5. La Reina.

Ahora esto, bien, es vergonzoso, pero fue lo que me puso en el mapa, como dirían vulgarmente en Occidente. Fue mi época de felicidad más grandiosa, destacada por breve y porque sí, pude decir que fui feliz amando. Y porque luego de eso, no quedó absolutamente nada, ni siquiera en los cantos. La razón del porque no aparezco en el canto 'La Caída de Gil- Galad', fue porque tu padre ordenó que no se me incluyera ahí, al ver mi estado de dolor y angustia. Fue una manera de honrarme, y eso no se lo dejaré de agradecer nunca.

Pero te confieso que cada vez que la leo (y la leo mucho, para recordar que sí existió todo lo que me pasó), mi corazón se marchita como una planta en pleno invierno, y se consume un poquito más. Y vuelvo a verlo, minuto a minuto, y solamente siento su último abrazo y su último beso y oh, vayamos a lo que pasó luego del primero.

Seguro habrás oído y leído la misma historia una y otra vez. El rey conoce a una mujer a la que hace su favorita y la colma de regalos. Y luego se exhiben por ahí, para despecho de la reina, y la favorita tiene todo lo que quiere… era igual, pero menos grotesco. Ahora yo era la favorita. Y también tenía la misma sensación de que eso me sobrepasaba, pero Gil- Galad me hacía sentir tranquila. Era gentil conmigo, y yo trataba de alegrarle la vida, en su recámara.

Pero no por eso, ni por los hermosos collares que me daba (alcancé a tener montones, sin contar brazaletes y cualquier tontería que veía para adornarme el pelo y los montones, montones de vestidos. Yo me burlaba mucho de él, y le decía que yo era la tardía muñeca de un niño al que nunca le dieron una, y era verdad. Él lo admitía descaradamente), dejaba de ser supremamente estricto conmigo. Me seguía exigiendo como siempre, y nuestra relación secreta – ya no tan secreta- comenzaba a saberse, y en la guardia ya no me miraban igual. Creo que nunca lo hicieron, en ningún lado, y con mis propios amigos me di cuenta de eso.

Vi a Glorfindel, luego de mucho tiempo. Hablaba con Elrond, que también me miró de manera extraña. Él me condujo a un lugar privado.

-Ahora eres su favorita. La primera, la oficial.- dijo desconcertado. Yo miré a todos lados.

-Sí… el rey y yo… tenemos una cierta relación que…

-Mira, eso no importa- dijo casi afligido. – Eres tú. Lo que se te viene encima.

-¿Y qué se me viene encima?

-Eres hija de Celebrimbor. Piénsalo. El rey es el último de los grandes señores Noldor. Y es obvio…- concluyó. Yo quedé intrigada, y ya en la recámara, a su lado, se lo comenté. Él se acomodó, y me dio un beso.

-No, no es por eso. Es la razón que menos se me ocurre para eso.

-Ya nada podrá ser como antes, ¿verdad?

Él negó con la cabeza, y se desperezó. Yo me abracé a él, como un gato, y comencé a besarle el cuello. Se recostó de nuevo, riéndose, mientras yo lo besaba por todos lados. Entonces, él comenzó a hacerme cosquillas, para luego calmarnos.

-En estos pocos momentos, puedo decir que soy feliz. Muy feliz. Otra vez- me dijo, y besó mi frente, y luego mi boca. Tomó mi cabello, y lo besó. No supe qué significaba eso, pero él sonrió levemente. Caminando, los dos, por la playa, él miró hacia lo lejos. Yo entendí su silencio.

-Tienes miedo, ¿verdad?. A pesar de todo- le dije, y él asintió, apretando mi mano. La besó, y luego me abrazó.

-A veces… comprendo a Orleth. No quisiera que nada te lastimara. Nada.

Yo le sonreí, y lo besé.

-Nada lo hará, señor. Nada lo hará.

