Dolor
Desperté. Recordé que estaba al lado del lecho de Thranduil. Él estaba vendado. Dormía. Dormía porque Cirdan lo puso en un estado de sueño profundo, luego de quedar terriblemente herido por el dragón que maté. Él mismo entró a verme, a la tienda.
-Tienes que ir. Y por favor, come algo. Has estado así por dos semanas.
-No quiero nada- dije, mirando a Thranduil, desolada. Él tomó mi mano y luego mi hombro.
-Ven- me ordenó. Yo lo hice, pesarosa, arrastrando mis pies. Estaban los reyes elfos. También los reyes de los hombres. Yo no quería mirar a Elrond ni a Glorfindel, que tomó a Aiglos. Yo la estreché contra mi pecho y cerré mis ojos, pero no quería volver a oír nada después de todo lo que pasó. Siempre había visto el mal de cerca. Pero ver pasar un final tan trágico, una vez más, ante mis ojos, clavaba sobre mí otro puñal de desesperanza y de culpa. Peleaba contra la reina del Bosque Negro por haber querido salvar a su hijo. Por habernos salvado a mí y a su esposo. Debimos amarrarla. Así nos odiara. Debimos llevarla a la fuerza. Así nos hubiese recriminado durante el resto de nuestras vivas. Pero ella estaría viva. Y Thranduil estaría bien.
-Sé cuanto perdimos- dijo Elrond, bajando su rostro. - Siempre es la misma historia. Y sé que me preguntarán cuántos más morirán antes de que derrotemos para siempre a Sauron. Pero qué otra opción tenemos. Sus descendientes vivirán esto- les dijo a Arvedui y compañía. - Nosotros no descansaremos hasta que el mal se vaya para siempre. Pero estoy seguro de que no volverá a ser igual después de lo que hemos hecho.
Fue la primera vez que no le creí. Yo no quería oír nada. Solo pensaba en ella, cuando nos empujó a Thranduil y a mí. No podía pensar en nada más. Estaba obsesionada con otra tragedia cercana a mí y a los que quería. Me pregunté una vez más, para qué peleaba.
-Lo hemos debilitado, eso es claro- insistió Gandalf. - Siempre a un costo muy alto. Pero la paz volverá aunque sea por un momento. Los que están heridos deben recuperarse. Y algún día todo volverá a ser lo de antes. Así las eras se acaben y los tiempos pasen.
Yo no quería escuchar nada. Los hombres se fueron y yo me quedé al lado de Glorfindel, Cirdan, Elrond y Gandalf.
-No quiero volver a luchar por ahora.- les dije a los cuatro. - Me iré al lado del rey del Bosque Negro hasta que esté bien. - dije, para retirarme.
De repente, Gandalf puso su mano en mi hombro y lo miré a punto de llorar.
-No dejes que te invada la culpa. Debes tener mucho cuidado, señora- musitó tratando de reconfortarme con sus ojos como brasas. Los míos estaban totalmente apagados.
-Estaré bien- le dije, tratando de contenerme.
-Recuerda que lo que pasó no lo decidiste tú- me dijo, abrazándome. Yo solté varias lágrimas y le di a Aiglos. Ya no quería usarla.
-Lo siento- les dije, para salir de la tienda. Glorfindel me persiguió, pero yo me quería soltar.
-Debí matarlo...-le dije, herida. - Debí matarlo...
Él negaba con la cabeza, mientras me abrazaba. Me tomó de los hombros.
-Sabes que la muerte no es la mejor opción. Es lo más fácil. Por eso volví. Por eso volví de las estancias de Mandos, a luchar y a estar aquí. Volví a pesar de los míos. Solo habrías cargado con ese horror por el resto de tu vida. No mereces esto. No más.
Yo dejé de llorar. Él limpió mis lágrimas. Me abrazó otra vez. Siempre fue mi consejero y mi polo a tierra. Fue mi hermano y mi amigo. Él volvió a luchar. Volvió a combatir. Volvió de la paz que daban las estancias de Mandos.
-En todos estos años en la casa de Elrond te has convertido en mi hermana. Por favor. No caigas en tu propia oscuridad.
-No lo haré- le dije, y él besó mis manos.
-Promételo.
Asentí con la cabeza, no muy segura de cumplir con mi promesa.
-Nos veremos, Fineriel. Pero no pienses en eso- me dijo, para despedirse de mí colocando su mano en el pecho. Yo puse la mía.
Llegué, luego de una larga marcha, de regreso al Bosque. No quería escuchar los cantos luctuosos, y apreté los labios apenas vi a Legolas recibir a su padre, aún dormido. En sus ojos se veía que lo quebraron. Estaba de blanco. Yo le di el zafiro en sus manos. Fue lo único que quedó de su madre. No quería llorar más. No podía llorar más. Me arrodillé y le puse mi cabeza.
-Lo siento- le dije, temblando, pero él tomó mi mano. Tenía lágrimas en los ojos. Me abrazó.
-Gracias por traer a mi padre a casa- me dijo, revelando una serena y seca tristeza en sus ojos. Yo asentí.
-Gracias por no cumplir su deseo- me dijo, apretando los labios de rabia e impotencia. - Gracias.
-Está bien- le dije. - Está bien.
Yo dispuse todo junto a él. Solo sembraron lirios al lado de un árbol. Ahí Legolas enterró el zafiro. Yo estaba tan vacía como él. No podía creer que aquella mujer tan voluntariosa y tan dulce, que me hizo creer por una mínima vez y otra vez en la esperanza no existiera. No existía sino en el recuerdo de quienes la amamos. Legolas no quería hablar de ello, solo de sus recuerdos. Yo lo dejaba hacer. Los dos nos quedábamos en silencio, en su habitación, sin saber qué hacer. Sin saber a dónde ir. Y así se pasaban los días, mientras yo velaba por el rey, que seguía dormido. Todos los días lo curaban, todos los días veía su cicatriz. Hasta que al final despertó y me miró de forma inexpresiva. Como si ya no me conociera. Solo murmuró el nombre de su reina antes de irse a dormir.
Cuando volví a entrar a la habitación de Thranduil, él estaba en pie. Había estado así durante dos semanas, sin querer ver a nadie. Miró su anillo, el del enlace con Neldaniel, para luego tirarlo. Yo solo lo vi rodar hasta quedar en el tapiz.
-¿Qué haces aquí?- me preguntó, sin mirarme.
-Solo estar- le respondí, tratando de no pensar en su tono. Comprendí que me odiaba por haberlo salvado.
