Lo inevitable

Arwen miró a su niñera y dama de compañía con la lejana sensación que experimentan quienes no han pasado penurias gigantescas. Aunque ella perdió a su madre, siendo esta la primera y más grande pena de su alma, no llegaba a imaginar el dolor constante que había sufrido la sílfide pelirroja que estaba al frente suyo y parecía perdida en sus recuerdos. Tenía miedo de experimentarlo. Tenía miedo de hacerlo, sobre todo cuando sabía que ya amaba a Aragorn y que iría con él hasta el último rincón de la Tierra Media si ese fuese su destino. Tenía miedo de perderlo, como a tantas mujeres, humanas o elfas, les pasó en los relatos y en los cantos. Y ellas hundieron toda esperanza e ilusión en su corazón. ¿No le pasó a la misma Gilraen, madre de Aragorn, cuando le dijo que perdió toda motivación de vivir? ¿Cuando lo poco que tenía se lo daba a su hijo porque no soportó el dolor de perder a Arathorn?

Y Fineriel no la juzgó. Arwen recordó cuando la miró a los ojos y le dijo: Descansa. Descansa, en su oído. Y a Gilraen pareció llegarle la paz súpita de los muertos con una leve sonrisa serena. Y no la volvió a ver.

Su padre había perdido a su madre. Su abuela a su hija, a sus hermanos, a su familia. Vio a reinos enteros caer. Y ahí estaba ella, que había perdido al rey Gil- Galad. A su hijo, a su hija, a su nieta. Pero también le contó alguna vez que sufrió por el amor pasional que nunca debió sentir. Que transgredió las reglas de su universo y lo pagó con creces. Y que de ello solo quedaron cenizas porque las lágrimas las acabó todas. Y ahora, en su mirada, veía que pensaba en ello. Porque tenía que contarle todo lo que pasó, el cómo cayó en el abismo profundo del dolor para poder estar ahí parada.

-Todo lo que te han contado es cierto- le dijo Fineriel, sin mirarla. - Las lágrimas, la culpa, la felicidad efímera, lo inevitable. Yo nunca lo quise, solo sucedió. Nunca pensé que me pasaría. Ya sabes. Los grandes amores están para cambiar destinos y hacer de sus protagonistas los héroes de las leyendas. Beren y Luthien cambiaron el mundo por su propio amor. Maeglin destruyó el suyo por Idril Celebrindal y Gondolin cayó. Thingol construyó un reino para Melian y tu propia abuela acompañó a su esposo para salvar lo que nos quedaba. Gil- Galad quiso batallar no solo por su reino. También pensó en mí. Pero con el rey del Bosque Negro nunca pasó nada de eso. O no lo sé. Lo amé por confrontarme, lo odié por hacerme tambalear, lo amé porque me lo dio todo. Y él a mí, pero chocamos, como un barco contra las rocas en el mar.- afirmó, con una leve entonación de dolor.

Arwen vio el rostro de su dama de compañía. Sus ojos revelaban penurias que no querría pasar nunca. Porque los amores trágicos no solo se vivían cuando uno, o los dos amantes morían. También cuando se dejaban hechos pedazos, cuando sabían que tenían que cumplir un destino que los separaba. Cuando ellos mismos sabían que todo se acabaría. Y eso le había pasado, con el rey más caprichoso, mezquino y orgulloso de la Tierra Media. Eso le dijeron de él. Pero ella nunca le dijo nada de eso a Fineriel, porque nunca quiso hablar de ello. Es como si reviviese toda la tragedia que pasó desde Angmar...

-¿Fuiste feliz con él?

Ella sonrió, levemente, mirando hacia abajo. Asintió, triste.

-Sí. Por un momento me hizo olvidarme de Gil-Galad. Pero él mismo me dio su lanza. Y ahí comprendí que no podría durar. Me dijo que lo que amaba de mí era precisamente que tuviera en mis manos la lanza de mi marido. Con esta luché en Angmar, pero mi orgullo quedó tan destruido que no la volví a usar en siglos. Hasta que Thranduil me la dio de nuevo.- recordó. Arwen sonrió levemente, y puso sus manos en sus hombros.

-¿Por qué él? Ada me contó que sufriste bastante a su lado. Que él nunca fue digno de ti. Que tú eras una reina y te trató peor que a un sirviente. Estuvo muy indignado con lo que pasó después de Angmar.- le dijo, contagiada por su tristeza.

Thranduil. De todas las criaturas de la Tierra Media que la hirieron, torturaron y lastimaron a través de los siglos, solo él pudo matarla. Y no fue por medio de la espada, sino a través de su corazón. No la mató de pena, como pasó con muchos de su raza, porque él mismo la salvó de su amor condenado. Porque la amó y la odió por la fuerza con la que vengó sus lágrimas. Porque lo amó y lo odió por acabar con todo lo que creía. Porque aunque los elfos silvanos, gracias a él, tenían fama de rebeldes, intransigentes y sin un atisbo de sabiduría, ella descubrió que solo al final dejaban ver sus profundas intenciones. En el caso de él, fue un motivo común y sencillo: volver a perder a quienes más amaba. A quien amó y que esta vez le dio otra visión de la vida. Una esperanza. Él la perdió y luchaba a toda costa por cuidar lo que tenía. Pero con un nuevo motivo vino el miedo. Y con el miedo siguió el dolor y el orgullo. Eso llegó a lacerar el corazón de los dos. Los llegó a poner a pensar que no podían darse el lujo de ser amados. Pero lo hicieron.

-Tu padre tenía razón- le respondió, sonriéndole resignada. - Pero aunque él me destrozó el corazón me dio las fuerzas para continuar. Siempre lo hizo. Y por verme más allá de todo lo que alguna vez fui lo amé. Y por ver yo lo que es más allá de lo que parece, él me amó.

