3. Orleth

Arwen se sentó al frente de su dama de compañía y de quien la había acompañado, a ella y a sus hermanos, desde siempre. Desenredaba suavemente su cabello.

-¿Era Gil-Galad el mismo Argod, el comandante de la frontera oriental?- preguntó levantando sus cejas. Fineriel asintió con la cabeza, y una sonrisa nostálgica.

-Tuvo que soportar todos mis desplantes y arrebatos cuando me devolvió a las fronteras de Lindon. Yo no lo sabía, pero él vio el arte de Celebrimbor en su anillo, y en la joya que él mismo le había hecho a mi madre. Y sobre todo, luego de que sus guardias le dijeran que habían visto a una de los suyos al lado de un grupo de orientales, combatir contra los orcos durante mucho tiempo. Mi cabello se alcanzaba a notar, creo.

Descubrió lo que tenía en sus manos, y agradeció a Orleth por haberme salvado durante tantos años. La recompensó, sobre todo porque siempre prestó gran ayuda a los elfos, salvaguardándolos donde su poder no tenía jurisdicción. Por eso le dio grandes riquezas. Y como última misión, le pidió que me llevase a donde Círdan. Él me diría todo lo que tendría que saber, y me entrenaría.

Luego, ya tendría otros planes para mí. No sé por qué soportó tantas niñerías mías cuando se hizo pasar por ese comandante. Se lo pregunté mucho después, y me dijo que era por la sencilla razón de que yo era aún una niña. Solo esperaría a que creciera y entendiera mejor mi lugar en el mundo, y ahí ya podríamos hablar. Y tendría a un buen maestro, Círdan. Siempre hizo gala de su sentido común, y sobre todo, de su cautela. Él tenía en su mano a Narya, el anillo del fuego. El que daba poder para preservar a Lindon, y que dio al hacedor de barcos. Vilya, el anillo del aire, se conservó en su poder. Eso, mas el Anillo Único, fue todo lo que se conservó del legado de Fëanor. Y yo.

Eso fue lo primero que me hizo saber Círdan, cuando dejé de lamentarme por aquella mujer que me salvó. Pero apenas tenía más respuestas, solían salir más preguntas.

-Siendo yo la única descendiente de Fëanor, es comprensible que tuviesen compasión de mí. ¿Pero qué represento? Eregion está destruido, y todo nuestro legado está en ruinas. ¿Quizás mas gloria para su casa?

Círdan era paciente. Nunca cedía a una provocación. Y su ánimo no se alteró cuando vio que tenía que convivir con una niñita impulsiva, suspicaz, y bastante temperamental.

-Te refieres a matrimonio.

-¿A qué otra cosa? – dije sentándome. –No veo de qué otra manera pueda serle útil. No tengo el talento de mis ancestros- le dije en suave quenya. – No puedo crear nada. Solo puedo matar. Y matar.

-Eso tú no lo sabes. Ahora bien, te has entrenado perfectamente en el arte de matar, ya que la oscuridad te ha rodeado. Pero estoy aquí para enseñarte muchas cosas sobre nosotros. Y sobre todo, de mi tarea. Tú me ayudarás, en el breve tiempo, quizás, que estemos juntos.

Apenas vi uno de los barcos de Círdan, no pude contener las lágrimas. Curvas perfectamente entrelazadas, talladas, navíos que parecían marfil. Serpentinamente, se cruzaban en los mástiles de manera elegante y perfecta. Tan duros como el acero, tan ligeros como el viento. Tenía miles en su taller. Yo, que estaba espantada por su barba, ahora estaba sobrecogida por toda la belleza, a medio construir en algunos casos, de sus navíos. ¿Y si no era digna de él? ¿Y si...?

Él no dijo nada, pero sabía que yo jamás le desobedecería. Lo respetaba bastante, lo admiraba bastante, y así ha sido hasta el día de hoy. Ha sido el padre que no tuve lo suficiente conmigo.

