7. El exilio

Rivendel

Los cabellos azabache de la princesa élfica eran apartados por delicadas manos, llenas de pequeños cortes. Ella miró su níveo rostro en el espejo, y a la mujer que la había peinado desde hace siglos. Una que fue reina suprema de los Noldor, y ahora era solo un secreto a voces. Y su más dedicada servidora, durante milenios.

-Siempre me pregunté, y le pregunté a mi padre por qué te quedaste con nosotros y criaste, uno tras otro, a los capitanes de los Dúnadain. Temo ser indiscreta, o peor aún, maliciosa, si asevero que fue al perder a tu familia que hallaste en la nuestra consuelo y refugio- le dijo ella, tomando su mano. La pelirroja se sentó, a su lado, y tomó su mano, asintiendo levemente.

-La nobleza y el corazón de tu padre son extensos. Me lo dijo cuando vimos el navío de tu madre alejarse en el horizonte. Que ahora entendía, uno tras otro, mis sufrimientos, como si fuesen suyos. Y que por ello se alegraba de tenerme en su casa. Que lamentaba el rango que yo me había impuesto, pero que ahora lo entendía todo. En el día más triste de su vida reveló su inmensa compasión.

Arwen recordó cuando su madre se despidió de ella por última vez. Su mirada triste, apagada y sosegada. Le dijo que la amaría por siempre. Que estaría en ella, y en su corazón. Que era su Estrella de la Tarde. Ella fue la que le dio su pequeña cadena. No dejó de besarla, y de abrazarla. Nunca le contó a nadie que vio a Fineriel llorando a solas, asegurándose de que nadie la viese. Luego se limpió las lágrimas, y salió a confortar a Elladan y a Elrohir, en silencio. Luego los dejó, y recordó que ella entró a su habitación, y solo la abrazó.

-Debes ser fuerte. Muy fuerte, querida princesa- le dijo. Pero nunca supo que la vio llorando antes.

Ella volvió al presente, y Fineriel adivinó lo que pensaba.

-Tu padre fue más fuerte que nunca, cuando Celebrían partió. Yo no pude nunca emularlo. Mi dolor pudo más. Luego de que abandoné a mi pueblo bajo Cirdán, este habló conmigo por última vez.

-Sé que te perderás- me dijo. – La venganza anidará años en tu corazón. Destruirás a quienes segaron la vida de tu hijo, y vagarás, dándole un uso a tu espada para saciar tu odio. Pero luego entenderás que ese no es el camino. Y darás trascendencia a lo que le prometiste a Gil-Galad.

No entendí, pero me despidió en la noche. Vi por última vez los muros donde fui feliz. Donde brevemente viví una fantasía.

Vagué por un siglo. Tal y como vaticinó Cirdan, mi espada solo encontró sosiego acabando con los asesinos de mi hijo. Pero por una muerte, eran cien más. Pronto liberé lo que quedaba de Arnor de los orcos (y me gané el desprecio de los Dúnadain), y en los pueblos de hombres se hablaba de mí como una hechicera. Como la vengadora, como el espíritu que atormentaba a los vivos por la muerte de su hijo. Cuando aparecía en un pequeño villorrio se espantaban. No me importó. Era libre, era libre de caer en la oscuridad. Así fui al sur y al oriente, donde me temieron, pues las leyendas se habían transformado. Yo era un espectro furioso, con mis ojos negros y mi cabello rojo encendido. Estaba martirizada por la culpa, por la tristeza, por la furia. Aprendí la lengua negra de Mordor, a través de una sucia hechicera, al traerle un orco. Lo torturé día tras día, hasta que lo maté. Sí, cometí muchos pecados, tal y como mis antepasados. Me perdí en la oscuridad. Enloquecí.

Me fui de Ardaost, hacia Angmar. Detestaba a los hombres por vanos, pues les ví muchas veces traicionarse entre ellos. Odiaba a mi pueblo, por sus errores. Estaba llena de amargura, y pensaba que mi promesa era una idiotez. Que de todos modos, Gil-Galad seguía muerto, y yo no era precisamente Miriel, la única que pudo escapar de las leyes de Mandos. Un día, desesperada, tomé mi daga, y pensé atravesarme la garganta, ya que era un espíritu errante.