Pero no dejaba de pensar en lo demás, y seguía ocupándome de mis tareas. Hasta que pronto comencé a ver qué significaba ser la favorita del rey Supremo, porque ya no pude guardarle más la espalda, ni volver a la guardia, y eso me enfureció. Solía discutir con él por eso, y él me decía "Entonces, vuelve", pero no tenía la menor intención de dejarme salir. Ahora era su lectora, y consejera, y… todo tenía sentido, porque pensaba que me envió con Círdan para entrenarme y había sido mi maestro, mi difícil maestro solo para entrenarme para ser su Reina. Reina yo. Yo. Jamás lo pensé, no podría hacerlo.

Y se me ocurría el loco pensamiento de huir, pero lo veía y no tardaba en echarme en sus brazos, y él no tardaba en ser el amante más extraordinario, gentil y cuidadoso conmigo. Y no podía. Pero me aislaba, y pensaba en Glorfindel y sus palabras. No, no creo que exista completa felicidad, pero algo era indudable, yo lo amaba. Y él me amaba a mí, a pesar de sí mismo.

Y cuando me cantaba hermosas canciones de Alqualönde, con mi cabeza sobre sus piernas, o cuando me veía con otro de los vestidos que había elegido para mí, o cuando se volvía loco porque yo me vengaba de él siendo una maestra peor en enseñarle el lenguaje rúnico. No importaban los otros, ni importaba nada. Éramos los dos. Los dos, simplemente los dos, navegando, o nadando, o juntos, en la noche, y yo apartaba sus mechones de su rostro, y seguíamos entregándonos el uno al otro, extensa y extenuadamente.

Pero en Mithlond si importaba. Si antes había logrado encajar, ya no encajaba, porque era la favorita. La que distinguía el rey. Visité a Círdan en sus aposentos, y solo conminó a hacer barcos conmigo. No me juzgó, no como Glorfindel, o Elrond, tan amable, pero tan distante. Le pasaba todo. Galdor fue el primero en recibirme con amabilidad, y le encantaron mis ropajes.

-Tú piensas también que soy la prostituta del Rey- le dije a Círdan en lenguaje oriental, y él suspiró. Negó todo con la cabeza.

-Él está preocupado por ti.

-No soy Ariel.- respondí, mientras me agachaba.

-No es por eso. Sabes que vienen tiempos oscuros. No quiere morir y dejarte desamparada. O con un hijo pequeño. Tiene miedo de que en ti se repita la historia tuya o de él mismo.

-Pero Gil- Galad no es mi padre- respondí, preocupada. –Él es sabio, poderoso, y tiene sentido común. Es astuto. No va a pasar…- dije, preocupada por las noticias de oriente- ¿Verdad?

-No lo sé, mi querida. Pero tiene miedo. Debe amarte bastante. Lo sacaste de invierno, y teme que te desvanezcas como una flor que pierde sus pétalos. Pero no sabe lo fuerte que eres. Y eso debes demostrárselo.

Tres días después, él leía, y yo estaba recostada a su lado, en el diván.

-Estaba pensando… en acompañarte a los lindes de lo que fue mi pueblo. En esa expedición- le dije, y él no respondió. Se acomodó, pero yo insistí.

-Por favor.

-No- respondió cortante. – Te quedas aquí.

-No- le respondí yo, enfrentándolo por nonagésima vez , y ya había perdido la cuenta. – Quiero ir. Quiero acompañarte. Quiero estar a tu lado.

-No esta vez. Es peligroso.

-He ido otras veces. Y también te importaba tanto como ahora- repliqué.

-Explícate- me ordenó.

-Dime una cosa…¿por qué me preparaste durante todos estos años?

-En caso tal de que fueras mi heredera. Enamorarme de ti no estaba en los planes.- me dijo irritado, y colocando su más furiosa mirada sobre mí.

-Elrond debe ser tu heredero. No yo- le respondí, pero él levantó las cejas.

-Eso me concierne a mí.- respondió como una punta de hielo seco.

-Bueno, pues también a mí – dije levantándome. – Quiero acompañarte. No quiero ser como las otras, muriéndome de angustia.

-Mi respuesta es no. Y no saldrás. Te lo prohíbo- respondió, y yo suspiré, altiva.

