Simplemente

¿Sientes que a veces estás en un sueño del que no deseas despertar nunca porque es tan placentero que podrías morir si lo abandonas? Que en medio de tu placebo, tu felicidad es delirante y no tiene principio ni fin, ni pasado ni futuro. Solo un presente. Eso me pasó cuando comencé a amar a Thranduil. Solo él pensó en mí como una mujer que deseaba y que como muchas a través de las edades, buscaba solo ser amada y tener esa primaria, muy primaria, pero agradable sensación de pertenecer a alguien. De ser poseída por alguien. De ser correspondida en cuerpo y en alma, de amar sin pensar nunca jamás en pasados ni futuros. De ser acariciada, tocada, una dueña y una esclava. De ser un objeto de deseo, de ser una amante. No ser querida como una madre o un recuerdo inalcanzable.

Porque eso me pasó luego de que murió Gil- Galad. Se acabó todo eso para mí. En los siglos siguientes fui una reina viuda, una madre, una abuela y una proscrita. O una hechicera. Y no niego que muchos llegaron a pensar en mí como algo más allá de eso. Pero jamás hallé afinidad con alguno de ellos tal y como con Thranduil. Quizás nos unimos por nuestra propia oscuridad y desenfrenada obstinación. Por nuestras heridas y nuestra turbulencia. Algo que jamás pude compartir con almas puras y heróicas como Glorfindel u otros elfos hermosos y leales.

Y tampoco con los hombres que me amaron y que sabría que serían solo un suspiro en el tiempo. Quizás pienses que era demasiado cretina y orgullosa para tener a alguien en cuenta. Pero sabía que se horrorizarían de todo lo que pensaba y hacía. Al conocer a alguien como el rey elfo del Bosque Verde de Oriente, sobre todo en su lado más hiriente y perverso, sabía que no estaba muy lejos de mí. Y así como sabía lastimar, sabía amar. Esto nos mató, pero cuando comenzamos era como una visión placentera en medio del desierto de Harad. Un oasis.

Luego de que terminó de poseerme, solo existían nuestras miradas. Solo los dos, porque sabíamos que solo eso existía para nosotros en esos momentos. Los dos. Yo no sé por qué le sonreí y tomé su rostro con mi mano derecha. Quizás porque estaba dichosa de haber paliado mi soledad. Una que sentí durante muchos siglos. Porque no había alma que pudiese entender mis penurias y mis carencias. No pensé en mi ingenuidad, solo en mis titubeos. Pero ya estaba hecho. Hasta que él hizo lo mismo.

Sonrió, sin ironía o malevolencia. Era una sonrisa, una prueba de que sentía lo mismo. Una que le ví antes de irnos a Angmar y luego nunca más. Me sonreía y yo le sonreía porque estaba dichosa de que lo hiciera. Los dos seguíamos respirando fuertemente, impactados por lo que acabábamos de hacer. Toda nuestra energía, la pasión reprimida y supuestamente olvidada de siglos, todo lo que sentíamos y no nos decíamos en nuestros largos silencios.

Me besó de nuevo y yo lo rodeé con mis brazos. Nos miramos y yo besé levemente su boca, para luego besarlo otra vez. Él se recostó sobre mis pechos y abrazó mi vientre, mientras yo acariciaba su cabello sudado. Cerró los ojos y exhaló. Descansábamos, por fin.

Estoy vivo- dijo, acomodándose sobre mí. - Estoy vivo... - repitió, como si eso confirmase su certeza.

Yo no le dije nada. Solo podía pensar en volver de donde había estado. Hacía mucho tiempo no estaba en ese lugar, origen de todos los delirios y los placeres, de la gozosa perdición. Sentí su mano en mi pierna y su beso.

-Estoy vivo gracias a tí.

Y yo a tí- le dije, débilmente.

Se levantó y me escudriñó, pero esta vez no me infundía temor o esa tensión desafiante que siempre me acompañó al verlo. Parecía mirando a una de sus joyas. Miró mi rostro y luego mi cuerpo. Instintivamente, posé mi mano donde me desollaron el hombro. Miré hacia otro lado, con vergüenza. Pero él solo lo besó y ante ese gesto yo solo deseé ser suya una vez más.

