6. La partida de los herederos
Arwen miró a su nana y dama de compañía suspirar, y mirar hacia la cascada. Se preguntaba por el destino de todos los regalos que algún día le dio el poderoso rey de los Noldor, Gil- Galad. Perdidas, tanto como todo lo que ella significó para los elfos, que desde ahí la vieron como un hado de los males pasados. Altiva, ella solo veía las hojas dispersarse por todo el castillo.
-¿Por qué los elfos de Lindon no te aceptaron como reina, ni a Gil-Galeth como su rey?- preguntó, temiendo ser imponente.
La pelirroja no se alteró. Simplemente suspiró, y se sentó al lado del balcón.
-No es que no nos aceptasen, es que habían muchas cosas en juego. Primero, el reino había quedado debilitado. Murieron miles, miles de elfos en Dagorlad. Ahora todos estaban en Mandos, no te puedo asegurar si muchos de ellos reposan como almas horrendas allí, junto con los Aurigas y los Dunadaín. Yo creo que sí. Así como veo a Glorfindel, que luego de siglos volvió a vivir, no entiendo porqué quedaron todos esos pobres elfos allí, penando hasta el fin. Pero bueno, el caso es que quedamos muy pocos, si te digo la verdad. Ya no éramos fuertes, no como antes, cuando mi marido vivía. Segundo, Gil- Galad había dado instrucciones muy precisas. Círdan debía cogobernar junto con mi hijo, enseñarle hasta que lo viese listo para manejar la corona. Y tuvo razón en sus disposiciones, pues pronto todo el pueblo se dio cuenta de que era tal y como su tatarabuelo, en todo. Y eso era un problema.
No puedo describirte con suprema exactitud los lamentos de la multitud, ni mi propio silencio, y el vacío que me había caído de golpe. No podía asimilarlo del todo. Pero sabía que el futuro mío y de mis hijos estaba en juego. Y que no solo Sauron lo amenazaba, ya que Gil- Galad tenía, hasta el momento, dos herederos vivos. Uno de ellos pretendía ver arder todo el mundo con tal de vengar a su padre y restablecer la antigua gloria élfica. La otra solo quería cuidar de mí, e igual honrar a su padre en la Tierra Media.
Cuando un rey muere, sin herederos, sus consejeros se disputan, rapaces, su reino. Pero en mi caso, yo estaba en el medio, como representante de Gil- Galad. Las noticias que me trajeron no eran buenas. Los elfos comenzaban a partir, otros estaban cayendo bajo la locura y el dolor, pero tampoco querían hacerlo.
-Es necesario que tú los comandes, junto con tus hijos- me dijo Cirdán, pero yo negué con la cabeza.
-No reconozco sabiduría en mí para guiarlos.
-Pero madre- insistió Gil- Galeth. – Yo ahora soy el Rey. Puedo seguir comandando el reino de mi padre, y darle su antigua gloria.
-No es tan fácil, joven príncipe- respondió Cirdan de inmediato. – Han muerto muchos. Todos quieren devolverse a Valinor, no les queda nada para amar.
-Pues eso lo consideraré, entonces, como muestra de deslealtad hacia la memoria de mi padre- insistió Gil- Galeth.
Yo lo miré furiosa, y miré a Cirdan. Los dos pensamos al mismo tiempo que poco podríamos contener al ser que ya era mi hijo.
-Tu padre jamás diría tal cosa de su pueblo- dije, duramente, mientras Elrond asentía con aprobación.
-Pues ya no está mi padre, y más vale que nos sobrepongamos, y sigamos. Ahora yo tendré su corona, yo me haré cargo.
-Es peligrosa una corona en estos tiempos oscuros, señor. Debes actuar con discreción, y…- continuó Elrond, pero mi hijo lo interrumpió.
-Si no mostramos que somos fuertes, nos terminarán de aniquilar. ¿Debemos esperar a que nos maten a todos, mientras nos escondemos como animales cobardes?- preguntó, indignado.
-No es esa la cuestión- dijo Cirdan. – Tu madre tiene razón. Piensa en ella y en tu hermana, por Eru. Son un blanco fácil, ahora deberán esconderse, deberán…
-Volveré a rehacer Lindon, Cirdan. No hallo el sentido al mi padre "guardarme" para luego quitarme lo que es mío por derecho, ¿no?- replicó agudamente. Y tenía razón.