-Ya puedes irte.- me respondió. - Estoy vivo. Era lo que querías, ¿verdad?Sabía que me lo reprocharía, pero no lo esperaba de esta manera. O no, no creía que me lo reprochase. No creía que podría odiarme en verdad. No creía que me culpase de lo que pasó.
-Era lo correcto, Thranduil. No podía matarte. -le respondí acercándome. - No tuve el corazón para eso.
-Más bien la valentía para ello. Por eso preferiste dejarme como un monstruo- dijo, mirándome furioso. Se veía su cicatriz en todo su horror. Yo no pude musitar palabra. Parecía un espanto furioso, un fantasma encadenado, salido del infierno y atado a la oscuridad.
-Vamos. Admítelo- dijo acercándose amenazadoramente a mí. -. Te horroriza. Pero quiero que veas tu obra. Que veas lo que hiciste.- me susurró, tomando mi muñeca y apretándola fuertemente. - Quieres que todos sean como tú. Que todos sean el mar de lágrimas sin fin que eres tú y hallar en hazañas heróicas un vano consuelo para su propia miseria- me dijo, con ira. - Debiste irte en ese barco y hacerle un favor al resto del mundo y no importunarlos con tus propias intenciones fracasadas- me espetó, mientras yo lo miraba espantada. Jamás me sentí más lastimada, o golpeada. Esto era peor que el fuego del dragón. Todo el odio, la rabia, la maldad, la impotencia se dirigían a mí como cuchillos.
-No entiendo por qué dices esto. Yo solo quería ayudar... yo solo quería...
-¿Ayudar! ¡Tú, la martir que adora mostrarse como el epítome de esperanza y sacrificio! Cada vez que ayudas alguien termina muerto o hecho pedazos. Comenzando por el rey...Yo lo miraba horrorizada. Me atormentaba, sin piedad, con todo lo que alguna vez me dije en mis momentos más negros. Pero lo hacía con la intención de acabar conmigo, porque así creía que yo pagaba por haberlo salvado de una vida que ya no quería. No podía reaccionar.
-Y siguiendo por tus hijos. Y sigues aquí, viendo el mundo arder. Viendo que tu voluntad solo lleva a la destrucción y a la ruina. Siempre tuviste razón: tú destruyes a los que amas. Eres solo tú, arpía, la que trae el mal sino...
-Thranduil, estás fuera de tí.
-¡Jamás lo he visto tan claro! ¡Jamás he visto tus patrañas y lo que eres tan claro en toda mi vida!- me gritó.
-Neldaniel...
-No hables de ella...- me dijo, acercándose a mí, hacia una mesa. Yo estaba lastimada, como si en realidad me estuviese golpeando.
-¿Qué se siente ser la heroína una vez más? Pobre farsante, debiste quedar en los cantos y no destruyendo al resto del mundo...
Yo me enfurecí. No era justo que me lastimara así, que me atacase repetidamente con su veneno. Con su odio, con la verdad, con lo que yo misma había usado para destruirme.
De inmediato tomé mi cuchillo y se lo dí, furiosa.
-Mátate. ¡Ahora! ¡Mátate ahora y déjame en paz!- le grité. - ¡Déjame en paz!- le grité de nuevo, y él me miró sorprendido, cuando vio mi mano y luego mi brazo ennegrecerse. Parecía el de un cadáver.
-Esto está muerto- le dije, tocando mi brazo flácido. - El Rey Brujo acabó con él. Y tienes toda la razón. Lucho para no estar muerta. Pero lucho- le dije, entre lágrimas. -Tienes razón. Con eso palio mi miseria- dije, arrebatándole el cuchillo, porque temía en serio que se hiciera daño. - Pero no soy una miserable. Todavía no.
-Jamás te perdonaré por esto- me dijo, sombrío.
-Entonces muérete y no me volverás a ver nunca- le respondí, pensando en todas mis noches y mis días como tonta, cuidándolo. Sufriendo por su suerte. No merecía mi compasión.
-Quizás sea lo mejor. Pero espero que sufras cada segundo lo que causó tu decisión- me espetó. - Y que no encuentres nunca descanso. Quizás así desistas de tus tontas intenciones de falso héroe.
Yo me adelanté, furiosa, y lo abofeteé. Estaba fuera de mí. Él cerró los ojos, iracundo, y me respondió de la misma manera, tumbándome al suelo.
-Pues si quieres morir te haré el favor- dije, abalanzándome hacia él, hasta que entró Legolas, con los guardias, a intermediar.
-¡Basta! ¡Basta! ¡Padre, basta!- gritó, mientras me controlaban a mí, y me retorcía.
-¡Esa mujer se irá de mi reino ahora!- gritó, señalándome. - ¡No quiero que vuelvas a poner un pie jamás aquí! ¡Jamás! ¡Nunca!- gritó furioso.
-¡Padre! ¡Te salvó la vida, basta!- gritó Legolas.
-Y así trató de arrebatármela. Ya olvidó quien fue. Su locura la invadió y es peligrosa para todos aquí. Va a irse- dijo, apuntándome con la espada.
Legolas lo miró indignado y furioso. Retiró el arma.
-Te costará haberle pagado así, padre. No pagas bien por mal, madre jamás lo habría permitido, jamás- le recriminó Legolas. ¡Suéltenla!- les ordenó a sus compañeros.
-Aunque se te olvide, soy el Rey- dijo él, acercándose a mí. Empujó a su hijo y puso su espada en mi mentón. Yo lo miré como el ser más despreciable del mundo y le escupí. Él me miró con ira, y a punto de rasgar mi rostro con su espada, Legolas lo paró, con la suya.
-No. Si la lastimas tendrás que matarme. No- le advirtió, furioso.
-Entonces ya has muerto, Legolas. Porque todo su odio y todas sus palabras han sido la estaca que ha terminado de abrir una herida que creí cerrada- le dije, mirándolo, desesperanzada.- No hay nada que él no me haya dicho que yo me lo haya repetido todos los días de mi vida. Pero él terminó de hundirme. Me iré porque no quiero que lo odies. Tu todavía tienes la oportunidad de amarlo. Yo no- le dije, con una mirada de ira. Él me miró igual. Legolas apartó a los guardias
-No puedo creer que así honres a mi madre- le dijo, para reconfortarme y llevarme abrazada. Yo volví a llorar, porque jamás había creído que él hubiese reaccionado como reaccionó. No creí que me odiase. No creí que me viese como algo peor que una abominación. Eso fue lo que me advirtió Gandalf, pero me reconocí obtusa para entender los consejos del mago. Torpe. Muy torpe. Él sabía desde antes lo que pasaba dentro de mi. Lo que yo sentía por él.