-No sé qué estamos haciendo. - le dije suavemente. - Pero no podría vivir ahora si dejásemos de hacerlo alguna vez.- le confesé, con temor, porque jamás había sido amante de nadie. O bueno, sí lo fui. Pero con Gil- Galad tuve a un protector. En este caso, no sabía que me sucedería.

-Lo sé- dijo, tomando mi mano. -No puedo explicarlo con palabras. Pero solo sé que existía desde antes. Incubó en mí como un pensamiento y luego llegó como un torrente que me venció. Fue tu fuerza y tu debilidad. Tu belleza rota. Tu belleza fuerte. Tu silencio y tus palabras y tu...

Con un solo gesto de mi mano pude dejarlo sin palabras. La había puesto en su mejilla. Él sonrió. Y yo a él.

-En serio, tengo miedo...- le confesé, asustada. Él negó con la cabeza.

-Trataré de que no lo tengas.- me dijo, besando mi mano.

Nos dijimos en silencio que por fin habíamos dado paso a nuestros más profundos deseos y que nos sentíamos vivos. Que simplemente era deseo y amor, más deseo que amor en esos momentos. Que terminaríamos en esto por no solo las penas compartidas, también por nuestros odios apagados con cenizas de lástima y con palabras no dichas. Pero ahora solo quería estar a su lado, con todas las dudas rondándonos alrededor de ese lecho.

Ya lejos de su habitación, yo pensaba. Pensaba mucho y trataba de cocinar manzanas cocidas, hasta que me corté.

-Eso no le pasa a menudo- dijo mi joven ayudante, un elfo de cabello castaño claro. Yo levanté las cejas, avergonzada.

-Lo siento.

-Si quiere puedo seguir yo...

-Sí- le dije, sonriendo, para irme, pensativa. Estaba atrapada. Atrapada como una jovencita viviendo su primer amor. La felicidad y la preocupación me invadían y se peleaban por dominarme. Sabía que me podía hacer daño. Que así como me amaba me podía lastimar, que...

Golpeé la pared y Legolas me sorprendió.

-No me digas que mi padre es el causante- me dijo, irritado.

-No...- le dije, distraída. Él lo notó enseguida.

Es algo más.

-No- le dije, recordando cuando su padre se despidió de mí besándome y quitándome los rizos de mi cara.

-Como sea, quiere vernos. Quién sabe para qué. Parece estar de buen humor- me dijo y desde ahí en adelante, sentí todas las palabras de Legolas cargadas de insinuaciones.

-¿En serio?

-Sí. Y eso es raro cuando acaba de matar orcos- dijo, levantando las cejas. Cuando entré en su presencia tiré el cuchillo que no había dejado. Parecía boba. No quería mirarlo.

-Volvemos. Preparen todo, entre los dos.

-Majestad, me lo dijo usted a mí.- insistió Legolas.

-Lo sé, pero quiero hablar con ella en privado- dijo, sin mirarlo. Legolas me miró a mí y yo me sentía atrapada en falta.

Enviaré a Hindur a ayudarte.

Sí, yo le diré- me dijo, mirando luego a su padre, para irse.

Yo suspiré, como si me fueran a ejecutar.

-Él sabe- le dije, tomando mi cuchillo del piso. Él tomó mi mano de nuevo.

-Lo sabrá cuando tenga que saberlo. ¿Y esto?- dijo, examinando mi cortada.

-Me distraje- le dije, todavía incómoda. Él lo notó de inmediato y asintió, comprendiendo que sus palabras no me bastaban.

Piensas en ellos, lo sé. -dijo, adivinándolo al instante. En quienes nos amaron. Neldaniel, Gil- Galad. A los que prometimos fidelidad para siempre.

-En nuestras promesas.- afirmé, acariciando su rostro, y con gesto grave.

-Sí, las hicimos. Pero tú misma lo dijiste: no hay vuelta atrás.- respondió, acercándose a mí.

Yo me enfrentaba, de nuevo, al enigma que él representó muchas veces para mí.

¿Cómo puedes estar seguro de eso?- le pregunté, sorprendida.