Arwen no comprendió. Solo la vio llegando a Rivendel, de negro, furiosa, orgullosa, herida, sin hablar. Pero nunca le dijo nada. Se fue a Lothlorien y era la de siempre. O eso parecía. Y perdida en sus pensamientos, vio un collar negro, como el fuego. Refulgente, labrado.

-Fue su único gran regalo, no acepté ningún otro. Me dijo que le recordaba mucho a mí. Que era uno de sus tesoros. Como yo.

Arwen tomó la mano izquierda de Fineriel y vio una marca en sus dedos. Era una marca de espada. Una marca que las dos sabían que existía solo por causa del soberano del Bosque Negro.

-¿Quién lastima o daña a sus tesoros para hacer algo así?

Fineriel entendió que Arwen lo sabía. Sabía de lo que había pasado décadas atrás. Apretó su mano, y su rostro fue invadido por el dolor. El dolor de el día en que definitivamente, le asestó el golpe final. Hace ya 60 años.

-Fue en Ciudad del Lago. Tauriel, la elfa silvana de quien te conté, se interpuso mientras él y yo peleábamos. Él quería irse, en su mezquindad. Pero en realidad estaba furioso conmigo, por lo que le dije ante sus estúpidas intenciones de quedarse con parte del tesoro de Escudo de Roble. Quería dejarme, pero tenía en mente golpearme y llevarme de ahí a la fuerza, porque sabía que yo no dejaría a la gente de Ciudad del Lago. Tauriel apuntó con su espada, él con la suya. Yo me interpuse, como una estúpida. Él terminó cortándome. Nunca se lo perdonó. Se atormentó hasta la última vez que nos vimos, pero yo tuve que liberarlo. Aunque él nunca lo hiciera. Lo conozco muy bien.- pensó ella, ensimismada, en el obstinado carácter del rey del Bosque Negro, cuyo padre tuvo que acompañar a Gil- Galad en Dargolad a regañadientes. Y cuan terco fue Oropher así era Thranduil. Pero ella era peor y eso fue lo que terminó casi acabándolos. Y por esa herida ella sabía que él jamás dejaría de culparse.

-¿Cuándo lo viste?- le preguntó Arwen, sentándose a su lado. Fineriel miró su armadura negra. Le mostró el hombro. Estaba magullado.

-Esto fue cuando acabamos con Angmar, al lado de Glorfindel. Necesité su ayuda y tu padre me envió para hablar con él. Fui sola, no quería arriesgar a ninguno de los servidores de tu padre. Fui con andrajos, con mi pelo cubierto de suciedad, para que no me reconocieran. Bueno, ni tú ni tu padre me reconocieron y era notable después de lo que me tocó hacer.

-Vivir 10 años como una criatura maligna. Creí que te perderíamos para siempre- dijo Arwen, preocupada. - Vivir entre suciedad, bestias, orcos monstruosos. ¿Cómo pudiste hacerlo?

-No lo sé. Estuve al lado de Gandalf 10 años antes, en los reinos oscuros. Fui su guía en Umbar. Ya no existía nada de lo que conocí junto a Orleth. Todo era peor, distinto. Pero fui lo suficientemente hábil para camuflarme y enseñarle a Gandalf el poder de nuestros enemigos. Y este vio habilidad en mí. Habló con Saruman el Blanco, luego de nuestro viaje a Umbar, diciéndole que yo podría ser una excelente espía.

-¿Pero no está invadida por la oscuridad ya?- nos preguntó a los dos. Yo lo miré y él me miró a él, escudriñándome, como si arrancara capa a capa todos mis pensamientos. Pero disimulé muy bien mi vergüenza, mi ira, mis traumas. Por lo menos en mi rostro. Saruman sabía que yo solo tenía un espíritu: el de venganza. Tenía la ira infinita por haber perdido a todos los que amé. Que llegué a odiar el amor de Gil- Galad por la Tierra Media. Que deseaba que se pudriesen todos. Que quería morirme solo por ver a mi rey. Que a veces sentía que mis intenciones eran falsas.

-Puede perderse en la oscuridad fácilmente. Y esta vez no vendrá Nienna a salvarla- se burló. Yo lo miré con una siniestra sonrisa, pero luego lo hice con odio.

-Mírala, Mithrandir. Tiene el espíritu de los días oscuros. El espíritu de Fëanor en ella. Su sangre y la oscuridad de su alma podrán hacer de ella una criatura más, penosa entre el río de inmundicia que gobierna el Nigromante. Incluso podría hacerla su aliada. ¿No merece Fëanor ser reivindicado en su casa? ¿No merece Celebrimbor un destino mejor que el que le han dado? Lo que puede odiar puede amarlo y confundir sus ideales.- dijo, con su sinuosa voz.

-Todos podemos hacerlo, mi señor- insistió Gandalf. - Usted, yo. Todos podremos caer en la oscuridad. Ella ya lo hizo, es inmune a ello. Estará con nosotros porque ha visto a mi lado el dolor, la sevicia y el horror. Y aún así todavía recuerda que puede amar.

-¿Amar para vengar? ¿Para morir?

-Para mantenerse en pie- respondí yo, sin mirarlo. - Para cumplir una promesa que hice.

-Una promesa a la que has faltado muchas veces. ¿Qué nos garantiza que la locura no termine de invadirte del todo y quedes como una criatura que solo puede obtener paz a través de una muerte impía y mísera?

