4. Gil-Galad.
-¿Pero qué te hizo?- preguntó Arwen Undomiel, escandalizada. Ella, aún con miles de inviernos encima, nunca dejaba de amedrentarse ante el mal ajeno. Nunca dejaba de horrorizarse, de llorar por los muertos. Y eso Fineriel lo admiraba, ya que siempre tendría la capacidad de sorprenderse. Sonrió levemente.
-Cuando desperté, creí que iba a venderme a Angmar, y que seguramente me odiaba, y que todo era mentira. Pero había ruinas. Quizás algún castillo, en el que reconocí la construcción élfica de inmediato. Tapices rasgados, dibujos rasgados. Una mesa fría. Y yo, yo estaba amarrada. Comencé a gritar, furiosa.
-¡Déjenme ir! ¡Malditos sean! ¡Déjenme ir!
Así pasé tres días. No me cansaba.
Entonces, vino Akhili, y puso encima de mí una sustancia hecha con una planta adormecedora. Cuando desperté, me vi acostada, otra vez. Estaba rodeada por él, por una mujer con un punto de oro en la nariz, y los ojos negrísimos, delineados. Otras tres, iguales. Y Orleth, mirándome con tristeza.
-¿Por qué me haces esto? ¿Qué ganarás haciéndome esto? ¿Qué quieres de mí?- le grité, y me puse a llorar, de furia. Tantos años juntas. Tantos años salvándome. Para esto.
-Este es el castillo de quien fuera tu tío abuelo. Curufin.
-Y eso qué. ¿Aquí van a matarme, sacrificarme, hacer algo conmigo para darle a Sauron, quien mató a mis padres?- grité.
-Basta- dijo Orleth, acercándose, pero yo volteé la cara. No sabía si odiarla o amarla. Pero no me quedaría callada. La heriría, tanto como ella a mí. Sí, yo era descendiente de Fëanor. Y así eramos en su familia.
-Es por Guildur, ¿verdad? Es por él…- dije, y recibí un bofetón. Yo la escupí, y recibí otro. Ella tenía lágrimas en sus ojos.
-Por él, pero mejor que él eres tú. No quiero despedirte así.
-¿Qué quieres decir con eso?- le pregunté, sudorosa y nerviosa.
-Que te sacamos a tiempo de nuestro hogar, Fineriel- dijo Akhili, triste. – Para nuestra familia ya estás muerta.
Yo miré desconcertada a Orleth, que puso su mano sobre la mía, amarrada. Yo la miraba con odio, y con furia.
-Apenas te fuiste, vinieron visiones a mí. Visiones sobre todo y todos. Nosotros no sobreviviremos, pronto nuestra familia y la tuya serán enemigas. Pero sobre todo, mi niña, veo el tuyo. Y luego de todo lo que hiciste por mí (devolviste mi vida), y todo lo que Círdan hizo, no puedo hacer más que esto.
-Orleth…- le dije asustada. - ¿Qué…?
-Dormirás para siempre. No morirás, pero dormirás- me dijo la otra mujer. Orleth dará su vida para que lo hagas.
-¡No! – grité. -¡No!
-Así lo quiero. No llorarás, te evitaré edades de lágrimas. Serás feliz, así…- dijo, y vi cómo las mujeres comenzaron a recitar, junto a Akhili, unas letanías. A mí me parecía ridículo, y me retorcía. Y Orleth tomó mi rostro, y besó mi frente.
-Buena suerte, hija de Celebrimbor, señor de Eregion- me dijo, y se clavó el cuchillo en el vientre, tal como mi madre. Yo grité, de dolor, de horror, de impotencia, al ver a esa mujer que tanto me amó, sobre mi cuerpo . Ella quedó sobre mí, y de repente, no recordé nada más.
Gil Galad me dijo que pasaron por lo menos mil quinientos años.
Según lo que se contaba en Mithlond, donde viví con Círdan muy felizmente antes de volver por Orleth, los orientales me habían matado. Pero en los años siguientes, los descendientes de Orleth comparecieron ante el mismo Gil- Galad y explicaron toda la verdad del asunto. Sí, su pueblo hacía magia oscura. Sí, Orleth, al cometer un acto en pro de otro, contradecía las reglas. Por eso tuvo que dar su vida. Y no, no se acordaban dónde me habían enterrado. Ya habían pasado dos siglos desde el incidente, no sabían el lugar exacto donde la matriarca había hecho semejante locura.
-Por respeto a aquella mujer, que cuidó a la única descendiente de Celebrimbor, es que no comparecerán ante mi justicia. Pero deben irse. No son gratos en mi reino, no más. Nunca más- dijo el Rey, asqueado, horrorizado y entristecido.
Trató de buscarme, todo en vano. Hasta que perdió las esperanzas y quedé como una de las otras tantas tristes historias de los elfos de antaño. La elfa de cabellos rojos que durmió para siempre y se perdió entre las ruinas.
Pero un grito estremeció todo Arnor. Era yo. Yo, que recuerdo de repente, respirar otra vez, y volver al punto exacto al ver la sangre sobre mí. Yo, que ya no estaba amarrada. Mis ropas estaban hechas jirones. Y estaba encerrada. Grité, pero ya no vi a Orleth sobre mí. Mi cabello, todo lleno de polvo. No pude siquiera moverme. Lloré de impotencia, pero comencé con mis pequeñas articulaciones. No sabía si tenía la fuerza para mover esa pesada loza, que igual ya estaba agrietada, y hecha picadillo. No había durado mucho. Luego de que pude alzar torpe, muy torpemente mis brazos, luego de mucho tiempo (nunca supe en realidad cuánto fue), pude quitar las piedras, y con los brazos levantarme.