-No sé qué fue lo que hice. Traté de matarlo en verdad. No sé qué hice- le dije, alterada y temblando. Él me abrazó y me sirvió aguamiel. - No sé qué hice.
-Se odia por haber dejado a madre pelear. Te odia por haberlo salvado. Pero no es culpa de ninguno. Mi madre decidió dejarme como un prisionero para pelear por mí. Me amó tanto que sabía que no podría soportarlo. Pero murió.- dijo, tomando mi mano.
-Traté de matarlo...- le dije, alterada y nerviosa. - Lo siento. Lo siento. Yo no...
Él me abrazó otra vez.
-Te extrañaré- me dijo, pesaroso. - Te necesito ahora más que nunca, pero te extrañaré. Debes irte o la ira de mi padre me desbordará. No quiero más odio aquí. No podré con ello. - expresó, con toda su tristeza. Yo también lo necesitaba, pero de repente el abismo que puso su padre entre él y yo no nos dio opción.
Llegué a Rivendel y cuando acabé con mi relato, Elrond y Glorfindel se miraron aterrados y decepcionados.
-Jamás pensé que todo conduciría a esto. No cabe duda que a Thranduil no le asiste la razón. Por lo menos está su hijo, quien no dejará que el reino se hunda. Nunca debió decirte eso- dijo Elrond, contrariado. Yo asentí, en silencio y te saludé. Me fui a mis aposentos y Glorfindel me siguió.
-Pagó mal por bien. Todo lo que te desea se le revertirá. Te lo prometo- me dijo, molesto. - No puedo creerlo. En verdad enloqueció.
-Eso es lo que hace el dolor- le dije. -Quizás...
-No merecías esto- insistió él. - No así.
-No. No así- dije, desolada.
Duré dos siglos, muerta de tristeza por ello, criando a los hijos de los Dúnadain. Tu me insististe ir a Lorien, y eso hice. Galadriel me vio con otro sino de fatalidad.
-Si crees que no ha terminado, estás equivocada. NO ha hecho más que comenzar. Por tu propio bien, no cedas a los impulsos de tu corazón esta vez o tendrás un sufrimiento que muchos han conocido. Te alejarás de tu promesa- me dijo, tomando mi hombro con su mano.
-No confío en mí- le respondí, mirando su fuente. Ella echó agua en la jarra, donde veía el pasado, presente y futuro de todas las criaturas de la Tierra Media.
-Entonces esto no terminará aún. Pero... por favor. No te pierdas por ello.- me advirtió, transmitiéndome una guía a través de mis propios tormentos. - No por el amor sin esperanzas. Este solo trae confusión, miedo y posesión. Y sabes que este solo rompería las reglas de nuestro mundo- afirmó ella.
-Solo pude odiarlo. Pero ya no siento nada. Además no podría amar a quien me odia, ¿o sí?
-Las emociones son confusas. Pueden sacar cosas que nunca has imaginado de tí mismo. Pueden hacerte cometer todo tipo de brutalidades que jamás podrías esperar. Pueden hacer que lastimes a quienes amas. Ten cuidado. - dijo, tocando mi pelo rojizo.
La abracé, y sentí en mucho tiempo que descansaba de toda preocupación, de todo peligro. De todo dolor.
Partí de Lothlorien y volví a ser el agente que Gandalf requería para buscar todo resquicio de Sauron en la Tierra Media. Estuve un tiempo con los Rohirrim, aprendiendo sus costumbres y hablando con sus reyes. Enseñándoles a luchar. Tuve que combatir el mal en Ithilien y estuve con los hombres en Gondor. Fui a Lindon, con Cirdan. Recordé mi antiguo esplendor y veía cómo partían los elfos hacia Eldamar. Muchos me recordaban, otros tantos no. Pero hablaron en sus cantos otra vez de la caída de Gil-Galad y la esposa pelirroja que divagaba buscando su venganza. Así, pasó más de un siglo.
Con Elladan, Elrohir y los dúnadain cazamos orcos al sur y luego al oriente. De ahí partí hacia Umbar. Aunque era un lugar lleno de traidores y hombres mezquinos, lo hacía por cariño hacia Orleth. Llegué a la ciudad, envuelta en mi capa. Un hombre desdentado se me acercó, así como varios. Reconocieron mi capa élfica.
-Así que eres tú quien ha traído la recompensa del hijo del rey del Bosque Negro. Y ya íbamos a matar al pobre desgraciado.
-¿Qué?- le pregunté en lengua oriental. - Dime qué ha pasado- dije, tomándolo de la solapa.
-Los corsarios atraparon a un elfo importante. Lo venderán a los orcos más allá de Ithilien. O quien sabe si se diviertan con él.
-¿Desde cuándo?- le pregunté, sacudiéndolo.
-Oh, seis meses. Lo tienen hecho una piltr..
Hizo una cara de horror al ver a una mujer morena de rostro cetrino abalanzarse furiosa hacia mí. Sacó un puñal, pero yo la empujé y pisé su mano. Ella me gritó.
-¡No te metas con mi marido, puta!
En el acto le gritó a su marido que si era yo con quien la engañaba. Yo me contrarié por semejante espectáculo, mientras todos me reconocieron y algunos sacaban sus espadas. Yo aparté a la mujer y le di una moneda que ella miró, sorprendida.
-¿Crees que alguien como yo se metería con él?- le grité, molesta y desconcertada.
-No...
-Llévame a donde tienen al príncipe.
-Te refieres a donde Harstrash. Quieres morir, ¿no, niña?
-Ese es mi problema. Y él es tu problema- dije, levantando a su marido. Los dos temblaron apenas se acercaron hombres con espadas.
-Viene otra. La pelirroja. La puta pelirroja de los cuentos.- dijo uno, barbudo.
-Sí- dijo otro, bajo y rechoncho. Le gustará a Harshtrash- dijo, tocándome la cara y luego los pechos. Yo le retiré las manos, y le corté la mano. Él me iba a golpear, pero lo amenacé con la espada.
-Mucho cuidado. La próxima vez pierdes otra cosa.
Los otros cinco se rieron y me condujeron a donde su jefe. Este, alto, pelinegro y de cabello rizado, lo primero que hizo fue tirarme a Legolas. Estaba pálido, macilento, enflaquecido. Tenía cortadas en el ojo, en las mejillas. Tenía varios golpes. Yo me aterroricé y lo abracé de inmediato.
-¿Eres su madre?- me preguntó en lengua oriental.
-Algo así- dije, tomándolo entre mis brazos.
-Sabes que no saldrás con él hasta que nos des algo a cambio.
-No es lo que sueñas- le dije, mirando a Legolas, respirando levemente. - Tendrán que pagar por todo esto.