Él seguía mirándome fijamente.

-Porque podrías irte ahora, cegada por la culpa. Y no lo hiciste.

-No puedo- le respondí, mirándolo a los ojos. Ya no puedo. Porque quizás también despertaste en mí algo que enterré profundamente. Y es todo lo que te diré. Por ahora- le dije, con miedo.

-Es suficiente con eso. Suficiente para mí.

-¿Viviremos de momentos de debilidad para siempre?- le pregunté, preocupada. Él me dio un beso en la frente, negando con la cabeza.

-Esto no fue por la debilidad.

-No te creo – le dije, abrazándolo, para luego volver a su lecho de manera sinuosa y aparentemente desprevenida.

Pude notar, ya al detalle, su perfecta desnudez. Su torso fuerte, pero delgado y sus largas piernas. Sus brazos fuertes y largos. Su cabello, mojado, estaba ladeado y cubría mi pelvis. La besó, largamente. Luego a uno de mis pechos. Tocó el otro suavemente e hizo lo mismo, hasta recostarse a mi lado y besarme. Yo solo tomé su miembro, sinuosamente, mientras nos mirábamos a los ojos lujuriosamente y le correspondí. Besé su cuello, hasta que me recosté encima de su torso, como un gato, para no querer desasirme de él jamás.

Y desde ahí nos sumergimos en un pantano de delirio y ensimismamiento. De vuelta a los aposentos del rey, me encontré una pequeña flor en mi cama. Cada día me dejaba una. Yo sonreía y las guardaba. .

Pasaron dos meses antes de que nos volviésemos a encontrar, porque andábamos ocupados. Pero no aguanté. Yo misma fui a buscarlo, como si fuese una droga que necesitaba con ansía. Él me miraba descaradamente, mientras leía sus cartas (no permitió nunca que yo lo hiciera, a diferencia de Gil- Galad). Yo dormitaba entre las sábanas revueltas y me enredé, felinamente. Retiré el cabello de mi cara infructuosamente y él sonrió, divertido.

-Creí que jamás volvería a sentir esto- dije, mirando hacia arriba y luego a él. - Lo había enterrado todo y quise hacerlo en el olvido. Nadie volvió a verme como una mujer... luego de que murió Gil- Galad. Luego fui demasiado oscura e inalcanzable para muchos. Y sabía que todo intento sería en vano.

Él me miró a través de los pergaminos.

-Yo te ví.- respondió.

Yo lo miré intrigada. Prácticamente me decía que desde antes sentía muchas cosas por mí. Él dejó los papeles a un lado.

-Desde mucho antes de que te torturasen. Incluso antes de Neldaniel.

-Explícame eso- le pregunté, sorprendida. Él se sentó a mi lado, mientras ordenaba mi pelo. Me acomodó en su regazo y eso me gustó. Esa calidez que no volví a sentir en milenios. Que alguien me amara, me acunara y me deseara.

Pensé en tomar tu mano antes que la de tu hija, pero era demasiado pronto. Siempre lo fue- me confesó. - Lo hubiera hecho, pero estaba tu hijo.

Yo lo miré pensativa, porque Gil- Galeth lo odiaba. Lo odiaba desde el desaire que le hizo cuando se proclamó Rey. Y por eso jamás permitió que su hermana se casase con él. Pero no sabía que me había querido a mí. ¿Es decir que aceptó mi propuesta porque ella se me parecía?

¿La habrías amado a ella, o a mí?- le pregunté, sinceramente.

-A tí. Menos mal nunca se dieron las cosas- me confesó. - Pensé en tí mucho después, pero murió tu hijo. Y tu dejaste a tu hija irse al mar.

Me lo hubieses dicho antes. Aunque no habrías querido a una viuda con dos hijos y una nieta.

-Me lo dijeron, pero aún así la quería- dijo, tomando mi mano. Y por esas cosas es que yo moría por él. Porque podía descansar en él. Yo lo jalé a la cama y él exclamó, para luego reírse.

-¡No hagas eso!- me dijo, y yo lo cubrí de besos, mientras él se seguía riendo. Nos quedamos en silencio.