Caí pesadamente sobre el piso, y me arrastré, quitando toda alimaña que se había incrustado en mi cuerpo. Todo estaba solo, y en ruinas. Y yo me sentía totalmente inútil, desconcertada, asustada. Lo primero que pensé sería que si algún trasgo llegaba a encontrarme, sería mi fin. Y seguí arrastrándome, trastabillando, golpeada, llorando por lo que había pasado. Había unas escaleras, y no me sentí capaz de subirlas. Despertar, para morir. El maldito hechizo no había funcionado. Me quedé llorando, desconcertada, pensando en que todos los que conocía morirían horriblemente. Entonces, cayó una piedra. Yo me quejé.
-¿Qué es eso, Fanborn?
-Algo se movió. Seguramente, un animal.
Otra piedra.
-No es un animal, apuesto las barbas de mi padre a que no es un animal.
-Que es un animal porque te lo digo yo.
-A que sí.
-A que no.
-A que sí.
-¡No soy un animal!- grité. Estaba embotada y desconcertada, pero pude recordar rápidamente lo que Círdan alguna vez me enseñó del idioma de los enanos. - ¡No soy un animal!- volví a gritar, y me lamenté. Ellos bajaron de inmediato, blandiendo ballesta y hacha en mano. Y me vieron tratando de levantarme, pero luego trastabillé.
-¡Horror, una criatura maligna! ¡Qué cosa más horrenda! ¡Apártate!
-¿Cómo podría?- respondí, llorando, y desconcertada. - ¡Ni siquiera puedo moverme! ¡He estado dormida mucho tiempo!
-Nadie puede dormir todo ese tiempo. Es imposible.
-Yo si lo creo posible- dijo el enano de cabellos oscuros. Tomó mi rostro, y echó un poco de agua en mi muy sucio cabello. Rojo. Luego tomó mi rostro otra vez (el otro enano y yo estábamos desconcertados), y lo lavó.
-¡Pero si es una elfa! Y sabe nuestro idioma. Pe… pe…¿qué te pasó, niña?
-He dormido. Por años. No sé por qué. Quiero moverme. Quiero salir de este lugar. ¿Tienen algo?
Los dos enanos me pasaron una gran salchicha, y yo no pude tomarla. Ellos me ayudaron, también a salir, y se lamentaron de no tener algo con qué cubrirme. Me dieron una manta. Estaban aterrados por mi historia, sobre todo cuando comencé a llorar por Orleth. Solo pedí que me llevaran a Lindon. Entonces, mostré el collar, y los dos palidecieron en el acto. Los miré asustada.
-¿Qué?
-Tu… tu… eres…
-La … la la la la la….
-Tú eres la de las leyendas. La que estuvo dormida…
-Gil- Galad nos dará una magnífica recompensa- dijo el otro enano, con los ojos brillantes.
-Pero claro que te llevaremos a Lindon- dijeron al tiempo, y entonces sentí como casi una flecha mata a uno. Orcos. Ellos sacaron sus espadas.
-Quédate aquí- me dijeron. Eran veinte. Estaban rodeados.
-Entréguenme a la asquerosa alimaña que tomaron del suelo.
-¡Es nuestra!- gritó el de nariz chata, y se enfrascaron en batalla. Los otros orcos venían por mí, pero los enanos me cubrían. Entonces, ví que al más gordo se le fue la espada, y se le cayó el arco. Lo ví tan desesperado al dejar a su compañero solo, que me arrastré, y yo misma le puse las manos en el arco, y disparé.
-¡Así se usa el arco! ¡Vamos!- le grité, antes de desplomarme otra vez, cubriéndome con la manta. Al final, los derrotaron a todos, y entre los dos procedieron a arrastrarme. Luego, ya podía caminar, aunque fuese temblando, y descalza.
-Eras buena peleando.
-La mejor. Me enseñaron en Hithlum y en Falas. Ahora me siento como un venado recién nacido.
Los dos se rieron.
-No habíamos conocido a alguien como tú.
-No hay elfos que entierren vivos todos los días por aquí. ¿Cómo te llamas?
-Fanborn- me dijo el más gordo. –Mi hermano se llama Fonbarn.
Sonreí por la curiosa disposición de los nombres. Yo también me presenté.
-Debemos conseguirte algo de ropa. Ya casi llegamos a Lindon, y…
Arcos y flechas. Eran élficas. Apenas ellos alzaron las manos, yo me desplomé. Todavía estaba muy débil.
-¿A quién traen ahí, enanos?- dijeron. Los dos hermanos mostraron mi collar, y de repente, hubo revuelo entre los guardias. El comandante vio mi rostro con sus ojos brillantes, y ocultó una exhalación de asombro.
-Iremos hasta Mithlond. Supongo que usted lo conoció.
Yo asentí, asustada. Todo había cambiado. Los árboles, el aire, el agua. Todo parecía morir, vivir, las hojas no eran las mismas. Todo era nuevo, de repente, para mí. Dos mujeres de la guardia me lavaron, y me vistieron. Ya no podía hablar con los dos hermanos. Me sentía desconcertada, y tenía miedo. No sabía que aún no podía superar lo de Orleth, como si hubiese pasado una semana desde entonces.