Debo aclárararte que nunca tomé las vidas de hombres o enanos inocentes, o habría sido peor para mi estado y mi conciencia. Pero mi crueldad era muy parecida a la de mi familia, sobre todo hacia quienes juzgué de traidores. Muchos quisieron destruirme por no saber quién era, y asimismo los maté. Me tenían miedo, pero eran padres e hijos de alguien. Incluso acabé con destacamentos de los dúnadain en defensa propia. Fui expédita y creativa en mi sevicia. Quemé muchos orcos. Los torturé de todas las formas, recordando el último alarido de mi hijo, y cuando besé su cadáver por última vez.

No me lo podía perdonar. A punto de suicidarme, oí un chillido macabro. Era él. Era él desde el cielo. El Rey Nazgul. Sus sirvientes. Solo me arrodillé y me eché a reír. Sabía que me torturarían, pero yo ya no valía nada. Solo recuerdo su negro hálito, y sus dedos metálicos tomando mi mentón.

-Eres parte de la Oscuridad –me dijo el Rey Brujo. – Te daré lo que desees a cambio.

-Nada- le dije, delirante. – No hay nada…

Él me mostró a Gil Galad y a mis hijos. Pero yo borré la visión.

-Solo hazlo- le dije, tocando su espada, y quemando mi mano, y cerrando los ojos. Entonces, en medio de mis lágrimas, ví cómo se alejaban, horrorizados. Era ella. Inmensa, azul, brillante. Tenía una capa de luto. Sus largos cabellos oscuros ondeaban. Sus lágrimas eran resplandecientes. Era una visión. Nienna. Solo caí de rodillas, a sus pies.

-Desde que él murió…-le dije, entre sollozos. – Te pedí consuelo, una y otra vez, sin respuesta. Han pasado tres siglos. Ahora me he convertido en un monstruo. Uno del que se horrorizaría él, y mis hijos. Ya mi vida no tiene valor. No hay consuelo posible en esta Tierra, ni siquiera en Valinor.

Sentí su cálida mano tocando mi cabello. Ella lloraba conmigo, y solo me tomó de las manos, y me sentí más ligera que nunca. Mi espíritu estaba liberado de sus culpas. Me sentí con fuerzas.

-Tu sufrimiento debe traer esperanza. Hacia los otros encontrarás redención, dijo, mientras veía que sus lágrimas eran innumerables, así como las mías. Pero de su blanco rostro salían como una cascada, y se convertían en diamantes, para luego ser polvo. Solo así obtendrás lo que siempre has querido…

-Pero solo con mi muerte lo obtendré. No tengo fuerzas. Toma mi vida- me atreví a decirle, pero ella me sonrió.

-Solo en Ilúvatar está tal decisión. No soy yo ni eres tú la que decide sobre este asunto. Tu vida deberá ir más allá de la pasión, de tu propia posesión. Estas tendrán su recompensa, aunque tardará. Ahora debes redimirte, y hallar consuelo en la promesa hecha a Gil- Galad. Solo así, obtendrás paz en tu espíritu. Y lo que anhelas será tuyo. Nunca lo olvides- dijo, y limpió mis lágrimas.

Yo quedé inconsciente. Jamás le conté a nadie, ni siquiera a tu padre, de esto. Me creerían loca. Solo conté la inverosímil historia de que vino un destacamento de Arnor a capturarme, alejando a los brujos. Me creían espía de Angmar. Pero vieron los pedazos de luz que había dejado Nienna. Los recogieron. Yo solo decía que el Rey Brujo había tratado de hacerme su esclava, y me dejaron como rehén. Luego me pusieron como esclava, para pagar el daño que les había hecho. No me importaba. Yo estaba obsesionada con lo que me había dicho Nienna. Ahora sabes por qué le rezo devotamente. Así pasé siete años. Aprendí las costumbres de los hombres, y encontré utilidad en su sociedad, al traducir lo que decían los orcos y otras criaturas capturadas en sus batallas contra Angmar.

También en ayudarles a sus soldados, y en cederles el poco conocimiento que aprendí con Cirdan. Así, me gané la atención de su rey, Arantar, ya que siempre me esforzaba en servir a todo su pueblo. Era su animalito de carga.

Pronto le dije a este que su ciudad no resistiría, ya que algún día sería asolada por Angmar, y por primera vez osó a mirarme (quién sabe qué había hecho con los cristales que dejó Nienna). Para él, como para todos los demás, era una extraña elfa que era una paria de su propio pueblo. Entonces, osó a preguntarme quién era. Yo le dije que no me creería.