-¿Más de lo que le pedimos a su padre, el rey? Oh, claro- dijo él, sirviéndose vino. - Luego de seis meses de tortura espero que tengas mucho para darnos.
Yo lo miré espantada. ¡Tanto! ¡Legolas había sufrido todo eso! Lo miré, aterrorizada, y le di un beso en la frente. Su madre me había dicho que tenía que protegerlo. Y aquí estaba, en mis brazos, agonizando.
-Saqué mi collar. Este lo miró con avaricia.
-Eso cubre una parte del trato. Pero no todo.
-Pues te lo juego- dije, dejando mi capa élfica y mi espada.
-¿Qué pasa si pierdes?
-Es tuyo y yo soy tu esclava. Para lo que quieras- le dije, mirándolo sugestivamente. Sabía que los hombres como él eran presa fácil de los placeres sensuales.
-¿Y si ganas?
-Me lo llevo. Y mi collar también- advertí.
Comenzamos a jugar dados. Íbamos empatados, hasta que yo sonreí. Puse los dados en mi mano y con un rápido movimiento acuchillé a Harshtrash. Sus seguidores vinieron en seguida y los atravesé con un movimiento de espada. Vi a Legolas, acostado, sin poder moverse, y lo puse debajo de la mesa. Comencé a pelear con todos los demás, a punta de espada. Me subí encima de la baranda e hice caer a otros cuantos. Tomé una pata de la mesa y golpeé a otros. Todo quedó en silencio. Todos estaban muertos. Los había rebanado o cortado sus miembros. Me dí cuenta de mi propia esencia oscura y me horroricé. Fue lo mismo que sentí cuando traté de matar a Thranduil. Tomé a Legolas y salí, oronda, fingiendo felicidad, con Legolas en la grupa. El matrimonio que se me atravesó me saludó.
-Le ganó usted.
-Oh, sí. Fue una partida limpia. - dije, sonriendo.
-La felicitamos- dijo la mujer, que acomodó a Legolas para que no se me cayera. Hasta que oyeron un grito. "¡Asesina!" gritaron. Yo galopé a toda velocidad, sin descanso, hasta llegar a Minas Tirith. Allí Legolas pudo restablecerse del todo. Cuando despertó, yo leía un libro al lado de las curanderas.
-¡Señora! - me dijo una. Yo me levanté y le sonreí.
-Ahora tienes que comer- le dije, por todo saludo. Él me sonrió, con tristeza.
-Gracias por venir. Gracias por hablar con Ada. Gracias...
Yo le sonreí también igual, porque debía explicarle que no fui a Umbar por él.
-No he hablado con tu padre. Te encontré por casualidad- dije, acariciando su rostro. Él comprendió, al verle bajar sus ojos.
-Agradezco eso. Las casualidades- me dijo con pena. - Gracias por estar aquí.
Yo lo miré a los ojos y le sonreí. Él hizo lo mismo conmigo.
-Los mataste a todos, ¿verdad?
-Sin piedad. - le dije, revelando mi sevicia. Él apretó mi mano, lo que significaba que no me juzgaba por ello. Extrañamente, lo aprobaba.
-Gracias de nuevo.
-Dime por qué terminaste aquí. - le pregunté, acomodándolo. Él tomó mi mano y la apretó.
-Padre no volvió a hablar de mi madre jamás. Es como si no hubiese existido. No pude contra su voluntad. Impuso no volverla a mencionar y ehó todas sus pertenencias al río. Algunas las quemó. Solo pude rescatar muy pocas cosas, jamás pude volver a hablar de ella.- dijo, con un gesto de dolor. - Peleamos. Le dije que se volvió loco y que la cicatriz lo había afectado más de lo que debería. Peleamos más. Me golpeó por primera vez. Huí. Divagué por la Tierra Media. Luego decidí buscarte pero Lord Elrond me dijo que estabas en Ithilien. Fui hasta Ithilien pero luego estuviste en Lindon. Decidí quedarme con los hombres, aquí. Luego en Rohan. Y luego fui capturado. Me iban a arrancar las uñas y mis dedos cuando llegaste. Yo solo quería morir.
Yo lo abracé y él a mí. Luego de 300 años de recuerdos y pesares por la lejanía y las heridas infligidas, pudimos hablar de Neldaniel. De sus cantos, de su belleza. De cómo amó a su hijo para ir a pelear por él. De su astucia, de su encanto. De sus bromas. De todo lo que significó la reina elfa para nosotros. De cómo nos dejó a mí y a su hijo envueltos, de nuevo, en el dolor. Y de cómo tuvimos que separarnos por la fatalidad. Porque ella decidió sacrificarse de una manera absurda, simple. A través de algo que ya no era gloria sino simplemente, sufrimiento.
-Tienes que volver.
-No quiero hacerlo- me dijo. - No estoy listo.
-Está bien- le dije . - Pero no debes tardar. Como madre sé lo que se siente estar angustiada.
-Te diré cuando lo esté.- me dijo.
Se enamoró de una mortal, de cabello oscuro y ojos oscuros. Era hija de un tonelero. Cantaba con ella sobre el mar y le contaba historias de miles de años. Ella era muy joven y estaba encantada. Él también. Solían ir a la biblioteca. Hasta que ella enfermó y él comprendió que ella moriría. Jamás sería como nosotros. Me dio grandes esfuerzos curarla.
-Ella se marchitará – me dijo en quenya. - Yo seguiré igual, pero ella...
-Aún a pesar de que te quedases con ella y te diese hijos, ellos morirán. Y tu seguirías igual. Inmutable ante los siglos.
-No sé si esto sea una ventaja, pero por todo lo que he visto parece ser más una maldición- me respondió él, tomando la mano de su joven amante, que estaba convaleciente. Yo le conté la historia de Orleth y él entendió la gran tragedia que implicaba amar a un mortal. Su destino siempre seria distinto así quisieran quedarse juntos por siempre.
-Entonces debe ser feliz. Debe irse de mi lado- decidió él, con melancolía. Yo era testigo de su tercer gran motivo de pena, el de muchos de nuestra raza. Amar y ser correspondidos por alguien que jamás podría compartir nuestro hado.
-A menos que quieras ser mortal. Puedes elegir- le dije, mirando hacia la ventana. Él se levantó, mirándome intrigado.
-Pocos lo deciden, pero lo han hecho. ¿Lo harías tu?- le pregunté. Él vio las montañas a mi lado, para mirar otra vez a la joven.
-Parto mañana. Si no estás, te entenderé- le dije, apartándome. Los servidores del senescal me dieron una carta. Era de Thranduil. La puse a un lado, porque aún sentía todo el rencor y el odio corriendo en mi sangre apenas supe que quería hablar conmigo.