-El olvido es el que mata de manera impía y mísera. Y no, no he podido olvidar por un minuto quién soy. A qué renuncié. Y a quienes amo. El olvido de mi propio rostro, ese no existe. No existe tampoco el olvido hacia lo que me ha permitido ver, más allá de la muerte de todos los Capitanes dúnadain, que hay una brizna de esperanza. Fue lo que me transmitió Gil-Galad. Y lo que siempre he tenido conmigo a pesar de mí misma.

-Señor, tengo mi confianza en ella. La he preparado para esta tarea.- dijo Gandalf, mirándolo a los ojos. Saruman me tocó el cabello y lo volvió gris. Y arrugó mi rostro. Quedé como una desagradable anciana corrupta de Umbar.

-Espero que sea cierto, Gandalf- le advirtió. Este solo me miró a los ojos y allí me reconoció. Me dio mi collar, el que me dio Gil-Galad en Lindon. Con su mirada me dijo que siempre recordase la promesa hecha a mi rey y a mis hijos. Que esto siempre me daría mis recuerdos. Pero que era hora de acabar con Dungabad, Carn Dum y Angmar de una vez y para siempre.

Y así lo hice. Vi el horror por el horror, el fin de toda razón. Gracias a la magia de Saruman no enfermé de odio, ni físicamente, pues solían comer carne cruda e inmundicias. Gracias a lo que hizo Gandalf conmigo y mi collar no olvidé quién era y no me desplomé ante el Rey Hechicero y su infinita e inmunda oscuridad. Aprendí a manejar las negras artes y con ellas engañé a hombres mezquinos enemigos de Gondor. Maté a varios, con crueldad. Me hice de una reputación. Y cuando olvidaba quién era, la voz de Gandalf y Galadriel venían como un doloroso antídoto y retumbaban en mi cabeza, hacían arder mi cuerpo como un veneno en las entrañas. Y enviaba todos mis informes con mis cuervos. Pasaron agónicos 10 años. Yo ya no soportaba más tanto horror y solo dije que me iría a Umbar. Llegué a Isengard, donde Saruman me devolvió mi aspecto. Pero vio en mis ojos todo lo que había visto. Simplemente posó su mano sobre mi cabeza y vi cómo salió de mí un aura maligna, riéndose. Yo me desplomé y desperté solo tres semanas después en Rivendel.

-Ya cumpliste con tu parte. Puedes quedarte- me dijo Glorfindel. Yo me levanté, contrariada.

-No está cumplida mi tarea y sabes que no me quedaré a esperar.

Él sonrió bondadosamente y se sentó a mi lado.

-Sabía que dirías algo así. Y por ello Elrond te pidió que fueses al reino del Bosque en el Este. Dice que solo tu puedes hablar con Thranduil para apoyarnos en la batalla definitiva contra Angmar. Irías con sus tropas.

-De acuerdo. - le dije. Y no esperé un día más para irme, como una criatura maltrecha, hasta los límites del Bosque Negro. La oscuridad apenas comenzaba a tocarlo. Yo simplemente comencé a sentir que alucinaba, hasta que luego vi la punta de una flecha. Un joven elfo rubio, con mirada resuelta, que me preguntaba quién era yo.

-Soy Fineriel, heraldo de Elrond, señor de Rivendel- dije, pensando en mis palabras y mareada. - Vengo a traerle un mensaje al rey Thranduil.

-¿Tú, la reina de Lindon? Estás loca, inmundicia. ¿Cómo osaste entrar a nuestro territorio? Mírate. Estás llena de porquería y horror.

Yo mostré el collar, desconcertada. El joven comandante lo miró contrariado.

-¿Dónde conseguiste eso?

Como no respondí, decidió traerme encadenada hasta el reino del Bosque. Vendó mis ojos, hasta que entrando recuperé mi conciencia. Me di cuenta que tenía grilletes en el cuello y en las manos. No sentí nada, pero él se dio cuenta.

-No parecen ser pesados para tí- me dijo en sindarin, creyendo que no entendería.

-Los tuve en otro tiempo al ser esclava de los hombres- le respondí de igual modo. Él me miró contrariado, descubriendo de pronto que había cometido un error.

-Es imposible...

No pudo decir nada más, porque llegamos al trono central. Allí estaba el rey, con su capa de armiño color plata, al lado de una mujer que alguna vez reconocí como mi dama de compañía, Neldaniel, hija de uno de los consejeros de mi marido. Su cabello rizado y rubio se desplegaba graciosamente sobre sus blancos y perfectos hombros. Sus ojos rasgados de zafiros complementaban un rostro con hoyuelos y una boca gruesa, pero sonriente. Y su vestido era del mismo color del de su marido. El joven comandante fue a susurrar algo al rey, que me miró con una sonrisa de desprecio. Tomó mi collar.

-¿Cómo conseguiste esto? ¿Lo robaste? ¿Acabaste con la vida de la señora de Lindon?

-Que yo sepa, la señora de Lindon no ha terminado con su vida porque está al frente suyo- le respondí, mirándolo a los ojos. Él se contrarió.

-La viuda de Gil-Galad no hablaría con tal insolencia, ¿me equivoco?

-Oh, sí. Eso era lo que más le gustaba al rey- le respondí, encantada de fastidiarlo (impulsivamente), ya que odiaba su arrogancia, la podía respirar.

-Seguramente a tí te gustará la prisión..- afirmó, pero Neldaniel se bajó de su trono, para sorpresa de su marido, y me miró a los ojos. Con un gesto de su mano, volvió mi cabello a la normalidad, para sorpresa de todos. Me miró a los ojos, y se arrodilló, besando mis manos, conmovida.

-Mi señora está viva.- me dijo, con lágrimas de felicidad. - Estás viva.

