-¿Por qué? Celebrimbor la amaba. ¿Así le mostraba su amor?- preguntó Arwen, con curiosidad.
Fineriel sonrió amargamente. Celebrimbor nunca había tomado a su madre como una esposa. No era por ninguna indelicadeza hacia ella. Fue por temor. Si se sabía de su relación, por lo menos de manera oficial, ella sería un blanco perfecto. Él solo acudía a ella cuando estaba cansado de crear. Pero siempre la apartó de ello. Es como si hubiese algo maligno en todo eso. Ella y él lo presentían. Sobre todo ella, que a pesar de que admirase a Celebrimbor por su corazón leal, y por su falta de prejuicios (trataba con los enanos y aprendía de ellos), no podía usar sus creaciones. Eso fue lo que los separó. Pero él la necesitaba, y no la dejaba irse a otras tierras. No la dejaba huir. Y discutían, mucho. Ella le rogaba que no hiciera nada, que todo lo que hiciera para Sauron tendría un final nefasto.
-Pero él no escuchó. Y eso los alejó aún mucho más. Hasta que se vio encinta, y comprendió que terminaría sus días allí. Tenía mucho, mucho miedo. Pero mi padre, Celebrimbor, parecía encantado, y esperanzado. Habría otro. El linaje continuaría. Cuando yo nací, mi madre se llenó de temor, ya que mis cabellos rojos fueron lo primero que se notó. La única así de todo Eregion. Inevitablemente, sería un blanco. Por eso no me mostraron mucho. La idea de mi padre era que se me mostraría al mundo hasta que fuera mayor, ya preparada en las artes de herrería como él, y también en el arte de la guerra. Sería la reina de Eregion, y sería su estandarte. Por eso, cuando no estaba con mi madre, mi padre me llevaba a ver cómo creaba sus cosas. Me decía que nuestro talento, esa sería nuestra mayor virtud. Que a través de nuestras manos todo vivía. Me quería. Yo era una de sus mejores creaciones, me decía.
-Recuerdas todo- observó Arwen.-Es increíble.
-Oh, algunas cosas me las contaron las mujeres que me sacaron de Eregion. Otras sí las recuerdo perfectamente. Puedo decir que fui una niña muy feliz. Aunque mi madre siempre tenía miedo. Me acuerdo de susurros, y de todas sus damas hablando a su alrededor. Y entonces, la oscuridad se cernió sobre nosotros. Sobre ella, otra vez. Llegaron a nuestras habitaciones, los orcos. Oíamos los gritos, sentíamos la devastación sobre nosotros. Mi madre me tomó con sus manos, y aunque era demasiado pequeña, nunca olvidaré sus palabras. Me dijo : "Sabes que siempre te amaré. Recuerda de quién eres hija. No olvides nuestra historia." Terminó diciéndome que me amaba, y luego dos de sus leales damas me tomaron en brazos, mientras yo gritaba. Había un pasadizo. Huímos a caballo, muy, muy lejos, mientras escapábamos entre los orcos. Nos quedamos una noche entre los árboles. Ellas cantaron lamentos. Lamentos que aún no desligo de la mirada tirste de mi madre.
-¿Cómo se llamaba?
-Annaïe. No era un nombre muy común. Pero ese fue el primero que oí, luego de que viéramos el humo y los gritos. Ellas trataron de taparme los ojos, pero no pude. Yo lloraba por mamá, y por papá, y fue peor cuando uno de los jóvenes soldados de Eregion, malherido, vino llorando. Venían otras tres damas del séquito, él traía a una de ellas ya moribunda. Todas bajamos. La dama tenía uno de los collares de mi madre. Apenas el soldado, Laefod, la bajó, ella me entregó el collar. Lloraba. Dijo que Saurón tomó el cuerpo de mi padre como estandarte, y ví lo que ella vió. Grité , y cuando terminé de gritar, ella había muerto. Había dejado en mis manos a Älwe, el diamante que di a Gil-Galad antes de verlo por última vez.
Arwen apretó su mano, estremecida.
-Lo siento.
Fineriel suspiró, asintiendo. A sus 5 años tuvo que ver a su padre atravesado por Sauron como estandarte. Y él vio a su madre. Tenía los ojos llorosos. La rodearon los orcos y fue eterno el segundo en que ella sacó una daga y se atravesó el vientre. La dama estaba escondida en uno de los montones de mesas y muebles destruidos. Solo pudo ahogar su grito. Siguió llorando, y cerró los ojos para no ver lo que los demás orcos hicieron con su cuerpo. Ella se fue por el pasadizo, encontró a Laefod, y fue herida por una flecha orca. Envenenada. El fin.