-Atrévete a detenerme.- le dije, y me fui, cerrando la puerta. Miré mi cabello, rojizo, en ondas, y mandé a dos damas de compañía a traer tinte de alcrón. Lo suficiente como para no durar toda la vida, pero sí por algunos días. El alcrón era hecho para hacer tintes. Se los mandé a aplicármelo, y ellas se fueron muertas de miedo. Pero yo no tenía miedo. Me pude confundir perfectamente dentro de la tropa, sin llamar mucho la atención, y me fui con el Rey a la desolada Eriador. Trataba de no hablar con nadie, pero Glorfindel y Galdor me reconocieron, y disimularon al empujarme cuando pasó Elrond. Fingieron jugar estúpidamente, y luego me levantaron.

-¿Qué haces aquí? El rey le ordenó a medio mundo devolverte si te encontraba aquí- me dijo Galdor, temeroso.

-Estás en muy graves problemas.- me dijo Glorfindel. - ¿Sabes lo que te pasará, nos pasará… si?

No pudimos decir nada más, cuando llegamos a las ruinas de Eriador, y Gil Galad puso mi collar (mi collar, lo había olvidado en la mesa de su habitación), en un montículo.

-Celebrimbor, he cuidado de tu hija. Es todo lo que hubieras querido ver. Sé que me hubieras dado su mano, así como ella me dio su corazón- dijo en síndarin, ante el estupor de su ejército. –Vengo a diezmar lo que ha corrompido lo que alguna vez fue tu reino.

Besó la tierra, y yo tragué mis lágrimas. Tapé mi boca. Recorrimos las ruinas, y me estremecí, al recordarme yéndome de ahí con mis damas. Todas muertas, llorando por mi madre.

Pasé la tarde no pudiendo evitar verlo. Sabía que él pensaba en lo mismo que yo. Entonces, una flecha hirió a uno, y ahí comenzó oficialmente la batalla para recuperar, o por lo menos limpiar Eriador. Glorfindel, Galdor y yo luchamos por espacio de tres horas, pero yo no dejaba de ver a Gil- Galad, y la poderosa Aiglos. La gran lanza que ahora veo y arrullo. Pero en ese entonces, era poderosa, y atravesaba cinco, seis, veinte orcos a la vez. Era increíble, majestuosa.

Y me distraje, y él alcanzó a notarlo. Le grité sobre uno que iba detrás, que parecía ser el jefe.

Lo remató por detrás, y alcanzó a jalarme, cuando recibí la primera herida grave de mi vida. Una flecha envenenada. Al ver los gritos de Glorfindel y Galdor, él comprendió, y me quitó el casco. Apretó los labios, furioso e impotente, y tiró a Aiglos, para cargarme. Elrond se dio cuenta, y mandó una escolta hacia nuestro lado. Yo veía la tintura, ya cayéndose. Mi cabello iba enrojeciendo otra vez, y solo sentía cómo él me quitaba todo, rudamente, hasta examinar la herida.

-Se nos acabaron los antiveneno, señor- le dijo uno de los elfos, y él dio un puñetazo. Me miró furioso, y tragaba su furia y su angustia.

-Está pasando de nuevo. No, Eru. No de nuevo- me dijo, mientras cargaba conmigo, pero fui lo suficientemente lúcida para decirle que recordaba bien dónde estaba.

-Atrás del gran árbol está el palacio. En el palacio hay un hueco. En el hueco está la antecámara…

-¿De qué hablas?

-De Eregion, Gil -Galad. De Eregion…- dije, ya delirando.

Corrió, conmigo, y efectivamente, encontró un montículo. Quitó, desesperadamente, los montones de pasto, y ahí estaba la puerta. Habló en un idioma que se me hacía familiar. Pudimos entrar. Estaba húmedo, y oscuro, pero no sé cómo diablos hizo para guiarse. La antecámara.

-La antecámara- dijo, prendiendo una antorcha. Ruinas, cuerpos. Joyas, todo destrozado. Había encontrado el refugio de Celebrimbor. Lo miró todo arrobado, pero luego me cargó, y me llevó a la habitación contigua. Lo que había sido la habitación de mi madre. Indiqué dónde estaban los frascos, que seguramente debían estar secos. Pero estaban intactos. Y entonces, mientras el buscaba, y probaba, pude ver a mi madre, arrullándome, y a mi padre, alzándome. Unas manos negras trataban de llevárselos, pero yo alcé la mía.

