Coincidencias

Los veo, una vez más, arrancándome de tajo la carne de mi hombro derecho. Cortando, lentamente, para que sienta el dolor ardiente. No me puedo concentrar, al sentir todavía la fetidez del barro pútrido en el que acaban de meter mi cara. Un gusano se retuerce sobre mi ceja y otro parece dirigirse a mi ojo. Sé que me están cortando una parte de mí. Sé que seguirán con más.

Grito. Grito cuando terminan y me muestran lo que alguna vez fue parte de mí. Ese es el pago por espiar el reino de Angmar. El pago por estar, durante 300 años, como cazadora de orcos impasible. No podía salirme con la mía. Pero ahora los veía, entre el limo, comerse, repartirse lo que quedaba. Uno decía "dejémosla infectarse hasta que se pudra viva". Pero el otro, el que parecía el jefe, en un impulso, solo les dice que quiere divertirse ahora. Tiene pedazos de mi hombro entre sus dientes y se ríen de mí con toda la crueldad que demostré a lo largo de siglos y milenios para eliminarlos. Aún peor: la sevicia. Algo que mostré en innumerables ocasiones. Y siento la ardezón mordiente. Me echaron algo que quema. Grito hasta desmayarme y los veo repartiéndose mis tendones, mi...

Grito, despertando a todo el reino del Bosque. Las primeras en correr son mis damas, que han tenido que ser testigos, una y otra vez, de mis pesadillas. A veces sueño que se comen mi cara y esta está llena de gusanos. O que cortan mis pies o mi cabeza. Que me afeitan hasta que me cortan de tajo toda. Hasta que viene Uril, la jefa de las curanderas. De labios delgados, nariz aguileña. Aparta a las jóvenes y se vuelve a quedar conmigo y me dice que estoy segura. Que estoy viva. Que nada de eso puede pasar.

Pero estoy dañada. A pesar de todo, estoy dañada. Por fin pude entender la profunda desazón, el profundo cansancio de Celebrían cuando quiso abandonar la Tierra Media. El horror que no se quita. El hecho de que tu cuerpo solo es un lastre producto del infierno. Algo inservible, doloroso, que tortura tu alma a través de recuerdos. Algo que te causa sufrimiento.

-¿Algún día acabarán?- le pregunto, ya con los ojos secos. Ella niega con la cabeza.

-Aquí entre nos, el Rey todavía las tiene.- me dice, sirviéndome agua.

Pienso en Thranduil, quien me ha dicho que sentía exactamente lo mismo cuando lo dejé, hace 300 años, herido por un dragón y sin Neldaniel. El cuánto se llegó a odiar a sí mismo por todo. En cuanto quizo morir, pero no tenía fuerzas. Y en el tormento absoluto. El que se impuso él con su propio cuerpo y su propio rostro, hecho cenizas. "Libré tantas batallas. Huí de Doriath. Estuve al lado de tu marido, el rey Gil- Galad. Vi a los míos morir y viví. Pero jamás ha dolido más", me dijo. "Jamás".

Abrimos los ojos para seguir sufriendo y soportando. Ahora lo veo todo. Ya no soy tan fuerte- le confesé, realmente derrotada. Ellos me habían derrotado en aquel momento. Me vencieron, porque acabaron conmigo. Acabaron con un espíritu que creí inquebrantable, un estandarte de heroísmo banal y barato.

No diga eso- me reprendió ella suave, pero sinceramente. - Por esa razón el Rey la aprecia tanto- dijo, para luego callar. Era él. Ella le hizo una reverencia.

-Como siempre, diligente y la mejor en su arte, Üril hija de Mïril.

-Majestad.

-Permíteme interrumpirte en tu labor- afirmó, altivo. Ella asintió y se retiró.

Si ella encuentra algo para silenciar mis gritos seguramente el pueblo la cubriría de oro- bromeé. Él no sonrió y yo me incomodé aún más, apenada y disminuida.

No lo hicieron hace siglos, con su Rey. No lo harán contigo- me dijo, sentándose a mi lado. Yo no quería mirarlo.

Pudieron conmigo- le dije, con una sonrisa triste.

Eso no es cierto- replicó, mirándome molesto, pero impasible.

-Lo es. - le dije, sin querer mirarlo, porque en sus ojos veía mi propia verdad, la que él me presentaba, él, extrañamente.

Suspiró. Llamó a uno de los sirvientes.

-Sigues con vida.

-Eso fue lo que te dije cuando pasó lo de Angmar y no creo que tu respuesta haya sido distinta de la mía- respondí, tratando de dejarlo sin base. Él me miró, escudriñándome, disimulando no haberme oído. Me sirvió agua.

-Ya tomé- dije, rechazándola. Él siguió con su mano alargada y yo la tomé. Él sirvió un trago para sí.

Aún es demasiado reciente para que todo lo que te hicieron salga de tus labios. Por eso- dijo, viendo a su criado, quien trajo un libro dorado, con runas. - Quizás esto te ayude a entender algunas cosas.

Yo lo miré. Era de cuero negro. Estaba escrito en lengua común. Abrí la portada. Decía "La historia del malogrado Turin Turambar, cuya espada destruyó al padre de los dragones, Glaurung".

-Antes de que digas algo más- dijo, silenciándome- Léelo. Aclararé las dudas que tengas.

Lo miré a los ojos, preguntándole quién se lo dio a él.

-Legolas. Anda de guardia, o habría ido, al sonido de tus gritos, más rápido que yo- dijo, para ponerlo en mis manos, vendadas y con pequeños puntos de sangre, aún. Los dedos estaban morados y amarillos. Yo escondí mis manos, pero él no me dijo nada. Solo pasó su mano por mi frente, para pronunciar una vieja letanía que no entendí. Me dormí plácidamente. Era lo mismo que solía hacer mi curandera.

Lo leí detenidamente. Y solo saqué una frase. "Tú no eres el único ser con pesares de la Tierra Media", le dijo alguna vez un sabio ser al infortunado de Túrin Turambar. Y quizás eso trató de decirme Thranduil cuando me mostró su historia, la historia del hijo de un valeroso hombre dominado por Melkor, llamado Hurin. No sé por qué, cuando revisé, en muchas de las tardes en las que mis pensamientos me enredaban como la tela de una araña todo lo que había sido nuestras vidas y nuestros hados entrelazados, caía de nuevo en la oscuridad. En la desesperanza y el cansancio. El pasado no me daba ilusiones, ni el futuro tampoco.

Quizás en mí dio el efecto contrario a lo que Thranduil espraba.

Fëanor creó armas, hizo un juramento. Los elfos por ambición y arrogancia vieron, demasiado tarde, cómo cayeron sus reinos. Y cada uno había sufrido un pesar que lo condujo a su propia desgracia.

Gil-Galad perdió a su padre, luego a su primera mujer. Luego yo lo perdí a él, antes había perdido a mi padre por esa sed de dominar el propio universo que estaba a su alrededor, por controlar los daños del odio y la desolación. Y él había perdido al suyo por la misma razón. Así como Elrond, quien vio en Celebrian a una víctima indirecta de los hechos del pasado que trató de remediar su familia, eliminada por las mismas razones. O Galadriel, con sus hermanos perdidos en Valinor y en Mandos. Y Thranduil, que tuvo que ver a su esposa deshacerse ante él y vio a su padre caer en Dargolad junto con Amgalad, rey de Lorien. Y todo por una inoportuna flecha orca que su orgullosa madre recibió en el pecho, luego de esta, cegada, atacar por ver caer a Amgalad en las Ciénagas de los Muertos.

Nuestros bellos rostros, luego de tres edades, no fueron más que un gracil escudo ante las desgracias. Aunque nuestros reinos seguían siendo deslumbrantes y eso en medio de mi tristeza y horror lo podía apreciar. Oh, las cámaras del reino de Thranduil me quitaban el aliento. Aún en las raíces de los árboles eran una maravilla con sus pasadizos y arcos marrones y dorados. Me sentía encerrada, pero segura. Aunque veía una constante: todo ese esplendor contrastaba con nuestra propia melancolía. Thranduil se sentaba, majestuoso, en su trono coronado con los cuernos de un alce y su corona, sobre sus platinados cabellos, cambiaba según la estación. Florecía o se quedaba estéril si la nieve o el sol estaban en el cielo. Tenía ropajes de seda lustrosa y anillos en sus dedos. Pero sabíamos del dolor de su corazón y su temor. El que ocultaba cuando trataba de rescatarme, esta vez, de mí misma y mis recuerdos.