Yo tomé su rostro, y la abracé. Había sido una de mis más fieles damas de compañía y la más joven. Me acompañó en mis tiempos de felicidad y tristeza, cuando murió Gil-Galad. Su dulzura me hacía pensar que todavía existía esperanza.

-Hola- le dije, y ella se rió, lo mismo que yo. Ella miró a su rey, conmigo abrazada.

-Legolas, ¿podrías quitarle los grilletes? Detesto verla así- le dijo al comandante, que resultó ser el príncipe del Bosque. Él miró a su padre, desconcertado y este a él, del mismo modo. Thranduil asintió y Legolas comenzó a quitarme las cadenas.

-Lo siento- me dijo, apenado, mirando a su madre, que solo me sonreía a mí.

-Está bien. Me veía horrenda- le dije, y Neldaniel me abrazó, pletórica de felicidad.

-Creí que habías muerto en Angmar. Dijeron que te perdiste, que fuiste esclava, que...

Thranduil se interpuso y me hizo una reverencia, al lado de su reina, que hizo lo mismo. Todos los elfos lo hicieron. Yo me sentí incómoda, e hice otra.

-No es necesario. Por favor- les dije, y Neldaniel besó mis manos.

-Lindon se acabó pero sigues tú. Ha sido algo dichoso volver a verte. Porque significa que hay esperanza- me dijo, para luego mirar a Thranduil, que me sonrió levemente.

-La reina es sabia y lo que afirma es siempre verdad. Ruego que me excuse por mi comportamiento, señora. Pero era menester conservar nuestras dudas para seguridad del reino.

Yo le sonreí.

-Está bien.

Los dos ordenaron de inmediato prepararme aposentos y para la cena, yo ya tenía mi vestido negro de luto. Hacía el papel, una vez más, de reina viuda de Lindon.

-Tú todavía no habías nacido- le dijo Neldaniel a Legolas – Pero yo vi cómo mi señora tuvo que ver a su hija partir. Recuerdo que la engañó y ella saltó del barco. Todavía recuerdo los gritos de su hija perderse en la bahía- dijo, entristecida. -Y luego tú nos dejaste libres a todas.

-No quería para ninguna de ustedes mis propios trabajos- recordé, cuando me vi abrazándolas a todas, a Neldaniel incluida. Todas lloraban y les repartí mis últimas posesiones. Recordé el zafiro azul que le di a Neldaniel y que ella puso en la mesa, dándomelo en la mano.

-Estoy feliz de devolverte esto- me dijo. Yo le sonreí y se lo puse en su mano.

-Recuérdame así.

Ella suspiró, comprendiendo que me iría. Me miró con una leve sonrisa.

-Entonces espero que seas muy feliz con nosotros- me dijo, y Thranduil tomó su mano y la besó. Yo sonreí con nostalgia, pues recordé en ellos dos cuando Gil-Galad y yo éramos felices. Me alegraba saber que todavía podía existir algo así. Legolas me devolvió mi collar, sentado a mi lado.

-Lo siento- me dijo. Yo sonreí.

-Ya te dije que estaba bien.

-No, ni remotamente. Pero cuentan que fue increíble lo que hizo en Angmar. Transformarse así, verlo todo y soportarlo todo sin perder la cabeza. Eso es loable.

Yo sonreí, mordaz, retándolo con mi mirada, pero él estaba demasiado interesado conmigo. Parecía una curiosidad.

-No es algo que recomendaría. Fue la peor misión de mi vida. Hubiese soportado más años, pero ya estaba cansada. Tu eres joven y haces bien en cercar a elfas disfrazadas como yo en el bosque. Me recuerdas a mí cuando era guardia- le dije, para beber vino. Él me sonrió, contento.

-He oído historias que no creí que fuesen ciertas. Dicen que usted fue esclava de los dunadain y que sabe hablar lengua negra. Que decapita a cien orcos con su espada todos al tiempo. Y que bebe su sangre.

-¿Beber? ¿Sangre?- le dije, para echarme a reír. Me tocó hacer eso en Angmar, con personas. Pero nunca lo hice con orcos. Menos cuando los mataba.

-Por eso desistí de seguir siendo espía en Angmar, pero jamás bebería sangre de un orco. ¡Qué asco! Huele espantoso- dije, partiendo una manzana con un cuchillo y dándole la mitad. Él la tomó, sonriendo.

-Esto es delicioso. Vaya. Cuánto extrañaba este sabor- dije, saboreando la manzana. Él sonreía, sorprendido.

-Madre tiene razón cuando habla de usted. ¿Siempre es así?

-Siempre – insistió Neldaniel. - Fue la mejor señora a la que haya servido. Solía partir una manzana para todas y solía insistirnos en que guardásemos las semillas para tener más manzanas.

-Tu madre sirvió a una mujer excéntrica- le dije a Legolas, que se rió.

-No la recuerdo tan excéntrica- terció Thranduil, tomando la mano de Neldaniel, que partió un pedazo de manzana para él, que la puso a un lado. Ella insistió en que la comiera con la mano.

-Está bien- le respondió, cediendo a sus deseos.

-Recuerdo a una señora muy digna que supo conducir su dolor con propiedad. Que habría sido una gran gobernante de haber querido seguir reinando en Lindon- dijo, mirándome a los ojos. Yo los bajé, recordando cuando él me dio el pésame a mí y no a Gil-Galeth.

-Y casi se convierte en tu abuela- le dijo Neldaniel a su hijo, que levantó las cejas, sorprendido. Yo negué con la cabeza.

-Ya no vale la pena- le dije, pero la reina insistió. Thranduil levantó sus cejas, suspirando.

-No podría hablar de eso.

-Pero yo sí- dijo ella, tocando su rostro. - Alguna vez mi señora quiso casar a su hija con tu padre, pero su hermano se opuso.