-Estarás bien con él. Él te guiará- me dijo mi padre.

-Es tu destino- dijo mi madre. Y un gran dolor en mi hombro me despertó, y grité, muy duro. Era la medicina antiveneno. Hecha de athelas. Él también tenía unas hojas, pero no se acordaba. Yo desperté, respirando fuertemente, y llorando. Él me abrazó.

-No pasará. No esta vez. No- me dijo, y yo lo abracé, y nos besamos. Yo estaba llorando.

-No sé a qué te refieres- dije acariciando su rostro, y el negó con la cabeza, casi llorando también.

-Tendremos un hijo.- me dijo tomando mi rostro contra el suyo. Círdan me lo dijo, antes de irme. Por eso no quise dejarte ir. Y aun así, no te hubiera dejado ir. Eres mi vida, Fineriel. Alegraste mi existencia. Viví en un completo invierno, sin mis pasos seguros. Pero te tengo a ti.

Yo lo abracé, y seguía llorando. Lo besé, en todos lados.

-Y yo te tengo a ti. No querría verte morir. Quiero estar contigo, siempre.- le dije. Él asintió, y nos quedamos abrazados.

Oímos unos ruidos. Eran los demás. Gritamos, y entraron.

Rescataron todo lo que se podía rescatar de Eregion, luego de dos mil años de ruina. Y era bastante. Así lo celebramos, en un banquete, donde habló de Celebrimbor y el afortunado hecho de que estuviera viva.

-Sobre todo, por una sencilla razón. Ella será su Reina.

Todos murmuraron, y se sorprendieron. Entonces, tomó mi mano, y la alzó.

-Los Noldor vivirán mucho tiempo más en esta tierra. En la Tierra Media. Nuestros días de ocaso no han llegado aún –dijo, mirándome esperanzado, y yo sonreí, también, muy asustada, pero él me dio confianza. Y ya no temí.

Y sí, hay algunas leyendas que todavía hablan de mí, de mi existencia y sobre todo, de la gran tiara que mandó a construirme, refulgente sobre mi cabello. Las casas se volvían a unir, Fëanor y Fingolfin, de nuevo unidos por matrimonio, para gobernar la Tierra Media. Yo pensaba que eso era muy pesado, pero al desposarme dejé de pensar en eso. Mi anillo era de plata, y tenía un pequeño rubí. Era el fuego de mi casa, unido con la suya. Todo se vio esplendoroso, y dicen que mi vestido medía mil metros, ¡pamplinas!

Estaba muy nerviosa. Ahora tendría que gobernar tal y como él esperaba de mí, con tantos años de lectura y entrenamiento. Tendría que ayudarle con la carga, y hacerlo feliz, sobre todo. Ser la reina. Eso era en lo que pensaba, y él lo sabía. Por eso me miraba complacido. Eso sí, quitarme esa gran tiara fue un gran problema. Él mismo tuvo que hacerlo, ya que mis damas no pudieron. Apenas lo hizo, mi cabello quedó libre, y yo recosté la cabeza. Él me llamó, y fuimos juntos a ver el mar, tomados de la mano. Me abrazó y puso las manos sobre mi vientre.

-Gil- Galeth. Así se llamará el Príncipe- me dijo. –Y tendrá el poder de tu familia y la sabiduría de la mía.

Yo le sonreí, y lo abracé.

-Deja de hacer planes. Solo quiero mirar el mar contigo. ¿Puedo?

-Sí, pero me preguntaba si estabas de acuerdo con el nombre.

-Por supuesto- le dije, sonriendo.

Se excedía en los cuidados, y tenía razón. Al comienzo, como la Reina, pude recibir comitivas de los elfos de Lothlórien, y dar cobijo a los Fieles, que habían escapado de la destrucción de Númenor. Gil- Galad estuvo ocultándome la historia durante una semana, hasta que le obligué a decírmela. Él dijo que todo se hundió. Armenelos, todo. Fueron los Valar, su ira, dijo. Yo no podía creerle. Ahora solo quedaban los barcos de tres nobles, Isildur, Anarion y Elendil y su gente. Yo estaba horrorizada, pero lo disimulaba para que no me lo reprochara.