-Pero no puedes ir en contra de los deseos del pueblo. – repliqué yo.
-Pues si el pueblo te quiere a ti, ¿por qué no los guías tú?- respondió mi hijo, cruzándose de brazos.
-Porque no está en mí forzarlos a hacer cosas contra su voluntad. Es lo que tu padre hubiese hecho- dije, molesta por el tono desafiante de Gil- Galeth. Este suspiró, mirándonos a todos como si fuésemos piedras en su bota. Era muy joven, apenas llegaba a los dos siglos. Pero siempre fue honesto, claro y directo. Por eso, ante los pésames de Celeborn y Galadriel, pudo contenerse. Pero ante el de Thranduil, que vino en representación de Oropher, no disimuló su furia.
-Ah, viene el rey del Bosque Negro, cuyo padre desobedeció las órdenes del mío, y por esto causó su propia muerte…gracias por tus condolencias- le dijo altivamente.
Thranduil solo pudo mirarlo con una sonrisa de desprecio. Como bien lo sé, y como Bilbo Bolsón y otros lo saben, nunca fue uno de los que se dejasen amedrentar. Simplemente, hizo una reverencia, y el mayor insulto que pudo darle en recíproco fue mirarme a mí y a Cirdan, y darme el pésame, besándome la mano. Con esto demostró que para él jamás sería Rey de los Noldor, en modo alguno, y que Círdan y yo sí lo éramos. Gil- Galeth lo miró fríamente, y lo dejó pasar.
Ante Galadriel, al verla por primera vez, me sentí como un ser minúsculo, pero ella solo levantó mi rostro, y besó mi frente.
-Ya muchas edades, y otras más pasarán por tu alma. Tendrás fortaleza. Sé que hiciste una promesa, que te costará todo lo que tienes…- me dijo, ya en uno de los pabellones. Yo asentí, silenciosamente.
-Pero te vaticino, señora, que será para bien. Nunca dejes de venir a nuestra casa. Allí hallarás consejo y consuelo.
-Se lo agradezco infinitamente- le dije, y ella colocó mis manos entre las suyas.
-Me preocupa mi hijo. No está listo para gobernar. Tiene el alma de Fëanor… y bastante han sufrido todos para volverlo a ver de nuevo- le dije, caminando con ella, que observaba las bayas. Me miró con sus ojos refulgentes, con su inmenso poder, y negó con la cabeza.
-Harás lo que esté en tu mano para protegerlo de sí mismo. Pero él es un cauce incontenible, como una vez bien le dijiste a Gil- Galad.
-¿Sufrirá el destino de los hombres de mi casa?- le pregunté temerosa. Ella me miró prudentemente.
- Es posible.
Yo suspiré, enfrentándome por primera vez, luego de seis meses, a la inminente muerte de mi hijo. ¿Qué había hecho yo para que terminara así? Siempre traté de contenerlo, su padre aún más. Por eso se llevaban tan mal, y tenían relaciones tan tirantes. Siempre fui buena, imponente con él, pero Gil- Galad trató de absorberlo, y como es natural en nuestra casa, se rebeló. Y ahora se exponía a todo, solo porque quería mostrarle al resto de nuestra especie que era digno de él.
-No pensé que me costara tanto- le dije, bajando la cabeza, preocupada. Ella simplemente tomó mi mano, y me guió en silencio a través de los bosques de Rivendel.
Ahora bien, en medio del luto, que duró cinco años, tuve que devolverme a Lindon con mis hijos. Allí, frente a las mujeres que quedaron como yo, con sus hijos, y otros elfos, di el primer discurso de mi vida. Que fue arruinado completamente por Gil- Galeth, ya que arengó a los jóvenes elfos a restaurar y a honrar la memoria de sus padres.
-No soy quien para juzgarles, ni detenerles. Desearán ir a Valinor para reunirse con sus antepasados, y es lo más justo y sabio en estas horas de dolor. Yo también lo haría.
Comencé a oír exclamaciones.
-¡Oh, señora, ve, reúnete con el sabio Gil- Galad! ¡Oh, señora, no sufras más!
-Qué tontería- dijo mi hijo a su hermana. – Si está en las Estancias de Mandos, jamás volverá a verlo. Están locos.