Pero él era como yo. Aún lloraba por Neldaniel como yo. Sufría por su propia memoria. Qué eran los grandes señores élficos sino un compendio de orgullosas lágrimas, estériles victorias, célebres valentías y corajes resquebrajados bajo una coraza invencible , en apariencia, ante el paso del tiempo. Unos perdieron sus cuerpos, como los valerosos elfos de antaño. Otros sus manos, como el pobre Gelmir, hermano del malogrado Gwindor. Sus manos y sus pies. Otros fueron torturados por su propia conciencia hasta el fin, otros perdieron sus espíritus. Con los corazones rotos su espíritu seguía, pero no siempre para bien. En mi caso, yo ya lo había perdido todo, pero mi enemigo había sabido dónde estaba mi punto débil. Perderme para siempre en el olvido y pertenecer a lo rastrero y al polvo. Melkor podía dominarme, tal y como lo hizo con el pobre Hurin, pero la oscuridad de mis pensamientos ya era cosa mía. Por eso decidió atenazarme con el miedo a no ser simplemente nada. Ya era nada cuando Thranduil me rescató. Nada. A la nada le tenía pavor. Al olvido. Siempre ha sido mi miedo más grande. Pero caía en él.

Por eso, también me miraba todos los días, obsesivamente, al espejo, preguntándome si alguna vez sería como me recordaba, cuando era una muchacha aprendiendo lengua oriental al lado de Orleth, o siendo la guardia de Gil- Galad, o la reina en el suspiro que me dio el tiempo. Si era la hechicera de cabellos rojos e indomables que cabalgaba en un caballo negro, con luctuosos ropajes, derrotando alimañas y aconsejando a reyes. Ya había experimentado, sí, lo que era ser otro. Pero lo que me hizo Sauron esta vez había dado en el punto, ya que era todo eso alguna vez. Y no era nada. Ya no era nada.

Por ende, solo pensaba en ello. En el por qué de todo ello. Por qué decidí darle a Gil-Galad algo que no podía cumplir. Por qué no me quería ir. Por qué estaba viva. Por qué. Por qué. Por qué. Así que decidí yo misma ir a la biblioteca del Rey, a la que Legolas abrió sus puertas. Él, siempre oportuno para lo que pasé, no me decía nada. Nos entendíamos en silencio. Y por eso, otra vez, adivinó todas mis inquietudes. Informado de lo que había sucedido, solamente tenía preocupación cuando se encontraba conmigo.

-Yo también las tengo desde que trajiste a mi padre en brazos- me dijo, adivinando mi pensamiento. - Aunque trato de acallar las voces que pretenden torturar mi alma, o sería peor para mí. Pero luego de todo lo que ha pasado, solo puedo decir que hay penas más inmensas que otras. Pero no por eso dejan de sentirse como una afrenta a nuestros temores más profundos- concluyó.

-Porque se hacen realidad- dije yo, tocando mi cabeza, que ya no tenía rizos, sino muy cortos cabellos.

Y ahí se descubre que siempre hay un lugar más abajo en el abismo. Y eso es algo a lo que me niego a ir.- contestó él, temeroso. - Y a lo que tampoco dejaré que vayan los que amo- me dijo, férreo. Y ahí ví cuánto había cambiado. Ya no era joven. Ya no lo era en lo absoluto.

Su alma había madurado desde que lo dejé alguna vez con un padre malherido. Tuvo que gobernar prácticamente solo, mientras Thranduil se recuperaba. Tuvo que tragarse su duelo, a pesar de tener a su pueblo con él. Y tuvo que rescatar a su padre de sí mismo.

Pero en realidad todo lo vivió en la más absoluta soledad, pues nadie podía compartir lo que vivió con su madre que no fuera más allá que servicio o bellas palabras. No llegaron a su intimidad. Y luego su padre se ausentó y borró a Neldaniel de todo, menos de una estatua ya acechada por las raíces y que fue lo único que no dejó destruir, aparte de otras cosas. No pudo ganar esa pelea. Su padre se levantó para destruir todo lo que le causaba dolor, inclusive sus recuerdos. Y eso él no lo pudo soportar y se fue, buscando mi consejo. El que no pude darle hasta que lo encontré en Umbar. Y luego volví y lo de nuevo, lo dejé a su suerte. Me sentía avergonzada por ello.

Por eso eres mejor que yo- le dije, entrando a la biblioteca, donde tomé varios libros empolvados y comencé a leer las viejas historias, de nuevo, como cuando era la reina de Gil- Galad. Él negó con la cabeza, pero yo le sonreí, más decepcionada de mí misma que nunca. Aunque él no lo estaba. Siempre ha tenido un corazón tan grande, bajo un aura de melancolía y dureza, que me sorprende.

-¿Alguna vez llegó a amarte?- le preguntó Arwen a Fineriel, que simplemente sonrió, negando con la cabeza.

- No. Siempre se interpuso algo. Que somos almas completamente distintas. Que yo aún tengo oscuridad, algo que jamás él ha experimentado ni quiero que lo haga. No al nivel en el que yo lo hice. Que mi fuego consumidor solo encontraría una pared ante la imponencia glacial de alguien como su padre. Que ya amaba a su padre y este a mí, pero no lo sabíamos. Y que cuando nos destruimos una y otra vez, él supo que yo estaba destinada a ser desdichada porque quería. Y que su padre estaba dispuesto a ser desdichado porque quería. Por nuestra propia culpa, testarudez y por nuestros mutuos recuerdos. Y eso él no quería experimentarlo. No al nivel al que llegó su padre.

Legolas me advirtió cuando tomé el de la historia de las Guerras de Beleriand.

Quizás halles ahí desolación- dijo él, observando una ilustración de Glaurung, el padre de los dragones, que cerró de repente, por recordarle a su madre.

O tal vez más preguntas y más respuestas. Pero luego de lo que te hice y lo que me pasó por hacerlo, debo callar- dije, mirando a Nienna y sus lágrimas innumerables. Recordé cuando me postré a sus pies, buscando consuelo y lo encontré. Pero esta vez necesitaba más que consuelo. Necesitaba un motivo para vivir y no odiarme por ser un completo lastre. Para no recordar más.

No recordar en qué me había convertido: un lastre inútil que solo inspiraba compasión. Me dirás que no sea tan dura conmigo misma, pero nunca pensé en mí más que como un arma de combate, pero nunca que albergara un espíritu que solo pudiera resistir y no pensar más allá de lo que hacía.

Un espíritu con un único objetivo que esta vez estaba en quietud antes de la tormenta. Así pasé, muchos meses. Soñando gracias a la ayuda de Üril y Thranduil porque me perdía en las pesadillas. Pensando en por qué seguíamos haciendo esto y seguíamos aquí. Entre los árboles, contándole a Legolas el por qué podía seguir viva, a pesar de no irme con mi hija y mi nieta. Por qué seguía amando la Tierra Media y sus paisajes. Le contaba de los Orientales, y sus costumbres. Los detestaba, pero había algunos grupos buenos, amigos míos. Le enseñé sus costumbres. Hablábamos de Rohan y sus caballos, extensas llanuras y colinas. Del viejo esplendor de Minas Tirith y el Ithilien, que alguna vez saneé yo sola. Pero él sabía que ya no era lo mismo. Lo veía en mis ojos y mis palabras. Y lo embargaba una gran tristeza.

Entonces, para alegrar su propio corazón y el mío me contaba sus anécdotas. Del norte, los Puertos y Lindon, mi antiguo reino. De los hombres y su carácter, desperdigados por toda la Tierra Media entre ruinas de antiguas vanidades que yo misma vi caer. Vanidades. De eso ya no quedaba nada. Pensé en eso y quería ir a visitar la tumba de Neldaniel, hasta que encontré a Thranduil al frente de su estatua, y le hice una inclinación de cabeza.

-Terminó el invierno y aquella vez me dijiste que podría irme con los míos. ¿Por qué no lo haces tú?- le pregunté, sin obtener respuesta. Seguramente él también pensaba lo mismo que yo. Me sentí irrespetando su propio espacio y le hice una reverencia, para luego irme.

Al día siguiente, y a manera de señal, tenía otra vez la historia de Turin en mi habitación. Túrin Turambar. El hombre que simbolizó lo que puede hacer la desdicha y los hados bajo la voluntad de Melkor y las propias decisiones erradas. Ahí me enteré que Galadriel perdió a su hermano Orodreth en la caída de Menegroth y la hija de este, Finduilas, la pasó peor, pues al ser capturada por los orcos, fue luego empalada para no ser rescatada. O que el mismo Turin mató a su compañero de armas, el elfo Beleg Cuthalion. Que él tuvo la desdicha de casarse con su propia hermana, Niénor, quien supo de su parentesco y se arrojó a las aguas. Todo sucedió mucho antes del nacimiento de mi propio esposo, Gil-Galad. Cuando Beren y Luthien habían conmovido al mundo por su amor y desafiado a los reinos de Beleriand, ya hundido en las aguas. Recordé cuando una vez nadé en el mar, más allá de la bahía, y encontré una rara joya en la arena. Se la mostré a Cirdan, que simplemente volvió a arrojarla, diciéndome que pertenecía a los muertos que ahora reposaban en Mandos y cuyos aposentos quedaron allí. Y ahí leí la frase. No entendí lo que me quería decir.