-Quizás me diga que ahora secuestré a su hijo y que le dará precio a mi cabeza. Estúpido- me dije, abriendo la carta.
La tiré al fuego. No pude siquiera leerla. Al día siguiente, sobre mi caballo negro, sentí a Legolas. Estaba con una adolorida expresión en el rostro. Comprendí que había dejado al primer amor que tuvo en su vida en su existencia mortal. Rogaba que no tuviese un destino como el de Orleth.
-Era mejor así- me dijo, cuando le pedi explicaciones.
-Ella morirá de dolor, ¿sabes?- le pregunté, pensando en la desilusión de la pobre niña.
-Pero este no es mi destino. Ni el de ella - dijo él, más para sí que para mí. - La amo, pero este no es mi destino. No podría verla languidecer y morir. La dejé durmiendo. Como un sueño. Solo será un sueño- dijo, y yo lo abracé.
-Lo siento.
-Es hora de volver a casa- me dijo, a la salida de Minas Tirith.
-Te dejaré en el camino hacia las Montañas Nubladas. Debo ir hacia la Comarca. Quiero ver a Gandalf- le dije. Él me miró con extrañeza.
-No. Padre te invitó de vuelta. Está profundamente apenado, quiere agradecerte... ¿no leíste la carta?- me preguntó, intrigado.
Yo bajé los ojos.
-La quemé.- le confesé.
Él suspiró, comprendiendo que el tiempo no curaba nada y que sí acrecentaba todas las heridas infligidas por los años. Y que el rencor esparcía las raíces en un corazón que no perdonaba fácilmente. No como el suyo.
-Está bien. Te entiendo. Pero hazlo por mí, por favor. No querría volver sin tí.- me rogó. - No podría volver allí.
Yo cabalgué, sin responderle. Él me habló de todo el dolor que tenía al perder a su madre. Fue como si le quitaran su corazón. Como si el absurdo de la vida lo golpease con todas sus fuerzas. Se preguntaba cómo podía tener esperanza y vivir.
-Porque siempre tienes que hallar algo que te haga creer. Es el único modo- le respondí.
-¿Cuál es el tuyo?- me preguntó, comiendo un conejo.
-No lo sé. Tu madre me lo preguntó alguna vez- le dije, para luego beber un trago de agua. - Le dije que el amor que podía ofrecer. Mi odio lo trato de guardar. Pero a veces sale como un cauce incontenible y me hace cometer locuras. No es solo por Fëanor. Durante mucho tiempo lo puse como excusa. También es por mí. Soy yo. Soy yo y mi fuego consumidor.- descubrí. Él se quedó en silencio, para luego mirarme a los ojos.
-Pero ese fuego también tiene amor. El amor que hace que todos quieran buscarte y recorrer toda la Tierra Media por tí- me dijo, hablando en su caso. - Quisiera inspirar eso- me confesó. Yo sonreí de ternura. Era tan joven, pero ya había sido tocado por la maldad, como tú. Esto le había causado un dolor profundo que lo hizo madurar por fuerza. Pero su corazón, a pesar de todo, era puro y leal.
-Créeme. Eres correspondido, niño- dije, dándole una manzana. Él la vio y sonrió.
-Como en los viejos tiempos- me dijo, cuando comíamos manzanas con su madre.
-Como en los viejos tiempos.- respondí, sonriéndole.
En los linderos del Bosque, miré todo prevenida.
-Si no quieres no...- me dijo, comprendiendo.
-Niño, me buscaste por toda la Tierra Media. Es justo que yo te devuelva el favor- le respondí, recordando a Thranduil gritándome, furioso y luego a mí misma, llorando en los brazos de su hijo, dolida por su odio.
-Estaré a tu lado- me dijo él, tratando de darme seguridad. Yo asentí. Apenas entramos al reino, recordé las viejas paredes. Los árboles. Todos los elfos silvanos estaban felices de tener a su príncipe de vuelta. Y también a su salvadora. Pero yo no quería saber nada. Solo dejar a Legolas e irme. Eso era todo.
Ni siquiera me arrodillé apenas estuve en presencia de Thranduil. Legolas no lo impidió. Le parecía justo y más desde lo que había pasado. Este se bajó de su trono y abrazó a su hijo. Me miró a mí y bajó su cabeza. Se arrodilló.
-No es necesario- le dije, impasible. Él me miró apenado.
-En verdad lo siento.
No le respondí. Él se paró y ordenó aposentos para mí.
-No. Me iré ahora- le dije, pero Legolas me miró y detuvo mi mano. Su rostro me lo dijo todo. No podía abandonarlo. No en estos momentos.
-Solo me quedaré porque él me lo pide.- respondí impasible. Pero fue mucho peor, porque no hablé nunca más. Thranduil ya no tenía su cicatriz visible. Ahora hablaba de la dicha de tener a su hijo de vuelta. Pero ninguno de los dos queríamos decir nada. Legolas porque estaba cansado y tenía mucho que discutir con su padre. Y yo porque no quería verlo ni un minuto más.
Apenas terminó la cena, yo me quedé inmovil. Legolas miró a su padre y este a él.
-Hablaremos después- me dijo él, mirando con advertencia al rey. Yo me levanté.
-Por favor no- dijo él, tratando de detenerme. No podía mirarme.
-No creo que haya algo más que decir.- le dije yo, sin querer mirar su rostro.
-Yo creo que sí.
-No- dije, levantándome. Me fui enseguida, cerrando los ojos. Pero él retuvo mi mano. Yo lo lo miré con furia. No podía creer que se atreviera a tocarme. Solté mi mano en seguida.
-No vuelvas a hacerlo- le advertí.
-Yo te debo todo. - me dijo, levantando sus negras cejas en forma abierta y conmovida. Pero yo no le creí. Nunca más.
-Eso ya lo sé- le respondí sin piedad. - Ahora te diré lo mismo que te dije hace más de un siglo: déjame en paz.
Él miró hacia el piso, entristecido, pero quería disimularlo, con su serena majestad. Yo estaba igual.
-Jamás dejaré de pedirte perdón. Jamás- me dijo, resuelto.
-No alcanzaría la eternidad- le respondí trémula.
-Tengo una. Pero por lo menos la tengo- me replicó.
Entonces, vi una oportunidad. La oportunidad de devolverle todo el mal que me hizo. Me levanté, con una sonrisa torva y le di la daga que le ofrecí cuando me odió por haberlo salvado.
-¿Ahora la tienes? ¿Ya no quieres matarte? Todavía te ofrezco esa oportunidad.- le dije, con una sonrisa maligna. Él me miró duramente, para luego sonreír en un tono igual.