A pesar de que me preguntaban algo, no quería hablar, y estaba muy enojada conmigo misma por mi cuerpo ser tan torpe, tan inútil. Llegamos a Mithlond, y vi la ciudad en silencio. Cantos melancólicos de alegría. Era yo. Definitivamente había vuelto. Yo no quería ver a nadie y menos a Círdan, que me lo advirtió. Pero no lo vi, ni a Galdor tampoco. Apenas entré al gran palacio que reconocí (era lo único que pude ver como mío), lleno de elfos que me seguían mirando anonadados, vi a Argod, pero estaba en el centro.
-Majestad- dijo el comandante, llamado Areth. Hizo una reverencia. – Hemos traído a la hija de Celebrimbor. Estos dos enanos la traían a la frontera.
Los dos enanos se miraron, pero ante Gil -Galad hicieron una reverencia. Yo ya había entendido que aquel comandante que me interrogó hacía años era el mismo rey de los Altos Elfos, Ereinion Gil- Galad. Pero no tenía fuerzas para replicar. Para pensar en eso. Apenas tocó mi cara, y mi labio, muy altivo, sentí dolor. Comprendí que estaba herida. Lo mismo en mi pómulo. Lo miré a los ojos, y él a mí. No pude sostener la mirada.
-A ella llévenla a sus aposentos. A ellos, les daremos su debida recompensa.
Yo miré a los enanos, y tomé sus manos, impulsivamente.
-Gracias- les dije, y ellos asintieron, mientras dos damas de compañía me arropaban, y me llevaban en brazos. Apenas me llevaron a la habitación, yo me arrinconé. Recordaba todo. Las dos se miraron, y me susurraron dos palabras. Volví a dormir. Cuando desperté, tenía mi cabello sobre mis hombros, y veía al Rey mirándome fijamente.
-Qué hechizo más poderoso. A Círdan y a mí nos costó mucho quitártelo. Cuando una mujer humana da su vida por algo así, es porque realmente sabía lo que estaba haciendo.
-No sé por qué lo hizo.
-Quería protegerte. No era la mejor forma, pero ella vio algo. –afirmó grave.
-Y tiene sentido. Todos mueren apenas me conocen. Y ella… sobre mí…
Tapé mi rostro con mis manos. El Rey se levantó, mirándome grave.
-Fue una gran suerte haberte encontrado. Perdí las esperanzas. Creí que la misma tierra te había tragado. Que habías muerto y habías quedado hecha polvo. Qué tonto. No se nos ocurrió buscar debajo de Arnor, al sur. Y lo hicimos, muchas veces, pero creo que se nos olvidó buscarte en ese lugar. Pero me rendí. Lo lamento por eso.
-No eres responsable de mi suerte, señor. Es suficiente ya con haber sido hospitalario conmigo.
-Sí, si lo soy. – replicó, imponentemente. -Eres la hija de Celebrimbor, la última descendiente de Fëanor. Te envié con mi maestro, Círdan, para que aprendieses su sabiduría. Me alegró que quedases viva luego de lo que pasó con tu padre.- dijo bajando la vista, invadido de repente por la tristeza . Así fue siempre desde que lo conocí. Llegaba como una gran ola que en algún momento se quebraba, para desvanecerse en la arena, sobre todo conmigo. Yo lo miré desconcertada.
-No, no lo eres. Lo que soy no significa nada.- le respondí, sosteniendo su mirada.
-Eso tú no lo sabes.- dijo él levantándose, y por primera vez me impresionó ver lo alto que era. Juraba que lo había conocido de menos estatura, pero quizás era su majestad. –Nuestros hados llegan a perseguirnos. En mi caso, llevo el peso de mi padre, Fingon, de mi pueblo, y de nuestra historia. En tu caso, llevas el de toda tu familia.
-Quiero que sea diferente- sostuve. –Quiero que sea diferente.- le dije.
-Lo sé. En mi caso, sucede exactamente lo mismo- dijo, sentándose. – Descansa.
-No quiero descansar. Descansé por …
-Mil quinientos años.
-Por eso- respondí aterrada, y traté de levantarme, haciendo todo el esfuerzo que pude. Él se aprestó a ayudarme, pero yo lo rechacé. Ahora que lo pienso, fue muy penoso. Porque caí de inmediato al suelo. Traté de levantarme, pero no podía. Él, simplemente me dio la mano, y me levantó de un tirón. Yo trataba de ocultar mi rabia y mi vergüenza. Me dejó de nuevo en la cama.
-No estarás así para siempre, te lo prometo. Pero debes aceptar alguna vez que necesitas ayuda.- dijo retirándose. Yo no lo miré. Solo pensé en Orleth, y en lo que había visto, y me estremecí.
Pronto me encontré con Galdor y conocí a Glorfindel. Galdor, así como antes me ayudaba a pintar, a armar (y a arreglar muchas de mis torpezas), ahora me ayudaba a caminar. No pude ir a ningún banquete o lo que fuera por mucho tiempo, porque tiraba la comida. Mis manos temblaban. Dos damas, o Galdor, tenían que dármela.
-¿Algún día me contarás bien la historia de Orleth?- me preguntó Galdor. Yo le sonreí, triste.
-Tal vez.
Apenas llegó Gil- Galad, Galdor hizo una reverencia. Yo bajé la cabeza.
-Mi apreciado Galdor. Te pido que nos dejes a solas, por favor.
Este sonrió, y me miró preocupado, al retirarse. Yo miré prevenida al Rey. Pero él se quitó algo. Era un anillo. Lo puso al frente mío.