-Laefod no nos dio tiempo de lamentarnos. Caminamos errabundos, abandonados, sin ninguna esperanza. Nuestro destino era Lindon. Allí me dejarían, y crecería bajo el tutelaje de Gil-Galad. Pero nunca llegamos ahí. Los orcos nos perseguían. Los animales también. Era difícil para Laefod cuidarnos. Las menos fuertes también cayeron bajo flechas orcas. Una fue mordida por un lobo. Otras cuatro murieron peleando para protegernos. Y él murió también. Por orcos. Y estos fueron muertos por una pandilla de hombres que no eran numenoréanos. Habían varios, de cabello oscuro, no sé si de linaje menor. Y otros muy morenos. Y ahí quedé yo, escondida detrás de un tronco de árbol.
-Vaya- dijeron. – Esta pequeña criatura no es como todos los elfos. Tiene los cabellos rojos. Muy rojos.
-Será de linaje de hechiceros. No vale la pena, es una niña que solo sabe llorar. Deberíamos matarla, los sujetos de cabellos rojos traen mala suerte.
-No, puede servirnos como esclava. O como moneda de cambio.- dijeron. Yo no entendía lo que decían. Era un lenguaje incomprensible para mí.
Entonces, oí un rasgueo. Golpes. Un idioma incomprensible. Una mujer, de cabello largo y negrísimo. Morena. Amenazó a todos con una espada, mientras se apartaban.
-Orleth- decían todos. Así entendí que se llamaba la mujer. Ella me puso detrás suyo.
-Es mía. Yo me la quedaré. Es mía y solo mía.
Dos hombres barbudos y morenos, que parecían ser sus hijos, protestaron, pero ella defendió su postura. Gritó, y amenazó, y me miró detenidamente . Miró mis cabellos y mis orejas, y me dio su mano.
-¿Cómo te llamas?- me preguntó en mi idioma. Yo tenía miedo. Había llorado por Laefod. Pero esos hombres, y ella, mataron a los orcos que habían asesinado a Laefod. Ella lo vio ahí, tirado en el suelo, y tomó sus pertenencias. Besó su frente, y ordenó enterrarlo con los demás. Ahí comprendí que ella mandaba. Luego nos apartamos de Lindon, y nos adentramos mucho más al oriente. No podíamos ir a los reinos élficos, allí ellos eran proscritos. Pero lo que fue Arnor, era tierra de nadie.
Ella me llevó a su propio lugar, cuando nos fuimos a dormir. Ahí vio mi collar, el que me dio mi madre. Y vi cómo brillaron sus ojos. Pero no era codicia, no. No era la misma mirada de aquellos hombres. Era como… si recordara. Me examinó de nuevo, de arriba abajo. Me sentó.
-Por favor… -me rogó en élfico. En el dialecto de Eregion. – Dime cómo te llamas.
-Fineriel.
-¿Quiénes eran tus padres?
-Celebrimbor era mi padre. Annaïe era mi madre- dije inconscientemente, y a punto de llorar. Ella hizo un gesto de tristeza, y miró mis manos, como si hubiera hecho un descubrimiento descorazonador.
-Te refieres… al señor de Eregion.
-El hacía joyas. Me hizo un collar y una espada de juguete. Hacía cosas bonitas, y me tenía en su taller.
Ella volvía a mirar mi cabello, desesperada. Se tapó su boca.
-No puede ser.
Yo me eché a llorar, y ella me abrazó, tratando de tranquilizarme. Me dio de su propia bebida y me acunó en sus brazos.
-Quiero a mi papá y mi mamá- decía. Y ella me pedía que no llorara más.
Pronto me acostumbré a ella, y su grupo a mí. Me pedían hacer cosas simples, y se guiaban por mi visión. A veces cometía errores, y recibí algunos golpes, pero ella los amenazaba con el atizador. Dos de ellos eran sus hijos, tenían su familia en Umbar. Todos ellos eran de ahí. Habían otros, proscritos, cazados por los dúnadain. También tenían sus mujeres, y sus hijos, iguales a Orleth, que comenzó a enseñarme el idioma. No me golpeaba, pero era exigente. Me solía decir que los gondorianos y los numénoreanos los habían proscrito cuando ellos solo habían querido libertad.