- Gracias. Pero ya conocía la historia.- le dije, devolviéndole el libro. Él sonrió, con condescendencia, lo que me molestó. Pero se sentó, pacientemente.

-No hay esperanza en él, aunque veo su misma obstinación en tí- afirmó y yo me desconcerté, porque precisamente esto lo llevó a la ruina*- Pero claro, son totalmente distintos- aclaró sirviéndome aguamiel, pero me dio la copa lentamente, por las vendas de mis manos, que me dejaban casi inmóvil.

-¿Lo conociste?

Él negó con la cabeza.

-Su historia la llegué a saber siglos después, cuando Doriath todavía existía. Pero yo era muy joven entonces. Recordé esta historia cuando me pregunté el origen de nuestros sufrimientos y cómo los causamos. El por qué, exactamente, seguimos aquí. Él siguió aquí tratando de librarse de los hados de Melkor. Trató de buscar a su familia. Aunque su vida terminó en tragedia.

-Quizás seamos parte de los cuentos entonces y haremos parte de una larga lista de lágrimas.- respondí.

-O quizás no y tengamos tiempo de remediarlo todo y hallar un atajo a nuestro propio destino, ¿no crees?- me preguntó, y yo me interesé, porque jamás lo había visto hablar así. No a Thranduil, en cuya alma reinaba el desconcierto y un invierno eterno.

-¿El tuyo sería conservar el Reino del Bosque?

Él asintió con la cabeza y me ayudó a sentarme, lentamente. Yo me miré en una copa, porque no estaba tan segura.

-El mío lo tenía claro hace años. Pero ya no.- le respondí, comprobando que estaba derrotada. Pero solo ví en él una mirada desafiante e incrédula.

Fineriel, siempre lo tuviste claro- me respondió, como si fuese un reclamo. Tal y como siempre lo hacía. Yo estaba extrañada.

-¿El tuyo te hace feliz completamente?- le pregunté.

Él negó con la cabeza.

-Pero es lo único que tengo. Todavía.- me respondió en sindarín. Yo lo miré apenada, porque entendía que ya no compartía mi misma desazón y que contra mi voluntad me obligaría a renunciar a ella.

¿A pesar de la cicatriz?- le pregunté, sin importarme ser imprudente, porque ya compartíamos algo en común que nos laceraba siempre. Él me miró a los ojos, intensamente, para luego descubrir, con un gesto de decepción, algo que faltaba.

A pesar de eso. - suspiró. -¿Le preguntaste alguna vez a Ereinion Gil- Galad por qué seguía aquí?

No soy tan fuerte. - dije, recordando su energía y su obstinada voluntad. - Me dijo que por la Tierra Media. Y por mí.

-Lo has respondido sola- me dijo, para luego posar su mano en su barbilla, metido en sus cavilaciones. Yo cuestioné si lo decía por mí o lo decía por él. Pero todavía no podía resolver el primer interrogante que había tenido desde que me dio la historia de Túrin Turambar y su desesperanzadora historia, que resumía todos nuestros milenios de lágrimas. ¿Por qué, de repente, quería hablar de algo que creía que vivía a solas?

¿Puedo saber por qué me diste el libro?

-Yo me quedé atrapado medio siglo en tus mismas preguntas. Quizás esto fue un paso- me respondió cortante, para levantarse altivamente y saludarme a la manera élfica.

- Lastimosamente, no puedo continuar con tu conversación. Nos veremos en la cena- afirmó. Yo asentí con la cabeza, preguntándome por qué sentía tanto interés en que yo volviese a ser la de antes.

Luego de esa conversación, de la que deduje todo el sufrimiento espiritual del rey del Bosque Negro luego de ser herido, pensé en que él había dado con la misma historia solo para saber que su pena solo era tan grande como una estrella comparada con otra y que solo vagábamos en la inmensidad con lo poco que podíamos conservar. Era un paliativo patético, pero era uno. Y que los hados de Melkor y Sauron todavía no habían medrado su voluntad. Quizás era ello.

Pensaba en eso en la cena, con la cabeza cubierta con un velo, mientras me perdía en los melancólicos acordes del arpa del elfo castaño que tocaba para Thranduil, quien solamente oía la melodía, con su cabeza ladeada. Legolas la oía a mi lado, en los sillones. Poco a poco, me fui perdiendo en las dulces y etéreas voces que me transportaron a las propias visiones que tenía de mi imaginación, lo que leíamos de Valinor. Era de una belleza espiritual que no alcanzaba a comprender, en toda su inmensidad. Hasta que todo terminaba en un sueño y Legolas notó que volvía a distraerme.

Me contó que te dio la historia de Túrin Turambar. Fue la que yo le dí.

Creo que es de los que creen que las lecciones funcionan de modo inverso- me atreví a bromear. Él sonrió, suspicaz.

Lo cree- me dijo, mirándome a los ojos, para luego sonreír. Lo conocíamos bien.

¿La lección sería: "Por lo menos no estamos como Túrin Turambar, cegado por el hado de Melkor? O ¿por lo menos estamos mejor que él?- pregunté, negramente. Él pensó, sin dejar de sonreír, porque cuando éramos sinceros no eramos tan sabios ni locuaces. Sobre todo yo. Su padre era otro. Negó con la cabeza, divertido.

No, quizás la valentía prevalece, solo que debe enfocarse en mejores propósitos. Y que lo que nos pasa no podemos evitarlo.- dijo, pero lo afirmaba más para sí mismo. Yo le sonreí levemente, por su sabiduría.

Y mientras tanto, debemos aprender a soportarlo. Pero siempre podremos irnos- insistí, lúgubre. - Y escapar para escapar no sabemos de qué. Por eso es mejor quedarse, porque no habría descanso si nos fuéramos en verdad.

-Tú lo has dicho- me respondió, tocando mi mano. Yo me acerqué a él y nos quedamos recostados los dos, pero él siguió bebiendo. Comprendí que esa canción en particular le encantaba a Neldaniel, su madre. Detuve su copa.

-No así- le dije. Él suspiró. Y me di cuenta de que algo había cambiado en él. Algo de lo que no me pude enterar por andar aislada en medio de mis dolores y pesadillas.

-Está bien, lo sacaré de mis motivos.- me dijo, para seguir bebiendo. Yo lo observé detenidamente y vi alrededor. Consejeros. Elfos nobles. Hablando. Riendo. Mis damas. A Thranduil. A Sandor, mano derecha de Legolas en la guardia. A una elfa rubia que no había visto, hermosísima. Ella estaba de su brazo. Y a Marleth, consejero de Thranduil y oh, padre de la chica. Él solo asentía, hasta que unió sus manos. Legolas solo seguía bebiendo.

-Quiero ir arriba -le dije, ofreciéndole mi mano. Él entendió que quería hablar a solas conmigo.

-Dos copas y vamos. Te lo prometo- me dijo. Yo negué con la cabeza, en modo de reproche.

-Quiero ir ahora- dije, y mis damas se acercaron. Otra rubia miraba significativamente a Legolas. Me di cuenta.

-Con el príncipe- insistí, mirándolo a los ojos. Él asintió, y entre los dos debimos dar un cómico espectáculo. Una tullida que caminaba cojeando y lentamente, con un elfo borracho. Me ayudó a sentarme. Los dos mirábamos los árboles.

-¿Desde hace cuánto la amas? - le pregunté, adivinando todo al instante. Él se recostó contra una columna.

-Desde que volvió al bosque. Nos amamos.

-¿Nos amamos? -le pregunté, levantando las cejas. Él suspiró.

-Ella ya estaba prometida a Sandor, cuando me la presentó. Teme dejarlo porque acabará con él. Y él es mi amigo. Nuestro amigo. Tememos por él, pero cada vez que la veo siento que no existe nada más. Que solo deberían existir los momentos en que estamos los dos, sin importar el futuro. Solo pasó. Solo pasó, nunca lo planeé.

No podía entenderlo. O tal vez sí, desde el lado de Gil-Galad, que pensaba cuidarme como a una hija, no como su esposa. Enamorarse de mí lo volvió vulnerable y le impuso el miedo a perderme. Pero en nuestro caso, no teníamos a los hados en contra nuestra. Pudimos ser felices de una manera natural. Y he aquí, a este joven príncipe, amado por todos, menos por los que amaba. Su destino era ser hermoso tanto por fuera como por dentro, pero siempre desdichado en los asuntos del corazón. Asuntos que yo no podía volver a experimentar aún. Para mí ya eran un leve recuerdo.

-Mi padre ha oficializado su unión. Por eso quiero beber esta noche. Porque lo hice, pero quiero volver a verla. Porque nos veremos en medio de mucho dolor.