Era silenciosa, con él, y hacía todas las duras tareas que me pedía. Había otros, claro. Muchos ayudantes, sus súbditos y aprendices. Yo les servía las copas, limpiaba los pisos, y las repisas. Me cansaba, me sentía ocupada y solo pensaba en Orleth y en mis padres. Todos eran gentiles conmigo, pero sentía que no podría hacer ningún amigo. Sentía que me miraban como a una criatura extraña. Sobre todo porque yo a veces comía con Círdan, a solas. Muchas veces. Creía que me odiaban por ser la favorita, o algo.

Cenando con él, no me atreví a hablar, pero eso fue inevitable en mí.

-Es mi pelo, ¿verdad? Ya deben saber que soy quien soy.

-Tal vez se extrañan de eso.

-Soy una de sus sirvientes. ¿Come conmigo por ser quien soy o porque sabe lo que puedo hacer?

-Las dos cosas. Ya han pasado dos meses. Es hora de que te entrenes en otras cosas. Vas a ayudarme a hacer barcos. Y vas a perfeccionar tu arte para combatir, mas no para matar. Orleth me dijo que eras letal, pero no puedes actuar con sevicia. No como tu abuelo, o tus tíos abuelos.

-Es una pregunta estúpida si le pregunto cómo eran. Qué eran.

-Hicieron un juramento. Junto con tu bisabuelo. Eso nos destruyó a todos. Crearon unas piedras llamadas los Silmarils…

Me relató la historia, con más detalles que Orleth. Pero como siempre, salían a la luz más preguntas.

-Pero mi padre no vio siquiera por un momento que…¿Annatar era Sauron? ¿Que podría destruirlo?

- No, nunca. Y esa fue su perdición- dijo Círdan con amargura. –Creía que con su poder para crear y con las cosas que creaba así daba orden, al igual que tu bisabuelo. Pero nunca lo supo, hasta que fue demasiado tarde. Y eso tu madre también se lo advirtió.

Yo caminaba sola, al lado del mar, pensativa. Pensando en que quizás Orleth se había salvado de morir horriblemente al ya no estar a mi lado. Tener la sangre de Fëanor quizás si era una pesada carga. Me alegré por ella. Ahora que sabía toda la historia, no dejaba de horrorizarme por mi padre, por mi abuelo y sus hermanos. Solo habían traído muerte a ellos mismos, caos, destrucción. Estaba en ellos. ¿Estaría en mí también?

Me desnudé, y me eché al mar. Luego de bañarme al reflejo de la luna, repasaba todo una y otra vez. Ese tal rey de Lindon, Gil Galad. ¿Quién se creía él para decidir sobre mi destino? Pero sobre todo,¿por qué no ayudó a mi padre? Quizás no estaría muerto. Ni mi madre tampoco. Y hubiera crecido feliz, como la princesa de Eregion, y habría sido más fácil su camino para desposarme, si eso era lo que tenía en mente. Jamás. Jamás lo haría, juré. Lo odiaría por haber dejado a mi padre a su suerte. Lo odiaría por haber permitido esto. No volvería a Lindon. Nunca. No sería su trofeo.

Obviamente, camino a mis aposentos, algo me asustó. Era uno de los súbditos y aprendices de Círdan. Parecía enojado y preocupado, pero más lo segundo que lo primero. Tenía nariz y rasgos angulosos.

-Niña. Ahí estás.- dijo, y tomó mi mano. Yo la quité, pero luego le hice una reverencia, sin decir nada. Él sonrió.

-Galdor.- dijo presentándose, suavemente.

-Galdor.

-Mi amo Círdan te invita a su banquete. Debes ir a tus aposentos, a arreglarte.