-Nos desprecian a todos. A ti te odiarán por tu cabello rojo. Tu cabello rojo es sinónimo de maldición. Tal y como nuestra piel oscura.
-¿Por qué?
-Porque tú eres especial. Eres la última descendiente de Fëanor. Pero eso solo puede quedar entre nosotras.
-¿Cómo sabes eso?
-Conozco demasiado bien a tu pueblo- me dijo con amargo rictus en su rostro. Y no supe nada más en aquel momento. Solo aprendí su lengua, y sus costumbres. Aún sus hijos y los demás me miraban con desprecio, pero si Orleth decía que yo tenía valor, lo veían. Ella veía en algunos codicia, así que siempre estaba conmigo y con ellos. Maté mi primer orco a los dos años, al clavarle una flecha a la distancia. Maté el segundo poco después, y me fui entrenando con ellos en eso de esconderme y oir los susurros. También a cazar conejos. Lloraba porque tenía que matar animales, pero eso teníamos que hacer para vivir. Me era extraño también ver que Orleth ensuciaba mi pelo y lo llenaba de barro, para que no fuera tan notorio el hecho de que era una niña elfa pelirroja.
Pasaron 5 largos inviernos. Era mucho más diestra en las armas, y sobre todo, en el idioma de los haradrim. También en la lengua común. Orleth me enseñó a escribir en los tres idiomas, y la ayudaba prácticamente en todo. Sabes que nosotros crecemos mucho más rápido que otras razas, y por lo tanto, comprendía mi posición en el grupo. Comprendía lo que decían ellos de los numénoreanos y de los elfos, y que mi raza había sido la causante de la mayoría de males de todos los pueblos de la Tierra Media. Yo era hija de ese linaje maldito, el de Fëanor. Por culpa suya, hubo guerras entre elfos y hombres. Y ellos habían sido proscritos. Cuando solo querían su libertad.
-Deberíamos un día venderte a Sauron. Sabría qué hacer contigo. O deberíamos ir a Lindon, y dejarte con los tuyos. No sé de qué nos sirve a nosotros tenerte.
-Oh, sí. Mira ese cabello. Aunque ya estás sucia como un cerdo. Ni siquiera podrías llamarte elfa.
Y era verdad. Porque me abalanzaba sobre esos hijos de Orleth, sobre todos ellos, y a pesar de que eran mucho más grandes, y luchaba con puños y dientes. Y me golpeaban, me hacían sangrar, hasta que llegaba ella, y también los golpeaba, y a mí por escucharlos.
-Solo debes creer en lo que tú sientas. Siempre. No escuches lo que pueda perturbarte, o como muchas de tu raza, te consumirás. Ahora ayúdame con la leña.
Le pedí a Orleth que me dijera por qué conocía mi raza tan bien. Ella no quiso hablarme aquella vez, pero yo era más y más insistente. Pasaron otros 5 años, y al verme ya tan alta y grácil, y en mí todo lo que me había enseñado (sobre todo, a la hora de ayudar a cualquiera que lo necesitase, sin importar su origen), decidió que no me llevaría a Umbar. Era hora de volver a Lindon. Pospusimos muchas veces esta idea hasta que uno de sus nietos enfermó. Yo debía llevarlo conmigo. Era uno de sus nietos más queridos, Akhili. Ella había visto en sus visiones que él sería el mejor guerrero de su linaje, pero temía que esto no se cumpliera. Pero antes que eso, le exigí decirme por qué conocía tan bien a mi pueblo. Sí, yo era bastante impulsiva. Esto me había metido en más de un problema, y no temía decir las cosas tal cual eran. Orleth agradecía a sus dioses que ninguno de sus hijos supiese nunca la verdadera razón por la que me tenía con ella. Porque mi valor era más del que ellos se imaginaban.
-Porque los elfos nos expulsaron de nuestro pueblo-dijo con enojo. – No nos dejaron vivir ahí. Fue tu familia, fue hace muchos años. Fueron Celegorm y Curufin. Luego de ellos, nos expulsaron hacia el sur. Pero bueno, eso no es nada. Círdan, Círdan el constructor de barcos. Algún día te hablaré de él.
-Dime quién es mi familia.- le pedí. Ella suspiró, pero yo insistí.
-Y dime cómo supiste quién era yo.