Yo fingí no oírlo, aunque esto se clavó como una puñalada en mi corazón, porque era verdad. Si aún así me devolviese, él no podría salir jamás. Muchas mujeres del reino habían llegado con quienes habían amado y perdido tirándose al mar, tocó que Cirdan enviase a los soldados para contener a varias. Ellas estaban ahí, ahora, viendo a su antigua reina decidiendo no partir. Y no entendían por qué. Otras sí, decían "tiene hijos, claro, debe defender sus intereses". Ni lo uno ni lo otro. Aunque vivía para mis hijos, la promesa hecha a Gil- Galad antes de partir era lo único que me sostenía. Y tanto Elrond como Gandalf, o el mismo Cirdan, me lo recordaban en cada momento.
-Aunque quisiera, apreciado pueblo, no podría- respondí. – He hecho una promesa a su antiguo rey. Cuidaré de ustedes, y…
-Haremos que Lindon vuelva a ser lo que fue. Honraremos a sus padres, a sus maridos, amigos y hermanos, reconstruyendo la gloria de todo esto. Mithlond estará en su apogeo otra vez- dijo Gil- Galeth, acercándose a la multitud. Mi hija miró a Cirdan, y este miró a Galdor, que trataba de acercarse a mi hijo. Yo solamente recibía el insulto con dignidad. Gil- Galeth la hubiese pasado muy mal si hubiese hecho eso en frente de su padre.
Por supuesto, algunos jóvenes lo adoraron, pero el pueblo quedó confuso. Cirdan anunció después, para tranquilizar a los que se quedaron (que ya consideraban la idea una locura gracias a que veían en mi hijo a otro Fëanor), que el joven heredero se dejaría guiar por mí y por Cirdan en todo. Igual, seguían partiendo barcos, y mi hija y yo los veíamos desde las ventanas.
-Madre, si nos vamos no pasará nada. Igual volverás a ver a Padre- me dijo Naharien, tomando mi mano. Era igual a mí. Parecíamos hermanas. Yo le sonreí, y besé su pelo.
-No es posible, querida. Le hice una promesa.
-Pero es tal cual mi hermano, de quien dicen que se parece a Fëanor. Tu juramento te puede acabar.
-¿Quieres que nos vayamos, querida mía?- le pregunté preocupada, ya que ella también tenía razón.
Ella miró hacia el horizonte, y miró todo lo que había atrás. Negó con la cabeza.
-Todavía no, querida mamá. Quiero quedarme contigo- me dijo.
Pasaron dos años más, Gil- Galeth se dejaba conducir, a regañadientes, por mí y por Cirdan. Un día su hermana decidió ir sola de exploración, y se encontró con una bandada de orcos que casi la matan a ella y a su escolta. La paranoia recayó sobre mí y sobre los dos. Gil- Galeth, que luego buscó a la pandilla y la eliminó por completo, decidió en ese momento que ya no era hora de tontear más, y por supuesto, comenzó a militarizar a Lindon otra vez, mandando consignas y proclamas. Discutimos duramente, ya que el pueblo estaba descontento, solo quería agazaparse.
-¡Todos saben que su hora ha terminado! ¡Es nuestro ocaso! ¡Los fuerzas a ser lo que ya no quieren ser, Dagorlad nos costó muchas vidas, incluida la de tu padre!- le grité.
-¡Pues bien, tendrán que tener voluntad, porque no pienso desproteger a mi hermana nunca jamás!- me gritó. Yo lo miraba furiosa, y me iba, desconcertada.
Por otro lado,no quiero que veas a mi hijo como un problema. Era justo, sincero, fuerte. Fuertísimo. Habría sido un gran rey si su impulsividad y su ira no lo hubiesen cegado. Era impulsivo, directo. Franco y práctico. Adoraba que fuese un bastión de rebeldía, pero lastimosamente, eran tiempos equivocados. ¡Cuánto necesitaríamos de él hoy en día, ni se lo llega a imaginar! No hay uno solo de nosotros que sea como él, quizás tú. Pero su fuerza sería indomable, y quizás Elladan y Elrohir, si lo hubiesen conocido, lo seguirían ciegamente. Ah, desvarío, pero eso me dicen ellos.
-¿Yo?- preguntó Arwen sorprendida.
Fineriel asintió, con una sonrisa de bondad.
-Pero yo…
-Has elegido ser mortal. ¿Sabes cuántos entre nosotros han elegido eso? Solo dos: Luthien, que fue otra gran elfa valiente, y tu tío. Y tú.