- Aunque hubiese sido divertido y refrescante ver a tu hijo rabiar con mi propuesta.

Yo bufé estupefacta ante tremenda confesión, acompañada, como siempre, de un dejo de macabro humor. Luego comencé a reírme.

-¿Te hubieses imaginado la cara del pobre Gil- Galeth?- le pregunté, riéndome. Él me sonrió, malévolamente.

-Pregúntame algo menos obvio.

Yo me reí otra vez.

-¡Habría querido encerrarme en una torre! - le dije en voz baja, para seguirme riendo.

- Y tú habrías escapado en su cara- dijo, sonriéndome y riéndose para sus adentros. Hasta que me miró fijamente.

-Pero, ¿habrías dicho que sí?- me preguntó, mientras acomodaba mi pelo. Yo admití que en ese momento no lo habría hecho. Pero luego tal vez...

-Con el tiempo, sí.- le respondí sinceramente. - Pero no creía que luego de lo que me pasó quedara alguien quien pudiese pensar en mí así. Enterré todo eso, por el dolor.

-Pero esa es nuestra ventaja: el tiempo- replicó. -Pudimos perderlo mucho. Pero eso ya no existe ahora.- afirmó, pensando en todo lo que perdimos y podríamos recuperar. Y era también por eso que estábamos juntos.

Le conté cuánto me dolió haber dejado a mi hija, pero si me iba, seguramente habría cruzado el mar de regreso o me habría tirado. Cuán sola y perdida estuve durante siglos. Cuán desesperanzada. El vacío que sentí cuando partió Gil- Galad. Y luego lo que pasó cuando murió Gil- Galeth. Los crímenes que cometí, todos. Cómo venían a veces a mi mente los hombres que maté por defenderme. Mi sevicia. Todo. Pero él suspiró.

-Pero no está en tu conciencia matar a tus hermanos. Eso es mucho peor- afirmó, recordando lúgubremente, mientras tomaba una copa para servirse, pero yo lo hice por él. Sirvió otra para mí.

-¿Mataste a elfos?

Él asintió, con un gesto rápido. Tomó mi mano, mirando hacia otro lado, como cuando quería evadirse de su propio dolor. Pero yo tomé su rostro.

-Si tú quieres...

Sus ojos brillaron repentinamente, como si liberasen una descarga de pensamientos sobre mí. Pero yo seguía insistiendo.

-Fue en lo que llamaron "La Matanza de los Hermanos". Yo era muy joven, no tenía un siglo. Pero seguí a Fëanor porque mi padre y mi madre lo siguieron. En Alqualondë... en las playas, en la ciudad que sitiamos. Maté a muchos Teleri. Maté a los que se opusieron, atravesé mi espada contra ellos, como lo hizo mi padre. Luego lo hice contra los sirvientes de tu casa, de los hijos de Fëanor. Hasta que ya lo perdimos todo. No hubo nada más para nosotros. Pero recuerdo sus ojos. Su expresión de odio o de sorpresa. Mi ferocidad, mi...

-Sevicia...- le dije lentamente. Conocía muy bien la sensación de matar por odio, con furia y con saña. Encarnizadamente clavar una espada o cortar una cabeza. Derramar sangre por el placer de hacerlo.

-Estériles victorias, pero las heridas se acumulan. La culpa. Lo que...

No pudo decir más, porque yo acerqué mi frente a la suya. Él cerró sus ojos, cansadamente, con un rictus inconmensurable de tristeza. Lo abracé lentamente y se recostó en mi cuello. Retiré su bata lentamente y lo acosté yo misma. Él tomó mi mano y yo me acomodé a su lado. Dormí a su lado, mientras besaba sus brazos. No nos decíamos nada más.

Me hablaba de cómo construía el reino y me mostraba toda la belleza de sus aposentos y de nuestro pueblo. Estaba orgulloso de eso. Caminábamos por todos los pasadizos. Él me enseñaba muy pacientemente. Me robaba besos cuando no sabía que nos veían. Pero él y yo sabíamos que lo hacían. Porque nos amábamos, sí, pero nos deseábamos más.