-Me lo merezco- afirmó, extendiendo su mano, pero yo la tiré.
-Me pregunto si eso mismo pensabas sobre el amor de tu reina o el de tu hijo. Yo creo que no. - le dije, rodeándolo. - Creo que simplemente tuviste suerte, en tu mezquindad, de ser amado. Pero no sabes cuánto pueden llegar a odiarte. Porque te odian. Y algún día esperarán a que mueras y así no habrá nada más del mezquino e insignificante rey Thranduil.-musité, con un tono burlón y malévolo.
Él me miró como yo lo miré en el pasado. Pero esta vez trataba de fingir que no lo lastimaba.
-Comprendo la razón de tu odio. Pero solo te profeso mi gratitud.- dijo, respirando fuertemente, descubriendo que recogía lo que estaba sembrando desde hace 300 años.
-No necesito la gratitud de un monstruo. De un monstruo cuyo rostro está tan carbonizado como su corazón podrido. Púdrete en el bosque por el resto de la eternidad. Quizás Legolas algún día comprenda que vive al lado de un cadáver y huya. Solo así vivirá, aunque no creo que te importe en absoluto.- dije, para luego irme. No pude dormir. Sentí que todo el odio que cargué por siglos hacia él por fin había salido, aunque estaba horrorizada por hacerlo. Y por otro lado, sentía que se lo merecía.
No aguanté más. Tomé mis armas y le dejé escrita una nota a Legolas. Le dije que podría visitarme cuando quisiera. Le dije que me perdonara, pero todo me recordaba horriblemente a la muerte de su madre y a su padre, sobre todo, al que jamás podría perdonar. Y esperé la confusión de los guardias para salir.
Estaba contenta con mi hazaña. Salí del bosque sin ser notada, los oía persiguiéndome. Así, salí del Bosque hacia el norte meses después, dispuesta a volver a Rivendel, hasta que se apareció un orco. Lo maté, sin preguntar. Avancé y vi toda una horda que me rodeó en segundos y me atraparon. Me golpearon en la cabeza y cuando desperté estaba colgada de mis pies. De inmediato sentí el dolor de los mismos y vino hacia mí toda la sangre de mi cabeza. Comenzaron a golpearme.
-Deberían matarme y acabar con esto de una vez.- les espeté en lengua negra, con odio.
-Claro- dijo el más grande, riéndose con saña. -Darle ese placer a la puta que ha acabado con tantos de nuestra especie. Mejor convertirla en uno de nosotros y que termine miserablemente- sonrió, y todos rieron. Por primera vez sentí miedo. El dolor podría ser soportable hasta cierto punto, pero...¿convertirme en uno de ellos? ¿Acabaría así todo? ¿Yo siendo una criatura repugnante? Ya lo era, en cierto sentido. Pero no del todo. Creía que mi pasado, que me condenaba, también me protegía. Hasta que sentí que comenzaron a quemarme los pies y no me atreví a gritar. Recordé a Gil- Galad, a Celebrian, a mis hijos, a tantos que conocí. No quería terminar así. No quería y el dolor explotó en mis sienes y me desmayé. Me levantaron, hundiéndome en limo helado. Grité. Me echaron agua.
-¿Quién te manda? ¡Dímelo!- le grité, y me golpearon un ojo con las puas. Vi mi propia sangre, y no pude recuperarme porque me volvieron a golpear. Entonces vi cómo me jalaron del cabello y creí que me degollarían, pero comenzaron a cortarlo a espadazos. No me dí cuenta del infierno en el que estaba metida hasta que vi caer mis rizos rojos en mis manos. Las lágrimas escurrieron de mis ojos, porque recordé cuando Gil- Galad los tocaba y los apartaba. Y de repente comencé a sentir los brutales tajos en mi cuero cabelludo y traté de retorcerme y protestar, hasta que me dieron otro manotazo y quedé a oscuras. Comenzaron a matarme de hambre. Era una celda oscura, llena de alimañas que mataba y de las que comía, desesperada. ¿Quién me hizo esto? ¿Por qué? Claro, era una venganza, la venganza quizás por haber engañado a Angmar y salirme con la mía. ¿O por matar a los orcos por siglos? ¿Quién era el que hacía esto?
Protestaba, me burlaba de ellos, era insolente al comienzo. Pero todo eso se pierde a medida que se refina la crueldad. Ya a lo último aceptaba mi papel de miserable objeto de experimentos. Eso también lo perdí.
Me dejaban largos días, semanas, sola en la celda, sin nada que comer. Vi una mano fría, que me hizo ver a Gil-Galad abrazado por Sauron, a mi hijo atravesado y a mi hija convertirse en un cadáver mortífero dispuesto a atacarme. Grité y me revolví, hasta que me di cuenta de que estaba en la celda. Mi orgullo, mis sueños, mi vida pasaron a través de mí y comprendí mi insignificancia. En verdad me estaba volviendo loca y cuando no me volvía loca hallaban nuevas maneras de torturarme. Y torturarme no era ver que podía morir con todo lo que me hacían. Era saber que me querían dejar viva y que algún día perdería todo lo que fui. Que no querían matarme. Que seguirían hasta que quisiera dejar de vivir. En mi caso, dejé de contar los días, dejé de sentir el frío y solo deseaba una muerte que no me daban. Ya no era nada. No era nadie. Quería olvidar a Gil- Galad porque me dolía recordarlo y haberle fallado.
Me arrancaron una uña. La del meñique. Creí que moriría, pero no fue en la mano que todavía tenía servible, fue en la que me hirió el Rey Brujo. El dolor, el dolor que nunca se iba. El dolor de ver a mis seres queridos como una forma más para herirme. El dolor de saber que mis hazañas ya no eran nada. El dolor de terminar así, de la manera más baja. Cuando me desollaron en el hombro, tampoco sentí nada. Ni siquiera el ver que se comían mi propia carne.
No sabía si estaba viva o si estaba muerta. Solo oí ruidos y sentía unas grandes patas atravesando mi espalda. Quizás un gran ciempies. O una araña. Qué importaba. Quizás harían huevos, como lo hicieron en una de mis rodillas. Y anidarían. Y me dolería. No sé cuánto dolor podría soportar porque ya estaba sin alma, así que no era relevante para mí.
Hasta que oí ruidos, pero no me inmuté al estar en el limbo infinito de la desidia, de la nada. Gritos. Gruñidos. Y se abrió la puerta. Eran seres altos. Varios. Me miraban.
-Oh no. Mira lo que le han hecho. No puede ser. Oh, no.- dijo una voz, quebrándose.