Arwen sonrió, con gratitud.
-¿A pesar de todo, amabas a tu hijo?
-Oh, sí. A pesar de todo. A pesar de que nos contrariase a Elrond, a Galadriel, a Gandalf, a Cirdan, a mí. Comenzó a hacer un ejército de jóvenes dispuestos a seguirlo. Pero por un lado, Elrond andaba ocupado. Se había comprometido con tu madre. Y bueno, yo decidí comprometer a Naharien con Thranduil, porque si Gil-Galeth pedía protección, pues allá la tendría. Pero resultó que mi hijo fue experto en deshacer la componenda que tramé, ya que fue extremadamente descortés con este rey elfo, cuya única culpa fue responderle a su insulto, en la ceremonia solemne de su padre, y bueno, la otra fue que su propio padre desobedeció las órdenes de mi marido. Creo que si Gil- Galad hubiese vivido hubiese obviado todo esto, pero Gil- Galeth era tan testarudo como Thranduil (aunque este es un poco más disimulado con sus emociones). Entre tonterías personales y otros desaires, para vergüenza de todos los testigos, Naharien jamás llegó a pisar el Bosque Negro. Reproché severamente a mi hijo, prometiendo mil veces saldar la descortesía con Thranduil, que por demás, me pidió disculpas a mí y dijo que solo hablaría con mi pueblo por intercesión de Cirdan o mía (especialmente), de ahora en adelante.
Esto me indignó, y así se lo confesé a Gandalf, un día que íbamos caminando. Con él podía ser más abierta que con Galadriel, a la que todavía no le tenía mucha confianza.
-Nos encerraremos en nuestros reinos, en medio de tonterías, para protegernos y darle la espalda al lugar en el que hemos vivido por años. ¿Crees que te parece justo esto?
-Entonces estás de acuerdo con tu hijo- analizó. Yo suspiré. Por un lado, no. Lo que él planteaba era una locura (aunque le reconozco que era muy bueno en ejecución). Pero por otro lado, la actitud de resguardarnos y esperar como árboles muertos en vida me parecía funesta. Podríamos hacer algo antes de irnos. Esa idea siempre estuvo en mi corazón, aún antes de que Gil-Galad muriese. Y él también la tenía.
-Te digo que tus ideas no son una locura, señora. Pero este no es el lugar para llevarlas a cabo- me dijo significativamente. Y tenía razón. Lindon, tal y como los otros reinos élficos, solo se encerraba, a pesar de mí , consigo mismo. Pero ese no era el menor de los problemas. El mago me informó de lo que había visto y pasado. Estaba Dol Gudur, sus ruinas. Sauron se habría ocultado allí, o quién sabe dónde.
-Pero …¿no lo destruyeron?- dije yo, temerosa, al enterarme de todo. El Istari tomó mi mano, y negó con la cabeza.
-Lamento decirte que su presencia no ha sido erradicada del todo, señora.
Yo apreté los labios, con lágrimas en los ojos, al ver que mi marido, y sus aliados habían muerto en vano. Cerré los ojos levemente, y solo puse la mano en mi túnica negra de terciopelo, en silencio. Gandalf respetó mi dolor, silencioso y mordiente, y luego puso una mano en mi hombro.
-Pero has hecho bien- me aclaró. – Haces bien. Por eso debes vivir y fue valiente tu decisión al no irte de la Tierra Media. Comandas a tu pueblo con justicia y sabiduría.
No fue cierto. Oh, no me mires así, sabes que es verdad. La ira también se apoderó de mí, y di carta blanca a mi hijo para que hiciera lo que quisiera. Y consiguió victorias importantes, es verdad, y hasta Elrond, Galadriel y Cirdan ya comenzaban a verlo con otros ojos. Pero yo le dije que ya era suficiente, que se dedicase más bien a ayudar a los que quedábamos, y esto lo enfureció. ¿Quién era yo, me dijo, que se contradecía en cada orden? Y yo le replicaba que ellos no se acercarían, pero no me creyó. Y yo le decía que me había equivocado, que mi dolor y mi ira lo habían vuelto a un sujeto tan ávido de venganza como yo, y que esto estaba mal. Y resultó mal, a la postre. En ese lapso de años mi hija se fue a vivir a Lorien, con Celebrian, que ya tenía a Elladan y a Elrohir en brazos.