-Entonces te conocí a tí y fuimos felices- insistió Thranduil, tratando de poner punto final a la historia. Para que ella no siguiera hablando, le dio un beso en la mejilla y esta se echó a reír. Legolas y yo nos miramos y sonreímos levemente, porque lo eran.

-Fue cuarenta inviernos después, lo recuerdo bien- dijo ella, dándole más manzana. Él se resignaba, risueño, a cumplir sus deseos. También le dio otra a Legolas, que suspiró, y comió su parte.

-La conocí en Lothlorien y fue como cuando Thingol vio a Melian la Maiar. Para el invierno siguiente, ya era mi esposa.

Se veía orgulloso cuando lo decía. Se veía pleno. Y yo me sentí en otros tiempos, viendo lo que alguna vez viví.

-Me alegro tanto por ustedes- les dije. Fui a pasear sola, por las estancias del palacio de Thranduil, recordando mis propios momentos felices con Gil-Galad. Nunca lo volví a ver desde que se apareció al pie de mi cama, cuando murió. Pero recordaba cuando le enseñaba el idioma de los enanos. Cuando reíamos los dos, o yo le leía. Cuando él me adornaba, como un muñeco. O cuando apartaba mi cabello. Cuando me veía arrullar a mis hijos y los miraba orgulloso. Pensé en él. En su presencia. En su majestad. En cuando me abrazaba para no soltarme.

-Soy muy feliz por tí.- le dije a Neldaniel, que se acercó lentamente hacia mí y respetaba mi momento a solas. - Espero que lo seas para siempre.

Ella tomó mi mano y posó la otra sobre las mías.

-Es duro extrañar a tu familia. Pero más duro es extrañar a quien amaste así. Aún estás a tiempo de devolverte y verlos a todos. Y quizás, por gracia de Iluvatar, puedas ver al Rey. Has hecho bastante aquí.- me dijo suavemente.

Yo negué con la cabeza, tomando su mano y acercándome a ella.

-No hasta que sea digna de usar la lanza de Gil-Galad. Solo ahí entenderé que mis tareas han terminado y si Iluvatar perdona mis pecados, quizás todo tenga sentido- le dije, sonriendo tristemente.

-¿Pero cómo sabes si lo tiene?

-Verte a tí con Thranduil y Legolas. Ver el amor que todavía existe. El amor que otros me prodigan. Eso me mantiene en pie.- le respondí, pero ella me miraba conmovida.

-¿Pero tú? Tu alguna vez amaste. Es justo conservar algo para tí.

-Temo conservarlas porque sé lo que es perder y en demasía- dije, recordando a Orleth y a Celebrian. -Pero este miedo siempre se hace realidad.

-No temas. Todo será para bien- me susurró, besando mi frente, para luego desaparecer. Yo sonreí, pensando en sus palabras. De verdad era sabia. Y con esa sabiduría, tan sutil como un pañuelo de seda, pudo conquistar la voluntad de Thranduil, la mía y su pueblo. Al día siguiente los tres hablábamos en un salón privado, sobre mi misión.

-Sé que Angmar es una amenaza constante, pero ahora que he leído tus informes, es inevitable pensar que en cualquier momento pueden invadirnos. Sabía que este momento llegaría, pero no tan pronto...- dijo Thranduil para sí, preocupado. - No tan pronto.

Me sentí como el oscuro portador de malas noticias, pero seguí impasible.

-Las fuerzas se reagrupan en Carn Durn. Son miles de orcos y han pasado dos años desde que abandoné esa tierra maldita. Pero hay algo mucho peor. - le dije. Él me miró atónito.

-Dímelo.

-Dragones. No como los grandes que alguna vez asolaron las tierras del Norte. Pero existen. Tienen por lo menos tres. Los usarán en cualquier oportunidad. Elrond y Cirdan prefieren acabar con ellos de una vez antes de que se desperdiguen. Y yo pienso lo mismo. Es mejor ir a acabar con el nido antes de enfrentarlos y someter a nuestra gente al sufrimiento de perderlo todo.

Thranduil miró su anillo, el que tenía de su enlace con Neldaniel. Ella tomó su mano, preocupada.

-Debemos ir. Debemos hacerlo, o no habrá opción.

Thranduil seguía pensativo, pero Neldaniel insistía.

-Ella tiene razón. No nos queda mucho tiempo si ellos salen. Debemos ir.

-Iré- me respondió a mí, haciéndole entender a su esposa que ella jamás se movería del Bosque Negro. Puedes escribirle eso a Elrond. Nos reuniremos con sus tropas cuando este lo disponga.- dijo, retirándose. Fue la primera vez que vi a Neldaniel contrariada y molesta.

-Sabes que no lo dejaré.- me dijo, herida. Yo me senté a su lado.

-Alguna vez pensé lo mismo cuando Gil-Galad se fue a Mordor. Pensé en morir a su lado ese día. Pero él me dio una razón muy lógica: Si yo moría primero, sus esperanzas se acabarían y no le importaría morir más que por reunirse conmigo. Olvidaría por qué luchaba. Además, no quedaría de él un solo recuerdo. Nada. Por eso yo y mis hijos debíamos continuar. Aún no lo entiendo. Pero creo que tuvo razón, como siempre- le dije, tomando su mano. Ella volteó su rostro, mirándome con un sino de fatalidad.

-No quiero sufrir como tú- me dijo, mirándome a los ojos. - No quiero que pasen los milenios y estar ahí, mirando el cielo, recordando cuando fuimos felices. Lo siento- me dijo, porque sabía que me heriría. -Yo no soy tan fuerte...