Pensábamos en ello, como si nos hubiésemos perdido de mucho (para mí sí lo era), durante años, como si hubiésemos estado hambrientos durante siglos. En sus aposentos me vi bañada por las lámparas élficas, con los ojos cerrados y solo sus sábanas. Sentí su beso en mis sienes. En el bosque solo sus manos y a nuestros cuerpos en medio de las hojas. Yo le dije que no quería que dijera nada por ahora, y él estuvo de acuerdo. Vivíamos mejor así, pero a medida que pasaba el tiempo éramos más obvios, descuidados y descarados. Pero él parecía más alegre y festivo y brindó por el reino en medio de su cena. Yo me extrañaba que nadie me hiciese un mínimo gesto o una actitud que indicara que sospechaba de lo nuestro. Yo no podía dormir y no lo busqué. Entonces, en la mañana, fui a golpearle, hasta que él mismo me jaló.

-Te esperé- me dijo.

-Mis tareas. - le dije, y él me abrazó, para luego mirarme detenidamente.

-¿Qué?- le pregunté levantando las cejas.

-Nada.

Bufé, y cerré la puerta, como una jovencita irresponsable. Tomé su rostro y nos besamos de nuevo para irnos al lecho revuelto, abrazados. Creo que la mayor parte del tiempo luchábamos, hasta que yo me rendía a propósito y me refugiaba en él. Esta vez él lo hizo conmigo y se dejó seducir. No puedo usar otra palabra para eso. Él me sedujo y yo a él. Parecía que no hubiesen pasado los siglos por nosotros. Supe que ya no estaba conmigo, por lo menos de alma, cuando exhaló, cerrando los ojos y apretó sus brazos con temblorosa fuerza sobre mi espalda. Posó su rostro sobre mi pecho y yo me seguía moviendo y gimiendo en silencio, mucho después. Besé su cabello y tomé su rostro. Y conmigo encima, me abrazó y se tendió en su almohada, exhalando exhausto. Yo lo seguí, con un rictus de cansancio y ensoñación en mi rostro.

-No hay vuelta atrás- le dije acomodándome y recuperándome, mientras él ponía su largo brazo sobre mi vientre. - No la hay- jadeé, pensando en que no podíamos separarnos a pesar de nosotros mismos.

-Así es...- dijo, cansado y ordenando mi pelo, para besarlo. Se volvió a quedar pegado en su cara. Nos reímos. Parecíamos dos niños explorando dos cuerpos desconocidos, en medio de la nada, con solo la curiosidad y la pasión como herramientas.

Nos quedamos abrazados, hasta que me levanté de nuevo, despeinada. Él se echó a reír. Yo lo silencié.

-Casi no puedo gritar por temor a que nos descubrieran. Calla- le dije en voz baja. Él me sonrió.

-Ya puedes hacerlo todo lo que quieras.- afirmó, descaradamente.

Le pegué suavemente en el brazo, para luego darle un pequeño beso. Él me observaba.

-Creo que eres muy extraña- dijo, sonriéndose.

-Vaya, un poeta élfico no lo diría mejor para expresar su amor- dije, vistiéndome.

Y por eso, encantadora- acotó, pero yo lo miré escéptica. Él sonrió.

Debo enseñarte algo esta noche.- me dijo. Yo le robé un beso.

-Está bien.

Salí a tientas, hasta que me tropecé con alguien. Era Legolas, que iba en dirección al oeste. Hacia los aposentos de mis damas... nos miramos sorprendidos, atrapados en nuestro propio juego.

-¿Desde cuándo?- me preguntó, aterrado.

Meses. Comenzó en el norte.

Él asintió, tratando de asimilarlo todo. Yo no sabía qué hacer, estaba su madre, yo había sido alguien a quien admiraba...

-¿En realidad sientes algo por él?- me preguntó, extrañado y dolido.

Yo asentí con la cabeza.

-Yo lo...

No pudimos decir nada, porque él mismo salio, ruidosamente. Legolas se ocultó.

-¿Dónde estás? Espero que no te hayas ido. Bien, ahora tendré que buscarte y ... aquí estás. ¿No tenías prisa?- me preguntó, abrazándome. Yo le negué con la cabeza.