-Ada…- dije, reconociendo la obra de mi padre. Era Vilya. Un zafiro amarillo, poderoso. Puro. Sentí su poder de inmediato. Miré mi collar, y el anillo. Mi padre había puesto bastante de su conocimiento, poder y magia en ellos. Lo devolví. Me sobrepasaba.
-Hizo bien en entregártelo-dije. Él asintió.
-Círdan tiene el otro, y la Dama Galadriel, señora de Lothlórien, tiene a Nenya. Los anillos nos protegen de la influencia de Sauron. Resguardan nuestros últimos reductos. En eso hizo bien tu padre. En cuanto al otro anillo, el Único, ese está en manos de Sauron. Le da todo el poder que tiene. Puede corromper todo. Incluso la voluntad. Digamos que eso fue lo que acabó con tu padre, y con Eregion. Nosotros nunca nos dejamos seducir por ese horripilante ser.
-No lo recuerdo horripilante- dije, viendo un hombre de cabello oscuro y ojos profundos. Azules. Era una imagen que mi madre me había pasado.
Gil- Galad me contó toda la historia de los Anillos de poder, y luego de cómo lo derrotaron en sus fuerzas y los hombres de Númenor en el Sur. Me contó también que era un señor poderoso, bastante, y que tenía influencia sobre los hombres de Númenor, un pueblo ya corrompido por las artes oscuras. Orleth y su pueblo también adoraron a Sauron, pero Orleth rompió todas las reglas. Por eso fue una paria entre ellos.
-Me horroriza pensar que todo lo causó mi familia.
-No te culpes. Nuestro pueblo se dividió, tomamos malas decisiones. Lo tuvimos todo, pero al final solo luchamos por sobrevivir. Una a una, nuestras ciudades fueron tomadas, fuese por traición o corrupción. Beleriand se hundió. Los Valar ya no intervienen en nuestra propia voluntad. Nos acompañan, pero ya no están con nosotros como antes. Los hemos ofendido, aunque los seguimos venerando. Nos tienen piedad. En fin.- dijo él, y yo puse mi collar encima de la mesa.
-Y ahora…¿qué pasará?
-Eso ni yo mismo lo sé. No tengo ese poder, aunque quisiera. Tengo que proteger a mi pueblo. Y derrotar, tal vez, a Sauron. Pero aún no es el tiempo.
-No.
"Te refieres a ti", me dijo sin hablar. Yo asentí.
-Lo lamento- me excusé.
-Está bien. Puedes sernos de ayuda en nuestras campañas. Círdan me dijo que eras mejor combatiendo que creando. – me dijo.
Círdan me contó la historia del rey. Exiliado, también, como todos los reyes Noldor. Él tuvo que llevarlo a lo que en ese momento era el reino. Su padre fue asesinado y la corona pasó a su tío Turgon, señor de Gondolin, destruida por la traición de Maeglin. Él quedó como Supremo Rey. Era muy joven. Y con ayuda de Círdan, tuvo que gobernar y hacer frente a Sauron.
-Él también tuvo que ver cómo todos a su alrededor morían. Pero es el Rey. Y él tiene que proteger lo que queda de nosotros. Su carga es muy pesada, y estará condenado a la soledad. No puede ser de otra manera. Los que ha amado, han muerto.
Yo decidí, por esos días, no dormir más en los aposentos que se dispusieron para mí. Decidí irme con la guardia, junto a Glorfindel. Necesitaba reencontrarme, peleando, necesitaba ser todo lo que fui antes de quedarme dormida por tantos años. Glorfindel notó cómo me miraban, y me dijo que a él le pasaba lo mismo, ya que los Valar le habían concedido el don de volver de las estancias de Mandos.
-Entonces, es posible.- le dije, tomando una pequeña espadita que había encontrado en mi cama. No sé quién la había puesto.
-Soy el único caso en toda nuestra historia. Por eso, te entiendo. Ya poco queda de nuestro esplendor. Creo que Círdan, Galadriel y yo podemos atestiguarlo. Y…
Vi a un elfo de cabello oscuro hacerme una reverencia, y miré desconcertada a Glorfindel, que sonrió, y se abrazó con él. Era tu padre.
-Elrond, canciller del Rey, su segundo al mando. Hijo de Eärendil hijo de Tuor.
Yo fui la que hice la reverencia, pero él me lo impidió.
-No. Me alegra ver que el legado de Celebrimbor está en ti.
-Espero corresponder a sus expectativas- le dije, abrumada.
-Todos lo hacemos, con lo que tenemos. Oh, por cierto. Debes ir a conocer NorthLindon, si algún día tienes tiempo.
-Lo haré, espero.
-Está bien. ¿Cuánto llevas aquí, ya?
-Seis meses en la guardia. No lo hizo mal en su primera exploración. Dio con un reducto grande de orcos. No dejó uno vivo. Pero, le falta entrenarse.
-Ah, Glorfindel. Según tú, a todos. Bueno, me voy. Me alegra verlos.- dijo amablemente. Apenas Elrond se retiró, miré suspicaz a Glorfindel. Yo tomé la espada de palo, y lo hice caer, pero este, con una patada, me derribó.
-Te lo dije.- afirmó, y apenas se levantaba, yo lo hice caer otra vez.
-Eso es trampa.