-Eres única entre los elfos por tus cabellos. Tienes los cabellos de la esposa y los hijos de Fëanor. Eres su descendiente. Lo supe por tus ojos, y por tu collar. Venías de Eregion. Se ve la determinación en tus ojos, a veces ni yo misma puedo controlarte, niña. No hay otro elfo que tenga tu pelo, tan rojo y encendido. Lo tienes como el de Maedhros, y Amras. Hijos de Fëanor. Cuando te hallé, tu ropaje era real. Eres hija del señor de Eregion.
-¿Quién es toda esa gente?- dije.
Ella me explicó toda la historia. Me explicó que la sabía por su madre, y por sus antepasados, era una leyenda, pero hasta que me vió, comprendió que era cierta. Yo le pregunté, entonces, por qué no me mató, sabiendo que mi pueblo había causado tantas desgracias.
-Porque prefiero educarte para que seas la primera entre tu raza que tenga cierta compasión por todos nosotros. Y que todo ese fuego de tus antepasados lo uses para cuando recuperes tu lugar. Por eso no te matamos. Porque quiero que seas diferente- me dijo, clavándome sus ojos negrísimos.
Todavía no era diferente. Pude comprobarlo cuando una bandada de orcos nos atacó, y los maté con gran sevicia. Akhili estaba horrorizado, y lo primero que hizo Orleth fue golpearme.
-A eso me refiero. Es innato en ti. La venganza, el fuego que te consume. Debes superarlo.- me dijo, y me golpeó otra vez. Suspiró, y se sentó resignada.
-Finariel. Por su impulsividad, todos y cada uno de los miembros de tu familia cayeron. Todos. Se consumieron y consumieron a los que estaban alrededor. Debes controlarte. No puedes volver a hacer eso.
Yo, avergonzada, no dije nada, pero no pude ver al pobre traumatizado niño a la cara. Ni siquiera cuando hablaba de mí y yo lo oía. Él no sabía que nosotros dormimos con los ojos abiertos. Desperté apenas tocó mi cabello.
-A pesar de que los hubieses matado, pienso que eres hermosa- me dijo, y yo le sonreí, y solamente pensé en mi madre y mi padre, como estandarte en Eregion.
Gil- Galad sabía exactamente quién era yo desde la primera vez que nos vimos. No era común que una muy jovencita elfa entrara con una mujer y un niño haradrim a las fronteras de Lindon, pero apenas vieron mi cabello y mi collar (por consejo de Orleth), no dudaron en llevarme a su castillo.
Yo estaba asustada. Nunca había visto a otros como yo, no por lo menos que estuviesen vivos. Y creo que ellos estaban asustados de mí, al ver mis rizos sobre la espalda, y hablando en esa "lengua sucia". Por supuesto, ellos no creían que yo viniera de Eregion (ya que todos habían muerto), y que fuera la hija de Celebrimbor, si es que él tenía una hija. Yo podía haber robado el collar, pero el cabello era la prueba más contundente. Yo tenía miedo, y no entendía nada. No quería irme del lado de Orleth, no quería estar con los míos, a quienes ya no conocía en lo absoluto. Carecía de todo refinamiento, pero andaba con cimitarras. Eso los pudo enloquecer de vergüenza, pero no había otro como yo en todo Lindon. Cuando llegamos al primer anillo de seguridad, nos vendaron los ojos a los tres. Yo no entendía por qué y protesté pero Orleth me calmó.
-No eres aún una de los suyos- me dijo en élfico.
-No lo soy ni lo seré nunca- dije furiosa.
Pasamos varias semanas allí hasta que llegamos al castillo. Los aposentos eran , solo diré, majestuosos, magnánimos, indescriptibles. Argod, el comandante de la frontera suroriental, solo me miraba en silencio, como todos los demás. ¿Era demasiado extraña? Sí. Sobre todo porque andaba con una mujer y un niño oriental.
Argod me miraba de un lado a otro, y yo fruncía el ceño. Yo estaba nerviosa y furiosa, pero disimulé eso a favor de Orleth y su nieto.
-Sé que no tengo ningún derecho a pedir nada para mí. Pero pido compasión por el niño. Él debe reposar.
El dio algunas órdenes, y de inmediato todos corrieron con el pequeño niño. Orleth miró sospechosamente al guardia, pero no dijo nada. Sobre todo, porque él ordenó dejarnos a solas.
-No verás al Rey antes de pasar por mí. Tienes mucho que explicarnos. De Eregion, sobre todo.
-Está bien- dije turbada.