-Sabes que a veces no quiero devolverme.- le dije. Él sonrió, para alzarme y besarme.

-Eso era todo lo que quería hacer.

Yo le sonreí, feliz, y lo abracé fuertemente, para luego cubrirlo de besos. Él se rió y me abrazó.

Cómo poder irme cuando me dices algo así.

Tengo todo el tiempo del mundo para sorprenderte.- me respondió, con suficiencia.

-¿Y yo?

Adelante- me dijo. Yo pensé, malvadamente, en mostrarle a Legolas, pero preferí darle un largo y suave beso.

-Ahora tengo que irme.

-Y yo. Esperaré con ansías la noche- me dijo. Yo le sonreí, para luego dejar de hacerlo ante Legolas, que miraba todo extrañado.

En verdad sientes algo por él.

Yo asentí, admitiéndolo, con mi mano en mi cuello. Sí, sentía todo por él. Estaba realmente encantada, deslumbrada, feliz de que me amara alguien que era como un soplo fuerte de aire frío e hiriente. Pero que era tan bello bajo un exterior amargo y majestuoso. Descubrí que desde que lo salvé lo quise. O desde mucho antes. No lo sé. Pero cuando lo retiré del fuego calcinador supe que lo quería para mí. Desde que cuidé de él lo quería. Eso se lo dije a su hijo, luego de que lo admití.

-Lo siento. Esto no ha sido fácil para mí. Con tu padre se me olvida que el resto del mundo está a mi alrededor. Y no sé cómo manejarlo.

-Sí sabes. Y si no supieras, no deberías preocuparte: él estaría de tu lado ante todos nosotros, porque siempre te amó. Bueno, desde hace dos siglos. Hablaba de tí con dolor y luego con admiración y luego se lo guardó todo. Pero temo que ahora que en verdad se aman, se vuelvan a lastimar como cuando te fuiste. Y eso tardará en sanar durante milenios. O no sanará nunca.

Las palabras de Legolas no eran ominosas. Yo también pensaba lo mismo y ese era mi mayor miedo. El día en que dejásemos la ensoñación y pasásemos a vernos solo como dos viejos entes cansados que alguna vez tendrían que chocar por lo que eran al principio.

-Lo amo, pero tengo mucho miedo- le dije, luego de meses de no decírselo a nadie. Él asintió, abrazándome.

Estoy aquí. - me dijo y yo lo abracé, con alivio.

-Y ahora debo ir con Naharien. Me espera.- me dijo, y antes de que me dijera algo, había desaparecido. Yo me quedé confundida. Mucho más. Porque más cosas sucedían. El mundo a nuestro alrededor se tornó silencioso. Yo sospeché de sus maledicencias, de quienes rodeaban al Rey. Pero me alivié de saber que todavía contaba con la seguridad de nuestro secreto. Hasta que una noche, encontré un vestido turquesa en mi cama. Le pregunté a Naharien quién lo envió.

-El Rey, señora- me dijo. Yo suspiré, porque eso significaba que ya no podríamos ocultarlo más.

-Dame otro. El negro- le dije. Ella me lo dio, indicándome con su mirada que lo sabía todo. Pero yo la miré indicándole que yo sabía lo que tenían ella y Legolas.

-No soy nadie para decirte lo que debes hacer. Quizás solo me consideres una extraña. Pero no lo soy para quien amas.

-No, no lo es. - respondió, mirándome con dolor.

Por eso...

Me interrumpió, a punto de explotar.

-Porque él la ama a usted y usted a él. Y son felices. Siempre serán felices.- aclaró y de inmediato pensé en mis besos robados con Thranduil. Las miradas de ella.

La miré abriendo la boca en un terrible gesto de sorpresa. Volteé mi rostro y la miré impactada.

-Tu...

Él quedó destrozado por usted cuando lo salvó. Yo cuidé de él durante mucho tiempo. Lo asistí. Me habló de todo lo que pasó, de cuánto extrañaba a Neldaniel.

Pensé en nuestras conversaciones. No creí que fuesen una mentira. Pero no podía asimilarlo. No creía que...