Era una buena tía allí, y pronto me contó Galadriel que se enamoró de su comandante de la guardia, Meldir, tío de Haldir, el comandante actual. Decidí irme a Lorien a hacerle compañía. Viajaba, por primera vez luego de muchos años, fuera de Lindon, y vi que todo era más sombrío. No quise hacerlo con mucha pompa, para no ser blanco de los orcos. Habían pasado cien años ya. En ese tiempo Gil-Galeth desafió a todos, pero se salió con la suya: Volvía a reconstruir, poco a poco, a Lindon. Odiaba a Saruman, nunca lo dejó pasar hacia nuestro reino, con miles de excusas tontas. Y yo lo aprobaba, ya que le insistía a Cirdan que su negativa por hacerse cargo de Dol Gudur me parecía muy extraña.
En mi estancia en Lorien, que duró tres inviernos, me convertí en abuela. Mi hija era feliz allí, le gustaba que se le tratase como igual, y su vida era austera. En eso era idéntica a su padre. Era quien atendía a los que llegaban de hacer guardia, y ahí conoció a este comandante, del que se enamoró. Celeborn los casó en un ritual muy sencillo, del que solo fuimos testigos Galadriel, Celebrian y yo. Pronto nació Aethel, y en ese lapso de tiempo, mi hijo me escribió cartas indignadas diciendo que cómo era posible que su hermana estuviese con un elfo Silvano, de semejante rango. Yo lo ignoré, pero no a las cartas de Cirdan, que me decían que Gil-Galeth ahora atacaba huestes de ¡enanos! O que interrogaba a todo el que se acercaba a las fronteras de Lindon. Me decía también que iba a cazar orcos como por deporte, a pesar de sus advertencias.
Por otro lado, también me informaba que había descubierto que tenía una relación con una de las damas de mi séquito, que dejé en Lindon. Así pasó otro año epistolar, hasta que la situación se hizo insostenible, y entonces decidí volver, ya que al parecer, Gil-Galeth pretendía expandir los límites del reino (lo que yo consideraba una tontería), y asegurar todo Arnor bajo su mano.
Yo le respondí que iría pronto, y así lo hice. Ya lo pondría en cintura. Esta vez mi hija y su marido decidieron acompañarme, y ya nos aprestábamos a irnos, cuando vino la escolta de los elfos del lado oeste, trayendo a un elfo magullado, con un corte encima de la ceja. Yo lo reconocí como amigo y seguidor de mi hijo. Eldlath. Lo miré atónita, y devolví a mi nieta a los brazos de su madre. Celebrían me miraba asustada, así como mi hija, que se adelantó.
-Eldlath…¿qué ha pasado?-le pregunté, tomándolo de los hombros.
Él negó con la cabeza, apesadumbrado. Comenzó a llorar, y atrás de él venía Hemdir, hermano de mi yerno, que se aprestó a recibir lo que tenía en sus brazos: a Aiglos. Yo lo miré atónita y comprendí todo. Mi hija lanzó un grito, y se desmayó, mientras mi nieta comenzaba a llorar. Meldir solo la socorría, mientras Celebrían, llorando, calmaba a la niña. En eso, vinieron todos los demás, incluidos Elladan y Elrohir, que solo preguntaban a su madre que por qué lloraba. Yo estaba inmóvil, y por segunda vez, luego de tan solo un siglo, recibía a Aiglos para que me partiese en dos. No caí. No recordé nada. Solo perdí el conocimiento, y me encontré en la negrura, soñando con Gil-Galad, en armadura, dándome la espalda, y con mi hijo, que trataba de alcanzarme y gritaba, pero yo estiraba la mano y no podía hacer nada. Esa noche arranqué a llorar nerviosamente por mi hijo, y estuve así un mes, sin comer o responder. Si no hubiese sido por Galadriel, habría caído al abismo insondable. Ella decidió, con mi hija, que era hora de devolvernos por siempre a Valinor, ya que me veía hundirme en mi cenagoso pantano de dolor.