Yo alcé los hombros, y salí corriendo hacia nuestro destacamento, mientras él me perseguía. Yo miraba hacia atrás, y no me fijé, pero choqué contra una inmensa mole a la que varios elfos se aprestaron en socorrer. Era el Rey. Glorfindel se apresuró a ayudarme a mí.
-Lo siento…- dije, pero él se limpió, como si nada hubiese pasado.
-Vaya. Aprovechas bien tu tiempo- me dijo, y se retiró. Yo estaba tan furiosa y avergonzada, que no volví a palacio en meses, y me quedé sin decir ni hacer nada. Ahora estaba en la guardia nocturna. Sentí pasos.
-Glorfindel. ¿Eres tú?
Oí un gesto que me hizo entender que así era.
-No creo que el rey no siga enojado conmigo. Además, ¿para qué volvería? Aquí estoy bien. Me crie como una oriental. No podría ir y vivir así, en palacio, solo porque soy hija de Celebrimbor. Eso me parece repugnante. Mi lugar está aquí. Y no creo siquiera, que así sea. Sé que me iré. Tengo que ver qué hay más allá. Aún no, pero es seguro.
Hubo otro ruido que creí de asentimiento.
¿Crees que algún día dejaré de ser la simple 'hija de', y ganarme el respeto de todos?
-No entiendo para qué querrías tal cosa- me dijo la imponente voz, y yo bajé la cabeza. Era él.
-No debería molestarse en venir.
-Parte de mi trabajo consiste ver en cómo está todo.- respondió, y se sentó a mi lado, descolgando sus pies. Y hoy me tocó la guardia del sur.
-Está bien- dije, sin mirarlo.
-Lo que me intriga- dijo, sacando unas lembas – Es que niegues con vehemencia quién eres.
-Usted no puede hacerlo. Yo sí, todo lo que representamos fue destrucción. Y ha muerto.
-No es cierto- dijo comiendo. – Tú estás aquí.
-Pero eso no significa nada. Hay que ganarse las cosas- dije, recibiéndole una lemba.
-Dímelo a mí-suspiró, y yo lo miré, comprendiendo. Toqué un mechón de mi cabello, y él lo tomó.
-Hace años no vi uno así. Es único entre nosotros.
-Entonces quiero cortarlo.
-¿Para qué harías semejante estupidez?- respondió él, con sincera brutalidad.
-Porque no quiero que se me distinga. Toda mi vida ha sido así, y solo ha traído problemas. Por eso me encerraron mil años.
-No tendrás problemas aquí. A menos, claro, de que me hagas rodar por accidente por un peñasco, con lo que sí habría muchos problemas- bromeó. Yo sonreí, y me eché a reír, en silencio.
- Cuando llegué aquí le tenía miedo.- le confesé.
- No debiste. Hace mil años tuve que soportarte de regreso al sur, ¿te acuerdas?- dijo, y yo asentí, recordando todos mis caprichos y mis artimañas.
- Dígame una cosa, ¿esto es porque soy hija de quien soy hija?- le pregunté suspicazmente.
-Yo te podría preguntar lo mismo- dijo, cruzándose de brazos. Yo negué con la cabeza.
-Para mí eso no tiene valor. – le respondí, apoyando mi codo en el alfeizar de la ventana.
-Y creo, que en este preciso instante, para mí, tampoco.- me dijo, y vi el reflejo de sus ojos brillantes. Vi sufrimiento pero una fuerza extraordinaria en sus ojos.
Esperó mi turno, y le dio el relevo a Meldir, uno de mis compañeros. Los dos paseamos por los arroyos, y los bosques. Me decía los nombres de los árboles y las hojas. Todo me lo enseñaba. Luego, volvió a dejarme en mi destacamento.
-Volveré.
-No lo creo. Debe ir ahora al norte.- le dije, y él negó con la cabeza.
-No. Enviaré por ti a Mithlund.
-Espero que no sea pronto.
Pasaron otros seis meses, donde pude por fin probar mi valía, o eso creía yo, y mi utilidad. Derrotamos cincuenta destacamentos de orcos, alrededor del reino, una gran suma si consideramos que no se nos acercaron en mucho tiempo. Glorfindel seguía haciéndome morder el polvo, y seguía entrenándome como cosa suya. Yo pasaba mi tiempo con él, hasta que trajo una carta. Iríamos a Mithlund, sin chistar. Y yo, que esperaba algún día irme, ahora veía que no se podía contrariar al Rey, que igual era dueño de mi vida.
Llegué a Mithlund, donde los cantos de mi pueblo me sobrecogieron. Eran cantos de gozo y de nostalgia, como siempre. Los niños (aún había niños), corrieron a nuestro alrededor, y las niñas me tocaron el cabello. Me dirigieron hacia otros aposentos, y las damas me dieron otros vestidos. Hacía bastante tiempo no veía al Rey, que seguía igual. Pero varios exclamaron cuando me vieron, yo no entendía por qué. No entendía las sutilezas, ni la belleza, ni nada de lo que se manejaba en la corte. Una corte de por sí austera, sin ningún tipo de extravagancia. A Gil- Galad no le gustaban esas cosas. Era claro en sus designios. Pero al verme, simplemente se levantó, y abrazó a Glorfindel. Yo oía los rumores y comentarios. Solo Círdan, Elrond y algunos otros pocos se mantenían en su puesto. Yo solo me incliné ante el Rey, y saludé afectuosamente a Círdan.