-¿Legolas?- le pregunté horrorizada.

Fue mi consuelo. Mi refugio. Estar tantos días al lado del que amas y no recibir un solo gesto de su parte me fue desgastando poco a poco. Deseaba que me besara y me tocara como a usted, que hablara de mí como lo hace de usted. Que solo viera por mis ojos como lo hace por los suyos. Pero nunca sucedió. Legolas me ofreció una salida...

-¿Y Sandor?- le pregunté, respirando agitadamente. Me acaba de confesar que prácticamente nos veía, nos oía amarnos.

¿Por qué no le dijiste nada a Sandor?- le pregunté, histérica.

Porque él ha sido el que más me ha amado. Porque no podía hacerle eso... porque – dijo, sollozando. - No importa. Me iré.

-¿A dónde? ¿Al norte, a que te torturen los orcos como a mí? ¿Por qué nunca le dijiste nada a Legolas? Él cree que solo te ama a tí y tu amas a su padre. - dije, aturdida. -Vas a destrozarlo. ¿Por qué nunca le dijiste nada? Ni a él ni a Thranduil...

-Por que él ya la quería a usted. Yo lo siento- dijo, con lágrimas en los ojos, para después salir corriendo. Tiró el vestido turquesa. Yo estaba sentada, sin saber qué decir o qué hacer. De repente había salido de mi mundo de ensueño. Me puse el vestido turquesa, pero estaba muy nerviosa. Miré a Thranduil, vestido de púrpura y oro, pero apenas llegué a su lado, me desmayé.

Desperté y vi a Thranduil mirándome preocupado.

-Üril dice que no ve nada extraño. A menos que...

Yo lo miré a los ojos, sin bajarlos. No, ya no era posible. Hacía más de 1000 años que había tenido a mi última hija. Ya no podía producir nada. Mi vientre estaba seco y tan dañado como el resto de mi cuerpo. Eso fue lo que le dije.

-Siempre hay excepciones.

Mi cuerpo apenas puede soportar mi espíritu. No tengo las fuerzas para dar a luz a una criatura. Ya no- insistí.

Ví su gesto de asentimiento como uno de triste resignación.

-Si tú lo dices...- dijo, para luego mirarme serio.

-Legolas atrapó a Naharien tratando de huir. No hace más que llorar- me dijo, preocupado. Y ahí yo le confesé todo. Incluso, que ella lo amaba.

-¿Por qué no me lo dijiste apenas lo descubriste?- me preguntó, contrariado.

-Porque confiaba en el juicio de Legolas. Pero lo pospuso durante mucho tiempo. Pero no sabía que... ella te amaba a tí.

Él bufó desdeñosamente.

Cómo poder amarla si ya te amaba a tí. Pero tal vez ella podía ser más objeto de mi confianza- me dijo, a forma de reclamo. Yo comencé a crisparme.

-Yo...

-Ahora es demasiado tarde y Legolas sabrá esto. Ahora perderé a mi mejor guardia por culpa de todo esto. Porque creí que nada pasaba a mis espaldas. Pero nunca fue así. Hay secretos que siempre se guardarán y eso no excluye a los que más...

Dio un puño contra la mesa.

-Perdóname- le rogué. - Pero siempre he tenido confianza con Legolas, le juré que...

-¿Más que conmigo? ¿Más que con quien dices amar y adorar?

-No hagas esto...- le rogué. - No así...

Ya no puedo confiar en tí- me dijo, para retirarse. Yo tiré todo y me puse a llorar. Y lo que siguió fue peor, porque en su ira mandó a llamarme. Yo seguía sollozando y vi a Legolas destrozado. A Sandor también. A ella también. A su padre, avergonzado.

¿Ahora qué? ¿Su gran pecado fue guardar mi secreto? ¿Que nadie se enterase de mis penurias? Ponla a verlo todo, para que así sepa "lo que causó", ¿no es cierto, padre?- dijo Legolas con lágrimas en los ojos. Thranduil lo miraba impasible.

Traicionó mi confianza.

Ahora la expulsarás así te carcoma el corazón, porque es lo que haces con todo aquel que se gana tu confianza. Expúlsame a mí. Yo no quiero nada. O quédatela- dijo, mirando a Naharien, que solo lloraba. - Quizás sean felices.