Yo lo abracé largamente, porque no podría ayudarlo en este trance. Solo ser su cómplice silenciosa. Hasta que vimos a mi joven dama rubia y nos desasimos. Ella nos miró sorprendida, pero bajó la cabeza.

-Príncipe Legolas, su padre lo busca- dijo, con leve voz, lastimada. Me miraba a mí como si fuese culpable de algo. Él me miró y yo a él.

-Iré en seguida- le respondió, sin siquiera mirarla.

-Quiero seguir bebiendo- me dijo.

-No te pierdas- le respondí, dándole mi copa, que era enorme y no había tocado. Se la bebió de un trago. Me sorprendió de pronto con otra botella. Traté de quitársela.

-No- le dije, molesta.

Se la bebió, sabiendo que yo no podía hacerle nada. Yo lo miraba muy enojada. Comenzó a sonreír.

-Por cierto, ya que estoy ebrio... solo te diré que mi padre te ama. No lo lastimes- dijo, para retirarse. Yo lo miré boquiabierta y traté de perseguirlo, pero era bastante lenta. Para cuando llegué a la estancia, Legolas ya no estaba. Dormía al lado del árbol donde pusimos lo que quedó de su madre. Yo llamé a sus amigos y entre todos lo pusimos a dormir. Entre esos Sandor, a quien felicité por su enlace.

-Gracias, Dama Fineriel. Espero que algún día usted vuelva a ser tan feliz como yo- me dijo y pensé en su ingenuidad. Me llegué a sentir culpable por él y por verme involucrada en ello.

Pero tenía algo mejor con lo qué torturarme: pensar en mi cuerpo inútil, que ya no servía para luchar, mi único propósito en la vida. Sabía que no sería una erudita, era demasiado imprudente y pasional para ello. Pero la guerrera no existía, ya que no podía mover su cuerpo. Ya no podía nada. Y eso me lastimaba más que todo lo que me habían hecho, porque convirtieron a la otrora guerrera en una lisiada.

Dejé mi autocompasión a un lado porque también me fastidiaba. Traté de mover mis articulaciones con un dolor inmenso, mil espadas clavándose en pies y pantorrillas. Gritaba de dolor en silencio, hasta que bajaba a rastras, tratando de recuperar mi sigilo, de negarme ante la realidad de lo que hicieron de mí, en lo que me convirtieron. Tomaba una espada y trataba de luchar en el salón de armas enclavado cerca de los aposentos de Thranduil y el Salón del Rey. Pero no tenía fuerzas, no las de antes.

Aduras penas podía dar estocadas. Comenzaba a hacerlo y sentía todo mi cuerpo lacerado, mis músculos hechos pedazos y me dolía inmensamente. Caí de rodillas, quejándome en silencio por todo el dolor, y sentí mis lágrimas involuntarias, y mi brazo inmóvil, votando la espada con gran estrépito. Me levanté, apretando los dientes, hasta que vi el brillo de los ojos de alguien. Y guardias. Se acercaron para ayudarme a levantarme.

-No- rugí, herida en mi orgullo.

Insistieron.

-No- dijo él, que hizo una señal para que desaparecieran (en realidad sabía que veían todo desde afuera) . Me vio tratando de dominar mi dolor, como infructuosamente tratase un insecto de librarse de una araña. Yo respiraba agitada por la furia y la humillación. Él tomó mi espada. La clavó en el suelo.

Cargar con un lastre o ser un lastre. ¡Qué importa!- le dije furiosa, porque él qué podría saber de lo que sufría. - Es mucho peor tener en las fibras de tu cuerpo algo que te recuerde lo que te hicieron a verlo.

-Estoy de acuerdo- dijo, tocándose su lado derecho del rostro, recordando la cicatriz del dragón.

-Pero por lo menos no eres un inútil- dije, para luego comenzar a llorar del dolor y desvanecerme. Él no parecía mostrar algún atisbo de compasión o afán por mí, lo que me sorprendía y enfurecía aún más.

Seguí retorciéndome hasta que me dio la mano, para levantarme de un tirón que casi me mata. Me dio mi espada y tomó otra.

-Cada noche, con impaciencia y sufrimiento- dijo, imponente. - Por esa misma obstinación que es nuestra ruina o nuestro aliciente. Las dos.- apuntó. Yo lo miraba, sin saber qué hacer.

-Ataca- me dijo, determinado.

Lentamente y con mucho dolor le di una estocada, pero él fue más rápido. Yo me desconcentré y no pude llegar a parar su espada en mi costado.

-Maldición- musité, sudando, para quejarme en silencio de mis dolores. Él no parecía conmovido por mí.

Él se fue atrás, otra vez, en posición de ataque.

-Voy yo- me dijo, y lo hizo con un doble movimiento. Logré chocar mi espada, pero no pude medir su fuerza. El dolor de mis brazos era imposible, y desistí. Caí, respirando fuertemente, por el dolor. Me levanté con gran esfuerzo, para atacarlo, pero él, con tres movimientos, tiró mi espada. Se acercó a mí y me empujó al suelo con sus dos dedos. Me apuntó con la espada. Yo lo veía impotente y molesta conmigo misma, respirando aún fuertemente por el dolor y por la furia. Yo aparté su espada con mi mano, para luego seguir llorando, silenciosamente, por el dolor.

-Tardarás por lo menos tres meses en poder moverte de forma lenta- dijo, agachándose. Todavía no puedes recuperarte, los golpes fueron bastante duros. Por más que nuestra medicina sea la mejor y nuestra magia sea milagrosa, lo que te hicieron fue bastante dañino como para pensar que aún puedes moverte del todo. Y por eso no puedes forzar tu cuerpo, o todo será mucho más lento.- dijo, recogiendo mi espada. Yo estaba interesada. Sabía mucho de curaciones. Jamás había visto eso en él. Yo seguía llorando, pero no recibí de él un gesto. Hasta que me calmé.

-¿Cómo aprendiste todo eso?- le pregunté, sintiendo que las lágrimas tocaban el suelo y mi cara.

-Porque yo hice lo mismo que tú apenas te fuiste- me respondió, viendo su espada - Lo hice forzándome hasta límites inimaginables. Tampoco me quería sentir un monstruo inútil. Hasta que un día caí desfallecido de cansancio y no pude moverme en todo el otoño. Me maldije a mí mismo por haber hecho lo que hice- recordó, con un gran tinte de arrepentimiento. - Sé lo que es tener tu impotencia. Pero también es peor cuando la causas tu mismo. Puedes odiarte aún más.

Yo me sentía exactamente así. Seguía pareciéndome bastante raro que me hablase de lo que le pasó luego de que me echó de su reino. Me parecía incómodo, más aún por las palabras de ebrio de Legolas. No le dije nada, pero pude comprender, por ese breve instante, por todo lo que debió pasar.

-¿También tienes pesadillas? -le pregunté. Él no me respondió, pero lentamente, me ayudó a acomodarme, hasta que me senté en el piso.

-Ya no tantas- me respondió, juntando las dos espadas. - Pero aún lo hago.- dijo, mirando hacia el suelo. - La veo. Todas las noches, cuando nos jala a tí y a mí hacia las escaleras. Se pierde entre el fuego y cae. Y viene el fuego una vez más. Pero ya no estás tú. Solo estoy yo, tratando de enfrentarlo y matarlo. Nunca puedo. A veces te mato a tí.

Yo lo miré sorprendida por la confesión.

Lo siento- me dijo, para luego seguir mirando las espadas, grave. - Te culpé estúpidamente durante muchos años. El horror y mis demonios se presentan en todas las formas. Una vez soñé que yo mismo la maté. Fue lo peor que tuve que ver durante siglos de noches en vela. Gracias a Üril no terminé de caer en las sombras. Y quizás porque no deseaba hacerlo del todo. Caer en el fondo del pozo. Ahora solo rasgo, con las uñas, la superficie.

Era lo mismo que me pasaba, solo que cambiaba el escenario y el horror. Cambiaba todo, pero básicamente, era la misma oscuridad. Yo estaba en el fondo, aún. Toqué mi rapado cuero cabelludo y negué con la cabeza.

- No te juzgaré por ello.- le dije, pensando en mis propias pesadillas.

Nos quedamos en silencio, pensando en nuestras desgracias. Él dejó las espadas y me miró a los ojos. Sus infinitos y glaciales ojos azules contra el fuego apagado de los míos.

-¿Qué fue lo que te hicieron?- me preguntó, mirándome serio.

Yo lo miré confusa, tenía vergüenza. Pero aún así, lo hice. Todo lo que me hicieron tragar. El agua pútrida. Cómo quisieron pudrirme y cortarme en pedazos. Cuando competían por mi umbral del dolor. Cada una de las cosas, sin pudores, sin silencios. Él se turbó, pues enfurruñó sus cejas y vi moverse las aletas de su nariz aguileña. Ahora me miraba como si yo le hubiese hecho daño.