Recordé que eso me lo dijo Orleth, también Celebrian. Ninguna de ellas era tan fuerte como yo. Como yo, que tenía el alma hecha pedazos desde hace tiempo pero que todavía podía sentir algo.

-No puedo ser tan fuerte. No puedo llorar por toda la eternidad- me dijo, compungida.

-¿Y si él te llora a tí?- le pregunté, preocupada, porque sabía que no me escucharía.

Ella no me respondió. Ante su silencio repentino, me fui a la guardia, con Legolas, que trataba de pelear con los comandantes. Todos se dieron cuenta de mi presencia, pero yo seguía comiendo manzanas, pensando en las palabras de la reina. Veía a Legolas vencer, con ímpetu, a sus compañeros. Estaba muy orgulloso de eso. Hasta que yo le tiré una manzana, que lo derribó. Él me miró desconcertado.

-¿Por qué hizo eso?

-Para que te enojes- le dije, sin mirarlo.

En realidad, su madre me pidió guiarlo en su formación. Quería que lo conociese mejor. Y yo lo hacía a mi manera.

-No quiero pelear con usted- me dijo, prevenido.

-Pero yo sí- le dije, lanzándole un cuchillo, que esquivó al instante. Él se abalanzó, y lo jalé del pelo, incluso lo mordí. Estrellé su rostro contra el piso, y lo dejé, sometido.

-Pelea sucio. Como un orco.

-¿Se lo dirías a un orco?- le pregunté, burlona.

-No- dijo, recogiéndose, para luego atacarme. De hecho, llamó a todos sus compañeros, que vinieron contra mí al mismo tiempo. Creo que eso rompió el hielo entre nosotros.

Luego del ataque en el que casi no salgo completa, él y yo hablábamos de la inminente guerra con Angmar.

-Claro que iré. Sé que mi padre no me dejará, pero iré. Soy el heredero, pero debo ir.- me dijo, decidido.

-No te dejará nunca.- le dije, pensando en el frío tono de Thranduil cuando aceptó mi propuesta.

-Iré, de todos modos. Eso no podrá evitarlo.- insistió Legolas.

-Eso dijo tu madre- le respondí, pasándole otra manzana. Él le dio una mordida, contrariado.

-No quiero que vaya. En eso apoyo a mi padre. Si he de encerrarla en una habitación por su orden, lo haré. Mi abuela fue a Dargolad con mi abuelo, lo sabes.

-Él accedió a que ella lo acompañara y fue atravesada por una flecha. Y Oropher, enceguecido, atacó antes de que Gil-Galad lo ordenase. Allí cayó- recordé con tristeza, cuando Thranduil me lo contó.

-Padre no permitirá que suceda la misma tragedia. Prefiero que conserve a mi madre. Es más probable que pueda conservar a más herederos con ella. - dijo él, como si su propia vida no importase nada. Yo lo miré espantada.

-Que tu madre no te oiga hablar así.

-Está bien- obedeció, pensativo.

-Ni tu padre- insistí.

Yo escribía a Elrond. Sentí la presencia de Thranduil e hice una reverencia. Él vio mi espada y comenzó a admirarla.

-Qué tonto fui. Debí reconocerte por la espada.

-Quizás también por las manzanas- le respondí. Él bufó por la broma.

-Eso hubiese sido más fehaciente que la espada.

Yo sonreí. Él se sentó al frente mío, con expresión grave.

-Hace milenios, Gil- Galad se enfrentó a mi misma disyuntiva. Si sus herederos y esposa partirían con él a la guerra. Pero los dejó llorándolo por siglos. En mi caso no me lo perdonaría jamás si le ocurre algo a Neldaniel. Pero sé que ella no se lo perdonará si me deja partir. Pero debo conservarlos. A los dos. - dijo, refiriéndose a Legolas y a ella. - Gil- Galad hizo bien.

-Tu estuviste en Dargolad aquel día. Viste morir a tus padres. Todo es incertidumbre cuando nos enfrentamos a los hados oscuros. Nuestras decisiones siempre afectarán a otros, pero en este caso te digo que es la correcta.- le respondí, expresándole mi apoyo. Él me miró agradecido.

-Desearía que Neldaniel te escuchara. Está empecinada en combatir.- dijo, preocupado.

-Cuenta con eso, majestad.- le dije. Él me sonrió, para hacerme luego una inclinación de cabeza.

-Ella no es tan fuerte. Quizás nadie lo es- me dijo, enigmáticamente, antes de retirarse. También se refería a mí y odié que fuese un ejemplo de loco heroísmo entre mi raza, cuando a veces solo quería a alguien que me dijera que todo iba a estar bien.

Unos días después, el rey daba instrucciones personalmente a sus tropas. Yo lo ayudaba con el combate cuerpo a cuerpo. Legolas (feliz porque su padre lo dejaba participar en la instrucción) y yo éramos los oponentes de cada miembro de la tropa. Pero Thranduil apartó a su hijo en seguida.

-He matado a muchos orcos que pelean precisamente como eso: orcos. No creo que puedas contrarrestar tus sucias técnicas con las mías.- me dijo, sacando su espada. Yo apunté con la mía.

-Yo no soy un orco- le dije, y me lancé para atacarlo. Íbamos en combate parejo y él estrelló mi cara contra un árbol, haciéndome sangrar, pero yo le corté al lado de la oreja. Él se enfureció y combatió con más furia, hasta que oímos una discusión. Los dos nos apartamos. Legolas se iba furioso hacia sus aposentos, mientras Neldaniel respiraba fuertemente, furiosa.

-Quédate donde estás- le ordenó Thranduil a su hijo, que lo hizo al instante, cruzado de brazos. -Señora, le exijo una explicación sobre lo que acaba de pasar- dijo altivo. Ella lo miró furiosa.