No me dijo nada, pero previno en mejorar sus defensas tal y como le aconsejé. Siempre trataba de preguntarme por qué hice lo que hice en el reinado de su padre y abuelo. Le contesté que si sus capitanes hubiesen sido tan sabios como él, quizás hubiesen entendido mi historia, y me tendrían como un gran aliado. Él me volvió a preguntar por esta. Yo solo le dije que algún día la sabría.

En ese entonces, viví la época más pacífica de Arnor. Ya en Rivendel, y acompañando a lo que quedaba de los Dúnadain contra Angmar, ví cómo su raza moría lentamente. Fue penoso, porque a pesar de las humillaciones (merecidas), les tomé cariño.

Entonces, Gandalf apareció en medio de esa ciudad. Habló a solas con Arantar, y dijo que mi periodo de castigo había terminado en Arnor, y que mi pueblo me solicitaba de nuevo, al haberme encontrado. Entonces se enteró de quién era yo, sin poder creerlo. Yo le prometí, le juré que su raza siempre encontraría cuidado, y no más daño, conmigo. Le juré que siempre ayudaría a sus descendientes. Se lo juré por mi marido, y por mi familia. Y él lo aceptó.

Por eso, cuando me trajeron a Arahael, hijo de Aranarth, primer capitán de los Montaraces del Norte, nadie se sorprendió. Claro, eso sucedió siglos después. Cuando me fui de la esplendorosa Anuminnas, solo pude decir: "Disfruta de estos días, señor. Agradezco tu compasión y la de la Reina ", le dije a Arantar y a su esposa. "Pero deseo con todo mi corazón que tus descendientes conserven a tu reino próspero, y unido. Volveré para serviros cuando lo requieran"

Quedé en el recuerdo de su pueblo como una hechicera bondadosa de la que se hablaba solo en leyendas. Luego me enteré que usaron los cristales de Nienna para las cosechas, que se multiplicaron y trajeron prosperidad al reino. Creyeron que había sido obra mía. Pero todo eso se perdió, y yo quedé solo como una criatura fantástica.

Así me fui, en medio del asombro general. En medio del camino hacia Rivendel, le pregunté, en una caverna, por qué se había molestado por mí.

-Porque te requiero para misiones más importantes. Volverá tu turno de defender a los hombres y a sus asentamientos. Pero debes volver con los tuyos. Debes aprender sabiduría para no volver a perderte. Además, Elrond debe prepararte para ser uno de mis agentes más efectivos.

-Entiendo.- le dije, colocando mis manos hacia el fuego.

Nos despedimos en los linderos de Rivendel, donde me recibió Glorfindel en persona. Me sentí avergonzada por lo que hice, pero Elrond solo tomó mis manos.

-Has vuelto a casa.

-No soy digna- le dije, arrodillándome. – Mis acciones han sido imperdonables.

-Conozco de tus acciones, pero también de tu redención. Gandalf me ha encargado prepararte. Y por mi parte he aceptado gustoso, ya que también sé de la promesa hecha a nuestro Rey.

-Mi destino está sujeto a su voluntad- dije, mirando al suelo.

-Así es. Y por ello servirás en mi casa, y sobre todo a mi reina- dijo, y sentí la mano de Celebrían, que me miró sonriendo, y me abrazó.

-Deja de avergonzarte- me dijo. – Ahora nos darás tus talentos y tu espíritu para alegrar mi casa y mi alma. Aquí encontrarás reposo. Otra vez.

Yo solo pude abrazarla, antes de echarme a llorar. Luego ví a Elladan y Elrohir, y me recordaron a mi hijo. Solo pude abrazarlos. Y luego estabas tú. Estabas detrás de tu madre, muy joven, y tímida. Yo quedé extasiada al verte.

-Yo creí que te había asustado- insinuó perpicazmente Arwen.

Fineriel se echó a reír.

-¡No! Solo que eras tan hermosa que no lo podía creer. Por eso no pude contenerme.

-Arwen Undomiel, mi hija. La Estrella de la Tarde- me dijo tu padre, y yo solo besé tus manos.

No podía articular palabra. Ni mi hija era tan bella como tú.

-Oh, no digas eso…mírate.

-Hablo con la verdad- insistió ella. Yo me sentí intimidada, pero tu madre solo nos tomó a las dos, y me mostró mis aposentos.

Mientras aprendía a conocerte, y luchaba con Elladan y Elrohir, y les enseñaba todo sobre los orcos, fui enterándome de todo lo que sucedía en Arnor. Y mis deseos no pudieron ser cumplidos, ya que fue decayendo contra Angmar. Fui muchas veces en ayuda de ellos, junto a Glorfindel y Elladan y Elrohir. Y tú me decías "no te vayas", pero yo tenía que hacerlo, ya que tenía que proteger a tus hermanos y cumplir mis promesas. Eso nunca le gustó a Celebrían, que siempre temía por ellos y por mí.