Yo solo miraba a la luna, trepada sobre un árbol, increpándoles a los Valar, cuestionando el por qué de mi destino. ¿Qué acaso debería perder a todos los que amaba? ¿Qué acaso merecía sufrir solo por provenir de una estirpe condenada? Yo era inocente. O no , no era inocente. Yo misma había permitido a mi hijo vengarse. Y ahora él había tomado esto de manera tan irresponsable que causó su propia muerte. Solo pude apretar los dientes de rabia, y blasfemé, maldiciendo la hora en que prometí lo que prometí, maldiciendo la hora en que debí ser más consecuente e irme con ellos a Valinor. Por lo menos Gil- Galeth viviría. Grité, maldije, y lloré sobre el árbol. No pude cumplirle a Gil-Galad. Su hijo había muerto por culpa mía. Me torturé inmensamente, no te imaginas cuánto.
Me enteré por mi yerno que luego de la muerte de Gil-Galeth muchos más se habían ido, y que Cirdan había capoteado todo solo, pero lo peor fue ver que los reinos enanos caían, que muchos hombres sufrían. Me dio una muñeca de trapo.
-Era de una niña que murió, al sur de Arnor. Destruyeron su aldea- dijo pesaroso. –Pienso dársela a su nieta, para que siempre recuerde que debe ayudar a los demás.
Yo lo miré contrariada.
-Ayudar, Meldir. Mira lo que le pasó a mi marido. Mira lo que le pasó a tu cuñado. Ayudar- me burlé.- No nos ha servido de nada-le dije.
-Pero por algo la señora Galadriel sigue aquí – replicó, sin querer contagiarse por mi desesperanza.- Por algo el señor Elrond sigue aquí.
-Ellos no han perdido a nadie, espera y verás.
-Usted sabe que eso no es cierto- replicó, pues Galadriel perdió a sus cuatro hermanos, y Elrond al suyo. – No sabe cuánto le admiramos por Lorien, señora. Cuánto hablan de usted los enanos.
-Interesados solo en su codicia…
-Sï, pero es la única elfa de la que hablan con bondad. Recuerdan cómo recibió a sus reyes en Lindon, cómo trató de acercar a los pueblos.
Yo me acerqué y lo tomé del mentón.
-No, Meldir. Ya no. No quiero este dolor para mi hija, ni para mi nieta. Nos iremos todos a Valinor.- decidí.
Él no insistió, pero yo sabía, porque los conocía muy bien a los dos, que pensaban enviarme a Valinor con la niña, y ellos quedarse. Al fin y al cabo, Naharien no quería verme sufrir, y querían proteger a mi nietecita. Por otro lado, reflexioné en las palabras de Galadriel antes de irme: el precio a pagar de todos será muy caro. Tú apenas pagas tu cuota. No olvides tu promesa.
Para mí esas palabras no significaban nada. Había perdido a alguien a quien llevé dentro de mí y que alimenté y vi crecer. A quien consideré una extensión de mi ser y de su padre. Ya estaba vacía por dentro. Pero al devolvernos por Arnor no pude evitar que se me partiera el corazón: Todo estaba arrasado y derruido. Eso había dejado el impulso de mi hijo y la debilidad de los hombres. Naharien solo le tapaba los ojos a mi nieta, mientras Meldir me miraba con reclamo. No pudimos evitar nuestro horror al ver un montón de caballos muertos aquí y allá. YO me bajé, viendo la desolación, a los muertos. Pensé si la muerte de Gil-Galad y su hijo valdrían esto, y me enfurecí. Pensé si mi partida lo valdría, y me enfurecí. ¿Qué sacaba yo con irme? Sería otro de los miles de cascarones vacíos que partían de Mithlond buscando de nuevo una paz que seguramente encontrarían, pero al casarme yo con quien fue el Rey más poderoso de los elfos tenía otro tipo de misión. Había sido escogida por él, para hacer lo que me pidió, aparte de tener a sus herederos. Apenas llegamos a Lindon ,fue el mismo doloroso ritual: Honores funerarios para mi hijo, sus cenizas en el mar. Ya todos los que quedaban sabrían que yo me iría, y lloraban y componían canciones para mí. Empacaron todo: mis vestidos, mis coronas, todo lo que me perteneció alguna vez y que me quedó luego de la muerte de Gil- Galad. Yo solo pensaba y veía a mi hija abrazando a mi nieta, que correteaba en las estancias de su abuelo. No soportaría verlas morir a ninguna de las dos. Tampoco a Meldir, que había sido un gran servidor para con nosotras. Recorrí todas las estancias que fueron testigos del amor que Gil-Galad y yo nos profesamos, y solo pensaba. Pensaba en el destino de mi marido, el mío y la Tierra Media. En nuestro hijo sacrificado (me contaron luego que fue atravesado por la espalda). Y no volví a decir palabra, hasta que salimos a los Puertos Grises. Entonces subí al barco, frente a Cirdan. Atrás estaba la dama que había amado mi hijo, Faniel, embarazada. Ella quería irse, no quería que su hijo tuviese el mismo destino, quizás, de todos nuestros antecesores. Y estaban mi hija ,mi nieta y su marido. Ellos se iban a despedir, llorando, de la pobre niña, y le daban besos y le decían que se volverían a ver. Entonces yo besé a mi hija, en la frente, y le sonreí.