-¿Banquete?- pregunté como tonta. Él, sencillamente, suspiró y me llevó a mis aposentos, donde me esperaban tres mujeres, que tampoco me hablaron. Simplemente me tironearon mi difícil cabello, y lo trenzaron (todo en medio de quejas mías), y me pusieron un vestido. Mi primer vestido. Me sentía totalmente estúpida. Prefería llenarme de suciedad haciendo esos maravillosos barcos (y definitivamente, no tengo el talento de Fëanor o mi padre. Como se dio cuenta Círdan más tarde, yo era más del tipo de Curufin o Caranthir: Invencible peleando), que verme en algo así.

Apenas llegué, fue breve, pero muy incómodo el momento en que todo el mundo volteó a verme. Pero luego, prosiguieron. Galdor me hizo sentir cómoda. Él era el jefe de maestros de Círdan, es decir, su mejor discípulo. Yo me sentía torpe, pero él me explicaba quién era cada quién. Su talento era infinito, o al menos así me parecía a mí. Él había diseñado la gran sala de banquetes, y los cubiertos y los tapices. Tenía un equipo de aprendices que habían durado siglos en aprender. Sobre todo, ellos destacaban por hacer los navíos en que los elfos se devolvían a Eldamar. Los elfos se iban. No tantos como en la Tercera Edad, pero se devolvían.

El pasado y el tiempo hacían estragos. Claro, yo no lo entendía, pero ellos sí. Se veía en su aire, en su alma y en sus ojos, que estaban cansados, y que el peso de los días los agobiaba. Yo solo había vivido una pequeña parte de lo que ellos tuvieron que sufrir en la matanza entre los hermanos. Muchos hijos, esposas, amadas, padres habían muerto en esas tontas guerras, de las que mi familia, en gran parte, había sido la causante. Me sentí pequeña, y culpable, pero una sonrisa de Galdor me quitó mucho de mi ahogo.

-No te preocupes. Nadie te juzgará aquí.

-¿Estás seguro? Mi sangre es motivo de indignidad, y de motivos suficientes para inculparme. Además, no tengo su talento. Eso es bien sabido.

-Puede que no lo tengas, pero tienes más cualidades. Eres buena blandiendo la espada.

Yo sonreí.

-Eso no es una cualidad. Apenas Fëanor inventó las armas, vinieron los problemas. No me siento orgullosa de eso.- dije.

-Bueno, eso lo sabes. Y esa conciencia es difícil de adquirir. No te trates así. Ven, disfruta la fiesta. A Círdan le gustará verte.

Yo tenía que reverenciar, y Círdan me sentó a su lado. Luego del brindis y el banquete, le pregunté por Orleth. Le pregunté quién era en realidad.

-Ella amó a uno de mis mejores aprendices. Guildur. Ella lo salvó de un ataque de orcos y huargos. Fue uno de esos amores épicos que el tiempo borró. La trajo aquí, vivieron juntos. Ella fue expulsada de Umbar (su padre era uno de los peores corsarios vistos), por amarlo. Pero él sabía que no podía compartir su destino mortal. La devolvió y la casó con quien su padre quería. Eso le partió el corazón. Pero bueno, mi aprendiz sufrió peor. Se arrepintió tanto, que murió de dolor. Y cuando ella fue a buscarlo, aquí, tuve que informarle. Me apiadé de ella y le enseñé todo sobre nosotros. Siempre mostró amor hacia nuestra raza, y por eso vivirá con longevidad. Y siempre será bienvenida en los reinos de los elfos, así ella tenga dolor en su corazón.

-¿Entonces por eso me salvó?

-Fue por pura compasión. Porque sabía que podrías morir.

Ante más respuestas, yo solo podía desconcertarme. Porque ahora comprendía el dolor de Orleth, que cada vez que me miraba tenía una mueca de profundo dolor que lograba casi disimular. Ahora entendía por qué nunca quiso hablarme de nada. Y a mí me dolía no hablarle más. Me dolía no verla, ya que con ella aprendí todo lo que sabía.

-No te desanimes- me dijo Círdan. –Poco a poco, tendrás más respuestas.