Pero los hombres también estaban en mi corazón, y ellos mismos se acabaron solos. La Lucha de los Parientes terminó por descomponerlo todo, en esos años aciagos. Gondor, con Minas Tirith, terminó por decaer.

Viví un tiempo ayudando a los que quedaban en el Norte, y conocí a unos seres pequeñitos… no me acuerdo. Eran muy prósperos, viven cerca de lo que era Lindon… tienen los pies peludos. Muy amables conmigo. Me dedicaron incluso un relato. No he vuelto hace años donde ellos, pero son fascinantes.

Pero fue la única cosa feliz en medio de muchas cosas infelices, aparte de estar contigo y tu madre, en Lorien, donde volví a ver a Galadriel. Al ver todo lo que había pasado no me juzgó, solo me dio esperanza, y me dio el mismo consejo de Nienna: Fortaleza. Tuve que enterrar muertos, y acompañar a madres luctuosas, a hijas destrozadas, a hermanos sin esperanza.

-¿Por qué no me contaste de esto? Siempre me enteraba de todo por Elladan y Elrohir.- replicó Arwen.

-¿Para qué?- dijo ella, serenamente. – No quería que vieses que no había esperanza. Yo no sabía si existía. Era suficiente con el consuelo de tu madre, y quizás librarte del horror. Aunque fuese por un momento.

-Te habría consolado, ya que mi padre no habría permitido que yo te ayudase- dijo ella, meditativa.

-Ya lo haces- le dijo ella, a su lado, mirando en el balcón.

Sí, recuperé la familia que perdí junto a tu madre, tus hermanos y tú. Tu padre me mostró a Aiglos, pero yo la dejé en su lugar. Le dije que todavía no era digna de usarla. Tu madre trataba de alegrarme, y yo a ella. Y puede decirse que volví a encontrar mi felicidad.

-Hasta que la secuestraron…

Fineriel asintió.

-Aún me digo, aunque tu padre me lo reprocha, qué hubiese pasado si yo la hubiese acompañado. Si yo no hubiese aceptado irme con un destacamento a la región norte de Rivendel, a liberar todo el territorio de orcos. A los cinco días me enteré de que Celebrían había sido secuestrada, y galopé como una loca hasta las Montañas Nubladas. Allí me encontré a tus hermanos… y a ella. Ya no había luz en sus ojos. Algo había pasado. Yo le di una cura paliativa, porque Elrond era mejor en eso que yo. En la noche, ella dormía.

-Díganme lo que pasó con su madre- dije, acariciando su cabello. Elladan y Elrohir también estaban sombríos.

-La torturaron.

Yo me lo imaginaba.

-Díganme lo que le hicieron.

Los dos se miraron. Elladan suspiró. Era el más impetuoso de los dos.

-La estiraron hasta dejarla maltrecha. Quemaron la punta de sus dedos. La golpearon. Y la hirieron…mientras la insultaban.

Yo cerré los ojos y volví a tener el mismo sentimiento que manifesté cuando me enteré de lo que le hicieron a mi hijo. Esa rabia, ese odio, esas ganas de gritar y matar. ¿Por qué a ella, que era inocente? ¿Por qué a Celebrían? ¿Por qué Celebrían? ¿Por qué ella, caer en manos de esos monstruos? ¿Por qué precisamente ella, ella que significaba todo para mí? ¿Qué había sido mi consuelo cuando Gil- Galad y mi hijo murieron? ¿La mujer que me daba esperanzas? ¿Qué lo era todo para su familia?

Claro. Esto lo pagaba. Fue lo mismo que yo les hice a los orcos, cuyos rostros horrendos para mí eran todos iguales. Ahora era Celebrían, pero me prometí desechar esa idea o me atormentaría más. Pero el horror me superaba. Solo gemí, sin voz, para luego mirar desolada a sus hijos.

-No sé que decirles.-confesé, apesadumbrada.

Ellos asintieron. La llevamos a Rivendel, y traté de apaciguarte. Lloraste muchos días en mi regazo. Yo no podía llorar ante ti. Elrond terminó curándola, y a pesar de que mejoraba, yo noté que ella ya no estaba con nosotros. Entré y me quedé mirándola, adivinando lo que pensaba. Yo ya lo sabía, supongo. Ella sabía que yo sabía.