-Madre…- dijo, con lágrimas en los ojos.
-Vas a irte con tu hija.
Ella se alteró, pero Meldir comprendió al instante, con lágrimas en los ojos, agradeciéndome, y a la vez viéndome partir. Cargó a la niña.
-Vas a irte, serás feliz, y olvidarás todo esto.- le dije a mi hija, tomándola del rostro.
-¡No!
-Sí…- le aclaré, serenamente y con autoridad. –Sí. Lo harás. Tu hija crecerá en nuestro primer hogar, y quizás, si algún día Eru lo permite, volverás a ver a tu padre y a tu hermano. Yo tendré que quedarme. Le hice una promesa a tu padre. Él no murió en vano…
-¡Pero terminarás como Gil –Galeth, mamá!- sollozó. - ¡Terminarás como él!- protestó.
Yo negué con la cabeza, sonriéndole y a punto de llorar.
-Va más allá de pelear, querida mía. Va más allá de eso. Cuando vuelva, lo sabrás. Te lo contarán. Esta pelea es mía, no tuya…
-¡Mamá!- dijo ella, llorando, mientras yo le daba besos, conteniéndome, para no irme con ella, y no llorar a su lado.
-Vas a ser una gran madre, una gran tía, una gran señora. Pero este no es tu lugar.
-¡No!- dijo ella, llorando. - ¡Me quiero quedar, luchar contigo!
-No. Tienes una familia en la qué pensar. Recuerda que te amo. Cuídalas- le dije a Meldir, que asintió, llorando. También besé su frente y la de mi nuera, con mi nieto no nacido. Entonces, sentí otra punzada al ver que ella no me quería soltar, y nos abrazamos fuertemente por última vez, hasta que la separaron de mí, y yo me bajé, a duras penas.
-Suelten las amarras- dije, sin expresión. Parecía que fuese a desplomarme, pero por eso conservaba mi dignidad. Para no arrancar a llorar. Oí su grito y su ruego mientras el barco se alejaba. Todos los que estaban atrás de mí lloraban, conmovidos por la escena. Cirdan aclaraba su garganta, y yo tomé a Aiglos, para dársela.
-Esto solo será devuelto a mis manos cuando sea el momento digno y adecuado. No pertenece más a mi familia, sino a nuestra historia. Ahora, tal y como han deseado, Cirdan los gobernará en todo.
Oía los lamentos, y los ruegos.
-Mi promesa no puede ser cumplida acá, pueblo mío. Me han atendido bellamente desde que un día su Rey me rescató. Me han atendido con honor, humildad, y compasión. Pero no soy yo a quien deben acudir en estos días aciagos. No tengo fuerzas. Y no es este mi camino. Si quieren acudir a mí, búsquenme, no los abandonaré. Lucharé por ustedes y si algún día obtengo sabiduría, les daré mi mejor ayuda. Pero ahora, debo alejarme. Luego del dolor cumpliré lo que prometí a su Rey. Recuerden que siempre tendrán mi absoluta gratitud, y espero no me juzguen por lo que considero mejor para su futuro.- dije, al frente de todos, que se quedaron en silencio, y luego comenzaron a tomar mi mano, para besarla. Muchos me hacían reverencia, y aprobaban mi decisión. Me respetaban y me veían con amor y con reverencia al verme así ante la pérdida de mis hijos, y para ellos, de los últimos herederos de los señores Noldo (a pesar de Elrond). Así, con el amor que me dieron cuando vine siendo una muchachita, ahora me despedían. Esperaban, muchos, que no fuese para siempre.
En algunos casos, esa promesa jamás se cumplió. Y la mía costó más de lo que me imaginaba.