-Mereces tu venganza, pero ya es tarde. Acabamos con todos ellos cuando te rescatamos. -Yo mismo decapité a los que idearon el darme la caja.

Yo no podía sacarme de la cabeza las palabras de su hijo. Pero me sorprendía aún más que se hubiese preocupado tanto por mí luego de todo lo que le dije.

-Te dije cosas horribles. - admití, avergonzada. Pero él negó con la cabeza, suspirando.

Lo que más me horrorizó en aquel momento fue verte convertida en alguien como yo.- me dijo, sonriendo levemente. Yo sonreí también, ante su propia autocrítica. Pero no sabía si quería hacerlo en verdad.

- Me reproché por siglos haberte tratado así. Tú me salvaste la vida, te debía todo lo que pude conservar. Pero mi furia es algo que jamás se ha ido de mí. Esa oscuridad que se trasluce a través de un odio hiriente, donde saco a relucir todo lo que falla a mi alrededor. Pero jamás llegué a pensar que podrías odiar de igual forma. Como si te deleitases en tu venganza. Cada palabra salía como si fuese una profecía cumplida y lo fue. Pero ya estaba muerto desde antes, solo Legolas me recordó que debía volver. Lo hice, pero no del todo, porque nadie puede recuperarse, nunca, completamente, de todas las heridas infligidas. Sobre todo las del alma. Porque no hay día en que me mire al espejo y recuerde que ella se interpuso para salvarme. Y que si no fuese por ella estaríamos en Mandos.

-¿Quisieras ahora estar en Mandos?- le pregunté, luego de tres siglos de haberlo visto hecho un guiñapo que odiaba su vida.

Él cerró los ojos, para mirar otra vez la raíz del árbol que decoraba suntuosamente el salón de armas. Abrazó sus largas piernas. Luego reflexionó, empequeñeciendo su vista. Se recostó sobre sus rodillas.

-No.

-¿Qué te hizo cambiar de opinión?

-No lo sé- respondió con otra sonrisa melancólica. Esto. Legolas. Mi reino. Él me dijo que jamás fue tan feliz de verme de nuevo. Pero yo lo arruiné lentamente y nunca jamás le permití hablar de su madre frente a mí. Jamás volví a hablar de ella, porque lo que no mencionas no existe. Quería olvidarla para paliar el dolor. Pero este sigue, inevitablemente, su cauce, como el agua que se filtra dentro de una cueva. Y queda. Se ahonda. Se...

-Llena.- completé su discurso, mirándolo a los ojos. - Lo siento, pero te repetiré lo que te dije aquella vez: simplemente, no tuve el corazón para eso- afirmé, ahora sí más segura que nunca. - Pensé en Legolas. Solo pensé en él y por eso no pude matarte. No quería cargar con ello. No dejarlo así. Puede que haya sido una tonta. Y puede que tuvieses mucha razón al odiarme. Pero no pude. Simplemente no pude.

-Lo sé. No está en tu naturaleza hacerlo. Y no te disculpes. Te lo diré esta vez y espero que sea recibido de manera menos hostil: gracias. Y perdón.- dijo, saludándome a la manera élfica. Yo le respondí de igual modo.

Yo debo decir lo mismo. Traté de matarte.- le dije, avergonzada.

Está bien. Lo han intentado antes.- respondió, macabramente.

-No es gracioso- le dije, mirándolo a los ojos. Él sonrió, condescendiente.

-No. Por eso lo digo.- insistió, haciéndome entender que su macabro humor era muy superior a mi tonta solemnidad, que era lo único que tenía en esos momentos. Realmente no sabía cómo tratarlo todavía, y por ello estaba tan prevenida.

Chiste o no... yo no...

Déjalo así. - dijo, levantándose, y alzándome, mientras yo me quejaba. Yo me limpié el vestido y tomé mi velo, para cubrirme. Le hice una reverencia.

¿Puedes caminar sola?- me preguntó de repente, restándole importancia a mi gesto. Yo crucé mis brazos con dificultad.

Sí- le dije, para ir a paso lento. - Debo hacerlo.

Es decir, no. - dijo, con su tono cortante de siempre y con sus capacidades de deducción al máximo. - Volví a ser el mismo luego de mucho tiempo de sufrimiento. Tuve que descubrirlo todo solo. Pero en tu caso, tienes suerte. Mañana, aquí, a la misma hora. - me ordenó. -Ten buena noche – dijo, despidiéndose de mí. Yo me quedé, pensativa, sobre todo en las palabras de su hijo, quien había dicho "él te ama".

Y en él, que por primera vez me habló de su dolor ante la partida de Neldaniel. Claro, a su manera. Por lo menos habíamos hecho las pases. Nunca sería como antes, pero ya no existía esa incómoda tensión del principio. Ni el odio que nos profesábamos el uno al otro.

Pensando en eso, un día después, veía a Legolas disparar furiosamente a la diana. Acertaba, pero lo notaba intranquilo.

-¿Cuánto bebí ayer?- me preguntó, volviendo a tensar el arco, para disparar.

-Mucho como para quedarte dormido.- le respondí, dándole otra flecha.

-Dime qué dije- me pidió. Yo negué con la cabeza.

-No te diré nada.- dije, levantando los hombros, para mirar la diana.

-Está bien, no lo hagas- gruñó, sacando más flechas. - Pero...- musitó, sonriendo. Yo adiviné lo que había pasado luego de que lo dejé en el dormitorio.

-Supongo que dormiste plácidamente.- le dije, levantando las cejas.

-Mucho- dijo él, tirando otra flecha, para voltearse hacia mí, confuso.

-¿En serio no te dije nada?

-No- mentí, pensando en lo que me dijo de Thranduil. - No me dijiste nada.

-Uhm- dijo él, y siguió tirando flechas.

-¿Cuándo vino?

-Después de que me dejaste. Quería saber si estábamos juntos.- dijo, con otra sonrisa. Yo lo miré confundida.

-Tú y yo...- le dije, mirándolo con extrañeza. Él se echó a reír. Me invitó a sentarme.

Ella cree que estabas conmigo. Que tu y yo nos amamos. Tuve que desmentirle eso.

¿Por qué creería una cosa así? - le pregunté espantada. Él volvió a sonreír.

-Porque solo hablas conmigo.

-Pero también con tu padre y con mis curanderas. No he podido salir porque prácticamente soy un lastre, pero no entiendo por qué piensa tal cosa. Podría ser tu abuela- chillé. Él suspiró.

-¿Has amado tanto que a veces duele? ¿Sientes que no existe otra persona que podría hacerte tan feliz pero lastimarte tanto y que te quiere solo a tí? Como si fuese un bajel chocando contra las rocas, como si fuese una ola destruyéndose, como si...

Yo lo miré a los ojos y comprendí que su relación era más tormentosa de lo que creía. Bastante. Ella quería poseerlo, quería saber si solo estaba para ella. No de otra manera lo habría buscado.

-No he podido amar así.- le dije, posando mi mano sobre la suya.

No sé qué me pasa. No puedo pensar. Quiero pensar, pero me confundo aún más. Quizás pensar solo te lleva por otros caminos. Al limbo infinito, a una llanura nublada sin fin.

No soy quien para darte un consejo. Amé a Gil-Galad y fue perfecto. Pero tienes dos salidas: o le dices a tu padre...

-Y él dirá que no...

-¿Por qué?

-No solo por su palabra dada- afirmó él. - Considera que Naharien es "inferior" a mí.

Yo me eché a reír, incrédula.

-¡Es hija de su principal consejero, está loco!

-No... ojalá fuera por eso. Sabes que él oculta más de lo que dice. Sabe todo de todos. Observa todo. Notó su presencia, al ser la más bella de las jóvenes del reino. Pero solo me dijo: "Hay algo turbio en ella. Algo más allá de ella".

-¿Por qué te dijo eso?

-Le pregunté, sí. Me dijo que pensó alguna vez en tomar otra esposa (cosa que me escandalizó) y que ella había sido su primera opción. Pero la observó y se dio cuenta de que parecía un río incontenible. Y tiene razón. Quizás es un oceano, en eso no acertó- bromeó, tristemente.

Yo estaba sorprendida. No creía que Thranduil pensase en casarse otra vez. No al ver cómo veneraba a Neldaniel. Se me ocurrió que quizás lo hacía para tener una reina de recambio (y la pobre sería muy infeliz). No amarla como la amó.

Está bien. No cuentas con tu padre. ¿Y por qué ella no se opuso al tal matrimonio?- pregunté, perspicaz. - Todo esto va a terminar muy mal para los tres- advertí. - Si Sandor se entera de tu amor, morirá. O huirá. Igual tendrás tristeza y culpa.- dije, turbada. - Estás a tiempo de cancelar todo. No pensarás en huir...