-No es posible. No... oh, por Nienna. No- dijo la otra voz conmovida, hasta que vi una silueta borrosa.
-Majestad.
-Déjenme pasar. Atrás. Atrás- dijo. La vi ponerse la mano en la boca y tocar mi rostro cadavérico. Me abrazó.
-Padre. Glorfindel dice que lo mejor es que la llevemos con nosotros. La dejó a mi cargo.
-No me importa lo que Glorfindel pueda decir. De todos modos me la llevaría. Vamos. -me dijo a mí. - Estarás bien. Eso fue lo que me dijiste. Recuérdalo. Por favor.
Yo solo sentí parpadear. Luego sonreí levemente porque creí que moriría. Y no lo hice. Cuando desperté vi mis manos vendadas. Me dolía mucho levantar los brazos, pero senti mis cabellos cortos. Los bajé y vi mis piernas, también cicatrizadas, y me eché a llorar, asustada, recordando todas las inmundicias que metieron dentro de mí, los animales que me hicieron tragar. El odio puro. Vi todo a mi alrededor, desorientada. No pude siquiera caminar, y me caí, rabiosa por no poder moverme. Arrastré mis brazos y me topé con una túnica plata.
-Por fin despertaste- me dijo Thranduil, agachándose y queriendo ayudarme a levantarme, pero yo me aparté, aterrorizada, sin poder gritar. Él me miró tristemente sorprendido. Yo trataba de alejarme, pero no podía moverme, estaba rodeada como un animal de presa.
-Calma. Calma- me dijo, mientras yo seguía pataleando impotente y asustada, hasta que puso su mano sobre mi frente. Yo me seguía retorciendo, hasta que lo reconocí y recordé sus estancias. Solté una lágrima, atónita, sin decir palabra.
-Me...me...- le traté de expresar, pero la voz no me salía. Veía sus ojos color hielo, mirando todo mi sufrimiento. Estaba tan aterrado como yo, pero más furioso. Podía ver que tocaba algo dentro de sí, no sabía qué. Quizás la infinita compasión que ahora sentía por mí.
No pude decirle más, porque me eché a llorar. No podía mirarlo después de lo que le dije. Lo aparté, pero él se quedó al frente mío, agachado, junto a mí, sin decirme nada. Hasta que vino Legolas y me condujo de nuevo a la habitación.
Volvió dos días después y no pude evitar sentir que los papeles se invertían. Yo ahora era el monstruo,él era la tonta que velaba por el engendro día y noche. Yo no podía comer nada, todo lo devolvía. Tuvieron que intervenir de nuevo las curanderas para sacar toda la inmundicia dentro de mí y fue muy doloroso. Thranduil solo oía mis gritos, lo mismo que Legolas, quien de inmediato entraba y tomaba mi mano. Tuvieron que darme la comida. También tuvieron que limpiarme. A veces no quería hablar con nadie. Hasta que venía él mismo o Legolas, que se quedaba horas haciéndome compañía, sin querer estorbarme. Se iba dándome un beso en la cabeza.
-Dame un espejo- le dije un día a Legolas , que me miró con reservas. Thranduil entró y su hijo lo miró, dubitativo. Este asintió.
-Los dejaré solos -dijo, mirando a su padre como siempre: sin confianza. Sobre todo cuando se trataba de mí.
-Yo también soy un monstruo ahora, ¿lo ves?- le dije con mi voz carrasposa a Thranduil. Él apretó sus labios.
-Jamás quise desearte esto. No así- me respondió, lúgubre.
-Ahora no tengo fuerzas para odiarte aún más por ello- le respondí, sinceramente. - Por favor, dame un espejo- le insistí. Él lo hizo, temeroso. Vi mi ojo ya no tan morado y una gran cicatriz en mi comisura izquierda que iba sanando. Ya no tenía pelo. Lo tenía muy corto. Mi rostro era cadavérico, demacrado, mis pómulos estaban marcados. Y no tenía la punta de una oreja. La cortaron. Tenía cortes en el cuello y manchas negras. Abrí mi boca. Agradecí porque mis dientes no estaban todavía como los de los orcos. No habrían tardado en arrancármelos.
-No fue la quemadura de un dragón. Pero se siente igual- le dije, en referencia a su herida. - Se siente igual...- dije, sobrecogida por el pensamiento de querer morir. Toqué mi cabeza y lo miré ya sin un atisbo de culpa u odio. Lo que él me dijo alguna vez no se comparaba con lo que pude vivir, si es que aún lo vivía.
-Se vengaron de tí. De lo que hiciste en Angmar. El mal está latente, Elrond tenía razón, Mithrandir también. Tomaron las Montañas Nubladas. Se vengaron de que fueses su espìa principal y que te salieras con la tuya, ya que han sido años de golpes hacia ellos. Si no quieres, no me cuentes. Pero si alguna vez estás lista, estaré dispuesto a escucharte- afirmó. Yo lo miré sorprendida. Jamás pensé que de todos los elfos o reyes que conocí el que más odié por muchos años estuviese dispuesto a olvidar que traté de matarlo, a olvidar lo que acabó con nuestra amistad.
-¿Por qué me rescataste?- le pregunté, incómoda. No podía verlo a los ojos. No podía siquiera enfrentarlo. No después de todo lo que nos dijimos. De lo que él me hizo. De lo que yo le hice. De cómo nos enfrentamos. Él miró hacia otro lado, porque también mis desaires estaban presentes en sus recuerdos.
-Era una deuda de gratitud que debía pagar- me respondió secamente. - Es todo.- me dijo, pero Legolas lo miraba sin creerle.
-Si eso es todo, quisiera saber por qué te preocupas tanto por mí.- le pregunté, mirándolo a los ojos. Él seguía con su grave mirada, que parecía dar algún atisbo de consternación. Era imperturbable, pero a la vez parecía que se removiesen dentro de él algunas cosas que no podría definir.
-Eres muy importante para Legolas.- dijo, sin poder mentirme, aunque quisiera. - Él está dispuesto a perdonar la estupidez que cometiste al huir de mi reino e incumplir tus promesas. Estuvo dispuesto a rescatarte a pesar de que desdeñaste mi gratitud- me dijo, recuperando su tono punzante y despreciativo de siempre. De esta manera comprendí que me reprochaba por haber escapado y haberlo humillado tal y como él lo hizo conmigo. - Y no quiero perder a mi hijo por segunda vez. Estoy dispuesto a ayudarlo en lo que lo turba. Y la que causó eso fuiste tú.
Yo bajé los ojos. Quería decirle que él había sido el primer causante, aunque mi estupidez solo era cosa mía. Pero no podía soportar su propia arrogancia, su frialdad de hielo seco que incluso a mí me dejaba helada de espanto y de ira. Por eso me fui. Pero miré mis cortadas y mis uñas vendadas.