Yo sonreí, levemente. Pero me preguntaba como estaba. Pensaba en sus historias de elfos que me contaba por las noches. En los Ainur, en Ilúvatar, nuestro gran creador. En los Árboles envenenados, y en la maldad, en la maldad sin esperanza. En el otoño de los elfos y el por qué yo, por qué yo vivía. Silenciosa, solamente me dedicaba a aprender los oficios de mi pueblo. Nunca dejé de pensar en lo que había vivido y en las viejas historias. A pesar de lo que Círdan me decía. Si hubiera sabido que el pasado me perseguiría para el resto de mi vida, quizás en ese momento le habría hecho caso con los ojos cerrados.

Y entonces, algo cambió mi rutina. Solía salir con la guardia a entrenar, y Galdor me enseñaba las demás artes (tenía mucha paciencia conmigo, pero a mi favor siempre pude decir que no era nada remolona). Y vino una mujer, joven también, de piel oscura, que los elfos de Círdan atraparon. Solo pidió que quería verme, y me dijo que Orleth se moría.

-Tráela. Por favor- le rogué a mi maestro. Galdor miró a Círdan, que suspiró, negando con la cabeza.

-No será posible darle más vida. No se puede retrasar lo inevitable por una vez más. Ese es el destino de los hombres.

-Tengo que verla, entonces- dije angustiada. – Tengo que partir.

-Será en vano, solo la verás morir. Recuérdala como era. Por favor. Ese es nuestro destino- me rogó Galdor, pero yo negué con la cabeza.

-Es hora de irme.- decidí, y adelanté dos pasos hacia Círdan. Me arrodillé.

-No voy a poder compensarte, por ahora, todo lo que hiciste por mí. No soy quien. Pero esto debo hacerlo, o mi corazón no descansará nunca.

El asintió, y los dos miramos el mar. El infinito mar, al que me había metido y había explorado tantas veces. En el que había navegado. El cielo se comenzaba a hacer oscuro, y solo podía ver la infinidad que algún día, tal vez, cruzaría. O no. El me miró suave y pacientemente.

Yo me abalancé a abrazarlo, y él hizo lo mismo conmigo. A mí me escoltaron hasta la entrada de Eriador, a las grandes llanuras. Me despedí de todos afectuosamente, y cabalgué con la mujer, llamada Haletha, por todo el Arthedain, con cuidado (habían bandadas de orcos por aquí y por allá). Hasta que llegué, luego de extenuantes días de viaje al galope, a donde me acordaba que vivían. Ahí estaban. Desenfundaron sus espadas, y apenas me reconocieron, me abrazaron. Vi a otros hombres, parecidos a los que conocí antes, pero distintos. Y los viejos, los viejos eran sus padres. Tanto tiempo había pasado. Unos cuarenta años.

-Eres tú. Creímos que no volverías. Que estabas en Lindon- me dijo uno de los hijos de Orleth, que abrazó a la jovencita que fue por mí. Era su hija.

-He vuelto.

-No está bien- dijo otro de sus hijos, que era el mayor. Detrás de él estaba alguien igual a él, que también era su hijo. – Los numénoreanos. Ella luchó. No se lo pudimos impedir.

Yo entré, y la ví ya con su cabello blanco. Su estómago estaba vendado. Me miró y sonrió.

-Niña. Fineriel. Volviste.

-Dime quién , porqué- protesté implorosa.

-Es porque somos orientales… de raza menor. Siempre nos han creído aliados de Melkor y Sauron, a todos. Sin razón.

-¿Y Lindon?

-Oh, no. Apenas te fuiste… partimos nuestros caminos. El rey Gil Galad tenía mejores cosas de las qué preocuparse.

Yo fruncí el ceño. Apenas me fui, ya los elfos de Lindon no veían valor en aquel reducto de orientales, solamente porque yo ya no estaba.

-Iremos a Lindon. Y nos aceptarán de nuevo. Y tú estarás bien.