Recibí a Dúrin IV y a los enanos de su comitiva. Su abuelo había conocido a mi padre. Se encantó de que yo hablara la lengua de los enanos, y me regaló un par de pendientes que tengo guardados en algún lugar. Fui la traductora entre ellos y mi marido. Quedaron encantados con él y con nosotros, y pensé que por fin limaríamos asperezas con los enanos, luego de tantos años de agresiones infligidas. Al irse ellos, comencé a oír, placenteramente, las canciones de buena esperanza, dedicadas a mí y a mi hijo.

Pero pronto Gil- Galeth me fue consumiendo, y ya me encontraba muy débil. Era más lenta, y sudaba por todo. El rey se preguntaba si ese chico sería otro Fëanor, quien consumió a su madre al darlo a luz, y temía por eso. Yo le decía que no dijera tonterías, y él se enojaba y me decía que era en serio. Entonces, tuvo que irse a Lothlórien.

-Volveré para cuando nazca. Voy y vuelvo.- me advirtió. – Esta vez, debes quedarte.

Yo asentí. Elrond, que nunca me dijo nada, pero cuidaba de mí, se preocupaba bastante. Mi hijo nació antes de lo esperado, cuando yo me enteraba de lo que pensaba hacer Sauron, cuyas fuerzas se acrecentaban, ya que me preocupé. Un grito se oyó en palacio, y mi hijo casi me mata, a no ser por las artes de Elrond. Para cuando regresó Gil- Galad, ya tenía a mi hijo en brazos, y lo miró orgulloso. Luego me abrazó a mí, y volvimos a ser como antes.

No podría decirte cada cosa que hice como Reina en aquellos años. Acompañé a Gil Galad a las campañas. Atendía y cuidaba a los pueblos que solicitaban nuestra ayuda. Ayudaba a mi pueblo, y criaba a mi hijo, mil veces más impulsivo que yo. Su padre lo quería como un Rey, y era duro con él, pero también afectuoso. Y siempre me quería a mí, me amaba a mí. Me llevaba de gancho, y yo saludaba, tímidamente, y luego con propiedad. Me sentaba a su lado e impartía justicia. Se reía de mis ocurrencias, y le agradaba que estuviese lejos de la corte. Fui muy feliz.

Entonces, estalló la guerra. La última guerra. Elendil y sus hijos vinieron a Lindon y pidieron nuestra ayuda. Quedaron absortos al verme, y pude verlo todo. Sellaron su Alianza, ahí mismo, conmigo y Elrond de testigos. Ya habían pasado 60 años desde mi coronación. Gil- Galeth fue el primero en hablarme. Era alto, de cabello oscuro como su padre, y ojos como los míos. Ya había matado sus primeros orcos, y acompañaba a su padre a las misiones.

-Sé que el rey no me dirá nada, pero tú sí. – me dijo. –Habrá guerra, ¿verdad? Destruirán a Sauron, ¿verdad?

Yo asentí, suavemente. Porque sabía que él, tal y como yo, iría detrás de su padre. Era su deber de heredero.

-No te dejará irte.

-Pero iré. El rey de los mortales llevará a sus hijos. Yo debo estar como heraldo de mi padre- insistió.

-No lo hará. Eres el heredero. A él no le importan los herederos de los hombres. Le importas tú. Tú debes quedarte gobernando Lindon en caso de que…

-De que muera, ¿verdad, madre?

Asentí, preocupada.

-Hazle caso-le rogué, pero él negó con la cabeza. Yo insistí.

-Esta vez.

-Madre, debo ir- dijo, y me besó la cabeza. Seguía siendo afectuoso, pero no cabía duda de que se parecía más a mí que a su padre. Yo me volvía a encontrar embarazada, y Gil- Galad repartía su tiempo entre lo que pasaba en Gondor, que estaba cercano a Arnor, y conmigo.

-Quiero que sea una mujer- dijo, y me miró con ternura, para luego besarme. Yo le sonreí, y nos miramos largamente.