-Me dijeron que encontraste tu lugar en el sur. Eso está bien- me dijo Círdan. Yo sonreí, y le conté de cómo tenía que construir los telains, y también cómo teníamos que cazar. Los trabajos más duros eran para mí, y eso me agradaba. No quería otra cosa, no esperaba otra cosa del silencio de todos los otros. Tener de compañero a Glorfindel aliviaba de cierto modo mi soledad eterna, y me ayudaba a entender un mundo que aún no sentía como mío.
Hablábamos de eso, cuando el Rey me dijo que quería hablar a solas conmigo. Glorfindel me miró confundido, y yo igual. Sentía a las mujeres murmurando. Los aposentos privados del Rey eran imponentes, como él, y lo más bello que vi en mi vida. Altos, llenos de arcos, de seda y de mármol. Yo me sobrecogí, y él me invitó al balcón, que daba al mar.
-Me alegra volver a verte- me dijo. Yo sonreí, levemente, y me vi en el único espejo de la habitación. No me había dado cuenta de mi propia belleza. Me habían recogido el cabello a media coleta, y mis brazos se veían a través del vestido de seda verde. Había una cadena de oro en mi cintura.
-Y a mí. No volvió, se lo dije- insistí. Él suspiró.
-Tenías razón. Por eso decidí enviar por ti.
Nos sentamos frente a frente, viendo el mar.
-Dicen que algún día, todos regresamos allá. Que nada se puede comparar a lo que hay aquí. Aman, nuestra tierra. En donde podremos vivir en paz, ya nunca más exiliados. Pero, la verdad, he aprendido a amar esta tierra como mía. No conozco otra. Y me alegra.
Me sirvió aguamiel, y yo tomé. Lo miré a los ojos.
-¿Por qué envió por mí?
-Porque te quiero en mi séquito personal.- respondió secamente.
-No he hecho méritos para eso- repliqué de inmediato, y él bufó.
-No seas modesta. Sé de todo lo que has hecho, ¿crees que no tengo informantes? Sé de todo lo que has hecho.
-Está bien. Pero dígame algo…
Él me miró, esperando mi reacción y yo me ruboricé. Mi propia y horrenda vanidad. Él, como siempre, lo comprendía en el acto.
-Voy a reservarme esa respuesta- dijo levantando la copa. Yo levanté la mía, aliviada. Pero de ahí en adelante, me intrigó. Yo levanté una ceja.
-Quiero saberla.
-No- dijo él, que me arropó en el acto, ante la brisa.
Siempre, siempre me contaba alguna historia. Yo le hablaba de todo lo que había aprendido con Orleth y la gente de Umbar, y siempre quería saber más. Me llevaba al límite, en todo aspecto. Todos, todos los detalles, como si viera ese mundo a través de mis ojos y él tuviera el deber de mostrarme el suyo, eran fascinantes para él. Siempre fue autoritario, pero sabio, y a su vez, comprensivo. Convivir directamente con él era otra cosa. Exigía lo mejor de todos nosotros, siempre. Parecía ser dos en uno. Ante los demás pueblos y el suyo mismo, era el rey. El Supremo Rey. Grave, justo, sin ningún distingo. Estricto. Oh, sí. Tuve que estar parada tras él en todo un concejo, sin poder oír ni recordar nada. Eran horas y horas y horas y horas y horas, y luego él mismo iba a donde Glorfindel, le quitaba la lanza, y me hacía tropezar, y me hacía picadillo.
Eso sí que me molestaba, y siempre trataba de desquitarme con él en pelea. Sentía que me hacía perder el tiempo, pero aprendía mucho estando parada, casi todo un día. Una vez lo tuve que acompañar a una expedición en Fortlindon, y era infatigable. Yo sentía que era mi deber seguirlo, y nos exigía moral y fortaleza. Yo sentía que me trataba peor que a todos los demás, ya que siempre era duro conmigo. Y yo replicaba, y con dureza. De otro rey, me habría expulsado para siempre, pero él no toleraba esas cosas, y simplemente me ponían a hacer los trabajos más pesados. En Fortlindon, iba a hacer un banquete. Me crucé con él, y le hice una reverencia. Él me entró a una habitación.
-Ten- me dijo, y abrí el paquete. Era un hermoso vestido, que refulgía de todos los colores. Me lo puso encima, y sonrió, para luego volver a su seria expresión.
-Úsalo esta noche.
-Está bien- le dije. Definitivamente, Gil -Galad era bastante… bastante suyo. Dos damas del séquito me peinaban, y una de ellas vio mi vestido.
-Vaya. Tiene usted suerte.
-Si le llamas suerte a ser su guardaespaldas, y que te mande a cargar troncos de árbol por decirle algo en lo que tú tenías razón…- suspiré. La otra se rió.
-Usted le gusta.
-Claro que no – dije, mientras tironeaban de mi pelo, haciéndome un complicado peinado.
-Hubo una antes que usted. Lloró siglos por ella. La mataron los orcos.
Yo volteé, desconcertada, y traté de explicar que claramente alguien que te trataba de tal modo no podía amarte, pero la dama siguió.
Ariel. Un nombre bello y poderoso. Tenía los cabellos oscuros, ojos luminosos. Hija de uno de los capitanes que también murió allí. Se enamoró de ella cuando era joven. Se volvió loco por ella, por su candor y amor. La iba a hacer su reina, la boda sería en tres semanas. Un día antes, la mataron. La secuestraron y la mataron. El padre murió tratando de rescatarla, y él nunca se lo perdonó.