-Él no irá.-le dijo ella, alterada. - No irá, Thranduil.

-Tú no decides esto, madre- insistió Legolas, alterado también.

-Es una decisión que estoy pensando. Vaya o no, debe instruirse, sea para protegerme a mí, como su padre, o para protegerte a ti y al reino. - le dijo suavemente, pero todos lo escuchamos.

-No irá- insistió ella, furiosa. Yo traté de acercarme.

-Neldaniel...

-Es todo- me gritó, interrumpiéndome, para irse. Legolas se iba detrás de ella, pero Thranduil lo detuvo.

-Hablaremos de esto después, los tres.- le dijo, mientras me miraba a mí irme detrás de ella, que se encerró en su habitación. Las damas no me dejaban pasar. Hasta que la puerta se abrió sola.

-Creí que me amabas. Creí que lo entenderías. Creí que como reina sabrías de mi terrible angustia.- me reclamó, entre lágrimas. Tu no dejaste ir a Gil- Galeth, te habrían arrancado el corazón si él hubiese muerto en Dargolad.

-Pero murió, Neldaniel- le dije yo, sombría. - No pude detener su voluntad, así como no podrás detener la de Legolas. Sea en Angmar o en un futuro, si existe alguno, no podrás detenerlo. Nunca. Queremos que no sufran nuestros seres amados. Pero sus decisiones son suyas.

Ella se quedó callada, para luego mirarme lastimada.

-Entonces, ¿por qué me detienes a mí?

Yo bajé la cabeza, y me quedé en silencio. Luego la miré destrozada.

-Porque todos los que amo se mueren- le confesé, ya conmovida por sus lágrimas y con voz quebradiza. Todos los que me dicen que hay tan siquiera un lugar donde mi alma puede descansar parten de mi lado. Si Thranduil puede protegerte de eso, lo apoyaré hasta el fin- le dije, revelándole mis verdaderos motivos. - Si puedo saber que puede existir algo de felicidad luego de la barbarie haré hasta lo imposible por apoyarlo.

Ella me abrazó, llorando.

-Tengo miedo- me confesó. - No quiero que de Thranduil no me quede ni el recuerdo. No quiero ver a Legolas teniendo una muerte desastrosa. No lo puedo soportar, Fineriel. Tengo miedo de perderlos. Tengo miedo de quedar hecha un alma seca, sin esperanzas.

-No pasará nada de eso. Estarás bien- le dije, para darle un beso en el cabello y abrazarla. Se veía más serena, pero no más convencida, cuando Legolas le informó que cambiaría su lugar por el de ella. Parecía resignada, pero los tres sabíamos que no lo acataría tan fácil. Su silencio lo decía todo. Hasta que en un pasillo, ella abrazó a su rey, llorando.

-Por qué me obligas a esto. Dímelo.

-No soportaría perderte. Enmudecería para siempre- le respondió él. Y no fueron palabras ominosas.

-Pero yo no soportaría perderte a tí. Te dije desde que me enamoré de tí, que siempre te seguiría. No podría verte morir lejos de mí.

-No moriré- dijo él, besándola. Yo pensé por un momento que eso fue lo que me dijo Gil- Galad, pero borré eso de mi mente, molesta.

Así partimos, dos años después, a la guerra. Ella no volvió a mencionar el tema, y parecía aceptar la idea de que su hijo y marido se irían a combatir contra Angmar. Fuimos al norte en una larga marcha y la compañía de Legolas tenía que reportarse con la mía. Unimos las tropas de dunadain y elfos y Thranduil se encontró con Cirdan, Elrond y Glorfindel de nuevo. Estos me reconocieron por mi armadura negra. Nos abrazamos. Glorfindel me entregó a Aiglos, la lanza de mi esposo.

-Ya es hora- me dijo, aunque yo no lo sentía así. Tuve razón.

-Busca a Legolas, por favor- me dijo Thranduil. -Debemos reunirnos para saber cómo podremos entrar por la parte sur de Carn Durn.

Asentí y fui a su tienda. Apenas el elfo se quitó el casco, yo abrí la boca, horriblemente sorprendida. Como si me hubiesen traicionado. Era ella.

-¿Y Legolas?- le pregunté, estupefacta.

-Duerme. Despertará en una semana, con el bebedizo que le di- dijo, sin mirarme.

-¿Desde cuándo lo planeaste? - le dije, mirando su espada. Ella no quería mirarme.

-Desde que me hablaste aquella tarde- me respondió, tomando otro cuchillo. Me entrené con mis sirvientes. Mientras ustedes instruían a la tropa, yo lo hice por mí misma. Ellos me ayudaron a dormir a mi hijo, en nuestra última noche juntos. Ya todos se han ido, porque sé que Thranduil les dará un horrible destino. O los desterrará- dijo, resuelta. Yo me vi en ella, como en otro tiempo, cometiendo locuras y tomé sus hombros, furiosa.

-No sabes a lo que te enfrentas- le dije, furiosa. - No lo sabes, por Eru, vuelve a casa. ¡Vete! Le grité. En eso vino Thranduil, furioso, apretando el papel. Claramente le informaron de la situación por alguien. Tiró la mesa, con estrépito.

-Te devolverás, de inmediato. Una escolta te espera- dijo, temblando de ira. Ella me apartó y enfrentó a su marido, herida.

-Primero tendrás que matarme- le respondió, resuelta. Él la soltó, furioso.

-Escaparé, heriré a tu escolta, a tus servidores, pero te juro que primero tendrás que matarme- insistió ella, mientras él la miraba como si le hubiera pegado ella misma.