-Lo pensé. -dijo él, lúgubre.

Yo suspiré, negando con la cabeza. Pensaba en la reacción de Thranduil.

-La enviaría a buscar. A ella. A tí. Los separarían. Es mejor que hablen. Y me parece muy sospechoso que ella esté con alguien a quien no ama.

-Se conocen desde niños... él la ha salvado...no quiere...

-Ya lo están lastimando- le dije, cortante.

-Tienes razón.

-Habla. O terminará mal- le advertí. Él asintió y me ayudó a levantarme. Cuando me condujo a mis habitaciones, encontré a su padre hablando con Naharien. Ella me hizo una reverencia y yo la miré duramente, algo que Thranduil notó al instante.

-¿Necesita algo, mi señora?- dijo, con cabeza gacha.

No. Está bien.

-Precisamente, quería darte algo- insistió Thranduil. - Ya que te resultan bastante duras mis lecciones, ella ideó que bordaras con las demás jóvenes. Eso te ayudará a mover un poco tus manos. Es la mejor bordadora del reino y es paciente.

Yo la examinaba. Era hermosísima, de labios gruesos y rostro dulce. Pero pronto Thranduil notó que ella también miraba a su hijo y este a ella.

-Aprovecha el tiempo, porque no tendré piedad.- me dijo dándome un pañuelo de bordado en mi pecho, para retirarse con su escolta.

-Bordar- dijo Legolas, levantando una ceja y mirando a su amada.

-Le sirvió a mi padre luego de Dargolad. Sabe usted cómo quedó, Príncipe- dijo ella, sonriendo levemente.

-Sí, lo recuerdo. Pero quizás esto no le guste- me dijo, mirándome. Yo suspiré.

-Eso lo hacía mi hija, yo nunca aprendí realmente nada. Incluso Gil- Galad lo hacía mejor que yo- bromeé, para aligerar la tensión de la situación.

Ella sonrió.

-Venga conmigo. Intentemos juntas- me dijo, dulcemente. Yo miré a Legolas significativamente y este suspiró.

Yo la miraba hilar, tenía una enorme gracia. Me presentó a Nimrodel, su hermana, la joven que nos había sorprendido y a mí y a Legolas abrazados. Ella me miró incómoda, también. Ahí entendí que el silencio en el reino de Thranduil lo decía todo (empezando por él mismo) y que todo se tejía en medio de los susurros.

Así pasó el invierno. Thranduil seguía siendo impasible conmigo y enseñándome a moverme. Lo lograba, poco a poco. A pesar de su displiscencia. A pesar de mis pesadillas. Un día se fue y volvió una semana después. Estaba montado en su enorme alce, tenía su armadura negra y la espada llena de sangre negra. Yo traté de empujar a Legolas todo el invierno para que dijese algo y miraba a Sandor con culpa. Lo evitaba y sentía furia contra Legolas por hacerle eso a su amigo. Y no tenía suficiente confianza con su amada, que recibió al Rey y lo ayudó a limpiarse, lo mismo que su mayordomo. Ella tomaba todas sus cosas con mucha familiaridad y yo me sorprendí a mí misma mirando todo con molestia. Pero Legolas no lo parecía. Saludó a su padre.

-Majestad.

-Ve al norte. Tienes guardia mañana, pero es necesario atacarlos de nuevo. Al parecer Angmar nunca fue derrotada del todo- dijo, preocupado. Él me miró y yo a él, y nos despedimos con el puño en nuestro pecho. Pero no pudo avanzar mucho cuando miró el bordado y luego a su hijo, que se quedó al frente mío, desconcertado.

Te va bien, con Naharien- afirmó, tomando mi desastre de trabajo. - Sentí toda su ironía a flor de piel.

Naharien tiene a su peor alumna a su lado – le dije, en modo de reclamo. Ella se alteró.

¡No es cierto! ¡Ella es muy buena, majestad!- afirmó, en mi defensa. Yo seguía mirando a Thranduil y él a mí, con una leve sonrisa en sus labios.

Tiendes a ser benevolente con quienes no conoces. Qué irónico- le dijo a la joven. Ella se retiró y yo fui hacia Legolas.

¿Por qué habla tan familiarmente con tu padre?- le pregunté, suspicaz.

¿Te incomoda? - dijo él, caminando más lento, pues yo no le podía seguir el paso.

-No- mentí. - Solo que...

Ella me ayudó a cuidarlo cuando te fuiste. Ahí nos enamoramos. Solía hablar mucho con ella.

Entiendo.

Legolas me miró con una sonrisa velada, para luego irse. Y yo solo me pregunté por qué hice eso. Me puse a practicar yo sola lo que el Rey me había enseñado, dejando mi horrendo bordado a un lado. Alejé a mis damas y seguía moviéndome, a pesar del dolor. Ya parecía hacerlo mejor. Tenía confianza. Hasta que sentí que algo me empujaba y me dejaba de cuclillas.

¡Creí que estabas con tus consejeros! -le grité, pues a veces él me dejaba sola y cuando yo no iba, él me mandaba a llamar.

Ya estás bien- me dijo, por toda respuesta.

Claro que no...- le dije, tratando de levantarme, pero no podía. ¡No podía!. Luchaba, pero no podía.

Qué fue lo que me hiciste- le pregunté, furiosa. Porque sentía lo mismo que cuando estaba hecha pedazos.

Solo fue un poco de peso. Lo sentirás en tu cuerpo.

Yo me revolvía, furiosa, mirándolo, como siempre, con rabia. Él seguía indemne.

-Ahora párate- me dijo, y vi que a los curanderos ni a las damas los dejaba pasar de la puerta. No sabía si se complacía en verme sufrir o en recrear el enorme dolor que recibí al ser torturada. Quizás era eso, porque seguía sentado, de negro, con su armadura, sin decirme nada ante mis gemidos o alaridos al tratar de ponerme de rodillas.

¿De qué se trata esto? - le pregunté, sudando otra vez. -Dime.

Trata de levantarte. Progresaste. Deberías hacerlo- me dijo, señalándome, serio.

No puedo hacerlo, es muy pronto- le dije, furiosa.

Sí puedes. Es el peso que cargabas cuando te fuiste. Con eso peleabas. Levántate.

Yo traté y traté, pero el dolor seguía incrementándose, como si por cada esfuerzo volviese todo el horror a mi cuerpo. Grité y grité, llorando de rabia. Hasta que di un puño contra el piso, que también me lastimó.

-Déjame irme- le rogué.

Él no respondió.

-¡Déjame irme! - le grité.

Solo me miraba.

-¡Déjame irme, maldita sea!

Comencé a gritar y a maldecir, mientras me retorcía. Él se paró y me miró, sin decirme nada.

-Ahora comienza a insultarme. Eso es lo siguiente en la lista- me dijo, como si supiese exactamente lo que hacía.

-Creo que todo lo que te diga no te importará o te lo han dicho ya.- le dije, llorando.

-Sabía que eras muy lista para notarlo. - dijo él, agachándose.

-Maldito- espeté y él sonrió.

-Lo siento. Ese ya estaba ocupado.

Yo me enfurecí más porque se rió y comencé con toda una sarta de sandeces. "Cruel sempiterno cabeza hueca, rey elfo torturador, maldito imbécil de los mil demonios". Pero él seguía sonriendo. Luego se puso serio otra vez.

-¿Terminaste?

Yo solo lloraba, tratando de levantarme, y gritando en mi propia furia.

-Legolas correría en seguida a auxiliarte. Así como trató de hacerlo conmigo. Al igual que Üril, a quien obligué a hacerme esto - dijo él, parado a mi lado. - Pero yo no permití a absolutamente nadie acercarse a mí. Ycuando comencé a maldecir, no lo hicieron. No me ayudaron porque yo lo ordené- recordó, viéndose gritar, con un alarido que espantó a las aves. Le gritaba a Legolas "¡No te acerques!" "Es una orden".

-El dolor es solo nuestro. Solo nosotros podremos vencerlo. No pertenece a nadie más...- me susurró, agachándose. Pero en vez de motivarme, parecía dispuesto a dar una batalla dialéctica conmigo.

-Pero siempre hay alguien que puede ayudarnos, con quien podemos compartir nuestras alegrías... y tristezas- le respondí, empecinada en mi posición. - Siempre hay alguien...

Él negó con la cabeza.

-Que puede morir o que puede irse- insistió. - Por eso solo te tienes a tí mismo, tratando de levantarte en medio de las espinas. Es eso o morir- afirmó, como si fuese su verdad y la de todo nuestro mundo. - Sigue- insistió.

Pero no estamos solos. No lo estamos. A veces no podemos estarlo. No lo estamos...- insistí, con los ojos cegados por las lágrimas, mientras trataba de que mi cuerpo se acomodara y sostuviese mi peso. Seguí convencida de eso, hasta que mi dolor se trocó en ira hacia él. Otra vez.