-Estaba embarazada, o eso dicen- dijo la otra. Yo quedé muda de espanto, y no podía ver al Rey de la misma forma. Luego de las danzas y las canciones, pidió de nuevo mi compañía. Yo ya no sabía qué pensar.
-Ya revisamos todo el perímetro. No hay nada. Creo que solo lobos, y estamos pendientes. – le dije, y él negó con la cabeza.
-Ya lo sabía – respondió sin mirarme. Su corona era impresionante, sobre su cabello oscuro. Yo seguí parada. Él me invitó a sentarme.
-¿Seguro?
Él asintió, y comenzó a escribir. Yo no sabía qué hacía ahí, hasta que él me mostró.
-Para Galadriel. Movimiento, en Dol Gudur. No hay buenas noticias de Númenor. Parece que Tar -Palantir morirá. No le quedarán más días. El reino de los hombres está corrupto. Léeme esta- me ordenó, y yo la tomé, suavemente. El puso su mano encima de la mía. – Por favor.
-Majestad, Rey Supremo…
-Obvia eso.
Le leí la carta de Oropher, rey del Bosque Negro, informándole de la terrible situación de su reino. Arañas gigantes asolaban a su gente, y la negrura comenzaba a notarse. Una oscuridad impenetrable, y peligrosa. Dos de sus guardias se habían dormido para siempre en sus aguas.
-Debo enviar a Glorfindel. O debo ir yo mismo. Pero no puedo ir yo mismo.- dijo para sí. –Enviaré a Glorfindel- decidió. Me entregó otra. Era de los Fieles, y él se sorprendió alegremente.
-¿Puedes creerlo? La enviaron de más allá del mar del Oeste. Espero que sean buenas noticias. Léela, por favor.
Lo hice, recorriendo el pasillo. No eran tan buenas noticias, como él creía, pero no eran tan malas. Pasó a otro tema, y me explicó la situación de Númenor, y su rey Tar Palantir. No creía que viviese mucho tiempo. Él era de los Fieles, los hombres que trataban con nosotros y adoraban a los Valar.
Él me explicaba todo y cada cosa. Pronto le di mi opinión, titubeante, sobre lo que oía en sus concejos, y él estaba de acuerdo. En mi propia insignificancia, había resultado ser buena para esas componendas.
Pronto caminaba a su lado, otra vez, mientras le leía cartas. Un día, por curiosidad, me preguntó si sabía el idioma de Mordor.
-Lo escuché alguna vez, sí. Lo hablaban algunos parientes de Orleth, pero fue muy poco. Antes de que me golpearan la cabeza y me enviaran a dormir. Pero si algún día llega a tratar con los orientales…
-No. Los expulsé por lo que te hicieron.-dijo, tomando una flor, y colocándola en mi cabello.
-No todos son así- respondí, pensando en Akhili, ya perdido en los siglos.
-Orleth y su progenie me decepcionaron, Fineriel. Su deber era traerte conmigo. Su deber era cuidarte.
-Lo hicieron, aunque de manera muy extraña.
-Debiste quedarte aquí.- respondió, molesto. Yo volteé, y negué con la cabeza.
-Orleth me inculcó algo muy valioso. Se llama libertad. Libertad de ir, venir, conocer…
-Entonces lo que haces no tiene sentido. Sabes cómo está todo, lo has leído en mis cartas.- replicó, duramente.
Yo asentí.
-Lo sé. Pero… a menos de que haya una razón por la cual mi corazón pueda establecer algún lazo duradero, lo haré.
-Entiendo- dijo él mirando hacia otro lado. Me entregó otra carta, y yo suspiré. Pero él cerró su mano sobre la mía.
-Es privada.
-¿A quién debo enviarla?- pregunté, tontamente.
-Es tuya- me dijo. La leí en mi habitación. Era sencilla. Decía "Ya sabes lo que ha ocurrido. Te pido que me dejes solo esta noche. Tengo que ir al bosque por mi cuenta. Te lo contaré algún día."
Pasaron tres semanas en que hacía lo mismo, hasta que oí murmullos. Lo veía salir siempre, solo. Esta vez decidí seguirlo. Estaba arrodillado sobre un montículo. Comprendí la historia de las damas. Ariel. Ariel estaba ahí, y Gil Galad solo sintió mis pasos.
-Te pedí que no hicieras esto- dijo sin mirarme.
-Lo sé, pero…- dije, y me abalancé sobre él. Dos flechas, que rasgaron mi manga. Él sacó su espada, y nos tuvimos que esconder detrás del montículo. Yo comencé a lanzar flechas, y silbé a todos los demás. Salimos los dos, y comenzamos a pelear indiscriminadamente, espalda contra espalda. Era fiero, feroz a la hora de pelear. Acuchilló a un orco que iba sobre un huargo, montándosele encima, y luego al huargo. Yo, con los dos puñales, destrocé las patas de los huargos e hice caer a los orcos. Tiré uno, tiré el otro, y saqué la espada, que le dí a él. Llegaron los otros, ya cuando casi habíamos acabado con todos los demás, y ví al Rey caer de rodillas, a mi lado. Yo me apresté a socorrerlo. Una flecha envenenada.
-¡Majestad!- le grité, y se la quité. Yo misma me apresté a succionar el veneno, y lo escupí. Hasta que grité, y se lo llevaron. Pudieron curarlo. Estuve a su lado alrededor de un mes. Cuando despertó, me vio dormida a su lado, y me acostó en su propia cama. Al despertar, lo vi a mi lado, sentado pacientemente. Sonreía.