-¿Cómo supiste que...?
Thranduil suspiró, y mandó a llamar a uno de sus servidores. Este lo miró y luego a mí.
-Sí. Tráela- le dijo, con su voz sedosa, pero ordenándolo burdamente. Este trajo una caja. Era mi collar, ensangrentado. Y mis uñas. Yo tiré una, exclamando, horrorizada. Luego miré la otra y me tapé la boca, con lágrimas en los ojos. Lágrimas de furia.
-Legolas reaccionó mucho peor. No podía dejarlo solo. Fui con él y un contingente. Mis mejores guerreros fueron con mi hijo, a rescatarte. Te tuvieron ahí por tres años. - me informó, dándome mi collar. Yo lo apreté y lo tiré, furiosa, por el tiempo perdido y el horror.
-Yo me causé esto. - dije, sin mirarlo. - Yo misma. Y por cada uña que me hayan arrancado, serán 100 cabezas. Y por cada dolor acabaré con todos hasta cubrir la tierra de sangre negra.- me dije, apretando mi collar. Él suspiró y se sentó a mi frente. Parecía esta vez no compartir mi sed de venganza.
-¿Matar al dragón nos devolvió a Neldaniel, Fineriel?- me preguntó, posando sus expresivos ojos sobre mi rostro fúrico.
-No. Pero te juro que no hubieses descansado hasta acabarlo y verlo hecho pedazos.
-Me conoces bien- respondió, para luego dejar su copa. Se paró, con su mano en su barbilla.
-Pero... habría sacrificado a Legolas, a mi reino y lo que me queda por ello. Tendría mucho que perder.
-Lo sé- le respondí, comprendiendo sus insinuaciones y pensando en tí, en Legolas, en Elladan y Elrohir, en Glorfindel y en Galdor. Tantos que me querían. Tantos que de verdad me extrañaban y me demostraban su amor.
-Pero no hay nada que calme mi alma hasta no ver a mi enemigo bajo mi espada- le dije, confesándomelo a mi misma por primera vez. - Y nunca se acaba. Es como beber de un gran río en el que siempre tienes más sed.
-Te entiendo perfectamente- dijo, pensando él en Neldaniel y en su muerte. - Pero ahora tienes mucho que perder.
-¿Qué?
-A tí. Es una labor sin descanso lo que tienes a tus espaldas. Algún día colapsarás. ¿No has pensado en irte a Valinor de una vez por todas?- me preguntó. Ví en su tono que no había un atisbo de ironía o malevolencia.
Yo no le respondí. Solo me miré al espejo, enflaquecida, con mis cabellos cortos, apagada.
-Pero así no conseguiría mi paz- le respondí, con desolación. - Ser un cascarón vacío que se lamenta en las costas por sus amores perdidos. No quiero. Me niego.
-Por lo menos verías a quienes amas.
-Aquí tengo a seres a los que amo también- dije, tomando un pañuelo de seda y cubriéndome la cabeza.
-Creí que solo amabas la idea de salvarlos.
-No. Yo también lo creí, cuando me torturaron. Ahí destruyeron todo el orgullo que pude tener alguna vez.- dije, recordando las atrocidades. - Pero descubrí que realmente sí amaba.
El problema de esto es que no importa si te vas o no. No cuando pierdes a alguien que amaste. El dolor se siente igual. Solo podrías verlo en las estancias de Mandos. Solo ahí podría existir un alivio a tantas penurias- insinuó él. Yo lo miré sospechosamente. ¿Todavía quería morir?
-Yo también quise morir, muchas veces- le respondí, tocando mis pómulos y mi rostro cadavérico. Pero no quiero estar muerta en vida. No quiero estar así. No así.
-Por eso te rescaté- admitió, sorprendiéndome. - Legolas te conoce mejor que yo. Él sabía que ese no era tu destino y se opuso. Él tampoco quiere estar muerto en vida. Tú lo inspiras.
-No creo que me perdone jamás- le dije a Thranduil, pensando en su hijo con tristeza.
-Lo hará- me dijo él, mirándome atrás del espejo. - Solo dos siglos después de nuestra tragedia por fin lo hizo conmigo. Lo hizo cuando te traje aquí.
Yo pensaba en nuestra extraña conversación, hasta que sentí una manzana golpeándome en el hombro. La tomé. Vi a Legolas sentarse a mi lado.
-Te traicioné- le dije, mirando la manzana. Él la tomó, haciendo lo mismo, y mirandome a los ojos.
-No quiero hablar de eso. - me respondió.
-Quise vengarme de tu padre y te olvidé a tí. Eso no es ser un buen amigo. Yo fui una grandísima tonta.- admití, avergonzada.
-Él también se olvidó de mí durante mucho tiempo. Se ensimismó en su dolor. Así como tu lo hiciste con el tuyo.
-No te lo merecías, Legolas.- dije, tomando su mano. Él me abrazó.
-Estás aquí. - me dijo con una triste sonrisa afable, que me recordaba a la de su madre. - Estás viva gracias a mi padre. Es todo lo que importa.
Yo lo abracé de nuevo y nos quedamos ahí, un largo tiempo. Yo lo aparté.
-¿Tu padre? Creí que fuiste tú.
Él sonrió, negando con la cabeza.
-Apenas recibimos la caja, la tiró. Él mismo, sin consultarme ni decirme nada, ordenó a su contingente ir por tí. Yo vine después. Estaba demasiado enojado para pensar en que pudieses obtener algo de compasión. Pero sorprendentemente, mi padre fue. No supe nunca por qué lo hizo. Pero me enseñó una lección que jamás pensé que aprendería de él. Me enseñó a salir de allí. De mi propia furia y mi propio horror. De mi dolor. Nunca se va, pero si tienes la oportunidad de ver aún a los que amas... es todo lo que importa. Y él sabía que eso era lo que importaba para mí.
Yo solo miraba las hojas perennes del bosque, al atardecer. Pensaba en todo el dolor que sufrieron los que estuvieron antes que yo. En el dolor de los amantes que se perdieron, en los hijos, padres y madres sacrificados. En los reinos hundidos. En las esperanzas perdidas y las que volvieron a renacer. En las que hacían que todo continuara a pesar de las lágrimas. En los reinos, los paisajes, en el amor de los unos para los otros. El que profesaba un padre a su hijo, que en esos momentos le mostraba las hojas de otoño, como lo hizo desde que era pequeño. Y el que parecía haberlo salvado del círculo de ira y dolor que alguna vez le dejó la person que más amó en el mundo.