-Por eso le dijiste a Legolas que se fuera...

-Así es- admitió. - ¿Hubo alguien a tu lado cuando espiaste en contra de Angmar? ¿Cuando mataste a tanta inmundicia?

-Sucumbí a la soledad- le respondí, para luego gritar. - Casi enloquezco. Estaría muerta de estar sola. Tu me ayudaste... tú...

No te he ayudado a moverte, no puedo hacer eso por tí- insistió, sin querer escucharme. - Hazlo.

Yo seguía llorando, y oía murmurar aterrorizadas a mis damas de compañía.

-No te levantaré. Te quedarás ahí, como antes- insistió, impasible, como si él hubiese sido uno de mis torturadores. Él sabía que la sensación del suelo frío me aterrorizaba. Que me aterrorizaba estar así.

-No tendrás tanta crueldad en tu cabeza...- le dije, tratando de levantarme, con todo el dolor posible.

Tal vez sí- admitió, sin querer mirarme.

Yo seguí insistiendo, hasta que él se fue. No dejó entrar a nadie. Pasaron tres días. Yo grité hasta que lo conseguí, con todo el dolor de mi alma y sentí de repente, cómo todo volvía a su lugar y el dolor reemplazaba a la calma hasta que se fue. Caminé a rastras, quitándome las vendas y apartando a mis damas y a los demás servidores. Legolas empujó a todos y me recibió ya mareada. Enfrentó a su padre, una vez más.

-¡Casi la matas!

-Yo duré tres semanas así. Bien por ella- dijo, sin alterarse ni disculparse. Yo caí rendida.

Una semana después, lo primero que él sintió, en el salón de las espadas, fue mi daga. Dejó su copa.

-De nada.

Yo lo miré asintiendo.

-Admite que te encantó verme sufrir y no estaré tan molesta, después de todo.

-Lo admito.

-Gracias- le dije, dejándole el pañuelo que bordé en el piso.

-Úsalo para limpiarte. O algo.

Oí una carcajada. Y él varios gritos de alegría y resoplidos de flechas. Se sirvió otra copa. Nos observó a mí y a Legolas, pelear uno a uno. Podía vencerme, pero iba mejorando en técnica. Me sentía invencible de nuevo. Lo miré, sonriente, para luego ser sorprendida por Legolas.

Ya en la guardia, de nuevo, podía estar más al pendiente de lo que pasaba. Sandor me caía tan bien que me partía el corazón lo que su propio Príncipe le hacía. Yo practicaba incansablemente, con todos ellos, a los que les volvía a enseñar trucos. Vivíamos de nuevo entre los árboles. Di con un nido de arañas al que maté, como si fuese la primera vez que lo hacía, con Orleth. Me sentía viva de nuevo. Útil. Y me quedé con el uniforme de la guardia.

-Es bueno tenerla otra vez, señora. Entre nosotros- dijo Sandor, dándole una manzana a Legolas. Este me la dio a mí.

-Fue gracias al Rey. - dije, comiendo, salvajemente. - Él se empecinó en ayudarme. Pagó su deuda de gratitud con creces.

-De hecho, no lo hizo así por nadie- insistió Legolas. Mañana volvemos otra vez. Se celebra el día de su nacimiento- suspiró.

-No tengo nada para regalarle- dije, contrariada.

-Ya le regalaste el pañuelo. Se ha divertido mucho con él.

-¿Esa porquería? -dije y los tres reímos. Legolas y yo nos quedamos despiertos, viendo el Bosque y la luna menguante. Yo le enseñaba, en secreto, lengua negra. Quería aprenderla.

-Tienes que decirle. ¡Se van a casar en otoño! ¡Y ustedes siguen como dos tórtolas suicidas, chocando una contra la otra! Algún día todo esto terminará mal.

-No me atrevo. No sé por qué no puedo. No sé por qué no puedo.

-No lo diré por tí.

Él asintió, recostándose sobre mi hombro. Vio un rizo molestándolo, pues mi cabello ya estaba sobre mi nuca.

-Ya vuelves a ser la de antes.

-No cambies de tema- lo regañé.

-Está bien...

-Sí, soy la de antes.

-¿No que no cambiase de tema?

-No, ahora vuelve al tema.

Él suspiró, irritado por mis contradicciones, para luego reír.

-Hace tanto no reía. Me alegra que estés conmigo de nuevo- me dijo, sonriéndome. Yo le sonreí también.

-Lo sé, niño. A mí igual. Ahora, hazlo. Por favor.

Nos devolvimos, relevando al otro turno. Me presenté en el Salón del Rey, pero pronto me vi atrapada por un montón de manos femeninas que decían "pero qué fea/sucia/desaliñada/apestosa está". Tenía, de nuevo, el vestido de Reina Viuda.

-Viejo amigo...- dije, suspirando resignada.

Bajé, peinada como hacía mucho tiempo no estaba. Tenía cabello, otra vez. Hasta el cuello, pero lo tenía, y salía profuso, otra vez. Oía jolgorio y algarabía. Vi a Thranduil de negro y plata, en medio de los aplausos. Yo aplaudí, confusa, esperando a Legolas, hasta que vi un anillo turquesa y una mano larga al frente mío. Yo hice una reverencia, de inmediato.

-Felicidades- le dije, apenada.

Gracias. Aparte de eso quería saber si te ofrecías a bailar conmigo la primera pieza. - dijo, altivo, con su corona de ramas y flores. Legolas no venía y mi dama principal tampoco (oh, no, no, no otra vez) , por lo que acepté, sin opción y tomé de gancho a mi compañero.

-No sé bailar- le dije suavemente.

-¿Jamás bailaste con Gil-Galad?- me preguntó, guiándome, fluidamente, al ritmo de la flauta y el arpa.

Una vez me dijo que le dolían menos las dagas orcas que los pisotones que tenía que aguantar en público gracias a mi torpeza.

-Fino detalle- respondió Thranduil, sonriendo. - Yo sonreí levemente.

Hermoso. Así que si te piso... no es nada personal- dije, para sorprenderme cuando él me tomó de la cintura y me alzó. Cambiamos de pareja, para luego volver.

Vas bien.

Es como combatir- afirmé, orgullosa de mi pericia.

Solo que no tienes que torcer cuellos, decapitar o hundir dagas. Pero sí, es parecido- se burló.

Yo sonreí, encantada por el chiste.

Bueno, ahora puedes bailar con todas las hermosas damas de tu reino- dije, mirando a todas las hermosas elfas de la corte.

Así lo hizo, pero se cansó pronto. Yo no fui invitada por nadie más, solo por Legolas, que llegó de repente (vi a Naharien llegar por otro lado, para abrazar a Sandor). La hermana de Naharien nos observaba, tal y como ella. En sus miradas vi otra cosa. ¡Ellas dos creían que yo...!

-Creí que era una, no dos.

-¿Qué?- me preguntó él, de blanco.

-Mira cómo nos mira su hermana. También le gustas- insistí yo. Él miró a Nimrodel y esta se turbó. Yo suspiré, molesta.

-Ya sé lo que me dirás, lo arreglaré, no pasará de verano. ¿Está bien?- dijo él, molesto.

-Sandor me cae bien.

-Y a mí, lo que lo hace peor.

No pudimos hablar más, pues Thranduil se interpuso entre nosotros.

-Parece que con Legolas progresas. ¿Me la permitirías?- le preguntó a su hijo. Este sonrió e invitó a Nimrodel, a la que vi que expresó mucha alegría. Yo seguía siendo igual de torpe.

-No deberías hacer más el ridículo conmigo- bromeé. -¡Tienes a jóvenes más bellas y diestras que yo aquí!

Al bailar se deben mover los pies. No la boca.- respondió, sin mirarme, para después hacerlo, burlón.

Yo te... agradezco por permitirme hacer esto. Dime cuándo debo partir de nuevo a Rivendel y lo haré. Pero antes quiero pagártelo.

-Entonces, quédate. Tus consejos y tu espada me serán un buen apoyo. Por ahora- insistió, para darme la vuelta. Yo lo hice, con pequeños pasitos idiotas. Veía los rostros burlones y lo aparté.

-No soy buena en esto.

-Tienes tiempo para aprender.- me dijo. Me ofreció su gancho para irnos a la cena. Hasta que nos quedamos los dos.

-Bueno, es hora de dormir- le dije, haciendo el ademán de levantarme. Él me miró escéptico.

-No, de hecho quería hablar de lo que hablamos en el baile. Y de algo más.

¿De que te volví a insultar?

Él sonrió.

No sabes ni la mitad en ese terreno- insistió, comiéndose una uva. - Muy a tu pesar, sigues siendo una niña con corona.

Yo me sorprendí por la confesión y abrí la boca, sin saber si me ofendía o me reía. Hice las dos cosas.