-Sabes que siempre cuidaré de Arwen, y de tus hijos. Pero ellos te necesitan- le dije, acercándome lentamente, con su comida. Comencé a dársela.

Ella no respondió.

-Elrond te necesita. Más que nadie- le dije, y ella seguía mirándome a los ojos.

-Y yo te necesito. Me devolviste a la vida. Tú, Arwen y tus hijos. Pero sobre todo tú- le dije, conteniendo mis lágrimas.

-Lo sé…- me dijo al fin, tomando mi mano. Yo ya no pude contenerme.

-Entonces… ¿por qué?- le pregunté, quebrando mi voz. Todas sus damas lo hacían ocultas, detrás de la pared.

Ella me sonrió.

-Porque estoy cansada… Fineriel. Muy cansada. No hay esperanzas para mí. No hay esperanzas aquí. Lo vi en lo que me hicieron. Entendí por qué enloqueciste durante siglos. Por qué hiciste lo que hiciste.

Rogué en un impulso insensato que Nienna misma apareciese y la hiciera desistir. Pero ¿quién era yo para pedir semejante tontería?

-Pero tú tienes a Elrond, y él te ama…- le rogué. – Tus hijos te aman. Arwen, Arwen te necesita- sollocé. – No le hagas esto a ella.

Ella acarició mis rizos, y yo solamente lloraba.

-Ya no tengo fuerzas para vivir… no soy tan fuerte. No como tú. O como ella, o como Elrond y mis hijos. Pero no como tú.

-No digas eso, claro que eres fuerte. Te recuperarás, y borrarás todo el horror…

-¿Lo has hecho tú?- me preguntó, mirándome con tristeza.

-No. Pero he aprendido a cargar con él sobre mis hombros- admití.

-Yo no puedo resistir tanto-admitió ella. –Ya no. – dijo, entre lágrimas. – A pesar de Elrond, de que lo amo tanto. De todo. No se borrará de mi mente. Y no puedo vivir así y darles eso a mis hijos.

-Ellos comprenderán- insisti.

Ella negó con la cabeza.

-No. Solo en Valinor encontraré paz. Por eso, si me amas, prométeme dos cosas.

Yo asentí, llorando.

-Cuidarás de Arwen siempre, y velarás por su felicidad. Sea la decisión que tome.

-Te lo prometo- le dije, asintiendo.

-Le darás los consejos que no alcancé a darle, y el amor que no tuve tiempo de prodigarle- dijo, resuelta.

Yo asentí, limpiándome las lágrimas.

-Cuidarás de mis hijos, como siempre lo has hecho. Cuidarás su espalda, como ellos la tuya. Les enseñarás a tomar su camino.

Yo seguí asintiendo, para llorar otra vez.

-Apoyarás a Elrond en todo lo que necesite. Te lo suplico.

-Claro que lo haré. Pero por favor no…- le rogué. – Por favor, no nos dejes. No la dejes- le rogué, refiriéndome a ti.

-Ella ahora te tiene a ti.

-¿Por qué lo haces?- dije, herida, y dejando la bandeja a un lado. – Solo dime por qué.

-Por ti y por ellos. Sé que lo entenderás algún día, así como Elrond. Ven acá. No quiero que te enojes conmigo- me dijo, y yo me acerqué, lentamente, y ella me dio un beso en la frente. Nos abrazamos largamente.

-Gracias por ser mi hermana y mi amiga en estos años – me dijo. –Gracias por todo. Siempre te recordaré. Ahora… quiero dormir- me dijo, y yo salí de la habitación, frente a las damas de compañía, también en lágrimas. Todas nos abrazamos, llorando.

-Ahora cumplamos con nuestro trabajo. Es la única manera de hacerla feliz- les dije, y ellas asintieron, mientras yo limpiaba sus lágrimas. Y luego me fui hacia tu recámara, para ver qué necesitabas.

-La necesitaba a ella- suspiró Arwen. – A ella…

-Lo sé. Pero se conocía. Quizás no habría soportado el recuerdo de lo que le hicieron, la oscuridad que impregnó su corazón. No habría querido transmitírtela, ni a ti, ni a Elrond, ni a tus hermanos. No habría podido vivir tranquila pensando en que contagiaría todo con amargura, con odio y resentimiento. No querría, tal vez, convertirse en lo que yo me convertí. Sobre todo contigo y tus hermanos a su lado. Ahora pienso que… tal vez tomó la mejor decisión- le confesó a Arwen, que la miró pesarosa.