-Dices que tu padre es Celebrimbor y tienes solo tu pelo y tu collar para comprobarlo. Podrías ser cualquier elfa Silvana, que se perdió…
Lo interrumpí, contándole todo lo que sabía y recordaba. Todos los detalles de la masacre, todo lo que había vivido. Toda mi vida antes de Orleth. Él no parecía impresionado.
-Entiendo.
-No, creo que no. ¿Por qué se tomaron tantas molestias conmigo? Seguramente me creen, ¿ o no?
-Sí, tal vez. Lo que nos parece increíble. Creo que el Rey ya sabía de ti.
-¿Cómo podría saber de mí? Nunca nos acercamos a Lindon.
-Se cuentan historias de ti. Siempre acompañas a una bandada de salvajes y a una mujer oriental y a un niño. Son ellos.
-Son mi familia.
-No, tu familia ha muerto. Y eso te hace interesante para el Rey. Si eres la última descendiente de Fëanor, le interesará conservarte.
-¿Para qué?
-Quién sabe. Para servir en sus huestes o en su castillo. Él es magnánimo, generoso y bondadoso. Pero también sospecha de ti. Él cree que tú estás de parte de los haradrim.
-No he ido a Umbar en mi vida. Nunca me llevaron allí porque comenzarán los rumores.
Argod suspiró. Era alto, imponente. Había algo en él que me hizo sospechar, sobre todo recordando la mirada de Orleth. Su nariz, aguileña, y luego, una joya que él sacó. Me pidió describirla, y lo hice.
-¿Y eso lo sabes porque?
-Mi padre me enseñó algo. Creo que no hay nada más fino en este lugar que mi alhaja y la suya. Podría asegurar que mi padre lo hizo.
-Entiendo- dijo sin mirarme, para luego tocar mi cabello, y mirarme de un lado a otro. Apenas tomó mi mano, yo se la arrebaté.
-Quédate aquí-me dijo, y así me encerró por cinco días. Yo maldije bastante. Cuando salí, Orleth estaba sobre el caballo, con Akhili montado. Había una escolta.
-¿Y bien? – pregunté a Argod.
-Irás al norte.
-¿Qué? – preguntó Orleth. – Es una de los suyos. Debe quedarse aquí.
-Ella es su familia ahora- repitió serio, mis palabras. Yo no me alteré. No quería estar en Lindon. Así que volví con Orleth, aliviada.
-Irás al norte. Es todo.
Miré a todos, y nadie quería decirme nada, ni siquiera Orleth, que miró hacia el piso. Tenía bolsas, y estábamos, extrañamente, escoltadas.
-¿Y los demás? No podemos dejarlos.
-Ellos estarán bien. Ya mandé un ave. – dijo Orleth, enigmática.
-Dime qué está pasando- le dije en haradrim, desconcertada y furiosa. Ella negó con la cabeza.
-Hasta que llegues.
-No entiendo. Dímelo- le dije, pero ella volteó a mirar hacia otro lado.
-Ya te lo dije.
-Entonces, no hablaremos más- le dije orgullosa. Eso me costó más de lo que imaginé. Solo hablaba con Akhili, para cuando llegamos muy al norte, unos tres meses después. Puertos grises. Un castillo, todo abandonado, o casi. Habían pocos de nosotros. Yo todavía no entendía nada. Entonces, vino un hombre. Barbudo, pero joven. Orleth besó su mano, y él la abrazó. Yo estaba estupefacta y furiosa. Y luego, la misma mirada.
-Agáchate. Él es Círdan, el hacedor de barcos. Y con él te quedarás- me dijo Orleth.
-¿Qué? ¿Por qué?
-Eso fue lo que mandó el Rey. A mí me ha recompensado por tenerte todos estos años. Es hora de que vuelva con mi gente.
Yo miré a Círdan, que simplemente nos invitó a entrar. Yo lo hice, colérica, e impactada. Por las maravillas que había en casa de Círdan, y por no entender qué era lo que había hecho Orleth conmigo.
-¿Por qué vas a dejarme? ¿Quién eres?
-Ya no puedo explicártelo. Él te dirá todo lo que necesitas saber. Recuerda… que te quiero.
-¡No me toques! – le grité, y ella se apartó.
-Te prometo que volveré. Que nos volveremos a ver. Cuídate mucho- me dijo en haradrim, y yo me puse a llorar, y me arrodillé en el piso, deshecha por las lágrimas, mientras veía a Akhili también llorar por mí. No sería la última vez que tuviera que llorar por Orleth.
CONTINUARÁ…