-Me enamoré de ti desde que te capturamos la primera vez- me dijo. – Decidí que irías con Círdan. Y luego… pasó todo lo que no previne, pero me alegré de encontrarte.

-No te creo- le dije escéptica, y él me miró serio, para luego reírse.

-No me creas. Eso siempre lo quise.

Yo lo miré sonriendo, y puse su mano encima de mi vientre.

-Gil Galeth quiere acompañarte.

-Eso nunca. Él se debe quedar aquí. – me dijo. – No discutiré sobre eso.

-Hará mi misma locura.

-Pues revisaré todas las huestes. No irá.- dijo. – Y es mi decisión.

No me opuse. No soportaría ver a mi hijo padecer en una batalla grande y terrible. Y debido a eso, el palacio presenció duras discusiones entre el Rey Supremo de los Noldor y su hijo, el Príncipe Heredero. Se gritaban, y él le pedía ir. Le decía "me estás convirtiendo en un debilucho", pero Gil- Galad fue férreo en su decisión.

Pasaron diez años antes de que Gil- Galad se fuese con las huestes élficas hacia Dargolad. Dudó por un momento cuando nació Naharien Finarwen, nuestra hija. Era su adoración. Su cabello era más oscuro que el mío, y era tal y como quería: Una mujer. Una niña a la que le daba todo y paseaba a caballo con ella, y le daba joyas, y le contaba historias. Yo trataba de que fuese menos caprichosa, y me iba con ella a los bosques, y le enseñaba desde muy temprano todo lo que debía hacer. Pero el rey estaba encandilado, hasta cuando tuvo que irse.

Por consejo de Círdan, decidió llevarnos a Rivendel, el hogar de Elrond. Yo estaba renuente, pero sin la protección de su anillo, Lindon pronto sería invadida. Rivendel quedaba mucho más oculto. Yo presentía el fin. Veía a Orleth diciéndome lo que me dijo antes de matarse: Sufrirás, tendrás mucho dolor. Sufrirás y tendrás mucho dolor. Yo veía al Rey a mi lado, y él tomaba mi mano. Por tres años lo tuve conmigo, a la espera de que los aliados pudieran armarse.

Las últimas noches fueron intensas, pero penosas para mí. Le dije que temía que no volviese. Le dije que no quería que fuese. Le dije que no quería que nada pasara. Pero era tarde e inevitable. Hombres y elfos irían a Dargolad y acabarían con Sauron para siempre.

-No quiero perderte- le dije, al lado de la cama. – Por favor…- le dije llorando. – No te vayas.

Él besó mi frente, y luego a mí. Limpió mis lágrimas.

-Si llego a morir, debes prometerme que te irás a Eldamar con mis hijos.

-No- le dije. – No. No puedo.

Él se sorprendió ante mi reacción, y suspiró.

-¿Por qué no? Es la única manera de proteger a nuestros hijos.- cuestionó. – El único modo.

-Gil- Galeth nunca se irá. Eso no se lo puedes prohibir. Él es un río furioso, y yo no puedo contenerlo como tú. Es más Fëanor que Fingon- bromeé, y eso le gustó, pues me sonrió, al ver que tenía razón. - Y Naharien tampoco se irá. Y yo, tampoco.

-¿Por qué? No quiero que sufran el hado de los Noldor. Son hijos míos y tuyos. Por favor. No hagas esto- me rogó, pero yo negué con la cabeza.

-Tengo que decirte algo, Gil Galad. Yo debo quedarme para preservar tu memoria y no dejarla en el olvido. Y para acabar con el hado que nos aqueja- le dije, y él bajó su mirada.

-Vas a sufrir. Sufrirás mucho. Pasarán milenios, siglos. Por favor. Evítatelo.- me rogó, preocupado por primera vez.

Yo negué con la cabeza, y él me abrazó. Vi lágrimas en sus ojos. Yo lloré con él.

-Nunca, nunca te olvidaré. Siempre estaré contigo, mi amor. Siempre. En tus sueños, en tus días , en tus amaneceres y en tus noches. Siempre te amé, y no dejaré de amarte ni pensar en ti así esté en las estancias de Mandos, lejos de aquí.