-Yo la habría querido, no me importase cómo estuviese.

-Sí, pero ella quería lo mejor para ustedes. Y por eso se sacrificó- insistió Fineriel, mirando hacia la cascada.

-Quizás todos pagamos un alto precio por los que amamos. Ninguno se salva- sentenció ella. Y Fineriel asintió. Arwen, con la partida de su madre, asimiló el dolor por primera vez.

El día en que partió tu madre fue como volver a ver a mi hija, a mi nieta, a mi nuera y mi yerno despidiéndose de mí otra vez. Sentir que te arrancan el corazón, todo otra vez. Que te dan un puño en el estómago. Ver a tu padre abrazándola y besándola por última vez, partió mi corazón. Y a ti, con tus lágrimas en el horizonte, con tu capa ondeando en ese atardecer. Viendo a un pedazo de tu alma irte. Apenas ella embarcó, solo pude abrazar a tus hermanos y a ti, sin poder llorar. Para qué. De qué servían las lágrimas.

El horror por fin había alcanzado a tu padre, por fin la desidia y la desolación de esta larga guerra que empezó mi familia lo había tocado. Ya había pasado antes con sus padres y hermano. Pero con su corazón… tal vez no. Y ahora estaba padeciéndolo. Solo me miró a mí, y me dijo que me entendía. Que por fin sabía lo que era convertirse en pedazos.

-No. Tú volverás a verla- le dije.

-Pero hay muchos trabajos todavía por padecer- me dijo él, para irse al lado de sus hijos.

Así pasaron los años más tristes que recuerdo luego de la muerte de mi marido. Antes, me habían traído a Arahael, quien nació aquí, en Rivendel. Recuerdo cuando Celebrían y yo recibimos a su madre, embarazada. Gandalf estaba junto a ella.

-Una vez le prometiste a Aranthar ayudar a su estirpe. Cosa que has cumplido a cabalidad. Has luchado por ellos, y te has sacrificado. Pero esto será para asegurar tu promesa.

-Así es- le dije a Gandalf. – Lo prometí, y no he terminado de cumplirlo. Aunque nada pude hacer con lo que sucedió después. Lo lamento mucho- le dije a la mujer, que asintió.

Lo que había sucedido después: Los dunadain se quedaron sin rey. Prácticamente, su reino decayó por luchas internas y por el acoso de Sauron, o el Nigromante, como se le conocía en esos momentos. Minas Tirith quedó con un senescal a cargo, pero la línea se perdió. O eso era lo que yo sabía por Elrond.

-Ella es Finduilas, esposa de Aranarth, último del linaje de los reyes Dúnadain. Pidió protección a Elrond. De ahora en adelante, sus capitanes serán criados aquí. Y por ti.

-Me siento honrada, pero no sé por qué se me ha escogido para tal misión. No creo ser digna para la misma- le dije a Gandalf.

-Solo tú les puedes enseñar las artes del combate. Y otras cosas. Elrond los forjará con su sabiduría. No estarás para todos, pero sí en lo necesario- me advirtió.

-Pues sea- le dije yo, y le hice una reverencia a Finduilas.

Muchos me tomaron cariño, y respeto. Pero siempre se iban. Unos me querían más que otros. Pero sabían que yo era más vieja que sus propias espadas. Uno se enamoró de mí cuando era joven, pero pronto le hice desistir de sus esperanzas. Yo era la reina viuda de Gil- Galad, al fin y al cabo, y más vieja que él y que el tiempo mismo.

Celebrían se fue para la época de Arahad I. El niño Aragost, su hijo, me preguntaba por qué estaba tan triste la princesa, y yo le contestaba que por su madre. Entonces tú decidiste irte a Lorien, y yo le contaba al niño toda mi historia. Hasta que tu padre me mandó a llamar.

-Deseo que hables con Thranduil, del Bosque Negro. En otro tiempo afirmó que solo te escuchaba a ti. Debemos saber qué pasa con ellos, y de paso, saber qué pasa por los lados de los enanos.

-Bien. ¿Y Aragost?

-Estará bien- dijo Elrond, suspirando. – Gracias por aceptarlo.

-Está bien- le dije, tocando su libro. – Arwen está en Lorien y Elladan y Elrohir están con Arahar, en Arnor. No hay problema.

Y así, me fui a otra misión que por poco y hace tambalear mi propia estancia en la Tierra Media.

Continuará…