Ya no tengo esa corona. Hace mucho me la quitaron- dije, recordando. - Y quizás por eso fue que la dejé.

-Habrías sido buena gobernante.- dijo él, sonriendo con menos intensidad.

Yo negué con la cabeza.

-Por eso murió mi hijo.- insistí, tomando otro montón de vino.

-Además, sería una niña con corona, como bien lo dices- afirmé, devolviéndole el golpe. Él suspiró.

-No, no lo serías. Pero en muchas cosas seguirías siéndolo. Como ahora.

-Recibo todas las críticas- dije, tomando otra uva, indiferentemente. - Bueno, después de que me devolviste lo que yo era...- dije, alzando los hombros.

-Lo hiciste tú. A mí me tocó solo. Debía pagar la deuda por lo de Legolas, como te dije.

Yo lo miré a los ojos, con una uva en mi dedo.

-¿Tan excesivamente?

Él sonrió, asintiendo. Me sirvió vino y yo a él. Bebimos. Yo no me atrevía a decirle nada porque no quería darle paso a lo que estaba ocurriendo en mi cabeza. Y él tampoco me decía nada. Me iba a perder, ya embebida, en su mirada (¡yo, que sobria no lo haría ni lo pensaría!) Hasta que yo tomé su mano, interesada por su anillo. Era muy bonito.

- Ojalá yo tuviese piezas así, pero las boté casi todas. Mi hija fue prudente al conservar algunas. Él se acercó y se lo quitó, para mostrármelo. Acercó su silla a la mía.

-Lo conservó mi padre desde Aman. Imagina las joyas que se hacen en Valinor o se hacían, antes de las matanzas iniciadas por Fëanor. Por eso las que conservo son mis mejores recuerdos. Aunque destruí todas las que pertenecían a Neldaniel.- acotó, con tristeza. - Tengo también una hecha por tu padre.

No pregunté, porque él me llevó a seguirlo. De un arcón sacó un fabuloso collar con piedras tornasoladas engarzadas. Yo me tapé la boca. Él tomó mi mano y la puso en las piedras, que parecían de todos los colores.

-Lo hizo para mi madre- dijo él, que vio cómo quité mi mano rápidamente. Es el más bello de todos y por eso lo conservo con tanto celo.

Sonreí y me reí, levemente. Me parecía curioso que un rey dedicase su pasión a coleccionar cosas que para mí no valían nada. Pero que a la hora de observarlas, quitaban el aliento. Por eso ,cuando me preguntó, le respondí lo mismo. Claro, con otras palabras.

-Son tal vez... recuerdos. Sí, eso son. Tesoros. Pero más que eso, cada una tiene un valor- afirmó, convencido. Como tus joyas y tu collar hecho por tu padre.- me recordó.

Caminábamos a la luz de la luna, que clareaba los árboles. Yo tomé una pequeña flor silvestre y se la di.

-No soy mi padre, pero creo que te puedo dar esto. Feliz Cumpleaños- le dije. Él sonrió y asintió.

-Gracias.

Yo sonreí otra vez y seguía tocando los árboles y las flores. Tocaba todas las raíces, los pequeños nacimientos de flores. Veía detenidamente a las mariposas. Llegamos a la tumba de Neldaniel y él puso mi flor encima. Yo sonreí, mientras suspiraba.

-La extraño.

-Ella hubiese decapitado a quienes te torturaron. No yo- insistió Thranduil.

-Los habría matado a todos. Y me habría regañado durante tres siglos por lo que pasó. - apunté.

Él sonrió, asintiendo. Conocía a su esposa. Y yo también. Nada de esto habría pasado si ella hubiese seguido viviendo.

-No lo dudes.- afirmó. Me dio el pañuelo que bordé.

-¿Todavía conservas esta tontería?- le pregunté, mirándolo con ternura. - Mi hija a sus tres años bordaba mejor que yo.

-Merece un uso mejor que limpiar los pisos. Me da gran pena- dijo, observándolo. Lo colocó en la tumba y yo le sonreí.

Es el lugar donde todo tiene más valor- afirmó. - Lo otro es secundario. Aunque te admito que no daría ni una sola de mis joyas. Me costó mucho trabajo reunirlas.

Yo no dije nada.

Puedes burlarte otra vez, si quieres.

-No me burlo- insistí. -Solo que jamás había vuelto a ver a alguien que conservase tales pasiones. Me sorprende, porque hace mucho que perdí las mías. O las que son de ese tipo, por lo menos.

Él me miró serio, para luego tomar mi mano. Pero esta vez no era una mano de guianza o una de amistad. Era otra cosa. Yo no le dije nada. Quizás estaba tan ebria que solo me dejaba llevar. Volvimos al salón de las espadas. Tomé una y él tomó otra, bruñida por elfos. La miraba en su belleza y su filo suave y cortante.

¿Tuviste algunas alguna vez?- me preguntó. Yo negué con la cabeza.

Usar la espada. Es pobre, lo sé. Pero era mía. Es mía. Espero que sea mía.- le confesé.

-Será tuya. Pero esta vez estaremos en igualdad de condiciones- me insinuó, refiriéndose a mi tortuosa curación.

Te cobraré por haberme hecho sufrir- le dije. Él no dudó en atacarme y luchamos fieramente. Hasta que él se despidió de mí.

Buenas noches. - me dijo, con una reverencia. Yo solo podía pensar en lo que acababa de pasar. Realmente me gustaba estar a su lado y no podía admitir que adoraba cuando era tan cortante. Que me gustaba desafiarlo y que me hablase como un amigo o un duro maestro. No, no era posible. Yo no podía volver a sentir lo mismo otra vez. Tiré la espada, por ingenua. Teníamos a Gil-Galad y a Neldaniel. Muertos, pero presentes. Volví a la guardia hasta que Legolas llegó con él, alterado. Estaba malherido.

-Fue personalmente a ver cómo estaba la guardia del norte. Fue una emboscada. Lo hirieron. Ayúdame- me pidió, alterado. Yo lo tranquilicé y al día siguiente, dormía. Lo habían herido en el brazo.

-Nunca se acaba...¿verdad?- me preguntó, entre sueños. Yo negué con la cabeza.

-Esto fue lo que elegimos.

Él suspiró, mirando el día clarear. Los pájaros.

Lloré mucho por ella, como tú por Gil- Galad. Fue un largo invierno de tres siglos. Largo.- insistió, en esa palabra.

-Pero elegiste no sucumbir.

-No podía dejar a Legolas. Pero a veces... siento que estoy más solo de lo que puedo llegar a imaginar en toda su vastedad...

Yo cambié su agua y asentí.

Pero quizás no hay otro que entienda todos los caminos que atraviesa nuestro corazón y por eso solo podemos entenderlos nosotros. Y solo nosotros sabemos cuando nuestras cargas se acaban.

No siempre...

Eso fue lo que me dijiste cuando me curaste, ¿recuerdas? -dije, mientras me recogía el cabello con una coleta.

Hay dolores que no se pueden superar solos. Y hay cosas contra las que no podemos luchar.

-¿Como qué?- pregunté, mirándolo a los ojos. Ya era tan obvio.

Él alzó su mano y la puso en mi rostro. Yo respiré levemente y la tomé con mi mano.

-Están muy frías.

Tuvieron que pasar tres siglos para entenderlo. Y lo entendí definitivamente cuando me dieron...

Se refería al collar. A mi collar. El que le dieron cuando me torturaron. Había sentido eso todo este tiempo. Durante casi una década.

-¿Aún cuando me viste hecha trizas?

-Desde mucho antes- respondió. Yo tomé su mano y la comparé con la mía. Era más larga. Apreté los labios, diciéndole la inevitable verdad.

-Yo no soy tu esposa.

-Lo sé. Y yo tampoco soy el Rey Gil-Galad.

-Lo sé- le respondí con un hilo de voz, y besé su mano suavemente, con muchas dudas sobre mí, sobre todo. Pero me sentía feliz y abrumada. Él se levantó y me besó. Yo le correspondí, tocando su rostro y su cabello, como si nunca antes hubiese besado a nadie. Juré que se me había olvidado. Pero él no quería despegarse de mí ni yo de él. Lo abracé y él a mí. Volví a tomar su mano otra vez y cerré los ojos, mientras su otra mano recorría mi cara. Volví a besarlo y a estrujarlo. Él entendió. Y solo sentí cuando me acostó en su lecho suavemente y luego su peso y sus brazos. Y me perdí en él, sencillamente. En el dolor y el placer. En nuestras caricias. En nuestros besos y nuestra piel. Y en nuestros suspiros y nuestros fuertes abrazos. Él queriendo poseer con intensidad un cuerpo que ya era suyo. Y yo, queriendo que lo hiciera. Y eso selló el comienzo de nuestra felicidad y nuestra desgracia.