Vi a Thranduil abofetear a su hijo, para tirarlo al suelo. Este iba a responder, pero yo me interpuse.

-No así. No aquí- les dije, resuelta. Legolas trató de moverse.

-NO.- le grité. Él se calmó.

-Todo esto lo causé yo, padre. Ella solo guardó mi secreto porque es mi amiga y mi hermana. No puedes castigarla y menos como sé que lo haces ahora y lo harás. Porque ella preferiría que la desterraras o la mataras a que la dejaras de amar...

Yo lo miré consternada, porque era verdad. Eso ya era verdad y no lo soportaría.

-Y por lo menos deseo que de esta trágica historia dos sean felices y que olviden lo que causó mi grave imprudencia y mi error- dijo, mirando a Naharien, que seguía llorando. -Mi error...

Él suspiró. Me miró también consternado, pero furioso, para luego cerrar los ojos. Se sentía traicionado y yo no podía conmigo misma.

-Tal y como acordamos- dijo, mirando al padre de Naharien – Ella se irá a Lothlórien. Sandor expresó su deseo de ir al reino. Tú te quedarás en la guardia del norte, la más pesada, solo.

-Acepto lo que me toque. No quiero nada que me recuerde a ella.- dijo, y Naharien solo gimió, presa del dolor.

Se retiró, dejándonos a todos con un gran aura de tristeza. Sandor ni siquiera me miró, porque quedé como una casamentera traidora. Legolas tomó mi mano.

-Perdóname si puedes- me susurró. Yo negué con la cabeza.

-No hay nada qué perdonar- le dije, abrazándolo.

-Te acaba de romper el corazón...

-No todavía- le dije, con una sonrisa triste. Él se puso las manos en su rostro, acabado. Por supuesto, eso medró la moral de la guardia principal del reino. Pero yo no podía dejar a Legolas desfallecer y decidí que lo acompañaría.

Llorando en silencio, puse todas mis cosas de guerra y tiré el vestido turquesa. Me fui con él en la noche, porque no lo iba a dejar solo. Así pasamos una noche en silencio, luego diez. Los dos no queríamos decirnos nada. Solo nos acompañábamos. Fui a cazar, hasta que me topé con una espada. La saqué y apunté. Era él.

Un poco más y tienes el destino del pobre Turin Turámbar. Y yo el de Beleg Cuthalion.

Yo bajé mi flecha.

-Quizás siempre lo tenga contigo y tú conmigo. En ese modo y en el sentido contrario- le dije, hastiada.

-No quiero eso.- afirmó acercándose a mí.

Ahora todo es más difícil. Porque cada cosa que haga tendré que pensarla para no poder lastimarte. Para no hacer lo que nos hicimos...- dije, recordando cuando lo maldije.

-¿Aunque yo falle todo el tiempo?

-No lo sé- le dije, afligida. - No sé qué pensar. Solo quiero que me perdones. Aunque sea solo eso...

Él me abrazó. Besó mi frente y mi cabello. Sentí su fuerza y su desesperación.

Tampoco quiero lastimarte. Comprendí que no podría vivir así. Que no...

Yo lo besé con desesperación y él a mí.

-Te extrañé- dijo, para seguirme besando. Yo lo abracé, respirando agitadamente. Ya sabía cómo desvestirme y yo a él. Me cubrió con mi capa y me poseyó ahí, en la falda del árbol, en silencio, como si hubiese sido la primera vez. Yo apreté mis brazos contra su espalda sintiendo sus movimientos. Lo quería dentro de mí con toda su fuerza. Hasta que yo grité extasiada. Él lo hizo después. Nos quedamos tumbados y nos acurrucamos.

-No te dejaré ir- me dijo. Yo tomé su rostro y le di un beso cerca a su mejilla y su boca. Yo tampoco quería dejarlo ir. Quería estar con él y solo para él. Definitivamente ya no era la misma. Había dejado de ser la vengadora. Ahora solo era una simple criatura que amaba. Y que era amada como si nunca existiese nada más.

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