-Tiene vida propia.
Yo lo miré embotada. Me dolía la cabeza, y me recosté, pesadamente.
-No sé de qué me hablas- lo tuteé, y él me pasó un espejo. Mis rizos, desperdigados por toda mi cabeza. Yo comencé a reírme, y él hizo lo mismo. Me levanté, y me pasó un peine. Los rizos eran indomables. Le dí el peine.
-Lo siento. No funcionará.
-Se nota- me dijo. Me levanté, y él se paró, a mi lado. Tomó mis dos manos.
-Gracias.- me dijo gravemente.
-Era mi deber.- le dije, y me retiré. No entendía por qué lo estaba haciendo. Él era el rey, yo no era nadie, yo era su guardaespaldas. Pero me agradaba estar con él. Pelear con él. Valoraba su compañía. Tanto, que me gustaba leerle, y ayudarle. No. Yo no. No, no yo. No puedo. No podría. Yo…
Luego de que había pasado ese incidente, por el que todo Lindon casi pierde la cordura y se desplegó en plegarias, seguía a su lado, leyéndole como siempre, o siendo su objeto de experimento y juegos cuando se entrenaba. Pero ya no era lo mismo. Ahora me sentía protegida por él. Yo parecía casi su mascota, pero en realidad cuidaba cada aspecto de su día, y él procuraba enseñármelo absolutamente todo. Incluida la magia.
Le enseñé el idioma de Umbar, en secreto. También el de los enanos. Era muy buen estudiante, y así me lo decía Círdan. Yo le preguntaba a Círdan su opinión, pero él no decía nada. Ninguno decía nada, ni siquiera Glorfindel. No sabía a quién preguntarlelo. Y sí, sabía que en Lindon y en la corte me llamaban 'trepadora', pero yo no tenía que responderles a ellos: Solo al rey. Y no sabían que a veces tenía que soportarlo, también furioso.
-Majestad- le dije un día, que llegó a su habitación, molesto. Él, silencioso, se dejó quitar la capa por mí, y le serví de inmediato aguamiel. Gil- Galad retiró la copa, y me vio inmóvil.
-Puedes irte.
-¿Está bien?
-Sí. Vete. Por favor- me dijo, pero yo no obedecí.
-Es en serio – me dijo. Su frialdad y su furia eran tan sobrecogedoras, que yo misma me espanté de haber pensado eso de él alguna vez.
-Yo… yo no lo entiendo. – protesté (y en el peor momento). – Algunas veces es tan bueno conmigo, y otras veces, es tan… duro. - ¿Cómo puedo dirigirme hacia usted?
-Como debe de ser.
-¿Cómo debe de ser?- repliqué, desconcertada.
-No entiendo tu tono. Realmente no…
-A veces podría amarlo. Pero otras veces solo podría odiarlo. Y eso me vuelve loca- dije, apretando los labios, y retirándome. No sé por qué había dicho eso. Estaba loca. Ahora no podría volver a ser, definitivamente, igual. Pero ¿quién era yo? Aparte de mi sangre, y todas mis tonterías. Solo ayudaba al Rey. Golpeé mi mano con mi otro puño, y comencé a llorar, para retirarme a mis aposentos.
-¡Qué torpe!- grité, y me di cuenta de que me había traicionado. Muchas, muchísimas veces. Al mirarlo, al obedecerlo, al sonreírle. Galopé, a toda velocidad, hacia el bosque. Luego salí a caminar por los claros que había, (igual estaban protegidos). Y sentí algo. Apunté. Era él. Seguía con su rostro de irritación.
-Te busqué por cinco horas. No hagas esto.
Yo bajé mi flecha. La tiré.
-Necesitaba pensar.
-Como todos. Pero déjame explicarte primero por qué estaba tan molesto.
Yo crucé los brazos, y asentí.
-Eres tú.- confesó. Yo me desconcerté.
Se acercó más, y yo a él. Y vino a mí, y me dio un largo beso. Yo le correspondí. Nos separamos, y tomé su rostro. Volvimos a besarnos, y vimos una cascada. Él soltó su cabello, y comenzó a quitarme la armadura. Yo procedí a quitarle sus ropas, bastante majestuosas y pesadas. Era realmente…era espectacular. Me cargó, y fuimos al agua. No paramos de besarnos, hasta que me entregué completamente a él, que solo besó mi rostro al ver mi último silencioso gemido. Luego yo le puse mis ropas, y él me ayudó con las mías. Tomó mis manos, mientras estábamos recostados, al lado de nuestros caballos.
-Tenías algo que explicarme- le dije, en sus brazos, acurrucada.
-He reinado mucho tiempo en Lindon- dijo mirándome a los ojos. – Y estoy enamorado de ti. No tengo descendencia. No todavía. Y luego de lo que sucedió… tengo miedo. Temo por ti, temo por todo esto- me confesó con naturalidad. Yo puse mi mano sobre su rostro.
-Me lo has enseñado todo. Pero…yo nunca temí, Gil- Galad. Yo soy fuerte.- le dije, y él asintió.
-Soy mucho mayor que tú. Y es probable que algunas veces, me veas como me viste en Forlindon. Quizás llegue a morir. Tal vez, sufras más por mi culpa y yo…
Lo silencié.
-No más. Volvamos a casa. – le dije, y así lo hicimos, pero esta vez monté adelante suyo. Sus brazos estaban puestos en mi cintura, y créeme, por un momento sentí que la felicidad era completa.
CONTINUARÁ…