-Pues si no te vas, te quedas aquí- le respondió y ella negó con la cabeza.

-¿Me mantendrás amarrada mientras sitias a Carn Durn? Estás loco.

-Tal vez. Y como sé que será inevitable verte pelear, Fineriel tomará tu compañía. Ella te protegerá.

-Puedo pelear sola- insistió ella.

-No lo creo- le dijo, para retirarse furioso. Ella me miró del mismo modo a mí.

-Si estás planeando hacerme lo mismo que a mi hijo, hazlo de una vez. Pero te juro que volveré aquí- me dijo, respondí.

-No te atrevas a juzgarme. Tu no- me dijo, temblando. - Crees que estoy loca, pero...

-Comprendo perfectamente tus razones- le dije, para irme a la otra tienda. Ella me persiguió.

-Te dije que no los dejaría solos- me susurró, para luego irse.

Pudo resistir, para mi sorpresa y la de Thranduil, el primer ataque de orcos y trolls. La veíamos cortar cabezas con tanta resolución, que pronto olvidamos que ella cubría nuestra espalda y que los dos luchábamos junto a ella. Dio consuelo a los heridos entre hombres y elfos y lloró por los caídos. Nunca descansó. Junto conmigo, Elrond y otros elfos curó heridos y dio consuelo. Comenzamos con el terrible sitio de Carn Durn, hasta que los oímos. El piso tembló. Eran los dragones.

Mis elfos y yo lanzamos una fuerte cadena al segundo que apareció, pues el primero atacaba por los flancos de Cirdan y los dunadain, causando horror y destrucción. Lo tumbamos, y yo grité de alegría. Muchos se abalanzaron a matarlo, hasta que lo lograron. Pero no vimos el ataque del tercero, el más poderoso. Thranduil estaba sitiado con su compañía, que se diezmaba. Fui en su ayuda, hasta que nos encontramos. Él lanzó su fuego y nos refugiamos. Destruyó la parte de las escaleras donde nos encontrábamos. Entonces vi el fuego, y a Thranduil lanzarme para protegerme.

-¿Dónde está Neldaniel?- me preguntó, angustiado.

-No lo...

La dejé cuidando a los heridos, o eso era lo que yo pensaba. Por fin habíamos encontrado un lugar en el que ella podía ser útil y en el que Thranduil podía estar tranquilo. Pero una vez más, había escapado. El dragón y su fuego volvieron a arreciar, persiguiéndonos. Hasta que nos encontramos en el lugar más alto de la torre abandonada. Él y yo tirábamos flechas para matarlo, pero nos vimos cercados en un lugar cerrado.

-Es el fin- me dijo, cansado y sudando.

-Tiene que haber alguna manera de ganar tiempo- le dije, también sudando y asfixiada. Miraba a Aiglos. No terminaría como sus dos anteriores portadores.

-Nos matará de asfixia o con su fuego. Ya pensé en todo.- dijo él. Seguíamos viendo que le lanzaban flechas. Luego lanzas.

-Hay una posibilidad- le dije. -Salgamos. Ellos pueden distraerlo, nosotros le daremos un buen golpe.

-Tienes razón, moriremos aquí si no lo intentamos- me dijo, y salimos al ataque. Luego, el fuego abrazador, y vi a alguien gritando, "¡Vayan al otro lado!". Reconocimos la voz y gritamos, pero ella solo nos tiró a los dos hacia el otro lado de las escaleras que conducían hacia abajo y la vimos ser devorada por las llamas. Oí el grito desgarrador de Thranduil y el mío. Solo vimos su cuerpo caer hacia el vacío, para luego ser cubierto por las rocas que segúian cayendo.

Él ya no podía razonar. Solo maldijo al dragón, con lágrimas en los ojos y le gritó. "¡Ven por mí!" le gritó, furioso. Y el dragón lo hizo. Casi termina como Neldaniel a no ser porque yo lo aparté. Pero su fuego alcanzó a tocar su cara. Él me gritaba "¡No!", reclamándole por haber salvado su vida. "¡Déjame!"- dijo, con su rostro chamuscado, en el que se veían sus huesos y en el que podía ver su ojo enceguecido. -¡Déjame!- me gritaba, mientras yo lo contenía y lo protegía.

-¡No lo haré!- le grité, llorando yo también. - ¡No lo haré nunca!- le dije, para tomar a Aiglos. -Estarás bien- le hablé, como si él fuese Neldaniel. Limpié mis lágrimas. Vi el pecho del dragón y me lancé al vacío, hasta que sentí la sangre cubriéndome. La sangre del animal. Este comenzó a revolotearse y yo saqué otra espada para escalar y herirlo. Él lanzaba fuego, desesperado, hasta que clavé a Aiglos en su quijada y cayó, mientras seguían lanzándole flechas. Yo me levanté con esfuerzo y corrí, entristecida, hasta donde Thranduil, que seguía con su dolor y lágrimas en los ojos.

-Mátame. Por favor, mátame. Mátame- me rogó, mientras yo lloraba junto a él. - Mátame...

-No- le dije entre sollozos – No.- dije tocando su cara, y mis lágrimas caían sobre su rostro, mientras él se aferraba a mi mano.

-No me condenes... a llorar por ella. No hagas esto... no...

Ya no me pudo decir nada, porque vinieron sus compañías y sus servidores en su auxilio, mientras yo seguía llorando por ella y por él. Thranduil perdió el conocimiento, soltó mi mano. Tuvo que ser curado por Cirdan. Ganamos, pero a un costo muy alto. Vi al Rey Brujo huir y grité furiosa, porque una vez más habíamos perdido nosotros a los que amábamos. Y el mal seguía latente.

Yo solo tiré a Aiglos de mi mano.