-No, no… ya soy muy vieja. No resistiré, mi querida Fineriel. Esto es lo que debes aprender… que tendrás que ver a los mortales que tú ames a morir..ahora quiero dormir.

Yo empecé a llorar en silencio, y besé su cabeza. Salí de la tienda y limpié mis lágrimas.

-Déjenme ir a Lindon. Debo encontrar una cura. Allá estará bien. Tal y como hicimos contigo, Akhili- le dije al hombre de nariz aguileña, que asintió pesaroso.

-Las cosas han cambiado mucho, Fineriel. Somos proscritos. Un gondoriano raptó a una de mis primas, y lo matamos. Ahora nos buscan. Los elfos, desde que te fuiste, ya no se acuerdan de nosotros. Por eso volveremos a casa.

Lindon estaba lejos. Bastante lejos. Apreté los puños, y no pude evitar llorar. Ellos se sorprendieron, estaban acostumbrados a ver la majestad y la inexpresividad de esa raza que ahora odiaban, y por la que había sufrido su matriarca en vano.

Yo trataba de aliviar su dolor, pero me era imposible ver cómo iba muriendo su cuerpo. Era su propia mortalidad. Incluso cuando la herida estuvo curada, y ya podía caminar, no sin cojear, me partía el corazón verla así. Iba hacia el sur, a la ciudad que luego sería Umbar. Allí estaban todos los de su raza. Sus casuchas, sus pequeños fuertes. Sus miradas desconfiadas. Yo dudaba, dudaba de sus hijos y de sus nietos, a pesar de que eran amables conmigo. Pero ya era una extraña, la misma extraña que solo Orleth protegía. Llegamos a una aldea, la mayor de Umbar en aquel entonces. Ardaost. Llegamos a donde los parientes, que fueron alguna vez hermanos de ella. Los hombres no vivían ya, sus hijos sí, y se saludaron con ellos. Y estaba yo. A quien miraron con desprecio y furia, y sacaron sus espadas. Pero Akhili y sus hermanos me protegieron.

-¡Una cuadriga de ellos mató a 500 nuestros hace un siglo!- protestó el jefe. – Fuimos a explorar, y nos creyeron aliados de Melkor. Esa puta elfa pelirroja, ¿para qué la trajeron?

-Ella es protegida de Orleth y nos protegió a nosotros. Los elfos de Lindon fueron amables con nosotros- dijo el padre de Akhili.

-Solo traerá mala suerte. Eran ciertas las historias, la puta que sobrevivió a Eregion. Hay que sacarla de aquí.

-Me iré si Orleth me lo pide- dije en el mismo idioma. – He venido a acompañarla en sus últimos días. Luego me iré.

-No estorbes. Te vigilaremos, elfo- me dijo. Orleth negó con la cabeza, y se acostó. Ya no podía protestar. Yo comía afuera, aparte. Me quedaba sobre los techos, pero sobre todo, atendía a Orleth, que no quería ver a nadie más.

-He visto el futuro, mi querida…

-¿ Y cuál es ese futuro?- le dije yo en quenya, sonriente.

-Te espera mucho dolor…

-Todos sufrimos, Orleth. Cuando te vayas, mi corazón estará destrozado- le dije, colocando athelas en su bebida, que traía conmigo. Pero ella las rechazó. Era la primera vez que rechazaba algo.

-No.

-Debes beberlas- le dije en su lengua. – Te harán bien.

-Sabes que siempre te quise como a una hija, ¿verdad?

-Lo sé- le dije, pero leí sus pensamientos turbios. –Lo sé.

-Lo que pase, como todo lo que he hecho por ti, será por tu bien. No sufrirás. No sufrirás nunca.- dijo mirando la luz de las velas. Veía en sus arrugados ojos, lágrimas. Yo alcancé a comprender.

-¿A qué te ref..?

No pude decir nada más. Una sombra vino y golpeó mi cabeza. Perdí el conocimiento.

CONTINUARÁ…