-Tú siempre serás el único para mí. El único a quien tendré en mi corazón. Para siempre- le dije.

Fue el abrazo más largo de mi vida, y también la noche más grande. Guardé sus besos, sus abrazos y caricias dentro de mí. A la mañana siguiente yo misma lo vestí y puse a Aiglos en sus manos. También arreglé su corona. Elrond se despidió de mí, besando mi mano. Veía en él mucho por decir, pero no me dijo nunca nada. Abracé a Gil- Galad, preocupada y angustiada ,luego de que él alzó a nuestra hija, y le dijo que debía cuidarme y amar la Tierra Media. Que nunca la dejaría. Y a Gil- Galeth, mi hijo, le dijo claramente "Continúa con nuestro linaje", por toda despedida. Se abrazaron, al final.

Pasaron cuatro años. Y aquella noche, vi a Gil- Galad al pie de mi cama. Comprendí lo que le había sucedido, y las lágrimas comenzaron a salir solas.

-No…

Él se acercó, y tomó mi mano. Luego me besó. Acarició mi cabello.

-Dale a nuestros hijos un mejor lugar del que yo pude darles.

Asentí, llorando desconsolada. Él tomó mis manos.

-Algún día las sentiré de nuevo. Y a ti. Solo me consuela verte a ti.

Yo seguía llorando. Creo que me rompió el corazón.

-Te amo…- le dije, llorando, y él me abrazó.

-Siempre estaré contigo. Te guiaré. Te hablaré. Hasta que cumplas tu promesa. Nuestra promesa. Estaremos bien.

Desapareció, y yo me eché a llorar. Las damas de compañía se despertaron. Entre ellas estaba tu madre, que también había sido ocultada en Rivendel. Ella fue la primera que se acercó, a consolarme.

-Ha muerto, Celebrían. Ha muerto- le dije, llorando. Mi hija, que estaba al otro lado, corrió y también me abrazó, llorando por su padre. Nada pudo consolarme, y seguí llorando. Gil- Galeth se negó a creerlo, y se encerró sobre sí mismo. Se odiaba y se sentía culpable e impotente por no acompañar a su padre. Él debía estar ahí, cargar su escudo, no Elrond. Él debía cubrir su espalda. Odiaba ser el heredero.

Luego, Elrond regresó. De mi marido solo quedó el escudo, y la lanza que ves ahí. Aiglos. Lo primero que hizo fue entregármelos. Mi hija se echó a llorar, y Gil -Galeth la abrazó, mientras me veía a mí. Tomó la lanza de su padre y me la entregó. Yo la estreché contra mi pecho.

-¿Y el collar?- preguntó Gil- Galeth a Elrond, que negó con la cabeza.

-Lo pisoteó apenas lo mató- dijo, y lo vi sufriendo, y abrasado por el calor de aquel horrendo espíritu. Murió con el collar en la mano. Y lo pisoteó. Elrond tuvo que enterrarlo allí mismo, lleno de dolor. Llorando por todos los que padecieron. Y el dolor me atenazó y me hizo doblarme sobre mí é la lanza a mi hijo, y dejé a mi hija con él, y corrí hacia el balcón. Pedí ayuda a Eru Ilúvatar. El dolor me consumía, la angustia. Caí sobre mí misma, y di un grito inmenso que jamás sonó, solo dentro de mí. Lo había perdido. Lo había perdido para siempre. Solo sería un triste recuerdo, un vago, muy vago recuerdo. Mi corazón se apagaría con él.

Celebrían y las otras damas trataron de ayudarme. Yo fui la última reina de los Noldor. Y ya no quería saber de ello. Esa gloriosa y breve época había terminado. Y llena de dolor, tomé todas las joyas que me había dado Gil- Galad, y las tiré al río. Tiré todo. Muchas cosas. Y vi cómo aquella esplendorosa tiara, símbolo de aquel renacimiento de los Noldor y su linaje que Gil- Galad el Rey Supremo, Ereinion, soñó, se la tragaron las aguas.

CONTINUARÁ…